Bajo El Mismo Techo.

By LadyCornamenta.

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Capítulo 14: Sentido de Orientación.

Me quedé junto con Edward unos cuantos minutos en un silencio que, a diferencia de los que normalmente compartíamos, estaba repleto de un conciliador y tranquilizante sentimiento. Vimos que Alice salía corriendo del agua de espaldas, tirando de Jasper; y, por inercia, los dos nos separamos. Poco tiempo después, los dos jóvenes se encontraban cerca de nosotros. Detrás de ellos llegaron Rosalie y Emmett, este último sobándose la cabeza con fuerza. Rosalie me guiñó un ojo, mientras señalaba a su prometido con su pulgar.

—Se lo merecía —comentó con una sonrisa.

Nos quedamos un rato allí, mientras todos se secaban y se ponían algo de ropa, a medida que el sol iba desapareciendo por el horizonte. Con los últimos rayos de claridad, comenzamos a levantar las cosas y a llevarlas a los autos. Jasper, Rosalie y Emmett se dirigieron al BMW; mientras Edward, Alice y yo guardamos todo en el Volvo y nos acomodamos dentro de él.

Alice insistió en que vayamos a alguno de los restaurantes de Port Angeles, a pesar de nuestra apariencia, que dejaba mucho que desear. Finalmente, logramos convencerla de que algún local de comida rápida sería algo más razonable. Ella, siempre preocupada por la moda, afortunadamente aceptó sin rechistar. Con alegría tomó su móvil para avisarle a los otros, mientras Edward tomaba una curva en silencio. Pronto llegamos a las atestadas calles de Port Angeles, donde la gente aprovechaba al máximo su sábado. A diferencia de nosotros, que parecíamos recién llegados de la guerra, toda la gente lucía arreglada, con excesiva producción. Alice parecía algo encolerizada por ello. Cuando nos bajamos del auto, me sorprendió bastante el suave comentario al respecto.

—Tendrá un ataque de pánico —comentó la aterciopelada voz de Edward, cerca de mío oído.

Un escalofrío me recorrió el cuerpo, mientras veía una mueca pacífica en su rostro, que ahora volvía a mirar al frente mientras caminábamos en busca de los Hale y Emmett. Cuando los encontramos, los seis nos metimos en uno de los locales de comida rápida ubicados en la calle principal. Los chicos se dirigieron a pedir la comida mientras nosotras nos sentábamos en una mesa a esperarlos. Rose tomó un pequeño espejo de su bolso y comenzó a arreglarse un poco; Alice, por su parte, puso sus codos sobre la mesa y, apoyando su mentón sobre las manos, me miró con una sonrisita y los ojos expectantes.

—¿Y? ¿Cómo estuvo tu tarde, Bella? —preguntó animadamente, batiendo sus pestañas de forma sugestiva.

—Muy bien —repliqué con simpleza. No pensaba dar detalles—. ¿Y la de ustedes?

—Oh, muy bien —dijo con fingida indiferencia, mostrando indicios de una sonrisa en sus labios—. La compañía estuvo bien ¿No?, ¿O es mejor en la habitación?

Sonrojada, alcé mi mano y le di un golpe suave al costado de la cabeza.

—¡Alice! —me quejé.

Ella rió, mientras los chicos se acercaban con las bandejas repletas de apetitosa comida chatarra.

Comimos entre charlas con poco sentido y chistes, siempre con Emmett como protagonista. Me sorprendió que a lo largo de la cena el semblante de Edward hubiera permanecido tan pacífico y despreocupado como cuando caminábamos.

Luego de haber terminado mi postre, me apoyé suavemente contra la silla, eché la cabeza hacia atrás y cerré los ojos. Realmente estaba cansada luego de dos días completamente agitados. Dejé escapar un suave suspiro.

—¿No sería mejor que nos vayamos ya? —preguntó la aterciopelada voz de Edward.

Abrí los ojos lentamente y vi que hubo un asentimiento general. Salimos a la calle y Alice alegó que se iría en el BMW para que nosotros no tuviéramos que hacer ningún tipo de escala y pudiéramos ir directamente a mi casa. Me encaminé al Volvo y me subí del lado del acompañante, mientras Edward se acomodaba frente al volante. Comenzó a conducir por las atestadas calles, hasta que tomamos la carretera que nos llevaba de nuevo a Forks. Pronto llegamos al jardín delantero de casa, donde Edward aparcó. Ambos nos bajamos del auto en silencio y caminamos hacia la puerta, donde afortunadamente pude encontrar las llaves en mi bolsillo.

—Esa vez me ganaste —comentó cálidamente Edward, de pie a mi lado.

Le dirigí una tímida sonrisa mientras abría la puerta.

Ingresé arrastrando los pies, realmente agotada. Perdí la luz a tientas y pasé por la sala, deteniéndome al pie de las escaleras. Vi que mi acompañante dejaba el pequeño bolso que había estado cargando y se volvía para mirarme.

—Te ves cansada —comentó.

Asentí.

—Estoy muerta —repliqué.

Vi que el se acercaba a mí con tranquilidad.

—Ve a dormir —pidió cálidamente, mientras pasaba de forma despreocupada su mano por mi mejilla. Acercó su rostro y depositó un tierno beso al costado de mi rostro—. Hasta mañana, Bella.

—Hasta mañana —saludé a duras penas.

Luego, obligué a mis pies a subir las escaleras y a andar hasta llegar a mi habitación. Allí, rápidamente me puse el pijama y, luego de lavarme los dientes e ir al baño, me metí en la cama, aún conservando aquél aire soñador y atontado. Acomodé la cabeza en mi almohada con cansancio y cerré los ojos, con un cálido sentimiento en mi pecho.

La mañana siguiente me levanté con algunos rayos de tímido sol colándose por mi ventana. No era habitual que el sol brillara de otra forma en Forks: un día despejado completamente era motivo de festejo. Claro que, después de todo el movimiento del fin de semana, yo no hubiera festejado nada aunque el cielo hubiese estado completamente celeste, o incluso rosado.

Con pereza giré por mi cama y me acomodé en la punta. Evalué mis posibilidades de seguir durmiendo, algo que resultaba completamente tentador; pero pronto Edward llegó a mi cabeza. Preguntándome que estaría haciendo, me levanté de la cama y me dirigí al baño. Una rápida ducha acabó de quitarme el aspecto adormilado y, después de arreglarme un poco el cabello y de vestirme con unos jeans gastados y una camiseta negra, bajé las escaleras hacia la cocina. Ingresé y me encontré con la amplia espalda de Edward, que se encontraba frente a una sartén. Cuando escuchó mis pasos, se volteó y cabeceó levemente.

—Buenos días —saludó con su voz de terciopelo.

—Buenos días —respondí, acercándome—. ¿Qué estás preparando? —inquirí.

—Algunas cosas para el desayuno —comentó, encogiéndose de hombros—. Son las once y media, pero pensé que quizás tendrías ganas de desayunar algo ¿Te parece?

Asentí quedamente.

—Mi padre me dijo que se le hizo tarde —me comentó tranquilo—. Estará aquí más o menos dentro de una hora.

Sus tono de voz se repetía en mi cabeza, aún allí de pie. Quizás era mi imaginación —aunque estaba casi segura de que no era así—, pero su voz sonaba algo más despreocupada, algo más cálida. ¿Sería realmente que la barrera que él había creado entre ambos comenzaba a desaparecer? En medio de mis conjeturas, lo vi mirarme con cierta confusión. Yo, sin embargo, demasiado alegre y esperanzada por mi reciente hipótesis, le dirigí una gran sonrisa antes de comenzar a poner la mesa.

Cuando Edward terminó de cocinar, los dos nos sentamos a comer. Lo que había preparado sabía bastante bien y mi estómago acabó más que lleno luego de probar todo lo que había puesto en la mesa. Lo vi suspirar, evidentemente tan satisfecho como yo, y acomodarse en la silla, mientras de fondo escuchábamos sólo la televisión. Me quedé por unos instantes distrayéndome con el programa de chismes que pasaban a esa hora, donde dos actrices locales se peleaban por un poco de fama. Tristemente patético, por cierto.

Sin embargo, mi ensimismamiento y mis suspiros de molestia ante la pelea se vieron interrumpidos por el timbre de la puerta. Apresuradamente salí, para encontrarme con un sonriente Carlisle en el umbral. Luego de tomar mi móvil salí, pero una mano me impidió cerrar la puerta. Alcé los ojos para encontrarme con la mirada jade de Edward.

—Los acompaño —avisó de forma aterciopelada, mientras cerraba la puerta.

Aún sorprendida, me acomodé en el auto de Carlisle, quien condujo tranquilamente hasta el hospital. Llegamos y atravesamos varios pasillos y escaleras, mientras el doctor Cullen saludaba a algunos médicos o enfermeros. Pronto llegamos al piso donde se encontraban mis padres y caminamos a lo largo del extenso pasillo de aquél blanco enfermizo.

Afortunadamente, pude ver a mis padres y quedarme un buen rato con ellos. Seguían allí, inertes y con vendas bastante notorias. En su rostro y brazos —que eran, prácticamente, todo lo que podía ver— habían algunos moretones y cortes que ya estaban cicatrizando. Teniéndolos allí, frente a mí, sentí cuanto los extrañaba. Necesitaba que volvieran conmigo. También, el recuerdo de los Cullen y los Hale vino a mí y sentí una gran gratitud hacia ellos. Después de todo, si no hubiese sido por su compañía, las cosas nunca hubiesen resultado tan amenas para mí.

Luego de pasar un tiempo indefinido allí adentro, el doctor Cullen me acompañó fuera del hospital, donde Edward estaba esperando para darme un poco de privacidad con mis padres. Me subí al Volvo aún algo ausente y me acomodé en el asiento del acompañante. Tan ensimismada estaba en el paisaje, que fue una total sorpresa cuando sentí un cálido contacto en mi mano izquierda.

—Tranquila, todo estará bien —me aseguró la suave voz de Edward. Luego de darle un apretón a mi mano, la soltó para volver a centrarse en el volante.

Y yo le creía.

Su voz me hacía creer que todo estaría bien.

Pronto llegamos a casa y no tuvimos ni siquiera tiempo de acomodarnos cuando el teléfono comenzó a sonar. Edward, que estaba colgando las llaves del auto, alzó la vista confundido para mirarme, y yo me encogí de hombros, tan sorprendida como él. Rápida y torpemente corrí hacia el teléfono, levantando el auricular.

—¿Hola?

¡Bella! ¡Habla Alice! —chilló una entusiasta vocecita.

Claramente, no necesitaba que me aclarara aquello. Podría reconocer su voz en cualquier circunstancia.

—¿Qué sucede? —pregunté suavemente, apoyándome contra la pared

¿Todo ha estado bien con tus padres? —preguntó de forma suave y cálida.

—Si, Alice, gracias por preguntar —repliqué con una pequeña sonrisa en mi rostro.

¿Estas con Edward? —inquirió. Murmuré una respuesta afirmativa—. Dile que se ponga algo de ropa deportiva y tú ponte ese hermoso equipo que te compré cuando llegaste, porque tenemos planes.

Abrí los ojos con sorpresa, y vi que mi acompañante me miraba confundido.

—¿Cómo? ¿Cuándo has planeado todo esto? —repliqué, aún algo pasmada.

Hace cómo… quince minutos —respondió risueña, dejando escapar una risita luego—. ¡Vamos, Bella! Ya hiciste todos tus deberes y cuando me asomé por la ventana creí ver algunos rayitos de sol ¡Es inhumano despreciar algo como eso en Forks! —comentó a rápida velocidad.

Bufé.

—¿Sabes que eres desagradablemente convincente?—pregunté fingiendo estar molesta.

—¿Estás hablando con Alice? —intervino suavemente Edward. Puse los ojos en blanco con una suave sonrisa, asintiendo, y su mirada se tornó ligeramente divertida, haciéndome desviar la propia de sus ojos.

Alice soltó una risita cantarina del otro lado del teléfono.

Vamos, vamos, los pasaré a buscar como en… media hora —avisó el pequeño demonio del otro lado de la línea—. ¡Los veo en un rato!

—Pero… —no pude seguir hablando, porque sólo pude escuchar un sonido sordo y luego el tono del teléfono del otro lado.

Suspiré con pesadez y miré a Edward.

—¿Qué planea mi perversa hermana? —preguntó.

—Sólo se que necesitaremos ropa deportiva, nada más —aseguré, pasándome una mano por mi alborotado cabello.

Lo vi sonreír de forma torcida y mirar hacia la puerta de la cocina.

—Creo que voy a alistarme, entonces —aseguró—. Pero, ¿Tú tienes… ganas de ir? Quiero decir ¿No preferirías…?

Negué de forma suave ante su inseguridad.

—Me hará bien despejarme un poco —confirmé, sabiendo a lo que se refería—. Ahora vamos, que tenemos sólo media hora.

Me dirigí al piso superior y me encerré en mi habitación. Pronto encontré el equipo deportivo de pantalón largo y chaqueta azul noche que Alice me había comprado. Rebuscando en el cajón, saqué una camiseta blanca y me cambié. Una vez lista, me tiré debajo de mi cama para buscar mis viejas zapatillas de tela. Una apareció cerca de la pata de madera que sostenía el mueble, pero la otra pude divisarla contra la pared. Mascullando alguna que otra maldición, me arrastré por debajo de la cama hasta que sólo mis piernas quedaron a la vista, intentando alcanzar la bendita zapatilla.

—¿Bella? —preguntó la inconfundible voz de Edward. Giré mi cabeza, golpeándome en el proceso.

Dejé escapar otra maldición por el susto y el golpe seco contra las maderas de la cama, y desplomé mi cabeza sobre la alfombra de la habitación. Segundos después, el rostro de Edward apareció por debajo de la cama, mirándome con una mal disimulada mueca de diversión.

—¿Estás bien? —preguntó suavemente.

—He tenido mejores momentos —respondí suspirando, mientras comenzaba a moverme hacia fuera, con la zapatilla en mi mano.

Él se puso de pie. Traía unos pantalones hasta media pierna de deporte de un color oscuro y una camiseta gris de mangas cortas.

—¿Quieres que te deje para que termines de cambiarte? —preguntó, en un extraño tono cordial.

Siempre era educado, pero su ofrecimiento tenía un tinte diferente en cada una de las palabras. Un cálido sentimiento me embriagó mientras negaba.

—Ya termino —aseguré y rápidamente me puse las zapatillas.

Pocos minutos después de que acabé de prepararme, Alice llegó en su automóvil, luciendo una hermosa sonrisa y algunos petates en el asiento trasero, junto con Emmett. Edward tomó una campera de algodón del perchero y ambos salimos de la casa. Corrí y me acomodé del lado del copiloto del vehículo, mientras Edward se sentaba en la parte trasera con su hermano. Alice me dirigió otra radiante sonrisa antes de arrancar su auto.

—¿A dónde vamos? —pregunté con desconfianza.

—No seas tan ansiosa —quiso calmarme la pequeña Cullen.

La miré alzando una ceja y Edward respondió por mí.

—Mira quien habla —murmuró y su hermana rió felizmente.

Pronto atravesamos sendas de espesa vegetación, por donde parecía imposible poder andar sin quedarse atrapado entre los árboles. Alice, sin embargo, logró pasar cada unos de los obstáculos naturales con una destreza digna de piloto de carreras. Yo miraba todo entre asombrada y asustada, mientras la pequeña de los Cullen me decía que me tranquilizara. Antes de lo esperado, sentí que el auto disminuía su velocidad y tomaba un camino más amplio, que desembocaba en un claro. Abrí la boca por la sorpresa, cuando me topé con uno de los lugares más bonitos que había visto en mi vida: la vegetación era frondosa, pero parecía mucho más cuidada y pintoresca; el pasto crecía brilloso sobre la superficie, hasta alcanzar la margen de un apacible río, rodeado de algunas piedras y plantas. Todo el paisaje, iluminado por la tenue resolana, parecía un cuadro perfecto para una representación literal del mismísimo paraíso.

—¿Te gusta? —me preguntó Alice con una sonrisa, mientras aparcaba el auto.

Asentí quedamente, aún estudiando el lugar a mí alrededor.

Todos bajamos del llamativo auto de Alice con los petates que la misma se había encargado de llevar. Emmett nos marcó el camino y todos acomodamos nuestras cosas casi en el centro del pintoresco claro. La menor del grupo comenzó, siempre incansable, a extender una manta sobre el piso y a sacar un par de cosas. Todos la observamos en silencio, hasta que detuvo su agotadora actividad con gesto pensativo.

—Necesitaríamos algunas ramas y maderas para encender algo de fuego —comentó, señalado unas bolsas—. Eso no se cocerá sólo.

—Yo voy —me ofrecí. Después de todo, aquellas tareas eran algo común en los campamentos que hacía cuando era una niña, junto con la escuela.

—¿Podrías acompañarla, Edward? —pidió con una sonrisita la menor de los Cullen.

Edward me miró y luego posó sus ojos en su hermana.

—¿No sería mejor que fuéramos Jasper y yo? —preguntó, con cierto matiz sutil en su voz.

Lo miré confundida, llevando mis manos a la cintura.

—¿A qué te refieres? —pregunté, mirándolo con el ceño fruncido.

Hizo un suave silencio.

—Bueno… hay muchas ramas y plantas y… tú… bueno… —comentó, al parecer sin encontrar las palabras que deseaba—… podrías caerte.

Jasper y Alice soltaron risitas suaves y yo lo miré confundida.

¡Momento! ¿Acaso Edward estaba intentando decir, de forma sutil y educada, que era una torpe sin remedio?

Lo miré mal y luego comencé a andar a grandes zancadas hacia los frondosos árboles que se extendían a los costados del claro. ¡Decirme aquello! ¡A mí!

—¡Bella! ¡Espera, por favor! —escuché que Edward gritaba detrás de mí.

Seguí andando.

—¡Déjame! ¡Mi torpeza y yo iremos a buscar las ramas! —respondí con ironía.

—¡Vamos, Bella! —llamó y pude percibir que no estaba demasiado lejos—. ¡No quise decir eso!

Mascullé algunas cosas entre dientes, que él no llegó a escuchar.

—¡Lo dudo! ¿De verdad crees que soy tan torpe que no pued…?

Quise seguir, pero alguna raíz se interpuso en mi camino. Tan concentrada estaba en echarle en cara a Edward lo que había dicho, que ni siquiera me había fijado en el camino. ¿Cuál fue el resultado? Terminé acostada sobre el barro, con la cara a tan sólo unos pocos centímetros del suelo. Estaba maldiciendo entre dientes, cuando un sonido casi angelical me hizo cerrar la boca al instante. Giré mi rostro para ver lo que nunca pensé que vería.

Edward se estaba riendo a carcajada limpia detrás de mí. Y ¡Demonios! Tenía la risa más melodiosa que jamás había oído.

Me quedé mirándolo, sentada sobre el barro, cómo si de un ángel se tratara.

—¿Ves a lo que me refiero? —me preguntó suavemente con una sonrisa, mientras me ayudaba a levantarme con una de sus manos.

Hice un mohín de disgusto, aún demasiado encandilada como para poder decir algo.

Sacudí la cabeza.

—Tú también te caerás en algún momento —comenté con desdén.

Él tan sólo sonrió de lado, aún con su rostro lleno de diversión.

¿Todavía lo recuerdas? Inhala, exhala, inhala, exhala.

—Yo creo que no —dijo muy confiado, con su tono suave—. De hecho, creo que podría caminar por los dos, incluso correr, sin caerme.

Lo miré con una ceja alzada.

—¿A qué te refieres?

Con un rápido e inesperado movimiento se puso delante de mí y tiró de mis piernas. Por inercia, me tomé fuertemente de él, enredando mis brazos en su cuello, pegándome a su espalda, y llenándole la remera de barro. Ante mi reacción, él me acomodó mejor y giró su rostro para darme un perfecto perfil de sus facciones.

—¿Qué… qué… haces? —pregunté, confundida.

Sin embargo, no me respondió. Lo único que hizo fue alzar suavemente las comisuras de sus labios mientras empezaba a correr entre la maleza y los árboles. Me aferré a su espalda como sí la vida se me fuera en ello, viendo los manchones verdes pasar a mi alrededor con una velocidad que no creí que fuera normal para un humano. Tomaba curvas por todos lados y sentía que en cualquier momento acabaríamos en el piso, propinándonos un buen golpe. Sin embargo, me sorprendí que, luego de unos cuantos minutos de no parar, Edward se detuviera de golpe cómo si nada.

Me bajó de su espalda con delicadeza y vi que sonreía tenuemente mientras respiraba con dificultad. Sus pálidas mejillas se encontraban algo arreboladas y su cabello mas desordenado de lo normal. Otra vez, debía otorgarle algún premio a mi autocontrol, por su excelente resistencia.

—¿Qué… me… dices? —inquirió entrecortadamente, mientras tomaba grandes bocanadas de aire.

—¿Eres humano? —le pregunté sinceramente—. ¿No eres de algún otro planeta o algo, de alguna otra raza?

—Hasta donde tengo entendido, soy humano —comentó, con cierto matiz divertido en su voz—; sólo tengo buena velocidad.

Desvié mi mirada de su encantadora mueca y la posé en nuestro alrededor. Entonces, me di cuenta de un pequeño detalle.

—Edward —lo llamé—. ¿Sabes dónde estamos?

Parecía sorprendido por mi pregunta, pero luego recuperó la compostura.

—Si, si —respondió rápidamente—. Sólo debemos seguir el camino por el que vinimos.

Lo miré con una ceja alzada. ¿Cómo hacerlo, cuando había tomado aquellas curvas y vueltas a una velocidad descomunal?

Lo vi comenzar a andar con aquella característica seguridad en cada uno de sus pasos. Seguridad que yo, por supuesto, no sentía, ya que no recordaba nada del trayecto que habíamos recorrido. Después de todo, más de la mitad del viaje lo había gastado cerrando los ojos, aferrándome al cuello de Edward y haciendo grandes esfuerzos por respirar a tanta velocidad.

Mi acompañante se movió con destreza entre los árboles y vi como, pegando un salto, se trepaba a las ramas de uno de ellos. Me quedé mirándolo desde abajo, mientras él se movía con soltura.

—¡Edward! ¡No hagas idioteces! ¡Baja de ahí! —grité, cuando lo vi balancearse peligrosamente sobre una rama.

Sin siquiera hacerme caso, me dirigió una suave sonrisa desde arriba, mientras seguía haciendo equilibro a una distancia considerable del piso. Sin embargo, con un suave balanceo, su estabilidad falló y, antes de que yo pudiera si quiera reaccionar, Edward estaba tirado sobre la hierba a mi lado.

Preocupada corrí hasta él y me arrodillé a su lado.

—¡Dios, Edward! ¿Estás bien? —pregunté, preocupada y con una extraña voz aguda.

Sin embargo, él se limitó a soltar otra melodiosa carcajada cómo la que había oído minutos antes. Quedé prendada unos cuantos minutos a su armónica risa.

¡Demonios! ¡Aquél muchacho sufría de una grave bipolaridad!

—Hace tanto que no hacía eso —comentó, con cierto entusiasmo.

—¿Tratar de matarte desde una altura considerable? —pregunté con cierta ironía.

Él me miró con una sonrisa ladeada.

—Treparme —comentó.

Suspiré, mirándolo reprobatoriamente.

—¿Pudiste, por lo menos, ver dónde estamos? —inquirí.

Negó suavemente con la cabeza.

—No tengo ni idea.

—¿Quieres decir qué…? —dejé la pregunta en aire, con horror.

Él asintió, aún sentado en la hierba.

—Ajá. Estamos pe…

—¡No lo digas! —le corté, con matiz histérico en la voz, y frenándolo con una de mis palmas extendidas hacia adelante.

¡Genial! ¡Estaba perdida en medio de una especie de bosque con un ser completamente bipolar y irresistible, que no dejaba de sonreír de lado ante mi histeria!

Las cosas no podían ir mejor ¿No?

Lo vi ponerse de pie y tomarme de la mano de forma casi inconciente, arrastrándome con él.

—Ya encontraremos una salida —comentó con una mueca completamente conciliadora y convincente—. No te preocupes.

Bueno, quizás las cosas no estaban tan mal como creía.

Edward y yo solos en un encantador bosque.

Si, definitivamente, las cosas no estaban tan mal.

Oh. Bueno, definitivamente Bella está loca si piensa que eso es malo. ¡Quién quisiera ser ella! Y lo que me costó poder llegar a subir este capítulo fue increible. Es decir, ¿Puedo tener tanta mala suerte? Mi computadora está funcionando para el demonio, la señal de Internet se dignó a desaparecer, me tengo que colgar de otra perdón señor del piso de arriba, prometo que es por una buena causa— y, encima de todo, Fan Fiction se me revela. ¡Viva la vida! Estoy a punto de tirar mi computadora por la ventana. Bah, dejando de lado mis comentarios, ¿Qué les pareció? ¿Les gustó? ¿No les gustó? ¿Debería tirarme yo también con la computadora?

¡Ah! Por cierto, muchos quizás lo sepan, pero quiero comentarles algo: hace unos días subí a mi perfil una encuesta (o poll, como les guste) con las posibles opciones de la siguiente historia que voy a publicar cuando acabe esta. Me gustaría que, si tienen unos minutos, se pasaran y dejaran su voto porque, honestamente, no se por cual decidirme. ¡Desde ya gracias a todos!

Repito lo mismo que digo siempre, sólo por precaución, ya saben: Quiero que sepan que no leí aun Breaking Dawn, por lo que les voy a pedir encarecidamente que por favor no me dejen spoiler, ni comentarios ni nada relacionado al respecto. Ni que les pareció, ni que no, ni nada, porque la verdad es que si hay algo que me frustra mucho es que me cuenten los libros que quiero leer. Bah, ustedes me entienden ¿No? Así que ya saben, el que comente Breaking Dawn, directo a la horca jaja. Ya lo tengo pensado, y lo voy a leer en diciembre, en vacaciones jaja. Después de ese mes, se aceptan los comentarios jaja.

Millones de gracias por sus reviews, de verdad. Me pone realmente feliz que se tomen un ratito para comentarles que les parece o para darme ánimos para seguir. ¡Gracia, gracias y gracias de nuevo! Ahora respondo todo lo que pueda (¡recen por que la señal de arriba no se corte!)

En fin, que tengan un lindo fin de semana y un buena semana.

Si los finales me lo permiten, voy a tratar de volver en unos pocos días.

Nos leemos pronto. Saludos a todos.

LadyCornamenta.