14.- El limbo
Ninguno de los personajes me pertenece, todods son propiedad de J. K. Rowling, junto con el contexto de los libros y películas de HP. Sólo la idea de éste fic en específico es mía.
El juicio sería llevado a cabo en cuanto Snape pudiera hablar con claridad, a pesar de todo el secretario no había resultado ser uno de los corruptos funcionarios del ministerio, de hecho había sido elegido como ministro provisional mientras se resolvían los problemas internos y un nuevo ministro permanente era seleccionado.
El ministerio envió una disculpa por escrito y prestó una nueva casa de arraigo mucho más aceptable que la anterior, en una ubicación dentro de la comunidad mágica, aunque Severus tenía aún prohibido el uso de su varita o de magia alguna.
Los Weasley, McGonagall y Hagrid se habían reunido para decidir quién estaría con Snape el resto del arraigo.
Harry se ofreció para acompañar al oclumante en su nuevo periodo de estadía en el arraigo. Hermione no estaba en las mejores condiciones y ya había sufrido suficiente. Todos estuvieron de acuerdo, a excepción de Granger. El mismo Snape se notaba insatisfecho con la elección.
-Harry lo más difícil ya pasó no tienes que relevarme, el profesor y yo apenas nos acostumbramos a compartir espacio y ahora vas a incomodarlo de nuevo sin una buena razón. Una visita al medimago y mi brazo estará perfectamente.
Los presentes se miraban entre sí, carraspeando y moviendo los ojos de manera expresiva, hablándose sin emplear sonidos. Harry dudaba.
-¿Tú qué opinas Severus?- Inquirió Arthur, el primero que había tenido la decencia de notar que el hombre estaba allí también.
-Potter no, ni Weasley.- Sentenció con las menos palabras posibles evitando el tartamudeo frente a tantas personas.
Hermione veía a sus amigos con aire triunfante, los dos rodaron los ojos.
-¿A quién preferirías entonces?
Supongo que Granger es la única opción que se acerca a lo decente
Molly parecía inquieta, McGonagall por su parte consintió de inmediato.
Hermione medio sonreía cuando entre nerviosismo y titubeos la nombraron la acompañante oficial.
La nueva casa era bonita, su cuarto tenía una buena cama un buró y un closet. Todo parecía más sencillo, estaban bien proveidos de comida y su brazo había mejorado tanto después de las sanaciones que ya no necesitaba usar más el cabestrillo.
Había un cuadro en su cuarto, de un jarrón con flores amarillas.
Alguien tocó a la puerta, era Snape. Le dejó en las manos varias cartas que según él había llevado Orestes la lechuza del ministerio. Le habían escrito Harry, Ron Y Ginny. La de Ron era muy corta pero alegre, Harry y Ginny escríbían el uno del otro y así Hermione tenía un relato doble acerca de sus citas, se sonreía pensando que era extraño que Harry nunca le hubiera dicho a Ginny lo mucho que le gustaba su nuevo corte de pelo, mientras que ella en su carta parecía preocupada porque tal vez se veía fea con su nuevo peinado.
Se preguntó si en todas las pareas era así, si estaban añorándose desesperadamente y se detenían por miedo a hablar y se quedaban siempre así con un montón de preguntas e inseguridades que podrían haber sido resueltas.
Qué triste la figura de Snape contrastada contra el cielo blanco asomado por la ventana, sus caminatas lentas hacia ninguna parte, su sombra meditabunda y sus tiempos largos sentado en un sillón, con los ojos puestos en la mesita de centro, sin separar los labios y sin siquiera mirarla a ella.
Le preparaba de comer, trataba de conseguir una plática un poco extensa con él, pero nada de eso parecía acercarlo. Se llenaba de miedo cuando tenía qué salir al mercado y dejarlo sólo, siempre caminaba tras ella el presentimiento imborrable y nítido de que al regresar podría encontrar algo terrible, un silencio eterno metido en la casa.
Y cuando lo observaba quieto durante horas, leyendo la misma página de un libro, la misma siempre, el miedo aumentaba. Ella se iba a la cocina un rato y después volvía a revisar si la página había cambiado, pero no, reconocía los mismos espacios y su vista llegaba arrastrándose hasta la de Snape, que estaba fija en la pared y vacía.
Soñaba con esa página, soñaba que intentaba leerla y que se daba cuenta de que no decía nada, que las letras eran símbolos desconocidos.
Tan desconocidos como los pensamientos que pasaban tras los ojos del brujo.
Acababa de llegarle el correo, puso las cartas en la barra de la cocina, mientras le servía un potaje a su ex maestro, que estaba como siempre mirando hacia a otra parte, con los brazos cruzados encima de la mesa, sin prestar atención a nada de lo que Hermione hacía.
-¿De qué trata su libro profesor Snape?
-Pociones.-Su respuesta fue cortante, por el tono se podía percibir una clara advertencia.
-Me pareció que era de runas.
La cara del hombre pasó de una impasibilidad somnolienta a un súbito fastidio.
¿Por qué no te dedicas a leer tus cuentos infantiles o a contestar a las cartas insulsas de Weasley en vez de fastidiarme a mí?
Granger puso el plato enfrente de él con un aura de madre o de mujer de casa.
-Porque usted es más importante que eso, es la razón por la que estoy aquí y me preocupa verlo en este estado.
¿Te preocupa mi desinterés por las runas?
-Me preocupa su desinterés por todo. Si hay algo que pueda hacer por usted pídamelo por favor.
El hombre no dijo nada y se llevó la cuchara de sopa a la boca, cuidando con meticuloso esmero no cruzar sus ojos con los de Hermione que se sentaba frente a él y empezaba a comer.
Después del ataque de los mortífagos cualquier duda que hubiera tenido sobre Snape había sido erradicada. No lograba hallar la razón de su lealtad incondicional hacia Dumbledore sin embargo estaba convencida de que había una y de que el hombre nunca los habría traicionado.
Aunque en un principio se sintió halagada por haber sido elegida como su acompañante en el arraigo ese orgullo se fue gastando con el pasar de los días y terminó siendo reemplazado por su angustia creciente ante la apatía absoluta de Prince.
Se sentó cerca de él intencionalmente, escudada por su libro de cuentos. Lo abrió con discreción, Snape puso los ojos en la página de runas sin esforzarse mucho por hacer creible su fachada de estar leyendo.
Granger se torcía un mechón de pelo con el dedo, mientras leía su dichoso libro. Se fijó por primera vez en los dibujos, una princesa acariciaba el hocico de un monstruo enorme y peludo.
-¿Qué es lo que lees?
Hermione giró su cabeza rápidamente, como si hubiera escuchado un ruido que le resultara torpeza le extendió el libro para que pudiera verlo bien mientras le contestaba solícita. Parecía no estar dispuesta a perder la oportunidad de hablarle, él se arrepintió de haber preguntado.
-Esta es la bestia y esta la bella. Es un cuento clásico que se basa en la enseñanza de que el físico es engañoso y se puede querer a alguien sea cual sea su apariencia.
Entró en cuenta de que estaba invadiendo el espacio personal del hombre y de que éste se había esquinado,alejándose de ella, mirándola con la ceja alzada.
-Perdón.- Se retiró prudentemente con un sonrojo leve. Harry y Ron estaban acostumbrados a sus arranques cuando exponía un tema que le resultaba interesante, pero los demás no, sobre todo no Snape.
¿Ahora además de los elfos también lucharás por los derechos de los feos?
Hermione frunció el ceño, ahora estaba burlándose de ella, era de esperarse.
-La mayoría de las personas no somos guapas profesor Snape, la belleza está sobrevalorada.
El hombre parpadeó con aburrimiento, en realidad no le interesaba debatir sobre ese tema.
Hay muchas cosas sobre e infravaloradas Granger y no se hace protesta por ello, no vas a cambiar al mundo sola
Hermione volvío a sentarse en el piso, observando como Snape se masajeaba el puente de la nariz.
-Tiene razón, pero debo intentarlo de todas maneras.
El hombre la miró significativamente, realmente la miró, no fue uno de sus vistazos rápidos y desdeñosos. Ella se removió inquieta desde su sitio en la alfombra. Pocas personas tenían ojos quemantes como los de él, la hacían sentir vulnerable.
-¿Qué le gustaría cenar?- Preguntó, tratando de escabullirse del diálogo que ella misma había iniciado. Al menos le quedaba la satisfacción de haber podido arrancarlo de su silencio por unos momentos.
Aunque se había resistido su idea original sobre Granger se había distorsionado considerablemente. Cuando le habían propuesto cambiarla por Potter cayó en la cuenta de ello, aborrecía al mocoso petulante, Granger le resultaba infinitamente más agradable que él.
La había creído engreída e hipócrita durante muchos años, le había dado clases, la había visto a diario y sin embargo hasta ése momento llegaba a enterarse de su verdadero carácter. Era una bocazas innegablemente, pero su actitud de sabelotodo había cambiado con el paso del tiempo. Su valentía no era una mentira, era parte de ella, la tenía arraigada, eso tenía qué reconocérselo. Y aunque al inicio de su encierro juntos había interpretado su amabilidad cómo una aprendida y falsa actitud Gryffindor tuvo que aceptarla como genuina después de que ella se quedó con él a pesar del peligro. Granger realmente tenía buenas intenciones, era amable por naturaleza y era piadosa. Y una terca incurable sobre todo.
Suponía que él no le resultaba muy nefasto a la muchacha, ya que intentaba cazarlo para exprimirle una charla forzada y corta. Se le acercaba con algo de naturalidad aunque nunca llegaba a tocarlo. Y le sonreía una sonrisa pequeña y tímida, no demasiado entusiasta, como si temiera molestarlo por ser feliz en su presencia. Algo de razón llevaba en eso.
Se encontraron un día casi por casualidad, juntos en la sala, las cortinas estaban corridas y desde fuera llegaban lor rumores de una fiesta, las luces animadas y la música se insinuaba en el soplar del aire, dibujada finamente, colándose a hebras en su silencio cotidiano.
Granger cerró su libro, su fiel acompañante y se puso a mirar por la ventana y a tratar de atrapar los velos de melodías que flotaban en la noche.
Snape había estado vagando débilmente y la observaba de reojo a momentos. Veía lo atenta que se hallaba , cómo sus ojos se habían abierto hasta la enormidad y el color del trigo fulguraba en ellos. Meneaba la cabeza castaña acompañando el ir y venir del sonido, aceptando su murmullo viajante.
Enmarcada por el ventanal la gente del otro lado trazaba sus círculos de balls, sus elípticos ritmos y ondear de faldas. Casi todos eran personas adultas, se tomaban de las manos y se reían como novios de muchos años. Hermione no sabía qué clase de reunión podía ser, pero guardaba en sus ojos las sonrisas y el asentimiento cariñoso y maduro que muchos de ellos prodigaban en su baile de carrusel, de notas de piano abiertas y claras, de pies acompasados y leves.
Granger no se movía, pero la música le rozaba como una brisa lejana, como una luz encendida desde otra habitación. Snape descubrió con un sobresalto que a veces Granger tenía sus ratos de hermosura, que su mirada atenta y deplegada era un espacio de espera, de recibimiento, de una atmósfera libre y dispuesta.
Ella giró la cabeza, como si al mirarla la hubiera tocado.
-¿Hace cuánto que no baila profesor Snape?
En realidad nunca había bailado, pero no lo diría.
No suelo malgastar mi tiempo con esta clase de cosas, supuse que era obvio
-Lo es, buscaba una manera sutil de pedirle que bailara conmigo, sólo una canción.
Acababa de descubrir que en ocasiones de una manera muy implícita Granger era bella, fugazmente, a penas unos instantes, cuando miraba fijamente hacia la otredad, cuando parecía estar sola, cuando era absorvida por su mundo interno, cuando un pedazo de él destellaba en la superficie de sus retinas.
Él era increíblemente intuitivo para algunas cosas, sabía la imagen que ofrecía su cuerpo desgarbado al intentar seguir un ritmo y no pretendía mostrar ese vaiven descoordinado y lastimoso a la recién descubierta Granger, antes prefería espantarla con sus palabras que con su miserable intento de balls.
-Una canción, incluso si no sabemos bailar puede animarnos mucho, se lo digo por experiencia, Harry y yo bailamos en una casa de campaña.
No sé qué le hace pensar qué Potter y yo somos iguales
Hermione no insistió demasiado, había empezado la lucha sabiendo que perdería. Pero ella necesitaba ese baile, necesitaba agitar el viento rancio del encierro y revivir en sus piernas ese mismo movimiento impreciso y fluido que Harry le había enseñado. Se deslizó de un pie a otro, apenas cambiando su lugar en el cuarto y se deslizó de nuevo, varias veces, subiéndose en el armónico desfile de vestidos y caras maquilladas del baile, rompiendo imaginariamente su barrera de ventana a ventana.
En solitario Granger había emprendido una protesta, empezando una especie de balls para uno, sin levantar los brazos, únicamente usando las piernas, Gryffindor era un sinónimo de terquedad.
Descabelladamente incitado por la tontería de Granger dio un paso abrupto hacia adelante, levantando la mano, para enredarse en el baile ya iniciado que lo esperaba. La muchacha lo miró de repente, sorprendida. Snape de pronto se había puesto rígido como una tabla y había bajado el brazo azotando el viento, la observaba muy erguido con la barbilla en alto, como desafiándola a que se atreviera a burlarse.
Creyó que la joven lo miraría mal, que se esforzaría por aparentar que no le causaba risa el verlo fracasando incluso antes de haber comenzado el balls. Él siempre se había movido como una araña, no tenía gracia ni tino para esos asuntos de la cadencia y el compás. Había esperado un vistazo de extrañeza y burla venido de ella, pero Granger observaba su mano tiesa esperando todavía que llegara hasta la suya, pero no pasó Snape le dio la espalda y se fue procurando calmar la ira hacia sí mismo.
Hubiera querido algo más que ése fácil resignarse y empezar a bailar sola. La muy imbécil de Granger, inventándose un exclusivo deleite sinfónico, tejiéndose alrededor una melodía suave, dejándolo fuera, como una mancha fea que desentonaba con ella y su bonita manera de hacer poesía viva.
La muy imbécil no había podido adivinar que desesperadamente deseaba que no se rindieran con él, que por una vez deseaba que batallaran, que lo empujaran fuera de su cárcel de culpa.
Tan tonta y tan ciega y tan estúpidamente Gryffindor. Lo había intentado sí, pero con que lazo tan débil y endeble.
¡Quería estar contento como los idiotas de junto!
Pero era Snape y Snape no bailaba, los mortífagos no bailan, ni los espías.
Su resentimiento hacia Granger se hacía cada vez más grande. Era un miserable y ella aparecía hablándole con la voz tenue, como si fuera a herirlo si lo hiciera de otra manera, como si fuera muy frágil y se rompiera con un soplo de viento. Entonces venía el ahogo de sentir que realmente se quebraría, que la mordida en la garganta se iba a abrir y abrir hasta dejarlo por la mitad. Y era por causa de Granger y su amabilidad ineccesaria y estorbosa con la que nadie más lo trataba.
Era eso, ella era amable y él se iba haciendo pequeño por su culpa, por esa suavidad que no podía tomar y que le hacía las cosas más difíciles. No era capaz de aceptar las sonrisas ni los ojos comprensivos, se le resbalaban en las manos, le recordaban a la nevada de ceniza de la calle de la hilandera, le recordaban a los gritos de sus padres, a la violencia que palpitaba en Tobías. Él era Severus Snape y la sutileza no era su terreno natural. La odiaba y la añoraba por igual medida.
La amabilidad de Granger le dolía por que no podía llegar hasta él, por que no lograba abrigarlo.
Y la odiaba más por sus dádivas insuficientes y frustrantes. Y sin embargo al día siguiente se veía buscando alguna de sus gracias, para después aplastarla con un sarcasmo o una mueca grosera. Y Granger se encogía sin saber qué más hacer.
La idiota sabelotodo no conocía el camino hasta él.
La idiota sabelotodo a la que esperaba con una impaciencia hambrienta. La única compañía con la que contaba, lo único a lo que podía aferrarse.
No tenía ya ningún motivo ni sentido su existencia prolongada, tenía que hallarlo, Granger tenía que encontrarlo por él, por que no era capaz de hacerlo por sí mismo, por que cada día al abrir era golpeado por la certeza de que sería mejor no estar vivo.
Se levantaba a experimentar unas horas más, para ver si llegaba, si ella le mostraba algo que le alimentara la voluntad.
A veces pensar en matarse lo calmaba, se decía que tenía completa libertad en esa decisión, que podía ser inmediato u lento y progresivo. Pensaba en la poción que se bebería y en su mano colgando fuera de la cama, muy blanca. En la yerba fulminante que le cocería las neuronas, que exterminaría en un exhalar todo pensamiento, toda sensación. Era casi placentero planear los detalles, así paleaba la angustia. Didiéndose que no tenía que aguantar si no quería, que esta vez todo estaba en su mano.
Nadie lo forzaría a nada, esta vez. Por que en realidad ya no importaba lo que hiciera con su vida o con su muerte.
Snape estaba sentado en el sillón con las luces apagadas y el libro de runas abierto sobre sus piernas pero su mente estaba muy lejos de allí, ella podía verlo en su mirada vacía, cubierta de nubes y de humo, como si algún recuerdo se sucediera en su cabeza una y otra vez. No hubiera querido saber qué recuerdo sería, tenía el presentimiento de que se trataba de uno nada agradable. El pocionista parecía siempre estar pensando en algo, en muchas cosas a la vez. Ya no veía lo que tenía frente a sí, sus ojos estaban estáticos en un pasado que se repetía como una película hasta el infinito. Hermione hubiera querido tocarle la cara, jalarle el pelo, hacer que la mirara a ella, que fuera consciente de su cuerpo sentado en el sillón y de que ella estaba a un lado suyo, de que ya no había peligro y nadie lo atacaría otra vez. Harry no lo permitiría, Hermione tampoco, si bien antes no había contado con nadie al menos ahora los tenía a ellos, incondicionalmente.
Granger se había propuesto sacarlo a flote con el mismo encono con el que Harry lo haría. Si la meta de esa cruzada era proteger a Snape y salvarlo del ministerio y de sus propios fantasmas lo lograrían juntos, los tres, como siempre lo habían estado.
Entró en la salita y encendió una luz.
-Nos llegó el correo profesor Snape.
Percibió cómo el hombre de luto giraba la cabeza hacia otra parte, como enajenado todavía. Ella acababa de sacarlo de una profunda reflexión.
-No importa.
-También le enviaron algo a usted, la señora Pomfrey le mandó varias pomadas para sus cicatrices.
Fue sacando los frascos del paquete y los dejó al lado de Snape, en la mesita junto al sillón.
-¿Qué le parece profesor Snape? Podemos probarlas ahora, si usted tiene la amabilidad de dejarme…-Pudo rozar su antebrazo durante unos segundos antes de que él lo retirara. No estaba mirándola.
-Déjeme tranquilo.
Hermione experimentó la sensación de un golpe en la boca del estómago, de humedad y vacio. Se apartó tragándose el rechazo como a una copa muy amarga. Al llegar al umbral de la puerta y mirar hacia atrás, sintió un pájaro removiéndose en su interior a causa de la silueta encorvada de Snape, del libro en sus piernas y su mirada lejana, tan triste, insalvable. Supo que él caía y caía. Tenía que llenar el momento con palabras, no era capaz de dejarlo así, a sus fuerzas ,que ya no le responderían.
-Quizás ahora no pueda verlo profesor Snape, quizás no pueda confiar en mí y no lo culpo, pero intente creerme, quiero ayudarlo, quiero que esté bien, incluso si no somos amigos, si no nos simpatizamos…No puedo imaginarme lo que usted está pasando pero déjeme ayudarle, apóyese en mí, estaré arriba por si usted me necesita, por si quiere hablar con alguien o sólo necesita un poco de compañía. Mi puerta estará abierta.
La figura de Granger oscurecida contra la luz, se alejó por el pasillo, sus pisadas aún sonaron, cada vez más tenues.
Snape no se movió durante mucho rato.
Necesito que me ayudes Harry, sé que hay algo que no me has dicho y debes contarme, no por mí, ya ni siquiera por el juicio, sino por él.
Duerme muy poco, siempre está sentado con un libro que sé que no lee. Está tan pálido y come sin apetito, cada vez deja más en el plato. Intento hablarle pero no me escucha. No me refiero a la forma grosera en la que normalmente nos ignoraba, ahora realmente no me escucha, creo que no puede.
No logro llegar a él. No sé qué hacer Harry, es como verlo ahogarse y no poder lanzarle una soga. Me necesita, necesita a cualquiera que pueda ayudarle, pero no sé qué hacer, me siento como una inútil.
Dime ¿qué hago?Lo que lo impulsó todo este tiempo ¿A dónde se ha ido? ¿Qué es lo que perdió?¿Qué le quitaron? Sé que perdió algo, puedo presentir que le falta una parte, que está escindido.
Por favor Harry, ayúdame, dame un consejo, tú sabes más acerca de él, dime qué puedo hacer ¿Cómo puedo ayudarle?
Te implora Hermione J. Granger
Quizás ahora no pueda verlo
No, en realidad no podía ver nada más allá de la penumbra de la salita y del limbo en el que estaba amarrado.
Alguna vez había oído que se puede vivir casi con cualquier cómo si se tiene un porqué. Por experiencia sabía que aquello era verdad y sin embargo ése porqué ya no existía para él.
No tenía realmente nada que lo retuviera, además de la costumbre de estar vivo. Sólo eso, la costumbre. En su nuevo mundo no existían Dumbledore, ni El señor tenebroso, ni las deudas con Lily.
Lily, quien finalmente se difuminaba. Casi no podía recordar su rostro, pasaba horas intentando reconstruirlo en su memoria, pero fracasaba y era como perderla de nuevo, como si una mano incorpórea fuera abriéndole los dedos y arrancándosela.
¿Qué le quedaba si no rememorarla a a ella? Nadie debía quitársela jamás, era suya, era suya. Y sin embargo ya no podía verla, intacta, caminando en su mente, no veía más su cara, ni su pelo. Y la desesperación hacia nudos en su garganta, su voz de por sí oxidada, se apretaba como un lazo.
Por si quiere hablar con alguien o sólo necesita un poco de compañía
No supo que estaba haciendo, simplemente cerró el libro y subió los escalones sin ser consciente de sí mismo. Intentando en el trayecto recuperar la imagen de Lily, con su mente estrellándose contra el olvido del tiempo, escarbando inútilmente entre otros cientos de caras. Era parecido al delirio, casi dolía.
No podía recordar a Lily, no podía llamarla.
Hermione alzó la cabeza de la almohada y distinguió al hombre en el umbral de su puerta, Snape llevaba la expresión de quien acaba de ser apuñalado.
Se puso de pie para encararlo, encontró sus ojos extraviados y enrojecidos, casi húmedos.
-¿Qué tiene? ¿Le duele algo, es la mordida?
Dijiste que podía venir, pero si has cambiado de opinión…
-No.-Dijo ella atropelladamente. –Siéntese.
Alisó la superficie de la cama, en un gesto innecesario de hospitalidad.
-Venga, siéntese.- El hombre llegó hasta el borde del colchón y se sentó, llevándose la mano largo hasta la sien, evidenciando el dolor que le venía desde allí. Hermione no supo a dónde ir, si sentarse en el piso o a su lado en la cama. No adivinaba qué sería lo más apropiado y su incomodidad hizo que Snape también se tensara, percibió que la había mirado durante unos instantes con algo muy cercano al rencor.
Y no comprendió la razón de ello.
Sacó de un cajón los frascos de pomadas y unos vendajes limpios. El silencio era menos intenso si lo ocupaba con algo. Notó, mientras destapaba los frascos y el olor a hierbabuena ganaba espacio, que Snape aún llevaba en las manos el libro de runas.
Se arrodilló en frente de él y tomó el libro despacio, haciéndolo a un lado. Sus dedos arribaron en el antebrazo de Snape y fuero desenvolviéndolo de las vendas. El mestizo se dejaba hacer, ella no alzaba la cara, no quería observarlo a los ojos . Allí abajo, en su regazo y en la penumbra cálida de la tarde se estaba en paz, no quería ver la cara consumida, la mirada ajena y sin fondo.
Quería pensar que el tacto entre sus manos era suficiente, que era útil, que podía ayudarle con tan sólo eso.
Le embadurnó el ungüento en las quemaduras. La sensación era un tanto repulsiva, pero se controló. Recordaba cómo lo había escuchado gritar y al mirar las marcas de su brazo pensó que cada segundo que ella había pasado arriba intentando convocar a su patronus era un centímetro más de piel deshecha.
-¿Duele?
Nadie le contestó. Hermione llevó sus ojos hasta las palmas pálidas, hasta los pliegues holgados de la ropa negra, hasta las rodillas débiles.
-Lamento no haber creído en usted desde el principio, pero ya no necesito pruebas. Ahora veo que no tenía derecho a pedírselas, usted tenía razón en molestarse conmigo.
El brazo herido estaba inmóvil entre sus dedos, la mano pálida entreabierta como un lirio.
-¿Quién soy yo para juzgarlo?
Levantó la vista, mientras cubría la quemadura con una gasa. Mejor esconderla, mejor no tener presente la marca que antes había estado allí.
Prince la miraba, un rumor de olas le vibraba en las pupilas, de oceano nocturno e inabarcable.
De nuevo esa mirada verídica y larga, que parecía tener el poder de convertirla en un cuerpo translúcido. Algo en los ojos de él, siempre la había asombrado, siempre le había inspirado temor.
Lo soltó, porque tuvo miedo.
Apenas entiendo por qué subí, no veía a Lily, perdí la facultad de hacerlo. Y con ello perdí el último resquicio de aliento que me vivificaba.
Me paré en la puerta, tú estabas acostada con tu tomo de cuentos y no me notaste hasta después de unos segundos.
No tuve qué decirte nada, por que tú supiste, no entiendo cómo. Me preguntaste incluso si me dolía algo. Hiciste que me sentara en tu cama y te quedaste debatiendo contigo misma. Creí que sería inútil, que nunca debería haber subido a buscarte.
Te arrodillaste y vi tu pelo espeso. Sentí tus manos y me lastimaste ¿Por qué unos dedos pequeños como los tuyos lograron eso? Seguiste poniéndome esa crema de olor nauseabundamente dulce y seguiste dañando. Pero no pude decirte nada, no quería que me soltaras, dolía, pero eras demasiado gentil, sé que la herida venía de mí, no de tu roze piadoso. Piadoso, eso justamente.
¿Quién te crees que eres Granger para portarte así conmigo?
Incluso si tú me perdonas y Potter me perdona y Lily, yo no puedo perdonarme. Merezco lo que me pasa Granger, tu amabilidad es algo que no me corresponde tener. Y sin embargo no te aparte, si voy a morir ejecutado quiero al menos llevarme esto conmigo, no me importa si soy indigno. Tú me regalaste tu consuelo y es mio.
Y hablaste, decías algo cómo que yo tenía derecho a enojarme contigo. ¿Te lo parece? Me molestas tengo que admitirlo, me gustabas más cuando eras una sabionda pedante. Me gustaba burlarme de ti y decirme que por lo menos yo no tenía un ego tan desmesurado e inconsciente. Que yo veía con claridad. Pero no veo Granger, nunca te ví como eres.
Dices que no eres nadie para juzgarme
Yo te he juzgado a ti, desde que eras una niña ¿Y te compadeces? Si fueras otra creería que dices mentiras, que eres hipócrita, lo habría creído hace algunos días, pero ahora sé que es verdad.
Me abrumas Granger, tú, tus palabras, tú tacto, las cosas que haces, todo sobre ti me abruma.
Eres similar a Lily y eso es precisamente lo peor que pudiste ser.
Alzas el semblante y me fijas las pupilas. Límpida, transparente, tú no eres capaz de esconder nada, incluso sin oclumancia casi puedo tocar tu emoción, me tienes miedo.
Y yo te tengo miedo a ti.
Hola. No sé si caí en Oc con los pensamientos de Snape, digamos que llegué a un punto ciego, espero no haberlo hecho. Bueno.
Gracias a todas las que comentaron (si leí los reviews) creo que hubo un poco más de sevmione en éste capítulo, ojalá les haya gustado.
por favor comenten, ya sea que les haya gustado o no, se aceptan tomatazos y todo ( tomatazos eh? No crucios Diosa Luna, XD) Bye
