Capítulo14: El palacio de las novias

El palacio de las novias era en realidad una hermosa torre de marfil construía estratégicamente encima de una nube, tenía unos sesenta pisos que se dividían en grupos para sus diferentes funciones. Era muy antigua, nadie sabía a ciencia cierta desde cuando estaba allí.

Arquitectónicamente, en todo su exterior estaban esculpidas en el blanco y pulido marfil, a modo de estatuas de tamaño natural, un sin fin de imágenes de novias de todas las culturas existentes engalanándose para su gran día. A sus pies habían grabados en relieve, bellos poemas en todos los idiomas, incluso habían escrituras pre-románicas, y caracteres cuneiformes de los Sumerios, esa era una de las pruebas de que la magnífica torre tendría más de tres mil años.

Al rededor de la elaborada torre había una larga y enroscada escalera de caracol también de marfil, que la rodeaba por completo desde su inicio hasta el fin. Por dicha escalera podías acceder a todos los balcones de los pisos, y en el punto más alto de esta, en la cima, se encontraba una especie de antorcha gigantesca flanqueada por lo que parecía una majestuosa corona.

El fuego de la antorcha, iluminaba tanto el interior como el exterior de la suntuosa torre desde lo alto, dando la impresión de lejos, de ser una labrada vela que irradiaba la luz desde su interior.

En el palacio solo podían entrar mujeres, ni siquiera niños pequeños, a todo sexo masculino, daba igual la edad o género que tuviera, se le vetaba la entrada, era territorio exclusivamente femenino. Poseía su propia protección, y funcionaba con total eficacia desde el momento en el que había sido construida.

Lo normal era que las novias fueran acompañadas por todas sus amigas y las mujeres de su familia, y ese día se lo dedicaban a ella por completo, era como un inmenso salón de belleza, como un gran spa.

Por dentro las plantas se unían en diferentes grupos, en la primera se recibía a las novias y a sus acompañantes, y dependiendo de la cantidad de mujeres que fueran y de cuanto tiempo habían reservado, se les asignaban los salones adecuados.

En los primeros pisos se hallaban los restaurantes y patios, donde podían comer lujosamente antes de empezar a prepararse, incluso algunas, pasaban varios días allí, relajándose y disfrutando de sus últimos momentos de soltería, claro que esto solo lo podían hacer las más adineradas, pues conseguir un solo día allí, costaba una verdadera fortuna. No todas las mujeres podían permitirse ir al palacio de las novias, de hecho muchas familias, cuando nacía una niña, trataban de ahorrar todo lo posible desde ese momento hasta el día de su boda, para que pudieran pasar allí, aquellos hermosos momentos.

Arriba de los restaurantes se hallaban las habitaciones y algunos salones donde convivían las novias y familiares, con la intención de intercambiar consejos y escuchar los diferentes puntos de vista de las mujeres que ya estaban casadas.

Encima de estos pisos se encontraban los salones de costura donde las modistas trabajaban laboriosamente las valiosas telas directamente sobre las novias, cuidando cada detalle y probando cada complemento.

En los pisos que seguían, las mujeres podían practicar el baile nupcial y perfeccionarlo para lucirse al máximo en su día. A estos pisos le seguían otros en los que se encontraban los baños termales y las salas de relajación, que les servían a la novia para embellecer todo su cuerpo con bálsamos y mascarillas. También en ellos recibían masajes y tratamientos con el fin de calmar los nervios previos a la boda.

Las siguientes diez plantas las dedicaban únicamente para el arreglo del cabello, si estaba dañado utilizaban las pócimas reparadoras y aplicaban todo lo que fuese necesario para sacar su máxima belleza. Podían teñirlo, cortarlo, darle forma, elegir complicados peinados... se podría decir que era una inmensa peluquería de élite.

En las ultimas diez plantas, preparaban los últimos detalles maquillando a las novias, haciéndoles la manicura y pedicura, y por fin llegaba el ansiado momento de vestirlas. Una vez lista y justo antes de su hora, eran acompañadas por su séquito, las novias subían hasta la gran antorcha y arrojaban a las llamas en un delicado papel de flores, sus deseos, con la intención de que todo fuera bien en su enlace y la esperanza de que fueran felices hasta su muerte, después de este acto salían de la torre y se montaban en sus vehículos en dirección a su boda.

...

Sentada en el carruaje y con los nervios metidos en el estomago voy viendo las calles en las que me encuentro, veo la gente ir y venir, el ajetreo de las tiendas y los bares, todo el mundo en sus quehaceres...

Pasamos por un mercado repleto de verduras y abarrotado de de gente. Veo algunas personas llegar en sus escobas. El camino está lleno de baches, es incomodo ir en un coche de caballos, me pregunto con que intención los Malfoy eligieron estos medios de transporte teniendo escobas de último modelo, espero que no me hagan la vida más difícil de lo que la voy a tener...

Vuelven a mi mente las lúgubres imágenes de aquella oscura mansión fría, tenebrosa... un escalofrío me recorre de la cabeza a los pies y me pregunto qué clase de seres humanos sean magos o no, pueden habitar un lugar como ese. ¿Porqué los Malfoy se unieron a Voldemort?, ¿qué los llevaría a estar al lado del mal...? seguro que la pureza de la sangre está de por medio, aunque se rumorea que hasta el Señor Oscuro tenía mezcla de sangre.

Diana me aseguró que no intentarán hacerme daño ni a mi ni a ningún mestizo, ella cree que ya no les interesa, y sobre todo ya no lo pueden hacer por las nuevas leyes. No se arriesgarán a ir a Azkaban.

Por una parte eso me tranquiliza, pero de todas formas no puedo evitar sentirme nerviosa, no puedo evitar estar asustada, es algo que no logro apartar de mi mente, tengo miedo del maltrato, de su frialdad, de su falta de comprensión y de sentimientos, de lo poco humanos que son. Yo sé que en el fondo no han cambiado, sé que solo están fingiendo para evitar que les condenen, la propia señora Malfoy fue sincera y me lo confirmó en aquella carta que leí cuando fui a las oficinas de Hogwarts.

Ella también aseguró que ni ella ni su familia tienen intención de seguir lastimándome como lo hicieron en su día. No se qué pensar... no les puedo creer, me resulta imposible.

Mis cavilaciones son interrumpidas por los caballos que acaban de dar un brinco y con ellos el carruaje. Miro por la ventana y veo que... ¿nos elevamos?, si, eso parece, ya no tocamos el suelo, ya no se siente la empedrada carretera ni sus baches, el recorrido es mucho mas suave. Estamos subiendo.

Nos elevamos cada vez más, estamos volando, los caballos trotan con fuerza y la ciudad empieza a verse más y más pequeña, ahora es diminuta.

Me tenso, nervios otra vez... ¿porqué nos elevamos tanto?, estamos casi rozando las nubes, ¿es necesario coger este camino?.

¿Dónde estará ese palacio...?, el palacio de las novias... alguna vez oí hablar de él, dicen que es un sitio únicamente femenino, dedicado solo al arreglo de las novias. Es realmente caro, pura e inútil frivolidad... de todo sacan un negocio... y la gente cada vez se empobrece más, de repente pienso en la ultima vez que volé, estaba contenta y al mismo tiempo algo intrigada por ir a las oficinas de Hogwarts, pensaba que iban a reabrir el colegio y que me encontraría allí con todo el mundo, que fracaso... jamás pensé que mi destino cambiaría tantísimo aquel día.

Vaya... ¡mi escoba!, no... me la dejé en casa... ¿qué voy a hacer sin escoba?, la necesito para la clase de vuelo avanzado... en cuanto vea a Diana le pediré el favor de que me la traiga de casa. Pienso en ella y en todo el tiempo que hemos pasado juntas, la voy a echar mucho de menos, le he cogido verdadero cariño, le agradezco mucho todos los consejos que me ha dado, creo que sin ella estas últimas semanas me hubiera vuelto loca... espero que nos veamos pronto...

¡Pero claro que la voy a ver pronto!, la veré esta tarde en la boda. Instintivamente miro mi reloj y compruebo que son la una menos diez minutos, son casi la una... y todavía no hemos llegado. La señora Malfoy es de lo más puntual, se enfadará si llegamos tarde. ¿Porqué no hemos llegado aún?, ¿y porqué seguimos volando?. Miro por la ventana hacia abajo y observo lo minúsculo que se ve todo, estamos sobre las nubes. Alzo la mirada y descubro una imagen que me deja atónita, ¿qué será eso...?.

Veo lo que parece una preciosa torre de marfil, pero… ¿en una nube?, ¿una torre de marfil encima de una nube?, eso sería una magia demasiado ancestral... extrañamente nos acercamos a ella cada vez más, estamos a pocos metros, ¿acaso es que...?.

—Señorita, casi hemos llegado —escucho que grita el cochero Alberth, desde fuera.

Así que es eso... el palacio de las novias es la torre que está encima de esa nube... es curioso, y desde luego la visión es realmente impresionante. El cochero estaciona en la propia nube y son la una en punto, se baja de su asiento y acomoda los peldaños de madera para que pueda salir. Ahora deshace el hechizo de cierre. Se nos acerca una mujer con un extraño uniforme de colores muy claros:

—Buenos días —saluda el cochero—. soy Alberth Green, cochero de la familia Malfoy, vengo a traer a la señorita Granger, futura señora de Malfoy hijo —le comunica a la que parece una recepcionista.

—Bien, puede dejar el coche en el aparcamiento, señorita de Malfoy acompáñeme por favor, la llevaré junto a la señora Narcissa.

señorita de Malfoy... que extraño suena, esa no soy yo, aún soy Granger, lo soy y lo seguiré siendo.

Alberth me tiende la mano y me ayuda a bajar del carruaje, una vez fuera puedo observar con detalle la magnificencia de la torre, es increíblemente hermosa, nunca había visto nada igual. Alguna vez escuché hablar de lo hermoso que era el palacio de las novias, como lo suelen llamar, pero esta visión supera con creces cualquier descripción.

Un poco distraída noto cómo me mira la mujer que me acompaña, me sonríe y me pregunta si es como me la imaginaba,

—La verdad es que no —le respondo—, nunca me he imaginado algo como esto, es más, nunca me imagine que existiera un lugar solo para esto.

Entramos en la recepción y en el mostrador nos avisan de que la señora Malfoy me espera en el restaurante principal, se me había olvidado que hoy tendría que almorzar con ella. Por primera vez la voy a tener frente a frente, no me apetece nada... pero lo voy a tener que hacer... no me queda más remedio que empezar a fingir desde este instante lo normal y cordial que es nuestra relación. Me doy asco a mi misma...

Caminamos por los lujosos salones hasta llegar a la entrada del restaurante. Voy al lado de la recepcionista mirando impresionada lo bonito que es este lugar. Llegamos a las mesas que están repletas de mujeres hablando y riendo relajadamente, no la vemos por ninguna parte.

Nos acercamos a la barra y la recepcionista pregunta por ella, la otra camarera intrigada, me mira y le pregunta que si soy su sobrina, a lo que le responde que soy la prometida de su hijo. Extrañada y bastante perpleja le indica que está en la sala privada.

Nos dirigimos hacia allí, entramos en una pequeña sala hecha con paneles japoneses y papel de arroz, respiro profundamente y suelto el aire poco a poco, ella no se levanta, me recorre con su altiva mirada de la cabeza a los pies con una ceja levantada, observando con detalle mi casual aspecto. Su rostro refleja contrariedad, decepción e intransigencia. Solo son unos segundos, y con una perfectamente fingida cortesía, sonríe levemente, me saluda y me invita a sentarme. La recepcionista sale y dice que nos atenderán enseguida.

—Hola Hermione, por favor siéntate. «es increíble que esta mocosa y sus amigos lograran derrotar al Señor Tenebroso. Y pensar que hace casi medio año estuvo en mi casa en manos de mi hermana. Es extraño volver a verla, parece... algo asustada...»

—Hola... —Respondo en un susurro casi inaudible. Bajo la vista. soy incapaz de sostenerle la mirada. Me siento, pero sigo sin poder mirarla de frente, que nervios... lucho contra ellos intentando calmarlos.

—Llegas muy puntual, espero que el viaje no te halla resultado demasiado pesado.

—No lo ha... sido... —Miento. «¿cómo es posible que esta mujer actúe así conmigo, como si no hubiera pasado nada?, ¿cómo puede ser tan falsa?, ¿acaso pretende así de fácil que haga borrón y cuenta nueva»

—Debes de tener apetito. Aunque lo correcto es guardarse para el banquete he tenido en cuenta tu largo viaje y no estará mal que tomemos un ligero almuerzo antes de prepararte. «¿Porqué no me mira?, ¿acaso me teme?, ¿o será que siente vergüenza?»

No le respondo nada, creo que quiere que le conteste algo, pero no sé cómo conversar con ésta mujer, para mi sigue siendo mi enemiga, esto es más difícil de lo que pensaba... me parece que no voy a poder fingir...

Aparece una de las camareras, se nos acerca a tomarnos nota y nos da la bienvenida:

—Señora Malfoy, señorita de Malfoy, sed bien venidas al palacio de las novias, espero que disfruten de su estancia en este bonito lugar y que aprovechen al máximo sus instalaciones —nos dice con una amplia sonrisa en la cara.

—Gracias Lizzy, esperamos hacerlo, aunque el palacio de las novias es mucho más que bonito, considero que el adjetivo se le queda bastante corto —le responde devolviéndole la sonrisa. A todo esto, yo sigo con la vista clavada en el mantel color lavanda pastel, sin poder soltar palabra.

—Les dejo las cartas y la campanilla, cuando sepan qué desean tomar háganla sonar y vendré yo u otra camarera. «¿De verdad es ésta la futura esposa de Draco Malfoy?,¡no me lo puedo creer!, ¿¡pero si es una cría!?».

La camarera nos deja las cartas sobre la mesa y sale de nuestra pequeña sala. Otra vez estoy sola con la señora Malfoy, no sé muy bien que hacer..., no sé cómo debo actuar..., me late el corazón deprisa, y creo que todas las mujeres que nos rodean están notando lo nerviosa que estoy. Trato de tranquilizarme mientras ella ojea la carta, tengo que empezar a mejorar mi actuación o sospecharán.

Me mira..., me mira y yo no soy capaz de levantar la cabeza, no puedo.

—¿No vas a mirar tu carta? «definitivamente está asustada, no lo puede ocultar, pero no nos conviene que nos vean en este plan, tenemos que dar a entender que nuestra relación es amistosa, me parece que se lo voy a tener que recordar, ¡que fastidio!».

—Yo... no se muy bien... qué pedir aquí... «¡por Merlín, pero que difícil es esto!».

—No te preocupes, conozco tus gustos, pediré yo por ti.

¿Que conoce mis gustos?, ¿cómo es eso?, ¿y desde cuando?. ¿Es que acaso tiene detectives privados?. No me extrañaría...

De repente escucho cómo dice mi nombre en voz baja, lo más bajo posible y me recuerda que tenemos un trato, que sabe que no es fácil para mi, pero que si no cambio la cara y finjo un poco más de cortesía, sospecharan de nosotras, y eso es justo lo que no nos podemos permitir.

Con el corazón a cien asiento con la cabeza, acto seguido ella toca la campanilla de cristal y pocos segundos después aparece otra camarera. Ésta también nos saluda y le pregunta sonriente a la señora Malfoy que si soy su sobrina o la hija de algún pariente. Narcissa, bastante cortante le explica que soy su futura nuera, la camarera extrañada, borra su sonrisa y pregunta qué hemos decidido tomar.

—De beber vino blanco por favor, y de comer queremos algo ligero, pues la boda será en pocas horas, y ya sabes, el banquete... —resuelve Narcissa—, para Hermione, tráele un hojaldre de crema de queso y verduras. A mí... tráeme también un hojaldre de carne de ciervo y hortalizas, y de postre tomaremos un tiramisú rosado, pero en tazas pequeñas, tamaño café.

La camarera sale con el pedido y las cartas, dejándome nuevamente a solas con ella, con esa sensación de tensión tan desagradable. Entonces la escucho otra vez:

—Quiero que alces la cabeza.

—¿Cómo? —contesto evitando el sobresalto. «¿Qué ha dicho?, ¿ha dicho que alce la cabeza?», poco a poco levanto la mirada hasta posarla en su cara.

—Dentro de unas horas te convertirás en una Malfoy en todos los aspectos, los Malfoy no agachamos la cabeza ni bajamos la mirada jamás, aunque sepamos que hemos hecho algo mal. Simplemente no lo hacemos, es una característica nuestra, y tú vas a aprender eso desde ya, así que haz el favor de no volver a agachar la cabeza ni la vista ante nadie, muchísimo menos ante mi, ni tampoco ante nadie de tu futura familia. Si quieres hacerlo, únicamente tendrás permiso cuando estés sola, y si tanto te desagrada mirarnos fijamente, no lo hagas, puedes desviar la mirada, pero nunca hacia abajo, ¿lo has entendido?.

—Sí señora Malfoy... —respondo sumisa.

—Nada de señora Malfoy... —me dice en un irritado suspiro—, llámame Narcissa, Hermione. Aunque me gustaría más que me llamaras Cissy. Mi núcleo más íntimo me llama así, pero si te cuesta puedes decirme Narcissa, nunca más señora Malfoy, ¿lo has entendido? —me repite de forma irritante.

—Sí... señ..., sí Narcissa... «¡por Merlín!, ¿¡qué es lo que quiere de mi ésta mujer!?».

Gracias a los druidas entran dos camareras que me proporcionan un respiro. Si... respiro algo aliviada, éstas posan las varitas en la mesa y aparecen en ella los juegos de cubiertos, las copas, el vino blanco, y toda la comida que hemos pedido en dos bandejas de plata tapadas con sus urnas. Las destapan y nos sirven en los platos. Cómo desearía que se quedaran y no me dejaran otra vez sola con ésta arpía, pero lo hacen, salen de la sala sonriéndonos a las dos, aunque me fijo en que cuchichean entre ellas.

¿De que hablaran?, ¿será sobre nosotras?, ¿se habrán dado cuenta de la tensión que hay aquí dentro?, espero que no..., no quiero tener que volver a escuchar a la señora Malfoy decir que tengo que actuar mejor, sin embargo tiene razón en eso, lo estoy haciendo fatal, tengo que esforzarme más.

¡Diosa fortuna... ayúdame...!, ¡dame fuerzas...!.

—Buen provecho —me dice con su frío tono de voz.

—Gra-gracias... igualmente. «¡Uf!, relájate Hermione, no has hecho más que empezar. La señora Malfoy empieza a comer y yo trato de hacer lo mismo, pero tengo el estómago cerrado desde esta mañana. Soy incapaz de meterme ningún alimento, intento disimular cogiendo los cubiertos y haciendo como que corto el hojaldre en pedazos pequeños, ¡quiero bajar la cabeza y enterrarla en la tierra como las avestruces!, pero me obligo a mi misma a mantenerla alta, como me acaban de indicar. Ella me mira, se lleva un bocado tras otro, bebe de su copa de vino y me observa intrigada.

—¿No tienes hambre Hermione?.

—No... mucha... la verdad.

—Al menos pruébala, el banquete no se servirá hasta las ocho, te vendrá bien tener algo en el estomago.

Obedezco y cojo con el tenedor un pedacito muy pequeño de lo que acabo de cortar, me lo llevo a la boca y mastico lentamente obligándome a tragar, es imposible... no puedo comer, y en mi cara se refleja la frustración.

—¿Estas nerviosa? —me pregunta con su ceja alzada y dándome a entender que conoce la respuesta.

—Si... —contesto en un suspiro lo más bajo posible.

—Es normal, todas las novias se ponen nerviosas el día de su boda, pero no debes preocuparte en absoluto, ya está todo planeado, preparado y previsto. De lo único que te tienes que preocupar es de hacer tu papel de la mejor manera posible. Espero mucho de ti Hermione, y espero que te esmeres más cada minuto que pase.

Yo asiento con la cabeza en señal de que lo he comprendido y lo pienso llevar a cavo. También espero mejorar aunque me esté siendo tan complicado. Ella ya se ha terminado su plato y está con el postre, me observa de tanto en tanto en silencio, me pregunta si en serio no pienso tocar la comida, yo declino la idea, el desánimo me tiene apunto de llorar, creo que se me nota, creo que hoy, todo el que me ha visto ha notado mi mal día. Me parece que no sé ocultar bien mis sentimientos.

Escucho el sonido de la campanilla de cristal y en un minuto aparece una camarera. Me mira de reojo y mira a la señora Malfoy, contempla la mesa. los platos y la copa de Narcissa están vacíos. Los míos permanecen intactos. No he sido capaz de probar más que dos pedacitos de un delicioso hojaldre relleno, que en mi vida me he podido permitir. No he podido beber nada, y el postre ni lo he destapado. La camarera con su característico toque de varita, hace desaparecer todo sobre la mesa, dejándola vacía.

La señora Malfoy le dice que necesitamos ya la ayuda de cámara. Me suena extraño, no sé muy bien que significa, pero ella sale y poco después aparece una muchacha uniformada de manera diferente invitándonos a que la sigamos. Nosotras nos levantamos de la mesa y la seguimos. Atravesamos varios salones hasta llegar a un pasillo con ascensores mágicos, entramos en él y nos deja en las termas, seguimos a nuestra guía particular y nos indica cual es nuestro baño:

—Hermione, has estado y estás algo tensa, cosa que es normal y nadie te reprocha querida, pero quiero que para el momento del enlace te veas segura de ti misma y radiante. Para eso, nada como comenzar con un relajante y desestresante baño en las termas. Yo te esperaré en el salón de al lado.

Nuestra guía me acompaña hasta dentro y me explica para qué sirven cada uno de los tarros metálicos que hay en el interior, veo todo tipo de jabones exfoliantes para pieles secas, grasosas, mixtas... líquidos, sólidos, en crema y mascarillas corporales. También todo tipo de champú para cada pelo y suavizantes con sus mascarillas correspondientes.

Algo más tranquila al estar yo sola, me desnudo y me meto en la bañera llena de sales y aceites. El agua está realmente caliente, tanto que se me enrojece la piel al instante. Pienso en abrir un poco el grifo del agua fría, pero en cuestión de segundos estoy tan relajada dentro que no quiero moverme para nada.

Es de lo más agradable, ya no están ni los nervios ni el estrés y estoy yo sola metida en la estupenda bañera con el agua hasta el cuello. Está llena de espuma, caliente. Suave... Perfumada. Relajante... Huele a gardenias, jazmines y a melocotones de la India, y todo está lleno de pequeñas velas con dulce olor a vainilla, sándalos y flores de azahar.

Después de un rato me incorporo y saco de una cajita una suave esponja de algodón rosa, la lleno de jabón de orquídeas y miel de cereza. Me froto todo el cuerpo con ella a conciencia, una y otra vez. Me enjabono, me aclaro y me vuelvo a enjabonar como si quisiera borrar también los malos recuerdos de mi piel.

De pié, añado abundante champú a mi pelo, masajeo y masajeo con las yemas de mis dedos. Huele a rosas, el olor es penetrante, encantador... dulce. Me aclaro entera. Añado a mi piel y a mi pelo unas mascarillas nutritivas también de rosas, y vuelvo a masajear mi cuero cabelludo. Entonces escucho que llaman a la puerta, pregunto qué ocurre y me dicen que debo darme prisa. Son las tres de la tarde y a las cinco tenemos que salir del palacio.

A toda prisa me aclaro nuevamente de la cabeza a los pies y salgo de la bañera, una vez seca y envuelta en el albornoz me dispongo a vestirme otra vez cuando escucho a mi guía hablarme:

—No te vistas otra vez con tu ropa Hermione, debes salir únicamente con el albornoz. —extrañada, abro la puerta y me encuentro a la señora Malfoy y a la guía que dicen que no perdamos más tiempo. Ambas me cogen de la mano y me llevan hasta uno de los ascensores mágicos. Yo voy quejándome todo el camino de que estoy casi desnuda, les comento que me he dejado toda la ropa y el neceser en el baño, a lo que ellas me responden que eso no tiene importancia, que no los voy a necesitar. Me dicen que no me preocupe por mi aspecto pues en éste lugar solo hay mujeres y la mayoría están con el mismo albornoz que llevo yo.

Es verdad, se ven varios grupos de mujeres y muchas de ellas con tan solo albornoces y toallas en la cabeza, pero aún así me molesta, es la primera vez que alguien me ve así, y no esperaba que la fuese precisamente la madre de Draco Malfoy. Bastante avergonzada escucho cómo deciden entre ellas, si primero deben peinarme o maquillarme y arreglarme las manos, pero al final deciden que primero me peinan.

Subimos hasta el salón de peluquería que me corresponde y nos reciben cuatro mujeres bastante sonrientes, mi guía les comunica que se nos ha echado el tiempo encima. Las insta a que se den prisa porque salimos a las cinco hacia el templo, ellas despreocupadas y tranquilas le contestan que me dejen en sus manos y que por el tiempo no hay que preocuparse demasiado, pues es costumbre que la novia llegue tarde.

Me sientan en la butaca y todas se ponen en marcha, empiezan a secarme y a cepillarme al mismo tiempo. Lo hacen dos de ellas mientras otras dos van preparando todo lo que necesitan. Yo me estoy empezando a agobiar seriamente, en realidad no soporto todo esto, me hostiga, me resulta inútil y frívolo ¡y me da rabia que todo huela a rosas!, ¿¡porqué todo tiene que oler a rosas!?. Una de ellas me esparce por todo el cabello un dichoso e irritante bálsamo cremoso, ¡cómo no!, ¡de rosas!, mientras otra sigue cepillando la otra sigue secando.

Al cavo de quince minutos ya lo tengo totalmente seco, extraordinariamente brillante y suave como la seda, comentan todas ellas, incluida la madre de Draco.

No hay espejo, por lo que no me puedo ver. La señora Malfoy escoge un peinado de un libro de fotografías y se lo pasa a una de ellas. Todas se ponen de nuevo manos a la obra. Cuarenta y cinco minutos después y con el culo más plano que una tabla, ya tengo el peinado hecho. Por orden de la guía, mientras dos de ellas me peinan, las otras me hacen la manicura y la pedicura. Yo cada vez me siento más inútil, más molesta y más invisible y fastidiada.

Son las cuatro y todas tiran de mí, corriendo hasta el ascensor, éste nos deja en las últimas plantas. Espero que termine pronto este suplicio, miro por la ventana y veo la débil luz del sol, que parece cálida, aunque pronto se habrá ido y con ella todo mi sosiego. Llegamos a nuestra sala y entramos en el vestidor que me corresponde, dentro, junto a la pared hay un bonito biombo de tela con aves y flores bordadas. Parece asiático. La señora Malfoy me indica que dentro está la ropa intima que me tengo que poner, qué vergüenza... creo que nunca antes he pasado tanta vergüenza...

una vez dentro me desprendo del albornoz y echo un vistazo a... no me lo puedo creer... ¿lencería?, si, es lencería fina y parece de la más cara. Recuerdo aquella revista que me enseñó Diana con todos aquellos camisones y ropa íntima, recuerdo que le dije que ni loca me pondría algo así.

Pues bien... esto es algo así, y como no me queda más remedio que ponerme eso o ¡nada!, me pongo la minúscula y suave braguita que es medio transparente, con partes en encaje y seda. Ato bien los lazos de raso que tiene a ambos lados y anudo bien. Tengo terror de quedarme sin ellas en algún momento, espero que Afrodita no lo permita...

Me dispongo a ponerme la parte de arriba y no veo el sujetador, lo busco, miro por todas partes y no lo encuentro, creo que no hay. Pregunto y me lo confirman, solo están las braguitas, unas medias de seda y un hermoso y pequeño corsé. Todo es de color blanco.

No sé por donde empezar a ponérmelos, la señora Malfoy como si adivinara mis pensamientos, me dice que me ponga solo por encima el corsé, que las ayudantes de cámara están aquí para ayudarme a vestirme. Yo, totalmente sonrojada y muerta de la vergüenza, salgo de detrás del biombo sujetando firmemente el corsé contra mis pechos, para evitar quedarme más desnuda de lo que ya estoy. Una doncella se sitúa detrás de mi y empieza a unir los corchetes y las cintas estirando cada vez más fuerte y entallándome al máximo la figura.

Nunca en mi vida me había puesto nada tan apretado, este puñetero corsé me está matando, ¿qué es lo que quieren?, ¿asfixiarme?, ¿porqué tienen que apretarlo tantísimo?. Mis realzados pechos parece que en cualquier momento van a estallar por el escote, por un momento me fijo en él, está totalmente bordeado por una pequeña tira fruncida de suave tul transparente y diminutas plumas blancas, éste ha dado la forma más firme y redondeada que pueden lucir mis pechos. Los observo un segundo, no me había dado cuenta de que me hubieran crecido tanto, y yo cada vez enrojezco más y más de vergüenza.

Otra de las doncellas me ayuda a enfundarme las medias, éstas, que son transparentes de seda, me llegan por encima de la mitad del muslo, al final tienen unas blondas de encaje blanco de unos cuatro dedos de largo, las blondas a su vez, tienen estratégicamente dos perlas cosidas en la parte delantera y trasera, por donde van abotonadas las tiras elásticas que cuelgan del corsé. No tengo ni idea de cómo van, pero la doncella se me adelanta y engancha las tiras de seda blanca en las bonitas perlas. Al final quedan en ambas piernas abotonadas por delante y por detrás, pensé que sería mas complicado.

—Señora Narcissa, su nuera ya está lista para ponerse el vestido —comenta una de las ayudantas. La señora Malfoy bastante satisfecha, hace un gesto a las demás para que se acerquen.

—Sin duda su hijo se volverá loco por ella esta noche —le dice otra doncella en tono triunfal.

—Sí, es una belleza, está realmente sexy, ningún hombre podría resistírsele —sigue otra, con chismorreo.

—Creo que tendrás una noche de bodas verdaderamente especial —me comenta una de ellas, mirándome con picardía.

—Sin duda —responde Narcissa, cortando el dialogo insufrible—, y eso es lo que se espera, ¿verdad querida? —me indica clavándome su gélida mirada—. Bien, hay que terminar de vestirla, no queremos que se resfríe ¿cierto?.

La señora Malfoy me dedica otra de sus intrigantes y altivas miradas, me da a entender que no debo olvidarme de lo más importante, mi deber conyugal, y mi estomago vuelve a contorsionarse, ¿¡pero cómo podría olvidarme de algo así!?, desde que lo hable con Diana no he podido hacerme a la idea, si ya me resulta imposible darle un beso a Draco... ¿cómo narices voy a poder llegar a más? solo espero que su hijo no me presione demasiado y quiera esperarme hasta estar preparada.

Las doncellas sacan de un hermoso baúl de madera de sándalo tallada, el blanco y fastuoso vestido de novia. Parece pesado e incómodo, aunque es una autentica belleza. Éste vestido ha pasado de generación en generación desde la conocida Elinor Malfoy, por quien la mansión se construyó en su honor. Todas las mujeres de la familia Malfoy lo habían lucido, y hoy, para mi desgracia, me tocaba llevarlo a mi. Es del siglo XV, ¿acaso podría llevar algo más antiguo?.

Elinor lo había heredado de sus antepasadas, curiosamente está en perfecto estado, pero se nota a leguas que es una pieza de antigüedad perteneciente a la nobleza. Desde la calidad y magnificencia con la que está elaborada la ostentosa tela, hasta el medieval estilo de las princesas de esos tiempos, cada detalle es un hermoso tesoro, cada perla engarzada, cada flor bordada, todo el vestido en sí es una obra de arte.

Consta de dos partes, las doncellas me piden que alce los brazos. Entre todas me lo colocan por encima, luego comienzan a atar y cruzar las cintas por detrás. La parte de arriba es de estilo imperio, solo que sin mangas. Se ciñe justo debajo del pecho con una delicada cinta de encaje, que se ata por detrás en un largo lazo. A partir de ahí, el vestido cae suelto hasta el suelo sin perder su ahuecada forma.

Encima de él, me colocan la siguiente capa que parece un largo chaquetón. Cubre todo el vestido a excepción de el escote y la parte delantera para que se pueda percibir lo que hay debajo.

Esta segunda parte del traje se une justo bajo el pecho por un hermoso camafeo de plata. Es un broche elegante y tiene una esmeralda en el centro. Las mangas son ajustadas y van abotonadas por perlas, desde los codos hasta las muñecas, son largas hasta la primera falange del dedo pulgar, a partir de ahí sobresale un bello encaje que cubre el resto de los dedos. Lo que más resalta por detrás es la amplia extendida.

Una vez dentro de él, comienzan a abotonar perla por perla y a atar cinta por cinta. Totalmente abotonado, entre todas las doncellas y ayudantas de cámara, me lo ajustan por completo a mi entallada figura, mediante magia. Ya solo falta el maquillaje, el velo y los zapatos.

Gracias a Merlín solo tardan diez minutos con mis rostro y tres en ponerme el velo. Ya casi estoy lista.

—Está preciosa, es una verdadera muñeca de porcelana señora Malfoy, ya está lista.

—Aún no —observa altiva—, acto seguido saca de una pequeña cajita, un liguero de precioso tul celeste —. Ponedle este liguero, los zapatos y las joyas. La corona se la pongo yo.

Las chicas la obedecen y me suben hasta algo más de la mitad del muslo, el hermoso liguero, luego me ponen unas lagrimas de diamantes en las orejas, una gargantilla y una pulsera también de diamantes, y sentada me colocan los blancos tacones de novia. Se ajustan con una delicada correa de diminutas rosas, ¡a este paso voy a terminar aborreciéndolas...!

Después se acerca Narcissa, con una majestuosa tiara de diamantes y esmeraldas engarzadas en oro blanco. La antigua corona Malfoy lucida por todas las mujeres de su familia desde tiempos inmemoriales.

Eso ya es el colmo, es demasiado para mi, ¿acaso pertenezco yo a la nobleza?, ¿acaso no ven lo absurdo que es?, ¿es que no ven lo absolutamente impropio que es, que alguien como yo, lleve en la cabeza algo como eso?.

Yo no soy una Malfoy y no lo seré nunca, esa corona es el símbolo más antiguo y significativo de mis enemigos. Traición... esa es la palabra, me siento como si me traicionase a mí misma y a todos los que me aprecian, ahora tengo que soportar su peso y todo lo que significa, ¡no quiero! no quiero llevarla, me siento disfrazada, aturdida... solo quiero salir corriendo y olvidarme de todo. Siento que se me llenan los ojos de lagrimas, ella me mira con severidad y me suelta un —¡ni se te ocurra!, estropearás el maquillaje y no hay tiempo de arreglarlo.

Me trago las lágrimas y vencida, dejo que ella me corone. Vuelvo a sentir el suplicio, la angustia y el miedo otra vez, yo ya los creía adormilados, pero veo que no es así.

—Ahora sí que ya está lista —afirma Narcissa satisfecha —, pongámosle un toque de perfume de rosas y salgamos ya.

—Señora Malfoy, hoy ha sido el día que más rosas hemos encargado para todo... —suelta riendo, una de las doncellas—, ¿es su flor favorita? —pregunta con intriga.

—No —responde Narcissa, restando importancia—. Es la de mi hijo, le encantan las rosas desde pequeño.

Así que de eso se trata, hoy me han embadurnado con mil historias y potingues de rosas solo porque a su nene le gusta esa flor...

Empiezo a sentirme como un objeto que va de unas manos a otras... es como si quisieran eliminar todo lo que soy, hasta parece que quisieran borrar el olor de mi piel cubriéndome con capas y capas de la esencia de su flor favorita, ¡ya empiezan a desagradarme!, ¡hasta su aroma empieza a darme nauseas!.

Me llevan justo a la entrada de la sala donde hay un ovalado espejo desde el techo hasta el suelo, es la primera vez desde que llegué al palacio que puedo mirarme, y lo que veo definitivamente no es lo que me esperaba. La doncella tenía razón, aún con el largo velo cubriéndome por completo no parezco una novia normal, ésta no soy yo, no puedo serlo. ¿Quien es ésta mujer que se refleja ante el espejo?, ¿acaso una simple mortal puede tener este aspecto?.

Parezco haberme escapado de un cuento de hadas, parece que dentro de nada apareceré en mi reino junto al príncipe, solo que por desgracia mi nuevo reino será el mismo que el de los Malfoy, y mi príncipe es funestamente mi archienemigo de toda la vida. Luzco como una reina del siglo doce a punto de casarse. La doncella tenía razón, no parezco real, parezco una muñeca de porcelana.

Como si fuese a romperme, entre todas me ayudan a salir a la enroscada escalera de caracol, donde aguarda el carruaje que compartiré con la madre de Draco. Todas satisfechas y sonrientes se despiden de mi, deseándome un feliz matrimonio y unos hijos fuertes y sanos. Se me oprime el corazón, se me vuelven a llenar los ojos de lagrimas.

El elegante carruaje llega hasta el borde de la escalera y reconozco a Alberth, el cochero que me trajo al principio. Baja los peldaños y nos ayuda a subir a la señora Malfoy y a mi. Nos felicita por la unión de nuestras familias, y yo empiezo a asfixiarme, estoy a punto de llorar pero ella me habla:

—Tranquilízate, solo son tres años, si eres inteligente aprovecharás el tiempo y se te pasará volando, coopera con nosotros y tu vida será mucho más agradable y placentera de lo que imaginas, solo tienes que empezar a aceptar tu nueva vida. —Algo así me decía Diana y puede que tengan razón, puede que si acepto de una vez mi destino y hago todo lo posible por hacerlo llevadero, el tiempo corra y se pase sin darme cuenta.

Miramos por la ventana, son las cinco y media y el sol se está escapando, cuando lleguemos al templo será totalmente de noche. Llegaremos tarde, como es costumbre. No me había dado cuenta de que ella también se ha cambiado de ropa y de peinado, su vestido es verde oscuro y sus joyas de plata y esmeraldas, ella también fue una Slytherin, se le nota a leguas, su pose altiva y regia no ha cambiado nada. Miro hacia abajo en un acto característico mío, de repente noto su fría mano en mi barbilla, la levanta obligándome a mirarla, —no lo vuelvas a hacer —me indica irritada—. Eres una Malfoy, no agachamos la cabeza ni para mirarnos los zapatos —suelta despreocupada.

Pero yo soy una Granger, siempre lo seré y siempre seré fiel a mis principios, es algo que no pienso cambiar.

Seguimos todo el trayecto en silencio. Una hora después miro por la ventana y veo que descendemos, solo hay un haz de luz en el cielo, descendemos y observo que estacionamos en un jardín bellamente iluminado con cientos de velas y adornos florales de todos los tamaños. Parece que hemos llegado al templo, me lleno el pecho de aire y lo suelto muy despacio, el corazón cada vez me late más deprisa, y entonces ella vuelve a hablar:

—Quédate aquí hasta que venga Lucius, él te entregará a Draco. Yo iré junto a mi hijo, pues soy quien lo entrega. Y por lo que mas quieras... trata de fingir que estas un poquito feliz, aunque sea un poquito, no es demasiado lo que te pido, esta noche absolutamente todos los ojos estarán puestos en ti, trata de hacer la mejor actuación de tu vida, ¿entendido? —yo asiento con la cabeza e intento esquivar su mirada helada, al menos tendré unos minutos para mi sola en el carruaje, eso me consuela un poco.

Alberth baja los peldaños de madera, engalanados con terciopelo rojo y la ayuda a bajar. Un hombre la espera en la entrada y le cede su brazo orgulloso, los dos entran en el templo y desaparecen por los enormes portones de tallada madera, con largas columnas a los lados. Son un hombre y una mujer, representan a los novios. Ellos tampoco parecen felices.

Éste es mi pequeño momento sola conmigo misma, para pensar un minuto en lo que me espera de aquí a tres años. Pienso en que tengo que empezar a mentir a todo el mundo, Diana me dijo que me convirtiera en una actriz de primera y es lo que tengo que hacer. Debo relajarme todo lo que pueda y sonreír. Tengo que fingir que soy feliz y que lo amo... el nudo regresa a mi garganta y lucho con todas mis fuerzas por retener las lágrimas. No se cómo lo voy a hacer, pero sacaré fuerzas de donde no las tenga.

Miro por la ventana hacia la luna llena que es inmensa, jamás la había visto tan enorme, tiene el mismo color marfil que el palacio de las novias, y no sé porqué me acuerdo de mis padres,

—Os prometo que seré alguien en la vida, os prometo que voy a salir adelante y no me dejaré hundir, os llevo siempre en mi corazón, no olvidaré mi promesa.

Sin que me de cuenta Alberth abre la puerta y me tiende la mano para ayudarme a bajar, le hago caso con todo el cuidado del mundo, gracias a lo maravillosamente pesado que es éste maldito vestido, una vez en el suelo alzo la cabeza como me ha indicado ella y al mirar al frente, me llevo un susto de muerte. Frente a mi está el señor Malfoy, muy sorprendido por mi aspecto.

No sé muy bien describir su cara pero diría que está pensando mil cosas a la vez, entre ellas inquietud por recordar nuestro mutuo pasado, extrañeza por no reconocerme del todo con mi nuevo aspecto, y sorpresa y turbación al ver a una sangre sucia luciendo el esplendoroso vestido de novia de sus antepasadas, y la gran corona Malfoy sobre mi cabeza.

Después de estar varios minutos contemplándome con estupor, me da la bien venida con su gélida voz y me ofrece su frío brazo, al que estoy obligada a tomar.

—Bien venida a la familia Hermione, yo seré quien te entregue a Draco —me comenta en tono seco—. Acto seguido no tengo más remedio que tomar su brazo y siento como el corazón se me quiere salir por la boca cuando lo hago. Juntos, caminamos sin prisas pero sin pausas, ambos nos dirigimos firmes hacia el interior del templo.