La luz de la mañana le daba en pleno rostro y le hacía fruncir el ceño. ¿Estaban descorridas las cortinas? ¿Qué hora era? Se frotó lentamente los ojos y se pasó los dedos por los pómulos, respirando profundamente. Le costaba moverse, y quiso reírse de sí mismo. Hacía muchísimo tiempo que no bebía tanto … ciertamente, la noche anterior junto con Archibald había batido su récord. Ojalá hubiera merecido la pena, ojalá Archie le dejara ayudarlo, a él y a Annie, en lo que pudiera.

Se giró un poco en el lecho intentando huir de la luz matinal. No sentía deseos de moverse. Estaba agotado. Sus labios dibujaron una irónica sonrisa. Estaba claro que ya no era tan joven, aunque lo de ayer no lo hubiera soportado ni con veinticinco años. Precisamente la edad de Archie, pero él tuvo que arrastrarlo hasta su habitación porque apenas podía tenerse en pie. Y los sueños … parpadeó lentamente. Lo ojos le escocían. Parecía todo terriblemente real, incluso sintió la humedad de su boca, el tacto de su piel … el simple hecho de rememorarlo hacía que se le acelerara un poco la respiración.

Consiguió abrir parcialmente sus celestes ojos y gruñó, volviendo a girarse en el lecho.

- Buenos días, William. - Pegó un respingo y casi se cayó de la cama, los ojos ya abiertos de par en par, el corazón desbocado en el pecho, observando con la boca abierta a la mujer que había protagonizado sus sueños, sentada en una esquina de la cama, enfundada en un batín de seda.

- Dios mío … ¡Patty! ¿Qué … ? - Miraba alrededor totalmente impactado, intentando procesar la situación en su cerebro.

- Tranquilo, todo esta bien … - Susurró ella, aunque también estaba nerviosa. Él la observaba incrédulo, como si ella fuera un fantasma.

- Estoy … - Observaba la habitación mientras su rostro se oscurecía. - ...por Dios, Patty, anoche …

- Anoche no sucedió nada de lo que debas culparte, William, de veras. - Parecía tan serena y segura de sí misma, allí, frente a él, con aquel batín escarlata que resaltaba sus hermosos ojos … William recordó instintivamente que bajo aquella prenda llevaba otra mucho más reveladora, que él había acariciado, manoseado … su rostro se tiñó de vergüenza.

- Lo que sucedió anoche … ¿fue real? Creí … oh, Patricia, por favor, por favor, perdóname … no tengo palabras para decirte lo que siento hacia mí mismo en este instante … soy un sinvergüenza, un … - Ella se acercó a él meneando la cabeza.

- No sucedió nada, William tranquilízate … nada ha cambiado para mí …

- ¿Qué? Pero, pero … - Un insoportable dolor de cabeza le estaba machacando las sienes, amén de que apenas se reconocía a sí mismo. ¿Realmente había tenido el coraje y la desfachatez de ir al cuarto de Patty y …? Detuvo sus pensamientos. Tragó con fuerza, intentando calmarse, y la miró fijamente a los ojos. - Patty, ayer yo … bueno, creo que en toda mi vida me había embriagado tanto, y tuve la poca vergüenza de venir aquí a molestarte y a … Dios mío, debiste echarme a patadas. No sé cómo pude … fui de todo menos un caballero … ¿hice …? ¿Qué?

- ¿Qué recuerdas? - A Patty le atronaba el corazón en el pecho y sentía sus mejillas ardiendo, pero se mantuvo firme, sin apartar la mirada, las manos entrelazadas en su regazo. El rostro de William era todo un poema.

- Recuerdo … - Carraspeó. - … que te besé … te … te toqué … - El hermoso rostro de William estaba rojo como las brasas y bajó la vista, turbado. - Espero que … que no … sinceramente, creí que era un sueño …

- Y después te mareaste, te ayude a llegar al lecho y te ayudé a acostarte, apenas podías caminar. - Él se pasó las manos por el rubio cabello, y entonces se percató de su desnudez. Sus ojos se encontraron, y William volvió a sonrojarse. - También tuve que ayudarte a … - Patty se mordió el labio. - … desvestirte. - Le señaló su ropa, cerca del lecho, en un diván. William cerró los ojos suspirando profundamente y volvió a abrirlos, mirándola fijamente.

- Perdóname por favor, Patty … no tengo excusa para lo de anoche. Jamás había hecho algo así, y te juro que jamás volveré a hacerlo … he sido de todo menos un caballero y tú … - La iluminó con sus brillantes ojos. - … tú, como siempre, me has dado una lección. Eres toda una señora ...- Ella se ruborizó. - Ahora … - Pareció turbado un segundo. - Ahora creo que debo vestirme y alejarme de tu vista.

Ella entendió que él iba a levantarse e hizo lo propio, dándole la espalda y acercándose al ventanal. El sol iluminaba los coloridos jardines. Iba a ser un glorioso día. Oyó que William se movía tras ella, poniéndose sus ropas y miró por encima del hombro. Suspiró entrecortadamente. El rubio cabello despeinado, abotonándose la camisa en aquel instante, el chaleco desabrochado … estaba muy sexy, esa era la dura realidad. Él alzó la cabeza al tiempo que Patty se giraba, y sus ojos se encontraron.

- Bueno … - William parecía cohibido. - … te dejo tranquila … - Se volvió para marcharse mientras Patty abría la boca y él se detenía súbitamente, volviéndose hacia ella.

- William …

- Patty ...

Ambos hablaron al unísono y se detuvieron sonriendo.

- Adelante.

- No, por favor, ¿qué ibas a decir?

- Yo … - Patty sintió que sus mejillas ardían. Le costaba respirar. - William, quiero que sepas que lo de anoche fue importante para mí. - Pudo leer la sorpresa en su rostro. Se mordió el labio, encogiéndose levemente de hombros. - Tengo … bueno, siento … - Soltó un bufido. - Maldita sea. Hace mucho tiempo que no sentía lo que siento estando contigo … en realidad, creo que nunca he sentido algo así, así que, por favor, aunque tú no sientas lo mismo, te pido que no me apartes de tu lado.

Vio cómo William se quedaba impactado, mirándola con incredulidad. Su rostro tardó un momento en recomponerse.

- Patricia O´Brien … - Susurró con voz ronca. - ¿Cómo puedes pensar que después de lo sucedido anoche no siento lo mismo por ti? Vine casi arrastrándome a estar con la única persona con la que deseo …

Unos toques en la puerta lo hicieron detenerse y ambos miraron la puerta cerrada casi con pánico.

- ¿Patty? - La suave voz de Candy surgió a través de la madera. - ¿Estás ahí? ¿Puedo pasar? - Ambos se miraron sin saber qué hacer.

- ¡Un segundo! - Casi sin pensar, Patty agarró a William del brazo y lo introdujo por la primera puerta que encontró a su paso. - ¡Ya voy, Candy! - Se acercó a la puerta, peinándose un poco el cabello con los dedos, y la abrió.

- Buenos días. - Candy entró a la estancia, completamente arreglada, con su luminosa sonrisa. Abrazó levemente a su amiga, y esta pudo apreciar el sutil aroma a rosas que desprendía la hermosa rubia. - ¿Cómo estás? ¿Aún en la cama?

- Sí … parece que hoy se me han pegado las sábanas.

- Bueno, te espero. - Dijo Candy sentándose en la revuelta cama.

- ¡No! Es decir … - Patty se ruborizó levemente y Candy frunció el ceño. - Voy a tardar un poco … y tal vez … tal vez Archie ya se haya levantado y no deba estar solo. - El rostro de Candy se entristeció.

- Oh, es cierto, creo que tienes razón. Hoy también va a ser un duro día. - Se levantó con su energía habitual y se dirigió a la puerta nuevamente. Patty le agarró la mano al pasar.

- ¿Tú qué tal estás? Sé que habrá tenido que ser duro despedir a Terry … - Candy se encogió de hombros, intentando disimular su estado de ánimo, pero Patty la conocía bien. - ¿Pudiste verle? - La rubia asintió y una sonrisa de añoranza cruzó su rostro un segundo.

- Sólo un minuto … el tren ya estaba prácticamente en marcha, pero pude verle un minuto … - Patty la abrazó.

- Después hablaremos todo lo que quieras. No voy a moverme de tu lado en unos días.

- Gracias, Patty. - Candy le apretó la mano y salió.

En cuanto se cerró la puerta, Patty corrió a la puerta por donde había metido a William, que resultó ser un armario, y la abrió. Allí, agazapado entre vestidos y blusas, él la observaba con una ceja arqueada, y entonces Patty ya no pudo contenerse. Las carcajadas salieron de su boca sin control, mientras ayudaba a William a salir.

- Lo siento … - Reía ella, secándose los ojos. - Pero es que … - Y volvía a echarse a reír. William la observaba entre divertido y travieso.

- Vaya, vaya, a la señorita le divierte la situación … - Comenzó a acercarse a ella, con un brillo en sus ojos azules y Patty cesó de reír.

- William , ¿qué estás haciendo?

De pronto él la cogió en brazos, entre gritos de protesta y diversión, y se acercó al armario.

- Veremos qué te parece la comodidad del armario.

- ¡William! ¡Bájame!

- Ssssshhh, señorita Patricia … o vendrá toda la casa … - Ella reía ante las muecas de él.

- Sólo sería por tu culpa …

- ¿De veras?

La depositó en el suelo, con los brazos de Patty rodeando su cuello, y la atrajo hacia sí.

- Esta vez quiero sentir que es real … - Susurró, sus rostros muy cerca.

- Yo también. - Y fue ella quien se alzó de puntillas y encontró sus labios. Tomó el rostro masculino entre sus manos y enseguida el roce de sus lenguas y las manos de William en su cintura y en sus nalgas, hicieron que deseara más. Él mordió su labio inferior, el aliento caliente quemando su boca, su respiración llenando su agitada garganta …

- Debo irme … - Susurró William, apartándose un poco y poniendo cierta distancia entre ellos. Tenía las mejillas encendidas y la respiración acelerada, al igual que Patty, pero parecía afligido. - Perdóname de nuevo … - Intentó sonreír. - Esto … sé que esto no es apropiado y te pongo en unas situaciones que …

- William … - Intentó cortarle ella.

- Patty, cuando estoy contigo, apenas puedo controlarme … y no quiero que creas que intento … - Unas voces en el pasillo llamaron su atención y giró la cabeza frunciendo el ceño.

- ¿Qué sucede?

- No lo sé. - Terminó de abotonarse la camisa con dedos ágiles y se dirigió a la puerta. - Ahora sí que me marcho. - La miró por última vez y los ojos de ambos dijeron muchas cosas que las palabras no podían describir. - ¿Nos vemos luego?

- Claro que sí.


William casi echó a correr por el pasillo en dirección a su habitación, principalmente para alejarse de miradas indiscretas que pudieran dar lugar a comentarios innecesarios, tanto por Patty como por sí mismo. En realidad, debería haber sido más discreto, y jamás haber ido a su habitación.

Pero estaba tan borracho y deseaba tanto verla, que no tuve en cuenta nada. Simplemente, actué. Se dijo a sí mismo, mientras entraba en su habitación, despojándose de la ropa, camino del baño.

Unos toques en la puerta lo hicieron detenerse a mitad de camino, mientras Watters hacía acto de presencia en la estancia.

- Buenos días, señor William, perdone que le moleste. Sólo quería informarle que está mañana a primera hora, ha llegado aviso de que la señora Elroy llegará esté mediodía.

- ¿La señora Elroy? - Frunció el ceño. Maldita sea, las noticias vuelan. Ha debido enterarse de la desgraciada noticia del bebé de los Cornwell. - Bien, Watters, gracias. Por favor, organice todo para preparar sus aposentos.

- Sí, señor.

- ¿Ha bajado ya Archie a desayunar?

- Sí, señor. La señorita Candy está con él.

- Bien, bajaré enseguida.

Watters lo dejó solo y él se metió a la ducha. Mientras el agua caía por su rostro y su cuerpo, intentó relajar la tensión de sus músculos. Estaba muy estresado. El trabajo, en definitiva la vida al frente de la familia … reuniones, viajes … nada de aquello cuadraba con su carácter. Siempre había deseado su libertad, su independencia … pero tomó su decisión, eligió su camino … aunque a veces hubiera deseado tanto …

Una ciudad desconocida, un trabajo anónimo, una casita … y ella. Terminó de lavarse el cabello y el cuerpo y apagó la ducha, saliendo y procediendo a secarse con vigor. Cuando miro su rostro … tan joven, tan … libre. Libre de todo esto. ¿Cómo podría condenarla a esta vida? Yo continuamente con mis negocios, la familia Andrew presionando mi espalda … aunque fuera ella, aunque fuera ella con quien quisiera compartir mi vida … ¿cómo podría? ¿Cómo podría hacerle eso? ¿Ofrecerle esta vida?

Se puso la ropa interior y los pantalones y se calzó los calcetines y zapatos, mientras se acercaba al espejo y observaba su rostro. Sus brillantes ojos azules lo miraron con tristeza. Debía hablar con Patty … pero al mismo tiempo quería evitar hacerlo. No quiero que se vaya. Maldita sea. Se pasó las manos por el rubio y húmedo cabello. Patricia era diferente. Era diferente al resto. Dejando a un lado su belleza, era inteligente, divertida, sensata, fuerte … aún podía verla sentada frente a él esa mañana, tan segura de sí misma … Se frotó las sienes. El dolor de cabeza había vuelto. Maldito whisky. Necesitaba un analgésico para poder afrontar aquel duro día. Iban a ir al hospital a hablar con Annie. Archie debería darle la dura noticia de la muerte de su hijo.

Se puso la camisa y se abotonó los diminutos botones. Ha sido intenso. No puedo recordar claramente lo que sucedió anoche, pero aún puedo sentir el tacto de su piel … frunció el ceño y respiró profundamente, intentando calmarse. La deseaba … no podía negarlo. Si no se hubiera detenido … Si ella no me hubiera detenido. Abrió los ojos con sorpresa e intentó rememorar la escena. Creía que era un sueño … ella en su cama, junto a él. La besaba, y ella le correspondía … igual que esta mañana. Pero anoche fue ella la que mantuvo la cabeza fría … aunque la noté preparada, preparada para mí. Se revolvió inquieto e hizo esfuerzos por tranquilizarse. Ahora era él quien debía mantener la cabeza fría. Quedaba mucho día por delante.


Una hora después, los cuatro llegaban al hospital, todos intentando animar a un roto Archibald, que además se encontraba realmente fatal debido a los excesos de la noche anterior, temblaba de pies a cabeza y parecía verdaderamente aterrado.

Una vez llegaron a la puerta de la habitación de Annie, se toparon con los señores Brighton, hablando con los médicos de la joven.

- Señores … - Saludaron los médicos a los recién llegados. - Como ya estábamos comunicando a los padres de la señora Cornwell, ha pasado una noche tranquila, bajo los efectos de los sedantes ha descansado, pero comienza a despertarse. Su tensión se ha estabilizado y sus constantes son casi normales. Como ya supondrán, lo primero que va a desear saber es el paradero de su bebé. - El doctor Hesston se dirigió a Archie. - Creemos que lo mejor es darle la trágica noticia cuanto antes, señor Cornwell. - El joven asintió, tragando con fuerza. - Si desean intimidad, se la concederemos.

- No … yo … ¿podrían … podrían estar conmigo en la habitación? Sé que Annie va a querer conocer todos los detalles …

- Por supuesto.

- Candy … - Archie miró a su prima, casi suplicándole con sus ojos avellana. - ¿Podrías entrar conmigo? Annie querrá tenerte a su lado.

- Claro que sí, Archie. - Candy le apretó la mano, y ambos junto con los médicos, entraron en la habitación.

La imagen de Annie les dio de lleno en la cara. Candy sintió que su corazón se iba a desgarrar de tristeza. Su querida hermana … allí tumbada, tan pálida, tan tremendamente derrotada, su dulce rostro apagado por oscuras sombras. Sus grandes ojos azules los observaron sin revelar nada.

- Buenos días, señora Cornwell. - La saludó sonriente el doctor Hesston. - ¿Cómo se encuentra?

- Sabe de sobra lo que quiero que me digan de una maldita vez. - Masculló Annie muy bajo.

Archie se adelantó y se sentó en un lado del lecho, intentando sonreír y coger la mano de su esposa, pero ella la apartó con un brusco gesto. No empezaban con buen pie.

- ¿Cómo estás, querida?

- ¿Dónde está nuestro hijo, Archie? Dime la verdad. - Él tragó con fuerza y sintió un nudo en la garganta. Carraspeó para aclararse la voz.

- Annie, hubo complicaciones … estaba en riesgo tu vida … hicieron todo lo posible, pero …

- ¿Qué? - Annie se había incorporado, y observaba a su marido y a los médicos con incredulidad.

- Señora Cornwell, era demasiado pronto para el bebé, pero hubimos de practicarle una cesárea, ya que de lo contrario, ambos hubieran muerto. Él no sobrevivió, lo sentimos mucho.

- No … - Ella movía la cabeza de un lado a otro. - No, no, no …

- Annie … - Archie intentó acercarse a ella.

- ¡No me toques! - Chilló ella, y fue como si le hubiera pegado una bofetada. Archie se echó para atrás. - ¡No me toques! ¿Está muerto? ¿Muerto?

- Annie, cariño … - Candy estaba junto a ella, las lágrimas rodándole por las mejillas. La escena era desgarradora.

- No puede ser … - Le temblaban las manos, no podía respirar … Miró fijamente a los médicos. - ¿Qué ha pasado?

- Tenía la tensión muy alta. Ello aceleró el parto prematuro … - Los médicos la miraban con empatía. Archie volvió a acercarse al lecho.

- Annie, querida, escucha …

- ¡No! - Annie se retorció y sus ojos enloquecidos lo taladraron. - ¡No quiero verte! ¡Vete! ¡Vete! - Y estalló en lágrimas, gritando.

El doctor Krantz apartó suavemente a Archie a un lado y entre los dos médicos agarraron a Annie y le inyectaron un líquido en el brazo. La joven seguía gritando y llorando, hasta que paulatinamente los gritos fueron cediendo y vieron cómo Annie volvía a entrar en un sueño profundo.

- Será mejor que salgan un momento. - El doctor Hesston le puso una mano en el hombro. - La reacción es normal, debe procesarlo. Luego estará más tranquila y podrán hablar.

Un mortalmente pálido Archie asintió perdido. Candy estaba en un momento a su lado, agarrándole el brazo y secándose las lágrimas del rostro.

- Vamos, Archie.

Fue la joven quien casi lo sacó a rastras de la habitación. Fue Candy quien, entre suaves sollozos intentó explicar a Albert, Patty y los Brighton la reacción de Annie. Archie sentía que iba a desmayarse de un momento a otro.

Notó cómo lo sujetaban firmemente del brazo.

- ¿Estás bien? - Albert lo miraba con preocupación.

- Sí … - Carraspeó. - Sí, Albert, no te preocupes. Necesito ir al baño.

- Te acompaño.

- No, no, de verdad, estoy bien. - Le apretó el brazo e intentó sonreír. - Esta vez no voy a a hacer ninguna locura, lo prometo.

Se dirigió a los baños del final del pasillo y nada más entrar, se acercó al lavabo, abriendo el grifo de agua fría. Pero antes de poder hacer nada más, tuvo que entrar rápidamente al baño y vomitar todo el desayuno. Se apoyó en la pared tembloroso, esperando a poder recuperar las fuerzas de nuevo, y volvió al lavabo, esta vez mojándose el rostro y suspirando.

Algo se había quebrado cuando se encontró con los ojos de Annie. No sólo era una reacción natural, como habían insinuado los médicos, sino que, como Archie había supuesto, lo poco que los unía, el vínculo que aún podía existir entre ellos, se había roto definitivamente. Archie supo en ese mismo instante, que ya no podrían retomar su matrimonio. Aunque lo intentaran, ya no podrían continuar con aquello. Lágrimas calientes rodaban por sus mejillas mientras se miraba en el espejo del lavabo. Sabía por qué lloraba. No sólo por su hijo, ni por su matrimonio acabado, sino por aquella dulce joven que conoció siendo casi un adolescente, aquella joven de ojos azules que lo observaba con amor y devoción. ¿En qué momento se destruyó todo aquello? ¿En qué momento se perdieron por el camino? Y más concretamente, ¿qué iban a hacer a partir de ahora?


Eran casi las doce de la madrugada cuando por fin pudo poner los pies en su apartamento, y aunque estaba destrozada, tanto física como psíquicamente, sintió una absurda felicidad y tranquilidad. Aquellas cuatro paredes eran lo que más consideraba su hogar, su propio espacio personal. Y realmente, necesitaba estar sola. Había sido una semana verdaderamente dura la pasada desde que comunicaron a Annie la muerte de su hijo.

La joven rubia se despojó de camino a su dormitorio de las ropas que llevaba: zapatos, vestido, medias, ropa interior … llegando desnuda al baño y estirando los músculos de su cuerpo. Una ducha era lo que revitalizaría en ese momento su cuerpo y su espíritu.

Volvía del hospital, donde había pasado la mayor parte del tiempo en aquellos días, sentada al lado de la cama de Annie, arropándola, escuchándola y brindándole todo su cariño, como siempre había hecho. Annie estaba verdaderamente destrozada. Candy jamás había visto a su amiga tan abatida, tan hundida. Podía comprender el dolor de Annie, su duelo, pero había algo que se le escapaba. No comprendía muy bien aquella reacción para con Archie, como si Annie le culpara, como si no soportara su presencia. Candy había intentado hablar con ambos por separado, pero los dos se habían cerrado en banda, y Annie había comenzado a ponerse muy nerviosa, disparándose su tensión, por lo que Candy había decidido dejar el tema, al menos por el momento.

Lo que todos tenían perfectamente claro era que la joven morena no estaba bien, y no se referían a su salud corporal. La recuperación posterior estaba siendo muy satisfactoria. Aquella misma tarde habían levantado a Annie un rato, y lo había soportado bastante bien, una vez pasado el mareo inicial. Lo que les preocupaba era su salud mental. También habían hablado con los médicos, pidiendo su consejo, y estos les habían aconsejado ciertamente que buscaran ayuda profesional. Había instituciones y profesionales que podrían ayudar mucho a Annie.

La señora Brighton se subió por las paredes, diciendo que donde mejor estaría su hija sería volviendo a casa junto a ella, a lo que Albert y Candy argumentaron en contra y Archie se mantuvo extrañamente callado. Parecía que el tema no fuera con él. Y cuando esa misma tarde Albert había llegado al hospital con una interesante información sobre una clínica, estalló la bomba.

Candy apagó el grifo de la ducha y envolvió su cuerpo en una toalla, perdida en sus pensamientos mientras se ponía frente al espejo. En cuanto llegó Albert al hospital aquella tarde, reunió a todos en la salita de estar de al lado de la habitación de Annie y les expuso su plan.

- Me he pasado la mañana recabando información sobre las mejores instituciones que podrían ayudar a Annie en esta … fase, y he encontrado esto. - Puso varios papeles en la mesa frente a todos. Candy observó a Albert un instante y sintió ganas de darle un abrazo. Albert también estaba agotado, se notaba en su apagado rostro, en sus ojeras que mitigaban el brillo de sus ojos. Candy sabía que tenía mucho trabajo, y que a raíz de lo de Annie se le había retrasado, a pesar de que anteriormente al suceso había hecho maravillas para poder disfrutar de unos días de descaso, que obviamente no había tenido. Pero también intuía algo más … una extraña tristeza emanaba de su hermano del alma, y Candy quería saber por qué. Todos cogieron las hojas que Albert había distribuido por la mesa, mientras este continuaba hablando. - Se trata de una clínica situada en el estado de Pensilvania, concretamente en la pequeña ciudad de Erie, situada a orillas del lago Erie.

- ¿No fue ahí donde hace unos años se produjeron graves inundaciones? - Saltó el señor Brighton.

- Creo que sí … pero ahora la ciudad está totalmente recuperada de aquello, y …

- ¿Y consideras lo más acertado mandar allí a mi hija, William? - Albert respiró profundamente.

- Sí, Thomas, he estado informándome y es una clínica de descanso con excelentes referencias. Los métodos son muy innovadores, el entorno es muy adecuado, y los resultados son muy alentadores.

- ¿Quieres meter a mi niña en una clínica? - La señora Brighton había comenzado a alzar la voz. - ¿Es que has perdido la cabeza?

- En absoluto, Martha, solo estoy intentando buscar la mejor solución para que Annie pueda reponerse lo mejor posible. Es una clínica muy respetable, los pacientes, que no son considerados como tal, mantienen su independencia y la mayoría encuentra la paz interior y el equilibrio que había perdido por una u otra causa.

- ¡Eso son estupideces! ¡No consentiré que internéis a mi hija en ningún sitio! - El señor Brighton se había puesto en pie. - Annie, en cuanto le den el alta, volverá a casa con nosotros, hasta que se recupere.

- Esa decisión no te corresponde. - Contestó Albert sin perder la calma.

- ¡Soy su padre! ¡Por supuesto que me corresponde decidir lo mejor para mi hija!

- Tú hija es una mujer adulta y casada. Ahora, como sabes, la decisión está en manos de su marido.

- ¿Su marido? - Escupió el hombre mirando a Archie sin ocultar su desprecio. Rió con sorna. - Mira a su marido. No está en posición de decidir nada. Además, ¿cuándo pensaba decirnos en qué estado se encontraba Annie?- En ese momento, Candy deseó zarandear al señor Brighton. Siempre lo había considerado un buen hombre, había sido siempre un padre amoroso y ejemplar para Annie. Y lo seguía siendo, no le cabía duda, pero en ese momento se equivocaba completamente. Y al cruzar una rápida mirada con Albert, supo que él pensaba lo mismo.

- Thomas. - La voz de Archie se oyó por encima de las demás. Parecía totalmente calmado, aunque su rostro estaba mortalmente pálido, y miraba al señor Brighton fijamente. - Creo que me conoces lo suficiente como para no volver a cuestionarme nunca más.

- Estamos hablando de …

- No he terminado. - Lo cortó Archie en tono frío. - Comprendo tu preocupación por tu hija, pero ahora ella es mi responsabilidad.

- ¿La obligarás contra su voluntad a …?

- Yo no he dicho eso. Siempre respetaré los deseos de Annie, pero también haré lo mejor para su salud y bienestar. Y espero contar con vuestra ayuda, porque de no ser así … - Los ojos de ambos hombres se encontraron y el señor Brighton sintió un escalofrío. - … pelearé, Thomas. Y créeme que no querrás entrar en esa diatriba.

La tensión en la estancia podía cortarse con un cuchillo. Al cabo de un momento, los señores Brighton abandonaron la habitación.

Después de eso, fue difícil volver a arrancarle a Archie alguna otra palabra. Volvieron todos a la mansión Andrew y Patty les comunicó que debía volver a Florida al día siguiente. Al parecer había recibido un telegrama de su madre, indicando que su abuela no se encontraba demasiado bien. Aquello, sumado al estado de ánimo de Archie y también del de Albert, amén de que la tía Elroy había llegado hacía unos días y como siempre, había hecho caso omiso de la presencia de Candy, hizo que la joven rubia deseara escapar de allí , al menos por unas horas. Se disculpó diciendo que debía pasarse al día siguiente por el hospital a primera hora, lo cual también era cierto, pero prometió acompañar a Patty a la estación.

Terminó de secarse el cabello y se puso un fino camisón, tumbándose en la cama con un suspiro.

Ojalá estuvieras aquí, amor mío. Deseó a la oscuridad. Apenas había tenido tiempo de nada, ni siquiera de deleitarse recordando los hermosos momentos vividos con su amado. ¿Qué estaría haciendo en aquel instante? ¿Estaría pensando en ella? Ya hacía una semana que se había despedido de él con un fugaz beso en la estación. Esperaba tener pronto noticias suyas. Watters le había dicho que el día anterior habían recibido una llamada telefónica en la mansión preguntando por ella, una voz de hombre que no había dejado recado. ¿Habría sido Terry?

No había vuelto a estar aquí desde la noche pasada con Terry. Pensó, mirando alrededor. Un dulce calor hormigueó por su piel. Casi podía verlo allí de pie, en toda su gloriosa desnudez, frente a la chimenea. Tan sexy que quitaba el aliento. El calor comenzó a extenderse por su cuerpo y se ruborizó, pero no le importaba. Estaba sola con su intimidad, y podía pensar lo que le viniera en gana. La añoranza hincó el diente en ella. Deseó desesperadamente su presencia, su olor, su cuerpo, su voz … recordó escenas de aquella increíble noche. Lo sucedido en aquel lecho. Un acto de amor y entrega tan grande que incluso le dolía el corazón. Un mes … apenas unas semanas … suspiró, observando el crepitar de las llamas en el silencio de la habitación.


Y otra vez sola en aquella habitación, aunque era la última noche. Al día siguiente volvía a su hogar. Era cierto que su madre le había enviado un telegrama, también era cierto que le había dicho que su abuela había estado un poco delicada, pero que ya estaba recuperada. La decisión de volver había sido enteramente suya.

Ya no podía más, necesitaba respirar. Era plenamente consciente de que los días transcurridos habían sido muy duros para todos. La situación con Annie era dramática, y Patty y el resto sufrían incesantemente. Aún no se había tomado una decisión al respecto y todos estaban hundidos. Así estaba William también … pero ella necesitaba volver a casa para poder retomar el rumbo.

Patty suspiró y salió a la terraza, observando la oscuridad del jardín que se extendía más allá. Lo cierto era que ya no podía más. No sabía lo que quería, y tampoco podía reprocharle absolutamente nada, pero apenas había vuelto a estar, ni siquiera a hablar con William desde aquella mañana en la que había salido de su habitación, hacía ya una semana. Sí, habían estado juntos en el hospital, pero siempre con más gente, siempre pendientes de otras personas, de otras circunstancias … y sobre todo William, que por lo que había podido apreciar Patty, se le habían complicado algunas cosas en los negocios y había tenido que estar en mil sitios a la vez, por lo que tampoco le habían podido ver tanto. Por otro lado, estaba la llegada de Elroy a la mansión, cambiándolo todo. Aquella mujer le producía escalofríos, y sabía que no era la única que se sentía así.

En resumen, apenas había estado con William. Parecía que se había instalado una especie de barrera entre ambos, una barrera invisible que Patty no sabía cómo afrontar … y por ello sufría. A la tensión ambiental, debía sumarse aquella tensión emocional que la estaba consumiendo, y ya no podía más. El telegrama de su madre le supuso una tabla de salvación que se apresuró a coger. Ya en su casa, en su entorno familiar, sería capaz de pensar las cosas con más calma.

Leyó verdadera sorpresa en los ojos de William cuando les comunicó su partida, pero lo disimuló rápidamente, y ya no volvió apenas a mirarla. Patty se había retirado a sus aposentos en cuanto Candy se marchó a su apartamento en la ciudad. Indirectamente sabía que su amiga había hecho casi lo mismo que ella: huir por unas horas de toda aquella situación.

Se frotó los brazos vigorosamente para entrar en calor. No hacía frío, pero aún era mayo, no era verano, y se notaba. Paseó sin rumbo por la terraza, intentando no dejarse vencer por la tristeza, y sobre todo … por la decepción, la desilusión. Se secó las lágrimas de las mejillas con resolución y procedió a entrar de nuevo a la habitación. Al día siguiente volvería a Florida e intentaría olvidar todo aquello.

Pero entonces, la tristeza dio paso a la ira, y poco a poco, una furia incontenible comenzó a brotar desde su interior. ¿Qué demonios pasaba con aquel hombre? ¡Debía hablar con él! Le debía una explicación. En el calor del momento, abrió la puerta de la habitación y bajó las escaleras como una exhalación hacia el despacho de William. Al enfilar el pasillo en la planta baja, se topó de bruces con George Anderson, quien no estaba solo, y quiso que la tierra se la tragara. Agradeció la penumbra reinante, ya que su rostro estaba en llamas.

- Señorita Patricia. - George le hizo un leve gesto con la cabeza, tan correcto como siempre. Patty se dio cuenta de que estaba en compañía de Mary, el ama de llaves, una mujer bonita y muy agradable, que en ese instante estaba tan turbada como ella o más.

- Señorita … - Susurró la mujer.

- Yo … bueno, he olvidado algo en el despacho de Will … del señor Andrew,y como mañana me marcho temprano, pues … - George alzó una mano, al percibir su incomodidad.

- Pues claro, señorita, faltaría más. ¿Desea que la acompañe o prefiere ir usted sola? - Patty arqueó una ceja ante la pregunta, pero no pudo dilucidar nada en el sobrio semblante de George.

- No, señor Anderson, no se moleste, gracias …

- Siempre George, señorita … - Él volvió a hacerle una inclinación de cabeza y Mary le dedicó una trémula sonrisa, continuando todos ellos su camino.

Al llegar ante la maciza puerta de madera oscura respiró profundamente. La ola de furia estaba descendiendo y ahora era apenas un leve movimiento. Pero, no, debía enfrentarle. Tocó con fuerza, con más determinación de la que verdaderamente sentía. Esperó un momento, pero al no recibir respuesta, supuso que William ya no se encontraba allí. De todas formas, abrió la puerta y entró.

La habitación estaba en penumbras, pero la chimenea continuaba encendida. Patty entró lentamente,mirando alrededor. Si ya no había nadie, hacía poco que había abandonado la estancia.

- ¿Watters? - La voz le hizo pegar un respingo. Enseguida lo localizó, sentado en su butacón, parcialmente tapado por las grandes orejeras, mirando hacia la chimenea.

- No, soy yo. - Contestó suavemente. La cabeza rubia asomó por uno de los laterales. Patty no podía apreciar su rostro entre sombras, pero supuso que estaría sorprendido.

- ¿Patty?

- Así es. - Contestó ella acercándose a las llamas.

Se puso frente a él, con la chimenea a su espalda, dándole calor. Entonces pudo apreciar más claramente su rostro, apenas iluminado por el leve resplandor. Su ira se fue diluyendo entre los dedos. William parecía cansado y abatido.

- ¿Qué haces aquí? - Su tono era amable, como siempre lo era el tono de voz de William, pero impersonal.

- He bajado a beberme una botella de whisky entre pecho y espalda … al igual que tú, por lo que veo. - Patty pudo apreciar que lo había dejado impactado con la contestación. Supo que por un momento William se había quedado sin palabras, y deseó echarse a reír. Tras unos instantes de incertidumbre, él miró su copa.

- Ni siquiera la he probado todavía. - Apretó los puños. - Ahora en serio, ¿qué haces aquí?

- ¿Tengo prohibida la entrada a tu despacho? - Oyó el resoplido cansado de él.

- Vamos, Patty, no tengo tiempo para esto ...

- Vaya, no tienes tiempo para mí, deduzco. - Maldita sea, se estaba portando como una niña, pero es que estaba dolida. Vio cómo él hacía esfuerzos por controlarse y se levanto de la butaca, acercándose a ella. La luz de las llamas iluminó más su rostro y Patty sintió que se le caía el corazón a los pies. Parecía verdaderamente abatido … lleno de tristeza. Quiso morderse la lengua. - Lo siento …

- ¿Qué sucede? - Él la miró a los ojos. - ¿Es por eso que te marchas mañana? - Ella apartó la mirada y se concentró en las llamas.

- Necesito volver a casa …

- ¿Por qué?

- Esa no es la cuestión, William. - Los ojos esmeralda despedían destellos furiosos. Él se apoyó en la repisa de la chimenea.

- Pues dime por favor de que se trata, Patricia, porque estoy realmente agotado …

- Siento haberte molestado. - Susurró ella, mientras se dirigía hacia la puerta con un nudo en la garganta. No debía llorar, por favor, no debía llorar, al menos hasta salir de la estancia.

Pero él la interceptó a mitad de camino y la obligó a detenerse.

- Patty, lo siento, vamos … por favor, realmente quiero saber qué sucede …

- ¿Qué sucede? ¿Y tú me preguntas qué sucede? - Las lágrimas ya mojaban su rostro, pero no le importaba, ya no le importaba nada. - Sólo te pedí una cosa, William, solo una. Que pasara lo que pasase, no me apartaras, ¿recuerdas? - Oyó su profundo suspiro. La chimenea estaba en una esquina de la amplia estancia, por lo que en ese momento se encontraban totalmente a oscuras, apenas percibiendo la silueta del otro. Y sinceramente, Patty pensó que era más sencillo así. - Éramos amigos … somos amigos, ¿lo has olvidado? A pesar de todo …

- Patricia … he tenido unos días agotadores, desmoralizadores … realmente estoy muy cansado …

- ¿Y no podías contármelo? Hablar, William … he sentido que me estabas evitando... - Él se alejó un poco.

- Todo se está volviendo complicado … sí, tal vez sea mejor que te marches …

- ¡Dios mío! - Sollozó ella. Y William en un segundo volvía a cogerla por los brazos.

- Oh, Patty, yo …

- ¡Maldita sea, William! ¿Qué demonios pasa contigo? - Lo apartó con brusquedad y se dirigió a la puerta llorando.

- Yo ya no puedo ser amigo tuyo … - Alzó él la voz.

- ¿Qué? - Patty se giró, sorprendida.

- Te deseo, Patricia O´Brien … - Decía con su grave voz, mientras se acercaba lentamente. - Y sí, eres mi amiga … pero ahora eres más, mucho más … y no puedo pensar con claridad cuando estoy contigo, deseo una relación que en este momento no podría sustentar, deseo algo que en este momento no podría ofrecer … así que, sí, te estoy evitando … porque egoistamente no quiero sufrir … y no quiero hacerte daño … ¿estoy siendo lo suficientemente sincero? - Había llegado hasta ella, muy cerca de ella, sin tocarla.

- Sí … - Acertó a balbucear, y en un impulso agarró el rostro masculino entre sus manos y lo besó.

- Pat … - Susurraba él entre besos. - No … no podemos …

- Por favor … - Se abrazó a su cuello de puntillas, e intensificó el beso. La humedad de su boca, su aliento …

- Estás llorando, preciosa … - Dijo él, apartándose un poco, pero ella no le dejó.

- No es nada.

- Patty, esto no está bien …

- ¿Por qué no? Yo te amo … y creo que tú también, aunque me conformo con que me desees … no me importa nada más … soy una mujer, William, tomo mis propias decisiones.

- Pero …

- Dame esta noche … abandónate esta noche … esta noche es para nosotros …

- Oh, Patty … - Gimió él. - ¿Qué estás diciendo?

Pero volvió a besarla, esta vez tomándola por las nalgas y alzándola hacia él. Patty metió las manos entre su suave cabello y le mordió el labio, haciéndole gemir, mientras avanzaba con ella hasta tocar la pared, donde apoyó Patty la espalda. Sólo se oían sus suaves jadeos en la quietud de la habitación.

- Aquí no, nena … - Susurró él al cabo de un momento. Se apartó de ella y aunque apenas podía verle el rostro, Patty intuyó que sonreía.

La tomó de la mano y se perdieron sigilosamente por los oscuros pasillos de la mansión hasta llegar a la habitación de Patty. Menos mal que no se toparon con ningún otro paseante nocturno.

Una vez William cerró la puerta y giró la cabeza, vio a Patty frente a la chimenea de la habitación, que también estaba encendida, quitándose lentamente el batín que llevaba puesto y quedando su cuerpo expuesto con el ligero salto de cama. Estaba muy nerviosa, sintiendo los ojos de William en su piel, mientras este se acercaba lentamente, desabrochando el chaleco y la camisa por el camino. Le acarició suavemente la mejilla y Patty suspiró entrecerrando los ojos.

- ¿Estás segura de esto, Patty?

Por toda respuesta, ella besó la palma de su mano y William la tomó por la cintura, acercándola más a él, mientras volvía a adueñarse de su boca. El beso fue lento, suave, profundo … ella jamás había sido besada de aquella forma, y se dejó llevar, la respiración agitada, un suave calor creciendo desde el centro de su ser y extendiéndose al resto de su cuerpo … mientras su amante lentamente bajaba los finos tirantes de su camisón, y la prenda de seda caía al suelo con rapidez. Estaba desnuda, desnuda ante él, a excepción de sus braguitas de encaje. Entreabrió los ojos para ver cómo las pupilas de William se dilataban observando su cuerpo y se quitaba con elegantes movimientos la camisa y el chaleco, quedando su pecho desnudo al descubierto.

- Eres tan hermosa … - Un inexplicable gozo se instaló en el pecho de ella al oír aquellas palabras.

Él trazó las curvas de sus senos con sus dedos y Patty gimió, sintiendo cómo sus pezones se endurecían aún más, sin darles tiempo al descanso, ya que William los atrapó bajo su boca, provocando un grito de excitación en ella, que volvió a hundir sus manos en su cabello, atrayéndolo hacia sí. Él levantó la cabeza, trazando con su lengua el camino hasta su cuello, su barbilla, volvió a morder sus labios … Patty acariciaba tímidamente el pecho masculino, delineando con los dedos los marcados músculos. Él era un espécimen digno de admiración. Tan perfecto, tan sexy …

De pronto, William la cogió en brazos y sin dejar de besarla la depositó en el lecho. Patty sintió las sábanas bajo ella y vio cómo William se alzaba un poco y se apoyaba en una mano para observarla.

- Quiero darte placer, Patty … - Ella no pudo evitar ruborizarse, a pesar de todo. Sintió humedecerse al oír las palabras, y se sonrojó aún más. - Quiero que esta noche sea especial para los dos … - William comenzó a trazar con su lengua un camino desde sus turgentes senos, sus pezones, bajando por su abdomen, el ombligo … Patty se retorcía bajo él, completamente excitada. Al llegar al borde de la prenda de encaje, William suspiró y volvió sobre sus pasos, otra vez a sus labios. Patty respiraba agitada. - ¿Puedo tocarte?

- ¿Qué?

- Quiero tocarte … - Decía él con voz ronca. - Pero quiero que me guíes tú …

- Guillermo …

De pronto sintió los dedos ardientes de su amado bajar por el abdomen e introducirse entre el encaje, haciéndole pegar un respingo y cerrar los muslos en un acto reflejo.

- Ssssshhh, tranquila, amor mío … - Decía él en su boca. - Jamás te haría daño …

Y volvían los besos lentos, el cuello, los senos … ella se fue relajando paulatinamente y sintió cómo los dedos de fuego encontraban la delicada carne, buscando … Patty gemía, perdido ya el control, una mano aferrada a las sábanas y la otra al rubio cabello de su amante, que la besaba con pasión. William notaba la humedad en ella, cómo se iba relajando y abriéndose más a él …

- ¿Te hago daño? - Susurró William en su oído.

- No … - Contestó ella, mordiéndose el labio inferior. - Pero …

- ¿Pero? - Al ver que callaba, William volvió a besarla, entrelazando sus lenguas, enviando pequeños escalofríos a todas las partes de sus cuerpo. - Entonces, enséñame, Patty … dime cómo quieres que te toque … - Al oír aquellas palabras, Patty sintió que el pudor se apoderaba de ella. Jamás había hecho nada parecido, eran sus primeras experiencias con el sexo opuesto, y estaban haciendo … era algo tan íntimo, ¿qué pensaría William de ella? Entonces se encontró con los ojos celestes, mirándola con amor y deseo, y a pesar de sus sentimientos, guió los dedos de su amante hacia los puntos de placer. William bajó la cabeza y volvió a succionar sus pezones. Patty solo oía su propia jadeante respiración mientras los dedos de su amante obraban milagros en su interior, y pronto fue consciente de que no quería que se detuviera. Abrió un poco más los muslos y los dedos de William se volvieron mágicos. Quería gritar de placer. Se dio cuenta por un breve segundo de cómo se hallaba: gimiendo, expuesta a él mientras la tocaba en su feminidad, besándole los pechos, la boca, el cuello, susurrando palabras de amor y pasión, era una situación tan íntima que Patty estaba totalmente perdida, y sin embargo … hervía por dentro.

El clímax la cogió por sorpresa. La hizo gritar y arquearse, respirando entrecortadamente, para caer levemente mareada parpadeando en el lecho.

- ¿Estás bien, amor mío? - Respiraba William en su jadeante boca.

- Sí … - Sólo acertó a balbucear.

Él sonrió mientras se levantaba, terminando de quitarse el resto de su ropa, quedando totalmente desnudo. Su perfecto cuerpo contrastado contra las llamas de la chimenea dejó a Patty sin aliento. Era magnífico. Sabía que no podía realizar comparaciones, pero intuía que se hallaba ante un verdadero adonis. Lo observó mientras se acercaba a ella, su erección expuesta a sus ojos y sintió deseos de apartar la mirada por pudor, pero se contuvo.

William ya estaba de nuevo junto a ella, tocándola, excitando de nuevo su cuerpo, despertando su ya ardiente piel. Se aventuró a tocar el pecho masculino, los marcados músculos de sus brazos, su cuello mientras la besaba … sus curiosos dedos trazaban dibujos en su abdomen, descendiendo lentamente hasta detenerse.

- Tócame … - Susurró William con voz ronca y excitada. - … si lo deseas … - Con sus ojos esmeralda abiertos de par en par, entre el pudor y la curiosidad, sus dedos tomaron el miembro erecto mientras su amante gemía y se mordía el labio. - Ya no puedo más, nena … te deseo demasiado … - Oyó que le susurraba en su oído.

Entonces ella tomó su rostro entre las manos, entre besos y gemidos, mientras William bajaba por sus muslos las braguitas de encaje y las desechaba lejos, volviendo a juguetear con sus dedos en la húmeda cavidad femenina. La cogió por las caderas, Patty arqueada hacia él, nerviosa y expectante, y guió su miembro erecto abriendo la tierna carne femenina y haciendo que Patty gritara, tensionándose todo su cuerpo.

- ¿Todo bien? - Susurraba William jadeante. - Si quieres que me detenga …

Pero ella negaba con la cabeza. Sentía la invasión en su cuerpo, el dolor punzante mientras William se abría paso dentro de ella … los dulces besos de su amado en su rostro, en su cuello … agarrada a la musculosa espalda, los tensos muslos presionando las caderas de William … se movió ligeramente, ahogando un grito, y sintió que el dolor estaba disminuyendo.

- Voy a moverme poco a poco .. - Susurraba él mientras le mordía los labios y Patty jadeaba.

El enloquecedoramente lento e hipnótico movimiento de las caderas de William y la presión ejercida en su interior, enviaron todo tipo de sensaciones al cuerpo de Patty, que comenzó a gemir y casi a gritar con cada suave embestida, sintiendo que el aire se esfumaba de sus pulmones, elevándola más y más. Apenas se dio cuenta de que se arqueaba hacia él para recibirlo más plenamente en su interior, aumentando paulatinamente el ritmo, ambos aferrados el uno al otro, perdidos en el torrente de placer que los llenaba. Y cuando el movimiento fue en crescendo, volviéndose más rápido y enérgico y pensó que iba a estallar en mil pedazos, oyó el grave gemido de su amado y sintió que un líquido caliente la llenaba y se derramaba por sus muslos, aún con William en su interior, apoyado en los antebrazos, las frentes unidas, mezclando las agitadas respiraciones. Entonces supo que una fase de su vida había terminado, y que otra etapa se abría ante ella, otra etapa que se moría por descubrir.


Un joven de cabello castaño y ojos avellana observó, parcialmente escondido en una esquina del pasillo, cómo la hermosa rubia salía de la habitación saludando con la mano y enfilaba el pasillo dirigiéndose a la salida con paso firme. Era su momento. Ahora o nunca.

Entró silenciosamente en la habitación, y enseguida la localizó. Por fin estaba sola, tumbada en la cama, pálida y triste, admirando pensativa cómo se extendía el anochecer a través del ventanal.

- ¿Annie? - Ella giró bruscamente la cabeza y el joven vio cómo sus grandes ojos azules se teñían de pánico, haciendo que le doliera el corazón. Se percató de que Annie buscaba frenéticamente el timbre de llamada a las enfermeras. - No, Annie, por favor … dame un minuto.

- ¡Déjame, Archie! Por favor, márchate … - Pero él se acercó al lecho y le sujeto las manos. Annie tras un momento de forcejeo se resignó. - Voy a gritar …

- ¿Por qué? ¿Porque está tu marido en tu habitación? - Ella apretó los labios y volvió la cabeza.

- Escucha, Annie, ya no voy a molestarte más de lo estrictamente necesario, ni voy a tratar de entender qué es lo que está pasando. - Ella frunció el ceño y se volvió a mirarlo.

Los ojos de ambos se encontraron y entonces, Archie supo que todo había terminado. Una insondable tristeza llenó su alma. Ya no había nada … y no sólo por la pérdida de su hijo, aquello había sido la gota que había colmado el vaso. Aquella joven que tenía frente a sí, destrozada, hundida … no era la joven que había conocido … que había llegado a amar. Y sinceramente, Annie no se merecía aquello, debía luchar, luchar por una vida mejor, por encontrar la felicidad.

- Voy a ser breve y contundente, Annie. A pesar de que ya no haya nada que salvar, voy a luchar porque tú te recuperes. - Ella intentó decir algo pero él la interrumpió. - He estado sopesando las mejores opciones, y he decidido que lo mejor sea que te vayas una temporada a una residencia de descanso en Pensilvania.

- ¿Qué? - Ella intentó soltarse.

- No te preocupes por nada. Lo dejaré todo solucionado. La sociedad no sospechará nada, ya que es perfectamente aceptable que te marches a recuperarte después de … - Carraspeó. - … después de lo sucedido. Tus padres irán a visitarte, y tus amigas … yo no, Annie, tranquila. - Ella lo observaba con la boca abierta, muy abiertos sus ojos azules.

- Pero … pero Archie …

- A ojos de Chicago guardaré las apariencias, por supuesto, pero no te molestaré. Tómate tu tiempo. - Soltó sus manos y se levantó del lecho. Inexplicablemente, Annie sintió un gran vacío. - Cuando tú, y solo tú decidas volver, entonces hablaremos. No creo que volvamos a estar solos antes de marcharte, así que … - Archie intentó sonreír. - … perdóname Annie, si puedes hacerlo. Perdóname por todo, sea culpable o no … lo lamento. - Inclinó la cabeza. - Ya me marcho. Deseo de corazón que encuentres lo que sea que estés buscando … hazlo, Annie, encuentra tu fuerza, tu paz … e intenta ser feliz. - Archie tragó con fuerza y volvió a sonreír con tristeza. - Cuídate. Adiós.

Y la dejó sola. Dejó a una joven aplastada por los acontecimientos, intentando procesar todo lo que estaba sucediendo, llorando amargas lágrimas mientras volvía la cabeza de nuevo hacia el ventanal.