Los personajes de Naruto no son míos, son de Kishimoto... la historia si es de Lorraine Heath

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ACLARACIÓN

Será una adaptación, sin embargo haré algunos cambios, sobretodo con el personaje de Karin, en la historia original es un personaje odioso al ser una Mary Sue que sinceramente aborrecí, y cambiaré un poco el amor del protagonista por Karin, en esta versión sale un poco porque la sustituiré con otro personajes en ciertas ocasiones.

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Espero disfruten esta historia, la cuarta de esta serie de adaptaciones; así como yo lo hice.

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CAPÍTULO 13

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Tenten Lee estaba de pie al borde de los acantilados. Observaba las crestas blancas de las olas del mar y cómo la oscuridad que se apoderaba del cielo advertía de la tormenta que se avecinaba. La fuerza del viento sacudía su ropa y ella inspiró hondo para absorber la ira de la tormenta. Se sintió tentada de arrojarse a las turbulentas aguas para estar rodeada de algo que no fuera el apagado y sombrío vacío en el que se había convertido su vida desde que había vuelto de Konoha.

Parecía que ella y Tamaki hubieran dejado atrás las ganas de reírse, su alegría y su esencia. Parecían caparazones vacíos que se centraban en los quehaceres diarios con la esperanza de evitar una lenta y agonizante muerte.

La comida ya no tenía ningún sabor, y los amaneceres ya no suponían ninguna alegría para ellas. Ya no podían dormir. En las dos semanas que habían pasado desde que llegaron a su pequeña casa, había perdido la cuenta del número de noches que había escuchado llorar a su hermana Tamaki cuando creía que ella estaba dormida.

El miedo a que las descubrieran no suponía ninguna amenaza para ellas. Emma pensaba que enfrentarse a lo que habían hecho podía ser incluso un alivio. No, por mucho que le avergonzara reconocerlo, lo cierto era que los remordimientos se estaban dando un auténtico festín con ellas. Antes se reían y compartían pequeños secretos, y de repente, el oscuro secreto que compartían las había aplastado.

Cada mañana Tenten empezaba a escribirle una carta a Juugo para explicarle por qué se había marchado. Una carta que nunca enviaba. Se esforzaba por no imaginar la expresión de su rostro al volver a su pensión y ver que ya no estaba allí. Intentó con vencerse a sí misma de que él merecía esa traición. Ella supo desde el principio que las atenciones que le profesaba no eran más que un pretexto para conseguir que le confiara sus secretos. Y ella deseó que lo consiguiera más de mil veces.

Después del baile, durante las horas que pasó entre sus brazos, decidió que no podía confiar en él. Rezó para que Tamaki no hubiera tenido fuerzas para ejecutar su parte del plan. Ella convencería a su hermana de que tenían que decírselo todo a Juugo, de que él las ayudaría a conseguir la justicia que buscaban.

Pero cuando la arrestaron supo que ya era demasiado tarde. El marqués estaba muerto y su destino estaba escrito.

Juugo la despreciaría por su implicación en la muerte de Kamizuru. ¿Cómo no iba a hacerlo?

Así que ella y Tamaki hicieron las maletas. Tenten salió a la calle y contrató a dos chicos para que la ayudaran a bajar el equipaje. Luego le pidió a la señora Kakaei que le hiciera la comida para el viaje y, mientras estaba cocinando, Tamaki aprovechó para salir de la pensión sin que la viera.

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Sencillo. A las tres hermanas siempre les había resultado muy sencillo intercambiarse los papeles y adoptar la personalidad de las demás.

Pero Tenten jamás se había arrepentido tanto de ninguno de sus trucos.

El viento se llevó su suspiro y la joven empezó a caminar hacia su casa. Cuando pasó por delante del ganado algunas ovejas, vacas y gallinas se volvieron a mirarla. Hacía ya mucho tiempo que vendieron los caballos. El único lugar al que necesitaban ir era el pueblo, y estaba solo a una hora de camino andando. Cuando su padre y Tetsuya aún vivían, tenían una pequeña calesa para viajar. Pero ahora ya no la utilizaban, igual que sus sonrisas.

Cuando abrió la puerta de la habitación principal la sensación de soledad se hizo aún más palpable. Quizá aquella noche le escribiera una carta a Juugo para darle las gracias por lo bien que se lo había hecho pasar en Konoha. Incluso aunque la única meta del inspector fuera la de impresionarla y seducirla, lo cierto era que le había dado preciosos recuerdos que jamás olvidaría. Quizá esta vez sí que la enviara.

El remordimiento y la culpa se apoderaron de ella y se preguntó si Juugo lo habría deducido todo. ¿Cuánto tiempo tardaría en darse cuenta de que le habían engañado? Y cuando lo averiguara… Lo cierto era que ella no estaba tan convencida como Tamaki de que estuvieran a salvo.

Cruzó el salón en dirección a la cocina.

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―Creo que se acerca una tormenta.

Se quedó de piedra cuando vio a Tamaki vertiendo agua en el lavamanos y frotándose las manos con un cepillo.

―Oh, Tamaki ―dijo Tenten mientras corría hacia ella y le quitaba el cepillo enrojecido de entre las manos.

―No me puedo quitar su sangre de las manos, Tenten. No importa lo fuerte que me frote la piel. Sigo teniendo la piel pegajosa y sucia.

―No es su sangre, cariño. Es la tuya. ―Con cuidado acompañó a Tamaki hasta una de las sillas que había alrededor de la mesa―. Siéntate aquí mientras yo cojo algunas cosas.

Cuando encontró algunos trapos limpios y un poco de bálsamo, volvió a sentarse con su hermana y le cogió la mano con dulzura. Luego le limpió la herida que tenía con toda la suavidad que pudo.

―No es mi sangre, es la suya ―insistió Tamaki.

―Te la voy a limpiar, luego te pondré un poco de bálsamo y te cubriré la mano. Así su sangre ya no volverá a aparecer nunca más.

―Ayer dijiste lo mismo.

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Tenten levantó la cabeza y miró a Tamaki a los ojos.

―Esta vez lo haré mejor, pero no te puedes quitar los vendajes hasta que se curen las heridas.

―Es que me pican y me escuecen. Duelen.

―Cuando te vuelva a pasar avísame y yo te las curaré.

Tamaki asintió y volvió la cabeza para mirar por la ventana.

―¡Oh, Dios, Tenten está aquí!

Tenten no tuvo que preguntarle a quién se refería. Enseguida percibió la desesperación en la voz de Tamaki. Y cuando se atrevió a mirar por la ventana se le encogió el corazón: allí estaba Juugo montando un enorme caballo marrón. ¿Cuántas veces habría imaginado que aparecía ante su puerta para llevársela entre sus brazos? Y entonces se le cayó el alma a los pies porque comprendió que si algún día la iba a buscar sería para llevarla a la horca.

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Juugo volvía a estar en deuda con Ottogakure. El retrato que le había hecho le había ayudado mucho a seguir el rastro de Tamaki desde la estación de tren hasta aquella bonita casa junto a los acantilados. También resultó muy útil que el duque de Otsutsuki hiciera algunas averiguaciones entre sus iguales y consiguiera descubrir el lugar en el que se encontraba la casa del vizconde Lee.

Juugo cogió un tren y luego alquiló un caballo para hacer el resto del viaje. En un pueblo cercano consiguió que le dieran indicaciones más precisas de su destino.

Quería mantener la cabeza fría hasta que interrogara a Tamakik. De momento, solo sospechaba sobre su duplicidad. Tenía la esperanza de que existiera otra explicación, que la chica no hubiera planeado el asesinato de Kamizuru y luego le hubiera utilizado a él de coartada. Pero, si no lo había hecho, ¿por qué le había dejado? ¿Se habría sentido avergonzada por haber compartido la cama con él? ¿Sería su reputación lo que intentaba proteger?

Su cabeza y su orgullo libraban una batalla continua. Él no era un hombre que se dejara llevar por las emociones y, sin embargo, desde que ella se marchó, se debatía entre una ardiente ira y una devastadora desilusión. Primero recordaba lo bien que se había sentido al tenerla entre sus brazos y luego se decía que ella había destruido la frágil confianza que se había creado entre ellos.

También estaba preocupado por todo el asunto de la daga. Él solo la había visto de refilón en la oscuridad. Quizá no la recordara con claridad. Pero hacía ya muchos años que había aprendido a prestar atención a los detalles. Era muy improbable que se hubiera vuelto descuidado de repente.

Apenas había detenido el caballo cuando ella abrió la puerta. Llevaba un sencillo vestido rosa y el pelo recogido con un lazo del mismo color.

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Cuando desmontó del caballo las emociones lo recorrieron como una tempestad. Estaba enfadado, pero seguía deseándola. Quería volver a besarla, a olerla, a sentirla. La quería tener desnuda bajo su cuerpo. Quería que le pidiera perdón y que compartiera sus secretos con él. Quería que lo agarrara de los hombros, que hundiera los dedos en su pelo, que le rodeara la cadera con las piernas y que le mirara a los ojos.

No se dio cuenta de si empezó a acercarse a la puerta o no, solo sabía que de repente ella estaba entre sus brazos y su boca le daba la bienvenida con apetito. Llevaba quince días buscándola, y cada minuto de esos días había sido un auténtico infierno. Sabía muy bien lo que su deber le exigiría cuando la encontrara y tenía miedo de no volver a posar los ojos sobre ella. Y en aquel momento le asaltó la desesperación: aunque sabía perfectamente que no podía ser, se moría por tener aquello para siempre.

Ella seguía oliendo a rosas. Por lo menos eso era real. Y seguía gimiendo con suavidad cuando él profundizaba el beso. Aquello tampoco era mentira. El cuerpo de la joven se fundía con el suyo como si fuera el lugar al que pertenecía, ¡que lo colgaran si no lo deseaba con toda su alma!

Pero le había engañado, había traicionado su confianza.

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Inspiró hondo, apartó la boca de sus labios y le cogió la cara con las manos.

―¿Por qué diablos te fuiste?

Ella se limitó a negar con la cabeza.

―Lo hiciste tú, ¿verdad? ―le preguntó―. Tú organizaste el asesinato. Tenías un cómplice. Me utilizaste para demostrar tu inocencia.

Ella volvió a negar con la cabeza, pero esta vez con menos fuerza.

―No me mientas, Tamaki. ¡Por el amor de Dios!, dime… ―Entonces vio por el rabillo del ojo que algo se movía en la puerta. Levantó la cabeza y vio a otra mujer. El parecido entre las dos hermanas era asombroso. Karin tenía razón―. Tetsuya ―susurró.

―No ―dijo la mujer que tenía entre los brazos―, Tamaki.

Observó a conciencia a la mujer que tenía ante sí. Todo en ella le resultaba familiar. El sabor, la fragancia, la sensación que lo envolvía al tenerla entre sus brazos, su forma de fundirse con él. Negó con la cabeza.

―No. Tú eres Tamaki.

―No, yo soy Tenten. Siempre he sido Tenten.

Juugo recordó el primer encuentro en los jardines de Konoha, cómo había rescatado a la joven y lo ansioso que se sentía por resolver aquel asunto. Entonces, al día siguiente y bajo la luz del día, la joven lo dejó sin aliento y tuvo la sensación de que había algo distinto en ella.

―Entonces, ¿me engañaste desde el principio?

―Tú también me engañaste a mí ―dijo ella con aspereza―. Me dijiste que eras un sinvergüenza. No me dijiste que trabajabas para Scotland Yard.

―Sí que soy un sinvergüenza, pero no te he mentido ni una sola vez. Todo lo que te he dicho es cierto.

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Tres hermanas. ¡Había tres hermanas idénticas!

Juugo no estaba seguro de haber escuchado jamás algo parecido.

La ira se apoderó de él cuando comprendió el alcance del engaño. Fue incapaz de quedarse allí mirándolas, así que decidió salir a ocuparse del caballo y darse un poco de tiempo para relajarse. No recordaba haber estado nunca tan furioso. Ahora sabía que las hermanas habían planeado utilizarlo y se preguntaba cuántas cosas habría hecho Tamaki, no, Tenten, para que cayera en su trampa. ¡Esa bruja mentirosa!

Tampoco se le escapaba la ironía de la situación. Él, que siempre había tenido una gran habilidad para planear y ejecutar toda clase de estafas…, ¡había caído presa de sus propias estrategias!

Le quitó la silla de montar al caballo y la dejó en una de las esquinas del establo, donde luego colocaría también la brida y el freno. No acostumbraba a montar a caballo, por lo que no era un jinete muy experimentado. Y tampoco tenía ninguna experiencia cuidando de los animales. Pensó que allí encontraría un mozo que se ocuparía de eso por él. Le acarició el cuello al caballo y el animal se alejó de él. Cuanto más se acercaban al mar, más miedo parecía tener el caballo. Maldijo aquel enorme semental, pero Juugo necesitaba que fuera bien grande para que encajara con su tamaño.

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Fue en busca de avena. El establo era muy pequeño y necesitaba algunas reparaciones. No parecía que allí hubiera ningún sirviente. Quizá Tenten no le hubiera mentido sobre sus circunstancias y no disponía de los medios suficientes para presentarse en sociedad.

Antes sentía simpatía por su situación, pero en aquel momento ya no estaba seguro de sus sentimientos. Maldijo a Kamizuru por haber mezclado a Scotland Yard en su desastrosa vida personal. Maldijo a sir Kabuto por haber decidido que él era el mejor hombre para encargarse de aquel caso. Y se maldijo a sí mismo por haber fracasado miserablemente y no haber sido capaz de evitar que asesinaran al marqués.

Él no había dado ninguna credulidad a las peticiones y los miedos de Kamizuru. Además, había dado prioridad a las ganas que tenía de estar con la chica en vez de prestar atención a su deber. Había antepuesto sus deseos y necesidades al trabajo.

Por fin consiguió localizar un cubo lleno de avena. Metió un poco en un saco y volvió al establo donde había dejado el caballo. Estaba vertiendo el contenido del saco bajo la cabeza del caballo cuando escuchó el estallido de un trueno. El caballo relinchó y reculó. Juugo estaba tan distraído pensando en la chica que ahora conocía como Tenten que no reaccionó con rapidez. Se volvió…

Sintió un agudo e intenso dolor en la cabeza.

Oscuridad.

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―¿Qué crees que se propone? ―preguntó Tamaki mientras Tenten la ayudaba a cerrar una de las contraventanas de la casa.

Habían empezado a cerrarlas todas cuando Juugo rugió:

―Tengo que ocuparme de mi caballo. ―Y se llevó aquella enorme bestia al establo.

Durante unos breves segundos, cuando la estrechó entre sus brazos y la besó, Tenten se atrevió a pensar que estaba allí por otro motivo. Pero su beso había sido punitivo y sus brazos fueron como lazos de hierro a su alrededor. Estaba enfadado. No podía culparle. Pero también sabía que era un hombre bondadoso y delicado. Además sabía muy bien lo que era la justicia. Ella había visto y tocado las cicatrices que tenía en la espalda. Si había alguien que sabía lo injusto que podía llegar a ser el sistema, ese era él.

―Supongo que ha venido con la intención de llevarnos de vuelta a Konoha para que paguemos por nuestros pecados.

―Si ese es el caso, entonces solo me tiene que arrestar a mí ―dijo Tamaki con obstinación―. A fin de cuentas, lo hice yo.

Tenten quería mucho a su hermana por intentar salvarla.

―Estamos juntas en esto.

Tamaki suspiró y se dirigió a la esquina de la casa para cerrar la siguiente contraventana. Tenten empezó a seguirla, pero luego cambió de idea. Necesitaba hablar con Juugo a solas. Estaba a medio camino del establo cuando vio que su caballo pastaba cerca de allí. Se preguntó si sería porque Juugo no había conseguido encontrar avena para el animal. Aceleró el paso y entró en el establo.

Cuando lo vio tirado en el suelo cerca de una cuadra llena de paja, se le encogió el corazón.

―¡Oh, Dios mío!

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Se acercó a toda prisa y se arrodilló a su lado. Entonces se dio cuenta de que tenía la cabeza manchada de sangre. Le apartó algunos mechones de pelo de la herida con cuidado. Tenía un corte espantoso en un lateral de la cabeza. El caballo debía haber…

Juugo abrió los ojos. Ella gritó sobresaltada. Las paredes giraron a su alrededor cuando él la cogió, la tumbó sobre la paja y se puso encima de ella como una bestia salvaje. Ella empezó a golpearle con los puños, pero él le cogió las manos y se las inmovilizó por encima de la cabeza. Su rostro reflejaba el dolor que sentía, pero ella pensó que se trataba más bien de un dolor emocional que físico. Su áspero aliento flotaba alrededor de la joven.

Entonces se le suavizó el rostro, casi contra su voluntad. La agarró de las muñecas con una sola mano y empezó a acariciarle la mejilla con la otra.

―Tamaki―jadeó envolviendo la palabra con un manto de emoción.

Ella ya no podía soportar escuchar el nombre de su hermana en sus labios.

―Tenten ―le corrigió con dulzura.

―Tenten. ―Inclinó la cabeza hasta que su aliento le rozó la mejilla como la primera brisa de la primavera, suave pero decidido a anunciar el cambio de estación―. Tenten.

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La joven no protestó cuando posó la boca sobre sus labios, pero el beso fue igual que el que le había dado en la puerta. Era duro, casi desesperado, parecía que quisiera recuperar lo que compartieron en Konoha, pero sabía tan bien como ella que aquello lo habían perdido para siempre. Lo que habían conseguido construir se asentaba sobre una base de mentiras y engaños. Jamás aguantaría la tormenta de traición. Se desmoronaría, y si él poseía algo de compasión, dejaría que se lo llevara el mar.

Pero en aquel momento ella sentía que no había compasión alguna en él. Empezó a apretarle las muñecas con tanta fuerza que se le entumecieron los dedos. Sin embargo, no quería pedirle que parara, porque si lo hacía dejaría de besarla, y aún no estaba preparada para alejarse de él. ¿Cómo iba a saber cuál sería la última caricia de su lengua? ¿Cuándo dejarían de fundirse sus labios encima de los de ella?

La cogió del costado con su enorme mano y la colocó debajo de él con más firmeza. Se sentía tan bien bajo el peso de su cuerpo… Era tan recio como una de las rocas de la costa que las olas, poco importaba lo poderosas que fueran, eran incapaces de mover. Su olor era ligeramente distinto al que tenía en Konoha. Ahora percibía el olor del caballo, de la piel y de la sal del mar que le había azotado el pelo mientras se acercaba a ella. Y sin embargo, debajo de todo eso seguía percibiendo su esencia. Todo en él era maravilloso. Y pronto se lo arrebatarían y quedaría reducido a recuerdos que la perseguirían durante el resto de su vida.

―Vaya, vaya, ¿qué tenemos aquí?

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Tenten se sorprendió al escuchar la voz de Tamaki resonando en el establo. Juugo levantó la cabeza y entonces se quedó muy quieto. Ella se dio cuenta de la enorme confusión que brillaba en aquellos ojos naranjas que tanto adoraba, y empezó a preguntarse si el golpe lo habría desorientado. Antes de apartarse de ella, la rabia y la decepción le nublaron la vista. Rugió, se apoyó en la pared del establo y se llevó la mano a la parte de atrás de la cabeza.

―Creo que el caballo debe haberle golpeado ―dijo Tenten, que notaba cómo la vergüenza le calentaba el rostro. Casi pierde el equilibrio al ponerse en pie. Se había olvidado de lo mucho que le flaqueaban las piernas cuando la besaba. Se convertían en auténtica gelatina―. Tiene un corte muy feo.

―Sí, ya he visto el caballo fuera ―dijo Tamaki―. Por eso pensé que debía venir a investigar.

―Deberías venir a casa para que pueda coserte ―se ofreció Tenten rápidamente.

―Yo me ocuparé de tu caballo ―dijo Tamaki.

―Ni se te ocurra pensar en escapar ―le dijo Juugo con una voz firme―. No existe un solo lugar en la tierra donde no pudiera encontrarte.

Tamaki echó los hombros hacia atrás y levantó la barbilla.

―Por si no se ha dado cuenta, señor Juugo, se avecina una tormenta. Solo un tonto escaparía con una tormenta.

A juzgar por la áspera e intransigente mirada que Juugo le lanzó a Tamaki, Tenten pensó que solo un tonto decidiría no escapar teniendo tan cerca un depredador.

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