Con cariño, para las ansiosas ;)


LÓGICA Y RAZÓN

Izana la dejó en paz, gracias a los dioses.

Y aunque seguía viéndolo en los desayunos familiares, le concedió una respetuosa distancia que le brindó algo de sosiego a su agitada alma. Desde su devastadora conversación con Kiki, fue como si las compuertas que tan cuidadosamente había erigido Shirayuki cuando Zen murió, se hubieran resquebrajado derribando cada una de las defensas que tuvo que construir para sobrevivir al vacío de un corazón roto y seguir cuerda aquellos días. Así que cuando la noche llegaba, la luna la encontraba abrazada a aquella almohada que ya no tenía el olor de Zen, empapándola con su llanto y sofocando gritos de dolorosa soledad contra ella.

Sufriendo el duelo que no se le permitió sentir y llorando las lágrimas que debieron haberse llorado hace dos años.

Izana era testigo de su solitaria lucha. Desde su ventana, la veía cruzar los jardines, con los hombros caídos y la mirada perdida en el pasado, en algún recuerdo de sus días compartidos. Pero cuando abría la puerta de aquella sala donde los Wistalia desayunaban, sus ojos tardaban un segundo en abandonar la tristeza y dejarse arropar por el afecto sincero y honesto de sus hijos y sobrinos. Sí, al menos delante de ellos, la tristeza huía de su semblante.

Él procuraba no inquietarla, sabedor de la dolorosa herida que se había reabierto, cruda y descarnada, en su última conversación a solas. Sabía además que Shirayuki estaba rozando sus propios límites en cuanto a él. Porque ahora mismo ella solo veía en él el símbolo de todo a lo que tuvo que renunciar y de las exigencias de una corona. Además, bastante tenía él ya con sus propias inquietudes…

Izana siempre ha sido una persona que lo considera todo y lo sopesa todo. Tiene en cuenta todas las posibilidades y variables, y encuentra deliciosa y perversa diversión en prever y anticipar las reacciones de las personas, meros peones en su juego de ajedrez. Pero el juego pierde su gracia cuando se trata de sí mismo. Oh, sí. Porque ante sí tenía un enigma que no era tal.

Su racionalidad le exige ceñirse a los hechos, lógicos e irrefutables, para luego despojarlos de adornos y artificios, y reducirlos a la verdad desnuda.

Sí, ella aportaría al trono su imagen de princesa del pueblo, su posición y la de sus hijos, y sus conexiones. Porque las tenía. A lo largo de los años, Shirayuki había ido tejiendo su propia red de contactos, amistades y conocidos, sin ser consciente, al menos en los primeros tiempos, de la importancia de los mismos. Eso era un hecho objetivo…

Sí, vale, Shirayuki le gustaba como mujer, de acuerdo. ¿Y?

Ciertamente, hace ya mucho tiempo que dejó de ver en ella a la muchachilla de la que se prendó su hermano en una de sus habituales escapadas del castillo. Shirayuki era una mujer. En todos los sentidos. Este seguía siendo un hecho relativamente objetivo, aunque bastante impregnado de subjetividad, sin duda.

Pero era su espíritu. Era su falta de miedo. Era esa capacidad de replicarle con ingenio. Sin temor y sin perder las formas. Era esa mezcla perfecta de educadas maneras cortesanas y vivaz espíritu. La fuerza, el valor para ponerse en pie ante un desafío a pesar de querer esconderse en un rincón oscuro. Una combinación extraña de determinación racional y audacia por instinto. Un rompecabezas que jamás se cansaría de aprender. La forma en que le sostenía la mirada sin dejarse acobardar. El fuego verde… Eso es lo que le atraía de ella.

Y esto ya era del todo subjetivo. Completamente subjetivo.

Así que no le gustaba que Shirayuki le gustara. No. Eso hacía las cosas más difíciles. Entraban en juego variables personales que no hacían más que enredar las cosas. Y ya no era divertido cuando era él el objeto de examen.

Eso lo complicaba todo.


Si algún osado se hubiera atrevido a preguntarle al rey si había amado a su reina, y si por otro milagro Izana se hubiera dignado a responderle, el rey hubiera contestado sin dudar un segundo que sí. Siempre y cuando por amor se entendiera el afecto y el respeto mutuos, basados en un plan de vida compartido, con intereses y proyectos en común por el bienestar del reino y de la crianza de los hijos que los sucederían cuando ellos faltaran.

Eso era el amor para Izana. Haki lo entendía y aceptó ser su esposa plenamente consciente de que no habría amor en su matrimonio. Pero es que él sí amó a Haki. A su manera, distante y reservada, y según sus propios términos, pero lo hizo. Es cierto que su elección de compañera atendió a criterios objetivos y esperables en alguien de su estatus. Y aunque él no la eligió, Haki llegó a ser la esposa que él quiso tener. El afecto vino después.

Puede que sea la suya una concepción muy laxa (o quizás muy limitada y restringida), aunque jamás podrá saberse, porque las dos únicas personas con las que Izana podría hablar al respecto ya no caminan entre los vivos.

Él nunca entendió el amor como lo retrataban los poetas y las historias. Ese remolino de emociones que destierran la razón y la cordura, esa renuncia a la individualidad, al ser 'yo', poniendo el corazón en otras manos y confiando en que no lo destruyan, eso, jamás lo había sentido. Y tampoco quería.

No… Él vivía convencido de que tal sentimiento no era más que pura atracción física pintada y disfrazada con el barniz rosa del romanticismo.

¿Cómo iba él a rendirse a otra persona? ¿Cómo iba a renunciar a sí mismo? A todo lo que era, a todo lo que le hacía ser quien era. Era inconcebible…

¿Cómo iba a depender de alguien?

¿Cómo iba a ponerse en manos de una mujer?

Jamás.

Así que no… Necesitaba tiempo. Tiempo para someter y domeñar esas nuevas ideas, peligrosas e irracionales, que amenazaban con destruirle desde dentro.

Porque desde el momento en que tu individualidad deje de ser una para ser dos, te estás arriesgando a la traición. Y con la traición vienen siempre el dolor y la tristeza…

E Izana siempre ha estado mejor solo.