N/A: OLaaaa gente! Ya estoy aquí. He tardado un poco, lo sé, pero al menos he podido contestar los reviews y como ha estado todo el rollo de la cuarta peli imagino que no os habréis acordado mucho de mi fict, jajaj. En este capítulo las cosas empieza a avanzar mucho más rápido, así que ya veremos. Por haberos portado bien y vuestros reviews os adelantaré que el siguiente capítulo se llamará: "Anya's innocence" o lo que es igual "La inocencia de Anya" y que veremos un trozo de su pasado. tatatachánnnnn, jajajaa. Pues na, gente, que os cuidéis mucho y que nos vemos pronto! Besazos!

Reviews:

Caliope Halliwell: Hola! Jajaj, cada día me parto más con tus reviews. Pues sí, la verdad es que es jodido para Harry toda esta situación. Verse en inferioridad ante Anya y Orión en algo muy duro para él. Tendrá que ponerle remedio. Te molaría que Harry se pasara al lado oscuro, verdad? Aajajajaja, tal vez lo haga...umm, ya veremos. Lo del pasado de Ian lo expliqué en algún capítulo, creo que en el segundo o el tercero. Sus padres pertenecían al Priorato de Sión, una antigua organización proveniente de los Templarios que guardaban un secreto capaz de destruir a la Iglesia. Los padres de Ian conocían ese secreto y estaban preparados para exponerlo al mundo. Entonces fueron asesinados. Por eso Ian odia tanto a la Iglesia. Ya veremos lo que ocurre con Dani...espero que no me matéis, ajajja. Bueno, te haré una confesión...en algún momento del fict los muggles descubrirán la magia y entocnes...eso ya no te lo digo, ajajaja. Un besazo!

MayeEvans: Olass! Muchas gracias, me alegro que te guste.

Aimar: Olass! No pasa res, si jo tampoc tinc temps de res. M'alegro que t'hagi agradat el capi, jo espero que mai arribe el dia que no t'agrade, ajajaja. Ummm, bueno, pensa que l'orión i l'anya són dos arcangels molt mes entrenats que el Harry, han estat rodejats de mestres i el Harry no, pero poc a poc la balança s'equilibrarà. Umm, a vera, si, el Harry deuria haber mort a la batalla contra Voldemort, pero va quedar lligat al mon i a la esperança d'ell, pero en teoria deuria haber mort i per aixo l'equilibri està en perill. No se si matarè al Harry...ja vorem, ajaja. Ummm, de tema dani no parlo...no encara al menys, jajaja, donali temps. No farà falta que el Harry li digui a tothom el que li pasa...ocurrirà un fet que ho cambiarà tot i que donarà una mica igual. Et puc respondre a les preguntes del capi anterior...pero tornamelas a posar, jajajaj, es que ara vaig amb presa i no m'estaré buscant el review. Petons!

D.Alatriste: Holaa! Jajaj, dais muy por hecho que Harry se pasará al lado oscuro y que Michaela tenga razón. Es un mayor, y los mayores se equivocan en alguna ocasión y tienden a ver las cosas de una manera mucho más radical. Lo único que les interesa es el bien supremo a costa de todo lo demás. Pero para algo Harry fue el Salvador. A lo mejor les da una lección de moralidad. Ocurriría eso si Harry y Ginny se separaran definitivamente, pero de momento eso no ha ocurrido. No del todo. Un beso!

Dany-Kanuto-Link: Ola, jajaja, umm, tal vez lo haga..aaajjajaajaj.

Mariet Malfoy: Olass! Gracias, me allegro que te gustara el capi! Pues...Dani aparece en el momento más inoportuno y eso, por supuesto, afectará a la relación de Christine y Remus. Michaela es sabia, pero sabe que lo que está planteando es algo muy serio y no desea que ocurra. En el fondo, confía en Harry más que nadie. Harry debe superar la situación y responder bien. Sí, si separa definitavemente de Ginny entonces será el final de todos. Cuidado con lo que decimos de Anya y Orión...que después acabáis tragandoos las palabras. Tampoco os gustaba Christine...ya veremos, ya veremos. Ya veremos qué ocurre con Alan...besos!

Laura P.E: Pues...va a ser que de Dani no hablo por el momento, ajjaja. Ya veremos quñe ocurre con él...de momento, lo importante es la reacción de Remus. Tiempo al tiempo!

Lladruc: Holaaa! Jajaj, japs, crec que era el millor capi. Umm, la Michaela i el Dumbledore mai havien estat en contra, aixo explica ho difícil que es la situació. Vols que el Harry es vagi amb la Heka? Jajajajaj No, l'Orión no es descenent del Arturo, ajjaja, aixo nbo te res a veure. Quan el arcángel mor, la seva espasa mor en ell, pero pot resucitar en altra persona. La espasa era de l'Arturo que hi era un arcángel, jajaja i ara es de l'Orion. Petons!

Usagi-Chan: Olass! Sí, jajaja, ya veremos qué ocurre con Dani...me alegro que te gustara el capi. Sí, yo también vi la peli. A mí me encantó. Salvo la actitud de Dumbledore que varía mucho con el libro. Muy bueno el Voldemort. Besazos!

AngelOscuro: Olass! Me alegro que te gustara! Espero que no sea el último review, si me lo has mandado es porque voy por buen camino! El idioma es latín, pero no está declinado, porque no se me da bien y es costoso, ajajajaj. Digamos que no está conjugado. Es como si estuviera poniendo: Comer querer. Besos!

CAPÍTULO 14: I'LL WISH I WAS HIM

(OJALÁ FUERA ÉL)

La puerta del jardín estaba entreabierta. Christine la abrió y rozó la madera casi con ternura. Lupin se había pasado una semana para pintarla de un color blanco platino. Decía que si reconstruían aquel hogar manualmente lo recordarían para siempre. Y Christine también lo creía así.

Mientras atravesaba el césped, perfectamente cuidado y recortado, recordaba cada uno de los buenos instantes que había vivido en él. Al fondo, en una franja, crecían unas preciosas rosas blancas, sus preferidas. También había lavanda. Harry había insistido en que ese olor le tranquilizaba.

El agua tibia de la piscina se movía ovaladamente, impulsada por el viento. El sol no había terminado de salir y todavía hacía frío. Christine se frotó los brazos con ansiedad. Volvía a tener las manos heladas.

Llegó lentamente hasta la entrada y observó que las persianas de las habitaciones de Harry y Alan todavía estaban bajadas. Probablemente, sus hijos estarían durmiendo. Era muy temprano. No obstante, la ventana de la habitación de matrimonio estaba abierta. Tan abierta como sus dudas. Se sentía culpable.

Suspirando, metió la llave en la cerradura y la puerta se abrió de golpe, con un ligero "clic". Christine se detuvo un instante a escuchar. Pero el silencio inundó su alma. Hubiera deseado que fuese de noche y la oscuridad se la tragara como a un intruso, porque caminaba de puntillas por su propia casa, como una extraña, como un perro vagabundo que ha perdido a su amo.

Caminó hasta la cocina, donde el alba todavía mostraba los vestigios de una noche sin luna y la encontró en penumbras. Una figura solitaria estaba sentada en los taburetes de la barra americana.

Christine observó el rostro arrugado de Remus Lupin y le dio un vuelco el corazón. Le parecía más viejo que nunca. Llevaba el pelo despeinado y desordenado, vestía sólo con unos pantalones rotos por las rodillas y su pecho desnudo mostraba alguna que otra cicatriz. Probablemente de la batalla. Sostenía entre sus manos una taza humeante y la sorbía lentamente. Su mirada ausente se clavó en las baldosas del suelo de la cocina.

Cuando alzó los ojos y los detuvo en su persona, Christine se sintió más desnuda que cuando Dani le había quitado la túnica. Era como si Lupin la estuviera examinando con rayos X, como si pudiera leer en su mente lo que acababa de ocurrir.

Lo vio tan derrotado y cansado que pensó que de un momento a otro comenzaría a reprocharle que se hubiese olvidado de la Orden del Fénix, de su hijo, de Harry y de él mismo, para marcharse con Dani. Pero Lupin no lo hizo.

Se limitó a dejarse caer del taburete y caminar hasta la barra de mármol, donde había una cafetera de aspecto nuevo y llenar una segunda taza de café. Sin pronunciar palabra, llegó hasta Christine y se la tendió.

-Pareces cansada.- le dijo con una voz ronca, como si no la hubiese utilizado en mucho tiempo. Hasta la forma de hablar era similar a la de Dani. La mujer pensó que flaquearía allí mismo y que comenzaría a llorar de impotencia. ¿Cómo podía ser Lupin tan comprensivo con ella? En el fondo de su corazón, hubiese deseado que le gritara, que le reprochara, que le recriminara. Pero como había ocurrido cuando Ian Lewis trató de seducirla, Lupin se quedó callado, tragándose su orgullo, sus celos y su dolor, todo para no hacerle daño a ella.

Christine se acercó hacia él, que había vuelto a tomar asiento y se aupó en uno de los taburetes, a su lado. Durante un momento, que se le antojó una infinidad, el silencio fue el único testigo de sus presencias. El grifo del fregadero goteaba. El reloj de cuco anunció las siete de la mañana y resonó en sus oídos como campanadas, taladrándolos.

Ares, que dormitaba en una percha al fondo de la estancia, abrió los ojos legañosos y volvió a cerrarlos, como si supiese que su irrupción no era apropiada.

Christine, rota por la emoción, acercó una mano temblorosa al cabello desordenado de Lupin y lo acarició con ternura. Sus manos estaban más frías y el hombre se estremeció, pero ni siquiera la miró. Dejó que ella le pasara la mano una y otra vez, como si fuera un niño pequeño y volvió a dar un sorbo a su café caliente.

-¿No vas a decir nada, Remus?- la voz de Christine tembló. La barbilla se le irregularizaba, tratando de evitar las lágrimas. Sus ojos brillaron en la penumbra. Lupin la observó con el rostro comprensivo y acercó sus labios a la frente de ella, dándole un suave beso.

-Alan preguntó por ti.- dijo, como si aquello respondiera a lo que Christine realmente deseaba escuchar.- Estaba preocupado. Y Harry llegó muy alterado. Ambos están en sus habitaciones. Ve con ellos, Chris. Te necesitan.- la mujer retiró la mano de la nuca de Lupin y apartó la mirada bruscamente, mordiéndose el labio inferior. La impotencia que cubría toda partícula de su ser se extendía como un parásito en busca de una enfermedad.

-Tú también me necesitas, Remus.- pronunció en un tono derrotado.- Y nunca me has exigido nada.- Lupin afirmó con la cabeza una y otra vez y por primera vez, su rostro mostró una expresión muy parecida a la duda y al reproche.

-Lo único que necesito es que estés bien, Christine.- muy pocas eran las ocasiones en las que el hombre la llamaba por el nombre al completo y ninguna de ellas había atraído nada bueno.- Cuídate mucho, porque podrían hacerte mucho daño y en esta ocasión, ni toda mi voluntad y mi ayuda te sacarían de tu sufrimiento...- la mujer, que había comprendido al instante la indirecta de su marido, se puso en pie como una ráfaga de viento y dejó caer el taburete en el que estaba sentada, al suelo. Se produjo un fuerte estruendo, pero ninguno de los dos reaccionó ante ello.

-Ese hombre es Dani, Remus. Lo creas o no...es él.- Lupin alzó la mirada y por primera la observó con dureza contenida.

-Y supongo que te lo ha demostrado con creces.- Christine enrojeció y retiró los ojos. No podía observar a Lupin sin sentirse culpable. Era como un libro abierto.- No es su perfume en tu piel, ni siquiera esa túnica nueva que llevas, es tu expresión...puedo leerlo todo en ella...- el hombre se levantó del taburete y aún con la taza de café en las manos, se encaminó hacia el comedor. Las cortinas estaban echadas y por eso también se mantenía en una discreta oscuridad. Christine lo siguió, caminando de forma altanera. Lupin se dejó caer con aplomo en uno de los sillones y se restregó los ojos, marcados por las ojeras. No había dormido en toda la noche. Había estado esperándola tragado por la negrura de la cocina, hasta el amanecer.

-Remus, no te he engañado.- confesó con el corazón en un puño. Lupin continuó con la cabeza oculta entre sus manos, como si no la hubiese escuchado. Toda la casa estaba impregnada por la esencia de los dos. Los muebles, los retratos en las paredes, los juguetes esparcidos por el suelo...todo aquello era obra de los dos, fruto del amor que se sentían y no podía perderlo, no después de lo que le había costado aceptarlo. No sería justo. Era una impotencia enorme estar enfrente de la persona que más había querido en el mundo y no poder hacerle llegar todo el amor que le tenía.- Necesito que me creas, por favor.- suplicó. Su voz, antes dura, se había endulzado. Ni siquiera por lo ofendida que sesentía estaba dispuesta a dejar que el orgullo rompiera todo aquello.- Necesito que me entiendas. Remus, necesito confiar en alguien.- al fin, Lupin reaccionó. Se destapó la cara, lanzó un prolongado suspiró y la observó un instante. La poca luz que se colaba por los resquicios de la ventana iluminaba la figura perfecta de Christine. Su cabellera larga y negra brillaba con esplendor. Su rostro, cubierto por el dolor del momento, era hermoso y sincero.

-Te quiero, Christine.- confesó el hombre con pesar. Y sus facciones todavía envejecieron más. Como si hubiesen pasado cincuenta años de golpe.- No importa si soy correspondido o no, no importa que sea yo u otro el que esté a tu lado. No importa si me abandonas, si me engañas, si mientes...ni siquiera importa el como me sienta. Sólo me importas tú¿entiendes?

-Remus...

-Dani está muerto, Christine.- continuó Lupin en un tono autoritario y enfrentándose a la verdad con una mirada decidida. Podía ver el sufrimiento de Christine impregnando cada centímetro de su contorsionado rostro, pero debía decir lo que pensaba. Había llegado la hora de confesar.- Dani no puede volver...

-Los mayores lo trajeron para que nos ayudara...- balbuceó la mujer, pero su voz, en aquella ocasión, no llevaba tanta convicción. Le asaltó la duda. ¿Y si...? Pero no, no había margen de error posible. Habían hablado y Dani sabía cosas que no podía saber un impostor. Sabía incluso la ubicación de la Orden del Fénix. La había acariciado con ternura, la había besado con pasión y a la vez con dulzura...¿cómo se podía fingir eso¿Cómo podía tratarse de otra persona si llevaba el olor de su cuerpo?

-¿Cómo te convenció, Chris?- se mofó Lupin. En aquel instante, parecía haber perdido los papeles. La miraba con cinismo y Christine se sintió acorralada.- Dime¿te besó con pasión¿La marca que te dejó en el cuello fue suficiente o profundizó en sus besos donde sabía que te haría enloquecer?- la mujer se miró el cuello con horror. Allí había un moratón que un par de horas antes no había poseído.- ¿Acaso te susurró palabras bonitas y te dijo que todo saldría bien?

-¡Basta, Remus!- rugió Christine. Estuvo tentada de abofetearlo, pero en el fondo, no podía reprocharle nada. Ella, de una manera u otra, lo había engañado. No había impedido que Dani la acariciara, que la tocara, que la besara...

-Ese hombre no puede ser Dani, Christine.- dijo Lupin con simpleza, abandonando ese tono cínico y premeditado. Parecía abatido, como si descubrir la verdad también pudiera dañarlo a él.

-¿Cómo puedes estar tan seguro?- gritó Christine. Los ojos se le encendían de una rabia renovada. Lupin sólo trataba de confundirla, estaba celoso y dolido. Sin embargo, para sorpresa de ella, le tendió una prueba irrefutable, una prueba que acabaría para siempre con los sueños de la mujer, que rompería la última oportunidad que tenía de redimirse de su pasado. Le tendió una simple carta. Era vieja y estaba arrugada, pero sin lugar a dudas, era la caligrafía de Dani. Había visto demasiado su letra como para olvidarla. Tenía la peculiaridad de acabar las "o" con un palito.

-Dani no hubiese tratado de reconquistarte, Christine.- susurró Lupin, que observaba como el rostro de su mujer iba adquiriendo un blanco pálido a medida que leía línea tras línea.- Aunque hubiese podido volver...por mucho que sufriera, por mucho que te quisiera...Dani se habría alegrado que fueras feliz conmigo...que hubieses rehecho tu vida como me pedía en esa carta. Dani te quería demasiado como para ponerte en la situación de la duda, como para alejarte de mí, como para estropear tu matrimonio conmigo por un tiempo que estuviera de vuelta...

-Me engañaste...- murmuró Christine. Hablaba por la comisura de los labios y apenas se le entendía. Sus ojos estaban aguados. Le tendió la carta a Lupin y se pasó una mano por la cabeza.- Nunca me lo dijiste...¿por qué?

-Nunca preguntaste.- se limitó a decir el hombre y Christine tuvo ganas de gritarle. ¿Cómo podía seguir moviéndose en esa inusitada calma?- Dani se encargó que no te faltara de nada, Chris. ¿Ahora entiendes porqué ese hombre no puede ser él? Dani te quería tanto, Chris...tanto...- ambos se miraron durante unos instantes, sin saber qué decir. Christine se sentía desfallecer, sentía que todo el peso que había soportado a lo largo de los años caería por su propia verdad, que la arrastraría hasta el vacío, que acabaría con su dureza, con su entereza y se adueñaría con su debilidad. Y Christine sólo tenía una. El peso de la culpa.

El aquel instante, un torbellino bajó corriendo las escaleras. La mujer sintió una silueta que se abrazaba a sus piernas, pero continuó con la mirada clavada en su marido. Veía la decepción en su rostro y todavía incrementaba más su estupidez.

-¡Mater¡Sollicitus sum! Bene est?(¡Mamá¡Estaba preocupado¿Estás bien?)- Christine bajó la mirada y cogió a su hijo pequeño en brazos. Instintivamente lo abrazó y Alan, pese a su seriedad característica, se aferró a su cuello con impaciencia. Como si hubiese sentido que su madre estaba más lejos de él de lo que había estado en la vida. Detrás de ellos, Harry bajó el último peldaño de la escalera e intercambió miradas con Lupin. El hombre lobo apartó la vista del chico y la fijó en el parqué. Harry contuvo la respiración. Intuía que algo iba mal entre Christine y él y comprendió, por la forma en la que se comportaba Lupin, que la aparición de Dani tenía mucho que ver.

Sintió una punzada de celos de Alan, que estaba rodeado por los brazos de Christine. Le hubiese gustado que su madre lo rodeara de aquella manera, como había hecho una única vez, en la sala entre los dos mundos. Y sin que pudiese evitarlo, sus pensamientos llamaron a gritos al recuerdo de Sirius. Lo echaba tanto de menos...mucho más ahora.

Christine deshizo el abrazo y con Alan todavía en brazos, lo observó como no lo había mirado en la vida. El niño tenía el mismo rostro que Dani. Se parecía en el azul de los ojos y el oscuro de su cabello a ella, pero la cara redondeta, las facciones finas y varoniles, la arruga que se le formaba en el entrecejo, eran unos rasgos tan característicos de Dani que sintió una terrible melancolía.- Mater...- pronunció Alan sorprendido.- ¿Por qué me miras así?- sólo el niño pudo ver el reflejo de una lágrima que Christine se limpió de inmediato, pero no comentó nada.

-Es que eres muy guapo, Alan.- trató de fingir Christine, pero su voz salió entrecortada. Se enjugó la cara y tras darle un beso en la frente, lo bajó al suelo. Había estado a punto de decir "es que eres como tu padre". Pero en vez de eso, levantó la cabeza y se encontró con los ojos de Harry puestos en los de ella. Sintió una punzada en el pecho y supo al instante que el rostro sombrío del muchacho se debía a los celos que sentía de ver a Alan abrazado por una madre que él no tenía.- Pareces cansado, Harry.

-No más que tú.- dijo el muchacho utilizando un tono de voz frío y hostil, el mismo que se profesaban últimamente en los entrenamientos. Christine suspiró y se acercó al chico. Le examinó de arriba abajo y supo que su abatimiento se debía en gran parte a la gran cantidad de energía que había perdido.

-Están en el segundo cajón a la derecha.- pronunció la mujer y Harry asintiendo levemente con la cabeza, dio media vuelta y se dispuso a subir al despacho de la profesora, donde guardaba las pociones para arcángeles.- Ve con él, Alan. Ahora subo yo y te arropo.- el menor de los Lupin se apresuró a salir detrás de su hermano y cogerle de la mano. No parecía el mismo niño que les había gritado desde esa misma posición.

Christine los vio subir por las escaleras y respiró con alivio. Por un momento, parecía que había estado a punto de doblegarse ante el recuerdo de Dani. Pero se había repuesto. Lupin y ella habían vuelto a quedarse a solas.

-Aunque no lo exprese, Harry no ha parado de preguntar por ti.- dijo Lupin. Christine, por supuesto, ya lo sabía. Había visto como Harry fingía el año que derrotaron a Lord Voldemort. Incluso hasta el punto de engañarla para que no se sacrificara por él. Sabía que en el fondo, Harry la quería muchísimo.

-Remus...

-Ve a dormir, Chris.- susurró el hombre. Su voz, volvía a ser comprensiva.- Necesitas recuperar fuerzas.- Lupin pasó por enfrente de ella y aunque la mujer abrió la boca para decir algo no pudo pronunciarlo. Tenía un nudo en la garganta. Sintió un pinchazo en el pecho cuando lo vio desaparecer por la puerta, en dirección al jardín.- Yo también te quiero, Remus...- acabó, pero su frase sólo la escuchó el silencio. Christine no sabía que había perdido la última oportunidad de expresar lo que sentía.

´´´´´´´´´´

El cardenal Mortati se paseaba nervioso entre el yacimiento de ruinas. Llevaba más de dos meses encerrado entre aquel montón de piedras, en una fortaleza digna de un rey, pero subsistiendo como un vulgar mendigo.

Debía estar sometido en alguna cámara a varios metros del suelo, donde apenas se colaba la luz del sol. Sólo sobrevivían gracias a los escasos víveres, que una vez a la semana, les proporcionaban los extraños individuos que los habían salvado.

Pero los habían condenado a ser prisioneros.

Por aquellos pasillos rocosos se divisaban multitud de celdas. Las puertas que conducían a ellas eran verjas de hierro, apresadas por una cadena y un candado oxidado. La habitación que subía las escaleras no podía verse a causa de la oscuridad.

El único medio visible que tenían Mortati y los viejos cardenales que yacían con él, eran unos pocos candelabros que colgaban de algunas de las paredes.

Al cardenal le sonaba aquella fortaleza, pero no lograba identificarla. No obstante, había logrado inspeccionarla a través de los agujeros rectangulares que hacían la función de ventanas.

El recinto era casi cuadrado con sus vértices protegidos por tres grandes torres y una más pequeña, situada al Noreste, con balcones y tejado a cuatro aguas, donde los condenados a muerte por la Inquisición eran ahorcados ante el pueblo. De las otras tres, la principal, denominada del "Homenaje", era de plataforma octogonal, fue denominada así al ser el sitio desde donde se hacían las proclamaciones de los reyes y estos juraban defender la fortaleza.

De singular importancia era la Torre situada al Noroeste, llamada de "El León" daba acceso al Campo Santo de los Mártires. Era la más arcaica del conjunto, de sección cuadrada, con dos plantas y anchas fajas de tipo almohade, en sus cuatro caras exteriores, rematada con terrazas y almenas. Debía su nombre de "El León" a una de las gárgolas que conservaba en el piso superior.

La tercera torre, se la conocía como de "La Inquisición" o de los "Jardines", estaba situada al Suroeste y era posterior a las anteriores y de planta circular. Durante siglos había servido como archivo, custodiando valiosos documentos.

El recinto tenía una extensión aproximada de 4100 m2, aprovechando en su edificación, elementos arquitectónicos de anteriores construcciones. El rey castellano Alfonso XI "El Justiciero" creó una unidad arquitectónica perfecta, quiso expresar en piedra tallada, el arte gótico europeo en una ciudad que durante siglos había estado sometida al poder árabe y, realizar un castillo-palacio, antagónico a la Mezquita, un reto al Islam como alarde del optimismo triunfal de los vencedores con una nueva religión y prosperidad económica.

Mortati caminaba entre aquella reliquia histórica sin saber que detrás de cada grieta, escalinata y mazmorra, se escondía una pequeña leyenda, anécdota o batalla. Llevaba la sotana ajada y sucia de polvo, pero habían tenido que hacer turnos para lavar la única vestimenta que poseían, tratando de no gastar mucha agua. No podían beber más de un vaso al día y sus comidas se limitaban a rebanadas de pan y pedazos de carne medio cruda y fría. Y en aquel lugar hacía mucho calor. La temperatura debía alcanzar los cuarenta y cinco grados a la sombra.

Escuchó pisadas detrás suyo y se dio la vuelta sobresaltado. Desde que había conocido la noticia de la muerte de sus hermanos cardenales, siempre estaba alerta. Ahora, la única posibilidad que le quedaba a la Iglesia era la de salvar a los pocos que quedaban del Cónclave y que representaban la mayor parte de la fe cristiana de cada lugar del mundo. Los cardenales no sólo eran italianos, sino que había españoles, ingleses, americanos, suecos, alemanes...ellos eran la última esperanza.

Uno de los más ancianos cardenales se acercaba con el paso más ligero que le era posible y con el peso de su cuerpo recostado sobre un bastón de madera.

-Padre, ellos están aquí...- no hizo falta que el anciano dijera nada más, Mortati ya sabía quiénes eran "ellos". Todavía no conocía el nombre de esos extraños muchachos, pero sabía que eran jóvenes porque sus voces aún sonaban juveniles. Deseaba formularles millones de preguntas, pero no confiaba en ellos y tampoco, para qué negarlo, poseía el valor suficiente para hacerlas. Podía encararse contra cualquier mal, poner su vida en peligro, pero la sensación que poseía al tener enfrente a esos dos chicos era superior a sus fuerzas. Mientras caminaba airado, con el cardenal Rinosky siguiéndole a duras penas, pensó que no era un buen presagio que se hubiesen presentado tan pronto. Hacía sólo tres días que les habían traído la poca comida que podían transportar. Mortati se había dejado convencer por los demás cardenales, que adoraban a esos muchachos, de que eran enviados de Dios y había dejado de sorprenderse cuando aparecían ante sus ojos envueltos en una columna de luz blanquecina, como caídos del cielo.

Atravesó los largos pasadizos, que había memorizado a fuerza de perderse y cruzó una portezuela que llevaba al corazón del recinto. Ahí era donde dormían y descansaban los cardenales. Con unas mantas que los extraños les habían proporcionado habían acomodado una especie de salón, donde pasaban la mayor parte del día rezando.

Allí estaban los dos individuos. Observaban con desinterés el estado de los demás ancianos. A algunos, que habían enfermado a causa de la falta de higiene y las condiciones precarias en las que se encontraban, los habían curado con su luz blanca. El hecho de que pudieran hacerlo como el mismísimo cristo disipó las dudas de los que se mostraban reacios a admitir que eran siervos de Dios.

Cuando Mortati llegó a su altura, los muchachos se giraron hacia él, pero no mostraron el respeto que solía causar el cardenal en la gente. Quizás, porque como sus compañeros creían, eran de origen divino y poseían un rango más alto en la escala del Señor.

En el momento en que lo pensó, Anya sonrió imperceptiblemente. Soberana tontería, le dijo a Orión mentalmente.

-Buenos días, padre.- intervino el chico. Ambos llevaban sus rostros ocultos, como habitualmente, pero el que solía tomar la palabra era el hombre. La mujer hablaba en pocas ocasiones y cuando lo hacía su voz sonaba tan fría como la de su compañero. Aunque en ella había una nota de dulzura de la que carecía el muchacho.

-Supongo,- comenzó Mortati dando un paso al frente y quedándose a escasos metros del chico.- que vuestra visita no es portadora de buenas noticias.- Anya y Orión intercambiaron miradas, pero no parecían preocupados. Esa frivolidad lograba atrapar la solidez de las palabras del cardenal. Nadie en su vida, excepto quizás su Santidad, había logrado arrancarle esa determinación con la que se expresaba.

-Así es.- respondió Orión con firmeza. No le interesaba los rostros de preocupación de los cardenales, tampoco su manía de arrodillarse ante ellos cuando aparecían, incluso le irritaba la manera tan devota de rezar a un Dios que para él no era más que un invento muggle; no, lo único que le preocupaba es que debía impedir la muerte de esos ancianos o comenzarían sus verdaderos problemas. Y que hasta el momento, no lo había logrado.- He venido porque he de comunicaros algo.- los cardenales, tensos, se habían acercado formando un circulo, para escuchar.- Uno de vuestros compañeros...el cardenal Figueroa, ha sido asesinado...- los hombres soltaron exclamaciones de horror. Anya le lanzó una mirada furibunda por haber sido tan brusco. Mortati se quedó blanco como el papel. No podía ser...el cardenal Figueroa era un buen amigo suyo y uno de los más capacitados para reemplazar a los Preferiti.

-¿Cómo...cómo es posible?- preguntó conmocionado. Y tuvo que retroceder hasta la pared para apoyar el peso de su cuerpo. Se sentía desfallecer. Era como si los tuvieran enjaulados en una cueva y no pudieran hacer nada por escapar de ella.

-El enemigo lo encontró.- explicó Orión. A los cardenales les sorprendió la poca humanidad que había en sus palabras. Si realmente Dios lo había enviado, debería mostrar algún tipo de piedad, ofrecer consuelo. Pero no había consuelo posible.

-¿Y quién es el enemigo!- Mortati recuperó la dignidad y la compostura que le caracterizaban. No le importaba los más mínimo si aquellos chicos respondían por Dios, incluso frente al Señor él se mostraría en disconformidad con la resignación y la escasa información que poseían.- Nunca habláis de porqué estamos aquí, porqué debemos escondernos mientras mueren nuestros compañeros y hermanos...¡si es la voluntad de Dios que perezcamos que así sea, pero dudo mucho que nos abandone ante la maldad de un asesino!

-Cállese.- ordenó Orión sin alzar la voz lo más mínimo y lo taladró con la mirada. Mortati se silenció mentalmente. Nuevamente, quedaba como atrapado en el embrujo de esos ojos grises.- ¿Dios, dice?- el chico lanzó una gélida carcajada y extrajo una cajetilla de cigarros del bolsillo de su túnica negra. Se colocó uno en los labios y lo prendió, bajo el asombro de todos, con sus propias manos, dando una prolongada calada y expirando el humo por la nariz.- Es hora de que abra los ojos, cardenal.- continuó, expresándose casi con desprecio.- Hay un asesino que anda suelto y quiere destruir vuestra iglesia y le aseguro que ni todos los dioses del mundo podrían acabar con el poder de un mago.

-¿Un mago ha dicho?- balbuceó uno de los sacerdotes. Orión lo fulminó con la mirada. Mortati ni se inmutó, pero continuó observando a los dos chicos con determinación.

-Eso he dicho.- confirmó el muchacho y no pudo evitar esbozar una sonrisa. En realidad, disfrutaba con mostrarles la verdad a aquellos pobres muggles, que se pasaban la existencia derrochando sus vidas en algo irreal.- Igual que nosotros. Pero como hombres, padre, también existen magos buenos y malos. Para su desgracia, el que os persigue es malo y no se detendrá hasta exterminaros y su única baza es confiar en nosotros.

-¿Por qué?- espetó Mortati tratando de no mostrarse sorprendido con lo que acababa de escuchar.

-Porque le conocemos.- intervino Anya. Había algo en sus ojos que la diferenciaba de su compañero. Mortati, pese a no poseer ningún tipo de don, pudo ver algo bueno.- No es nuestra intención tirar por tierra sus creencias, padre, pero le aseguro que Dios no le librará de Ian Lewis.- la chica escupió su nombre con asco.

-Pero nosotros sí podemos hacerlo.- añadió Orión con convicción. Anya arrugó el entrecejo, pero no comentó nada.- Es más poderoso que nosotros, hoy por hoy, pero hallaremos el modo de derrotarle. Padre, el cardenal Figueroa murió porque los seguidores de su enemigo lo encontraron y lo mataron en público, pero hicimos todo lo que estuvo en nuestras manos para ocultarlo. Al igual que a ustedes. Hemos repartido estratégicamente a todos sus compañeros en lugares seguros y tratamos de defenderlos continuamente, pero contamos con muy poca ayuda.- Orión lanzó un suspiro prolongado y Mortati pudo verlo por primera vez como a un ser humano.- Algunos están divididos en grupos, otros están solos, pero le aseguro que éste lugar y en el que escondemos al Camarlengo son los más seguros del mundo.- el muchacho entornó los ojos y como si pudiera ver en la oscuridad observó las paredes de piedra con una expresión muy similar a la nostalgia.

-¿Dónde estamos?- se atrevió a preguntar Mortati. Ni Orión ni Anya respondieron de inmediato. Pasaron la vista entre los ancianos cardenales, como si los evaluaran y después, el chico fue quien tomó la iniciativa.

-En Córdoba. En el Alcázar de los Reyes Cristianos.- Mortati no pudo evitar abrir la boca de asombro. Por un momento, las paredes de aquella fortaleza le parecieron infinitamente más bellas de lo que las había encontrado durante esas semanas que había permanecido en cautividad. Conocía la ciudad y conocía aquel complejo y no podía creer que estuviese pisando su suelo, que a simple vista parecía tierra normal y corriente.- Por supuesto, estamos en el corazón del recinto. Esta parte no es conocida ni siquiera por los guías y los turistas no tienen acceso. Se llega aquí por un pasadizo secreto, el mismo por el que los condujimos hasta aquí, pero después, borramos su memoria para que no recordaran el trayecto. Únicamente los arcángeles saben como entrar aquí.

-¿Los arcángeles?- Orión asintió.

-Eso es lo que somos. Por eso esta ciudad es importante para nosotros. Porque guarda nuestros secretos, parte de lo que somos y lo que fuimos. Córdoba, siempre será la ciudad del arcángel. Y este lugar...- Orión volvió a observar las puertas, las paredes y los techos con tristeza.- ...es donde nacimos.- de pronto, se sintió mucho más identificado de lo que se había sentido cuando era niño. Había estado atrapado entre esos muros y se conocía las grietas y pasadizos de memoria, pero en su momento, había despreciado lo que significaba encontrarse en un lugar como aquel. Anya era más sensible con todo lo que la había rodeado desde que era pequeña.- ¿Quiere que le cuente la historia de este lugar?- Mortati asintió en silencio. Orión observó a su compañera y la encontró con el rostro impasible. Habitualmente, era más emocional que él, pero había algo en Anya que siempre hacía que la admirara, esa entereza con la que se movía, con la que actuaba, esa frialdad en su mirada. Carraspeó para aclararse la garganta y comenzó a hablar:- El Alcázar era un complejo defensivo que se aleja de los cánones tipológicos de las fortalezas árabes, un hito constructivo de la arquitectura militar de la Reconquista cristiana en Córdoba. A partir de 1482 fue Cuartel General de las tropas de los reyes Católicos. Durante diez años, desde el Alcázar se organizó la estrategia de la conquista del Reino de Granada, último reducto árabe en España. Conseguida la unificación de España con la anexión del reino de Granada en 1492, los Reyes Católicos abandonaron Córdoba, cediendo el Alcázar al Tribunal de la Inquisición. Se acometen entonces grandes reformas para acondicionarle mazmorras y calabozos, perdiendo su carácter palaciego. La Inquisición permaneció en el Alcázar hasta su abolición por las Cortes de Cádiz en 1812, desapareciendo años después, siendo el edificio destinado en 1822 a cárcel hasta 1931, sufrió importantes deterioros en el conjunto de sus estructuras, patios y jardines, para acoger numerosas celdas entorno al patio morisco. Posteriormente fue destinado a instalaciones militares, hasta que en 1955 el edificio y huertos fue cedido al Ayuntamiento de Córdoba.- el muchacho se detuvo. Había estado paseando entre las sombras que fulguraban la escasa iluminación con su capa al vuelo, observando la estupefacción en los rostros de los cardenales. Algunos de ellos, naturalmente, ya conocían la historia.- Ahora es un lugar turístico.- completó.- Y uno de los refugios de los arcángeles.

-¿Y por qué tendríais que refugiaros los arcángeles?- inquirió Mortati astutamente. Le parecía increíble que estuviese hablando de magos, arcángeles y fortalezas de la Suma Inquisición como si estuviera tomando el té con un buen amigo. Era irreal. La Iglesia que lo único que tomaba como milagro eran las proezas de Dios, dando por hecho que el poder que había visto de esos chicos, no era más que la explicación a la magia. Por un instante, parecía que la sarta de palabras infinitas que definían a Anya y Orión se hubiese apagado como una vela mal encendida. Se quedaron en silencio, con los ojos impenetrables, hasta que Orión volvió a corregir el error en su forma de expresarse. Mortati era un muggle, pero mucho más inteligente de lo que pensaba.

-Tenemos muchos enemigos, padre. Igual que ustedes, somos criaturas de bien y el mal, por desgracia, existe.- tan devoto era el cardenal que aceptó aquella respuesta por buena. Pero no era verdad. Orión hacía mucho tiempo que había dejado de distinguir entre el bien y mal para pasar a creer que el fin justifica los medios. La agonía que había asolado su vida le había hecho cambiar sus principios para pensar que todo valía siempre y cuando su bando fuera el vencedor. Porque, de igual manera, los que estaban enfrente sólo causaban dolor y sufrimiento. Orión había matado a sangre fría, torturado para conseguir información, capitaneado a unos hombres para destruir a muchachos de no más de diecisiete años. Había incluso sacrificado vidas de muggles y personas inocentes, para destruir a sus enemigos. Y no le pesaba. Le habían hecho demasiado daño y aquellos que debieron protegerle cuando sólo era un niño le habían fallado, le habían dejado en la estacada. Había crecido con muy poco cariño y mucha disciplina y oyendo una y otra vez que era el único con una oportunidad. Marcado por la sombra de aquel al que tenía que imitar y que había sido un héroe entre magos y arcángeles.

-¿Entonces...- Mortati lo interrumpió de sus cavilaciones.-...qué debemos hacer nosotros?

-Por lo pronto, esperar.- intercedió Anya, como si hubiese comprendido a la perfección lo que cruzaba la mente de Orión. Y seguramente, así había sido.- Mantenerse unidos, seguros y con fe. Nosotros continuaremos luchando y tratando de salvar a sus compañeros. Pero sepa una cosa padre.- la chica entornó los ojos en la penumbra y éstos brillaron con frialdad.- La Iglesia católica no es lo único que está en juego en esta guerra. Y fracasar no es una opción ni para nosotros, ni para nadie. Si lo hacemos nada ni nadie detendrá a Ian Lewis.- Mortati asintió en silencio. Sentía la garganta reseca y pensó que fuera quien fuera aquel hombre, debía estar enviado por el propio diablo, para el fin de los días...

´´´´´´´´´´´´

La playa del Arenal estaba a unos cincuenta Kilómetros del Valle de Godric. Era día laboral y Septiembre había caído, por eso sus arenas limpias y sus aguas cristalinas estaban desérticas. En aquel delta de escasos 70 m2, se hallaban seis chicos tirados sobre las toallas que habían tendido cerca de la orilla. El sol doraba sus cuerpos.

Silbaba un tibio viento, pero de aire otoñal.

-No deberíamos haber venido sin Harry.- opinó Ron. Iba en bañador y estaba tumbado de malas formas sobre su toalla, con la cabeza de Hermione apoyada en su estómago, medio dormitando.- Él dijo que no le importaba, pero le conozco.

-Tiene moral que haya ido a clase después de lo de ayer. Dumbledore nos dio el día libre.- Neville no dejaba de mirar a Heka, cuya figura esbelta, marcada en su bikini, parecía la de una veela. No obstante, la chica no había hablado mucho en toda la mañana. Había accedido a ir a la playa con ellos, pero su mente estaba con Harry y lo mal que lo había visto durante la batalla. Todavía podía sentir el olor del muchacho en su cuerpo, cuando la había abrazado. Heka no sabía si lo que sentía era un sentimiento tan grande como el amor, lo único que comprendía es que quería a Harry por encima de todas las cosas que había decidido arriesgar. Ella, a diferencia de sus compañeros, no se había impresionado al ver cadáveres ni mortífagos, de hecho, era exactamente lo que esperaba encontrar. Había presenciado el asesinato de sus padres desde un rincón de debajo de su cama y ella misma se había endurecido desde aquella imagen. Había deseado pelear por ellos durante toda su mísera existencia y cuando había llegado el día, se había dado cuenta de que eso por lo que se había preparado a conciencia, perdía fuerza cuando se trataba de proteger a sus amigos, de proteger a los demás. Harry le había enseñado eso.

-Harry es una persona muy fuerte.- dijo sin pensar.- Quizás su manera de desahogarse es estar solo.

-A nadie le puede sentar bien estar solo.- protestó Neville.- ¿para qué sino están los amigos?- Heka lo fulminó con la mirada. Neville tenía la costumbre de contradecirla en todo lo que decía. Tal vez con razón o sin ella, pero la chica no estaba acostumbrada a que nadie le replicara ni la comprendiera a la vez, tan bien como lo hacía Neville. Sólo Harry había logrado hacerlo a la perfección.

-Sea como sea.- intervino Hermione, seguramente para evitar una discusión.- No creo que no quiera estar con nosotros, Neville, sino que necesita otro tipo de cosas distintas. Harry es muy diferente a nosotros en todos los aspectos.- por la mirada que le lanzó la chica, Neville comprendió a la perfección a lo que se refería. Asintió suspirando y lanzó una mirada unos metros hacía la costa, donde sentados sobre unas rocas en la orilla del mar, estaban Troy y Ginny, algo alejados de allí.

Ginny no iba en bañador como los demás. Se había puesto unas mallas cortas y ajustadas y una blusa blanca que bailaba al viento. Llevaba su pelo largo y brillante al vuelo y algunos mechones desordenados le caían por los lados, sin que hiciese nada por apartarlos de su rostro pálido. Tenía mala cara. Unas bolsas enormes le caían de los ojos, mientras miraba como las olas rompían en la arena.

Troy estaba a su lado con los codos sobre las rodillas. Era de espaldas anchas y de cuerpo atlético, seguramente por el múltiple deporte que practicaba. Su cabello tiznado de mechas rubias estaba recogido por una coleta baja y mal hecha. No llevaba camiseta, pero portaba una sudadera atada por los hombros. Jugueteaba con los pulgares mientras observaba el horizonte.

-Cuando era pequeño, mi padre siempre me llevaba a la playa y me contaba historias de marineros náufragos que llegaban a una isla desierta y encontraban un tesoro.- explicó el muchacho con melancolía. Ginny, que no le miraba y parecía no escuchar, sonrió levemente. Troy suspiró, también con una media sonrisa pegada en los labios y continuó hablando.- Una vez, pasado mucho tiempo, llevé a mi padre a la playa en mi coche y le pedí que volviera a relatarme aquellos cuentos que me narraba de niño.- el chico se detuvo y sus ojos brillaron al contorno del sol en su rostro.

-¿Y qué te dijo?- quiso saber Ginny, sorprendida por el silencio repentino de su amigo. Se llevaba muy bien con Troy. Siempre había sido así. Sin darse cuenta, se había labrado entre ellos un vínculo que no había tenido con ningún otro de sus amigos. A Troy le podía contar de todo, le podía hablar de cómo se sentía y él nunca le gritaría, nunca le reprocharía, siempre la entendería. Era como tener un amigo invisible que aparece en los peores momentos de tu vida, pero del que no puedes cruzar el límite de la amistad, porque todos te señalaban con el dedo.

-Me dijo que las había olvidado.- respondió el chico con melancolía. Ginny se dio cuenta de que había realizado un gesto forzoso con la boca, como si quisiera evitar las lágrimas. Y para su asombro vio que así era. Los ojos de su amigo brillaban demasiado.- Comprendí entonces que ya era mayor...que el tiempo había pasado...que no volverían esos momentos. Yo había crecido y mi padre envejecido. Le di un abrazo, lo monté en el coche y lo llevé a casa. Jamás volvimos a aquella playa.

-Troy...

-Pero,- continuó el muchacho como si jamás, lo hubiesen interrumpido.- no fue hasta ayer que entendí lo que significaba crecer y madurar.- Ginny le pasó una mano por los hombros y apoyó la cabeza en su pecho. Troy lanzó un suspiró lastimero y dejó caer la barbilla hacia delante, agradeciendo aquel gesto de la chica.

-Yo ya tuve que pasar por una guerra similar a esta, Troy. Por eso era reacia a entrar en la Orden.- Ginny le dio un beso en la mejilla y se incorporó. Volvió a centrar la mirada en las olas del mar. De pronto, le parecían mucho más bonitas. Todo le parecía mucho más agradable. Se sentía a gusto allí, rodeada de la naturaleza y de sus amigos. Pasando página a un capítulo que había marcado el comienzo de una nueva lucha, una, en la que estaba en juego mucho más de lo que se imaginaban.

-Se trata de Harry¿verdad?- inquirió el chico, como leyendo la expresión de su amiga. Ginny asintió despacio.

-Entonces íbamos a Hogwarts y nos engañaron...- explicó con la voz queda. Tenía que omitir ciertos detalles, pese a que le habría gustado contarle la verdad a Troy. Se conocían muchos años como para que no supiera quién era Harry en verdad.- fuimos trasladados a la placeta del Ministerio de Magia y...cuando estábamos a punto de morir apareció Harry. Se había enterado que nos habían secuestrado y había corrido a ayudarnos. Me salvó de las garras de uno de los peores seguidores de Lord Voldemort...Ian Lewis...- Ginny escupió el nombre del mortífago con asco.

-Creo que ese era el nombre de uno de los mortífagos que escaparon...- dijo Troy dubitativo.- Salía en las listas de los más buscados...

-Ese hombre violó a Hermione, Troy.- confesó Ginny con pesar. Su amigo giró el rostro rápidamente, abriendo la boca de asombro. Él no sabía que Hermione hubiese sido violada. Siempre la había encontrado un poco triste y podía percibir muy poca emoción y luz en sus ojos, pero no había imaginado jamás que se tratara de algo tan grabe.

-Y Harry te salvó de lo mismo...¿verdad?- murmuró el chico con delicadeza y prudencia. Ginny volvió a asentir en silencio.

-Y casi pierde la vida en el intento.- añadió la muchacha.- Le debo muchísimo...lo demás ya lo sabes...- prosiguió tratando de que no se le notara que se había puesto un poco tensa.- Lord Voldemort fue derrotado por ese hombre, El Salvador...o Potter como prefieras.-ambos se quedaron en silencio, observándose detenidamente. Ginny nunca le había dicho nada de todo aquello. Troy sabía que indirectamente, habían vivido la guerra, pero no hasta un grado tan alto. Ahora comprendía que, probablemente, él era el que menos sabía de una situación como la que habían vivido la noche pasada y que por eso, irremediablemente, estaba afectado. Ginny parecía intrusa de sus propias cavilaciones. Al hablar de Harry su rostro se había apagado mucho más.

-Harry te quiere muchísimo, Ginny.- aseguró Troy percibiendo su abatimiento y con una mano temblorosa, se atrevió a acariciar el rostro pálido de la muchacha, que se estremeció. Probablemente, hacía muchísimo tiempo que Harry no tenía ese gesto con ella. Ginny, con el labio inferior latiéndole descontroladamente, alzó la cabeza y encontró en los ojos de Troy algo que siempre había visto en los de su novio. Continuaba encontrando entre ellos dos un gran parecido. Pero Harry había cambiado y Troy se parecía cada día más a su versión buena.

-Tu también me quieres mucho.- dijo y Troy, como poseído por una fuerza invisible, apartó la mano de su rostro, al parecer, sorprendido. La chica no pudo evitar sonreír lacónicamente.- Hace tiempo que lo sé. Y sin embargo, eres un gran amigo. Has tenido la oportunidad de envenenar el amor que le tengo a Harry aprovechando la situación que atravesamos y no lo has hecho. Al contrario, has tratado por todos los medios de que no se produzca un rompimiento entre nosotros.

-Sólo quiero que seas feliz, Ginny.- se limitó a decir el chico. Ya no sonreía.- Y Harry es el único que puede lograr eso.- la chica le tomó la mano que él había retirado y le dio un suave beso en la palma. Troy cerró los ojos abatido.- No te mentiré, Ginny. Esto no quiere decir que no quiera luchar por estar contigo. Pero...- alzó la mirada y se cruzó con la de ella.- ...no lo haré hasta que no vea que ya no existe amor entre vosotros. Y me temo que desgraciadamente para mí, eso jamás ocurrirá.- el muchacho se soltó de la caricia de la chica y se puso de pie de un salto, apoyándose en la roca sobre la cual había estado sentado. Extendió los brazos y cerró los ojos, disfrutando de la brisa marina, que olía a sal.

-Gracias, Troy.- Ginny sonrió y también se puso de pie. Después, con un rápido movimiento empujó al chico y éste, sorprendido, cayó de lleno al agua. La sudadera que llevaba al cuello se le desprendió de los hombros y se empapó. Troy sacó la cabeza del mar y observó estupefacto que la chica le había empujado. Ginny soltó una carcajada y se lanzó, aún vestida, detrás de él. Y allí, a la orilla del Arenal, ajenos al resto del mundo, disfrutaron de la libertad que sentían, despreocupados. Ya habría tiempo para pensar, decididamente, no sería en aquel instante.

´´´´´´´´´´

Alan caminaba por los corredores del colegio Hogwarts, distraídamente. Sus padres estaban en horario de clase y no tenía nada más divertido que hacer que explorar por enésima vez el castillo. Se sabía muchos pasadizos secretos, la mayoría de ellos se los había enseñado Harry, pero lo que más le fascinaba era la sala de los menesteres, donde había podido leer todos sus libros favoritos y jugar tranquilamente, sin ser molestado.

Conocía Hogwarts desde que tenía memoria y los estudiantes lo conocían a él. Muchas veces, le habían hecho compañía cuando tenían recreo e incluso los profesores, que estaban encantados con él, lo habían invitado a galletas en la sala de profesores.

Pero aquel día Alan andaba taciturno. No había probado bocado desde el desayuno y su estómago le rugía con fuerza, pero no le apetecía ir hasta el Gran Comedor ni ver a nadie.

Hacía demasiado tiempo que no se encontraba a sí mismo. A veces, sentía un odio en su interior que le empujaba a detestar la forma en la que sus padres se sonreían, o se abrazaban, incluso en la que Harry le preparaba el desayuno. Notaba como si esos sentimientos procedieran de otra persona, pero estuvieran almacenados en su interior y que luchar contra ellos era una labor imposible.

Se veía atrapado en el embrujo de esa criatura, que lo atormentaba en pesadillas y que jugaba con sus emociones. La voz de sus sueños le repetía una y otra vez el engaño que todavía sobrevolaba el ambiente de su casa. Alan ya había descubierto que Remus Lupin no era su verdadero padre ni Harry su hermano y sin embargo, nadie se había dignado a explicárselo. A veces, no le importaba. Otras, lo hacía tanto que incluso le faltaba el aire.

Al niño no le dolía la verdad, sino el hecho de que se la ocultaran. No obstante, en lo más profundo de su corazón, se sentía solo, huérfano y equivocado en su futuro incierto. Veía a su madre y le inspiraba rechazo acercarse a ella. En infinidad de ocasiones sentía la necesidad de abrazarla, pero no se atrevía. Christine era tan fría...y para qué negarlo, él también.

Le gustaba que su madre pensara que era independiente, que podía valerse por sí mismo. Alan sólo era un niño, pero Christine lo había entrenado duramente durante su vida. Le había enseñado todo lo que debía saber sobre los arcángeles y algún día le enseñaría cómo dominar su magia con mayor agilidad. Suponía que esa cabezonería era puro orgullo. Y Alan sabía que era muy orgulloso.

Y su padre...tal vez no era el verdadero, pero Remus Lupin moriría por él y Alan lo sabía. Pero su padre jamás se había acercado a él lo suficiente. Tal vez por miedo al rechazo o porque se sentía intruso abrazando al hijo de otra persona. Le cuidaba, le ponía el pijama, le hacía la leche con cola cao e incluso se quedaba con él después de una pesadilla, pero evitaba el contacto físico. Quizás, porque inconscientemente, Alan nunca le había dado permiso para ello. Más de lo mismo, ocurría con Harry. Sólo que su distancia era más ensanchada, puesto que tampoco Christine se aproximaba a él como una verdadera madre.

La lucha interna de Alan no había hecho más que empezar y él todavía no lo sabía. Era demasiado pequeño para averiguar que si hubiese sido sincero con su madre, que si hubiese dejado el orgullo atrás para contarle como se sentía, probablemente hubiese evitado muchas desgracias que le afectarían directamente. No obstante, Alan sólo tenía cinco años y estaba a punto de soportar la carga de un adulto de treinta.

El niño iba tan perdido en sus cavilaciones que no se dio cuenta de que caminaba sin rumbo fijo. Dio la vuelta a la esquina del pasillo del tercer piso y se detuvo en seco. Habían dos solitarias figuras plantadas en medio. El resto del recinto, estaba completamente vacío. Alan no era un niño cobarde y no tenía porqué sentir miedo de lo que , probablemente, eran dos simples estudiantes, así que comenzó a caminar en dirección a ellos, con intención de llegar a las escaleras y bajar a los terrenos. Tal vez, pudiese jugar un rato lanzándole la pelota al calamar gigante. Pero conforme iba avanzando y sus pasos taconeaban en el corredor, la sangre de las venas se le iba helando. Las figuras no se habían movido ni un ápice.

A escasos tres metros, se detuvo en seco y las observó detenidamente. Se topó con unos ojos grises que lo fulminaron. Sin saber porqué, retrocedió un par de pasos, paralizado por el miedo y con la boca abierta.

Orión apretó los puños de rabia y unas chispas salieron de sus nudillos. Podía sentir sus veintiún años de odio bullendo en su interior. Las venas de su cuello se le habían tensado desagradablemente y los dientes le castañeaban de lo fuerte que los apretaba.

Anya, paralizada también por el terror, observó a su compañero, después al niño pequeño que los miraba horrorizado y se quedó sin saber como reaccionar. Comprendía a Orión, ella misma sentía aversión por ese crío, pero no podía odiarle tanto como hubiese deseado. Al fin y al cabo, sólo era un niño. Detestaba a Christine...y Alan se asemejaba tanto a él...pero no dejaba de ser alguien inocente. Por ahora...

-Orión...-murmuró desalentada. Pero Orión no la escuchaba. Sólo tenía ojos para el niño. ¿No pensaba hacer lo que parecía, verdad? Sus problemas no concluirían de esa forma. Era algo rastrero, impropio de sus raíces, de su gente, pero...Orión había sufrido demasiado. A su mente llegaban imágenes de niños arcángeles corriendo de un lugar a otro, gritando, muriendo...y no podía evitar sentir rabia por Alan. Toda su existencia había estado marcada por culpa de las personas de las que ahora estaba rodeado y no se conformaba con hacer las cosas a la manera de su raza. ¿Por qué jugar limpio cuando los demás no lo habían hecho¿Por qué no podía acabar su faena de una vez y para siempre eliminando a aquellos que le habían causado tanto dolor? Tomarse la justicia por su cuenta...merecía hacerlo. Había sobrevivido para ello.- Orión no lo hagas...- suplicó Anya. Su voz era dura, cargada del mismo resentimiento con el que él se movía, pero se controlaba, controlaba las ganas que tenía de hacer lo mismo. Le colocó una mano en el brazo y le miró seriamente.

Mientras tanto, Alan se había repuesto. Le asustaba la manera en la que se comportaban esos dos muchachos, pero tenía que pasar y lo haría. Suspiró y con el rostro más frío que le fue posible comenzó a caminar. Grave error. Aquello atrajo la atención de Orión una vez más. Con ira contenida, el muchacho levantó un brazo y antes de que Anya pudiera reaccionar, lanzó una bola de energía contra el niño.

Se escuchó un grito, Alan fue lanzado por los aires un par de metros y cayó con aplomo al suelo. Orión sonrió con demencia, pensando que por fin, todo había terminado, pero entonces, Alan alzó la cabeza, realizando una mueca de dolor y se reincorporó. Orión vio horrorizado como sus manos todavía brillaban. Justo a tiempo, el niño había alzado un escudo protector que lo había defendido lo suficiente. Otro cualquiera, habría muerto ante aquel despliegue de energía, pero Orión comprobó paralizado que Alan no era otro cualquiera.

-Maldito...- masculló entre dientes. Anya, aunque conmocionada al ver tanto poder almacenado en un niño de cinco años, suspiró aliviada. Había sentido una emoción que no había experimentado en la vida. Sin querer, le vinieron a la mente las palabras que su padre le había dicho una vez y que ella se había negado a creer, pero las apartó rápidamente de sus pensamientos.

Alan se levantó del todo y se limpió la túnica con las manos, mirando a Orión con un odio que ahora sí, el muchacho reconocía. Ya lo había visto antes, pero no en la misma persona.

-¿Quiénes sois?- preguntó Alan. Anya esperaba encontrar la voz de un niño, dulcificada, diferente a lo que ella estaba acostumbrada a escuchar, pero se encontró con el farol de una voz fría, gélida, muy similar a todo lo que conocía.- Le voy a decir a mi madre lo que habéis hecho...

-Creo...- musitó Orión entornando los ojos y Alan vio una sombra recorriéndolos.-...que no tendrás oportunidad de ello...Alan Rice...

-Mi nombre es Alan Lupin.- recitó el niño con altivez. Había arrogancia en su voz y aquello sólo enfureció mucho más a los dos arcángeles. Anya suspiró y negó con la cabeza. Era demasiado para ella, toda la situación que había tenido que soportar y ahora verse frente a frente con algo que le recordaba terriblemente a su pasado. Un pasado, que había venido a borrar.

-Remus Lupin no es tu padre, mocoso.- espetó Orión con rabia y por un momento, parecía que Alan se había quedado estático y desalentado. Bajó los brazos, que había mantenido firmes esperando un nuevo ataque y los ojos le brillaron inusualmente. Entonces, en aquel instante, se agrandaron y una espesa niebla negra comenzó a teñirlos de un tono más oscuro de su azul habitual.

-No...- articuló Anya totalmente conmocionada.- ¡Detente Orión, así no le estás ayudando!

-¡No pretendo ayudarle!- escupió su compañero y dio un paso al frente.- ¡Y tú tampoco deberías hacerlo!- Anya notaba crecer el poder de Alan a una velocidad descomunal.

-Orión, es sólo un niño...por favor...no lo hagas...no pagues tu odio con él...¡Orión, es inocente!- pero el chico no la escuchó. Por segunda vez, alzó los brazos y concentró energía. La bola que formaron sus dedos se acrecentó, creciendo en ella un inmenso poder. Ni el enemigo más poderoso habría podido sobrevivir a ella. No por nada, Orión era el arcángel más poderoso entre los suyos.

Respirando entrecortadamente y sin una pizca de remordimientos o de piedad, el chico lanzó su energía contra un niño, un niño que no sabía porqué el destino había querido cruzarlo en el camino, que era inocente de cuanto Orión le culpaba, que su único fallo había sido equivocarse de corredor y del que se estaba arrepintiendo en aquellos momentos. Cesó la oscuridad en sus ojos y fue cambiada por el miedo, un miedo que no había sentido nunca. Quiso frenar el poder con sus manos, pero la energía estaba a punto de rozarlo y quemó sus manos. Gritó y por primera vez llamó a su madre, pero ésta estaba a suficiente distancia para no escucharlo. Cerró los ojos esperando el final.

Hubo una gran explosión. Anya se tapó los ojos para no ser cegada por el resplandor y Orión tuvo la necesidad de respirar hondo. Una columna de humo espeso cubrió el corredor durante unos segundos. Fueron de angustia los momentos en que los dos arcángeles esperaron a ver el resultado de su obra, fueron de inquietud, de nerviosismo y a la vez, de satisfacción.

El humo comenzó a disiparse y a mostrar la escena que había dejado la bola de energía. Orión casi tuvo que sostenerse en la pared para no desfallecer. Se sintió perdido, desalentado, solo...fracasado.

Una segunda figura había emergido de entra la oscuridad y sostenía a un Alan tembloroso entre sus brazos. Con una sola mano había detenido todo el poder de Orión. Harry respiraba entrecortadamente, pero mostraba su rostro crispado por la ira. Las piernas se le convulsionaban y sentía un dolor punzante en el pecho, pero estaba aliviado de haber llegado a tiempo. Había derrochado casi todo su poder, pero había logrado salvar a Alan de una muerte segura.

-Si vuelves a tocar a mi hermano...- jadeó.-...te mataré...- y por la forma en la que sus ojos brillaban, Orión supo que era verdad. Apretó los puños y quiso sentir rabia, pero no lo logró del todo. En lo más profundo de su corazón, sentía admiración por ese hombre. Pero se recompuso a tiempo.

-Puedes jurar que lo intentaré...- se limitó a decir y se dio media vuelta, caminando en dirección a las escaleras. La voz de Harry le hizo detenerse.

-Espera.- era una orden, pero Orión cerró los ojos como si Harry hubiese hablado cordialmente.- Sé quiénes sois. Os vi en el ataque y ahora habéis utilizado vuestro poder para tratar de matar a mi hermano...

-Bien.- sonrió Orión con autosuficiencia, pero ni siquiera se dio la vuelta para mirarlo a la cara.- Porque yo también sé quién eres tú...Harry Potter...- dicho esto, Orión hondeó su capa y continuó caminando hasta perderse en la oscuridad del corredor. Anya se quedó estática en su posición, mirando, todavía con horror, el rostro contraído por el dolor de Harry y a un Alan pálido entre sus brazos. El labio inferior le temblaba. Cuando Harry la miró quiso decir algo que justificara de alguna manera lo que acababa de ocurrir, pero las palabras no le salieron de la garganta. Con un suspiro nostálgico se dio la vuelta con la intención de seguir a Orión.

Harry la vio penetrar en la negrura del pasillo y sintió una especie de simpatía hacia ella. ¿Se equivocaba o había visto sufrimiento en los ojos de aquella chica cuando Orión había estado a punto de alcanzar a Alan? Retirando esos oscuros pensamientos de su mente, tomó a su hermano en brazos, que todavía seguía aferrado a su cuello y se dispuso a llegar hasta el despacho de Christine. Se sentía terriblemente exhausto...