Oh, por las diosas…
Zelda notó que su mente se quedaba en blanco durante unos instantes mientras su cuerpo se estremecía de puro gozo, casi ignorando quien era el que le causaba tales sensaciones. Lejos quedaba el dolor que había sentido la primera noche, del mismo modo que el reparo; lo que parecía impensable había sucedido: se había acostumbrado en cierto modo a los encuentros nocturnos que tenía con Ganondorf.
Sin embargo, si bien normalmente cuando su cuerpo se quedaba laxo se permitía el lujo de dejarse hundir en los almohadones, aquella noche tenía otros planes, pues no había olvidado la ocurrencia que tuvo cuando Korite le ofreció aquellas prendas gerudo para retribuir el vestido que había destrozado. Había decidido que quería intentar ser una más de aquella tribu de la que ahora, por mucho que a las mujeres no les agradase, era su reina en cierto modo. Habiendo sido educada en un protocolo estricto y basado en las tradiciones hylianas, Zelda admitía que no tenía mucha idea de cómo debía comportarse una reina gerudo, pero pensaba esforzarse al máximo para conseguir la aceptación y, por ende, lograr la mejoría de aquella tribu que ahora también era suya.
Pero lo principal, por mucho que se vistiera como una más o tratara de mejorar en la lengua de aquellas mujeres, era resolver las dudas que Dragmire había generado en ella durante su primera noche en el desierto. La princesa temía preguntar sobre aquellas supuestas masacres, pues le daba la impresión de que lo que conseguiría sería que el Rey Demonio montara en cólera por los agrabios del pasado, y tampoco quería perder la frágil relación de confianza que habían empezado a establecer.
Viendo que, después de poseerla era cuando más satisfecho (y por ende más calmado) se encontraba, decidió que no habría momento mejor, a pesar de la timidez de la joven frente al hecho de tener que entablar una conversación de semejante calibre cuando ambos no portaran prenda alguna.
No iba a negar que le preocupaba un poco abordar aquel tema, sobre todo conociendo el temperamento del gerudo. Sintiéndose igual que si fuera a enfrentarse a una fiera salvaje, Zelda le observó dejarse caer a su lado, jadeando de satisfacción, mientras que interiormente reunía todo el valor posible para abordarle.
Esperó lo más tranquila que pudo, sus ojos fijos en el dosel de la cama, hasta que sintió que él los cubría a ambos con las mantas, cosa que repetía cada noche, cuando sus deseos se veían saciados.
Zelda tragó saliva y, tras decidir que no le daría más vueltas por temor a no ser capaz de reunir el valor necesario, se incorporó, acercándose al hombre con cierta cautela. Lo más sensato era ir con calma y tratar de apelar al ego del gerudo para lograr que estuviera tranquilo mientras ella intentaba enterarse de lo sucedido.
Tratando por todos los medios que sus manos no temblasen, posó sus dedos sobre la oscura piel de su abdomen, creando figura con la yema de los mismos. Por el rabillo del ojo se percató de que él la miraba con cierta suspicacia, pues no era habitual que ella buscara la cercanía cuando terminaban.
Los dedos de la princesa se detuvieron sobre una de las múltiples cicatrices que salpicaban el torso del Rey Demonio, marcas que le dieron la idea precisa para iniciar una conversación que trataría de derivar posteriormente al punto que le interesaba.
—¿Todas estas cicatrices son recuerdos de batallas? —inquirió con voz suave y tranquila.
Ganondorf alzó una ceja, sin dejar de mirar con recelo a la princesa. Desconfiado como era, aquella variación en la rutina de la hyliana le hacía albergar sospechas de que tal vez Zelda estuviera tramando algo, aunque no lograba poner en pie el motivo que podría tener. Recordándose a si mismo que debía mantenerse lo más calmado posible para conseguir que la princesa acabara rendida a sus pues, decidió contestarle, aunque a pesar de sus esfuerzos su tono delataba sus recelos.
—La mayoría sí —fue su lacónica respuesta.
—Pero si mal no recuerdo, la tribu Gerudo no se ha enfrentado al ejército hyliano en varias décadas —murmuró la princesa, eligiendo con cuidado sus palabras —Y sin embargo puedo contar un gran número de marcas…
—Hyrule no es el centro del mundo por mucho que así penséis —masculló Ganondorf con notable irritación —Cerrados de mente como sois, no miráis más allá de vuestras fronteras, pero hay un mundo que se extiende hacia los cuatro puntos y que no depende de vuestras decisiones.
Zelda se mordió el labio, conteniendo las ganas de soltarle una respuesta a la altura de sus palabras. Era surrealista que Ganondorf Dragmire acusara a los hylianos de egocéntricos cuando él mismo era el egocentrismo personificado. Aparte, no entendía su manía de repetir hasta la saciedad que Hyrule no era el centro del mundo cuando él había intentado conquistar el reino no una sino varias veces. Zelda comenzaba a sospechar que el desdén que él tanto ostentaba no era sino una forma de enmascarar su frustración y su deseo por el trono hyliano. Decidida a llegar hasta el final, optó por continuar con su treta.
—Nunca hemos negado que haya más mundo allende nuestras fronteras —dijo con voz suave —No creo que haya nadie tan engreído que piense que una pequeña porción de tierra sea lo único que exista en el mundo, pero también es cierto que cada uno pone el centro del mismo en el lugar donde se encuentra aquello que más aprecia o por lo que vela. Quizás por eso los hylianos no piensan con tanta frecuencia en lo que hay más allá de sus fronteras, sobre todo aquellos que no conocen qué hay más allá de sus fincas. E intuyo que en el desierto sucede lo mismo, ¿o acaso no hay gerudos que jamás abandonan las arenas?
Ganondorf dejó escapar un gruñido por lo bajo, mientras se controlaba a duras penas. Si bien su odio por aquel pueblo lo impulsaba a abofetear a la princesa por ese alarde de ignorancia que acababa de hacer, el recuerdo de su plan para conseguir Hyrule de una maldita vez le hacía refrenarse. Había comenzado a ver a Zelda en sus esquemas mentales como una ficha a la que usar más que como a una enemiga a la que someter y no se encontraba en situación de tirar por tierra los pequeños avances que había logrado con ella. ¿No eran aquellas caricias que la joven le estaba regalando una especie de muestra de afecto? Dudaba que, semanas atrás, la princesa se hubiera atrevido a tocarle.
Forzándose a recordar el premio que codiciaba y a alejar los viejos recuerdos de los albores del mundo, la observó con cierta rabia antes de responder.
—Hablas sin conocer y eso corrobora mi opinión de tu pueblo —sentenció, a pesar de ser consciente de que sus palabras bien podrían pasarle factura luego —Ninguna gerudo permanece siempre entre los muros de la ciudadela ni entre las arenas del desierto, todas recorren mundo en cuanto pueden, ya sea por motivos bélicos como por motivos privados. Mi pueblo, al contrario que el tuyo, siempre aspira a conocer qué sucede más allá de sus territorios, aunque en muchos lugares no seamos bien recibidos.
—Teniendo en cuenta que no dejáis de ser ladrones… —murmuró Zelda sin pensar.
Sus palabras se clavaron en una parte oculta del subconsciente de Dragmire, logrando que el gerudo sintiera la cólera hervir en su interior. Odiaba cuando se tachaba a su pueblo de ser simples bandidos cuando eran mucho más que maleantes, una etiqueta que los hylianos le habían impuesto desde hacía siglos y con la que tenían que cargar.
—¿Ladrones? —la palabra salió entre sus dientes apretados, sonando como una amenaza a pesar de que el hombre apenas había alzado la voz —¡Si mi pueblo ha robado es porque se ha visto forzado a ello! Dime, princesa —añadió, incorporándose hasta que su rostro quedó a unos pocos centímetros del de la joven; notaba su cálida respiración contra su piel —Llevas ya un tiempo viviendo en el desierto y has visto como el sol abrasa y la noche congela. ¿Crees que mi pueblo puede conseguir alimento, materiales, cualquier suministro básico que tanto abunda en tu querido Hyrule? Si somos una raza de ladrones es debido a que vivimos en un lugar que nos consume en vida. Y tu pueblo es tan culpable como el mío de nuestras fechorías, pues cada tratado que hacíamos con Hyrule era quebrado por vuestra parte, cayendo sobre nosotros como aves de presa sedientas de sangre.
Zelda contuvo el aliento, atemorizada por el aura de peligro que emanaba Ganondorf, pero feliz internamente porque por fin lo había conducido al punto que ella deseaba. Cuidadosamente, como si estuviera tratando con un animal salvaje, eligió las palabras que, esperaba, serían la llave a las respuestas que buscaba.
—He oído hablar ya a varias personas de las masacres que cometió mi pueblo contra las gerudo, pero nadie me ha contado nada sobre ellas —susurró —Y creo que tengo derecho a conocer la otra cara de la historia, ya que supuestamente fue mi pueblo el que las realizó.
Ganondorf alzó una ceja, sin dejar de mirarla con rabia en sus ojos, aunque ahora algo atenuada. No esperaba que Zelda fuera a pedirle semejante cosa, sino que se limitara a negar categóricamente cualquier opción que culpara a Hyrule de haber derramado sangre.
—¿De verdad quieres conocer lo que tu gente nos hizo? —inquirió en un murmullo rabioso, exacerbado por los recuerdos de aquellos tiempos —¿Quieres ver la maldad de tu gente?
Ocultando lo mejor posible su temor, Zelda asintió. No quería seguir con la duda cada vez que alguna de las mujeres la mirase con cierta rabia cuando aparecía, murmurando entre ellas sobre aquellos sucesos. Ahora, en cierto modo, Zelda también era una gerudo, por lo que necesitaba comprender la historia de aquel pueblo lo mejor posible, incluso aunque supusiera tener que contemplar las supuestas atrocidades cometidas contra él por Hyrule.
—Quiero conocer la historia de mi nuevo pueblo para poder comprenderlo mejor —respondió —Tal vez ahora que la casa real de Hyrule se ha enlazado con la tribu podamos romper ese círculo de odio entre ambas razas…
Ganondorf mentiría si dijera que no se sorprendió de la determinación de la princesa, pues no esperaba que estuviera tan determinada a intentar adaptarse. Había pensado que el hecho de que apareciera vestida con un atuendo típico de la tribu durante la noche no era más que un intento de llamar la atención, aunque ahora sospechaba que tal vez se había tratado de una forma de intentar integrarse con las demás. Tal vez él no era el único que deseaba romper un círculo de acontecimientos…
Tomó el rostro de la princesa firmemente entre sus manos, clavando sus iris dorados en los de ella.
—No te resistas —casi ordenó, viendo que la joven parecía intentar debatirse contra su agarre —Te dije que si querías verlo y ahora lo vas a ver.
Zelda notó que su mente parecía volverse más y más "pesada" mientras que se perdía en el dorado de los ojos del gerudo. Sus pensamientos se vieron invadidos por imágenes inconexas y borrosas, que poco a poco se fueron volviendo más nítidas hasta que comenzó a ver.
Una enorme fortaleza de piedra enclavada en una árida ladera, patrullada por mujeres de piel oscura y ataviadas con anchos pantalones, inconfundibles con otra cosa que no fueran gerudos. Entre ellas pudo distinguir a dos niñas que parecían jugar entre ellas, correteando por los alrededores de la fortaleza. Esas dos pequeñas hicieron que algo en el pecho de la princesa vibrase, algo parecido a ¿orgullo?
De repente todo cambió. La fortaleza se encontraba envuelta en llamas, el aire nocturno lleno de gritos de mujeres que corrían, armas en mano, a defenderse de una horda de soldados que entraban en tropel por el desfiladero que daba acceso a la fortaleza. Por la alarma que se respiraba en el aire, los gritos desconcertados y el miedo que había en algunos rostros, estaba claro que aquel ataque había sido de imprevisto. ¿Una guerra, tal vez? No, si estuvieran en mitad de una contienda seguramente no se comportarían de un modo tan inconexo, sino que estarían preparadas para defenderse…
Zelda corría por los pasillos, notando una opresión en el pecho. Un hedor a quemado y a sangre flotaba por la zona, pero a pesar de la peste seguía corriendo, para detenerse luego al doblar una esquina. Allí se encontraban tiradas en el suelo las dos niñas que había visto antes, sus gargantas cercenadas de tal forma que casi parecían dos enormes sonrisas rojas que se extendían por sus cuellos.
La imagen volvió a cambiar. Pudo ver a varias hileras de mujeres colgadas de varias vigas a la entrada del desfiladero que conducía al desierto; niñas, ancianas, no había habido piedad para ninguna.
Varias imágenes se sucedieron después, todas similares y siempre repitiendo el mismo patrón: destrucción, lucha por sobrevivir en el árido desierto, y un deseo interno de conseguir cambiar la situación de un pueblo que padecía tanto el azote del clima como del reino que los atacó con crueldad por el simple hecho de querer sobrevivir.
Cuando las imágenes se retiraron de su cabeza, Zelda se encontró que tenía las mejillas empapadas de lágrimas. No estaba segura de qué era exactamente lo que había visto, si eran recuerdos de las encarnaciones pasadas de Ganondorf o si simplemente eran una reconstrucción de lo sucedido. Fuera como fuese, una sensación de desasosiego crecía en su pecho, haciéndola sentirse culpable por los actos de su pueblo. Siempre se había dicho en Hyrule que, cuando habían atacado a las gerudo, lo habían hecho porque ellas siempre rompían los tratados de paz entre ambos pueblos, ya que no dejaban de ser un hatajo de ladronas con menos moral que cualquier criatura que pisara la tierra.
—¿Qué era todo eso? —murmuró la joven, más para si que para obtener respuesta, pero para su sorpresa, Dragmire respondió a sus palabras.
—Mis recuerdos —contestó —¿Sigues pensando que tu gente no tiene manchadas sus manos de sangre?
Zelda guardó silencio, recordando las dos niñas que había visto muertas, degolladas como animales. Si lo que él le había mostrado eran sus recuerdos, quizás eso explicaba los sentimientos que la habían ido invadiendo conforme los visualizaba… muy posiblemente esas niñas podrían haber sido las hijas de Ganondorf en aquellos tiempos, de ahí la angustia que sintió al verlas asesinadas. Le hubiera gustado preguntarle para corroborarlo, pero prefirió no ahondar en la herida.
—Nunca imaginé que mi pueblo fuera capaz de semejante atrocidad —murmuró, mirándose las manos —Ahora soy consciente del motivo por el que muchas gerudo nos odian. Somos a vosotros lo mismo que vuestro pueblo a nosotros.
Volvió a guardar silencio, digiriendo las imágenes. Una parte de ella siempre había puesto en duda el hecho de que su pueblo hubiera atacado a la tribu sin motivo alguno, pero ahora sus argumentos defendiendo a Hyrule se habían esfumado. Lo único que podía hacer era intentar convertirse en un punto de inflexión para que aquellas masacres nunca se repitieran de nuevo.
—Ahora en la familia real de Hyrule hay sangre gerudo —dijo con firmeza —Mis descendientes serán de ambos pueblos, pero no voy a esperar a que ellos decidan dar el paso, sino que he de ser yo la que inicie el cambio.
Ganondorf la observó, asimilando su reacción. Nunca esperó que Zelda fuera a indignarse tanto por los hechos sucedidos en el pasado, pero menos que fuera a tomar partido por la tribu.
Tal vez la princesa hyliana no era tan altiva como había imaginado.
Traigo otro cap, ya que el que subí el otro día correspondía a la semana pasada.
Muchas gracias a las personas que me han dejado mensajes de ánimo. Están siendo unos meses complicados, pero poco a poco espero conseguir salir adelante.
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