Capítulo 14

Luego de la fiesta luego de la cena, todos se fueron a sus dormitorios, bueno por lo menos Glawareth se fue al suyo.

Se cambió y se puso un camisón color rosa claro.

Se sacó la tiara y se sentó en la cama. Se acomodó y agarro los libros que había pedido prestados de la biblioteca, de la mesita de noche que tenía a un lado.

Uno de los libros se trataba de formas de curar cicatrices elficas.

El problema era que los elfos no sufrían muchas cicatrices.

Entonces no había una forma efectiva en la que Glawareth tuviera mucha confianza.

Dejo ese libro al costado, pues ya no se sentía mal con su nueva cicatriz, en cambio, le gustaba, y mucho, no la pensaba ocultar.

Ella estaba muy orgullosa y segura de sí misma.

Se levantó y se fue hacia el espejo.

Se miró de cerca y poso sus dedos en la cicatriz, mientras la miraba.

Esta iba desde el pómulo derecho y desaparecía donde empezaba la mandíbula.

Le gustaba pensar que dio muerte al culpable de la misma y se sintió mucho mejor que antes.

Mientras se tocaba la mejilla sin querer uno de sus dedos rozo el labio inferior y se acordó de algo, se acodo de otros labios que apretaban pasionalmente los suyos.

Dejo inmediatamente de pensar en eso y negó con la cabeza mientras mantenía a raya un tremendo escalofrió.

Se dijo a sí misma, que todo se olvidaría, que dentro de poco, ya no sentiría nada.

Se volvió a sentar suavemente en su cama y pensó en cosas más felices. Agarro otro libro sobre su hogar de nacimiento: Lorien.

Amaba el bosque dorado. Pero más amaba Imladris. Era su hogar elegido y si podía, nunca se iba a ir de allí.

Se acostó cómodamente sobre las almohadas y siguió leyendo hasta que sus ojos se quedaron vidriosos y el libro se le callo de las manos hacia el pecho.

Su mente estaba en blanco y no soñó nada esa noche.

Yo estaba sentada en el balcón que daba a una de las muchas entradas al valle.

Estaba leyendo lo que me quedaba del libro que había empezado a leer ayer por la noche. Tocaba distraída unas hojas que habían caído en mi falda desde las enredaderas que había en una columna que estaba cerca de mí.

Sentí el ruido de galope de caballos y deje de leer al instante.

Ayer a la tarde mi tía Galadriel me había contado que hoy venia una persona muy especial y que aunque ya la conocía, era una visita de gran magnitud.

Me acerque a la baranda, en el borde del balcón y mire hacia abajo.

Yo estaba vestida con un vestido blanco y mi diadema de plata con pequeñas flores.

Mientras el viento movía las faldas de mi vestido, el ruido de los caballos se acercó cada vez más, estaba nerviosa y ansiosa.

Cuando quise acordar, sentí una presencia cerca de mí.

La puerta del balcón se abrió dejando paso a Galadriel que me miraba con una sonrisa cómplice.

Se acercó a mí a esperar y me agarro una de mis manos.

Sonó un cuerno elfico a la distancia y preste más y más atención.

Rápidamente los caballos cabalgaron a través del angosto puente y entraron en la ciudadela.

A la cabeza iba Elrond, con una armadura dorada y el pelo suelto coronado por una tiara de plata.

Atrás venia Glorfindel, su pelo rubio y lacio brillaba con los rayos del sol.

Llevaba una túnica color azul piedra y unas leggins grises.

Su caballo era blanco y era muy elegante, hermoso, fuerte.

Detrás de ellos puede ver una figura muy especial:

Tenía barba gris e iba vestido del mismo color, y también un cómico sombrero puntiagudo.

Al minuto que lo vi, salí del balcón, y empecé a bajar las escaleras que terminaban en dos estatuas de elfos, muy altas e orgullosas. Atrás venia mi tía, siguiendo mis pasos y sonriendo al ver mi ansiedad y alegría.

Apenas baje la escalera, los demás ya estaban bajando de sus respectivos caballos.

Yo me acerque a El Peregrino Gris.

Caminé hasta situarme muy cerca de él, para mirarlo.

Nada había cambiado en él.

Sus ojos eran del mismo tono celeste.

Tenía todavía esa mirada amable, y cariñosa.

Me sonrió y yo le devolví la sonrisa. Me puso una de sus manos en mi hombro.

-Tú debes ser Glawareth. Se detuvo un momento evaluándome.

Su sonrisa se hizo más grande.

-Déjame presentarme: Soy Olórin. A tu servicio. Dijo, haciendo una reverencia

-Igualmente, esto es una gran sorpresa. Usted dijo que nos volveríamos a ver, pero no pensé que fuera tan pronto. Le guiñe el ojo al decir esto.

Él se rio, su risa sonaba muy bien. Lo quise al instante. Me di cuenta que seriamos grandes amigos y compañeros en travesuras e aventuras.

-Oh querida Glawareth, es un verdadero gusto conocerte al fin.

Mi tía se acercó y se paró al costado de donde estaba yo y le hablo al peregrino gris.

-Olórin, esta es mi sobrina, parece que ya se conocen muy bien.

Y nos miró con la ceja levantada, ella ya sabía esto, lo dijo de broma y yo me reí por lo bajo.

-Bueno, no quiero ser mal educado- Dijo el anciano- pero tengo un poco de hambre, estoy muy ansioso por probar bocado.

Asentimos y mi tía hizo señas para que la siguiéramos. Elrond, Olórin y yo la seguimos.

Fuimos hacia el salón comedor y todos nos sentamos cómodamente. Trajeron comida, la suficiente para alimentar a un pueblo chico por una semana.

El anciano se sentó grácilmente, pero esto ya no me impresionaba, estaba acostumbrada a su joven desenvolvimiento.

Luego empezó a servirse comida, comió de todo un poco y mientras lo hacía, nos lanzaba sonrisas o se reía por alguna cosa sin mucho sentido o decía algunas frases graciosas que me hacían reír.

Galadriel y Elrond estaban muy felices, este nuevo amigo era lo que Glawareth necesitaba para hacerla olvidar de todos los pesares que la rodeaban. Los veían conversar animadamente mientras los dos comían de todo un poco.

Era una visión muy alentadora.

-Así que Mithrandir, ¿Qué piensas hacer después de estar aquí por unos días? Le pregunte yo. Ya éramos amigos y le hable directamente y como me había olvidado del nombre que me había comunicado anteriormente, le cree uno.

Todos en la mesa me quedaron mirando con la boca abierta. Hasta El susodicho.

El anciano luego de un rato se rio un poco y asintió.

-Me gusta ese nombre. No puedo ir por la tierra media diciendo mi verdadero nombre. Mithrandir será mi nombre entre los elfos.

Elrond también pareció de acuerdo.

-Sí, me parece muy buena idea.

Y desde ese día, Todos los elfos en la tierra media le llamaron con ese nombre.

-Pienso viajar por toda la tierra media. Ir a todos los pueblos a los que sea capaz y aprender de todas las criaturas que vivan en ellas.

Una idea iluminó la mente de Elrond y compartió una mirada secreta con Galadriel.

-Tal vez quieras unirte a él, Glawareth, si los dos quieren, claramente.

Mithrandir y Glawareth se miraron por unos segundos.

Yo quería ir a una aventura, pero en si recién empezaba a conocer al anciano, aunque no había duda de que era de confianza.

Después de un minuto pregunte.

-¿Tía, tú me necesitas para algo? ¿Y tú Elrond?

No sabía que pasaría con mi puesto en la guardia, yo todavía estaba de licencia por unos cuantos días, pero esta aventura podría tardar años enteros, vaya uno a saber.

-No habría ningún problema, querida. Dijo Galadriel agarrándome una de mis manos, que estaba apoyada en la mesa.

Elrond igualo su respuesta y por último, le tocó el turno al invitado. Al cual ya lo querían unir a una elfa con heridas recientes de guerra y no todas de la piel.

Pareció pensarlo por unos segundos, y al final decidió.

-Tampoco veo ningún problema, es una muchacha que se sabe valer por sí misma y puede cuidar de este viejo.

Y lanzo un guiño. Yo me reí. Aunque tuve miedo, ¿El sabia pelear contra enemigos?

Le pregunte si sabía protegerse y que armas sabría usar, me dijo que sabía pelear con la espada y que tenía su bastón que era poderoso y que no me preocupara.

Me volvió el alma al cuerpo, me tranquilicé y volví a sonreír.

Por ultimo hablamos del anillo, el anillo de fuego.

-Ya lo sé usar, pero a veces no me doy cuenta que lo tengo puesto.

Dijo en tono de broma. Yo le entendí, pues a mí me pasaba exactamente igual.

-Si, a mí me pasaba lo mismo. Es cuestión de acostumbrarse.

Asintió gravemente y me miro a los ojos.

-Me había olvidado que eras mi compañera del anillo, un gusto, un gusto.

Siguió murmurando para sí mismo unas cosas más mientras masticaba una hoja de albaca.

Yo junte las cejas, el anciano era muy raro a veces.

Quedo decidido que en unos cuantos días, cuando estuviera todo preparado nos iríamos de aventuras por la tierra media.

Me quede muy entusiasmada y feliz. Pronto sabría que mis temores y tristezas se irían y que fomentaría una gran amistad, que duraría hasta siempre jamás.