[12/03/19]
Se lo encuentra tarde una noche y si fuese del tipo supersticioso, habría (debería haber) tocado madera. La biblioteca ha estado llena de estudiantes a medida que el fin del semestre se acerca y este ruido blanco y anonimidad es lo que Ken busca. Yamato aparece por el corredor, sus brazos llenos de libros y una mochila pesada en su hombro. Su rostro, cansado y largo, es un reflejo de la expresión de Ken y quiere reír, repentinamente, al haberse encontrado juntos así.
Comienza inocentemente, con un saludo por lo bajo y una invitación sincera a tomar el único asiento libre en su mesa. No hablan mucho más que lo estrictamente educado y Ken trabaja detenidamente en sus gráficas mientras Yamato revisa volumen tras volumen de libros, dejando uno a un lado para tomar otro, escribiendo furiosamente antes de volver al primer libro en su mano. Lo observa a través del rabillo de su ojo, haciendo un listado mental de todas las maneras en las que él y Yamato no son lo mismo, preguntándose dónde ella habría dibujado esa línea.
(Luego, está seguro, se arrepentirá de haber hecho esto.)
La quieta vibración de un móvil interrumpe sus pensamientos pero le toma un rato darse cuenta que es su móvil, así que se afana por traerlo hacia sí, de pronto entrando en pánico. No es lo suficientemente rápido; el nombre es visible y Yamato, cuyos ojos buscaban la fuente de esta distracción, discretamente desvía la mirada cuando Ken hace una mueca y apaga su pantalla. Los minutos pasan dolorosamente lentos y quiere gritar cuando su pantalla se enciende de nuevo, colgando la llamada de una vez.
—¿Seguro que no quieres tomarla? — Sus ojos no se han movido de la pantalla o el libro que actualmente está en sus manos, pero Ken se remueve, incómodo, de igual forma.
—Sí.
—Lo lamento, no quise entrometerme — dice y Ken se frustra cada vez más por como se siente, como si estuviese haciendo un berrinche y Yamato, más adulto, más comprensivo, lo está dejando. Su boca se abre y respira profundamente, comenzando a sentir una jaqueca.
—No lo hiciste —le asegura, casi disculpándose—. Le dije que la vería hoy pero no logro convencerme de hacerlo. Sé que debería.
—Seguro tienes tus razones — Yamato dice y esta vez, voltea a ver a Ken directamente. Sus ojos son insoportablemente azules, como el océano o un moretón de un día y no soporta verlo por mucho tiempo.
—¿Te molestaría?
—En realidad, creo que a ambos nos serviría un descanso.
Caminan juntos a la cafetería más cercana y piden sus bebidas para llevar. Ken necesita estirar sus piernas y no cree que pueda aguantar estar sentado y hablar sobre sus sentimientos, pero realmente necesita el café. Yamato insiste en pagar y caminan lenta y tranquilamente, sin dirección alguna. El viento se siente bien en su piel y se permite a si mismo un momento antes de hablar, ignorando su compañía hasta que no se atreve más.
—Creo que estamos terminando. —Yamato-san hace una pausa, guardando su móvil dentro del bolsillo delantero de sus jeans.
—Lamento escuchar eso.
—No lo hagas —Ken dice, encogiéndose de hombros—. Es mi culpa, en realidad.
—Rara vez la culpa es de una sola persona. Confía en mí — le dice y frunce el ceño, como si apenas ha pensado en algo desagradable. Ken se encuentra a sí mismo esperando que sea sobre Mimi-san, luego se siente culpable al respecto. No debería pensar más así, lo sabe.
—Ella realmente quiere que funcione y yo ... no soporto decepcionarla.
No esperaba ser tan honesto pero ahora que están aquí, parece que sería un desperdicio no serlo. El latido en su sien permanece y encuentra la sonrisa de Yamato breve pero extrañamente consoladora.
—Han sido amigos por mucho tiempo. Encontrarán una manera de hacer que funcione, al final.
—Sí — su labio tiembla y lo esconde detrás de su taza antes de morder —, como tú y Mimi-san.
Hay un momento o más bien, una fracción de segundo en el que puede escuchar como la respiración de Yamato-san se entrecorta y luego se ríe, sombrío y corto pero cierto.
—No así —dice y Ken realmente podría gritar.
—No — asiente, luego mira hacia el cielo—. No así.
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Se encuentran en un lugarcito sin mucha gracia, lejos de los lugares que usualmente frecuentan. No reconoce ningún rostro en el lugar ni tampoco algún ítem del menú, por lo que se conforma con emparedados de pepino y té verde. Ella ordena una porción de pastel de queso y soda de fresa, jugueteando con la pajilla en cuanto la sirven. La suelta, repentinamente, como si apenas se ha dado cuenta de lo que hace y empieza a comer su postre, masticando más cuidadosamente de lo que su comida requiere. Ken la mira con algo de sospecha, probando una porción de su emparedado, ignorando su frescura ante la factibilidad y el pavor.
—Así que, ¿quieres terminar?
Casi atorándose, Ken tose un poco y Miyako le alcanza su bebida. Toma un trago profundo, haciendo una mueca ante el alivio azucarado.
—Lo lamento — suelta, disculpándose—. No quise sorprenderte. Pero solo es confirmación, ¿no?
—¿No tengo nada que decir en esto? —Ken finalmente pregunta, serio.
—¿No estás de acuerdo?
—Miyako...
—Está bien —le dice y lo dice en serio—. Me has gustado por tanto tiempo. Y estoy contenta de que no tengamos que vivir con la incertidumbre de «¿qué habría pasado?». Pero honestamente, no quiero entrar en esto temiendo perderte contra alguien más. Incluso... — la jalea fresca de fresa se desliza decadentemente por el costado del postre que apenas ha tocado, la única señal de vida en una mesa que está en completo silencio. Miyako parpadea rápidamente y su sonrisa tiembla ligeramente. Ken no está respirando. —Incluso fantasmas.
Antes de saberlo, su mano ha alcanzado la suya y la aprieta fuerte. El café es olvidado rápidamente pero hay una insinuación de fresa y sal en su beso.
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Todo oscurece cada vez que ella lo abre.
La luz que se filtra por la calle a través de las cortinas convierte su habitación en una visión del espacio exterior. En esta media-luz, su cabello se ve como el rosa desteñido de los árboles de cerezo al borde de la muerte que acechan sus pesadillas. Sin sus lentes, realmente podría ser cualquier otra persona y esta idea es más escalofriante que el sabor de grava y lodo y óxido en la boca. Ken baja su cabeza y muerde su clavícula una vez antes de besarla profundamente.
—Pensé que querías terminar conmigo —murmura suavemente, besando el hueco de su garganta. Su manzana de Adán sube y baja y ella se ríe, acercándose un poco más con una pierna desnuda peligrosamente cerca de su entrepierna. La simple verdad es que la quiere, huirá a su lado y se fijará frente a un tren sin frenos para evitar que ella se vaya. La verdad nunca es tan simple.
—Quiero un mejor final —le dice y es todo lo que puede hacer para no huir—. ¿Tú no?
—¿Qué hay de...? — sus dedos trazan una línea invisible a lo largo de su bicep con la punta de sus uñas, su tacto es suave y ligero—. ¿Eso acabó, también?
—Nunca comenzó — Ken se pregunta por qué es tan sencillo mentirle sin siquiera sudar. Es fácil, cuando ella está tan dispuesta a perdonar su desliz de antes. Desde este angulo, en este momento, casi puede pensar que es cierto—. Desearía que no le hubieses dicho nada.
—Nunca la había visto tan miserable —Miyako dice, volteando a verlo—. Como si su corazón se rompiera.
Su cabello se derrama por todas partes — su cama, su cuello y senos. Ken disfruta de su sensación, suave y su aroma, relajante. Acostado aquí, puede pretender que los últimos meses no han pasado y que no ha intentado matar esta cosa salvaje que vive en su pecho. Se esconde atrás, un intento desesperado por evitar pensar en esta Mimi de quien habla, destrozada, y sola, y con el corazón roto, de todas las cosas.
—¿Alguna vez rompí tu corazón, Miyako-san?
Ella ríe profundamente y el beso que lo sigue está tan maldito como el primero.
—Nunca lo harías.
Una sombra se esconde en la esquina de sus labios hambrientos al separarse.
El asunto es que, lo haría.
