Crepúsculo no me pertenece


14. Look What You Made Me Do

Tres días antes…

- ¡Señor! –exclamó el agente mirando el teléfono de Aro que parecía estar sonando, la pantalla parpadeaba hacía rato, pero como estaba en silencio, el hombre no lo había notado.

Aro le hizo una indicación para que saliera. Cuando comprobó que el muchacho había salido de su oficina, finalmente contestó.

- Diga –el teléfono era desconocido.

- ¿Cuál es el precio de una traición? –preguntó su interlocutor, el sonido de la voz lo tomó por sorpresa, pero cautivo por completo su atención.

- Depende de quién es el traidor –contestó levantándose de su asiento.

Caminó hasta la puerta de su oficina y justo cuando iba a abrirla, su interlocutor siguió.

- No te molestes –le advirtió. - Me conoces lo suficiente para saber que de nada te servirá rastrear esta llamada –continuó. –Apenas des la orden, tu oportunidad para detener a Edward expirará. –precisó.

Aro soltó la perilla de la puerta, y se alejó caminado de vuelta a su escritorio. Se acercó al ventanal detrás de él, y contemplo a la multitud en la lejanía. El sol se estaba poniendo, la oscuridad era propicia. Su mirada divagaba de un edificio a otro. Inconscientemente lo buscaba, pero en el fondo sabía que no estaba ahí. No frente a sus narices por supuesto, pero esta llamada era lo más cerca que había estado de él luego de tantos años. Sabía que no tendría otra oportunidad como está, así que su ambición finalmente ganó.

- Tienes toda mi atención, Carlisle. –le aseguró Aro.

Tiempo presente

La sangre de Bella seguía brotando por las heridas que le causaban las esposas en sus muñecas, el peso de su cuerpo ya casi inerte y la gravedad eran lapidarios verdugos.

- Seguí todas y cada una de tus órdenes, hice lo que querías... –exclamó Edward contemplándola. Buscaba desesperado con sus ojos el movimiento rítmico que le aseguraría que ella aún estaba con vida. Para su pesar, ese movimiento cada vez se hacía más lento.

- Dime lo que quiero. Tan simple como eso y la bajaré –explicó Aro.

Todo estaba saliendo demasiado bien, incluso mejor de lo que lo había planeado, salvo por un pequeño detalle… aún no obtenía lo que quería, si bien la llamada de Carlisle le había confirmado lo que el ya sospechaba acerca de Edward. Su advertencia no había sido nada más que eso. Una simple advertencia que le había permitido estar en el lugar y momento correcto para comenzar a desenmascarar todo este complot, pero aun habían piezas del gran puzzle que no encajaban en lo absoluto, y la muchacha estaba por desangrarse, por lo que todo ahora se resumía en: ¿hasta qué punto llevaría la situación Edward, o mejor dicho hasta qué punto estaba él mismo dispuesto a continuar para obtener la verdad?

- ¡Grrr….ahhh! –grito Edward volviendo a golpear los fierros. Estaba visiblemente desesperado, pero aun así no era capaz de darle lo que Aro quería. -¡Tú nos creaste! –gritó confrontándole la mirada. - ¡Bájala! –le insistió, tratando de presionar las teclas de la decencia y cordura de su interlocutor. – ¡Por Dios! Tan sólo bájala… -agregó cayendo de rodillas al suelo.

- ¿Cuánto crees que sea su peso? ¿Cincuenta kilos? –infirió Aro presionándolo. –Has las cuentas Edward, esas muñecas no van a soportar mucho tiempo más –opinó dándole una instrucción a James a través un pequeño gesto.

Este volvió a tirar de las cadenas, ante el dolor que provoco, el cuerpo de Bella reaccionó, sus ojos se abrieron denotando desesperación y el grito simplemente escapo de sus labios.

- ¡Estoy bien… estoy bien! –murmuró la muchacha tratando de controlarse, sabía que Edward no perdía detalle de lo que estaba sucediéndole. – ¡Estoy bien! –insistió al notar como el muchacho luchaba por zafar sus manos, un movimiento infructuoso, ya que lo único que conseguía era dañarse de la misma forma que ella. La sangre comenzó a brotar también de sus manos, pero siguió tirando sin cesar de las ataduras, aunque sabía que era en vano, insistió.

-Te lo estoy rogando… ¡Bájala! –finalmente exclamó volviendo a confrontar la mirada de Aro.

- tic tac… tic tac, Edward –fue lo único que obtuvo por respuesta.

- ¿Desde cuándo nos convertimos en tus enemigos? –le dijo, tratando de frenar el odio que estaba comenzando a inundarlo. Tenía que mantener la calma, sabía que si la desesperación lograba invadirlo estaría todo perdido.

- Desde el día en que cruzaste la línea y te convertiste en una amenaza para la seguridad no solo mía, sino que de todo el mundo –le contestó el hombre, acercándose a donde estaba.

- ¿Yo cruce la línea? –y la pregunta fue completamente retórica, puesto que no podía creer las palabras de su Jefe. –No te parece gracioso, proviniendo de ti –arguyó el muchacho. – ¡Mírate! –le apunto, levantando sus manos ensangrentadas. –Y Mira donde estamos –precisó enseñándoles las esposas que lo mantenían cautivo.

- Todo lo que he hecho ha sido siempre en el mejor interés de este país, no soy un traidor Edward, pero tú… -le aclaró, se tomó un minuto, para luego acercársele. - ¿Podemos decir que no lo eres? –cuestionó.

- ¡Por supuesto que no lo soy! –le aseguró el muchacho en un grito. –No soy el que ofrece sus servicios al mejor postor –le discutió.

Trató de apartarse de Aro, pero este lo impidió, confrontándolo.

- ¿Por eso lo hiciste? –comenzó a conjeturar, reflexionando. –Esa es la razón por la cual decidiste ayudarlo –agregó comenzando a descubrirlo. Edward lo miró confundido. –Te hizo creer que opero más allá de la ley –exclamó especulando.

Edward se rio entre dientes.

- No lo creo –rebatió el joven. -Estoy seguro, porque yo mismo he ejecutado tus órdenes, o ¿acaso lo olvidas?

- La seguridad de un país nunca es un trabajo fácil –le reconoció Aro. –Asesinamos sí… mentimos sí… manipulamos si… Así funciona el mundo Edward, pero no tengo una lista de precios en mi bolsillo. –desmintió.

- No, lo que tienes es sangre en tus manos –le aclaró este.

Aro guardo silencio y se tomó unos segundos para analizar lo que sucedía. Miró a Bella, luego a Edward, y de pronto todo le pareció tan claro, que incluso dudo que todo tuviera ese motivo, así que no dudo en tratar de corroborarlo.

-Estas demostrándole lealtad a quien no la merece –lanzó tomando su teléfono móvil. –No soy yo el que te quiere muerto Edward –le aclaró.

Se alejó lo suficiente como para que Edward no pudiera escucharlo. La voz de Bella atrajo la atención de esté.

- Tienes que resistir –le pidió, pero la muchacha parecía no escucharlo. Su cuerpo estaba entrando en shock, y Edward lo sabía, la respiración se había hecho casi imperceptible, ya no podía observar el movimiento característico a través de su ropa. Tampoco podía observar el movimiento que hace la aorta en el nacimiento del cuello. -¡Maldición! –gritó fulminando con la mirada a James, que no soltaba ni un centímetros la cuerda por la cual pendía Bella.

No pasaron ni cinco minutos cuando Aro volvió guardando el celular en su bolsillo. Justo cuando Edward iba a hablarle, este lo hizo primero, sorprendiéndolo.

-¡Bájala! –ordenó a James. Se acercó a Edward y comenzó a abrir una de las esposas. Tanto Edward como James mostraron confusión por la orden que había dado.

- Definitivamente estoy orgulloso –le dijo Aro de pronto pareciendo sin sentido. –Eres una máquina, Edward. Tu entrenamiento valió cada peso que costó –le aseguró con una media sonrisa. En ese mismo instante entraron los paramédicos, y con un gesto de Aro se acercaron a donde permanecía tendida la muchacha.

También entraron otros agentes.

- Camina –le ordenó levantando su mano mostrándole el camino, pero Edward volteó a mirar a Bella.

- Estará bien… necesitamos hablar en privado –insistió Aro, sacándolo de allí.

- ¿Qué está sucediendo? –cuestionó el muchacho confundido una vez que comenzaron a caminar, uno de los agentes le entregó una toalla mojada, Edward la tomó entre sus manos y lo siguió hasta un ascensor, subieron a él. Siempre custodiados por dos agentes. Cuando llegaron el cuarto piso, se abrieron las puertas y Aro lo guio por los pasillos. No avanzaron mucho, cuando llegaron a una puerta, el hombre digitó la clave y esta se abrió. Edward reconoció las instalaciones como una casa de seguridad, pero nada le parecía familiar por lo que estaba seguro que jamás había estado ahí antes.

Una vez dentro, Aro termino por sacar las esposas, y le indicó que tomará asiento. Le entregó una botella de agua, Edward mojó la toalla que traía entre sus manos y comenzó a lavarse las heridas causadas por las amarras. Había una cámara en un costado, y un espejo falso. Era una sala de interrogatorios.

- Estoy curioso… ¿cuál era tu labor en todo este complot? –cuestionó Aro tratando de sondearlo. – Hacerme pagar, cobrar venganza en su nombre –conjeturó mientras el mismo acercaba la silla y se sentaba frente al chico.

- Sobrevivir –respondió este, el escozor que provocó el agua en las heridas era intenso, pero en comparación con lo que había vivido catorce horas atrás, era como un cariño.

- No soy yo el que te quiere muerto Edward –contradijo Aro. – Es impresionante como decides mantenerle la lealtad a quien no la merece –le insistió.

- Sigues dando palos de ciego –refutó Edward. Entendiendo que lo que acaba de hacer era un cambio de estrategia para conseguir la verdad. Aro realmente estaba desesperado por conseguir la verdad, era la única forma en que él mismo podría haberse retractado de todo lo que había estado haciendo por tantas horas.

Tan importante era capturar a Carlisle, que incluso se había tragado su propio orgullo pensó el muchacho mientras lo contemplaba.

- Puede ser, pero deberías mantenerle esa misma lealtad a la mujer que dices amar, por la que te tomaste todas esas molestias para hacerle parecer muerta ante mis ojos… a esa mujer que estuvo colgada a solo tres metros de distancia tuyo y a solo una confesión de salir ilesa, y aunque estuvo a punto de morir desangrada si es que no perdía antes sus manos, tú aún decides guardarle lealtad a él. –El hombre hizo una pausa antes de seguir -Ella si la vale, créeme. No él. –le recalcó poniendo sus manos sobre la mesa, acercando su cuerpo con este gesto.

- No vas a meterte en mi cabeza –objetó Edward, entendiendo la conversación como una estrategia más de interrogación. Una que rara vez se utiliza, por no decir, jamás.

- Ya estoy en ella –contradijo, Aro interrumpiéndolo. -¿Qué no lo ves? –instó. –Carlisle debería sentirse muy orgulloso del soldado en el que te convirtió. –concordó.

Edward no pudo ocultar su sorpresa ante la revelación de Aro, pero se mantuvo cauto: ¿Cómo era posible que él supiera sobre Carlisle?, ¿Acaso también lo había logrado capturar? Se cuestionó Edward permaneciendo serio.

Aro se rio abiertamente.

-¿Creías que no sabía que estaba vivo? –contra pregunto.

- ¡Mientes! –exclamó finalmente Edward luego de sopesar las probabilidades que Aro estuviera diciendo la verdad. En realidad lo que buscaba el muchacho era una congruencia para sus dichos, de pronto la figura de Jasper, vino a su memoria. ¿Acaso Jasper podría haberlo traicionado, para salvarlo, a él y a Bella? Pensó.

- Jasper te lo dijo –le aseguró, creyendo haber descubierto la fuente de su información.

Aro lo contemplo y se quedó en silencio un momento valorando sí decirle la verdad o no, después de todo, Edward era un activo invaluable para él, no era malo tenerlo nuevamente de su lado, pero la pregunta real no era si tenerlo o no era valiosos para él, sino que ¿Sería Capaz Edward de volver a estar de la misma vereda que Él?

Edward confrontó la mirada que estaba dándole el hombre, hasta que fue el más viejo el que rompió el silencio.

- Él te entregó. –le confesó. -Carlisle en persona me llamó, y me contó todo tu pequeño plan o ¿Cómo crees que pude estar en el lugar y momento preciso?

Los ojos del muchacho no pudieron ocultar su sorpresa, y fue lo que confirmó en Aro, que tal vez sí tenía una posibilidad de volver a poner todo en orden. Tal vez después de todo aún tenía una pequeña ventana para ganar la guerra. De pronto su celular emitió un sonido, este lo miró. Otro agente irrumpió en la escena y le habló al oído, y aunque Edward seguía sorprendido por el rabillo del ojo logró leer los labios del recién llegado y descifrar lo que estaban informándole a Aro.

Aro se levantó y se alejó unos pasos, apretó la tecla para devolver la llamada.

- Señor… está confirmado. El activo desapareció. –le indicó su interlocutor.

- ¿Ambos? –cuestionó el hombre de inmediato perdiendo en parte la poca esperanza que recientemente le había resucitado la sorpresa mostrada por Edward.

- Ambos señor –confirmó la voz.

-¡Maldición! –gritó Aro tirando lejos su teléfono móvil.

El sonido del aparato atrajo la atención de Edward, quien aún permanecía un tanto confundido, ahora era a él a quien no le encajaban ciertas partes del gran puzzle. De pronto todas y cada una de las conversaciones con Carlisle comenzaron a sucederse en su mente.

Al cabo de unos minutos de silencio Aro confronto su mirada. Por primera vez en años ambos estaban innegablemente en la misma vereda de la sorpresa y la traición. Luego de unos segundos el hombre camino para recoger su celular del suelo y mientras lo hacía una sonrisa burlesca se comenzó a dibujar en su rostro, en realidad era una sonrisa de resignación. No había nada más que hacer, y él hombre lo sabía.

Se acercó hasta donde permanecía el muchacho contemplándolo. Con la expresión de derrota dibujada en el rostro le habló.

- Tú no eras al que buscamos Edward. Nunca lo fuiste, sólo fuiste un señuelo. Una marioneta. –divagó sin sentido, el hombre.

-¿Una marioneta? –cuestionó el muchacho mirando como Aro se metía las manos en el bolsillo, visiblemente derrotado.

–Él siempre estuvo un paso más adelante que nosotros –se explayó Aro.

Se acercó a la puerta, digito la clave y una vez que sintió el sonido característico, la abrió.

–Eres libre de irte, Edward. –le aclaró. –Bella y tú, ambos -agregó.

-¿Irme?... espera –exclamó Edward sin poder creer lo que estaba sucediendo frente a sus narices. Se levantó y camino hasta quedar frente a frente con Aro. –Me torturaste por catorce horas seguidas. Colgaste a mi mujer hasta casi cortarle sus manos, y de pronto recibes una llamada… y me dejas libre. ¿A qué estás jugando? –cuestionó rebatiéndole lo que le parecía un montaje demasiado bien actuado, incluso para Aro.

Su instinto se negaba a creer lo que su lógica ya había deducido. Aro sacudió su rostro, apretó sus labios, no era fácil para él aceptar la derrota, pero era un hecho: Carlisle le había ganado no solo la batalla, sino que la guerra.

- No tiene sentido tenerte aquí prisionero, cuando él ya consiguió lo que quería, y en frente de mis narices. –le aseguró el hombre resignado. – Edward, él te hizo creer que yo era el enemigo, y a mí me hizo creer que tú lo eras, cuando en realidad el único enemigo de ambos era él: Carlisle acaba de hacer Jaque Mate.

El hombre abrió la puerta de la sala donde se encontraban, pero Edward seguía sin poder salir de ahí. Era como si en el fondo algo lo retuviera, su corazón quería dar el paso certero para irse, buscar a Bella y terminar con toda la pesadilla que había significado la agencia en sus vidas, pero su lógica sabía que no importaba donde fueran, la sombra de la duda seguiría ahí, entre ambos. Había algo que no encajaba en el comportamiento que estaba describiéndole Aro sobre Carlisle, y el muchacho sabía que no era un teatro lo que estaba sucediendo frente a sus ojos, muy a su pesar, sabía que cada palabra que Aro le había dicho era cierta, aun cuando su corazón seguía negándoselo.

- Sí lo que dices es verdad –exclamó Edward dándole el beneficio de la duda -¿Qué podría ser tan importante para que Carlisle montará todo este plan del gato tras el ratón con nosotros dos? ¿Por qué él iba a traicionarme contigo? –cuestionó Edward, tratando de encontrar sentido a todo lo que estaba ocurriendo.

Necesitaba unir su lógica a su corazón, sólo así podría acallar su instinto.

- Esme...