- Quiero que te quedes acá.- dijo Sophie sin aspereza, pero sin ninguna calidez tampoco, cuando André acabó de atar el enorme baúl de Fersen a la parte de atrás de la berlina de viaje. André, que casi se había partido la espalda arrastrando la horripilancia sin más ayuda que Sophie dando órdenes, se quedó acezante apoyado en el grotesco bulto, mientras Rosalie, encaramada muy sonriente en el techo del carruaje ataba el pequeño baúl de Oscar.

- Soy el valet de Oscar. Por qué debería quedarme?- dijo al fin con parsimonia André.- No le está pidiendo a Henri que se quede, verdad?- agregó, echándole una ojeada al anciano valet de Fersen, que cargaba la capa azul del conde perfectamente planchada y plegada para colocarla delicadamente entre dos maletas.

- No te hagas el idiota.- dijo Sophie ásperamente. André se sobresaltó, porque la bella hermana de Fersen había sido encantadora con Oscar y realmente tenía un rostro muy dulce, pero cuando arrugaba los labios así parecía una vieja gruñona, y al mirarlo, había disgusto en sus ojos.- Oscar no necesita tus atenciones en este viaje, ni nunca más.-

- Le importa si le pregunto a ella?- dijo André con mucha parsimonia.

- No. Yo soy la jefa de esta casa, y te ordeno que te quedes. Oscar y Fersen tienen que conocerse mejor, no necesitan una… muleta.-

- Una muleta?- dijo André en voz baja.- Eso soy?-

- No tengo porqué darte explicaciones.- soltó Sophie secamente.

Los dos estaban de pie ante la berlina: André incluso ya había sujetado su propia maleta a la parte trasera, y oían las voces de Fabian y Fersen ya despidiéndose, Oscar y Rosalie haciendo lo mismo, listos para irse. André, ignorando a Sophie, se volvió para llamar a Oscar y aclarar el asunto, pero Sophie, oculta por la berlina, dio un tranco y lo aferró de los hombros, clavándole los bellos ojos grises que eran parte de la belleza hereditaria de los Fersen.

- André Grandier, por favor hágalo si quiere a Oscar!- susurró furiosamente.- No importa lo que haya pasado entre ustedes, ahora está casada y puede ser muy feliz, tu nunca podrías darle lo que mi hermano puede darle, y cualquier consuelo que le hayas ofrecido no está mal, pero ahora…-

- Apenas la conozco y me insulta, madame?- susurró André, sombrío.

- Quiero que sean felices! Cómo no vas a querer tú lo mismo!? Déjalos ser felices!- rogó Sophie, los dientes apretados. André la miró fijamente, y se volteó a Oscar, que tras el beso de Fersen el umbral parecía cansada pero animada, y tras despedirse se Rosalie se estaba metiendo en la berlina, sombrero y capa de viaje oscura envolviéndola.

- Oscar!- llamó, soltándose del brazo de Sophie, que lo había aferrado.- Oscar…- agregó, colocándose junto a la puerta, antes de que Fersen se metiera tambiéna la berlina. Eran un extraño trío ahí tan juntos, Fersen esperando pacientemente, aún en la confusión de caballos piafantes y cocheros apresurados.

- Qué pasa, André?-

- Creo que no iré contigo. Basta Henri para atenderlos, verdad?-

- Qué quieres decir que no vas? Porqué no vas?- musitó Oscar, su cara cansada y soñolienta volviéndose alerta de inmediato.

- Es que…- André, su hombro contra el pecho de Fersen, incómodamente metido en ese espacio, se halló barbotando sin saber bien qué decía.-… el rey me hizo caballero anoche y quiero averiguar qué significa eso…-

- QUÉ?-%

- Felicitaciones, André.- dijo Fersen cálidamente, estrechándole la mano y con la destreza de un danzarín, atrayéndolo, alejándolo, y sacándolo del camino, metiéndose en la berlina y empujando a Oscar al fondo, su sonrisa luminosa.- Es fantástico. Que Fabian te ayude a averiguar… seguro será al menos una pensión y una casa, veremos en qué puedo ayudar al regreso… nos vemos! Cochero, parta!-

- QUÉ?- se oyó la voz de Oscar, repitiendo exactamente su primer shockeada reacción.- André!-

La berlina se puso en marcha, dejando a André ahí parado: y André tuvo el impulso de seguirla, pero Sophie, con la fuerza de una mujer sueca, le sujetó la mano y se negó a soltarlo.

- Déjeme!-

- No!- gruñó Sophie con terquedad, aunque un tirón poco delicado de André la despeinó.- No, déjalos irse! Si es tanto lo que necesitas yo… yo haré lo que quieras, si es…-

- Qué!?-

El coche se detuvo, no más lejos de treinta metros. Oscar saltó del coche, y echó a correr hacia ellos, para llegar ante André, a quien Sophie aún no soltaba, acezante, seguramente más por pelearse con Fersen en la berlina que por la corta carrera.

- Oscar…- balbució André.

- Explícate!- ordenó ella, , agarrándole la manga. André se vio sacudido por dos altas y rubias mujeres bastante fuertes, y pasó un momento que traía a la memoria a un terrier sacudido por dos labradoras hasta que Fersen, que tenía muchísima paciencia, hizo retroceder el coche y descendiendo, rescató al pobre valet y lo escondió tras su corpachón, sujetando a las mujeres a un lado.

- André, ya ves que Oscar no quiere irse sin ti.- agregó, haciendo callar a las chicas con un gesto imperioso.- Pero es lógico que quieras averiguar primero lo de este título… qué te parece si lo averiguar hoy y mañana, y nos alcanzas en Appenzzel el viernes? Te esperaremos.-

- Pero, Axel!- empezó Sophie.

- Es lo más salomónico, supongo.- dijo André tras una pausa, mirando a los ojos claros de Fersen. Había una súplica en ellos, y André apartó la vista, comprendiendo, el corazón doliéndole.

Me está pidiendo que los deje a solas al menos unos días, que los deje intentarlo… que lo deje tratar de hacerla feliz. Y Conde o no, qué ha cambiado? Nada. Ella aún lo ama, y es su esposa, y yo… yo estoy siendo un idiota…

- El Conde tiene razón. Los alcanzaré.- dijo, intentando sonreí lo miró preocupada, y se quedó mirándolo hasta que volvieron a irse, incluso cuando la berlina volvió a partir. Aún con la berlina en la distancia, André hubiera jurado que aún podía sentir esos ojos fijos en él, mudos e inescrutables.

Ella me quiere.

Ella lo ama a él y es su esposa.

Ella fue feliz en mis brazos.

Ella está fuera de mi alcance… quizá sea noble, quizá no, pero… pero sigue fuera de mi alcance.

Como siempre…

- André.- dijo Sophie, un poco conmovida por su expresión.- Es… es lo mejor, no es así?-

El delgado y pasota valet se volteó a ella y Sophie se asustó, porque no había rastro de su usual sonrisa: sus ojos oscuros ardían de pasión, de furia y de amargura, y cuando pasó a su lado sin una palabra, Sophie se echó atrás como ante un animal salvaje, instintivamente.

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Noble? NOBLE? Cómo había pasado eso? Cuándo? Qué había hecho André para que lo nombraran caballero? Iba a abandonarla? Iba a ir a vivir de la renta que le darían? André siempre había querido viajar… Iba a… por eso la había dejado ir sola? Acaso lo sabían de antes y por eso Fersen? Por eso Sophie? Por Dios, po eso se había atrevido a esa noche juntos, porque…

- Tú sabías?- le espetó a Fersen tras un rato de silencio. El conde sueco, que la conocía muy bien, y había esperado su explosión con los brazos cruzados y mirando por la ventana, respondió sin ofenderse:

-Algo había escuchado. Pero no me correspondía correr a contártelo si él no había dicho nada.-

- Porqué no me dijo?-

- No lo sé, pero dale un poco de tiempo para hacerse a su idea. Su vida va a cambiar para mejor, pero sigue siendo un shock.-

- Porqué cambiar? No tiene porqué cambiar…!- empezó Oscar, y calló, dándose cuenta de lo infantil que sonaba su voz, lo aterrorizada. Fersen se quedó mirándola, y Oscar se sintió ridícula, egoísta e inmadura ante esa mirada tan serena, y miró ella por la ventana, forzándose a calmarse.- Esperaré a qué nos alcance, para hablarlo con él.-

- Es normal que quiera disfrutar esa libertad bien ganada, Oscar.- dijo Fersen sin dejar de mirarla. Ella asintió, pero un músculo temblaba en su cuello, y se quedó muy quieta, tratando de no traicionar la confusión en su cabeza. Por eso, las siguientes palabras de Fersen no fueron más que un murmullo indistinto, y sólo cuando le tomó la mano, se dio cuenta que había cambiado de tema.

- Qué dices?- dijo, retirando su mano.

- Dije que con ese pequeño baúl que trajiste vas a necesitar ropa de abrigo, y también algo para ir a conocer a mis parientes. Podemos detenernos a hacer compras en Luxemburgo… es una ciudad muy bonita. Hoy planeo que nos detengamos a dormir en Reims, en un hotel donde suelo quedarme… te gustará. Siempre he pensado que es muy romántico, con cisnes en un lago cercano…-

Oscar movió la cabeza.- No tienes que hacer esto.-

- Hacer qué?-

- Tratar de hacerlo romántico. No lo es. Ya hablamos esto. Los dos cumpliremos lo que se espera de nosotros, y seré tu tapadera, pero no hacen falta ilusiones. Me pediste que fuéramos amigos, cómplices incluso, y lo seremos, pero no necesito que me mientas para hacer esto.-

- Y no fuera mentira?- dijo Fersen tras una pausa.

- No juegues.-

- Te dije que quería un matrimonio de verdad, que compartiésemos la pasión, el amor… dijiste que sí, Oscar.-

- Dije sí a proteger a mi Reina y a estar a tu lado.-

- Y amarme está fuera de la cuestión?-

- Porqué te esfuerzas en hacerme sufrir?- soltó al fin Oscar exasperada.- No te das cuenta que podría ser un infierno? Qué, tu ego no puede vivir si queda alguna mujer que no llore por ti?-

- No es ego, Oscar.- dijo Fersen, con suavidad.- Te quiero de verdad, y sé que no te soy indiferente. Lo supe desde la primera vez que te besé..-

- Y entonces, qué quieres de mí, Fersen?- dijo ella despacio.

Fersen se calló, y hubo una emoción extraña, en su rostro. Parecía a punto de decir algo, de revelar algo, pero apoyó los dedos en sus labios, y tras observarla largamente, habló mientras el sol trazaba extraños arabescos en la pequeña cabina.

- Creo… que algo entre tú y yo puede ser muy, muy hermoso.- dijo dulcemente. El rostro de Oscar se suavizó por un instante, pero bajó la vista.

- Está la Reina.-

- Sí.- dijo él, y calló. Oscar no querría hablar con él sobre su amada señora; se horrorizaría ante la idea de que un amor como el suyo pudiera desvanecerse. Y sin embargo…

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Era casi medianoche cuando descendieron en Reims, pero era una muestra de las buenas propinas que Fersen solía dejar el que no sólo el mismo hostelero bajara a abrirles la puerta y ofrecerles una cena fría, sino que encima les tuviera la mejor habitación esperándolos, les llevara el mejor vino de sus bodegas y ni siquiera hiciera un gesto al ver lo que parecía un alto joven de melena rubia instalándose en la misma habitación. Henri les trajo la cena al mismo cuarto, los comedores ya cerrados a esa hora, dejándoles velas y palmatorias, y Fersen se volvió a Oscar para ofrecerle una copa de vino que la refrescara, pero la joven se había sentado en la silla junto a la ventana y parecía bastante confundida mientras rebuscaba una y otra vez en su bolso de mano y finalmente parecía rendirse.

- Qué pasa?- dijo Fersen, trinchando la carne fría que les dejaran para cenar.

- No encuentro mi camisón. André es quien siempre arregla mis bolsos, pero los maneja él… no encuentro mi cepillo de pelo tampoco, ni mi escobilla de dientes…-

- Puedes usar las mías.- dijo Fersen, ganándose una cara de disgusto de Oscar.- Somos esposos ahora, permíteme que te lo recuerde. -

- No está… no, acá están los cepillos. Es mi camisola que no tengo idea dónde la ha metido… no importa, dormiré vestida…- dijo ella frustrada, tendiéndose en un sillón de mimbre que crujía, frotándose los ojos y aceptándole la copa de vino.

- Puedes dormir en una de mis camisas.- dijo Fersen, sacando una de su bolso de viaje y desplegándola. Era bastante larga, ya que Fersen era muy alto. Se la puso en el regazo a Oscar, que tras rozar la fina batista asintió, y acabando su vino se puso de pie, mirando vagamente alrededor de busca de un biombo, cuarto o cortina para vestirse.

Fersen le dio una mordida a su pan, se soltó el cabello, y se quitó la camisa por la cabeza en un movimiento rápido.

Oscar tragó.

Fersen se sentó para quitarse las botas, beber un sorbo de vino, y se quitó la camisa interior, quedándose con el torso desnudo, mientras se quitaba las cortas medias de seda y desabrochaba su cinturón. En su mirada había algo de desafío, pero Oscar no apartó la vista, y muy lentamente, ella se quitó las botas, el casacón de viaje y la pañoleta que sujetaba el cuello de su camisa, y luego empezó con las cintas que cerraban su camisa.

- Permíteme.- dijo Fersen, con voz ronca, y las desató con cierta torpeza.

- Lo hago yo?-

- No. Es solo que no tengo costumbre de desatar cordones de camisa de hombre desde este ángulo.- dijo él aliviando la tensión con una sonrisa. Ella asintió, y cuando al fin terminó, se quitó la camisa, dejándose sólo la interior, que para sorpresa de Fersen, no estaba apretujada por el corset que Oscar solía usar para que sus pechos, bastante pequeños de todas formas, no abultasen los uniformes.

- Déjame…- dijo él, continuando con el cinturón de ella y una vez soltándolo, dando un paso atrás para quitarse sus propias calzas. Las tiró en la silla, sin perder el equilibrio, y le dirigió la sonrisa que solía hacer que las mujeres, al verse enfrentadas a Fersen sin más que los ajustadísimos calzones largos de impecable blancura, expansiones de piel tostada y el cabello suelto se le arrojaran encima.

Oscar lo miró largamente, y Fersen vio una emoción en sus ojos que no esperaba, una emoción que mezclaba el temor, la fascinación, y cierto análisis, como si grabara sus rasgos en su memoria, o quizá… comparase?

Fersen no tenía que imaginarse con quién lo comparaba. Esa familiaridad entre Oscar y André no podría haberse dado si sus cuerpos, aunque más no fuera platónicamente, les fueran familiares de verdad. Y aunque sabía que era mucho más bello que André, que era el francesito medio, ni tan alto ni tan musculoso y con un rostro expresivo pero no estatuariamente hermoso - el halago que más le dedicaban a Fersen, generalmente.- se preguntó si a Oscar le parecía más o menos atractivo que su valet.

La inseguridad sobre su atractivo era una emoción con la que no estaba familiarizado, y no les gustaba nada.

Oscar extendió la mano para tocarlo, y se detuvo. Luego con una mirada totalmente determinada, se desvistió rápidamente, se puso la camisa de Fersen por la cabeza y quitándose los calzones largos de hombre que llevaba, se metió en la cama, con un suspiro.

Fersen se tendió a su lado.- Estás bien.-

- Estoy perfectamente. Esto es absurdo. - dijo Oscar crípticamente.

- Qué quieres decir?-

- Haz de una vez lo que tengas que hacer! Siento que estás esperando que yo haga algo y eso me pone nerviosa, porque no tengo la más mínima idea de qué es…- agregó con frustración.

- Quería que estuvieras cómoda.- dijo Fersen con sorprendida torpeza. Nunca se había encontrado tampoco en la posición de " hagámoslo y ya" y eso lo descolocó un poco, porque era deprimente. Si eso era estar casado, con razón la gente huía de eso como de la peste…

- Estoy todo lo cómoda que puedo estar.- dijo ella secamente. - Pero nunca me han gustado las demoras y el hacer qué hacemos. Hazlo de una vez.-

Fersen tragó y pensó en negarse, pero predeciblemente, su cuerpo, al que nunca le había faltado en entusiasmo ya estaba ilusionándose: después de todo, Oscar era una mujer muy hermosa. Se inclinó hacia ella, intentando al menos ser seductor en el gesto, y la alzó hacia sí.

Era igualito que alzar una plancha de madera.

- Oscar…- bufó, rindiéndose y apoyando la cara en su pecho.- Relájate de una vez… así no puedo.-

- Así como?-

- Así como si yo te diera asco…-

Oscar soltó la risa inesperadamente.- No me das asco, Fersen.-

- No parece.- gruñó él.- Ayúdame un poco, al menos…-

- Qué quieres que haga?-

- Háblame. Dime que me quieres.- dijo Fersen, abriéndole el cuello de la camisa. Oscar giró la cabeza en la almohada bajo sus besos, pero respiró hondo y se relajó, rodeándole los hombros con los brazos.

- Recuerdas cuando nos conocimos?-

- Sí.- dijo él, y en su pausa, los dos sintieron el fantasma de la mujer que aunque no estaba con ellos, seguía entre ellos.

- Cuando te ví, te detesté.-

- Gracias.- dijo él con un bufido ofendido.

- Al menos yo te registré. Estoy seguro que para ti no fui más que una mancha detrás de la Reina… no, era la Delfina aún.-

- Estás equivocada.- dijo Fersen, sus manos acariciándole el cabello, los hombros.- llevabas la guerrera roja, y me pusiste una espada en la cara.-

- Sí. Supongo que eso es difícil de olvidar.- Oscar sonrió, y mirando a Fersen a los ojos, se perdió en sus recuerdos.- Recuerdos haberte mirado y haber dicho " Maldita sea, este tipo es un puto peligro público"-

- Pues yo pensé que no tenías que andar por ahí poniéndole espadas en la cara a la gente o te ibas a encontrar con más de lo que podías manejar, mini pajecito flaco.- respondió Fersen muy ofendido.

- Es que eras demasiado hermoso.- continuó Oscar, y su voz se hizo soñadora. - Eras… verte y quedarse paralizada. Parecías brillar... tan joven, tan viril, tan perfecto. Era tu noche, y lo sabías.-

Fersen se quedó sin aliento, y llevando las manos a su rostro, lo atrajo al suyo para besarla con toda el alma. Cuando al fin se separaron, pudo ver que ella se había sonrojado, al fin algo de esa duda, de esa desconfianza ida: y ella le acarició la mejilla. Ya no era el dorado adolescente que robara dos corazones en un momento, con su blanca sonrisa y sus ojos chispeantes; era un hombre, un estadista y un guerrero, un hombre sereno y muy inteligente, pero era aún apasionado. Y Fersen vio finalmente a la mujer que el hombre en él había intuido varias veces tras el uniforme, una mujer pura, pero intensa; contenida, pero tierna.

- Te prefiero ahora.- dijo él con voz ronca.- Todos estos años… has sido mi mejor apoyo, mi compañera, la persona más fiel y recta que conozco… Oscar, no te merezco, pero quiero tratar.-

- No digas eso. Tú…- la voz de ella se hizo aún más leve.- … no quiero decepcionarte, pero supongo que es inevitable que… compares.- ella cerró los ojos, y sus manos se apoyaron en la cama, dejándolo el libertad de acción.- Si has cometido algún pecado, ha sido por amor, Fersen, y no puedo juzgarte por eso. Ahora, sólo quiero que… sólo hazlo.- dijo al fin en un suspiro. Y Fersen sintió cólera entre su deseo y su pasión, entre su ternura y su ansiedad, y quitándose de encima suyo, le susurró al oído, mientras sus hábiles manos la tendían de costado, casi boca abajo:

- Ya que tanto te gusta ser un hombre, te voy a mostrar algo que hacen los hombres… -

- Qué estás… ah!- Oscar se quedó muy quieta cuando Fersen le tomó la mano y la llevó sin un segundo de duda entre sus muslos. Se la retuvo, haciéndola entrar en contacto con el vigoroso sexo masculino que palpitaba, encabritado, y le cerró los dedos alrededor aún a través de la ropa, hasta poder moverse a su placer contra el anillo de su mano, jadeando en su oído.

- No te detengas.- dijo él, soltando su mano de modo tentativo. Ella asintió, y su mano continuó con lo que él le enseñase, aunque la mejilla bajo la boca de él ardía: pero luego emitió un gemido y se contrajo en sorpresa, perdiendo el ritmo, cuando la mano de él fue decididamente entre los muslos de ella y arremangándole el camisón, hundió sus dedos en la carne suave y cálida.

- Fersen!-

- Sigue.- ordenó él, sus dedos reconociendo las formas, palpando esa desconocida feminidad. Sus dedos eran tan expertos como neófitos eran los de ella, y ambas cualidades lo excitaron, atrayéndola a sí como el otro brazo, empujándose contra su mano y la curva de su cadera con auténtica lujuria. Oscar se estremeció en sus brazos, pero cuando los dedos de él se hundieron y rozaron el esponjoso interior, ella se contrajo y emitió un gemido ronco, su cuerpo respondiendo de un modo que enorgulleció a Fersen, haciéndolo sonreír con perversidad aunque ya le rugía la sangre en los oídos. Podía sentir su placer en la punta de los dedos, y con la habilidad de un consumado amante, se apoderó del pequeño clítoris mientras su mano vibraba y se movía con insistencia adentro, más adentro, hasta que al deslizar su pulgar sobre el pequeño botón y usar la fuerza de su muñeca, Oscar dio un grito y se arqueó, y sus caderas se movieron con tanto descarnado deseo abandonado que Fersen supo que si lograba despertar esa hambre para él, iba a ser la presa de una verdadera llama ardiente.

Oscar acabó jadeando casi en gritos en su cuello, estremeciéndose. Fersen, la acunó un momento, y luego la besó, susurrando:

- Ahora mírame, Oscar.-

Ella entreabrió ojos inundados de placer, perdidos, y no se movió mientras él se montaba en su muslos, las calzas descartadas, completamente desnudo, su fuerte torso y atléticas piernas expuestos sin vergüenza. Fersen usó sus propias manos para llevarse al orgasmo allí mismo, meciéndose sobre ella, saboreando los dedos que había utilizado en su cuerpo, y cuando al fin el placer lo atenazó, la dejó ver todo, incluso la convulsión que le arrancó un grito ronco y lo retorció encima suyo.

Cuando al fin acabó, se limpió con las calzas descartadas y dejándose caer a su lado, tomó su boca largamente, sus labios húmedos y pliables, de algún modo traicionando tanto placer.

- Eres… muy hermoso.- susurró ella, los ojos entornados.

- La próxima vez, lo haremos juntos…- susurró él.- Quiero más de ti, Oscar…- agregó, antes de abandonar el tono apasionado para dejar que regresara el humor a su voz.- Te gustó, eh?-

- … es… es diferente.- dijo ella despacio, y hundiendo el rostro en la almohada, se quedó quieta. Fersen le besó la sien, atrayendo hacia sí la magnífica cabellera dorada.

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- Tres hectáreas de tierra con la casa del Cavalier DuChamps, que falleció sin hijos en la guerra americana. Un estipendio de 25.000 libras anuales, el derecho a portar espada, y de usar habitaciones libres en palacios reales de menor cuantía y caballerizas específicas para los nobles.- dijo secamente el encargado de dotes y pensiones reales, el conde de Guemené, mirando a André que un poco boquiabierto contaba y volvía a contar las bolsitas de monedas de le habían puesto al frente.- la Reina también me pidió que aceptara esto…- agregó, poniendo una espada adornada con su vaina encima. André no hizo mayor caso de la aspereza de Guemené, pero cruzó Versalles a la carrera cargado con los pergaminos, la espada, las bolsitas y otros cachivaches, tan asombrado y feliz que no fue hasta que cruzó el jardín en camino al Trianon que se dio cuenta de lo que le pasaba.

Estaba feliz.

Por Dios que era snob! El llenándose la boca dándole lecciones a Oscar y compadeciendo a los desposeídos, dando saltitos porque lo habían hecho caballero, y por nada más que evitar que un rey borracho se cayera por la ventana… era…

Fersen tiene siglos de linaje. Qué es esto sino una muestra de mi propia idiotez?

- André!- la voz de la Reina lo tomó de sorpresa, y casi se tropieza al girar como una peonza y verla allí en los jardines, rodeada de sus damas, protegida con un parasol. Se plegó en una reverencia como estaba acostumbrado, y con un sobresalto se dio cuenta que estaba realizando la reverencia de caballero, no la de sirviente, porque, patudo como era, siempre la había hecho así. Muy, muy desvergonzado!

- Mi querido joven caballero! Qué honrada me siento de verlo por Versalles.- dijo ella con una gran sonrisa, tendiéndole su mano a besar.- Por favor, camine conmigo, amigo mío.- agregó, con André siguiéndola como podía hasta llegar al sendero.

María Antonieta lo observó apresurarse, y tuvo un pequeño sobresalto: al mirarlo con una espada al costado, con el gesto de un caballero, la asaltó de pronto la idea de que André era, y siempre había sido, un hombre muy guapo. Era guapo en el estilo francés de pelo y ojos oscuros, agudo mentón, algo de malicia en las espesas pestañas y vivaz sonrisa, pero clara belleza al quedarse pensativo. Nunca le había dedicado más que una mirada al pasar, y en su mente había seguido siendo el mocosito flaco que solía ser la sombra de Oscar ( y quién tenía ojos para otro cuando ella estaba cerca?) Ahora, se encontró mirando de frente al hombre, cuyo rostro era tan desnudamente sincero que todos los que la rodeaban parecían máscaras: y al volver a tenderle la mano, la retuvo entre las suyas, sonriendo.

- Es extraño verte por aquí sin Oscar.- dijo dándole golpecito en el dorso con el abanico.- Quizá ahora que tienes una posición, pueda conocerte más.-

- Pero si llevo diez años a su lado, Majestad.-

- Pero a diferencia de Oscar y Fersen, tú no te has ido.- dijo ella. Quería que sonara como una broma, pero hubo algo amargo en los ojos de André al asentir, y ella se sintió incómoda, como al acariciar a alguien encontrase una cicatriz inesperada.- Se han ido a Suecia, verdad? Fersen dijo que quería ver a su padre.-

- Oscar dijo que no podían estar fuera más de dos semanas. Yo prometí alcanzarlos, en Appenzzell.- dijo él, muy serio.

- Cuándo te vas?-

- Esta misma noche.-

- Te enviaré un carruaje. Y regalos, para que les lleves… y algo para ti.- dijo ella, irguiéndose imperiosa y deteniendo su paseo. Se volvió a él con un revoloteo de crinolinas, su gesto determinado, y sacudió las cintas de su sombrerito con un asentimiento. A André no le quedó más remedio que aceptar, y siguió caminando con la Reina cogida de su brazo, que encontró modos de hacerlo reír, notando la raíz de su tristeza.

- No pensé que los extrañásemos tanto. Es muy raro, verdad?-

- Caminar sin Oscar aquí? Sí. Llevo diez años en Versalles, pero me siento perdido.-confesó él sin vergüenza. Ella le acarició la mano con su manecita enguantada, y lo miró de reojo, no sin notar que la fuerte, encallecida mano de André, podía envolver el diámetro de su brazo sin esfuerzo.

Tanto la quieres, André?

- Querrás tomar el té conmigo mientras hago que te preparen el carruaje? No me apetece tomarlo sola, y además, hay que celebrar tu nombramiento.- dijo ella con una risa. A André se contagió su animación, aunque no dejaba de desconcertarlo que la mismísima Reina de Francia se tomase interés y hasta le sirviera pastelito: pero cuando lo llevó a sus salas privadas, lo hizo sentarse y le puso delante lo mejor de las masitas de Versalles, se sintió cómodo y querido, de ese modo que sólo ciertas mujeres son capaces de lograr.

- Pensar que te conozco desde hace diez años y sé tan poco de ti, André. Estás casado?-

- * sploch* Eh… * tos* no.-

- Tienes más familia?-

-… ehm… mi abuela, pero vive con Oscar y su familia… bueno, ahora vive con el General, nos hemos mudado… -

- Le gustó a Oscar la casa que compramos para ella?-

- La compró usted?-

- Por supuesto! El Rey y yo se la regalamos a Fersen, como presente de boda.-

-… no dijo una palabra.-

- Ah.-

- Mhn.-

- Bueno… -

- Al menos no está tan lejos. No es ni una hora galopando para llegar acá, y si se corta camino por el bosque del Trianón, sería…- André se calló al comprender y ponerse rojo. María Antonieta tuvo la amabilidad de no tirarle una taza por la cabeza, pero André, muy humillado, permaneció callado tanto rato que al fin la Reina dejó su taza y fue a sentarse a su lado.

- Perdóname.- dijo ella despacio.

- Qué quiere decir, majestad?-

- Ahora soy simplemente madame para ti. Y quiero que me perdones… sé que crees que lo que hicimos es cruel e inconsciente…-

- Quién le dijo eso?-

- Fersen. Los conoce a ti y a Oscar incluso mejor que yo.-

- Solamente le pido que no la lastimen.- dijo él, la vista en su taza. La Reina le tomó la mano, y para el sobresalto de algún lacayo que pasaba, puso la taza en la mesa con mucha delicadeza, y luego le dio un beso en los nudillos descoloridos.

- Como eso es lo que más podría lastimarte en el mundo, juro nunca hacerte daño. Te satisface eso, caballero André Grandier.-

- … Sí, su Majestad.-

Hubo un golpecito en la puerta.

- Bien!- dijo ella, poniéndose de pie de un salto y sacudiéndose las miguitas de la falda.- baja al carruaje y den la vuelta por la avenida de los cerezos. Luego, espérame tras el puentecito.- agregó, asomándose a la ventana para asegurarse que ya atardecía.

- Va a… enviarle una carta o algo, majestad…?- empezó André, aunque ya se olía la respuesta.

- No, André.- dijo ella, ya quitándose algunas joyas y buscando un tricornio de hombre de un perchero.- Voy contigo!-

- Mi casting personal para escribir…

André: Hugo Dancy

Fersen: Alex Skargaasrd

Oscar: Antonia Clarke

María Antonieta: Kirsten Dunst

Sophie: Amanda Seyfried

Girodelle: Jared Leto

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"If you trust in yourself. . .and believe in your dreams. . .and follow your star. . . you'll still get beaten by people who spent their time working hard and learning things and weren't so lazy."