N/A; Mis pensamientos eran los de alargar ésta actualización, porque quería ser más mala de lo que ya soy. Pero resulta que soy una bocazas y ayer prometí actualización si había foto Achele. Así que como tengo palabra, aquí estoy. Ah, eso sí...el siguiente capitulo va a tardar en llegar, porque sigo siendo mala.
Cheating by John Newman
Trece
Campanas
—¡Mierda…mierda, mierda!.
—No, no lo entiendo, ¿¡Qué hemos hecho!?
—¿Queréis dejar de gritar? Me va a estallar la cabeza.
—¿La cabeza?—replicó Quinn—¿La cabeza, Shane? La cabeza me van a romper a mí cuando Rachel se entere de lo que ha pasado aquí...¡Joder!
—¡Cálmate Quinn!—interrumpió Ashley buscando parte de su ropa interior—No sabemos qué ha pasado, así que Rachel no te romperá la cabeza, de hecho no debería saber nada. Ni Spencer.
—¿No sabemos lo que ha pasado?—Volvió a replicar—Mírate, estás buscando tu ropa por el suelo, Shane está cubriéndose con las sabanas y yo, yo también estaba desnuda…y las tres metidas en la cama ...y ni siquiera recuerdo nada. No sé cómo mierda hemos llegado hasta ahí, ni sé…o ¡Joder! Os lo dije, os dije que no quería beber, os dije que no…
—¡Hey…hey!— Interrumpió Shane alzando la cabeza y con los ojos entrecerrados—¡Deja de gritar por favor! Relajaos, no ha pasado nada.
—¿Ah no? ¿Lo recuerdas?—cuestionó Ashley tras encontrar su ropa—Mmm, esto no es mío—añadió alzando un sujetador. —¿Es tuyo Quinn?
—Mírame—se plantó frente a ella—Lo llevo puesto.
—Entonces es tuyo—miró a Shane a quien lanzó la prenda.
—No, no es mío. Yo no suelo utilizar sujetador—Respondió al tiempo que volvía a hundir el rostro contra la almohada—Hacia tiempo que no me sentía así de mal.
—Genial, para colmo tenemos un sujetador que no es de ninguna de nosotras. ¿También hemos tenido visitas?—espetó Quinn con sarcasmo.
—¿Pero qué ha pasado? ¿Qué hicimos anoche?—preguntó Ashley llevándose la mano a la cabeza—Me siento realmente mal, creo que voy a vomitar.
—No sé lo que pasó.—Musitó Shane—No recuerdo nada.
—Yo tampoco…¿Y tú Quinn?, ¿Recuerdas que pasó?
No era la primera vez que tenía esa sensación, de hecho era algo realmente familiar en su vida, pero no por eso le resultaba más sencillo de sobrellevar. Nada, cero, oscuridad. En su mente existía un extraño agujero negro que comprendía desde que llegó al club del hotel donde Shane le hizo probar un chupito de algo que sabía realmente mal, hasta que abrió los ojos hacia escasos minutos, en los que nada existía. No era consciente de cómo había llegado hasta aquella situación y mucho menos quería creer que hubiese pasado lo que intuía. Porque encontrarse desnuda junto a dos de sus mejores amigas en una cama no presagiaba nada bueno. De hecho, era un auténtico horror, sobre todo porque las tres estaban felices con sus parejas. El caos era tan grande en su interior que la arcada que sintió cuando despertó, volvió a aparecer de repente en su cuerpo y tuvo que salir corriendo hacia el baño de la habitación.
—Oh dios—se quejó Ashley—Quinn, no tardes mucho porque me temo que yo voy a vomitar también.
—¿Podéis relajaros?—intervino Shane—No es la primera vez que amanezco así y nunca pasó nada.
—¿De verdad? ¿Sueles amanecer desnuda en la cama con chicas sin que haya sucedido nada?—replicó Ashley y Shane no tuvo respuesta convincente que darle. Solo la mayor y más absurda de las excusas.
—Jamás me acostaría con vosotras, Quinn es como mi hermana pequeña y tú eres como la amiga de mi hermana pequeña.
—Yo tampoco lo haría, y aquí estoy…desnuda—susurró Ashley—Dios…Spencer me mata.
Y mientras Quinn, se miraba en el enorme espejo que adornaba el baño y descubría como no solo el malestar provocado por el vómito, y la ansiedad de volver a vivir esa situación de no recordar nada se apoderaba de ella, sino que también lo hacia su mente.
Escuchar la conversación que mantenían Ashley y Shane en la habitación no le estaba ayudando para recordar al menos un segundo de lo que había hecho durante la noche. De hecho, lo que estaba provocándole era una completa avalancha de pensamientos, de culpa que empezaba a martillear su débil mentalidad en aquel instante. La imagen de Rachel siendo testigo de lo que parecía haber sucedido aquella noche, era algo que no podía ni siquiera imaginar, y mucho menos como llegar al momento exacto en el que debía contárselo. ¿Cómo hacerlo? ¿Cómo decirle a tu mujer que había dormido desnuda con dos de sus mejores amigas, y no recordaba absolutamente nada , excepto algunas imágenes en las que el descontrol y las risas lo invadían todo, por culpa de un estúpido licor que ni siquiera le gustaba? ¿Cómo iba a hacer para que comprendiese lo que había sido capaz de hacer? Porque a pesar de todo, lo único que tenía realmente claro era que debía contárselo. Que guardarse ese tipo de secretos era algo que nunca salía bien. No obstante, hacía años que le prometió sinceridad absoluta y omitirle ese detalle era algo que no entraba dentro de esa promesa.
—¡Quinn! Necesito el baño—escuchó al tiempo que se abría la puerta de golpe y Ashley se colaba lanzándose directamente hacia el wáter. El desagrado no tardó en llegar a la rubia, que tras secar su rostro decidió abandonar el mismo y terminar de vestirse ante los restos de Shane. Porque lo que yacía sobre aquella deshecha cama no era más que restos de una mujer que ni siquiera lograba mantener los ojos abiertos, recordándole la mayor metedura de pata de su vida.
—Necesito algo de aire—musitó tras buscar algo de ropa en su maleta y vestirse por completo.
—Quinn, no te martirices…no ha pasado nada entre nosotras.
—¿Lo recuerdas? Por qué yo solo recuerdo beber algo realmente asqueroso y mucho descontrol, demasiado para no creer que la hayamos fastidiado.
—No, no recuerdo nada…bueno sí, solo recuerdo que llegamos hasta esta habitación porque Ashley no podía andar—respondió—Aun así, no pienses en negativo. No pasó nada, y si ha pasado algo nuestro cerebro no quiere que lo recordemos, por lo que podemos olvidarlo para siempre.
—Eso no te lo crees ni tú—espetó visiblemente enfadada—Jamás le haré algo así a Rachel—Añadió segundos antes de recuperar su bolso del suelo y abandonar la habitación aún con el pelo desordenado. Nada que no se arreglase con una coleta.
Necesitaba salir de allí, necesitaba tomar algo de aire y que el malestar que seguía provocándole náuseas y un agudo dolor de cabeza, se esfumase para poder ordenar sus pensamientos y tal vez, recordar algo de lo que había sucedido.
El cielo de un azul intenso y el sol que ya ascendía regalando una temperatura perfecta, estuvieron a punto de hacerla desistir en su intento de tomarse ese respiro. Imaginar como era su rostro a plena luz del día lograba que el malestar aumentase, en vez de disminuir. Sin embargo, solo fue una pequeña duda que solucionó al recordar como sus gafas de sol esperaban en su bolso. Era la primera vez que abandonaba una habitación de hotel en una ciudad desconocida para ella, y lo hacía con todos aquellos remordimientos atormentándola.
Y sí, de algo le sirvió hacerlo.
Apenas diez minutos después de haber recorrido un trayecto que seguía siendo desconocido, ignorando cualquier cruce de miradas con los transeúntes que ya invadían aquella zona y con un vaso de cartón con café humeante entre sus manos, lograba encontrar algo de paz y sobre todo dejar a un lado el malestar que el alcohol seguía regalándole. Y lo hacía gracias a esa brisa que golpeaba contra ella, preludio de un nuevo y caluroso día de primavera. Lo hacía gracias el increíble olor que seguía adueñándose de cada rincón de aquellas empedradas calles, y que tal y como le había recordado Aria, procedían de los naranjos. De la flor de los cientos, miles de naranjos que adornaban aquella ciudad. Y fue ella, precisamente quien le explicó aquel detalle del olor del Azahar, quien estaba a punto de romper esa breve calma adquirida.
Una plaza circular junto a la mayor catedral gótica cristiana del mundo. Tres bancos frente a una fuente que refrescaba con su sonido el lugar y a la sombra de la gran torre, de una Giralda que ascendía hasta el cielo imponente, con el repiqueteo de sus campanas avisando a los sevillanos que las 9 se hacían presentes y era hora de acudir a misa. Repiqueteo que tronaba en su cabeza y parecía hacerla explotar. Y ella allí, sentada en uno de los bancos de piedra mientras enfocaba con una cámara directamente hacia el campanario, a 104 metros de altura. Demasiado alto para descubrir sus detalles a simple vista. Mucho mejor con un objetivo, pensó Quinn.
No supo por qué, pero sus piernas no titubearon en ningún momento y dirigió sus pasos hacia ella. Quizás porque lo único agradable que recordaba de la terrorífica noche, era haber conversado con ella acerca de arte. Y quizás eso era lo único que necesitaba en aquel instante para olvidarse de cómo había arruinado su vida. Porque de eso estaba segura; Había fastidiado lo mejor de su mundo.
—Es atronador, ¿Verdad?—musitó tras colocarse a su lado y ser consciente como Aria ni siquiera se había percatado de su presencia. Tan inmersa estaba en su cámara, que llegó a asustarse tras escucharla hablar.
—Cuando te acostumbras al rugir del motor de una Harley Davison, nada te llama la atención—sonrió un tanto sorprendida mientras sus ojos divagaban sobre ella.
—¿Harley Davison? ¿Tienes una Harley?
—La tengo…aparcada en mi garaje de Liverpool. El día que pueda volver a pasear con ella, creo que me retiraran el permiso de circulación por falta de práctica.
—Vaya, no tenía ni idea de que te gustasen las motos.
—Me gustan muchas más cosas de las que imaginas—musitó sin dejar de mirarla ni de sonreir.—¿Qué haces aquí a ésta hora?¿No deberías estar durmiendo?
—No me preguntes—masculló Quinn al ser consciente del detalle—Es una larga historia que prefiero no recordar.
—Mmm, ok, aunque me temo que no es necesario que pregunte—respondió ella humedeciéndose los labios, gesto que por supuesto volvió a sorprender a Quinn.—Veo que has sobrevivido a la noche.
—¿Qué?
—Que veo que has logrado sobrevivir a la ingesta de Absenta—respondió—Dios, no sé cómo has podido sobrevivir a eso. Yo me mareaba con solo olerlo.
—Absenta…—susurró notando como algo amargo volvía a removerse en su garganta y la obligaba a beber del café para contrarrestarlo.—Dios, Absenta.
—¿Qué sucede?—cuestionó un tanto curiosa—¿Te encuentras bien?
—No muy bien, pero supongo que lo tengo merecido por idiota. No vuelvo a beber en mi vida. Además, menuda imagen habré dado.
—Tranquila Quinn—sonrió regresando la mirada hacia el campanario—Anoche todo el mundo se excedió con la bebida en el hotel, así que no tienes por lo que preocuparte. Ya viste como estaba yo.
No quiso preguntar, porque la vergüenza que sentía al ser consciente del nivel de ebriedad que había alcanzado era ya suficiente, como para encima comentarle que no recordaba absolutamente nada de lo que había vivido. Y mucho menos confesarle como había amanecido.
—Ya—carraspeó—Lo dicho, no volveré a beber jamás en la vida.
—Bueno, tampoco seas tan drástica. Yo tengo más de lo que arrepentirme que tú. ¡Ojo!—la miró rápidamente—No digo que tengas nada que ver, obviamente. Fui yo quien hizo el idiota y bueno, siento…siento haberte puesto en un compromiso como ese. No debí después de lo bien que nos lo estábamos pasando.
—Eh…tranquila—murmuró desconcertada—Todo está bien.
—Me alegro—volvió a mirarla Aria—Me, me ha gustado mucho conocerte Quinn. No estaba convencida de venir a esta exposición pero lo cierto es que ha merecido la pena, y lo ha sido gracias a ti. Mira—añadió sacando la tablet del bolso—He trabajado en el artículo y ya que me diste permiso para ello, he pensado que tal vez podría encabezarla con esta imagen. Creo que sales perfecta—dijo al tiempo que le mostraba una pantalla en la que aparecía un artículo y una foto de ellas dos junto una de las fotografías de la exposición.—No suelo poner fotos mías en los artículos, pero ya que me hicimos el trato, creo que es justo que estemos las dos. ¿Te gusta?
—Eh…sí, mucho—balbuceó aún más confusa. Y es que por mucho que trataba de poner en funcionamiento su mente, no lograba recordar ni hilar nada de lo que mencionaba Aria, de hecho, ni siquiera recordaba el momento en el que había aceptado fotografiarse junto a ella para que fuese la cabecera de su artículo. Es más, por no recordar ni siquiera recordaba lo que habían hablado concretamente de la exposición. Solo sabía que había estado con ella y que fue agradable. Todo lo demás se volvía difuso en su cabeza.
—Bien. Dejaría que lo leyeses ahora, pero solo es un borrador y ni siquiera está completo.
—Oh claro, tranquila. Esperaré a que salga publicado para leerlo. Lo que no sabía es que fueses tan rápida escribiendo. ¿Cuándo lo has hecho? Apenas son las 9 y…
—No he dormido demasiado esta noche—respondió interrumpiéndola—De hecho, desde que me fui del hotel solo me he tomado una ducha, he desayunado y me he venido hasta aquí, porque quería mirar por última vez esta preciosidad antes de marcharme.
—¿Esta preciosidad?—balbuceó Quinn sin poder evitar centrarse en sus ojos. Ojos que en todo momento la miraban a ella mientras sonreía con algo de timidez.
—Esa—señaló hacia la catedral—, preciosidad.
—Oh, claro—volvió a abusar del café para salir airosa de aquella extraña situación. –Es…preciosa. ¿Te, te marchas hoy?—cuestionó recuperando la compostura.
—Ajam, Australia me espera, ya te lo dije. No está siendo mi mejor época con los viajes.
—Australia—repitió Quinn como si de esa manera pudiese recordar algo de la supuesta conversación en la que se lo había comentado.
—Así es. Y después pasaré precisamente por Nueva York. De hecho, creo que ya debería estar preparándome para ir al aeropuerto, aunque me sabe realmente mal abandonar esa ciudad. Creo que ya va a quedar para siempre en mi corazón.
—Yo tampoco la voy a olvidar—murmuró desviando la mirada hacia la fuente que tenían frente a ellas—No lo tomes como algo contra ti, pero venir no ha sido una buena idea.
—Si lo dices por lo que me comentaste de tu mujer, tranquila. Todas las parejas tienen pequeñas crisis sexuales, y de cualquier tipo. Es lógico que vosotras las tengáis. Pero son muchos años, ¿No? Estoy segura que cuando llegues a tu casa todo volverá a la normalidad. Mi situación es muy diferente a la tuya. Si las cosas van mal entre mi pareja y yo es porque no congeniamos del todo y hacemos muchos esfuerzos por lograrlo. Pero dicen que cuando no va…es imposible, por mucho que lo intentes. Por como hablabas de Rachel y todas esas historias que habéis superado, estoy convencida de que todo saldrá bien. Además, tenéis alguien por quien luchar—sonrió—Ojala algún día tuviese una hija como la vuestra, es preciosa.
Gritar, huir, o salir corriendo. Bueno, tal vez huir y salir corriendo era lo mismo, pero era lo único que se pasó por la mente de Quinn al escuchar aquel pequeño sermón recordatorio que le regaló Aria. Sermón o consejo que la dejaba en el peor de los lugares habidos y por haber. No solo no sabía qué diablos había hecho con Shane y Ashley para acabar desnudas en su cama, sino que además se había confesado con ella, probablemente en uno de esos ataques de sinceridad absoluta que se dan solo cuando el alcohol se adueña de las neuronas. Una confesión que jamás habría hecho estando sobria, por supuesto. Que ella supiese, solo Santana conocía lo que le estaba sucediendo con Rachel y el vudú que destruía cualquier acercamiento íntimo entre ellas, y después de aquella noche, también lo sabía Aria. Una chica a la que hacia pocas horas que había conocido, por mucho que insistiese en recordarle que ya lo hicieron hacía dos años atrás, y de la que no sabía absolutamente nada. Bueno, tal vez ella si creía que lo sabía, porque a juzgar por su comentario la chica también había tenido su momento de confesión alcohólica en aquella noche, con la única diferencia de que ella no lo lograba recordar. Y por lo visto no solo le había hablado de su vida sexual, sino que también lo había hecho de Elise, y de su matrimonio con sus historias vividas y anécdotas.
—¿Estás bien, Quinn?—se interesó— Estás pálida.
Y tan pálida, pensó evitando que ese reflujo amargo que seguía instalado en su garganta la hiciera vomitar allí mismo.
—Eh sí, claro—se excusó sin mucha convicción—Creo, creo que debería regresar al hotel. Yo también tengo que preparar la maleta.
—Ya, entiendo, pero…¿Estás bien?—Insistió y Quinn sonrió débilmente.
—Lo estoy—respondió levantándose del banco—Ha sido un placer, Aria.
—Lo mismo digo—musitó la chica imitando su gesto—Espero volver a verte pronto, no olvides enviarme la invitación para la exposición de Jason Cheswick.
—No, claro que no. No obstante, recuérdamelo ¿Ok? Cuando vuelvo a Nueva york suelo centrarme tanto en mi trabajo que olvido esos detalles—volvía a excusarse de nuevo, porque tampoco era consciente de haberle hablado de aquella exposición y mucho menos de haberla invitado. De hecho, ni siquiera sabía si aquel artista iba a terminar exponiendo en su galería.—Un email y la invitación estará en tu poder.
—Un email, perfecto—respondió sonriente—Eh…bueno, espero que tengas un buen viaje. Te avisaré cuando salga el artículo.
—Sí por favor, avísame. Y espero que tú también tengas un buen viaje. Y que descanses en él—Sonrió al tiempo quele ofrecía la mano para saludarla y despedirse de una manera más cordial, aunque el titubeo que mostró Aria le hizo comprender que tal vez el gesto había sido demasiado protocolario después de la supuesta amistad que habían creado aquella noche, entre confesiones y chupitos de Absenta que ella seguía sin recordar. Por eso mismo y tras notar como se aferraba a su mano, decidió dar un paso hacia ella y regalarle un par de besos, haciendo gala de la tradicional costumbre que solían tener los españoles al saludar de aquella forma. Y fue ese impulso el que pilló por sorpresa a Aria, que tras recibir el primero de los besos y sin saber muy bien cómo actuar, desvió sin querer su rostro para provocar algo que ninguna de las dos pretendía en un momento como aquel.
Apenas fue un roce. Apenas pudieron notar nada más que la certeza de saber que habían sido sus labios los que chocaron torpemente, en vez de sus mejillas. El desconcierto se hizo latente entre las dos. En Aria, que inevitablemente iluminó sus mejillas con un intenso rojo presa de la sorpresa, y la vergüenza que le llegó al ser ella la culpable del fallo en el movimiento. Y en Quinn, por ser consciente de que aquel ya era con diferencia el peor día de su vida. O tal vez no el peor, pero sí el preludio del que estaba por llegar.
—Oh…lo siento—se excusó Aria—No, no estoy acostumbrada a los dos besos, yo…yo de hecho ni siquiera suelo darlos y…
—Ha sido culpa mía—replicó Quinn sin poder mirarla a la cara—No debí hacerlo.
—Está bien, quiero… quiero decir, no pasa nada. Tampoco me voy a morir precisamente. Otra anécdota más.
—Otra más—pensóQuinn lamentándose—Ok, eh…—volvía a centrarse en el café, ya casi frio, que seguía manteniendo entre sus manos—Será mejor que me marche.
—Yo también. Cuídate, cuídate mucho, Quinn—se despidió entre tartamudeos, regalándole de nuevo aquella mirada que tanto le hacía recordar a Rachel. Y no solo la mirada, sino que también lo hacia su sonrisa y esa peculiar gesto que hacía con sus labios al fruncirlos. Tal vez la noche anterior no sabía por qué le recordaba tanto a su mujer, pero en aquella mañana y a pesar de la confusión que seguía invadiendo su mente, pudo percibir muchos de aquellos gestos que acostumbraba a ver solo en Rachel. Y tener esa sensación no le gustaba en absoluto, mucho menos después de lo que acababa de suceder y lo que supuestamente había vivido durante la noche. Recordar a Rachel en aquel instante solo le provocaba un dolor repentino que poco a poco parecía instalarse en ella. Y que a juzgar por lo vivido, no iba a dejarla vivir en mucho tiempo.
—Tú también—respondió regalándole una última y forzada sonrisa. Tras ello no tardó en alejarse de ella recorriendo el mismo trayecto que había hecho para llegar hasta allí, pero no de la misma forma. A pesar de no volver a buscarla mientras se alejaba de ella, notaba como su mirada parecía perseguirla por aquella plaza mientras su mente repetía casi en bucle el desafortunado encontronazo de sus labios, que si bien no podía estar considerado como beso debido a la rapidez con la que lo hicieron, tampoco podía negar que no fuese uno de ellos. Sus labios se habían rozado, y eso para ella y para cualquier persona en el mundo, era un beso. Un jodido beso aunque no hubiese intención alguna por parte de ambas. Y era lo peor que le podía pasar en aquel día. Era su sentencia de muerte.
Discusión con Rachel por teléfono, vino, risas, Absenta, risas, Ashley descalza, una señora ofreciéndole una ramita de romero, risas, Shane sin sujetador, risas, amargor, sueño, silencio, golpe, mareos, confusión, fatiga, confusión, café, Azahar, campanas, Aria, sonrisa, amargor, ojos, sonrisa, amargor, confusión, confesión, confusión, beso, adiós y Rachel.
Quinn trataba de organizar de alguna manera lo sucedido en aquellas horas y todo terminaba en ella, en su mujer, en Rachel. En quien aquella noche supuestamente había estado enfrentándose a una de sus mayores pesadillas al quedar con Leisha, mientras ella se divertía sin consciencia y terminaba su odisea besando a una completa desconocida que sabía más de su vida que cualquiera de sus amigas.
No era el final perfecto para un viaje como aquel. No era el recuerdo perfecto para una ciudad como aquella, que ya lucía resplandeciente tras un nuevo e incesante repiqueteo de campanas, con sus naranjos regalando las primeras sombras del día a las palomas, con sus coches de caballos paseándose por callejuelas en las que no cabrían tres personas a la vez. Una ciudad en la que todo el mundo parecía sonreír con los ojos, y hablaban entre palmas. Una verdadera fiesta para los sentidos que ella se había encargado de destruir, y etiquetar como el más estúpido de sus errores. Un error que parecía no acabar, a pesar de estar a punto de entrar en el majestuoso hotel de estilo neo mudéjar que tanto le había impactado cuando llegó. Un nuevo encuentro salía a su paso, y cortaba de raíz la necesidad que empezaba a adueñarse de ella. Necesidad de pasar al menos una hora bajo la ducha para ver si así lograba organizar su mente y llegar a un acuerdo consigo misma sobre lo que hacer en las siguientes horas. Shane parecía haber hecho eso mismo, o al menos eso aparentaba al acercarse a ella completamente recuperada, sin dejar muestra alguna del desastre en el que parecía haberse convertido en su propia cama.
—Te he estado buscando, ¿Dónde has estado?—cuestionó a algunos metros de ella, obligándola a que se detuviese junto a la entrada del pequeño jardín que daba acceso al hotel.
—Necesitaba pasear, despejarme un poco.
— Pensé que al menos desayunaríamos juntas, me tengo que marchar en un par de horas.
—Si te soy sincera, te aseguro que ahora mismo no me apetece verte a ti, ni a Ash.
—Quinn, no seas infantil. Eres una mujer, y como tal tienes que ser responsable de tus actos.
—Por eso mismo—le replicó—¿Cómo diablos quieres que esté sabiendo que toda mi vida se va a la mierda?
—¿Pero qué dices? Quinn, bebimos…sí, nos emborrachamos con el estúpido licor ese.
—Absenta—irrumpió desafiante—Bebimos Absenta, ¿Sabes lo que dicen de la Absenta? Que tiene propiedades afrodisiacas, y que es la bebida de los artistas por la inspiración que les provoca. ¿Te haces una idea de lo que ha podido hacernos ese licor? Afrodisiaco, inspiración e inconsciencia, completo. Tienes el kit completo para joderte la vida y no recordarlo después.
—Deja de ser tan melodramática. Sé lo que es la Absenta, y no pasa nada. Yo solo sé que bebimos, que Ashley no podía caminar y terminamos en tu habitación. Pero estoy convencida de que no pasó nada más. Créeme Quinn, he amanecido muchas veces así y siempre, siempre he sido consciente de lo que ha pasado. Sé cuándo hago algo más que dormir, por muy borracha que esté. Y te aseguro que tú, Ashley y yo no hemos hecho ningún trio—sentenció justo cuando un par de transeúntes pasaban a su lado y escuchaban el momento álgido de la conversación—Escúchame—añadió bajando el volumen de su voz—Confía en mí, no te mentiría. No hicimos nada, además…no hay pruebas de ello.
—¿Pruebas? ¿Te refieres a despertar desnuda contigo junto a mis pies?
—Me refiero a que recuerdo que anoche me decías que estabas de mal humor por culpa de la menstruación, y te aseguro que yo ese límite no lo paso ni estando borracha. Lo siento pero no, Quinn. Hay cosas que no contemplo y entre ellas está el tener sexo con alguien en ese estado.
—Oh dios—balbuceó notando como un golpe de aire fresco le golpeaba y el dolor parecía esfumarse—Tienes razón, soy la única que ha amanecido con ropa interior y…bueno, estoy en los últimos días pero sigo estándolo. No haría algo así, ¿No?
—¿Ves? No lo pienses más, probablemente haríamos cualquier estupidez o apuesta y terminamos así, nada más. Y tú como estabas en esa situación, decidiste quedarte con ropa interior. Todo tiene sentido.
—Todo tiene sentido o tal vez yo quiera agarrarme a cualquier excusa—replicó—Shane, tengo una sensación bastante desagradable, y créeme...
—No, nada de sensaciones desagradables. Quinn, si no lo haces por ti, hazlo por mí. Confía en mí. No ha pasado nada.
—Está bien, confiaré en ti pero eso no quita que me esté jugando toda mi vida. Rachel no lo va a creer, y si ella no lo cree todo está acabado.
—¿Rachel? No, no—volvió a interrumpirla—Rachel no tiene por qué saber nada.
—Rachel sabe todo lo que hago. Es así como funcionamos, y por eso funcionamos precisamente.
—Quinn, me da igual que tu relación esté basada en la absoluta y completa sinceridad mutua, pero Rachel no debe saber esto. Al menos si no puedes asegurarme que lo comprenderá.
—¿Qué más te da a ti? Soy yo la que me arriesgo a que me deje, ¿Recuerdas? Soy yo la que está casada con ella y…
—Yo también tengo problemas, Quinn—interrumpió seria—Mi relación con Carmen pende de un hilo. No, no está aquí porque tenga cosas que hacer y le haya sido imposible. No ha venido porque estamos separadas…nos estamos tomando un tiempo—confesó bloqueando por completo a Quinn. –Ella no está en París, ha regresado a Los Ángeles con su familia para pasar un tiempo allí.
—¿Qué? No, no sabía nada. ¿Por qué no me lo has dicho?
—Porque no lo sabe nadie, bueno…tal vez Bette si lo sabe y Tina. Pero nadie más. No queremos hacer estallar todo sin haber intentado solucionarlo antes, ¿Entiendes?
—Oh, lo…lo siento Shane. No tenía ni idea de que estuvieses pasando por algo así.
—Mira, Carmen es la mujer de mi vida. Tal vez haga el idiota y cometa errores, pero sé que ella es mi persona, que ella es mi alma gemela y no voy a permitir que algo como lo que ha sucedido esta noche, acabe con lo poco que nos queda. Si se lo dices a Rachel y reacciona mal, tarde o temprano llegará a Bette o alguna de las chicas y es inevitable que Carmen se entere. Si no puedes hacerlo por ti, hazlo por mí. Te lo pido por favor.
—Shane, no me puedes pedir eso. ¿Quieres que le mienta a mi mujer? Sabes por todo lo que hemos pasado, y sabes también que por mucho que intentes ocultar algunas cosas, terminan saliendo a la luz. Y entonces sí que será peor, porque sabrá que lo he ocultado y si lo he hecho es por algo.
—Quinn por favor—suplicó—No tienes que mentir, solo omitir esto. Además, nadie más ha amanecido con nosotras y te aseguro que Ashley no va a decir nada. No ha parado de vomitar y no es precisamente por el alcohol. Está asustada, cree que si tú lo dices Spencer se enterará y la dejará. Y puede que sea una estrella del rock, pero tiene corazón, y va a tener un bebé. ¿De verdad quieres destrozarle la vida así?
—Mierda…mierda, mierda—masculló alejándose de Shane, como si hacerlo por algunos metros lograse estabilizarla y hacer desaparecer el lamento que se apoderaba de ella. Mientras Shane la observaba, escrutaba cada movimiento y todas las maldiciones que balbuceaban de manera imperceptible esperando una respuesta afirmativa a su petición, a su súplica.—No puede ser real, esto no puede estar pasando.
—Quinn, por favor—susurró Shane sabiendo que a punto estaba de convencerla.—Hazlo por mí y por Ash.
—Está bien, está bien…Lo intentaré ¿Ok?—musitó desechando el vaso de café en una papelera cercana—Pero no te aseguro nada.
—Gracias rubia. Gracias.
