hoola aki sta lo nueboo
recuerden de ke nada me pertenece
Capítulo 14
Emmett cabalgaba a galope tendido, pero aun asno sentí la liberación que andaba buscando. Maldiciendo, lanzó al caballo a toda velocidad por el sinuoso sendero. Y, sin embargo, no sintió ni placer ni excitación. Estaba lleno de ira.
Sufría por Rosalie. Quería mandarla al infierno y, aun así, sufría por ella. Habían pasado varios días desde que ella lo rechazara, pero el deseo no había disminuido. Se había mezclado con sentimientos de furia y humillación, pero no había disminuido.
Se decía que Rosalie era una mojigata fría e insensible, carente de generosidad y de corazón. Pero luego la recordaba en la playa, con aquella venera en la mano, los ojos iluminados por la risa y el pelo desordenado por el viento.
Se decía que era despiadada y dura como una roca. Pero luego recordaba los dulces y suaves que le habían parecido sus labios al besarlos.
De modo que la maldijo y siguió cabalgando cada vez más aprisa.
El cielo amenazaba lluvia, pero Emmett lo ignoró. Era la primera vez desde hacía días que conseguía escapar a sus obligaciones y salir a montar. El viento silbaba desde el mar, encrespando las olas.
Emmett deseaba que hubiera una tormenta. Deseaba el viento, la lluvia el trueno.
Deseaba a Rosalie.
«Imbécile». Solo un necio deseaba a una mujer que no le correspondía. Solo un loco cavilaba sobre el modo de conseguir lo que ya le había sido negado. Se había dicho todas aquellas cosas muchas veces, pero seguía imaginando formas de raptar a Rosalie y llevársela a alguna parte hasta que encontrara el modo de demostrarle que... ¿De demostrarle qué?, se preguntaba. ¿Qué con ella era distinto?
¿Qué mujer creería semejante afirmación?
Muchas, pensó, y su carcajada resonó amargamente tras él. Ya lo había comprobado con certeza. Sin embargo, ahora que era cierto, ahora que era de vital importancia para él, la mujer a la que quería decírselo no lo creería.
Porque se había comportado como un idiota. Frenando al potro, se detuvo al borde de un acantilado y miró hacia el mar. Se había mostrado demasiado insistente, demasiado audaz. Era una cura de humildad admitir que se había comportado así porque nunca le habían opuesto tanta resistencia.
Las mujeres se sentían atraídas por él, gracias a su título y a su posición. No era tan frívolo, ni tan iluso como para no saberlo. Pero también se sentían atraídas por él porque sabía cómo tratarlas. A él le gustaba de ellas su delicadeza, su sentido del humor, su vulnerabilidad. También era cierto que no había mantenido tantas relaciones íntimas como le atribuía su fama, pero sí las suficientes como para comprender que en el amor debía haber reciprocidad.
Rosalie era joven, ingenua e inexperta. El término «lady» no era meramente un título, sino una forma de vida. En lo que a los hombres concernía, era dudoso que Rosalie se hubiera separado de los libros el tiempo suficiente como para cimentar una relación sólida.
Maldiciendo de nuevo, Emmett se pasó una mano por el pelo desordenado por el viento. ¿Y él? ¿Qué había hecho él? Había intentado seducirla en una cena de etiqueta. ¿Cómo se le había ocurrido pensar que una mujer de su rango y sensibilidad no se sentiría insultada ante semejante acercamiento? Aquella había sido la mayor torpeza que había cometido.
Drácula se removía, impaciente, pero Emmett lo contuvo con firmeza un instante más mientras contemplaba la tormenta que avanzaba lentamente desde el horizonte hacia la orilla.
Nunca le había dicho lo que sentía por ella en el fondo de su corazón. Ni siquiera lo había intentado. El solo hecho de mirarla, de contemplar su rostro severo y serena expresión, despertaba en él un deseo que no había sentido ni por las mujeres más exóticas y llamativas. Era algo más profundo y, por lo tanto, mucho más trascendente. Con ella, se sentía apunto de encontrar el amor que siempre le había parecido inalcanzable.
Ya no podría decirle todas aquellas cosas, pues la había ofendido y enojado. Sin embargo, podía hacer algo distinto, pensó sonriendo mientras comenzaban a caer sobre el mar las primeras gotas de lluvia. Podía empezar desde el principio.
Emmett hizo dar la vuelta al caballo. Mientras el primer relámpago hendía el cielo, echaron a cabalgar hacia palacio.
Una hora después, tras cambiarse de ropa pero con el pelo aún húmedo, Emmett subió al cuarto de los niños. Bernadette le salió al encuentro en la puerta.
—Lo lamento, Alteza, pero es la hora de la siesta de la princesa Marissa. Y su madre está descansando con ella.
—Estoy buscando a lady Rosalie —él se asomó a la habitación, pero Bernadette no se apartó de la puerta.
—Lady Rosalie no está aquí, señor. Creo que esta tarde iba a ir al museo.
—El museo —Emmett se quedó pensando un momento—. Gracias, Bernadette.
Antes de que la doncella acabara de hacer su reverencia, Emmett se había marchado.
hello ke les parecio?
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