BUENO A QUI LES DEJO OTRO CAPITULO DE ESTA HISTORIA, RECUERDEN QUE ESTA HISTORIA ES DE SOPHIA KINSELLA,Y LOS PERSONAJES SON DE STHEPANIE MEYER ESPERO QUE LES GUSTE. SIENTO LA TARDANZA.
CAPITULO 13
-¿Te pasa algo?
Llevo unos cinco minutos sentada en el banco, con la vista fija en la acera y un torbellino en la cabeza, cuando oigo una voz que se eleva sobre los sonidos habituales de la calle: gente que camina, chirridos de autobuses y bocinas de coches. Es una voz masculina. Levanto la cara, parpadeo a causa del sol y miro confundida unos ojos verdes que me resultan familiares.
Entonces caigo en la cuenta. Es Aidan, el chico de los batidos. -¿Estás bien?
Durante un instante no puedo ni contestar. Mis sentimientos están desparramados por el suelo, como una bandeja de té que se hubiera caído, y no sé muy bien cuál de ellos recoger primero.
-Supongo que la respuesta es no. No lo estoy. En absoluto.
-Vaya -exclama preocupado-. Si puedo hacer algo por...
-¿Estarías bien si el hombre en el que confiabas hubiera reve lado todos tus secretos en televisión? ¿Si te hubiese humillado de lante de tus amigos, compañeros y familia? -Nos quedamos en si lencio-. Contesta.
-Seguramente no.
-Lo ves. ¿Qué te parecería que alguien dijera que... que llevas ropa interior femenina?
Palidece ante semejante perspectiva.
-Pero si no la llevo...
-¡Ya lo sé! Bueno, no lo sé, pero imagínate por un momento que sí la usaras. ¿Te gustaría que alguien lo contase en una supuesta entrevista profesional en televisión?
Me mira como si estuviera llegando a una conclusión.
-Un momento. ¿Te refieres a la de Edward Cullen que acaban de emitir? La hemos visto en el bar.
-Estupendo. Habría sido una pena que, en todo el universo, al guien se la hubiese perdido.
-¿Hablaba de ti? ¿Eres tú la que lee quince horóscopos y mien te sobre su...? -Se calla al ver mi cara- Perdona, debes de estar muy dolida.
-Sí, lo estoy. Y furiosa. Y avergonzada.
También confundida. Estoy tan perpleja, conmocionada y atur dida que hasta sentada me cuesta mantener el equilibrio. En cues tión de minutos han puesto patas arriba todo mi mundo.
Creía que Edward me quería. Pensaba que él... Que él y yo...
De repente siento un dolor agudo y escondo la cabeza entre las manos.
-¿Cómo sabe tantas cosas sobre ti? ¿Sois pareja?
-Nos conocimos en un avión -le explico intentando contro larme-. Me pasé el viaje contándole mi vida. Salimos un par de ve ces y creí que... -Comienzo a levantar la voz-. La verdad es que pensaba, ya sabes, que sería mi verdadero amor. Pero en realidad nunca le he interesado. Él sólo quería averiguar cómo es una chica normal y corriente y utilizar esa información para su mercado obje tivo. Para su estúpida nueva línea femenina.
Cuando comprendo la verdad, una lágrima empieza a rodar por mi mejilla, seguida rápidamente por otra y otra más.
Me ha usado.
Por eso me invitó a cenar con él. Por eso estaba tan fascinado por todo lo que yo decía. Por eso se sintió cautivado.
No era amor, sino negocio. De pronto, sollozo sin querer. –Lo siento. Ha sido muy duro.
-No te preocupes -me anima Aidan-. Es una reacción na tural. No sé mucho de grandes empresarios, pero yo diría que esos tipos no llegan a la cumbre sin pisotear a un montón de gente por el camino. Para alcanzar el éxito han de ser despiadados. -Se calla y contempla mis esfuerzos por contener el llanto, aunque sólo lo consigo a medias-. Bella ,¿quieres que te dé un consejo?
-¿Cuál? –pregunto secándome los ojos.
-Sácalo todo a través del kick boxing. Utiliza tu agresividad. Canaliza el dolor.
Lo miro sin poder creérmelo. ¿Es que no se ha enterado o qué?
-No practico ese deporte -digo con voz chillona-. Jamás lo he hecho.
-¿No? Pero si dijiste que...
-Estaba mintiendo.
Nos quedamos en silencio un momento.
-Bueno, no pasa nada. Podrías empezar con algo más suave. Tai-chi, por ejemplo. -Me mira con incertidumbre-. ¿Quieres to mar algo? ¿Un batido que te calme? Puedo prepararte una mezcla de mango y plátano con manzanilla, y añadir un poco de nuez mos cada, que es muy relajante.
-No, gracias. -Me sueno la nariz, inspiro profundamente y cojo el bolso-. Creo que me iré a casa.
-¿Estarás bien?
-Sí, tranquilo -le aseguro forzando una sonrisa-. De hecho, ya estoy mejor.
Pero, por supuesto, eso también es mentira. Estoy fatal. Cuando me siento en el metro, las lágrimas me corren por la cara, una a una, y me caen en el regazo unas gotas enormes. La gente me mira, pero no me importa. Ya he sufrido la mayor vergüenza posible; que me miren boquiabiertas unas cuantas personas más me tiene sin cui dado.
Soy tan tonta...
Está claro que no éramos almas gemelas. No me ha querido nunca.
Un nuevo dolor me asalta, y busco un pañuelo.
-No te angusties, querida -me dice una corpulenta mujer que está sentada a mi izquierda y lleva un voluminoso vestido es tampado con piñas-. Él no se lo merece. Vete a casa y tómate una buena taza de té.
-¿Cómo sabe que llora por un hombre? -interviene con agre sividad una pasajera con traje negro-. Me parece una manera tópi ca y poco feminista de ver las cosas. Podría estar triste por cualquier cosa: por alguna música en particular, un verso, el hambre en el mundo, la situación política en Oriente Medio...
Me mira expectante.
-La verdad es que es por culpa de un hombre -confieso.
El tren se detiene y la mujer del traje negro pone los ojos en blanco y sale del vagón. La del vestido de piñas le devuelve el gesto.
-¡El hambre en el mundo! -repite con tono desdeñoso, y no puedo reprimir una risita. Después me da una palmadita en la es palda mientras me seco los ojos-. No te preocupes. Prepárate un té con unas buenas galletas de chocolate y habla con tu madre. Toda vía vive, ¿no?
-Sí, pero en este preciso momento no nos hablamos.
-Bueno, pues entonces con tu padre.
Niego con la cabeza.
-¿Qué me dices de tu mejor amiga? Seguro que tienes una -afirma sonriente.
-Sí. Pero acaba de oír en la televisión que he tenido fantasías lésbicas con ella.
Me mira en silencio un instante.
-Tómate una buena taza de té -me sugiere al final, y con me nos convicción añade-: Y... buena suerte.
Recorro despacio la distancia que separa nuestra casa de la parada de metro. Cuando llego a la esquina, me sueno la nariz e inspiro profundamente varias veces. La opresión que sentía en el pecho ha disminuido bastante, pero, en cambio, los nervios se han apodera do de mí.
¿Cómo voy a enfrentarme a Alice después de lo que ha dicho Edward?
Hace mucho tiempo que la conozco y he pasado por situacio nes muy embarazosas delante de ella, pero ninguna que se parezca a ésta.
Es peor que cuando vomité en el cuarto de baño de casa de sus padres o que cuando me vio besando mi imagen en el espejo y su surrando con voz sexy: «Oh, cariño.» Incluso es aún más horrible que cuando me pilló escribiéndole una postal de San Valentín a nuestro profesor de Matemáticas, el señor Blake.
Espero, poco convencida, que de pronto haya decidido pasar todo el día fuera o algo así. Pero cuando abro la puerta, la veo salir de la cocina en dirección al recibidor. En cuanto me mira, se lo noto. Está totalmente descolocada.
Ya está. Edward no sólo me ha traicionado sino que, además, ha conseguido arruinar mi relación con mi mejor amiga. Las cosas nunca volverán a ser iguales entre ella y yo. Es como en Cuando Harry encontró a Sally. El sexo se ha interpuesto entre nosotras y ya no podemos ser amigas porque queremos dormir juntas.
No, borra eso. La cuestión es que no queremos...
Sea lo que sea, es muy chungo.
-¡Ah! -exclama Alice mirando al suelo-. Hola, Emma.
-Hola -contesto con voz ahogada-. He decidido venir a casa. La oficina era demasiado horrorosa.
Me callo y se produce un silencio insoportable y violento.
-Supongo que lo has visto -digo finalmente.
-Sí -responde sin apartar la vista de las baldosas. Carraspea y añade-: Si quieres que me vaya del piso, lo haré.
Se me forma un nudo en la garganta. Lo sabía. Después de vein tiún años, nuestra amistad está hecha trizas. Alguien revela un se cretillo y se acabó la cosa.
-No. Me iré yo -digo intentando no romper a llorar.
-Ni hablar. No es culpa tuya. He sido yo quien te ha estado dando esperanzas.
-¿Qué? Eso no es verdad.
-Sí. Me siento fatal. Ignoraba que... tuvieras ese tipo de incli naciones.
-¡Pero si no las tengo!
-Ahora lo veo claro. He estado paseándome medio desnuda; no me extraña que estés frustrada.
-No lo estoy. Y no soy lesbiana.
-Pues entonces bisexual o de orientación sexual múltiple, como quieras llamarlo.
-Tampoco soy nada de eso.
-Por favor, Bella. No te avergüences de tu sexualidad. Te prometo que te apoyaré incondicionalmente, elijas la opción que elijas.
-Alice, no necesito apoyo. Sólo tuve un extraño sueño, ¿vale?, no una fantasía, ¡un maldito sueño!, y eso no significa que sea les biana ni que me gustes ni nada de nada.
Nos callamos. Alice parece desconcertada.
-Ah, bueno. Pensaba que..., ya sabes, que querías...
-Pues no.
-Vale.
Nos quedamos en silencio un buen rato, durante el que Alice se mira fijamente las uñas y yo, la hebilla del reloj.
-¿Y de verdad hacíamos...? -pregunta ella por fin. ¡Santo cielo!
-Más o menos.
-¿Y cómo estuve?
-¿Qué? -exclamo atónita.
-En tu sueño. -Me mira ruborizada-. ¿Lo pasaste bien?
-Alice... -comienzo a decir con cara de angustia.
-Lo hice fatal, ¿verdad? Lo sabía.
-Pues claro que no... Fue...
No acabo de creerme que estemos hablando de sus habilidades sexuales en un sueño lésbico.
-¿Te importa que dejemos el tema? Ya he tenido un día bastan te dificil.
-Sí, claro -acepta llena de remordimiento-. Debes de sentir te...
-Humillada y traicionada -acabo, y trato de sonreír-. Sí, más o menos.
-¿Lo ha visto alguien de tu oficina?
-¡Lo han visto todos! -Doy media vuelta-. Y enseguida han comprendido que Edward hablaba de mí y han empezado a reírse, mientras lo único que yo deseaba era que me tragase la tierra.
-¿De verdad? -pregunta consternada.
-Ha sido horrible. -Cierro los ojos y me invade una nueva oleada de vergüenza-. Jamás lo había pasado tan mal en mi vida. Nunca me habían puesto en evidencia de ese modo. Ahora todo el mundo sabe que los tangas me parecen incómodos, que no hago kick boxing, que nunca he leído a Dickens... -Mi voz tiembla cada vez más y, de repente, me pongo a sollozar-. Tenías razón, Alice. He sido una idiota. Edward me ha estado utilizando desde el primer momento. Nunca le he interesado. Era sólo parte de un estudio de mer cado.
-¡Eso no lo sabes!
-Si que lo sé. Por eso estaba cautivado. No era porque me quisiera, sino porque se había dado cuenta de que tenía a su cliente ob jetivo delante de las narices. El tipo de chica normal y corriente a la que ni saludaría. Lo ha dicho bien claro en la entrevista. Soy alguien sin nada especial.
-Pero eso no es cierto -asegura furiosa.
-Sí. Es lo que soy. Absolutamente nada. Y soy tan imbécil que me lo creí todo. Estaba convencida de que me quería. Bueno..., al menos de que sentía lo mismo que yo por él.
-Ya.
Me da la impresión de que Alice también se va a echar a llorar. Se acerca y me da un fuerte abrazo.
Luego se aparta de golpe.
-Esto no te incomoda, ¿verdad? Es decir, no te excita ni nada de eso.
-Por última vez, Alice. ¡No soy lesbiana! -grito exasperada.
-Vale, vale. Perdona. -Me abraza y luego exclama-: ¡Venga! Necesitas un trago.
Nos dirigimos al minúsculo y convencional balcón que el dueño describió como «amplia terraza» cuando alquilamos el piso, y me siento al sol para beberme el licor que Alice compró en un duty free el año pasado. La boca me arde después de cada trago, pero cinco segundos después noto un relajante calorcillo por todo el cuerpo.
-Debería haberlo imaginado -digo mirando el vaso-. Ten dría que haber sabido que a los millonarios no les atraen las chicas como yo.
-No digas esas cosas -me pide Alice suspirando por enésima vez-. Me cuesta creer que todo estuviera preparado. Era tan ro mántico que decidiese no irse a Estados Unidos, lo del autobús, lo de ese cóctel de color rosa...
-Ésa es la cuestión. -Siento que se me van a saltar las lágri mas otra vez y parpadeo para contenerlas-. Por eso es tan humi llante. Él sabía exactamente lo que me gustaba. En el avión le dije que Jacob me aburría, que necesitaba más entusiasmo, pasión y romanticismo. Me dio todo lo que yo deseaba. Y me lo creí porque quise creérmelo.
-¿Estás segura de que lo tenía todo planeado? -pregunta mordiéndose el labio.
-Por supuesto. Me siguió a todas partes deliberadamente y se fijó en todo lo que hacía; quería entrar en mi vida. Acuérdate de la forma en que fisgó por mi habitación. No me extraña que lo obser vara todo; quizá hasta llevara un dictáfono en el bolsillo. Y yo voy y lo invito a pasar. -Tomo un buen trago de aguardiente y noto un li gero escalofrío-. Jamás volveré a confiar en un hombre.
-Parecía muy majo -murmura con pesar-. No me cabe en la cabeza que fuera tan cínico.
-Alice, la verdad es que un hombre como él no llega a la cum bre sin actuar de forma despiadada y pisotear a la gente. Es impo sible.
-¿Sí? -dice mirándome con el entrecejo arrugado-. Puede que tengas razón. Joder, qué deprimente.
-¿Está Bella? -pregunta la aguda voz de Jesica, que sale al balcón con su albornoz blanco, una mascarilla en la cara y los ojos entrecerrados por la furia-. Muy bien, señorita Jamás-te-cojo-las -cosas, ¿qué me dices de mis zapatos de tacón de Prada?
Supongo que a estas alturas no tiene sentido mentir más.
-Que son demasiado puntiagudos e incómodos -contesto encogiéndome de hombros, y Jesica inspira con fuerza.
-¡Lo sabía! ¿Dónde está mi jersey de Joseph? ¿Y mi bolso de Gucci?
-¿De cuál hablas? -respondo desafiante.
Por un instante parece quedarse sin palabras.
-De todos ellos. ¿Sabéis? Podría demandaros por eso y dejaros sinblanca -amenaza blandiendo un papel-He elaborado una lista de las prendas que sospecho que se ha puesto otra persona en los tres últimos meses.
-¡Déjanos en paz con tu ridícula ropa! -vocifera Alice-. Em ma está muy dolida. El hombre que supuestamente la amaba la ha apuñalado por la espalda.
-¡Qué sorpresa! Permite que me desmaye por la impresión -replica con ironía-. Te dije que te pasaría. Te avisé de que no se le puede decir a un hombre todo sobre una misma, porque entonces hay muchas posibilidades de que la cosa acabe mal. ¿Acaso no te previne?
-Dijiste que no conseguiría un pedrusco en el dedo, no que él aparecería en televisión para contarle a todo el país sus secretos más íntimos. Podrías mostrar un poco de compasión.
-No, Alice. Jesica tiene razón. Si hubiera mantenido la boca cerrada, nada de esto habría pasado. -Cojo la botella y me sirvo otro vaso con gesto taciturno-. Las relaciones son una batalla, una partida de ajedrez. ¿Y qué he hecho yo? Arrojar todas mis piezas en cima del tablero de una sola vez y decir: «Toma, ahí están todas.» La verdad es que los hombres y las mujeres no deberían contarse nada de nada.
-Estoy completamente de acuerdo -aprueba Jesica-. Ten go pensado hablar lo menos posible con mi futuro marido.
El timbre del teléfono inalámbrico que lleva en la mano la inte rrumpe.
-¿Hola? ¿Camilla? ¡Ah!, espera un momento. -Tapa el auricu lar y me mira con los ojos como platos-. ¡Es Edward!
Me quedo de piedra.
Casi había olvidado que existe en la vida real. Lo único que veo es su cara en la pantalla, sonriendo, asintiendo..., y arrastrándome lentamente hacia la humillación.
-Dile que Bella no quiere hablar con él -le susurra Alice.
-No, tiene que hacerlo -contesta Jesica-. Si no, él pensará que ha vencido.
-Pero...
-Dámelo. -Cojo el teléfono con el corazón a toda velocidad-. Hola -saludo con el tono más cortante de que soy capaz.
-Soy yo -dice su familiar voz, y, sin querer, siento una oleada de emoción que casi me supera. Quiero echarme a llorar, pegarle, hacerle daño...
Pero, no sé cómo, consigo controlarme. -No pienso volver a dirigirte la palabra.
Cuelgo y empiezo a respirar con fuerza.
-Bien hecho -aplaude Alice.
Un instante después, el teléfono vuelve a sonar.
-Por favor, Bella -suplica Edward-. Escucha un momento. De bes de estar muy enfadada, pero si me das un segundo para que te explique...
-¿No me has oído? -exclamo enrojeciendo-. Te has aprove chado de mí y me has avergonzado, y no quiero hablar contigo nunca más, ni verte ni, escucharte ni...
-Saborearte -sisea Jesica asintiendo con la cabeza vigoro samente.
-... tocarte. Jamás de los jamases.
Cuelgo, entro en el piso y desconecto el cable de la pared. Des pués, con manos trémulas, saco el móvil del bolso en el momento en que comienza a sonar y lo apago.
Cuando vuelvo al balcón, sigo temblando un poco. Me parece in creíble que todo haya acabado así. En un solo día, mi perfecta rela ción ha quedado reducida a la nada.
-¿Estás bien? -pregunta Alice preocupada.
-Creo que sí -contesto mientras me dejo caer en una silla-. Un poco nerviosa.
-Bueno, Bella -dice Jesica inspeccionándose una cutícu la-. No es que quiera meterte prisa, pero ya sabes lo que tienes que hacer, ¿no?
-¿Qué?
-Vengarte. -Levanta la vista y me mira fijamente-. Edward debe pagar por lo que ha hecho.
-Ni hablar -interviene Alice-. ¿No crees que la venganza es algo indigno? ¿No es mejor que se aleje de él?
-¿Y de qué sirve eso? ¿Aprenderá así la lección Edward? ¿Deseará no haberla ofendido?
-Bella y yo siempre hemos estado de acuerdo en que es pre ferible mantener una posición de superioridad moral -replica Alice con determinación-. «Vivir bien es la mejor venganza», George Herbert.
Jesica la mira un instante si saber qué decir.
-Estaré encantada de ayudarte -continúa por fin, volviéndo se hacia mí-. La revancha es una de mis especialidades, modestia aparte.
Evito mirarla.
-¿Qué has pensado?
-Rayarle el coche, cortarle los trajes, coser un pez en sus corti nas y esperar a que se descomponga... -recita de un tirón, como si fuera un poema.
-¿Aprendiste esas cosas en las clases de urbanidad? -le pre gunla Alice poniendo los ojos en blanco.
-La verdad es que estoy siendo de lo más feminista. Las mujeres tenemos que defender nuestros derechos. Antes de casarse con mi padre, mi madre salió con un científico que prácticamente la dejó plantada: cambió de parecer tres semanas antes de la boda. ¿Podéis creerlo? Así que una noche ella entró en su laboratorio y de senchufó todas las máquinas. Arruinó toda su investigación. Siem pre dice: «Así aprendió Emerson.»
-¿Emerson Davies? -pregunta Alice.
-El mismo.
-¿El que casi descubre una vacuna para la viruela?
-Que no hubiera fastidiado a mi madre -afirma levantando el mentón con gesto de rebeldía-. Otro de sus métodos es el aceite de chile. Aceptas acostarte con él otra vez, le propones un masaje con aceite y se lo frotas por... ya sabéis dónde. Es una forma de darle donde más le duele.
-¿Tu madre te ha contado esas cosas? -se extraña Alice.
-Sí. Es un encanto. Cuando cumplí dieciocho años, tuvimos una charlita sobre los hombres y las mujeres.
Alice la mira atónita.
-¿En la que te explicó cómo untar con aceite picante los geni tales masculinos?
-Sólo si te tratan mal. ¿Qué pasa contigo, Alice? ¿Crees que hay que permitir que un tío te pisotee y luego se quede tan fresco? Eso sería un duro golpe para el feminismo.
-No estoy diciendo eso. Pero yo no me vengaría así.
-Entonces, ¿qué harías tú, sabihonda? -le espeta poniendo los brazos en jarras.
-Muy bien, si estuviera dispuesta a caer tan bajo como para vengarme de alguien, algo que nunca haré porque personalmente creo que es un gran error... -Se detiene para recobrar el aliento-.
Bueno, yo haría lo mismo que él. Contaría uno de sus secretos.
-Eso está muy bien -admite Jesica de mala gana.
-Lo pisotearía -continúa Alice con cierto tono reivindicati vo-. Lo cubriría de oprobio. A ver qué le parecía. Las dos se vuelven y me miran expectantes.
-No sé ninguno de sus secretos.
-Seguro que sí.
-Claro, mujer.
-No -digo sintiéndome humillada una vez más-. Tenías ra zón desde el principio, Alice. Ha sido una relación desigual. Yo com partí los míos con él, pero él no me contó ninguno de los suyos. No me habló de nada. No éramos almas gemelas. He sido una auténti ca idiota.
-No, no es cierto -me consuela Alice apretándome la mano-. Simplemente has sido confiada.
-Una idiota confiada, es lo mismo.
-Debes de saber alguna cosa -dice Jesica-. ¡Por el amor de Dios! ¡Te has acostado con él! Tendrá algún punto débil.
-Un talón de Aquiles -añade Alice, y Jesica la observa extra ñada.
-No tiene por qué guardar relación con sus pies -replica mi rándome con cara de: «Alice no se entera»-. Puede ser cualquier cosa. Haz memoria.
Obediente, cierro los ojos e intento recordar, pero la cabeza me da vueltas por el aguardiente. Secretos... Edward...
Escocia. De pronto, un pensamiento coherente aterriza en mi cerebro. Abro los ojos llena de júbilo.
-¡Lo tengo! Sé uno.
-¿Te has acordado de algo? -inquiere Jesica con avidez.
-Fue a... -Me callo.
Se lo prometí.
¿Y qué? ¿Qué cojones? Mi pecho vuelve a henchirse de emo ción. ¿Por qué voy a mantener una estúpida promesa? Él no ha guardado ninguno de mis secretos, ¿verdad?
-Estuvo en Escocia -anuncio con voz triunfante-. La primera vez que lo vi después del vuelo, me pidió que no se lo dijera a nadie.
-¿Por qué? -se interesa Alice.
-No tengo ni idea.
-¿Y qué estaba haciendo allí? -pregunta Jesica.
-Tampoco lo sé.
Nos quedamos en silencio.
-Humm. Bueno, no es el secreto más embarazoso del mundo-comenta Jesica-. Es decir, hay un montón de gente rica que vive en Escocia. ¿No sabes algo mejor? Como que lleva vello postizo
en el pecho.
-¡¿Qué?! -exclama Alice soltando una carcajada-. Sí, o tupé.
-Por supuesto que no se pone nada de eso -replico indigna da. ¿De verdad piensan que saldría con un hombre que usara cosas así?
-Entonces tendrás que inventar algo-sugiere Jesica-. An tes de su relación con el científico, un político se portó muy mal con mi madre. Así que ella se encargó de propagar por toda la Cámara de los Comunes el rumor de que él aceptaba sobornos del Partido Comunista. Siempre dice: «Así aprendió Dermis.»
-¿No sería Dennis Ilewellyn? -pregunta Alice.
-Sí, creo que era él.
-¿El ministro del Interior deshonrado? -exclama atónita-. ¿El que se pasó toda la vida intentando limpiar su reputación y aca bó recluido en un psiquiátrico?
-Pues que no hubiera fastidiado a mi madre, ¿no te parece? -replica Jesica alzando el mentón. En su bolsillo suena un piti do-. Hora de mi baño de pies.
Cuando entra en casa, Alice pone los ojos en blanco.
-Se le va la olla. Está completamente majara. No irás a inven tarte nada sobre Edward Cullen, ¿verdad?
-Por supuesto que no. ¿Quién te crees que soy? -contesto con indignación. Miro mi aguardiente y siento que desaparece su efec to-. Además, ¿a quién quiero engañar? Nunca podré vengarme de él. No podría hacerle daño; no tiene puntos débiles. Es un poderoso millonario y yo, nada especial, un absoluto y vulgar cero a la iz quierda.
A la mañana siguiente amanezco muerta de miedo. Como una niña decinco años que no quiere ir al colegio. O mejor, como una niña con una terrible resaca.
-No puedo ir -aseguro cuando dan las ocho y media-. No seré capaz de mirarlos a la cara.
-Sí que puedes -me anima Alice mientras me abrocha los bo tones de la chaqueta-. Todo irá bien. ¡Mantén la frente bien alta!
-¿Y qué pasa si se portan mal conmigo?
-No lo harán. Son tus amigos. De todas formas, seguramente ya lo habrán olvidado.
-No creo. ¿No podría quedarme en casa contigo? -suplico agarrándole la mano-. Seré muy buena, te lo prometo.
-Ya te lo he explicado -dice con paciencia mientras se suelta-.Tengo que ir al juzgado. Pero estaré aquí cuando llegues y pre pararemos algo rico para cenar, ¿vale?
-Vale -acepto con un hilillo de voz-. ¿Comprarás helado de chocolate?
-Claro que sí-responde, y abre la puerta-. Ahora, vete. No te ocurrirá nada.
Rajo las escaleras como un perro al que hubieran espantado y salgo a la calle. En ese preciso momento aparca frente a mí una fur goneta, de la que sale un chico con uniforme azul y el mayor ramo de flores que he visto en mi vida, atado con una cinta verde. El re partidor mira el número del portal.
-Hola, estoy buscando a Isabella Swan.
-Soy yo – digo sorprendida.
-¡Ajá! -exclama sonriendo, y saca un bolígrafo y un bloc de notas-. Hoy estás de suerte. ¿Te importa firmar aquí?
Observo el ramo, atónita. Rosas, fresias, unas preciosas flores de color violeta, unas fantásticas borlas de un rojo intenso, frondo sas hojas verde oscuro y otras más claras que parecen tallos de es párrago.
Es posible que no sepa cómo se llaman, pero una cosa sí sé: son muy caras.
Sólo puede habérmelas enviado una persona.
-Espera un momento -lo detengo sin coger el bolígrafo-. Voy a mirar quién las manda.
Saco la tarjeta, la abro y paso la vista por el largo mensaje, sin leerlo, hasta que llego al nombre que hay al final. Edward.
Me estremezco. ¿Acaso cree que después de todo lo que ha he cho puede engatusarme con un ramo de flores de mala muerte? Bueno, vale, enorme y carísimo.
Pero ésa no es la cuestión.
-No lo quiero, gracias -digo, llena de orgullo.
-¿Qué? -se asombra el chico.
-Dile a la persona que lo ha enviado que gracias, pero no.
-¿Qué sucede? -pregunta una voz a mi espalda. Me doy la vuelta y veo a Alice admirando embelesada el ramo-. ¡Qué pasada! ¿Es de Edward?
-Sí, pero no lo quiero. Por favor, llévatelo.
-Espera -suplica mi amiga aferrándose al papel de celofán. Hunde la cabeza en los capullos e inspira profundamente-. ¡Guau! Son unas flores divinas. ¿Las has olido?
-No -contesto enfadada-. No pienso hacerlo.
-Jamás había visto una cosa tan alucinante. ¿Qué harán con ellas? -le pregunta al mensajero.
-Ni idea. Supongo que las tirarán.
-¡Qué pena! -se lamenta Alice, mirándome de reojo. Un momento. No estará...
-¡No puedo aceptarlas! Imposible. Edward pensará que le estoy diciendo que no ha pasado nada.
-Tienes razón -acepta de mala gana-. Hay que devolverlas. De todas formas, es una lástima -se resigna, mientras acaricia unaterciopelado pétalo de rosa.
-Estás de coña, ¿verdad, Bella? -nos interrumpe una voz aguda.
¡Lo que faltaba! Jesica ha salido a la calle vestida todavía con su bata blanca.
-Ni se te ocurra; mañana tengo invitados y me vendrán de per las. -Coge la tarjeta-. De Smythe and Foxe. ¿Sabes cuánto han de bido de costarle?
-Me importa un rábano. Son de Edward y no puedo aceptarlas.
-¿Por qué no?
Esta chica es increíble.
-Pues... por una cuestión de principios. Si me las quedo es como si lo perdonara.
-No necesariamente. También podrías estar sugiriendo que no tiene disculpa o que te importa tan poco que ni siquiera pierdes el tiempo en rechazarlas.
Permanecemos en silencio meditando la decisión. La verdad es que son preciosas.
-Bueno, ¿las quiere o no? -pregunta el repartidor.
Joder, no sé qué hacer.
-Emma, si las devuelves, demuestras debilidad -asegura Je sica con firmeza-. Das la impresión de que no soportas tener encasa algo que te recuerde a él. Sin embargo, si te las quedas es como si le dijeras que no te preocupa. Eres firme, fuerte...
-Vale, vale -transijo, y cojo el bolígrafo-. Firmaré, pero dile que eso no significa que lo disculpe ni que crea que ha dejado de ser un cínico, despiadado y despreciable abusón. Además, si no fuera porque Jesica da una fiesta, irían directamente a la basura. -Cuando acabo mi diatriba. estoy colorada y respiro con dificultad, y acabo de escribir con tanta fuerza que rasgo la hoja-. ¿Te acorda rásde todo?
El chico me mira sin comprender nada.
-Mire, yo sólo trabajo en el almacén.
-Ya sé -dice Alice de repente. Coge el bloc y, debajo mi nom bre, escribe en letra muy clara: «Sin perjuicio de los derechos del fir mante»
—¿Y eso qué significa? -pregunto.
«No le perdonaré jamás, cabrón, pero me quedo con las flores.»
-Y que aún tienes que ajustarle las cuentas -añade Jesica con determinación.
Hace una de esas mañanas frescas y brillantes que te convencen de que Londres es realmente la mejor ciudad del mundo. Mientras ca mino desde la estación de metro al trabajo, me siento más animada.
Puede que Alice tenga razón. A lo mejor la gente de la oficina lo ha olvidado todo. Es decir, no exageremos. Tampoco fue para tanto. Seguro que ya están cotilleando sobre otras historias. Estarán hablando de fútbol, de política o de algo así.
Abro las puertas de cristal del vestíbulo con un arrebato de opti mismo y entro con la cabeza bien alta.
-... una colcha de Barbie -exclama alguien al fondo del recibi dor. Un chico de Contabilidad está charlando con una mujer que lleva un distintivo de visitante y lo escucha con avidez.
-¿... follando todo el rato con Edward Cullen? -pregunta una voz desde lo alto. Miro y veo a un grupo de chicas que sube las escaleras.
-A mí, el que me da pena es Jacob. Pobre chico -dice una de ellas.
-... que le gustaba el jazz. ¿Por qué demonios haría algo así? -comenta un tipo que sale del ascensor.
Así pues, no lo han olvidado.
Todo mi optimismo desaparece, y durante un momento me planteo la posibilidad de salir corriendo y meterme bajo el edredón el resto de mi vida.
Pero no puedo hacerlo.
Para empezar, al cabo de una semana estaría aburridísima.
Y en segundo lugar, porque he de enfrentarme a ellos.
Aprieto los puños, subo despacio al primer piso y avanzo por el pasillo. Todo el mundo con el que me cruzo me mira descarada mente o simula no verme, y al menos cinco personas han enmude cido cuando me acercaba.
En la puerta de Marketing inspiro con fuerza e intento mostrar me lo más indiferente posible.
-Hola a todos -saludo quitándome la chaqueta y colgándola en la silla.
-¡Bella! -exclama Tania con sarcasmo-. ¡Qué sorpresa!
-Buenos días -dice Eleazar, que acaba de salir de su oficina y me examina con la mirada-. ¿Estás bien?
-Sí, gracias.
-¿Hay alguna cosa de la que quieras hablar?
Para mi sorpresa, parece que lo dice en serio.
Pero, la verdad, ¿qué se cree? ¿Que voy a llorarle en el hombro y contarle que el cabrón de Edward Cullen me ha utilizado?
Sólo lo haré si alguna vez me siento realmente desesperada.
-No, gracias. Estoy bien -contesto con un cosquilleo en la cara.
-Muy bien. -Adopta un tono más formal-. Supongo que cuando te esfumaste ayer fue porque decidiste trabajar desde casa.
-Esto... Sí, eso es.
-No me cabe duda de que hiciste muchas tareas provecho sas.
-Sí, montones.
-Estupendo, es lo que había pensado. Muy bien, sigue con lo tuyo. Y, vosotros -advierte mirando a su alrededor-, recordad lo que os he dicho.
-Por supuesto -dice Tania asintiendo con la cabeza.
Eleazar vuelve a su oficina y, un tanto tensa, espero a que se en cienda el ordenador. «Todo va a ir bien -me digo-. Concéntrate en tu trabajo y métete de lleno en...»
De repente oigo que alguien está tarareando una canción. Me suena. Son...
¡Los Carpenters!
Ahora se le han unido unas cuantas voces más.
-Glose to yoooou...
-Bella -me llama Nick, y lo miro con desconfianza-. ¿Quieres un pañuelo?
-Glose to yoooou... -corea todo el mundo en medio de una carcajada generalizada.
No pienso hacerles caso. No les daré ese placer.
Abro el correo electrónico con toda la calma de la que soy ca paz, y suelto un gritito ahogado. Normalmente tengo unos diez mensajes, como mucho, pero hoy he recibido noventa y cinco.
Mi padre: Me gustaría mucho hablar...»
Carol: «¡Ya he conseguido otras dos personas para el club Bar bie»
Moira: «Conozco un sitio en el que venden tangas muy cómo dos»
Sharon: «¿Cuánto tiempo lleváis enrollados?»
Fiona: «RE: Taller de conocimiento del cuerpo.»
Recorro la interminable lista y, de pronto, algo me atraviesa el corazón.
Hay tres de Edward.
¿Qué hago?
¿Los leo?
Mi mano se detiene indecisa sobre el ratón. ¿Merece al menos una oportunidad para explicarse?
-Bella -me reclama Tania con voz inocente, acercándose a mi mesa con una bolsa-. Mira este jersey. Es muy bonito, pero me está pequeño. A ti seguro que te queda bien porque... -Se calla y mira de reojo a Caroline-. Es de la talla treinta y ocho.
Las dos se echan a reír histéricamente.
-Gracias, Tania. Es muy amable por tu parte -contesto de forma cortante.
-Voy a por un café. ¿Alguien quiere algo? -pregunta Fergus.
-Tráeme uno con Harvey's Bristol Cream -le pide Nick.
-Ja, ja -mascullo entre dientes.
-Se me había olvidado -añade aproximándose-. ¿Has visto a la nueva secretaria de Administración? No está mal, ¿verdad? Me guiña un ojo, y lo miro sin comprender.
-Lleva el pelo de punta y unos bonitos pantalones de peto.
¡Calla la boca! -le grito enfurecida y colorada-. No soy...¡Que os den por culo a todos!
Con la mano temblorosa por la rabia, borro los mensajes de Edward. No se merece ni una oportunidad. Cero.
Me levanto y salgo de la habitación respirando agitadamente. Voy al servicio de mujeres, cierro de un portazo y apoyo mi ardorosa frente en el espejo. El odio a Edward Cullen sube por mi interior como un río de lava. ¿Tendrá idea de lo que estoy pasando por su culpa? ¿De lo que me ha hecho?
-Bella.
Una voz interrumpe mis pensamientos y doy un respingo. Me invade un repentino miedo.
Rose ha entrado sin que la oyera. Está delante de mí, con su bolsito de maquillaje en la mano. El espejo refleja su cara junto a la mía. Me está sonriendo como en Atracción fatal.
-Así que no te gusta el ganchillo... -dice con voz ahogada.
¡Dios mío! ¿Qué he hecho? He despertado a la psicópata que se ocultaba en ella. A lo mejor quiere atravesarme con una aguja de ganchillo.
-Rose -digo con el pecho a punto de estallar-. Por favor, es cúchame. Yo no...
-No te esfuerces -me corta levantando una mano-. No hace falta. Las dos sabemos la verdad.
-Edward se equivocó. Se confundió. Yo le conté que odiaba los ganchitos. Ya sabes, esos tan pringosos y llenos de queso.
-Ayer estaba muy enfadada -me interrumpe con una sonrisa inquietante-. Pero después del trabajo fui directamente a casa y llamé a mi madre. ¿A que no sabes lo que me dijo?
-¿Qué? -pregunto atemorizada.
-Que a ella tampoco le gusta.
-¡No! -Me giro y la miro, boquiabierta.
-Ni a mi abuela. -Enrojece y sé que ha vuelto a ser la de siem pre-. Ni a nadie de mi familia. Han estado fingiendo todos estos años. Ahora lo entiendo. Las Navidades pasadas le hice a mi abuela una funda para el sofá y poco después me dijo que habían entrado unos ladrones y se la habían robado. ¿Quién se cree una cosa así?
-Pues no sé.
-¿Por qué no me lo confesaste antes? He estado haciendo re galos estúpidos que no le gustan a nadie.
-Lo lamento, Rose. No pretendía lastimarte -me disculpo llena de remordimiento.
-Sé que sólo intentabas ser amable, pero ahora me siento como una tonta.
De repente entra Wendy, de Contabilidad, y nos callamos. Ella nos mira, abre la boca, la cierra y desaparece en uno de los retretes.
-¿Estás bien? -me pregunta Rose en voz baja.
-Sí, ya sabes -contesto encogiéndome de hombros.
Claro. Estoy tan estupendamente que tengo que esconderme en el servicio para no enfrentarme a mis compañeros.
-¿Has hablado con Edward?
-No. Me ha enviado unas flores, como si tal cosa. Seguro que ni las ha elegido él; se lo habrá encargado a Jasper.
Oímos que Wendy tira de la cadena y sale.
-Éste el rímel riel que te hablé -disimula Rose pasándome un tubito.
-Gracias. Decías que da volumen y alarga las pestañas, ¿ver dad?
Wendy pone los ojos en blanco.
-No os preocupéis. No os estaba escuchando. -Se lava las manos, se las seca y me lanza una ávida mirada- ¿Estás saliendo con Edward Cullen?
-No, me utilizó y después me traicionó. Y si quieres saber la verdad, no me importaría no volver a verlo en toda mi vida.
-Vale. Era sólo porque si hablas con él, ¿podrías decirle que me encantaría trabajar en el departamento de Relaciones Públicas?
-¿Qué?
-Podrías comentarle, así de pasada, que tengo buenas dotes de comunicación y que soy la persona adecuada para el puesto.
¿Qué espera? ¿Que le diga: «No quiero volver a verte, Edward. Por cierto, Wendy cree que es una buena relaciones públicas.»?
-No sé. No creo que esté en mi mano.
-Egoísta -me acusa ofendida-. Sólo te he pedido que se lo menciones si sale el tema. Nada más. ¿Te parece muy difícil?
-¡Vete a la mierda, Wendy! ¡Déjala en paz!
-Sólo era una pregunta. Supongo que ahora te crees superior a nosotros, ¿no?
-No es eso -protesto escandalizada, pero ella sale haciendo aspavientos-. Genial -digo con un repentino temblor en la voz-. Estupendo. Ahora me odiarán, aparte de todo lo demás.
Espiro bruscamente y contemplo mi imagen. Aún me cuesta creer que las cosas se hayan trastocado de tal manera. Todo en lo que creía ha resultado ser falso. Mi hombre perfecto es un cínico aprovechado. Mi maravillosa relación, una farsa. Era la persona más feliz del mundo y ahora soy el hazmerreír.
Siento que los ojos me vuelven a escocer.
-¿Estás bien? -se interesa Rose mirándome inquieta-. Toma un pañuelo. Y un poco de colirio.
-Gracias.
Trago saliva y me echo unas gotas en los ojos mientras me obli go a respirar profundamente para calmarme.
-Eres muy valiente. De hecho, me sorprende que hayas venido hoy. A mí me habría dado demasiada vergüenza.
-Mira, ayer revelaron mis secretos más íntimos en televisión. ¿Crees que puede haber algo más embarazoso que eso?
-Aquí está -exclama una sonora voz, y Caroline entra en los servicios-. Bella, tienes visita: tus padres.
No puede ser verdad.
Están al lado de mi mesa. Mi padre lleva un traje gris muy ele gante y mi madre, una chaqueta blanca y una falda azul marino. Entre los dos sujetan un ramo de flores y toda la oficina los está con templando como si fueran una pareja de extraterrestres.
Borra eso. Ahora todas las cabezas se han girado hacia mí.
-Hola, mamá. Hola, papá -saludo con una voz que de repen te se ha vuelto ronca.
¿Qué hacen aquí?
-¡Bella! Hemos pensado en venir para... verte -dice mi pa dre con un pretendido tono jovial.
-Sí, eso -corrobora mi madre asintiendo con la cabeza, como si fuera la cosa más normal del mundo-. Te hemos traído un rega lo, unas flores para tu escritorio -añade alegremente, y las deja so bre éste con torpeza-. Míralo, Billy. ¿A que es bonito? Y mira qué ordenador.
-Espléndido -asegura dando una palmadita en el monitor-. Es un equipo magnífico.
-¿Éstos son tus amigos? -pregunta ella mirando el departa mento.
-Algo así -digo frunciendo el entrecejo cuando Tania le sonríe de forma angelical.
-El otro día comentábamos lo orgullosa que debes de estar por trabajar en una gran empresa como ésta. Estoy segura de que muchas chicas te envidiarían. ¿Verdad, Brian?
-Por supuesto. Lo has hecho muy bien, Bella.
Estoy tan sorprendida que casi no puedo ni abrir la boca. Miro a mi padre, que me sonríe de forma extraña. Y a mi madre le tembla ban las manos cuando ha dejado el ramo.
Tengo la impresión de que están nerviosos, los dos.
Estoy dándole vueltas a la cabeza cuando Eleazar aparece en la puerta de su despacho.
-Deduzco que tienes visita -me dice arqueando las cejas.
-Esto .., sí. Son.... ejem, mis padres, Billy y Rene.
-Encantado –los saluda amablemente.
-No queremos molestar -se excusa mamá enseguida.
-En absoluto -responde Eleazar obsequiándola con una encan tadora sonrisa-. Por desgracia, están redecorando la habitación que solemos utilizar para las sesiones de vinculación afectiva.
-¡Ah! -exclama ella sin saber si lo dice en serio o no.
-Bella, quizá te apetezca llevarlos a tomar, digamos, un al muerzo temprano.
Miro el reloj. Sólo son las diez menos cuarto. -Gracias, Eleazar.
Esto es surrealista.
Es media mañana y debería estar trabajando, pero, en vez de eso, voy por la calle con mis padres preguntándome de qué narices vamos a hablar. Ni siquiera recuerdo la última vez que estuvimos solos los tres, sin el abuelo, ni Lauren. Es como si hubiéramos retrocedido quince años en el tiempo o algo así.
-¿Entramos aquí? -sugiero al pasar por una cafetería italiana.
-Buena idea -aprueba mi padre con entusiasmo, y abre la puer ta-. Por cierto, ayer vimos a tu amigo Edward Cullen en la televisión.
-No es mi amigo -replico secamente, y ellos intercambian miradas.
Nos sentamos en una mesa de madera, el camarero nos deja la carta y nos quedamos en silencio.
Joder. Ahora sí que estoy nerviosa
-Así pues... -empiezo y me callo. Querría preguntarles por qué están aquí, pero me parece un poco desconsiderado y, en vez de eso, digo-: ¿Qué os trae por Londres?
-Se nos ha ocurrido venir a visitarte -responde mi madre le yendo el listado con las gafas puestas-. ¿Qué hago? ¿Me tomo una taza de té o...? ¿Qué es eso de frappelatte?
-Yo quiero un café normal. ¿Aquí tendrán? -dice papá miran do la carta con el entrecejo fruncido.
-Si no, puedes pedir un capuchino y quitarle la espuma, o un exprés y decir que le añadan agua caliente.
Esto es increíble. ¿Han recorrido trescientos kilómetros para venir a este sitio y hablar de infusiones todo el día?
-Eso me recuerda, Bella -comenta mi madre con toda nor malidad-, que te hemos comprado un regalo, ¿verdad, Billy?
-¿Ah, sí? ¿Y qué es?
-Un coche -responde, y se dirige al camarero, que se ha acer cado a nuestra mesa-. Hola, yo tomaré un capuchino; mi marido, un café de filtro, si es posible; y mi hija, un...
-Un coche -repito sin poder creerlo.
-¿Cómo? -pregunta el camarero mirándome con recelo-. ¿Quiere café?
-Sí, un capuchino, por favor.
-Y una selección de pasteles -añade mi madre-. Grazie.
-¡Mamá! -exclamo llevándome una mano a la cabeza cuando el camarero se ha ido-. ¿Qué significa lo del regalo?
-No es gran cosa. Lo necesitas. Ir en autobús no es seguro. El abuelo tiene razón.
-Pero no puedo permitírmelo. Papá, ni siquiera te he devuelto todo el dinero que...
-Olvídalo, haremos borrón y cuenta nueva.
-¿Qué? -pregunto todavía más sorprendida-. No podemos. Todavía te debo...
-Que lo olvides. No quiero que te preocupes más por eso. No nos debes nada.
De verdad que no lo entiendo. Miro confundida a mamá, luego a papá y, despacio, vuelvo la vista a mamá.
Es muy extraño, pero siento que es la primera vez que nos ve mos realmente en muchos años, como si nos encontráramos, nos saludáramos y, de alguna forma..., empezáramos de nuevo.
-¿Qué te parecería tomarte unas pequeñas vacaciones el año que viene... con nosotros? -continúa mi madre.
-¿Sólo... nosotros? -pregunto mirando alrededor de la mesa.
-Sí, los tres -dice con sonrisa tentadora-. Puede ser diverti do. Si no tienes otros planes, claro está.
-No, me encantaría. Pero ¿qué pasa con...?
Ni si quiera puedo pronunciar el nombre de Lauren.
Nos quedamos en silencio un instante, y ellos cruzan una mira dita.
-Por supuesto, Lauren también te manda saludos -dice mi ma dre alegremente, como si quisiera cambiar de tema, y se aclara la voz -. Ha pensado en ir a Hong Kong el próximo año para visitar a su padre. Hace al menos cinco años que no lo ve y quizá sea el mo mento de que pasen un tiempo juntos.
- Ah, buena idea.
Esto es alucinante. Todo ha cambiado. Es como si hubieran lan zado a toda la familia al aire, hubiéramos caído en una posición di ferente y ya nada fuera como antes.
-Creemos que... -balbucea mi padre- que quizá no... no siempre nos hayamos dado cuenta de...
Deja de hablar y se frota la nariz con fuerza.
-Capuchino -anuncia el camarero poniéndome una taza de lante-. Café de filtro, capuchino, pastel de café, de limón, de cho colate...
-Gracias -lo interrumpe mi madre-. Ya nos servimos noso tros. Emma, lo que intentamos decirte es que estamos muy orgullo sos de ti.
¡Dios mío! Creo que me voy a echar a llorar.
-Bien -consigo articular.
-Y queremos... -añade mi padre-. Tu madre y yo... -Carras pea-. Siempre hemos... Siempre estaremos... Los dos...
Hace una pausa y comienza a respirar con dificultad. No me atrevo a decir nada.
-Debes saber que... Estoy seguro de que... de que nosotros... -Se para de nuevo y se seca el sudor de la frente con la servilleta-. La cuestión es que...
-¡Por el amor de Dios! Dile a tu hija que la quieres, Billy. Aun que sea por una vez en la vida -le grita mi madre.
-Te... quiero, Bella -acaba él con voz entrecortada, y se frota un ojo.
-Yo también te quiero, papá -le aseguro con un nudo en la garganta-. Y a ti, mamá.
-¿Ves? -dice ella secándose las lágrimas-. Sabía que no era un error venir.
Me aprieta una mano, yo cojo la de mi padre, y por un momento parecemos mantener un extraño abrazo en grupo.
-¿Sabéis? Somos vínculos sagrados en el ciclo eterno de la vida -afirmo, henchida por la emoción.
-¿Qué has dicho? -preguntan al unísono.
-Nada, no importa.
Los suelto, tomo un trago de café y levanto la vista. De repente se me para el corazón.
Edward está en la puerta de la cafetería.
ESPERO QUE LES HAYA GUSTADO
