Capítulo 14 – Crosstown Traffic, Part 2
Judy June Hopps no se dio cuenta de en qué momento había caído rendida en un sueño profundo. Todo cuanto había sucedido en las últimas horas parecía una pesadilla, una bizarra pesadilla. Para empezar, justo después de haber conocido al zorro, una comadreja le metió un parásito por el ojo para controlar su cuerpo, descubrió que había muchos otros mamíferos con habilidades tal y como ella, había dado muerte a dos de estos que habían intentado matarla a ella antes, y habían sobrevivido al ataque de las arañas mecánicas por los pelos.
Una situación así habría superado a casi cualquier mamífero, por supuesto, pero Judy, al igual que Nicholas, eran muy diferentes a cualquier animal, y sus resistencias a traumas tanto físicos como emocionales rebasaba las de un ser ordinario: era la fortaleza del Stand. Y para su suerte, esta característica especial les había permitido sobreponerse a enemigos que parecían imposibles de detener, pero su astucia había conseguido abrirles camino entre ellos hacia su destino final. Aquel que ahora se encontraba a unas pocas calles de distancia.
Aunque Judy no tenía idea de lo que ahora sucedía en el mundo más allá de sus parpados cerrados, pero comenzó a descubrirlo cuando un fuerte impacto en sus piernas la hizo sobresaltarse, solo entonces temblando frente a la brisa fría que pasaba entre su ropa improvisada, mientras contemplaba el paisaje blanco más allá del parabrisas. La nieve caía delicada sobre las calles cubiertas por la misma, siendo visible gracias a las farolas que iluminaban vagamente aquella zona. No había un alma en las calles, algo normal dado que aún era de madrugada, y el sol no parecía tener intenciones de salir sino hasta pasadas un par de horas más.
Judy tardó unos cuantos segundos hasta lograr enfocar su vista en la pudú que subió al asiento del conductor para cerrar la puerta después, sonido que también pareció alertar al zorro. La coneja estuvo a punto de preguntar qué era lo que había sucedido cuando dirigió la mirada hacia el punto de impacto, encontrando un saco cargado de zanahorias. Si hubiera tenido que adivinar, aun estando somnolienta, hubiera jurado que había veintisiete. Después de todo, uno no trabaja durante siete años en una verdulería sin acostumbrar el ojo a estos detalles.
—Fue lo que pude cargar. Espero que sean suficientes hasta que podamos conseguir otro montón de una manera más… legal —explicó Clarice a una confusa Judy mientras giraba la llave, arrancando el motor.
—¿Acaso las robaste? —preguntó Nicholas, luego de intentar abrir los ojos bajo las vendas y apretándolos fuerte ante el dolor de una herida aún abierta.
—¡Por supuesto que no! Incluso dejé dinero de más por las zanahorias y por la ventana rota. No creo que la ley venga en mi búsqueda. Sobre todo porque, en cierto sentido, soy parte de la ley —explicó la cierva, ganándose una risa irónica por parte del zorro, y una mirada interrogante por parte de la coneja.
—¿En qué sentido exactamente? —preguntó la coneja, y al instante la pudú se volteó hacia el zorro recostado en el asiento trasero.
—¿Acaso no se lo dijiste?
—Uh…
—Cielos… bueno, mejor tarde que nunca. Oficialmente, somos policías, con placas y todo el conjunto.
—¡¿Qué?! —exclamó la coneja con un exagerado tono de sorpresa que tomó desprevenidos a los dos agentes por igual.
—Si… bueno, pero también somos parte de una fundación a la que el jefe de policía dio lugar hace varios años ante el descubrimiento de los Usuarios de Stand: S-paw-agon —explicó mientras pisaba el acelerador, y avanzaba impasible a través de las calles desiertas—. Solo ciertos efectivos dentro de la propia comisaria formamos parte de esto, más que nada Usuarios de Stand, animales que se transfirieron allí poco después de la creación de la fundación, y aceptamos el trabajo más que nada porque significaba el doble de sueldo en nuestros bolsillos.
—Es bastante generoso, sí. Pero sigue siendo poco cuando piensas que pones en riesgo tu vida con cada trabajo —agregó el zorro.
—Es un trabajo duro, pero alguien tiene que hacerlo. Especialmente después de que S.A.V.A.G.E. comenzara a poner en peligro a civiles inocentes, incluyéndote, Hopps. El deber de un oficial es el de proteger y servir, y nosotros somos los únicos en la ciudad que pueden proteger y servir cuando el enemigo es un Usuario.
—En resumen, los Usuarios son los únicos que pueden proteger a los civiles de otros Usuarios… —comprendió la coneja.
—Así es, y somos la única linea que puede impedirles hacer lo que les venga en gana.
—Nicholas… sé que has intentado convencerme de que no debo inmiscuirme en todo este asunto, pero… cada vez estoy más convencida de que quiero hacerlo —añadió Judy.
—Cielos… —suspiró el zorro, llevándose una pata a la frente—. Solo espero que no te arrepientas, así como espero no arrepentirme yo mismo por no detenerte.
—Estás siendo demasiado dramático, Wilde —dijo Clarice, para dirigirse a Judy—. Puedes empezar ayudándonos a llegar al fondo de todo este asunto, y a frustrar los planes del jefe. Por como lo veo, es probable que los únicos animales de confianza con los que podemos tratar ahora mismo son el tal Finnick, el tal Arttu… y tú. Cualquier otro animal es un posible agente de S.A.V.A.G.E., o un informante. Ten eso en mente de ahora en adelante, ¿quieres? —confirmó la pudú, deteniendo el auto. Habían llegado.
Al bajar de la camioneta, la coneja se encontró frente a un gigantesco edificio de cinco pisos, de ventanas tapeadas y pintura azul desgastada. Aquella edificación parecía tan deshabitada como el resto de la calle en la que se encontraba, y no era dificil pensar que nadie había habitado las cercanías durante años. Mucho más dificil era imaginar que alguien pudiera vivir en un lugar como aquel, cuando parecía que la construcción frente a ella podría venirse abajo a la más mínima brisa, en cualquier instante.
— Ahora, bajemos esta piñata —dijo la pudú alegre al bajar.
—Voy a vengarme por eso, lo sabes —respondió el zorro cuando su compañera abrió la puerta, ayudándole a incorporarse con el apoyo de la coneja.
—Por supuesto que lo sé… ¡cuidado! —exclamó Clarice mientras bajaban a Nicholas, quien se quedó de piedra ante el temor de una caída que no llegó. En cambió, lo que sí llegó fue la risa histérica de la pudú, sumada a una apenas contenida por parte de la coneja—. Oh Wilde, nunca podría aburrirme contigo.
—Me alegra que te estés divirtiendo —suspiró el zorro mientras avanzaban los pocos metros que los separaban de la entrada—. Anda… ¿estamos frente a la puerta?
—Un portón de metal, azul oscuro —respondió Judy.
—Es aquí… toca el timbre del 5-A —ordenó, y la coneja acudió al instante mientras la pudú cargaba al zorro al hombro. Unos instantes después, una irritada voz habló en el auricular.
—¡¿Quién es?!
—La pizza. Con anchoas y pepperoni, ¿verdad?
—Sube de una vez antes de que baje a patearte el trasero, ¿quieres? —respondió, y un potente timbre avisó que el portón de metal se había abierto, tras lo cual los tres presentes se apresuraron al interior, con la coneja cerrando detrás de ellos.
—Puedo apreciar el cariño que te tiene —agregó Clarice mientras subían las desgastadas escaleras, a la luz fría y parpadeante de lamparas que hacía mucho tiempo deberían haber sido cambiadas, iluminando un papel tapiz deteriorado que magnificaba la impresión de que ahora se encontraban en un edificio abandonado. Y claro, los precintos en las demás puertas en el camino indicaban que nadie había usado ninguno de los apartamentos en mucho tiempo.
—Finnick tiene sus propias formas de demostrar que le importo. Por ejemplo, no esparció mis sesos por el pavimento cuando lo estafé hace veintitrés años.
—Suena bien.
—De hecho, eso fue lo que le más le gustó de mi. Desde entonces se encargó de cuidarme, y fue un padre para mí cuando más lo necesité, en la época más difícil de mi vida —comentó el zorro, por un momento vislumbrando el recuerdo de aquel día de lluvia, recuerdo que se esforzó por reprimir en aquel momento—. Aunque si voy a pedirles que tengan paciencia con él. Puede ser algo pesado con los animales que no conoce, así que… Clarice —habló a la pudú—. Trata de no perder los estribos.
—No prometo nada.
—Temía que fueras a decir eso —dijo el zorro cuando ya se encontraban frente a la puerta del 5-A, y la coneja se adelantó a tocar a la puerta.
—Señor Finnick, somos noso… —no alcanzó a completar aquella frase cuando la puerta se abrió de golpe y la coneja se quedó con la pata golpeando el aire.
En ese instante, la coneja imaginó que la pudú estaría muy impactada, al igual que ella, y el zorro sabía bien por qué, pues quien les había abierto la puerta era nada más y nada menos que un zorro fénec marrón claro de largas orejas, pantalones verde oliva extra cortos, una playera negra con lineas rojas a los costados, y una estatura tal que apenas llegaba a la mitad del zorro que había llegado allí con ellas. Era difícil imaginar que la voz gruesa y demandante que habían oído en el celular y en el portón pudiera haber provenido de un depredador que a simple vista parecía un niño pequeño.
—¿Y qué están esperando? ¿Una invitación? ¡Entren de una vez! —contestó con aquella misma voz irritada y una mirada tan afilada como un cuchillo, y Judy notó como Clarice volteaba hacia Nicholas por un instante, seguro recordando lo que su compañero le había dicho hacía pocos segundos.
Un instante después, y sin esperar que el zorro mayor se los repitiera, el equipo se adentró más allá del umbral de la puerta, encontrando una sala de estar apenas iluminada por una vieja lampara de techo. A su alrededor, varios estantes de madera vieja se erigían para contener una biblioteca de tomos que no parecían haber sido tocado en años, siendo tapados por una gruesa capa de polvo que impedía ver el nombre escrito en el lomo.
Las ventanas más allá se encontraban tapeadas tanto por dentro como por fuera, carentes de cristal alguno, y a través de sus aberturas era fácil notar la gentil nevada que caía sobre aquel distrito de la ciudad.
Y allí, en el centro de la habitación, un enorme y viejo oso polar en silla de ruedas los observaba curioso, con un libro abierto entre sus grandes patas, una desgastada bata verde oscuro, y lentes de marco grueso. Su mirada, amable y tranquila, les inspiraban sentimientos muy opuestos a los del grosero depredador que los había atendido en un principio.
—Oh, no le hagan caso. Ha estado así desde que llegó —dijo el oso con una paciencia y tranquilidad que tomaron a las hembras por asalto, tanto o más que el tamaño del zorro que había sido como el padre de Nicholas, según él.
—Vete al demonio, anciano —respondió el zorro enano, partiendo hacia la cocina, cuarto al alcance de la vista dado que no había puerta alguna que separara las habitaciones, sin contar el baño. De hecho, desde su posición, la coneja era seguro capaz de vislumbrar el cuarto del oso, y la enorme cama que de seguro ocupaba durante las noches en las que no tenía que lidiar con animales problemáticos durante la madrugada. Después de todo, apenas eran las cinco de la mañana.
—Me disculpo por él, Nick —dijo el viejo oso, y el zorro giró la cabeza en su dirección siguiendo el sonido de su voz.
—No tienes por qué, lo conozco bien.
—Usted debe ser… el señor Arttu, ¿verdad? —se adelantó la coneja.
—Oh, ¿dónde están mis modales? —cerró el libro sobre sus piernas, usando la palanca al alcance de su pata para hacer avanzar la silla de ruedas, con el sonido de su mecanismo electrónico llenando el lugar, mientras extendía su pata derecha hacia la coneja y la pudú—. Mi nombre es Arttu Satou, es un gusto conocerlas señoritas…
—Judy, Judy Hopps —fue la primera en aceptar el saludo, estrechando su enorme pata con ambas suyas.
—¿Y usted debe ser…?
—Puede llamarme Clarice —respondió ella con formalidad, saludándole con su pezuña derecha.
—Judy… Clarice… son nombres muy bonitos —dijo con una sonrisa, solo entonces entrecerrando los ojos para notar algo extraño en el rostro del zorro. Se avergonzó un poco por notar solo en ese momento que el depredador llevaba los ojos vendados—. Oh cielos, Nicky… ¿Qué te ha ocurrido?
—Un accidente con la afeitadora, de una marca que no pienso volver a comprar —explicó relajado, provocando una risa amarga por parte del viejo.
—Me alegra ver que no has perdido el sentido del humor, pero me entristece el hecho de que sigas metiéndote en líos.
—A donde quiera que voy, parece que los líos me persiguen a mi.
—Disculpe la intromisión señor Satou, pero… ¿no ha pensado en vender este departamento y conseguir algo más… conveniente? —cuestionó Clarice sin mucha vacilación.
—¿Perdón?
—No es mi intención ofender, pero desde que entré he visto muebles deteriorados, ventanas rotas y apenas tapiadas…
—¡Eres libre de ocuparte de ellas si así lo quieres, niña entrometida! —llegó la voz de Finnick desde la cocina, y la pudú hizo una respiración profunda para calmar sus nervios, sin éxito.
—Clarice… por favor, no —suplicó el zorro, sin cambiar su tono.
—Y eso sin mencionar las goteras congeladas en el cielo raso. Este lugar no es uno que calificaría como "acogedor", o siquiera como "habitable" —completó. Arttu pareció meditar sus palabras por un breve momento, antes de responderle.
—Tal vez tengas razón, linda. Pero a decir verdad ya estoy muy viejo para mudarme, y esta casa… es en la que viví toda mi vida. Donde crecí, donde conviví con mi esposa, donde crié a mi hijo… pero mi esposa falleció hace mucho tiempo, y mi hijo… bueno, digamos que tuvimos una pelea hace mucho tiempo, y no quedamos en buenos términos. Él se mudó fuera de la ciudad, y no hemos hablado desde entonces —les contó con cierta melancolía, y la coneja comenzó a preguntarse si la agente había abierto una puerta cuyo pomo no debería haber tocado en primer lugar—. Para ser sincero, creo que lo único que me mantiene aquí a estas alturas es el zorro que ahora está bebiendo en la cocina. Es un buen amigo, y cuando las cosas se pusieron difíciles… él fue el único que se quedó a mi lado para ayudarme.
—¿Vas a estar contándoles la historia de tu vida durante mucho más tiempo, anciano? —cuestionó al regresar a la sala, con cara de pocas pulgas, y una botella de whisky en su pata—. Porque estás comenzando a aburrirme.
—¿Acaso se acabó el ron?
—Me las arreglaré con esto —soltó antes de pararse frente al zorro, observándolo por un breve momento—. ¿Y bien?
—Bueno, esperaba que pudieses arreglarme… los ojos —señaló su rostro con una sonrisa un poco incómoda.
—Claro, primero agáchate —hizo un gesto con la pata para que se acercara, pero el vulpino dudó por un instante al tiempo que tragaba saliva, gesto que confundió a la coneja que observaba el intercambio—. Acércate de una vez, infeliz —insistió de nuevo, y el agente comenzó a decender poco a poco con cautela, cautela que no fue suficiente para prevenir la andanada de potentes puñetazos que cayeron sobre su frente—. ¡Te dije que dejaras de ponerte en peligro, zorro rastrero! —gritó con furia y sin detenerse. Sus compañeras estuvieron a punto de intervenir, pero ambas tuvieron claro que el zorro podría haberse defendido de así quererlo. Estaba aceptando los golpes que el zorro mayor le estaba propinando sin ofrecer resistencia alguna, pero al final estos se detuvieron de manera abrupta—. No sería mala idea que de vez en cuando recuerdes que aún hay animales que se preocupan por ti. Y justo yo debería ser el último animal que te lo diga, pero podrías dejar de ser un maldito irresponsable y cuidar más de tu propia vida. ¡Porque sabes bien que te doblo en edad, y no voy a estar ahí para ti toda tu vida! —concluyó con un último golpe con el que el zorro menor cayó sentado, frente a frente con el viejo Finnick.
—Lo siento —se disculpó con pesadez, y el zorro de pelaje claro volteó hacia otro lado para evitar la patética visión que su amigo estaba proyectando. No podía verlo así, pero tampoco podía dejar pasar un descuido como el suyo.
—Rayos... ven, siéntate en el sillón de ahí —indicó al voltearse, pero el zorro no hizo ademan de querer levantarse hasta que la coneja le ayudó a incorporarse—. ¡¿Qué no lo estás viendo?! Oh, cierto. Claro que no. Coneja, dale una pata con eso —ordenó. La coneja bufó con cierta molestia, guiando al zorro hasta el lugar indicado, mientras Clarice tenía la mirada clavada en Finnick. No le agradaba en lo más mínimo, y no podía esperar a que le diera una excusa para una buena golpiza, aunque dado que aún no tenía idea de cual era su habilidad de Stand, aquello podría llegar a ser incluso contraproducente—. Y háganme el favor: no vayan a gritar por lo que están a punto de ver. No hace más que irritarme cada vez que eso sucede —explicó al pararse frente al sillón del zorro.
—¿Por qué habríamos de…? —iba a consultar Judy, pero la respuesta llegó más rápido de lo que hubiese esperado cuando de las patas de Finnick surgieron una gran cantidad de enredaderas con espinas color púrpura que se retorcían como si tuviesen vida, y que atravesaron la venda en los ojos del zorro para clavarse firme en su cabeza, con sus brazos cediendo al instante—. ¿Qué… está…? —la visión del cuerpo caído frente a sus ojos resultaba inconcebible, y el tiempo se detuvo en aquella habitación por un breve instante
—¡Nicholas! —antes de que Judy hubiese completado aquella pregunta en conjunto con aquel pensamiento, la cierva ya se había lanzado contra el atacante a toda velocidad, dispuesta a molerlo a golpes de ser necesario para salvar a su compañero.
—¡The Bunnyman! —Judy le siguió al llamar a su Stand en su forma completa, ya lanzando un potente puñetazo al grito de su nombre, un puñetazo que se detuvo en el aire a pocos centímetros de la cabeza de Finnick cuando oyó la voz de Nicholas mientras este movía los brazos a modo de advertencia.
—¡Chicas, esperen! ¡Estoy bien! —suplicó antes de que las hembras cometieran un terrible error, y un silencio brutal llenó la habitación por escasos segundos mientras las mismas sopesaban lo que estaba ocurriendo, con Finnick manteniendo su concentración en la herida a tratar, y el oso temiendo el peor de los descenlaces para aquella situación—. Por favor, cálmense. Estoy bi...
—¡¿Qué demonios…?! —gritó Clarice con el mayor volumen de su voz.
—¡¿Qué está pasando aquí?! —cuestionó Judy por igual, incapaz de comprender qué era lo que estaba ocurriendo frente a sus ojos.
—Jovencitas, cálmense. Van a asustar a los vecinos —pidió Arttu, preocupado.
—¡Usted no tiene vecinos! —devolvió la pudú con furia—. ¡¿Y qué demonios acaba de pasar?! ¡¿Qué es lo que está pasando?! ¡¿Y por qué diablos puedes hablar aún siendo una maldita brocheta?!
—El lenguaje, por favor —pidió de nuevo el oso, nervioso por el tono de la pudú.
—¿Y bien? —inquirió una vez más, iracunda. No menos sorprendida, Judy se mantuvo al margen de aquella situación mientras que las enredaderas surgidas de la pata del zorro enano regresaban a su punto de origen, causando que Nick diera un cabezazo hacia adelante por la fuerza, quitándose las vendas y abriendo sus ojos finalmente una vez más. La luz había regresado.
—Se trata de mi habilidad de Stand, Cadmium Sky —explicó, exponiendo en su otra pata el mismo tipo de enredaderas que los presentes pudieron observar claro. A simple vista parecían plantas con espinas comunes y corrientes, pero su movimiento semejaba al de serpientes esperando el momento para atacar—. Me permite devolver cualquier cosa que sus espinas toquen al estado que tenían exactamente veinticuatro horas atrás. ¿Alguna vez has restaurado una computadora a una configuración anterior? Bueno, es casi lo mismo —dijo mientras tomaba en sus patas su botella de whisky, dando un largo sorbo—. Estas espinas no pueden causar daño a largo plazo, pero son muy útiles si eres capaz de ponerte creativo con ellas.
—De acuerdo, entonces… —comenzó a decir Arttu, chocando sus patas—. Si ya han terminado con ello, iré a preparar un poco de té para todos. ¡En un momento regreso! —avisó el viejo oso mientras se disponía a partir, cuando la voz de la pudú retumbó de nuevo en el departamento, y el movimiento de la silla de ruedas se detuvo.
—¡Esperen un minuto! Tu… ¿sabías qué era lo que iba a hacer desde un principio? —cuestionó a Nicholas, que seguía sentado en el sillón mientras se acostumbraba de nuevo a sus ojos, observando la borrosa imagen de la pudú frente a él.
—Eso depende —dijo con una sonrisa mientras parpadeaba varias veces seguidas.
—Trataste de jugarnos una maldita broma y no te salió muy bien, ¿verdad?
—¿Qué puedo decir? Quería oír lo que dirían cuando Finnick lo hiciera, pero ahora que lo pienso con cuidado… —dado el tono de su compañera, Nicholas comenzaba a dudar que aquello hubiera sido una venganza adecuada por lo ocurrido unos minutos atrás luego de bajar de la camioneta. Era probable que se le hubiera ido la pata.
—¿Es en serio? —preguntó Finnick con cansancio, siendo evidente para los presentes que el pequeño zorro no se sorprendía en verdad por el actuar de su amigo—. De acuerdo, yo me voy de aquí. Hagan lo que quieran con ese bribón —dijo con cansancio mientras se encaminaba a la cocina, no dispuesto a interponerse cuando su amigo había intentado bromear usando su habilidad.
—¡¿Qué?!
—Con mucho gusto —dijo la pudú, aproximándose al zorro con un aura maligna que podría haber sido el Stand más temible que Nicholas hubiese visto jamás.
—¡E-espera, Finnick! Viejo, hermano, podrías darme una pata con…
—No puedo, hay otra botella de whisky esperándome en la cocina —dijo Finnick mientras enfilaba hacia el mencionado cuarto siguiendo al viejo Arttu, y siendo seguido por Judy, quien no tenía intenciones de ser testigo de la masacre que ocurriría en breve.
—Date por cadáver —declaró al hacer sonar los huesos de sus patas.
—¡No, espera! ¡Ow! ¡N-ah! ¡J-judy! ¡A-yúdame-e! —suplicaba el agente, pero la tendera ya estaba lejos de la escena. Y mientras que el oso se acercó a la estufa para preparar el té prometido, el zorro fénec dejó la botella junto a otro montón que yacía en el fregadero, y la coneja comenzó a preguntarse que tanto llegaba a beber por día nada más.
—Disculpe, señor Finnick…
—¿Qué quieres? —preguntó antes de voltearse, mientras abría la nueva botella en su pata. La marca que ponía no le sonaba conocida a Judy en lo más mínimo, pero cuando fue capaz de notar en la etiqueta de precio lo barato que era, comprendió que se trataba de una bebida de pésima calidad.
—Solo quería disculparme, por lo de hace un momento. De verdad creí que estaba lastimando a Nick, y no dudé al intentar atacarle. Lo siento.
—No hay nada que sentir, no hubieras logrado golpearme de todas formas —respondió como si de algo normal se tratase, algo que descolocó a la coneja, e incentivo al zorro a explicarse mejor—. Tu técnica no es muy buena, y siendo tu Stand uno de corto alcance, dado su poder de impacto crees que es suficiente atacar con todas tus fuerzas hasta ver a tu enemigo derribado. ¿Me equivoco?
—¿No lo es? —preguntó, extrañada.
—Por supuesto que no, niña. ¿Qué es lo que te enseñaron en S-paw-agon?
—Nada —respondió sin dudar, algo que llamó la atención del zorro—. No soy de S-paw-agon, yo… trabajo en una verdulería en Bunnyburrow.
—¿Y qué rayos hace una tendera de Bunnyburrow metida en todo este asunto?
—Es lo único que me he preguntado en las últimas horas —respondió con pesar—. Todo comenzó hace una semana, cuando Nicholas se apareció en mi tienda...
Y mientras que la coneja relataba cuanto había ocurrido en las últimas horas, un maltrecho zorro yacía recostado en el viejo y raído sillón de la sala de estar, deshecho por la paliza que la tranquila pudú sentada junto a él le había propinado, mientras que la misma revisaba en su celular los datos que el sistema había reunido sobre el nombre que Judy le había proporcionado momentos atrás.
No era que Clarice fuese una hábil luchadora, pero si tenía unos cuantos trucos bajo la manga cuando se trataba de un combate cuerpo a cuerpo, conocimientos que le permitían atacar los músculos y nervios del enemigo con impactos precisos para provocar el mayor dolor posible con muy poco esfuerzo. Su técnica no permitía efectuar daños considerables, pero era suficiente para dejar fuera de combate a un blanco peligroso durante valiosos segundos mientras este se retorcía de dolor, tal y como Nicholas Wilde hacía en ese preciso instante.
—De verdad espero que la próxima vez te lo pienses mejor antes de intentar una estupidez así. No quisiera tener que hacer esto de nuevo —dijo tranquila mientras guardaba el celular en su bolsillo, un celular cuyo número solo Nicholas conocía.
—No sabes cuanto te lo agradecería —respondió el zorro, dolido y con falta de aliento mientras intentaba incorporarse en el asiento.
—¡Oigan, los que están en la cocina! ¡Vengan aquí! —llamó Clarice.
—¿Qué sucede? —preguntó Judy al asomarse, siendo seguida por el malhumorado zorro.
—Tenemos que hablar... de lo que haremos ahora.
Unos minutos después, todos estaban sentados en la sala de estar.
Nicholas y Clarice se encontraban en el sillón de dos cuerpos, con Judy sentada en el brazo, junto a la pudú. Finnick había tomado lugar en el sillón de un cuerpo del viejo Arttu, quedando en el medio de un asiento para un animal varias veces más grande que él y, finalmente, el oso polar en silla de ruedas cerraba el círculo, sirviendo el té a sus curiosas visitas, empleando tazas que hacía años no usaba. Después de todo, rara vez tenía la oportunidad de escuchar las historias de animales tan particulares, y si bien no entendía mucho de lo que ahora ocurría frente a él -en gran parte por causa de su falta de visión y audición-, aquello lo atribuía al simple hecho de que "los jóvenes de hoy en día no eran los mismos que en su época".
—Y esa sería toda la historia —concluyó Clarice, poniendo al día al viejo Arttu y al buen Finnick con respecto a todo lo que había ocurrido en las últimas semanas.
El viejo zorro no podía creer todo lo que estaba escuchando, mientras que el oso entendía poco y nada. Lo único que tenía en claro era que había vidas de muchos animales en juego.
—Espera, espera un segundo... ¿estás diciendo que no solo han raptado a cuantos Usuarios encontraron en la ciudad, sino también que les han quitado sus poderes? ¿Y qué ocurrió con los Usuarios? —cuestionó, su pregunta siendo respondida con silencio tanto por la cierva como por el zorro—. Maldición... ¡todo esto es su culpa! —gritó furioso, señalando a la agente.
—¿Disculpa? —inquirió Clarice.
—Si ustedes no hubieran reunido los datos de los Usuarios, probablemente el enemigo nunca los hubiera obtenido para localizarlos, ¡y no estarían todos muertos ahora mismo!
—No sabemos si están...
—¡Claro que lo saben! Santo cielo... que no hayan vuelto a aparecer después de tanto tiempo y que sus poderes estén siendo usado por otros animales solo puede significar una cosa, y lo sabes muy bien.
—Será mejor que baje el tono conmigo, señor. Nuestra fundación ha hecho todo lo posible para proteger la ciudad y a los propios Usuarios de los problemas que pudieran surgir del empléo de un Stand para hacer el mal.
—Oh, ¿en serio? ¿Y cómo lo hacen? ¿Encerrando a los Usuarios para que no vuelvan a ver la luz del día?
—Finnick, espera...
—No, no voy a callármelo —le gritó cuando el zorro intentó detenerle, pronto recuperando cierta calma—. Escucha Nick, tienes todo el derecho de hacer lo que quieras con tu maldita vida... pero ten en cuenta que es muy posible que estés trabajando para el mismísimo enemigo.
—Esa acusación no tiene ni patas ni cabeza —interrumpió la pudú.
—¿Ah si? ¿Entonces por qué estás aquí sola, trabajando sólo con el zorro que cuidaste durante quince años, y con una tendera que nada tiene que ver con tu querida fundación? —acusó él, pero por más que no hubiese bajado la mirada ante sus palabras, Clarice era incapaz de responder y darle la razón—. Te diré por qué... porque no confías en nadie más allá de estos dos. Porque crees que cualquiera de esos tipos con quienes has bebido café en la mañana podría clavar un puñal en tu lomo en el momento menos pensado. Y no me cabe la menor duda de que así ha sido por un largo tiempo.
—Tú no sabes nada sobre mí —respondió apretando los dientes, su furia creciendo en el interior, y Judy contemplando lo que podría terminar en una terrible pelea en cualquier segundo.
—Reconozco esa mirada recelosa, esa cautela al hablar, la forma en que nos has estado observando a mí y al viejo Arttu desde que nos conociste, y sobre todo, la cicatriz que se extiende desde tu cuello hasta la cintura.
—Finnick, no hagas esto —advirtió Nicholas, con una mirada suplicante.
—Te traicionaron en el pasado, ¿verdad? Alguien en quien de verdad confiabas, y es la única razón por la que... —ninguno alcanzó a reaccionar en ese momento cuando, luego de aquellas palabras, la cierva saltó sobre la mesa a una velocidad sobreanimal, tomando al zorro fénec del cuello y derribando el sillón con la misma fuerza. La cierva quedó sobre él, exponiendo sus dientes, y un pelaje encrespado y amenazante.
—¡Clarice, no! —llamó Nicholas, sin atreverse a avanzar hacia la enfurecida hembra. Tanto Judy como Arttu estaban atónitos frente a tal actuar, y el zorro de pelaje claro, siendo tomado del cuello, comenzó a cuestionarse si había hablado de más.
—Déjame repetírtelo para que puedas entenderlo: tú… no sabes nada sobre mi —dijo con un tono ácido, propinando un potente golpe en el estómago del zorro que le arrebató el aliento, antes de incorporarse para dejar al mayor tosiendo desesperado en busca de aire—. Eso va a dolerte por un buen rato... —advirtió con el zorro retorciéndose frente a ella, antes de partir de aquel lugar en dirección hacia donde creía estaba el baño.
—Clarice, espera... —por primera vez, Nicholas se incorporó para ir tras la pudú. En tanto, Arttu se había arrimado hacia un Finnick que se retorcía en el suelo por causa del dolor, mirándole con lástima. No era sorpresa para él que el zorro pudiera acabar así luego de haber cruzado la línea así con una pobre muchacha.
Nicholas se apresuró por el pasillo siguiendo la pista de su compañera, quien le cerró la puerta del tocador en la cara con una fuerza abrumadora.
El zorro se quedó allí, sin decidirse si debía dejarla a solas, o entrar y apoyarla pues, por más que la cierva nunca lo admitiera, él sabía bien que aquellos comentarios le habían dolido en lo más profundo del alma. Después de todo, Finnick no tenía idea de cuánto había sucedido en aquel entonces, pues Nick nunca se lo había dicho a nadie.
El agente terminó decidiéndose por la opción que creyó más adecuada y, tomando el tirador, se adentró en el tocador cerrando la puerta detrás de si, y encontrándose con una pudú encarando el espejo sobre el lavatorio mientras intentaba encender un cigarrillo, sin éxito, dado que su mechero no sacaba más que chispas.
—¿Acaso tu querido Finnick nunca te enseñó a tocar la puerta? —dijo en un arranque de furia, antes de rendirse con el mechero, tomándose del lavapatas en un intento por calmar sus nervios—. ¿Qué rayos quieres, Wilde?
—No deberías tomarlo tan a pecho —dijo calmado—. Cuando está bebido, no suele pensar bien las cosas antes de decirlas. Créeme, eso nos ha traído muchos problemas cuando yo era pequeño —dijo con un atisbo de sonrisa, sin moverse de aquel punto—. Curiosamente, quien debería estar así ahora mismo soy yo, no tú. Después de todo… yo soy el culpable de que debas cargar con esa cicatriz —dijo al acortar la distancia entre ellos, con una seria mirada. Clarice apenas volteó a verle a los ojos, antes de devolver su mirada al frente con una risa irónica, viéndose reflejada en aquel espejo sucio.
—Te diría que no fue tu culpa, pero si no lo has entendido para este momento… no creo que vayas a comprenderlo ahora. Después de todo, siempre has sido un cabeza hueca.
—Y tu siempre me has regañado por ello.
—Alguien tiene que hacerlo.
—Y me alegra que fueses tú la que siempre ha estado ahí para ello —intentó animarla, pero no hubo respuesta. La pudú se encontraba perdida en sus pensamientos—. ¿Clarice?
—Será mejor que volvamos a la sala —dijo, enfilando hacia la puerta y pasando junto a Nicholas sin siquiera mirarle—. Aún tenemos que planear nuestro siguiente movimiento, antes de que S.A.V.A.G.E. nos encuentre...
—Clarice, espera —la detuvo antes de que alcanzara a tomar el tirador, y la pudú se quedó allí, esperando las palabras del zorro—. Fue mi culpa.
—No voy a repetírtelo, Wilde. Estás comenzando a… —iba a hablar al voltearse pero la inevitable sorpresa se lo impidió, pues el zorro la capturó entre sus brazos sin siquiera darle tiempo a pestañear. Por un momento, la respiración de su compañero fue lo único que la agente pudo oír—. Más te vale darme una buena razón para no romperte las patas ahora mismo —intentó sonar amenazante, aunque le resultaba difícil hacerlo en una posición como aquella, y Nicholas le habló con el volumen de un susurro. Era obvio que no deseaba que nadie más oyera lo que estaba a punto de decir.
—Cuando estábamos a punto de salir del depósito, vi al guepardo correr hacia la oficina. No cabe duda que fue él quien detonó los explosivos, y si yo hubiera regresado en ese momento a por él, tu no habrías tenido que pagar por ese error. Soy el único responsable de esa herida, y solo ahora soy capaz de enfrentar esa culpa —reveló finalmente—. Fui un cobarde, un débil, durante años… pero quiero intentar remediar las cosas de una vez por todas —concluyó con determinación, esperando por la respuesta de su compañera a aquel conocimiento, una respuesta que hizo poco menos que desencajarlo por completo.
—Si hubieras regresado al depósito en ese momento… probablemente ninguno de los dos habría salido con vida —dijo finalmente, llevando su pata derecha al lomo del zorro con un movimiento brusco. Las muestras de afecto no eran precisamente lo suyo, y Nicholas lo sabía bien—. En ese momento yo había recibido una bala en la pata, y no podía correr sin tu ayuda. Si hubieras regresado a por el guepardo, por más rápido que hubieras corrido, no lo habrías alcanzado. Hubieras quedado atrapado en la explosión, al igual que yo, porque tampoco habría podido escapar a tiempo de no ser por ti —reveló ella, presionando contra la espalda de su compañero—. Nunca te lo había dicho, pero… cuando eso ocurrió, aparte del trabajo de escritorio, Bogo me ofreció mover a sus contactos en el hospital para tratar… esto, con injertos de piel y pelaje. Y como te imaginarás, le dije que no —reveló al apartarse, y el zorro expuso una mueca de confusión—. La razón… es que no consideraba esta herida como un motivo de vergüenza, como algo que debiera ocultar a los demás. Después de todo, fue una herida que obtuve al proteger a mi pupilo en medio de una explosión que fácilmente podría habernos matado, y en verdad no se me ocurre algo más genial para relatar que eso si me veo obligada a hacerlo —y ante aquellas palabras, Nicholas no pudo hacer más que reír. Incluso en un momento como aquel, la cierva era incapaz de guardarse sus comentarios que poco o nada aportaban a formar un ambiente.
—Eres… incorregible —rió tragicómico al apartarse, contemplando la sonrisa en el rostro de su compañera.
—Supongo que es lo que ocurre cuando pasas tanto tiempo con un zorro tan desvergonzado —dijo cuando Nick, dudando por un instante, posó su pata izquierda en la cicatriz de la pudú, rozando la piel quemada con la punta de sus dedos—. Y hablando de faltas de vergüenza…
—¿Te molesta?
—No —respondió al sonreír, tomando la pata de aquel contra su mejilla—. Eres el único animal al que le permitiría tocarla.
—Eso sonó como…
—Sé muy bien cómo sonó —asintió con una sonrisa, y así pasaron unos pocos instantes en completo silencio, perdiéndose en su mirada, y sabiendo que podían ver a través del otro como si se tratara de ellos mismos, hasta que Clarice rompió aquel "abrazo" al apartarse, con una actitud mucho más calmada—. Será mejor que… regresemos a la sala. Los demás aún deben estar esperándonos.
—Si, creo… que será lo mejor —y fue así el zorro le permitió partir, cruzando el umbral de la puerta y siguiendo sus pasos hacia la sala de estar, donde los tres mamíferos esperaban su regreso para continuar con la reunión.
Unos minutos después, todos estaban sentados de nuevo en la sala, discutiendo las acciones que tomarían a continuación. Para suerte de todos, las aguas se habían calmado luego de la charla de Nicholas y Clarice, y los ánimos de Finnick parecían haberse tranquilizado luego de algo que Arttu le había dicho en la cocina, luego de ponerse fuera del alcance auditivo de la coneja que esperaba a todos en la sala de estar, sin saber qué hacer en cuanto a aquella situación.
Se sentía como una niña pequeña, atrapada en medio de un conflicto de mayores, aunque bueno… en realidad así era. Ella era la menor de todos, aparte de que el mamífero que más se acercaba a su edad era Nicholas, y aún así seguía siendo casi veinte años mayor que ella.
Pero ahora, para su suerte, aquella discusión parecía haber quedado atrás, al menos de momento. Después de todo, el tiempo no les apremiaba, no sabían cuales eran los planes de S.A.V.A.G.E., debían de ocuparse de varios asuntos al mismo tiempo, y ellos eran los únicos capaces de hacerlo.
—El caso es que ahora mismo hay tres puntos a los cuales debemos dirigirnos lo antes posible —explicó Clarice, mientras que Arttu llenaba de nuevo su taza de té, escuchándole atento—. La estación Tujunga, a donde la hiena pensaba llevar a Wilde y a Hopps. El departamento de policía de Zootopia, para reportarnos a Bogo y obtener cualquier información con la que nuestros compañeros hayan dado en las últimas horas. Y a la granja Hopps, para recuperar la punta de flecha que la coneja presente guardó en... el cajón de su mesa de noche —explicó al hacer énfasis en la última parte, resaltando el hecho de que era posible que una de las reliquias más poderosas conocidas se encontrara en un lugar tan trivial.
—¿Por qué no se reportan con el jefe de policía por teléfono? Hay uno en la cocina, y no es como si hacer un llamado dentro de la ciudad saliera muy caro —recomendó el oso polar.
—Siendo que S.A.V.A.G.E. obtuvo los datos de los Usuarios desde allí, lo más probable es que tengan las lineas de la comisaría ya intervenidas, así que eso está fuera de discusión —respondió Nicholas, y Clarice añadió.
—Pero también es cierto que es muy probable que nos estén esperando en el camino hacia allí, de la misma forma que es casi seguro que encontraremos al enemigo en la estación Tujunga. El problema... es que nosotros cuatro somos los únicos que podemos ocuparnos de todo esto, así que tendremos que dividirnos —dijo ella, momento en que Finnick se incorporó sin esperar instrucción alguna.
—Entonces comenzaré por salir hacia la granja de los Hopps ahora mismo —declaró al bajar del sillón.
—Aún no hemos planeado nada —intervino Clarice.
—No, pero es la opción más adecuada. ¿No es así? —inquirió el zorro fénec, y la pudú no respondió. Estaba en lo cierto, pero no pensaba concedérselo—. Escuchen, puedo defenderme contra animales corrientes, pero... no lo tendré tan fácil contra otros Usuarios. Y si llegan a enfrentarse con alguno camino a cualquiera de esas dos zonas, entonces la coneja será de más utilidad que yo. Por otro lado, puedo escurrirme con mucha facilidad, y la familia de la chica ni siquiera me notará en lo que entro y salgo de ahí con la flecha —explicó rápidamente, pero Judy no se sentía convencida.
—Escuche, señor Finnick... agradezco su oferta, pero...
—No es una oferta, es lo que debemos hacer —interrumpió, determinado.
—Tiene razón —convino Nicholas—. No sabemos con que clase de Usuarios cuente S.A.V.A.G.E. en sus filas, y si vamos a partir hacia la boca del lobo… necesitaremos toda la ayuda posible para acabar con el enemigo de una vez por todas.
—Y es por eso que te necesitamos a ti, Hopps. Eres el único elemento confiable que tenemos ahora mismo —declaró Clarice, sorprendiendo a la coneja.
—¿Elemento? —cuestionó, incrédula.
—A estas alturas, no es muy difícil considerarte como una agente más de S-paw-agon —sonrió amable la pudú—. Escucha, cuando todo esto termine y si tu opinión no ha cambiado para entonces, yo misma hablaré con el jefe para hacerte parte de nuestro equipo. Y no, Wilde, deja ya las caras y gestos. La coneja es mayor de edad, y puede hacer lo que le venga en gana —concluyó sin cambiar su tono en ningún momento, cuando Judy volteó para ver al zorro alto posar con naturalidad a sus espaldas.
—De hecho, tiene diecisiete —corrigió.
—¿Acaso consultaste su edad por algún motivo extra laboral? —Cuestionó la pudú, arqueando una ceja. El zorro estuvo a punto de decir algo para defenderse, pero decidió quedarse con la palabra en el hocico. Después de todo, intentar justificarse con algo así hubiera sido contraproducente.
—De acuerdo, haz lo que quieras —aceptó finalmente.
—Por supuesto que si —asintió Clarice.
—Bien, si eso está decidido… entonces voy marchando —se dirigió al perchero para tomar un abrigo de lana a su medida. Después de todo, el frío en el exterior era brutalmente más fuerte que el que se percibía en el apartamento.
—E-espere, aún no le he dicho mi di… —iba a decir Judy, siendo interrumpida.
—Es la granja Hopps, ¿no es así? He pasado por ahí un par de veces a comprar moras, creo que puedo ubicarme.
—¿En verdad?
—Niña, he vivido en esta ciudad durante más de cincuenta años. La conozco como la palma de mi pata.
—Puedes estar segura de eso —le confirmó Nicholas a Judy.
—Aún así, no me sentiría tranquila si se… infiltrara en mi hogar. Si bien mis hermanos menores no estarán para cuando llegue, mis padres y varios de mis hermanos mayores si estarán rondando. No quiero que se preocupen si algo llegara a pasar, así que será mejor que lo hable con mi hermana. Toque a la puerta de mi casa, y pregunte por Jessica —instruyó al quitarse su colgante con el símbolo de la paz, lo único que restaba de su anterior conjunto—. Dígale que está ayudándome, y que necesita el colgante dorado en forma de garra de mi cajón con suma urgencia. Seguramente ella se lo dará sin problemas.
—¿Crees que me ayudará tan fácil? Yo mismo podría ser un agente de S.A.V.A.G.E. que te asesinó y usa tu colgante como carnada para obtener la flecha.
—No va a pensarlo, porque mi familia no tiene idea de lo que está sucediendo.
—¿Es en serio?
—No quería preocuparlos, por eso no les dije nada.
—Eso nos puede traer muchos más problemas. Lo sabes, ¿cierto?
—Si, lo sé. Pero aún así no quiero involucrarlos. Quiero terminar con esto por mi propia cuenta —asumió con determinación.
—Tú sabrás. Oh, y por cierto… dame tus patas —pidió el zorro, y la coneja dudó un momento antes de acatar. Se sorprendió cuando, al verse las suyas envueltas por las del zorro mayor, el mismo recorrió con la punta de sus dedos la clara linea que delimitaba su brazo original de la prótesis que había creado—. No es difícil notar que son meros reemplazos sintéticos, que ni siquiera colocaste bien. Te estaba doliendo, ¿no es así? —cuestionó, y la coneja asintió con cierto nerviosismo.
En aquel instante, las enredaderas surgieron de las patas del zorro, envolviendo las de la coneja restaurándolas al estado que tenían un día atrás. No restauró las zanahorias, claro, sino las patas originales que la coneja había perdido en su batalla con Cheezi, algo que podía notar cuando ubicó en su derecha la cicatriz que la punta de flecha había dejado ya diez años atrás.
—Gracias —dijo Judy con calidez al contemplar sus nuevos miembros. El dolor había desaparecido por completo.
—Y tú… —esta vez se volteó hacia Clarice, aún con cierta duda—. Siento lo que dije hace rato… se me fue la pata, y no debería haberte agredido así —dijo sin mirarle a los ojos, pero para la pudú fue más que suficiente. Una disculpa era más de lo que esperaba por parte de aquel mamífero, después de todo—. Si quieres que te de una pata con esas dos costillas rotas, este es el momento —dijo él, sorprendiendo a la agente, sorpresa que el zorro notó al instante—. Soy bueno para notar si algo anda mal con el cuerpo de alguien.
—De acuerdo... no me vendría mal algo de ayuda —aceptó con seriedad.
El zorro se aproximó a ella con una mirada irritada que la pudú correspondió con una mirada gélida como el hielo, un intercambio que tanto Nicholas como Judy contemplaron con cierto pavor cuando Finnick levantó su pata derecha en su dirección para exponer su enredadera, la cual se abrió paso en el cuerpo de la pudú desde su vientre, produciéndole poco más que una extraña sensación de molestia mientras aquella planta rodeaba el hueso roto, uniéndolo y restaurándolo. Para cuando la enredadera se retiró a su punto de origen, la abertura en el abdomen de la pudú había desaparecido por completo.
—Con eso será suficiente —dijo el zorro fénec, mientras que la cierva tanteaba la zona tratada con sus patas. No había rastro alguno de aquella lesión, ni rastro alguno del dolor—. Y Nick… ten cuidado. Si ves que la situación te supera, no te quedes a pelear. No voy a quedarme tranquilo después de ver lo que te hicieron esta noche —dijo con verdadera preocupación al zorro que una vez crió como si fuera su propio hijo.
—Haré lo que pueda —respondió algo apenado, rascándose la oreja.
—Viejo… vendré a verte apenas consiga el colgante. Espérame hasta entonces, ¿de acuerdo? —se dirigió al oso, solo para encontrarse con el hecho de que hace rato se había dormido. Aquella charla no había resultado tan interesante para el somnoliento anciano—. Maldición… bueno, no va a moverse de ahí. Cuídenlo mientras estoy fuera, ¿quieren? —dijo al partir, cerrando la puerta principal detrás de si con una fuerza considerable. Ahora, el silencio de aquella habitación solo era roto por los fuertes ronquidos del oso polar en silla de ruedas.
—Que sujeto más agradable —dijo Clarice a Nicholas, sonriéndole.
—Cierra el pico —rió el zorro—. De acuerdo, entonces a lo nuestro… lo primero que tenemos que hacer ahora es dividirnos —explicó rápido—. Clarice, tú y Judy se encargarán de ir a la comisaría y de informar a Bogo de todo lo que ocurrió, y seguirán sus instrucciones desde ese punto.
—Creí que no estaban seguros con respecto de confiar en sus compañeros de S-paw-agon ahora mismo —apuntó Judy.
—Así es, pero Bogo es una gran excepción. Créeme, si en alguien podemos confiar dentro de la fundación ahora mismo, es en él —aseguró Clarice.
—Por mi parte me encargaré de revisar la estación Tujunga, usando mi habilidad con los transeúntes para buscar cualquier cosa extraña que hayan podido ver —continuó Nicholas.
—Suena a que tenemos un plan —dijo Judy, sonriendo confiada.
—Así es, así que por favor… tratemos de que todo esto funcione, y tratemos de salir con vida de esta maldita misión. ¿Están de acuerdo? —inquirió a las hembras, exponiendo su pata sobre la mesa de café, con la palma hacia abajo. Aquello le robó una sonrisa a la pudú, mientras que Judy colocó la suya sobre la de Nicholas al instante.
—Creo que nunca estuve más de acuerdo en mi vida —añadió Clarice, antes de poner su pata sobre la de Judy, completando el triángulo.
—Me alegra oír eso —respondió Nicholas. Ahora estaban listos, listos para enfrentar lo que probablemente sería la misión más importante de sus vidas, y no tenían pensado fracasar.
—¡En mar…! —iban a gritar al unisono, pero...
—¡…cha! —completó el oso asustado al sobresaltarse, mirando a los presentes a su alrededor—. Oh, lo siento chicos. Creo que tuve una pesadilla —dijo al reír frente a los descolocados mamíferos, buscando con la mirada a su alrededor—. ¿Y Finnick?
—Salió a… hacer un recado. En un par de horas estará de regreso —confirmó Nicholas.
—Oh, que bueno, espero que no olvide traerme el té de arándanos que le dije ayer —dijo al inclinarse sobre la mesa, tomando la tetera ya fría en sus patas. Después de todo, el agua caliente no duraba mucho en un entorno como aquel—. Oigan, iré a preparar un poco más de té. ¿Gustan?
—Uh… seguro, ¿por qué no? —aceptó Judy, mientras que Nicholas y Clarice negaron con la cabeza.
—Perfecto, estará listo en un momento —dijo alegre, antes de encaminar hacia la cocina, perdiéndose al cruzar el umbral.
—¿Creen que debamos dejarlo solo? —cuestionó la coneja.
—Arttu estará bien —respondió Nicholas—. Mientras no se quede dormido con la estufa encendida frente a él, no creo que haya nada de qué preocuparse… y, de hecho, creo que iré a vigilarlo hasta que termine —reconsideró al incorporarse.
—Buena idea —aceptó Clarice, cuando el extraño sonido de un golpe contra el suelo provino de la cocina, seguido de un dolido quejido. Aquello no podía ser otra cosa; el oso se había caído, y Nicholas no dudó en correr en su auxilio, siendo seguido por sus dos compañeras.
—¡Arttu! ¡Arttu! ¿Estás…? —llegó al umbral para detenerse de manera brusca, contemplando por un breve instante el escenario frente a él.
El viejo oso polar había sido derribado, arrancado de su silla, y ahora yacía en el suelo con una extraña figura sobre él, que mantenía algo presionado contra el cuello de aquel viejo indefenso. Aquella figura, de un animal del tamaño de Judy Hopps, estaba vestida de negro, con un traje y capucha que impedía deducir la especie a la que pertenecía, pero Nicholas no se quedó a pensar en eso por mucho más tiempo, pues el amigo más cercano de Finnick ahora corría peligro.
—¡Foxy Lady! —gritó con furia al llamar a su Stand, exponiendo su forma completa para atacarle con un puñetazo en el que cargaba con todas sus fuerzas, puñetazo que aquella figura esquivo con una velocidad sobreanimal.
"Vio el puño de Foxy Lady… no hay duda, ¡se trata de un Usuario!" —pensó rápidamente al aterrizar, volteándose al instante para lanzar un nuevo puñetazo, apenas alcanzando a rozar la capucha del intruso cuando el mismo se retiró hacia atrás, saltando por la ventana abierta hacia una caída de cinco pisos de altura.
—¡Vuelve aquí! —gritó al seguirle, deteniéndose en el marco de la ventana. En el exterior no había pista de aquel intruso, ni en el callejón al que daba aquella ventana, ni en las paredes, ni en los tejados cercanos. Se había esfumado en el aire—. ¡Maldición! —gritó con frustración al golpear contra el marco de la ventana, mientras que Judy se acercaba al oso a toda velocidad, empleando la fuerza de The Bunnyman para extraer el objeto que Arttu tenía incrustado profundamente en su cuello, y que cayó al suelo justo después.
—¡Señor Arttu! —le llamó, y el oso la miró con el terror marcado en sus ojos, incapaz de pronunciar más que sonidos ininteligibles—. Oh, santo cielo… resista. ¡Por favor, resista! —suplicó al buscar en su bolso una media zanahoria que clavó en el área afectada al instante, empleando su poder en un intento por regenerar el cuello del viejo, aunque nunca había intentado algo así. Y por supuesto, la sangre saliendo a borbotones de aquella herida no facilitaba el proceso.
—Arttu… Arttu, maldición. ¡Háblame! —suplicó el zorro al arrodillarse frente a él, mientras que Clarice tomaba en sus patas el objeto que Judy había retirado. Tenía la forma de una estaca de punta hueca, y una abertura superior en la que cabía un objeto cilíndrico que ya no se encontraba allí. Nicholas notó esto por el rabillo del ojo, antes de dirigirse a Clarice—. ¿Qué demonios…?
—Lo que sea que tenía dentro, ya no está —dijo la pudú al soltarlo, cuando el oso extendió sus patas mientras intentaba dar grandes bocanadas de aire, sin éxito.
—¡Arttu! Arttu, ¿qué ocurre? —se acercó el zorro, y el oso le tomó por los hombros con fuerza, con el horror marcado en el rostro.
—Es… tá… os… cu… ro… —alcanzó a decir el anciano con sus últimas fuerzas.
Y de pronto, su cuerpo cedió por completo al tiempo que el sangrado del oso se detenía de manera abrupta, solo para que justo después del la misma herida comenzara a salir un líquido espeso y negro con mucha más fuerza, creando un charco en el suelo que cubrió la sangre en el suelo con gran rapidez, misma rapidez con la que el líquido hundió las patas de los tres presentes.
—¡¿Qué es esto?! —gritó el zorro con terror, intentando avanzar y cayendo de cara al suelo, su rostro hundiéndose en aquel líquido negro mientras contemplaba el rostro lleno de horror que había quedado marcado en el oso al momento de su muerte—. No, esto... ¡tiene que ser una ilusión, obra de un Stand enemigo! —gritó el zorro, sin creer lo que sus ojos le mostraban.
—¡Hopps, cuidado! —gritó Clarice al tomar su pata con ambas suyas, empleando toda la fuerza que fue capaz de usar para arrancarla del suelo, lanzándola contra la pared al tiempo que eliminaba por completo todas sus posibilidades de escapar. El líquido negro ya había alcanzado su pecho, y no se detenía—. ¡Ve con Bogo, dile lo que sucedió! ¡ Y no dejes que te atrap...! —no alcanzó a completar la oración cuando su boca quedo cubierta y, segundos después, el resto de su cuerpo, al igual que el del zorro.
Judy Hopps se quedó allí, incapaz de creer que frente a ella yaciera muerto el viejo oso que minutos atrás rebosaba de alegría, y que en un instante sus compañeros hubieran sido atrapados por el enemigo. Nada de eso parecía real.
—¿Qué… qué acaba de ocurrir…? —musitó aterrada, con la luz del sol asomando en el horizonte a través de la ventana abierta. No era difícil para ella aceptar que lo que estaba ocurriendo en aquel preciso momento no era más que una cruel pesadilla.
