— Pan —habían tenido una breve y sosa charla que consistió en saludos y en Pan presentando a Ishizu al resto. Cuando estaba dispuesta a irse escuchó su nombre en el inconfundible tono de voz de Goten, quien la llamaba, y su cuerpo se tensó por completo pero nadie más que ella, y él, sabían por qué. Todo a su alrededor seguía normal. Pares y Lee se quedaron atrás cuando Goten avanzó hacia ella e Ishizu ya se había metido a una tienda de zapatillas para escalar montañas, su pasión, y no la había esperado.

Conveniente o no, se habían quedado solos, pero el momento tenía que ser breve. Lo miró y él a ella.

— ¿Cómo estás? —preguntó tontamente. La pelinegra no pudo evitar pensar lo adorable que se veía así de vulnerable, así de… suave.

— Mejor —le aseguró, pese a que no fuera verdad—. ¿Cómo estás tú?

Goten resistió el impulso de abrazarla fuertemente, y se tardó en contestar.

— Bien —soltó—. Pan, necesito hablar contigo.

— Goten no creo que sea una buena i…

— Por favor —la joven se quedó en silencio y meneó la cabeza discretamente—. No es sobre… sobre nosotros, bueno, está… está relacionado pero no tiene que ver con eso directamente.

Pan no entendió a lo que quería llegar y, tragando sonoramente, frunció los labios.

— Lee ha dicho que te compraste un nuevo móvil —observó, Goten asintió—. Dame el número, así podremos hablar cuando quieras.

Él pensó que la podría fastidiar todo el día si quisiera e intentó no sonreír. No pensaba que después de un mes de completa indiferencia pudiera conseguir su número siquiera —y estaba planeando pedírselo a Gohan, de todos modos, lo que no sería raro, solo era él queriendo tener el número de su sobrina— pero ahí estaba ella, pidiendo su número para que pudieran "hablar".

Sacó su nuevo teléfono de su bolsillo ya que lo había dejado afuera de su caja desde que lo compró y buscó su número propio para dárselo. Pan lo anotó en su móvil y le sonrió vagamente.

— Espero que no te moleste si te hablo mucho —repuso el pelinegro quietamente.

Ahora era ella quien se aguantaba con todas sus fuerzas las ganas de sonreír abiertamente hasta que le doliera la mandíbula. Lo único que había querido decirle desde que él le pidió que hablaran había sido que sí, que podía pasar por su apartamento o ella por el suyo, que podían comer juntos, que podían mirar la tele, que podían estar solos, juntos, sin Pares, sin Lee, sin Ishizu, solos, y hablar, hablar todo lo que quisieran hasta que se cansaran.

Haberlo extrañado no le había hecho nada bien a sus convicciones. El dolor había sido reemplazado por una necesidad casi imperiosa de olvidar lo sucedido y volver a él así como dejarlo volver a ella.

— Lo tendré en cuenta —le respondió, manteniendo la seriedad—. Después de todo soy yo la que tiene tu número, no al revés.

Goten cayó en cuenta de que no podría hablarle hasta que ella quisiera hacerlo, ella tenía el control.

— Me hablarás —sonrió, por primera vez mostrando la confianza que alguna vez tuvo a su alrededor. Pan sintió como su estómago se retorcía, todos los sentimientos por él estaban frescos y más vivos que nunca. Inspiró fuertemente y pestañeó muchas veces, con los ojos llenos de lágrimas— Pan, no… ¿Qué?

— No, no, olvídalo, es solo que… —abrió la boca un par de veces, ¿Sería bueno decirle? Cerró los ojos fuertemente, sintiéndose patética por las reacciones de su cuerpo, sus ojos, su garganta que le dolía con ese nudo que intentaba salir—. Pensé que… que nunca más… volveríamos a vernos, o a hablar.

El moreno se mordió la mejilla de la felicidad. Lo había extrañado, no era solo él el de la obsesiva idea de que sus sentimientos no eran recíprocos y estaba haciendo el ridículo. Extendió una mano y cuando estuvo a punto de tocar su mejilla, acariciarla, Pares lo llamó:

— Goten vamos, ya se hace tarde y tenemos otras compras que hacer —le recordó aunque sin malicia ni ganas de separarlo adrede de su sobrina, era solo que estaba concentrada en las compras y Lee era un peso muerto en ese contexto, ni siquiera le interesaba mirar las vitrinas y los productos, menos hablar sobre ellos.

Con la mano suspendida en el aire, sin alcanzarla, cerró el puño y la bajó. Pan se encogió de hombros y miró hacia otro lado.

— Ve, yo también tengo que seguir en lo mío —le pidió en voz baja.

— Háblame, vale. Ve a los mensajes y escríbeme algo —le suplicó, alejándose de a poco. Pan lo observó con pesar—. Háblame o enloqueceré —continuó, juntando sus manos como si estuviera haciendo una plegaria.

La joven Son meneó la cabeza y entornó los ojos, divertida.

— Nos vemos, Goten —dijo y se volteó para ir por Ishizu.

Háblame o enloqueceré, creyó que le había robado las palabras de la boca, ¿Sería esa una buena forma de comenzar? O sus sentimientos comenzarían a contaminarlo todo otra vez sin que ella pudiera evitarlo, sin que él pudiera evitarlo tampoco.

Encontró a Ishizu con una bolsa adentro de la tienda de deporte, recibiendo la boleta de lo que había comprado y dándose media vuelta para salir de allí. La ojiazul al divisarla le sonrió.

— ¡No pude contenerme!

— Creo que tienes más de cinco pares de zapatillas para montañas ¿Qué tienen estas ahora? —preguntó Pan, sonriendo rendida.

— Son especiales para la nieve y el agua —explicó—. Por cierto ¿Qué quería tu tío allí afuera? Te demoraste un montón.

— Oh, nada —se demoró en inventar una mentira—. Me estaba mostrando su nuevo teléfono, es un idiota con los aparatos electrónicos y se le había bloqueado.

Ishizu se partió de la risa y comentó algo acerca de lo inútiles que eran los chicos en general con todo. Pan se largó a reír con ella, impaciente, se prometió que por la noche le hablaría, aunque fuera un tonto "hola" pero lo haría, y la expectación ante eso la hacía sentirse emocionada, despierta, viva otra vez.


Había comenzado con ese tonto "Hola" y se había extendido, por dos semanas, en lo que fueron conversaciones banales sobre cualquier cosa, desde lo que veían en la televisión hasta lo que les pasaba día a día. Para Pan, no había nada mejor que llegar cada día a su departamento y saber que podría quedarse hablando hasta tarde con él, hacía de sus días algo más interesantes y menos depresivos de lo que eran hasta que volvió a verlo en ese centro comercial. Por supuesto, Bra no sabía nada de eso, había escogido omitir esa parte en todas sus conversaciones y silenciaba el teléfono cuando estaba junto a ella.

Fue un sábado por la noche en el cual se había dedicado a terminar un trabajo de investigación muy extenso en el cual recibió un mensaje que la desencajó un poco.

¿Recuerdas cuando te dije que necesitaba hablar contigo?

Tomó el teléfono, releyó la pregunta y contestó:

Estamos hablando, Goten.

Al momento llegó la respuesta:

No, no me refería a pequeñas charlas, me refería a algo que tenía que decirte, Pan.

Lo pensó, al parecer estaba hablando en serio y no se pudo resistir, era la excusa perfecta para hacerlo, por fin, y tecleó:

Si tienes algo de tiempo, pasa por mi apartamento.

Nerviosa, dejó su teléfono de lado y se mordió el labio. Para tener diecinueve años estaba actuando como una chica de quince, se sintió tan absurda en ese momento, esperando que el móvil vibrara con su respuesta, con un sí o un no que parecía decisivo en ese instante.

Esperó por más de cinco minutos y tomó su celular para revisar que lo había leído y había pasado olímpicamente de responderle, ¿Qué diablos tenía en la cabeza? Probablemente no le respondería nunca más por aquello, quizás descubrió sus intenciones, quizás no quería verla y solo quería llamarla para contarle lo que tanto le quería decir, no lo podía saber. Volvió a dejar su teléfono de lado, terminó los retoques del trabajo, lo guardó y respaldó en su computadora y la apagó.

Justo cuando iba a ir a servirse un vaso de agua a la cocina antes de irse a dormir, un ruido la espantó y fue hacia la sala de estar a grandes zancadas, en donde encontró a Goten con una mano en el cabello y una sonrisa casual.

— Espero no haberme demorado mucho —dijo.

Casi deja caer el vaso que sostenía en una de sus manos al suelo de la impresión.

— No —contestó, ida—. Dime, antes de que me vaya a la cama.

Él le sonrió de medio lado, sencillo.

— Puedes simplemente… —abrió los brazos como si hubiera hecho un viaje desde otro planeta hasta ahí solo para estar junto a ella, solo para ese momento. Pan dejó el vaso de agua en la mesa y casi tropieza para llegar a enterrarse entre sus brazos, inspirando el aroma de su ropa, dejando que él acariciara su cabello y la envolviera en seguridad.

Si se estaba volviendo loca, le agradaba que él también estuviera atravesando por lo mismo, así no estaba sola, nunca lo estaría.

— Me temo que no quiero arruinar todo con lo que tengo que decirte —confesó en voz baja, sin dejar de abrazarla. Pan cerró sus ojos.

— Entonces no me digas —sugirió—. Tengo esta… sensación de que estamos engañándonos a nosotros mismos y a todos los que nos rodean pero… se siente bien.

Goten sonrió.

— Lee sabe —comenzó—. Lee sabe y cree que podríamos encontrar… una manera de...

Pan se separó de él y lo miró hacia arriba, confundida. Goten por fin tuvo la oportunidad de acariciar su mejilla libremente, sin nada ni nadie que pudiera interrumpirlos, verlos, juzgarlos.

— De intentarlo —finalizó.

— Eso es muy agradable como para ser lo que de verdad tienes que decirme —razonó la pelinegra—. Además, no sabemos lo que sentimos, no… no quiero precipitarme.

— Lo sé.

Se quedaron en silencio, compartiendo la cercanía, la mirada y esa caricia. Pan suspiró y alzó una de sus manos para detenerlo y tomar su mano entre las suyas.

— Bra también lo sabe —dijo.

— ¿Lo sabes tú? —se asombró Goten.

— ¿Qué?

— Lo que hizo, lo que te hizo, lo que casi nos hace —explicó, un poco acelerado. Bra había fastidiado a Pan, sí, y pensándolo bien eso no era lo más grande que había hecho sino que el haberle hecho llegar la información a Trunks lo fue.

No podía pensar en la forma en la que hubiera terminado todo si Trunks no le hubiera creído esa noche que nada ocurría y era solo su imaginación. Lee, por otro lado, también confesó que había colaborado a hacer razonar a la princesa y apagar sus teorías diciéndole que Goten se había alejado para siempre de Pan y viceversa.

— ¿Qué hizo? —Pan lo soltó de pronto, frunciendo el ceño.

— Pan, Bra fue la que te envió el libro y la nota —dijo el pelinegro finalmente—. Bra fue la que le envió a Trunks información relacionada a nosotros aun antes de que sucediera algo entre ambos.


¡He vuelto! Espero no irme por tanto tiempo, la fe es lo último que se pierde, dicen (?)

Saludos :)