NOTA DEL AUTOR – En este capítulo se narra lo que ha ocurrido antes, desde otra perspectiva.
Annie iba descubriendo, para su sorpresa, que el Jefe Eibringer le caía cada vez mejor.
Durante el camino de ida, hasta el punto de inserción del equipo gris, Ymir había pasado la mayor parte del tiempo al lado del oficial, preguntándole sobre todas las formas posibles de casi sabotear los juegos sin que llegara a considerarse "hacer trampas"; el policía no sólo se rió, sino que encima contestó a todas sus preguntas e incluso le dio algunas ideas.
Por ejemplo, aunque pudiera considerarse "rastrero", nada prohibía quitarle a alguien su chaqueta y usarla para sembrar confusión en las filas enemigas. A Ymir le entró entonces la risa floja, mientras miraba de reojo a Krista; Annie supuso que estaría pensando en "disfrazarla" de Armin (ella misma los confundía a veces), aunque dudaba que algo así fuera necesario contra el equipo marrón.
"Sí, tienen a Yeager y a Arlert, y el rubio es listo… pero las ideas no pueden parar las balas."
En realidad, ni Ymir ni Krista le resultaban molestas; cada una iba a lo suyo a su manera y dejaban a Annie al margen, ya se tratara del humor abrasivo de la morena o de la actitud "deja que te ayude" de la rubia, que a veces le parecía más irritante que las bromas de su compañera.
Eso sí, Ymir era un caso aparte… Sin apellidos, sin pasado, y con ese nombre. ¿Casualidad? Difícil de creer. Sin embargo, su actitud despreocupada no parecía ser una máscara, sino su auténtica forma de ser; su carácter decía "paso de todo", y lo decía de verdad.
Quizás se tratase de una de esas situaciones del tipo "sé que tú sabes que yo sé"; pero mientras cada una siguiera su propio camino sin interponerse en el de la otra, todo iría bien. Para que Ymir estuviera tranquila, bastaba con no tocar a Krista; eso no suponía ningún problema para Annie.
"Y si son ciertos los rumores y les gusta juntarse por las noches, pues mejor para ellas. Al menos se toman la molestia de no hacer ruido."
Sólo habría faltado tener aún más dificultades; si alguien supiera cuál era su verdadera Misión y le preguntase "¿cómo puedes dormir?", ella habría podido contestar "¿acaso he dicho que yo duerma?"… Annie no tenía un insomnio crónico, pero a veces ocurría y no era nada agradable. Otra ventaja de practicar por su cuenta (o con Yeager) ejercicios de combate cuerpo a cuerpo: cuando se tumbaba en la cama completamente agotada, era mucho más sencillo conciliar el sueño.
Eibringer se había despedido amistosamente de ellos, después de llegar al punto de inserción y lanzar su bengala verde; luego se volvió por donde había venido y el equipo gris partió a toda velocidad para capturar el Fuerte. Siete figuras con chaquetas casi negras, armas preparadas y mochilas que en nada ralentizaban su paso decidido.
No hizo falta sentarse en círculo y hablar largo y tendido sobre todos los planes posibles: sin apenas cruzar palabra, los siete adoptaron rápidamente una formación tipo flecha: Annie, Mina y Ruth, en la punta; Bertolt y Reiner, en el centro; Krista y Ymir, en la retaguardia… Si sólo dependiera de ella, seguramente la morena pecosa habría "pasado de todo" una vez más; pero con su "diosa" al lado, estaba claro que se comería vivo al primero que intentase algo, incluso a Reiner.
"Especialmente a Reiner," pensó Annie mientras fruncía el ceño.
Su fornido camarada había estado serio, mucho más de lo habitual, desde que terminaron las prácticas de tiro; ni siquiera había intentado acercarse, como tantas otras veces, a Krista; ésta le había preguntado con preocupación si se encontraba bien y, sorprendentemente, Reiner se limitó a encogerse de hombros y decir "no es nada", con una sonrisa algo forzada en los labios. La rubita pareció intuir algo, pero no insistió en el tema; Ymir también le miraba de reojo, como si sospechase…
Era en momentos como ése cuando agradecía mentalmente la presencia silenciosa y casi constante de Bertolt. Annie no estaba segura de qué le pasaba a Reiner (tampoco le importaba demasiado), pero se quedaba más tranquila sabiendo que no haría ninguna tontería mientras el moreno alto y delgado estuviese a su lado.
–Piensa que con este ejercicio podemos sumar bastantes puntos –le dijo Bertolt en una ocasión–. Si entramos en la Policía Militar, estaremos un paso más cerca de regresar a casa… Merece la pena, ¿no crees?
"Será eso," pensó Annie. "Reiner debe considerar esto una pérdida de tiempo."
Ella, en cambio, se lo tomaba como otra tarea más. Ya habían echado un vistazo antes al mapa; Annie, con su buena memoria, no tenía problemas para recordar los principales accidentes geográficos y guiar a sus compañeros, desde la punta de la formación, con silenciosa determinación. Reconocía un bosquecillo por ahí, un monte con forma algo peculiar por allá, un estanque prácticamente seco a lo lejos… Seguía siendo un día espléndido, con el sol en lo alto y apenas unas nubes surcando aquel cielo azul tan intenso; soplaba a veces algo de viento, pero no tanto como para condicionar el resultado de aquellos juegos.
Volvió a pensar en Bertolt. Cierto que normalmente no hablaba mucho, ni tenía demasiada iniciativa; pero a la hora de la verdad, cuando había que actuar y mancharse las manos… el chico hacía lo que tenía que hacer. No sabía si su timidez, su incomodidad habitual, se debía a los remordimientos o al hecho de estar rodeado de enemigos en potencia todo el tiempo; aun así, él siempre seguía adelante y eso era algo que Annie respetaba.
Sin embargo, que el más alto de los cadetes la mirase de reojo cada dos por tres, como si no pudiera terminar de fiarse de ella, era un fastidio. Aunque dudase a menudo en su fuero interno, no le hacía ninguna gracia que fuese otro quien dudara de ella.
"No voy a venirme abajo, yo también seguiré adelante cueste lo que cueste, así que déjalo ya, ¿quieres?" Annie habría querido decirle eso, pero sacar el tema sería aún más fastidioso; así que lo dejó estar. "Total, a todo se acostumbra una al final."
Además, ahora tocaba centrarse en los juegos de guerra. Todos iban con los ojos bien abiertos, aunque ella intuía que no tendrían muchos problemas: Yeager estaba en el equipo marrón, lo más probable era que el "idiota suicida" se lanzase de cabeza contra Kirstein, un idiota de otra clase; no le culpaba, a ella tampoco le caía muy bien el rubio ceniza, un bocazas que hablaba demasiado para responder a preguntas que nadie le había hecho. Marco, en cambio… no era tan irritante; o al menos no de la misma manera.
¿Por qué había intentado provocarle antes, aquella mañana, cuando lo que más le convenía era precisamente no llamar la atención?
Quizás fuera, precisamente, por tratarse de "el bueno de Marco": siempre tan atento, siempre tan amable, sonriendo como si lo hiciera de verdad, sin fingimiento alguno. Que alguien como él pudiera actuar así… ¿O eran sólo figuraciones suyas? Esa oscuridad que creía poder ver en él, ¿estaba ahí o en realidad sólo proyectaba sus propios temores? El miedo a terminar quedando dividida entre lo que querría ser… y lo que tenía que ser.
Quizás fueran celos, envidia… Marco parecía estar disfrutando siempre con lo que hacía, sin una sola preocupación en el mundo; ella, en cambio, tenía que cargar con todo el peso de sus culpas. O quizás fuera su instinto, que la advertía contra él: el chico, demasiado a menudo, se metía en los asuntos de otros con la "excusa" de ayudar, preocupado por el bienestar de todos… y de paso consiguiendo (casi sin proponérselo) un montón de información, que en las manos adecuadas podía convertirse en un arma letal.
"Eso sería peligroso… tanto como hacer demasiadas preguntas."
Empezó a dudar, angustiada. ¿Sería capaz de tomar la decisión correcta, si llegaba a ocurrir lo peor? Pero la rescató de aquella desazón quien menos habría imaginado; o más bien la idea de que Marco iba en el equipo azul y, en ese mismo equipo, estaba la Ackerman. La idea le hizo sonreír… y la sonrisa se volvió aún más amplia cuando se imaginó a los marrones yendo a por los azules, éstos a por los grises y los grises a por los marrones; todos dando vueltas en círculo, sin llegar a encontrarse nunca y olvidando por completo el Fuerte.
"Menos mal que voy en cabeza y no me ven la cara, si no creerían que voy a matarles a todos. Nunca se me ha dado bien sonreír, tengo que practicar más, pero malditas las ganas… Prefiero pegarle patadas a algo."
Le llamó la atención que durante la rápida marcha Ruth hiciera un chiste, algo poco habitual en ella; dijo muy seria que le parecía haber visto algo entre unos arbustos… y que no sabía si sería un conejo o una liebre. Mina le siguió el juego enseguida, con una sonrisa, proponiendo que quizás se trataba de un gato; a lo que la pelirroja contestó que qué puñetas iba a hacer allí un gato. Annie tuvo que carraspear levemente para recordarles que no podían bajar la guardia; aún no habían llegado al Fuerte y, en cualquier momento, podía sorprenderles un diluvio de balas mientras bromeaban.
Le pareció que Krista decía algo; conociéndola a ella y lo bien que se le daban los animales, seguramente estaría pensando en abrazar a aquel conejo (o liebre), sostenerlo en su regazo y acariciarlo… Annie, en cambio, había repasado mentalmente cuál sería la mejor forma de cazar al animal y cómo aprovechar al máximo la carne, la piel y los huesos; allí de donde venía, nada era gratis y desperdiciar recursos sería un crimen.
Ni siquiera se permitió imaginar cómo, en otras circunstancias, ella también habría preferido jugar con una mascota, en vez de comérsela; pero vivían en un mundo cruel e implacable, tenía que seguir el camino que habían elegido para ella y los buenos sentimientos eran un lujo que no se podía permitir. Sabía que, en el futuro, vendrían decisiones difíciles… pero si luego llegaban los remordimientos, al menos estaría viva para poder tenerlos. Muriendo no iba a conseguir nada.
"No me conviene ser una buena persona. Son las primeras en caer."
Por suerte, no hubo incidentes y llegaron al Fuerte sin problemas. Eso no quitó que tuvieran los ojos bien abiertos, claro está, mientras penetraban en la "fortaleza", fusiles en ristre. Siguiendo el camino más corto posible, cruzaron una empalizada por una gran hueco en su esquina noreste; desde allí, la última carrera hasta alcanzar un recinto interior, temiendo que en cualquier momento salieran de sus escondites los cadetes rivales… pero al final no pasó nada.
"Decir que esto es un Fuerte es mucho suponer," pensó Annie mientras examinaba con desdén los alrededores y la estructura que se suponía que tenían que defender; naturalmente, sin dejar que aquellas emociones se reflejasen del todo en su rostro.
El hueco por el que había cruzado la empalizada no era el único; prácticamente había uno bien grande en cada esquina de aquel enorme cuadrado. "Así a ojo diría que unos cincuenta metros de lado." La construcción era lo más sencilla posible: troncos clavados verticalmente en tierra, buena parte de ellos rotos y el resto con aspecto de venirse abajo en cualquier momento.
Al menos, el área "protegida" por la empalizada era una extensión llana, sobre todo hierba y sólo unas pocas rocas o tocones; así tenían un campo de tiro despejado. Además, en el centro de aquella extensión había una especie de recinto (justo donde se encontraban ahora) para una "última defensa", de construcción algo más sólida: un rectángulo de veinte metros de largo en las caras norte y sur, diez metros en las oeste y este; piedras y troncos en horizontal reforzándose mutuamente hasta formar un "muro" (más bien murete) de un metro escaso de altura.
"Dividirnos y vigilar desde las entradas en la empalizada sería mala idea. Tiene más sentido quedarnos en el recinto interior, cualquiera que atraviese la primera línea de defensa quedaría ya dentro del alcance efectivo de nuestras armas."
Los grises se habían distribuido con rapidez por dicho recinto; un par de gestos y algunas palabras les bastó para coordinarse y vigilar todos los puntos de entrada, con los rifles cargados por si el enemigo decidía atacar.
"Nos estamos organizando bien. Je, ni que los siete fuésemos Guerreros. Casi le quita todo el mérito a la victoria. Casi."
Fueron pasando los segundos, los segundos se convirtieron en minutos… y cada vez parecía más improbable que los otros catorce cadetes se lanzaran contra ellos de golpe. A pesar de todo, cubierta tras el murete y preparada para abrir fuego, Annie se sentía expuesta en aquel lugar.
"Sé que alguna vez han dicho que un castillo debe tener un punto débil, para saber así por dónde atacará el enemigo… pero cuatro puntos débiles son demasiados. Puede que ése sea el objetivo real de los ejercicios: no atrincherarse en una posición fácilmente defendible, sino sobrevivir encerrados en una trampa mortal que hay que proteger a toda costa. Supongo que es realista… si cuando seamos soldados nos van a dar órdenes absurdas que nos llevarán a morir en alguna colina dejada de la mano de los dioses."
Ella habría preferido salir fuera y cazar a sus adversarios uno por uno. Especialmente a cierta chica morena que parecía más bestia que humana… No pudo evitar que otra tenue sonrisa apareciese en sus labios, ni que esta vez la viese una de sus compañeras.
–¡Annie! ¿En qué estás pensando? –preguntó alegremente Mina a su lado.
Agradecía que la morena hubiera tenido la decencia de no señalarla con el dedo gritando "¡Leonhart ha sonreído!"; Carolina siempre había sabido captar con rapidez qué tipo de cosas irritaban a Annie (aunque no se le notase mucho) y era buena evitándolas. No estaba segura de si las dos eran "amigas", pero desde luego aquello se parecía bastante.
–Pues… de todo un poco, la verdad –Annie se limitó a encogerse de hombros, sin dejar de vigilar con sus ojos azules; fríos, implacables, pero no tanto cuando se trataba de su compañera.
–Por ejemplo… –la animó Ruth, que también estaba a su lado, sin quitar la vista de una de las entradas; seguía cubriéndose los cabellos rojo fuego con aquel pañuelo verde.
"Como la bufanda de Ackerman. ¿Se lo quitará alguna vez?"
–Pues por ejemplo… –contestó la Leona en voz baja–. La empalizada. Es una chapuza, hace que te sangren los ojos. En mi pueblo…
En compañía de las dos chicas no solía ser tan parca en palabras, pero aquí se calló igualmente, dando un suspiro. Otra vez haciendo equilibrios sobre la cuerda floja, con el riesgo de hablar demasiado… Mentir era peor que decir la verdad; pero ella prefería contar cuanto menos mejor.
Sin embargo, sus compañeras le concedieron el beneficio de la duda; supondrían que aquel tema le traía recuerdos dolorosos y no insistieron.
"Un pasado difícil, sí… pero no por los motivos que ellas creen."
Se sintió mal; no demasiado, sólo un poco. Se le pasó pronto; así tenía que ser. De todas formas, también sintió gratitud hacía aquellas dos personas que no le exigían compartir sus secretos, evitando caer en el error de creerse con derecho a ello sólo porque pasaban más tiempo juntas.
Fue en ese momento cuando Annie se dio cuenta de que, en aquellos juegos de guerra, estando las tres en el mismo bando, no habría nada a lo que no estuviera dispuesta… por ellas. Puede que esa emoción que sintió de repente fuese absurda, incluso una muestra de debilidad, pero ahí estaba.
–Escuchad –dijo entonces Ymir, con voz neutra–. Se oyen gritos a lo lejos.
Aquellas armas no hacían tanto ruido como las de pólvora y, desde cierta distancia, sus disparos ya no podían escucharse; en cambio, les llegaba un eco lejano, como de voces distorsionadas.
–No van a gritar por gusto para revelar su posición… –dedujo Annie en voz alta–. Está claro que los azules y los marrones se han "encontrado" antes de llegar aquí. El "idiota suicida" ha hecho lo que cabía esperar…
No pudo evitar otra sonrisa; Yeager se las apañaba para sacárselas, incluso sin estar presente.
–Vaya, yo creía… –Reiner parecía desconcertado, como intentando recordar algo–. Hum… Supongo que, por sus palabras exactas…
Seguía dudando, sin estar seguro de qué hacer a continuación.
–Pues menudo Capitán estás tú hecho –replicó Ymir con (esta vez sí) voz burlona; Krista le dio un discreto codazo, reprendiéndola, pero todo lo que consiguió fue que la morena sonriese de oreja a oreja.
–En realidad, todavía no lo hemos decidido, ¿verdad? –intervino Bertolt, tragando saliva y sin dejar de mirar las distintas entradas; como temiendo que, en cuanto quitase los ojos de una de ellas, todos los enemigos posibles fuesen a entrar precisamente por ahí.
Mina y Ruth seguían vigilando en silencio. Los demás tampoco decían nada. Llegar hasta allí había sido fácil; lo difícil sería aguantar la tensión de la espera, hasta que los otros equipos se dignaran a aparecer… o solucionasen el asunto de una manera distinta. Sin embargo, antes de poder decidir nada, necesitaban un líder; Annie tuvo una idea, que casi descartó por absurda, pero luego lo pensó mejor y se dio cuenta de que podría funcionar.
"Además, mejor hacer algo que estar aquí sentados sin hacer nada y sin decir nada."
–Bertolt, ¿quieres ser tú el Capitán?
El chico le miró con espanto, como si le hubiese sugerido que se tirase por un barranco; sin embargo, a su lado, Reiner pareció animarse.
–Oye, no es mala idea. Son unos juegos de guerra, ¿verdad? Es un buen momento para practicar.
–Y esto ya casi está ganado –"ayudó" Ymir–. Muy mal tendrías que hacerlo para fastidiarla del todo y que perdiésemos.
La morena pecosa sonrió de nuevo ante la mirada hostil de Braun y el patente nerviosismo de Hoover; éste se volvió hacia Annie.
–¿Tú que crees? –le preguntó, sin tartamudear pero en voz muy baja.
La chica descartó inmediatamente las respuestas más crueles que se le ocurrían; no era el momento, no era el lugar y tampoco había necesidad.
–Haz tu propuesta y, si todos estamos de acuerdo, estupendo. Si no, decides tú.
Tras unos instantes de silencio, Bertolt asintió con la cabeza, algo más convencido.
–Bien, entonces soy el Capitán… –dijo con seriedad, ya no tan nervioso– ¿Alguna objeción? ¿Nadie? De acuerdo… Entonces, lo primero que tenemos que decidir es si nos quedamos aquí o si salimos a buscar al enemigo. O podemos dividirnos.
–Y yo que creía que esto iba a ser un aburrimiento… –Ymir le miró con algo que en ella podría pasar por aprobación.
–Hum… –intervino Krista con timidez–. El objetivo es defender el Fuerte, ¿no? Tendría más sentido si nos quedamos aquí.
–¿Ahora te entran las dudas? –le contestó la morena, que había dejado su rifle y buscaba algo dentro de la mochila–. Disparar antes se te dio bien…
–…y también puedo hacerlo estando aquí –concluyó Lenz, con amabilidad pero firme.
"Está claro que no quiere salir fuera a 'cazar' a sus compañeros. Lástima."
Ymir se encogió de hombros y bebió un poco de agua, sin decir nada más. Quien parecía más contrariado, en cambio, era Reiner; el rubio no miraba mal a nadie en concreto, pero aun así Annie podía sentir su furia, por mucho que se esforzase en ocultarla bajo una calma tensa.
–Somos… Soldados –Braun apretó los dientes, como si le costase pronunciar aquella palabra–. Obedeceremos las órdenes, nos quedaremos quietecitos detrás de estos muros y esperaremos lo inevitable.
–Técnicamente, todavía somos cadetes –Ymir no parecía (o no quería) darse cuenta del estado de ánimo del chico–. Pero oye, ni que te estuvieran obligando a quedarte aquí… Si quieres lanzarte de cabeza contra el enemigo, como haría el Yeager, por mí no te cortes.
Annie sí habría preferido salir fuera; pero si Reiner estaba dispuesto a tragarse su orgullo de Guerrero y hacer lo necesario para asegurarse de que ganaban los ejercicios, ella no iba a ser menos. Además, si proponía la idea justo después de haber sugerido que Bertolt fuese el Capitán, los demás podrían pensarse otra cosa…
–¡Nosotras nos encargamos! –exclamó Mina alegremente, rompiendo con su entusiasmo la atmósfera que se había ido formando, algo tensa–. Ruth, Annie y yo saldremos del Fuerte, buscaremos al enemigo… y lo destruiremos.
Annie suspiró. "Ya quisiera yo poder hacer ese tipo de comentarios con tanta inocencia, sin tener las manos manchadas…"
Ruth seguía vigilando como si aquello no fuese con ella, centrada principalmente en la entrada suroeste, de donde habían venido antes los gritos; mientras tanto, los demás iban acercándose y formando un corro en el centro. Annie le había dejado su arma a la pelirroja y ésta se lo agradeció silenciosamente, sin dejar de vigilar con sus ojos verdes.
Ymir y Krista sonrieron a Mina con aprecio; Reiner miraba a Bertolt y éste parecía concentrado, mientras sacaba el mapa de su mochila y lo iba desplegando.
–Se supone que un buen líder debe aprovechar las cualidades de sus subordinados… –murmuró el moreno alto para sí, antes de levantar la cabeza y observar a los demás–. Seguramente los azules y los marrones se han enfrentado entre ellos, pero nos vendría bien saber qué ocurrió, cuántos quedan… –miró algo nervioso a Annie–. ¿Mina, Ruth y tú trabajáis bien juntas?
–Sí –contestó ella con sencillez.
–En ese caso… –siguió Bertolt–. Vale. Reiner, Ymir, Krista y yo nos quedamos en el Fuerte, en este "recinto amurallado"… Así, incluso si coordinan un asalto por las cuatro entradas a la vez, podremos defender todos los frentes.
Carraspeó un par de veces mientras apoyaba el mapa sobre el suelo y lo alisaba. Los seis cadetes (Ruth continuaba vigilando) se sentaron en cuclillas alrededor. Ymir, sin burla, le pasó el agua a Bertolt y éste dio un trago agradecido antes de devolvérsela.
–Bien… –prosiguió el nuevo Capitán–. Habrán tenido el encontronazo no muy lejos de la entrada suroeste. Podéis salir por la sureste y avanzar hasta su posición, de tal forma que podáis pillarles por el flanco o la retaguardia. Lo ideal sería que ellos intentaran asaltar el Fuerte justo en ese momento, así les atraparíamos entre dos fuegos. Como es lo ideal, no contaremos con ello, ¿de acuerdo?
Dijo esto último mirando a los demás, con una sonrisa ya no tan forzada. Había ido hablando cada vez con más seguridad, aunque todavía sudaba como de costumbre y se le veía algo nervioso. "Algunas cosas no cambian… o al menos no tan rápido en tan poco tiempo."
–Lo principal sería averiguar cuántos son, qué se proponen… –iba concluyendo Bertolt–. Si hay demasiado riesgo, regresad al Fuerte para que podamos defenderlo entre todos. Si podéis eliminar a alguno sin demasiados problemas, hacedlo. ¿Estamos… conformes?
Annie no tardó mucho en levantar la mano, dando su aprobación; no estaba haciéndole ningún favor a nadie, simplemente le gustaba el plan. Los demás fueron haciendo lo mismo; incluso Ruth levantó el brazo, mientras seguía buscando en vano a aquel enemigo que no aparecía por ninguna parte.
–Entonces, está decidido –anunció Ymir con cierta solemnidad–. Pero hay que tener cuidado con esos dos tipos, son peligrosos…
–¿Yeager y Kirstein? –sugirió Reiner.
–Je je, no, no… Ésos se habrán matado ya a cabezazos entre ellos. Me refiero a Marco y Armin. Ellos son capaces de hacer lo mismo que yo… –sonrió como una depredadora–. Pueden volver las reglas del juego contra nosotros. Algo parecido a lo que comentó Dennis antes, con las chaquetas… Si vamos a dividirnos, tenemos que intentar no dispararnos luego entre nosotros, pero tampoco podemos dejar que el enemigo aproveche la confusión para pillarnos por sorpresa.
–Hum… –Mina había estado escuchando con atención y ahora se rascaba la barbilla pensativa–. Es decir, que no podemos dejar que nos capturen vivas, o nos usarán como escudos humanos para asaltar el Fuerte.
Sus compañeros la miraron con mayor o menor grado de asombro, aunque Ymir (que seguía sonriendo) y Annie (que la conocía) no tanto.
–Eso, por ejemplo, sería un problema –confirmó la morena pecosa–. También lo será que cojan alguna de vuestras chaquetas… Y no me extrañaría que intentasen hacer pasar a Armin por Krista para confundirnos, por eso es importante que ella se quede aquí. Aunque… –luego se fijó en Annie–. Supongo que si te deshaces el moño, así de lejos y de espaldas, tú también…
La rubia le echó tal mirada que Ymir, aun sin dejar de sonreír, no llegó a terminar la frase.
–Entonces, que sea un viaje de no retorno –propuso Ruth tranquilamente, desde su puesto de centinela–. Salimos y nos quedamos fuera. Así ya sabéis que hay que dispararle a cualquier cosa que intente entrar.
–En todo caso—se limitó a decir Annie–, lo importante es que al menos uno de los nuestros esté dentro del Fuerte… antes de que acabe el día.
Justo entonces, se dio cuenta de que quizás los cuatro "defensores" podrían servir de cebo; incluso si todos los enemigos unían sus fuerzas, las tres "cazadoras" sólo tendrían que dejar que asaltasen el Fuerte… y terminar luego el trabajo.
No llegó a decirlo en voz alta, pero por el ceño fruncido de Reiner y cierta alarma en Bertolt, supuso que ellos también se habían percatado del papel que (inadvertidamente) podría tocarles desempeñar. Krista debió notar cierta tensión en el ambiente y, por supuesto, trató de mediar.
–¿No podríamos usar un "santo y seña"?
–¡Ah, pero el enemigo podría atraparnos y torturarnos para obtener esa información! –exclamó Mina dramáticamente, con una sonrisa que desmentía la seriedad de sus palabras.
Aquellas propuestas no llegaban a ninguna parte y, al final, todos miraron a Bertolt; el chico tragó saliva, nervioso, y se pasó la manga de su chaqueta gris por la sudorosa frente.
–Bueno… –consiguió decir, recuperando de nuevo la firmeza–. Recapitulemos. Reiner, Ymir, Krista y yo, grupo de defensa. Annie, Ruth y Mina, grupo de asalto. Decidid sobre el terreno, en función de las circunstancias. Si vais a regresar, aseguraos de que sabemos que sois vosotras… Si no, no podremos garantizar vuestra seguridad.
Lo último lo dijo con tanta seriedad que, por un momento, los demás se quedaron sorprendidos.
–No es por meter prisa –intervino Ruth–, pero a este paso sí que se nos van a echar encima.
–Entonces será mejor que vayáis saliendo –contestó Bertolt, mirando a las tres–. Buena suerte.
Y el chico sonrió débilmente. Annie no estaba segura, pero le parecía ver en aquellos ojos marrón verdoso… ¿desconfianza? No, temor de alguna clase… ¿creía que ella no sería capaz de hacer su trabajo? Poco le faltó a la chica, para contestar algo de lo que luego se habría arrepentido.
–Lo mismo digo –se limitó a responder, en voz baja.
El grupo de asalto se despidió de los demás. Reiner seguía teniendo cara de haber mordido algo amargo, Krista parecía incómoda… Ymir no dejaba de sonreír, aunque su expresión indicaba que ya empezaba a aburrirse.
Annie se acercó a Ruth, que le devolvió su arma, y las dos junto con Mina saltaron ágilmente el muro del recinto interior. Salieron por la entrada sureste, marchando a paso ligero, las armas preparadas y la emoción aumentando con cada paso que daban; cada vez más cerca del peligro, las demás preocupaciones iban desvaneciéndose.
"Esto. Esto es lo que me gusta." A Annie se le escapó otra sonrisa. "No está mal. Las tres aquí, de cacería… Va a ser un buen día."
Sólo existía el aquí y el ahora. Avanzar buscando al enemigo; coordinándose con unas compañeras con las que bastaba un gesto con el brazo o la cabeza, para que cada una supiera lo que tenía que hacer. Adoptaron de nuevo, casi sin proponérselo, la formación en punta de flecha, con Annie en vanguardia; siempre cubriéndose las espaldas las unas a las otras, siempre atentas por si había alguien escondido al acecho.
Annie sonrió con mayor ferocidad todavía, al venirle a la cabeza la idea de tres leonas cazando juntas. Mina tenía razón: destrozarían cualquier cosa que se interpusiera en su camino. ¿Cómo no iban a ganar aquellos juegos?
Conforme avanzaban, seguían sin encontrar a nadie, a pesar de dejar atrás rocas, bosquecillos, zanjas y arbustos que habían parecido prometer lo contrario. Sin embargo…
Annie sintió cómo se activaban todos sus instintos de Guerrera cuando vio frente a ella una colina, con arbustos que parecían formar un seto en la cima: aquel lugar gritaba "¡peligro!".
Un solo gesto con el brazo y sus hermanas de cacería comprendieron al instante: las tres se dispersaron con rapidez para no ofrecer un blanco fácil a quien quiera que pudiera estar esperando allí arriba. Una vez más, fue una precaución hábil pero innecesaria, pues al llegar comprobaron que en los arbustos no había nadie… todavía.
–¡Debemos estar cerca! –exclamó Mina, con un brillo entusiasta en sus ojos negros–. Podemos quedarnos dos aquí y que una de nosotras…
Y de repente calló y se tiró al suelo.
Sólo una cosa podría haber hecho que reaccionase así.
Annie y Ruth también se tumbaron rápidamente, ocultándose entre los arbustos.
En la cima de la siguiente colina, habían aparecido cuatro figuras vestidas de azul.
–También es casualidad… –murmuró Ruth a su izquierda, aparentemente tranquila pero con mirada implacable; por fin había encontrado a sus enemigos.
Lo que quedaba del equipo azul empezó a bajar la pendiente, acercándose al riachuelo que separaba ambas colinas. De pronto, rieron con lo que a Annie le pareció… ¿un poco de nerviosismo? Y la Ackerman ("ha sobrevivido… bien") estaba demasiado tensa, igual que sus compañeros.
–Saben que estamos aquí… –susurró–. O al menos lo sospechan.
–Pues siguen viniendo de frente –contestó Mina a su derecha, ahogando una risita–. Sólo podría ser más fácil si se disparasen ellos. Marco, Mikasa, Jean, Connie… Vaya, no veo a Sasha.
–Se habrá comido a todo el equipo marrón y estará echándose una siesta –Ruth hizo otra de sus bromas poco frecuentes.
Annie, tumbada entre ellas, sólo tuvo que carraspear un poco para que las dos recordasen su situación y guardaran silencio.
–Me da igual que parezca demasiado bueno para ser verdad –dijo en voz baja–. Preparadas para disparar a mi señal.
Ruth y Mina asintieron con entusiasmo. Mientras tanto, el equipo azul había cruzado el riachuelo y seguía aproximándose, subiendo la cuesta. Cada vez más cerca, cada vez más cerca…
Tuvo un mal presentimiento cuando, a cincuenta metros de distancia, vio que algo cambiaba en Marco. No podía verle bien la cara, pero su actitud… de algún modo le recordaba a Yeager.
"No es buena señal."
Y entonces ocurrió.
No supo con seguridad quién (quizás ella misma), pero una de las tres hizo un mal movimiento y agitó los arbustos.
Como si aquello fuera el pistoletazo de salida de una carrera, los azules saltaron en direcciones distintas. Apenas parpadeó y ya había perdido de vista a Mikasa. Ruth gruñó y Mina dijo algo, pero Annie no les prestó atención; tampoco se fijó en Jean o en Connie, que parecían haber dudado un poco más.
Toda su atención estaba centrada en Marco Bott.
El moreno pecoso había salido disparado en dirección al seto, cargando de frente con un arrojo suicida que le recordó (otra vez) a alguien… Sujetaba el rifle como si fuera una lanza, sonreía con alegre ferocidad y sus ojos brillaban incluso desde esa distancia… desafiándola.
Annie le devolvió la sonrisa, seguramente la más amplia de todas, y aceptó encantada aquel desafío.
Le apuntó a la cabeza con su arma. Justo entre los ojos.
–Ahora –se limitó a decir.
Y apretó el gatillo.
