La noche cayo roja sobre las tierras del atardecer. Y el Sol Nació rojo lamentando la perdida del Avatar.

Y Lagrimas de sangre brotaron en la Nación de Fuego en los días que siguieron.

Que luego se perderían en el mar que surgiría después.

El Señor de Fuego Sozin se forzó a no voltear ni una vez.

Rokku se forzó a no mirar en ese rumbo mientras la ceniza y las explosiones le rodeaban.

No quedaba ni la menos sombra de arrepentimiento en los caminos de ambos.

Solo la conciencia y el recuerdo de días en los que la vida era mas sencilla.

Y cada uno había muerto para el otro, durante aquellos últimos segundos, durante ese instante.

Que pareció durar años enteros.

El hubiera se trago las opciones y los arreglos.

El pasado siempre hambriento devoro los buenos momentos.

En tinta vieja y papel quemado quedo cualquier mención de esos hechos.

Por mucho tiempo nadie pudo decidir cual de los dos estaba en lo incorrecto.

Era solo uno de esos argumentos que destruyen los lazos de infancia.

Y a alguno que otro le pareció vano el pretexto para disolver aquella amistad.

Lo cierto, lo único cierto, es que tal asunto le incumbía solo a Sozin y a Rokku. Si uno intentaba usar la posición del otro par sus propositos, o el otro creía que las cosas debían ocurrir en distinto modo…

Por eso nadie comenta de ello.

Lo que sus sucesores arreglen, podra arreglar al mundo, ese tanto es cierto.

Pero que podría hacer acaso por arreglar lo que ellos rompieron en principio? Antes que el mundo y antes que la guerra y el genocidio?

Cuando un ojo no pudo mirar donde el otro ni en viceversa.

Ese es el tipo de asuntos del destino, los que condenan a Avatares a morir entre el fuego.

Los que luego pesan sobre sus descendientes

Porque Oh! Los hijos no pueden redimir los pecados de los padre sino solo verse afectados por estos!

Y les hacen victimas del destino.

Y de la única resolución que jamás debió haber ocurrido.

(Pagina de las memorias del Señor de Fuego Zuko: Tratados sobre la inconclusa relación de hermanos)