Los personajes de Naruto no son míos, son de Kishimoto... la historia si es de Lorraine Heath
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ACLARACIÓN
Será una adaptación, sin embargo haré algunos cambios, sobretodo con el personaje de Karin, en la historia original es un personaje odioso al ser una Mary Sue que sinceramente aborrecí, y cambiaré un poco el amor del protagonista por Karin, en esta versión sale poco.
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CAPÍTULO 13
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Suigetsu se quedó mirando fijamente a Ino. Ella cerró los ojos justo después de decir esas palabras; parecía como si la confesión se hubiera llevado la poca fuerza que le quedaba. ¿Acaso creía que se estaba muriendo y por eso necesitaba confesar? ¿Por qué habría dicho algo así? Suigetsu no se habría sorprendido tanto si ella se hubiera levantado de la cama, se hubiera quitado la ropa y hubiera echado a correr completamente desnuda por las calles de Konoha.
Un sonido lo asustó y, para su gran irritación, lo sobresaltó. La enfermera estaba a los pies de la cama. ¿Es que todo el mundo tenía que ser tan sigiloso en aquella casa? Les iba a tener que obligar a coserse campanitas en la ropa para poder darse cuenta de que se estaban acercando.
—¿Se ha despertado? —preguntó ella.
—Un minuto.
—¿Le ha dado algo para beber?
—No.
Mito lo miró con el cejo fruncido, parecía como si hubiera confesado que estaba más
interesado en desabrocharle los botones a Ino que en su bienestar. La mujer se desplazó hasta el otro extremo de la cama, posó los dedos sobre la frente de Ino y ésta murmuró algunas palabras incoherentes.
—Cielo santo, está ardiendo.
Lo que significaba que su confesión era producto del delirio. Podría haberla provocado un sueño, una pesadilla, o incluso el deseo reprimido de que su viejo marido muriera para que ella pudiera casarse con un hombre más joven.
Suigetsu se rió para sí. Eso último era muy improbable. Ahora tenía la oportunidad de casarse con un hombre más joven y había rechazado todos sus intentos por emparejarla con alguien. Sin embargo, el hecho de que no pareciera querer casarse no significaba que no quisiera deshacerse de su marido. Pero ¿asesinarlo? No daba el tipo de asesina.
Mito alargó el brazo para llamar a la doncella.
—¿Qué haces? —preguntó Suigetsu.
—Voy a meterla en un baño de agua fría. Tengo que bajarle la fiebre.
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Él asintió.
—Prepáralo. Yo la meteré en la bañera.
—Eso no sería adecuado.
—¡Al cuerno con el pudor! No puede hacerlo ella sola y tú no tienes la fuerza necesaria para llevarla. Y desde luego no pienso dejar que lo haga ninguno de los hombres que trabajan aquí. Yo pago tu sueldo y harás lo que yo te diga. Prepara el baño.
—Sí, señor.
Pocos minutos después, la habitación se llenó de actividad: las doncellas corrían de un lado a otro cargando cubos de agua con hielo ante la atenta mirada de Kazumi. Suigetsu se preguntó si el mayordomo dormiría con la ropa puesta, porque siempre parecía estar preparado para atender cualquier problema que surgiera. Tal vez sólo fuera que todos se preocupaban por la duquesa y ninguno de ellos se había ido a dormir.
Se quitó la chaqueta y se volvió para dejarla sobre uno de los sillones que había cerca de la cama. Entonces vio una cabeza rubia que se asomaba por la puerta. Suigetsu salió al pasillo mientras se remangaba la camisa. El joven Inojin estaba de cuclillas, con la espalda apoyada en la pared; abrazaba con fuerza a su perrito y llevaba el miedo escrito en los ojos.
Era evidente que había oído el ajetreo y que estaba esperando lo peor. Suigetsu asumió que la noche en que murió el duque también se debió de producir mucho alboroto.
Se agachó junto a él.
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—Se va a poner bien, chico.
—¿Pu-puedo verla?
—Es mejor que no; por lo menos, ahora no. Ella nunca me perdonaría si tú también te pusieras enfermo. —Suigetsu apenas tuvo tiempo de pensar por qué le preocupaba hacer algo por lo que Ino pudiera no perdonarlo.
—¿Y si se mu-muere?
—No se morirá, te lo prometo. Y Suigetsu Hozuki es un hombre que mantiene sus promesas.
Pregúntale a quien quieras.
—¿A quién?
Sugetsu se rió.
—A nadie que tú conozcas, afortunadamente. —Le dio una palmadita en el hombro—. Ahora vuelve a la cama para que yo pueda cuidar de tu madre.
El niño asintió y echó a andar en dirección a su habitación. Moebi lo estaba esperando en la puerta. Lo abrazó cuando él llegó a su lado y Suigetsu se sintió aún más seguro de haber elegido a la niñera adecuada. Se incorporó y volvió a la habitación de Ino.
—Ya está todo preparado —dijo Mito.
Él se apresuró a desabrocharse el chaleco, que dejó sobre la chaqueta. Le siguió el pañuelo.
Luego se acercó a la cama y retiró las mantas. Ino llevaba puesto sólo el camisón. Suigetsu la cogió en brazos y la llevó al cuarto de aseo. Vaciló. Del agua no procedía el agradable vapor de costumbre. El hielo flotaba en la superficie. Él sabía muy bien lo desagradable que era un baño de agua fría. Ya hacía muchos años que lo habían sumergido en uno en la cárcel y lo habían frotado sin piedad, pero no era una experiencia que se olvidara con facilidad.
—Señor, es por su propio bien —dijo Mito con dulzura.
Como si Suigetsu fuera un hombre que se preocupara por el bienestar de los demás...
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—Está bien. —Se acercó a la bañera, inspiró con fuerza como si fuera él quien tuviera que sumergirse y metió a Ino en el agua.
Ino se despertó de golpe, muy asustada. Estaba rodeada de calor, comodidad y seguridad y, de repente, la estaban metiendo en un baño de agua fría. Tenía frío, mucho frío. Los trozos de hielo chocaban unos con otros. Ella gritó, se revolvió, le arañó, intentó liberarse, pero su cuerpo seguía bajo el agua y su empapado camisón flotaba a su alrededor.
—Ino.
Alguien la cogió de las muñecas y la inmovilizó con una mano tan firme como el acero, mientras con la otra la sujetaba por la nuca.
—¡Ino! ¡Ino! ¿Es que quieres asustar a Inojin?
Ella se quedó inmóvil mirando a Suigetsu. En aquel momento le odiaba.
—Tengo mucho frío.
Él le soltó las muñecas y la cogió de la cara. Su mano estaba caliente, muy caliente. Ella quería acurrucarse entera dentro de aquella mano.
—Ya lo sé, pero no hay otro remedio para bajarte la fiebre, muñeca —dijo él.
Asintió sin dejar de temblar. Suigetsu se dejó caer al suelo y se sentó junto a la bañera, como si estar en el cuarto de aseo mientras ella también lo estaba fuera lo adecuado. No lo era e Ino quería que se fuera, pero también quería que se quedara.
—Piensa en otra cosa —le ordenó él.
—¿En qué?
—En los relojes. ¿Te gustan los relojes?
Ella asintió tiritando.
—Te compraré un reloj por cada minuto que pases en esta bañera.
—No me gustan tanto.
Él se rió; la profundidad de su risa resonó por la estancia.
—Me alegro de que al-alguien se esté divirtiendo —tartamudeó ella.
—No me divierto.
Ino miró alrededor. La única persona que había allí además de ellos dos era la enfermera. ¿Cómo se llamaba? Su nombre revoloteaba en los confines de su mente.
La mujer se deslizó hasta el otro extremo de la bañera.
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—Sólo un par de minutos, su excelencia.
Ella asintió. Aquello era muy desagradable.
—Piensa en lo bien que te sentirás cuando salgas.
Ino asintió de nuevo.
—¿Me volverás a abrazar? Eres muy cómodo y cálido. —Se le escapó media sonrisa—. No debería querer estar caliente cuando es precisamente eso lo que me ha traído hasta aquí.
—Cuando salgas, tomarás un poco de sopa caliente —dijo él—. Comes muy poco.
—¿Có-cómo lo sabes?
—Ya te he cogido en brazos tres veces y estás demasiado delgada.
Ino estaba segura de que había intentado insultarla, pero no le importaba.
—No puedo más. —Se cogió con fuerza a los laterales de la bañera.
—Toma. —Suigetsu puso la mano debajo de la suya—. Aprieta mi mano.
—Te po-podría ro-romper los huesos.
—Bueno, ya se soldarán. Venga, aprieta.
Y lo hizo. Le apretó la mano, apretó los ojos, apretó, apretó, apretó.
—Háblame.
—¿Sobre qué? —preguntó él.
—Tu infancia. Cu-cuéntame una anécdota. Tu pulgar.
—¿Por qué está todo el mundo tan interesado en mi pulgar?
—¿Qué-qué ro-robaste?
Él le apartó algunos mechones de pelo de la cara con ternura.
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—Nada.
—¿Eras inocente?
—De ese delito en particular, sí. Pero era lo suficientemente culpable por otros, así que pensé que me merecía el castigo.
—Tome, su excelencia —dijo la enfermera, colocándole a Ino un paño enrollado en la boca—. Tiene que morder esto o se acabará mordiendo la lengua.
Ella obedeció y luego dijo como pudo:
—Habla.
Él suspiró como si Ino hubiera acabado con su paciencia, pero entonces dijo:
—Fue Uchiha. Intentó robar un queso entero. Es importante robar cosas que se puedan meter en un bolsillo o que le puedas pasar a alguien sin que nadie te vea. Pero él se encaprichó del queso de la forma más estúpida. Yo volví atrás e intenté que el vendedor lo soltara, pero lo único que conseguí fue que me cogieran a mí también. Fue la única vez que me pillaron, por cierto.
Parecía muy orgulloso de eso. Ino asintió, instándolo a continuar. Cuando él hablaba, ella se podía perder en su profunda voz y casi olvidaba la agonía por la que estaba pasando.
—Yo tenía diez años. Nos sentenciaron a tres meses de cárcel. Cuando nos soltaron, volvimos a nuestra vida en la calle: éramos un poco más sabios y un poco más cuidadosos. Karin era nuestra pequeña madre. Ella es más joven que la mayoría de nosotros, pero se ocupaba de todos. Y creo que ya has tenido suficiente baño.
—Otro minuto —dijo la enfermera.
Ino la odiaba y odiaba a Suigetsu por haberla contratado.
—Se está poniendo azul —dijo él—. Ya es suficiente.
—No, señor.
—Ya es suficiente —dijo, adoptando aquel irritante tono de voz que indicaba que era quien mandaba.
Ino odiaba ese tono.
Le encantó sentir cómo le pasaba un brazo por debajo de las rodillas y otro por detrás de la espalda y la levantaba con un pequeño quejido. Tal vez no fuera tan ligera, después de todo.
La dejó sobre una silla.
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—Trae las toallas.
—Yo me ocuparé de ella —dijo la enfermera.
Suigetsu se alejó e Ino pudo ver que tenía la camisa casi tan empapada como la suya.
—Me voy al club —dijo—. Pídele a alguien que venga a buscarme si me necesitas.
Ella casi le recordó que necesitaba que la abrazara para darle calor, pero seguía teniendo el paño en la boca y tenía miedo de quitárselo por si se mordía la lengua. La enfermera estaba intentando ayudarla a quitarse el camisón e Ino estaba segura de que pronto entraría de nuevo en calor. Sin embargo, no podía negar que se sentía decepcionada de que no fuera Suigetsu quien lo consiguiera.
Suigetsu se quitó la ropa mojada, decidido a abandonar la residencia tan pronto como le fuera posible. No le había prometido a Ino que la abrazaría, pero no se podía quitar su petición de la cabeza. Se recordó que estaba enferma, que deliraba; posiblemente no fuera consciente de lo que decía. Probablemente, lo último que deseaba era que él la abrazara.
Mientras se ponía la ropa seca, recordó su imagen temblando en la bañera. Obligarla a quedarse en aquella agua congelada era lo más difícil que había hecho en su vida. Se le había puesto la piel de gallina. Se le habían endurecido los rosados pezones. Sabía que eran rosados porque eran casi visibles a través del camisón empapado. Gracias a Dios, ella estaba demasiado enferma como para darse cuenta de que él no perdía detalle de su cuerpo empapado.
En cuanto empezó a resistirse para que no la metieran en el agua, Suigetsu hubiera vuelto a llevarla a la cama, pero le había prometido a Inojin que no se moriría, y si la enfermera creía que necesitaba un baño de agua fría, eso era lo que iba a tener. Se frotó la frente. ¿En qué estaba pensando cuando le prometió eso al niño?
Abrió la puerta y salió al pasillo.
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—¿Se-se ha muerto?
Suigetsu se dio media vuelta. Inojin estaba allí de pie, con su camisa de dormir; parecía tan pequeño, tan asustado... Tenía los ojos abiertos como platos.
—No, chico. —Se acercó y se arrodilló junto a él—. Se va a poner bien. ¿Dónde está tu niñera?
—Durmiendo. —Inojin observó la puerta y luego miró a Suigetsu.
—Aún no puedes verla. ¿Quieres sentarte un rato junto a la puerta de su habitación?
El niño asintió con la cabeza.
Suigetsu se sentó en el suelo y apoyó la espalda en la pared. Inojin se subió a su regazo y apoyó la cabeza sobre su pecho.
—Se pondrá bien, chico. Se pondrá bien.
Se quedaron allí sentados en silencio durante un rato y, entonces, Suigetsu dijo:
—Si quieres, te puedes chupar el pulgar.
Inojin negó con la cabeza.
—Toma. —Suigetsu se metió la mano en el bolsillo, cogió su colgante y se lo dio—. Cógelo. Te dará buena suerte.
Su pequeña mano se cerró alrededor del objeto.
—¿Conoces a lord Uchiha? —le preguntó Suigetsu.
El niño levantó la mirada.
—No.
Su voz era muy queda. Parecía temer molestar a su madre y Suigetsu apenas lo oía.
—Bueno, sospecho que algún día le conocerás. Yo estuve viviendo un tiempo con el anterior lord Uchiha. Un día, estaba decidiendo si escaparme de su casa o no. Estaba en la puerta de atrás, observando mi colgante cuando tu padre se acercó a mí.
Inojin abrió sus azulados ojos de par en par.
—Eso ocurrió hace muchos años —dijo Suigetsu—. Antes de que tú nacieras. Él pensó que lo había robado, pero le expliqué que me lo había dado mi madre...
Suigetsu recordaba aquel día como si fuera ayer.
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—Te daré un chelín si me dejas ver el colgante —dijo Hoshigaki.
—¿Por qué quiere verlo?
—Hace tiempo, conocí a una chica que llevaba un colgante muy parecido a éste.
A Suigetsu no le gustaba aquel hombre. No confiaba en nadie que tuviera los ojos violeta oscuros como los suyos y aquél hombre que le había hecho daño hacía mucho tiempo. Pero ¿qué podía haber de malo en aceptar una moneda?
—Una corona.
El hombre sonrió.
—Eres un gran negociante. Trato hecho.
Le dio la corona a Suigetsu que, en cuanto la tuvo en la mano, sintió deseos de echar a correr. Coge el dinero y corre. Pero en vez de escapar, y con la garganta tan atenazada que creía que se iba a ahogar, le dejó observar su preciada posesión.
El duque abrió el colgante muy despacio y observó la pequeña fotografía que contenía durante lo que a Suigetsu le pareció una eternidad. Luego lo cerró y se lo devolvió.
—Es un colgante muy bonito, pero éste no es el que yo recordaba.
Él se guardó el colgante y le dedicó una traviesa sonrisa.
—Gracias por la corona.
—¿Estás pensando en huir?
—No creo que eso sea de su incumbencia.
—El conde te ha ofrecido una oportunidad a la que pueden acceder muy pocos niños como tú. Si no quieres aprender de él, tal vez quieras aprender de mí.
—No me interesa. Además, se equivoca. No estaba pensando en huir. Mis amigos están aquí. Me quedo.
—Mejor para ti, chico. Mejor para ti.
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Para cuando Sugetsu acabó de contarle la historia, Inojin se había quedado dormido. Recuperó el colgante de entre sus pequeñas manos con mucho cuidado, lo abrió y observó la fotografía en miniatura de su madre. Tenía el pelo y los ojos oscuros, nada que ver con él. A Suigetsu siempre le había parecido muy guapa.
No podía dejar de pensar en el hombre que lo había comprado. ¿Habría sido Hoshigaki? Eso explicaría que el colgante le resultara familiar. El que lo compró estaba a su lado cuando su madre le dio el colgante al despedirse de él.
No, Suigetsu se resistía a pensar que el duque fuera ese hombre. Se volvería loco pensando que había tocado a su muñeca, porque Ino era su muñeca y parecía una de tan bella; y que además, era el padre de Inojin.
Tenía que haber algún motivo que iba más allá del testamento. Pero ¿cómo diablos iba a saber él cuál era? ¿Y por qué tenía la sensación de que era importante averiguarlo? Debería olvidarse del tema, pero era incapaz de dejar de sospechar que algo no iba bien y que estaba pasando por alto algún aspecto muy importante.
Hoshihaki le había dicho a Ino que se tenía que encargar de resolver un asunto. Suigetsu se preguntó si también habría heredado esa misión. Sin embargo, aún no sabía de qué se trataba.
El tiempo pasaba despacio. A veces, Ino temblaba de frío y otras veces creía que iba a arder del calor que tenía.
Suigetsu no volvió a ver cómo estaba. Ella asumió que él había perdido el interés cuando se dio cuenta de que sobreviviría y seguiría allí para ocuparse de la casa. Echaba espantosamente de menos a Inojin, pero sabía que lo asustaría verla tan débil.
Cada mañana y cada noche, el médico angelical iba a ver cómo estaba. Gracias a sus visitas, ella podía seguir la cuenta de los días que pasaban. A la tercera noche, la fiebre empezó por fin a remitir y el doctor Uzumaki pareció muy complacido cuando al llegar por la mañana la encontró sentada en la cama.
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—No es usted mi médico habitual —dijo ella.
Estaba exhausta, pero se encontraba mucho mejor. Se acababa de dar un baño y llevaba un camisón limpio. Le habían cambiado la ropa de la cama. Las ventanas estaban abiertas, la luz del sol iluminaba la habitación y el olor de la enfermedad había desaparecido del todo.
—No, no lo soy. Soy un amigo de Suigetsu Hozuki—contestó él.
—Parece usted demasiado respetable para ser amigo suyo.
El médico sonrió.
—Le conocí cuando era un niño.
—¿Usted también creció en la calle?
—Sí.
—¿Cómo aprendió a ser tan compasivo?
Él la miró entrecerrando los ojos.
—¿Lo que quiere preguntarme en realidad es por qué el señor Dodger no ha aprendido a serlo?
—No creo que se parezcan ustedes mucho.
—Los niños no suelen tener el lujo de poder elegir su infancia, pero no me puedo quejar de las amistades que hice durante la mía. Me han resultado muy útiles.
Ino estiró de un hilo que salía del edredón.
—Es que ni siquiera se ha molestado en preocuparse por cómo me encuentro.
—Oh, le aseguro que está preocupado. —Se reía como si alguien le hubiera explicado un chiste buenísimo—. Cada vez que vengo a verla, me somete a un extenuante interrogatorio sobre su salud.
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Como para restar veracidad a sus palabras, Ino dijo:
—No ha venido a verme. —Parecía una niña tonta que poco tenía que ver con ella misma.
—No sería apropiado, ¿verdad?
Como si lo apropiado lo hubiera detenido en otras ocasiones. A decir verdad, no los había detenido a ninguno de los dos.
—Quiero que se quede en la cama un par de días más para recuperar fuerzas —dijo el doctor Uzumaki.
—¿Y qué pasa con Inojin?
—Él está bien. Lo podrá ver dentro de dos días.
—Preferiría verlo ahora.
—Dos días. —Su voz era firme y no admitía discusión.
—¿Todos los niños de la calle son igual de mandones?
—Así es. —Cogió su maletín negro—. Ahora, debo ir a enfrentarme al gran inquisidor.
Ino lo observó mientras salía de la habitación. Luego, miró hacia donde estaba sentada la enfermera.
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—¿Cree que me puedo sentar un rato junto a la ventana?
—El médico ha dicho que se quede en la cama.
—Pero estoy segura de que sentarme tranquilamente junto a la ventana servirá para el mismo propósito.
Mito dejó su labor a un lado.
—Supongo que no le puede hacer mucho daño.
Fue peor de lo que Ino había imaginado. Le dolían los músculos y le crujían los huesos. Si no supiera lo que le había pasado, pensaría que había envejecido cien años. Se apoyó en Mito y cuando llegó junto a la ventana y se sentó, se había quedado sin aliento.
—Oh, Dios mío, no sé si conseguiré volver a la cama.
—Si no puede, llamaremos al señor Hozuki para que la lleve.
Ino notó cómo le ardían las mejillas de vergüenza, y aunque se había quejado de que él no hubiese vuelto a su habitación desde la primera noche, no podía pasar por alto el hecho de que no tendría que haber estado allí ni siquiera entonces. No quería que todo aquello ocasionara un montón de escandalosos chismorreos.
—No tendría que haber estado aquí. No es apropiado.
—Se comportó como un auténtico caballero.
A Ino le pareció percibir algo en su voz, como si la enfermera se hubiera ofendido en nombre de Suigetsu.
—¿Le conoce bien?
—Apenas le conozco. He oído hablar de él, por supuesto, pero no le había visto nunca hasta que empecé a trabajar para él. Por mucho que me sorprenda, tengo que admitir que tengo muy buena opinión de ese hombre.
Ino se echó hacia atrás y miró por la ventana. Estaba demasiado cansada para discutir o hacer más preguntas. Se preguntó si a Suigetsu le gustaría Mito y si el hecho de que hubiera estado en su habitación tendría más que ver con la enfermera que con ella. ¿Acaso ahora que la había besado se había cansado? Se sentía un poco rara, preocupándose por eso, especialmente porque no tenía ningún interés en que Suigetsu le prestara ninguna atención.
Vio cómo el doctor Uzumaki subía a su carruaje. Era un coche bastante bonito. Ino no se lo esperaba. Se preguntó cómo habría llegado a tener cosas tan bonitas.
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Era más fácil comer sentada en un sillón, así que se tomó un tazón de caldo. Hasta que no empezó a comer, no se dio cuenta de lo hambrienta que estaba.
No se quedó en el sillón mucho tiempo. Tal vez una hora. Luego volvió a la cama con mucho cuidado y se quedó dormida en seguida. Cuando se despertó de nuevo había oscurecido. El quinqué de la mesita de noche proyectaba una luz tenue. Obedeció a Mito y tomó un poco más de caldo. Después volvió a caer profundamente dormida.
Cuando se volvió a despertar, el quinqué seguía encendido, pero Mito estaba acurrucada en una pequeña cama y roncaba con suavidad. Ino miró el reloj. Eran casi las nueve. Inojin estaría dormido. Odiaba pensar que tendría que haberse ido a dormir todas aquellas noches sin que nadie le leyera. Ni siquiera tenía una niñera adecuada.
Frunció el cejo. ¿Le había dicho alguien que ya tenía niñera? Tenía un vago recuerdo... No, probablemente no. No quería ni imaginarse la clase de mujer que contrataría Suigetsu. El doctor Uzumaki le había dicho que se quedara un día más en la cama, pero ya se había quedado todo lo que podía. Estaba desesperada por ver a Inojin. Aquél era el momento perfecto, porque estaría dormido y no se tendría que preocupar por si la veía. Al día siguiente pasaría un poco de tiempo con él y le leería. A él le gustaba mucho que le leyeran.
Apartó la ropa de cama y ese sencillo gesto la dejó completamente agotada. Se preguntó cuánto tiempo pasaría hasta que estuviera curada y recuperara las fuerzas. Su chal estaba a los pies de la cama. Se envolvió en él y anduvo descalza hasta la puerta; parecía una niña haciendo algo que no debía. Era muy consciente de que si Mito se despertaba la regañaría e insistiría en que volviera a la cama. Y era lo que pensaba hacer, tan pronto como se hubiera asegurado de que Inojin estaba bien y de que alguien se estaba ocupando de vigilarlo.
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Abrió la puerta y se adentró en el pasillo. La casa estaba tan tranquila como esperaba. La puerta de la habitación de Inojin estaba abierta y, mientras se acercaba, oyó un murmullo. Se detuvo en el umbral y echó un vistazo dentro. Era evidente que seguía teniendo fiebre y que continuaba delirando, porque, sentado en una silla, con los codos apoyados en los muslos y un libro entre las manos, estaba Suigetsu Hozuki leyéndole a su hijo.
Jamás había visto a Inojin tan interesado. Estaba sentado en la cama junto a un extraño bulto que había bajo las sábanas. No quería ni pensar que pudiese estar durmiendo con su perro.
Suigetsu llegó a cierto punto de la lectura e Inojin lo interrumpió para decir:
—Hozuki. Ése es tu nombre.
Suigetsu levantó la mirada del libro.
—Así es.
Inojin lo observó un momento y arrugó su pequeña frente.
—¿Eres como Kizame Hozuki*?
—¡Qué tontería! Hay muchísimos chicos así en la calle. ¿Sabes lo que es un dodger?
Inojin negó con la cabeza. Ino nunca lo había visto tan animado y con tan poco miedo.
—Un dodger es alguien a quien se le da muy bien esquivar a sus perseguidores. —Suigetsu movió el cuerpo de un lado a otro, hacia atrás y luego hacia adelante—. Cuando coges algo y te persiguen, tú tienes que esquivarlos. Es un honor que te llamen así. Creo que el señor Jiraiya* lo sabía muy bien cuando escribió esta historia.
—¿Tú eras bueno esquivando?
—El mejor.
Oh, allí estaba aquella actitud tan presuntuosa, pero Ino se mordió la lengua porque no quería alertarlos de su presencia. Inojin no había tartamudeado ni una sola vez.
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—¿Me enseñarás? —preguntó entonces.
Suigetsu pareció pensárselo un momento.
—No creo que sea una habilidad que necesite ningún lord, pero no veo ningún mal en ello.
—¿Ahora?
—No. —Suigetsu se rió—. Cuando tu madre esté lo bastante fuerte como para poder sentarse en el jardín. Ahora será mejor que te duermas. Si tu madre se entera de que he dejado que te quedaras despierto hasta tan tarde, la estaré escuchando hasta el fin de mis días.
Inojin se rió. Ino no se acordaba de la última vez que había oído un sonido tan dulce. Siguió riendo hasta que estuvo acostado en la cama. El bulto que había bajo las sábanas se movió y de repente apareció la nariz del perro. Se acurrucó junto a Inojin.
—Cierra los ojos y te leeré un poco más hasta que te quedes dormido —dijo Suigetsu.
Inojin obedeció, pero lo cierto era que siempre acostumbraba a hacerlo. Sin embargo, había algo en la forma en que miraba a Suigetsu, el modo en que le respondía tan rápido, en la camaradería que parecía haber nacido entre ellos... Por las reacciones de su hijo, Ino podía asegurar que veía a Hozuki casi como a un héroe.
¿Qué había ocurrido mientras ella estaba enferma?
Oyó la voz de Suigetsu prosiguiendo con la historia y ella volvió a deslizarse por el pasillo hasta su habitación, contenta de que nadie la hubiera visto. No sabía muy bien qué pensar de todo aquello.
Por un lado, le parecía terriblemente mal que Suigetsu pudiera usurpar su lugar, prestándole tanta atención a Inojin, pero por otro lado parecía que no podía ser más correcto.
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Kizame Hozuki sustitución de Dodger del libro Oliver Twist y Jiraiya sustituto de Dickens.
