Recomiendo tener preparada una pestaña en youtube con Aire para la cuerda de sol (Air on G string) de Bach, para cuando llegue el momento ;)
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Cuando llegó a la Mansión, Rey ni siquiera tuvo tiempo para reflexionar sobre su caminata con el Teniente Coronel. La Madame se retiraba a pasar la semana en París con su hermana –quién había recibido la noticia del fallecimiento de sus dos hijos en el frente-, y las muchachas debieron entregarse de lleno a la tarea de empacar todo lo necesario.
Normalmente, Jess la acompañaría, pero, dada la presencia de un oficial de las fuerzas invasoras en la casa, Holdo consideró que era más sensato dejarla a cargo de la "vigilancia". La joven no rechistó e, incluso, aceptó la tarea con alivio evidente. A todas luces, tampoco se sentía a gusto dejando a Rey a solas con el Teniente Coronel.
Cuando la señora Holdo finalmente desapareció por el camino, ambas dejaron ir un suspiro mientras se arrojaban descaradamente en el sofá.
—La espalda me está matando —dijo Jess, estirándose—. Ese maldito baúl era más pesado que el demonio. Cómo se las arregla para seguir consiguiendo prendas de lujo en medio de una guerra es un misterio que se me escapa.
—Si tuviera tanto dinero, preferiría invertirlo en chocolates. No he probado uno en meses —dijo Rey con un aire soñador y frotándose la barriga—. Maz dice que es más difícil de conseguir que la morfina.
—Cuando esta guerra acabe, te prometo que voy a comprarte el mejor chocolate de París. Si es que sigue existiendo para entonces —agregó Jess, con un bufido malhumorado—. ¿Hubo novedades del frente en la radio?
—Los nazis siguen estancados en una guerra aérea con Gran Bretaña —terció Rey, bajando un poco la voz. Últimamente, organizaban sus tareas para escuchar los avances que la emisora de la BBC transmitía a diario y Rey ya se había transformado en una experta en el tema—. Por ahora, nadie sabe si la expansión va a continuar en el continente.
—Apuesto a que sí. Polonia, Bélgica, Francia… Llegados a este punto, no creo que se conformen con Europa Occidental.
Como si se tratara de una advertencia, las pesadas botas del Teniente Coronel sonaron en el despacho del piso superior y las dos guardaron silencio por unos instantes.
—¿Has logrado algún avance? —preguntó Jess, acercándose a ella y hablando en susurros.
Rey había previsto ese giro en la conversación. Sin embargo, esta vez, aprovechó la oportunidad para exponer su plan.
—Muy poco —contestó, escueta—. Pero creo que encontré la excusa perfecta para empezar a ampliar nuestro rango de acción —dijo "nuestro", porque sabía que excluir a Jess de la misión sería un error que su amiga no iba a perdonar—. Mañana por la noche habrá un Concierto en la Plaza. Por lo que escuche en el pueblo, hay buena predisposición y la gente asistirá. Creo que no será extraño que nos vean por allí.
Jess la estudió unos instantes, con el ceño fruncido.
—¿Y cómo lo sabes?
—Aquí, mira —ofreció Rey, sacando el panfleto de su bolsillo— ¿ves? Se supone que es para invitar a los locales —dijo, y su amiga bufó, escéptica—. Pienso lo mismo que tú. Pero creo que es una gran oportunidad para husmear y no despertar sospechas.
—¿Husmear?
—Pensé en algo discreto. Ya sabes, dar una vuelta por ahí, observar a los suboficiales… Tal vez podríamos ir con Rose.
—Si la Madame se entera…
—Será demasiado tarde. Y, para ser francas, la situación no puede ser peor, ¿verdad? —argumentó Rey. En efecto, la Madame había estado más irritable que de costumbre desde el incidente con el Teniente Coronel, y no había dejado pasar una sola oportunidad para acusarlas abiertamente de "colaboracionistas".
El razonamiento pareció surtir efecto en Jess, porque inmediatamente se desordenó el pelo, como hacía cada vez que ponía un plan en marcha. Rey se felicitó internamente. Había jugado sus cartas con maestría y casi que había logrado convencerla.
—No debemos ser muy obvias —dijo finalmente Jess, y su amiga se contuvo de sonreír—. Y no podemos llamar mucho la atención. Nada de beber, bailar, o coquetear. Simplemente podemos… sondear el terreno.
—Sondear terreno… —repitió Rey—. Fue justo lo que pensé.
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Al día siguiente, Rey tuvo que poner un gran esfuerzo para contener su excitación. La perspectiva de asistir a un Concierto –actividad que, en líneas generales, era accesible solo para los miembros de la Alta Sociedad- se le antojaba una experiencia nueva y emocionante. Pero, claro, también tenía que admitir que la idea de cruzar su camino con el Teniente Coronel era más que tentadora.
Fiel a su palabra, Ren había dejado una copia de Le Tour du monde en quatre-vingts jours en su abrigo durante la mañana. La joven lo había sostenido brevemente entre sus manos, con una sensación de hormigueo recorriendo sus dedos. Sin embargo, con el trajín de los preparativos y las tareas cotidianas, Rey ni siquiera tuvo tiempo para echarle un vistazo. Además, la mezcla de ansiedad y expectativa que gruñía en sus entrañas hizo imposible que pudiera concentrarse en algo durante mucho tiempo.
El oficial había desaparecido antes de que las jóvenes despertaran y, pasado el mediodía, aún no había retornado a la suite. Durante la tarde, Finn se había presentado en la Mansión y había retirado un misterioso paquete del despacho que Rey no consiguió identificar. Esa había sido, definitivamente, la gota que había rebalsado el vaso de su compostura.
Entonces, nos veremos allí. Tal vez.
Las palabras sugerentes del Teniente Coronel se habían grabado a fuego en sus oídos, y el solo hecho de recordarlas –susurradas, con su potente voz de barítono- era suficiente para enviar una electricidad inquietante por su espina dorsal.
Demonios, ¿en qué momento había dado rienda suelta a su propia imaginación?
Rey sabía que no era ninguna Cenicienta. No tenía vestidos bonitos y tampoco contaba con un hada madrina que hiciera milagros por ella y le consiguiera zapatos de cristal o medias de seda. Tendría que conformarse con su ropa cotidiana. Además, si Jess la descubría poniendo demasiado empeño en mejorar su imagen, podría sospechar de sus segundas intenciones. Sin embargo, esa tarde se aseó con mayor detenimiento y aplicó un poco de colonia en su cuello. Intentó recogerse el pelo en un moño elegante, como había visto hacer a la Madame en más de una oportunidad, pero fracasó miserablemente en el intento. Entones, decidió optó por dejarse la melena suelta y rizar suavemente los mechones que enmarcaban su cara. Con eso tenía que bastar.
Por sugerencia de Jess, se puso un vestido verde y sencillo que enmarcaba su silueta y hacía resaltar sus ojos, pero que no llamaría la atención en absoluto. Su amiga eligió para sí misma un atavío similar, color morado, y, como último acto de rebeldía, ató su cabello en un moño corriente y desordenado.
Cuando bajaron al vestíbulo, Maz las observó sin hacer preguntas mientras terminaba de guardar los últimos enceres de la cocina. Rey creyó ver el destello de una sonrisa cómplice en sus ojos que pudo confirmar cuando la anciana se acercó a ellas y tomó sus manos.
—No hagan tonterías y no diré nada a la Madame… —dijo, con afecto maternal. Luego se volvió a Rey y agregó— y disfruten de la distracción. Son jóvenes, han trabajado duro y les tocó vivir una guerra. No desperdicien estos momentos, aunque parezcan un poco fuera de lugar.
Maz no era un hada madrina milagrosa, pero tenía ese don de ver a las personas y decir, en pocas palabras, la frase justa. Sus palabras les permitieron poner la situación en otra perspectiva y dejar ir el sentimiento de culpa: en definitiva, no estaban haciendo nada malo. Ambas agradecieron a la anciana y la abrazaron por turnos.
—Seremos dos señoritas de lo más respetable, te lo aseguro —aseguró Jess, guiñando un ojo—. Vamos, Rey. Rose nos espera.
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Dadas las circunstancias, Kylo Ren pasó el día de un humor insufrible.
Durante la última semana, habían llegado varias quejas de los locales por el comportamiento de algunos de los soldados alemanes. Y, para ser más exactos, de los soldados que frecuentaban a Hux. Por supuesto, el detalle no podía ser una coincidencia.
Las leyes que reglaban la ocupación establecían que cualquier ciudadano puesto bajo la protección del gobierno alemán tenía derecho a elevar quejas sobre el comportamiento de la tropa y, de comprobarse algún delito, era duramente penado por el Alto Mando. Las sanciones iban desde trabajos desagradables hasta la reasignación en frente –entiéndase, aquel lugar del que no regresarían jamás-.
En aquella oportunidad, se trataba mayoritariamente de pleitos derivados del abuso de poder que no hacían ninguna gracia a Kylo Ren. Sobre todo, cuando la visita de Snoke resultaba inminente y no podía permitir que tales actos de insubordinación lleguen a oídos del Alto Mando.
Nada de esto era casual y tampoco lo sorprendía demasiado. Hux estaba buscando desestabilizarlo desde el mismísimo momento en que habían puesto un pie en Francia. Sin embargo, la tenacidad del Mayor se estaba pasando de la raya y Ren empezaba a perder la paciencia.
Como si eso no fuera suficiente, luego de impartir varias condenas, se había visto obligado a pasar el resto de la tarde supervisando los últimos preparativos del Concierto. En su fuero interno, estaba convencido de que el evento era una mera formalidad que no lograría encubrir los verdaderos objetivos del Reich a los ojos de los locales. Sin embargo, se trataba de una orden directa del Ministro de Propaganda y no iría a oponerse a los designios del Fhurer por algo tan insignificante. Además, Kylo Ren –y, en un pasado distante, también Ben Solo- amaba la música. Sobre todo, cuando se trataba de compositores germanos de la talla de Bach, Bethoveen y Mozart.
No tuvo tiempo de volver a la suite para acicalarse como hubiera preferido hacer, pero había despachado al cabo Sturm para que retirara un uniforme de gala de la Mansión y logró tomarse un baño apresurado en las dependencias de la Alcaldía. Por lo menos, estaría presentable llegada la ocasión.
Cuando el sol comenzó a ponerse, la ira y el mal humor habían sido paulatinamente desplazados por un sentimiento aún más insoportable: la ansiedad.
Tal vez.
Aunque jamás lo admitiría, la frase se había quedado clavada en algún rincón de su pecho. En más de una oportunidad, se había sorprendido a sí mismo imaginando posibles desenlaces para aquella noche: ¿Ella vendría? ¿Lo ignoraría? ¿Tendría oportunidad para cruzar algunas palabras?
Con un gruñido, alejó los pensamientos de su mente por quinta vez, y decidió concentrarse en la tarea que tenía por delante.
A pesar del carácter improvisado de la infraestructura montada en la plaza, el resultado era agradable. Se había montado un escenario pequeño al aire libre y varias hileras de sillas habían sido dispuestas a su alrededor para los miembros más notorios de Bussy. El resto de la población y los soldados alemanes podrían observar el espectáculo de pie.
Era una hermosa noche de verano: aquí y allá, se habían encendido lámparas que daban un toque de intimidad y calidez al evento. Por sugerencia de Phasma, se habían acomodado delicados arreglos florales que emanaban un perfume liviano pero persistente en la atmósfera.
Pero, salvando la decoración, no todo era paz y armonía. Algunos locales se habían acercado a la plaza y contemplaban el evento desde lejos con un gesto hosco. Varios ancianos se habían limitado sentarse en la vereda de la taberna local, fumando pipa y lanzando miradas de desaprobación a los soldados que montaban el escenario.
Los notables dieron el primer paso, ansiosos por complacer a los ocupantes. Tomaron los lugares delanteros y charlaron alegremente mientras otros pobladores más humildes se acercaron a contemplar el show de pie, detrás de la aristocracia. Ren observó que la mayoría eran mujeres de todas las edades y niños demasiado pequeños para ser llamados al frente.
En los laterales, los soldados alemanes se encontraban de pie, con porte solemne pero visiblemente más relajados que de costumbre. Algunos hablaban y murmuraban en voz baja mientras dirigían miradas discretas a las jóvenes que se ubicaban en el centro de la escena. Otros, exhibían el uniforme con orgullo y arrogancia, como si el mero vestuario fuera suficiente para demostrar públicamente su hombría.
Cuando la gente comenzó a amucharse en la plaza, la ansiedad del Teniente Coronel llegó a un punto límite, volviendo a despertar su mal genio. Ladró a algunos pobres cabos, intimidó a varios sargentos y se mantuvo lo más alejado que pudo de Hux y su compañía. Finalmente, se ubicó junto al aura glaciar y estoica de Phasma ya que, al menos, ella no le dirigiría la palabra para discutir tonterías.
Aprovechando su emplazamiento relativamente oscuro y aislado, escudriñó la multitud con expectativa creciente. Pero, tras escanear minuciosamente la zona, no vio rastro de ella.
Tal vez.
Las luces se entornaron y la orquesta tomó lugar en el escenario. Las primeras notas del Aire para la cuerda de sol de Bach, vibraron armoniosamente y la multitud hizo silencio. Con un suspiro de resignación, Ren volvió a reunir los restos de su porte marcial y lanzó una última mirada al gentío.
Entonces, por fin, la encontró.
Se hallaba a unos pocos metros de distancia e iba acompañada por su amiga –la de temperamento hostil- y otra joven a la que no reconoció. Estaba tan absorta en la melodía que ni siquiera se percató de su presencia. Mejor así. Ahora él podía robar, por primera vez, el tiempo necesario para estudiarla a sus anchas.
Lucía tan fresca y natural como siempre, y, sin embargo... Tal vez, fuera la calidez de las lámparas acariciando su delicada piel. O el aura de exquisita irrealidad que la música bosquejaba en torno a ellos. Sea como fuere, en ese momento, Rey brillaba como si ella misma fuera un sol o una estrella, destacándose entre la multitud. Tenía los ojos muy abiertos, las mejillas arreboladas y los labios levemente separados. Un trazo líquido brillante surcaba su rostro, evidencia de las poderosas sensaciones que la melodía estaba despertando en ella. En ese instante, tuvo que reconocer que la receptividad de la joven a sus propias inclinaciones lo estaba conmoviendo profundamente. No supo decir cuánto tiempo pasó contemplándola, porque, para Ren, el tiempo se detuvo. Pero, como sucede con todos los hechizos, llegó el momento de despertar.
Con un gesto casi accidental, Phasma presionó un codo contra su costilla. La música había dejado de sonar, mientras los aplausos barrían los restos de su fantasía. La secretaria a su lado no dijo nada, pero, a juzgar por un destello de burla en sus ojos, era obvio que había podido leer toda la situación.
Maldita sea, se amonestó a sí mismo, volviendo su mirada al escenario. No podía ser tan descuidado en el futuro. Lo que podría hacer Hux si supiera de su debilidad hacia ella. Lo que podría hacer Snoke si se enteraba… Rápidamente, su mente se colmó de imágenes desagradables: un centro de detención, dos manos sucias entre los barrotes, un adiós sin palabras. No, no podía permitirlo. Él no podía ser gobernado por nadie, mucho menos, por una mujer.
Haciendo uso de su voluntad implacable, Ren no volvió la vista atrás hasta que sonó la última nota de la última sinfonía.
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Cuando Rey, Jess y Rose llegaron a la plaza, se sorprendieron al comprobar que una multitud considerable se había reunido para participar del Concierto.
—Te dije que estábamos llegando tarde —se quejó Rey—. Nos perdimos los mejores lugares.
—Rey, por ahí —señaló Rose hacia un rincón vacío—. Estaremos de pie pero podremos verlo todo. ¡Les encantará!
Ninguna de las dos había visto tal despliegue en sus cortas vidas. De hecho, Rey solo conocía el nombre de la mitad de los instrumentos que se ubicaban sobre la tarima. Rápidamente, las muchachas ocuparon un espacio libre junto al ala derecha desde el cual podrían observar el espectáculo cómodamente. Estaba lo suficientemente cerca del escenario como para percibir los detalles de primera mano, pero, también, peligrosamente próximo a los asientos ocupados por la aristocracia y el cuerpo de oficiales. Por lo menos, mientras Rose estuviera con ellas, nadie objetaría su presencia allí.
Tras escudriñar a su alrededor, Rey no pudo evitar sentirse desarreglada y fuera de lugar. Las hijas de los notables no habían dudado en cargarse todas y cada una de las joyas y prendas de lujo que atesoraban. Los oficiales también lucían una versión más arreglada de sus uniformes habituales en la que se destacaban varias condecoraciones. Con nerviosismo, la joven estrujó el dobladillo de su modesto atuendo con las manos, mientras se reprendía a si misma por no haberse atrevido a usar un poco de maquillaje.
En medio de su turbación, intentó localizar al Teniente Coronel, pero, súbitamente, las luces comenzaron a apagarse y la audiencia guardó silencio. Una atmósfera de expectación cargó el ambiente mientras la banda tocaba las primeras notas de una pieza que Rey desconocía. Antes que pudiera siquiera notarlo, la zozobra y las consideraciones acerca de su apariencia fueron rápidamente olvidadas.
La joven había escuchado música por el megáfono, claro, y de cuando en cuando había oído a algún cantante de medio pelo en la taberna local. Pero esto… Esto no se comparaba en nada a lo que había experimentado antes. Inmediatamente, la música la envolvió, la transportó y reverberó en todo su cuerpo. Frente a la dulce y ensoñadora melodía, todo lo que la rodeaba comenzaba a esfumarse. La guerra, la pena, la culpa, se disolvían en un borrón mientras la atmósfera cálida la enredaba, como si se tratara de un hechizo.
No supo cuánto tiempo paso, pero, por primera vez en muchos meses, fue consciente de cuanto había necesitado esto: un momento de distracción, un escape, solo para ella. De pronto, la piel de sus brazos se había erizado y sus mejillas estaban empapadas. Al menos, en ese sentido, era una suerte no haber optado por maquillaje.
Mientras la música se evaporaba, súbitamente, volvió a recordar su propósito allí: el Teniente Coronel, la misión, la Resistencia. Maldiciéndose a sí misma por dejar pasar la preciosa oportunidad de husmear en los alrededores, buscó frenéticamente a su objetivo con la vista.
Tras un breve examen lo divisó, de pie, a pocos metros de ella.
Al igual que sus compatriotas, llevaba un uniforme de gala que no tenía nada que envidiar al resto en materia de medallas y condecoraciones. A pesar de que sus manos enguantadas aplaudían con educación, la alegría no se reflejaba en sus ojos. De hecho, ella podría haber jurado que toda esta situación lo irritaba profundamente. A su lado, una mujer imponente que vestía el atuendo militar, le susurró algo al oído y los dos comenzaron a distanciarse de la multitud.
Sin saber exactamente por qué, Rey volvió a sentirse completamente insignificante y vulgar. El manto de ilusiones que había tejido a su alrededor durante las últimas semanas comenzaba a despedazarse mientras el Teniente Coronel y la hermosa mujer caminaban juntos lejos del escenario. Oh, ¡pero qué ilusa había sido! Probablemente, todo esto no fuera más que una distracción de verano para él. Y ella había acudido a su invitación, solícita, con la cabeza llena de fantasías infantiles. Tal vez, lo mejor sería desaparecer y fingir que nunca había estado allí, y de esa forma, salvar algunas piezas de su ego herido.
¡Claro que no! La Misión sigue en pie todavía, gritó el lado más terco de su ser. ¡No deberías dejarte amilanar por algo tan tonto!
Mientras su mente se debatía internamente, la gente comenzaba a movilizarse para desocupar la plaza. El ruido de las sillas arrastrándose, los murmullos emocionados y varios pares de pies andando sobre el empedrado, la devolvió a la realidad. En ese momento, el Mayor que frecuentaba a Ren tomó el megáfono y se subió al escenario. A Rey se le erizó la nuca de solo recordar su último encuentro.
—Ese idiota —murmuró Jess junto a su oreja—. Ojalá no sea otro de esos anuncios pedantes que nos recuerdan por qué no deberíamos estar aquí.
—Ciudadanos de Bussy —empezó Hux, con su francés afectado— en esta época tan dura y tan difícil, queremos demostrar que nuestras honorables culturas están llamadas a coexistir en paz y armonía. Vengan a disfrutar de una noche de música y diversión y les extendemos la mano en señal de amistad.
Rey se volvió a Jess y su amiga levantó una ceja, irónica.
En medio de la confusión, los soldados retiraron las sillas descubriendo lo que parecía ser una especie de pista de baile, mientras que la banda retornaba al escenario y comenzaba a tocar algunas piezas más animadas de jazz y fox-trot.
Aparentemente, pocos se esperaban ese giro en los acontecimientos, porque la muchedumbre dejó un espacio vacío en el centro mientras todos se alineaban en su bando respectivo: de un lado, se ubicaban los soldados; del otro, los civiles de Bussy.
La escena se transformó de prisa, pero pronto fue evidente que la tensión en el ambiente podía cortarse con tijeras. Todo el mundo se cruzó miradas de sorpresa y recelo, mientras los alemanes, inquietos cuchicheaban entre sí.
Dos jóvenes soldados –que, en su fuero interno, Rey admiró por su valentía- se acercaron a un grupo de muchachas que fingían indiferencia y las invitaron a bailar. La audiencia contuvo el aliento por escasos segundos. Luego, ambas declinaron educadamente y los muchachos no tuvieron más remedio que retirarse. Sin embargo, cuando sus camaradas comenzaron a vociferar burlas en alemán, los soldados se miraron entre sí con diversión y comenzaron a bailar juntos, despertando una oleada de risas nerviosas en ambos lados de la pista.
Instintivamente, Rey volvió a buscar al Teniente Coronel entre la multitud. No es que esperara encontrarlo en la pista, claro. El solo hecho de imaginarlo bailar se sentía tan surreal como fingir que no estaban en medio de una guerra.
Finalmente lo encontró, de pie y solo, en el extremo opuesto de la instalación. Estaba levemente apoyado contra un poste y la rubia imponente no parecía estar cerca. De hecho, era obvio que Ren prefería mantenerse algo aislado del resto. Frente al teatro que sus subordinados estaban montando, articuló una expresión indescifrable que bien podría oscilar entre la irritación y la diversión.
Entonces, luego de escudriñar a la multitud, su mirada finalmente encontró a Rey.
Cuando sus ojos negros se posaron en ella, fue como si le quemaran la piel con un lanzallamas. El Teniente Coronel la evaluó unos instantes con una intensidad que la asfixió. De hecho, Rey olvidó respirar por algunos segundos. Luego, casi imperceptiblemente, inclinó la cabeza a modo de saludo, y ella le correspondió con un gesto igual de sutil.
En ese momento, la tensión entre ambos fue rota por un grupo de jóvenes aristócratas, encabezadas por la esposa y las hijas de Montpellier, que se acercaron al grupo de soldados y los invitaron a bailar entre risas y coqueteos abiertos. Una de ellas se acercó en dirección al Teniente Coronel, pero el hombre rehuyó discretamente antes que la joven pudiera alcanzarlo.
Bueno, por lo menos no estaba dispuesto a contribuir con esta farsa, pensó Rey.
A pesar de la mirada reprobatoria de muchos de los presentes, el gesto fue suficiente para romper el hielo y, veinte minutos después, varios locales bailaban entre sí, mientras que otras jóvenes de origen más humilde se animaban a aceptar las invitaciones de los soldados. El vino comenzó a fluir con mayor celeridad –vino francés, robado por los ocupantes, recalcó Jess- y los intercambios comenzaron a ser más descontracturados.
Las tres jóvenes recluyeron en un rincón, escaneando la plaza en busca de algún dato de interés.
—¿Crees que alguien vigile la Alcaldía? —susurró Jess—. Tal vez podría escabullirme y…
—Dudo mucho que la dejen descuidada —la cortó Rose, en el mismo tono—. Sería una locura.
—Rose tiene razón —intervino Rey—. Sondear el terreno, ¿recuerdas? No podemos arriesgarnos aquí, esta noche.
Cuando Jess abría la boca para protestar, de improviso, alguien tocó el hombro de Rey y la joven se sobresaltó.
—Hola Rey —dijo Finn sonriente—. No esperaba encontrarte aquí.
—Hola Finn —contestó ella con calidez, pero contenida—. Para ser sincera, yo tampoco. Jess, Rose, el es Finn. Custodia la Mansión por las noches.
—¿Finn? —terció Jess, levantando una ceja ante la informalidad de la presentación.
Sutilmente, Rey le dio un codazo en las costillas para indicarle que siga la corriente, y tanto ella como Rose se presentaron adecuadamente.
—Tranquila, no vengo a proponerles un baile —dijo el cabo, con las manos levantadas, en señal de rendición—. De hecho, en unos instantes debo ir a cumplir mi turno en el chateaux.
—Entonces, ¿ustedes se conocen? —intervino Rose, con expectación contenida.
Por unos instantes, Rey se debatió internamente, no habiendo previsto ese particular giro de los acontecimientos. ¿Tenía que explicarles que, de hecho, simpatizaba con Finn? ¿Qué pensarían sus amigas al respecto? Rose parecía ligeramente interesada, pero Jess la observaba con el ceño fruncido.
Sin embargo, antes que pudiera contestar, el grupo fue violentamente interrumpido por tres soldados, a la vez que Finn era empujado sin ningún miramiento fuera del círculo.
La ira se despertó en su pecho, oscura y pastosa, mientras volteaba para enfrentar a los visitantes inoportunos. En el interín, percibió un atisbo de las expresiones mudas de terror de Jess y Rose, mientras la loción cítrica penetraba en sus fosas nasales.
—Mademoiselle —preguntó una voz afectada—. ¿Me concedería esta pieza?
