Glitter Freezer
Disclaimer: Haikyuu pertenece a Furudate Haruichi
Anteriormente: a Koutarou se le zafó un tornillo en la cabeza.
XIV
Divisé la cabellera revuelta de Kuroo al apearme del taxi. Sus ropas manchadas en sangre seca; sus manos temblando. Fumaba a un costado de las puertas de acceso del hospital y fue el primero en hablar:
—Él está bien —estrelló la colilla en la suela del zapato para volver a sacar otro cigarrillo de su bolsillo y encenderlo con la naturalidad de quien ya lleva 100 cigarros en el cuerpo—. Tiene un tipo de sangre bastante común, así que está fuera de peligro, pero por hoy no permitirán visitas más que la familia.
Eso era un «no era necesario que vinieras», pero me ofreció un cigarrillo que yo rechacé y me apoyé en la pared en que la que Kuroo estaba recostado. Kuroo se deslizó un centímetro hacia el lado cuando nuestros hombros se tocaron.
—¿Y tú? ¿Estás bien? —dije.
Kuroo no respondió. Fue una pregunta estúpida. En momentos así, se vuele superfluo hablar de uno. Yo no pude guardarme por más tiempo lo que había estado rumiando durante todo el trayecto:
—Es mi culpa.
—No lo digas.
—Pero…
—Por favor dame un respiro.
Había tenido una mañana ajetreada, me enteraría luego. Kuroo atendía en la tienda que llevan sus padres cuando recibió la llamada de Hajime. Hajime, quien no se mide, le echó la madre y lo subió y lo bajó. Enojado y deseoso de limpiar su nombre, Kuroo cerró la tienda antes sin importarle lo que dirían sus padres, y abordó el metro con dirección a los suburbios.
Así a grandes rasgos.
No lo halló en cancha multipropósitos y fuera de su casa el auto familiar no estaba aparcado lo que quería decir que no había nadie en casa, y dada las fechas, a Kuroo se le hizo probable que toda la familia estuviese de visita en casa de algún pariente.
—Tienen familia en Kanagawa —explicó Kuroo por encima.
Estaba dispuesto a volver a casa y enfrentar el reto que su acto de rebeldía habría supuesto, pero al echar las manos a los bolsillos, encontró la nota que yo había escrito para Bokuto, antes de año nuevo.
—¿No se la entregaste nunca? —me sentí insultado y no pude contenerme—. ¡Serás!
—Se me olvidó por completo —me comentó y sus labios se curvaron en la más amarga de las sonrisas— y supe que tu amigo Iwaizumi tenía razón, que yo no estaba siendo un buen amigo, y me había cegado completamente respecto a sus problemas, así que volví y salté la cancela. La puerta de entrada estaba con seguro, pero Bokuto él nunca cierra la ventana. Me trepé a un árbol y entré.
»Estaba echo un asco, como siempre. Se me ocurrió ordenar un poco, cosa que al llegar a su habitación se sorprendiera… tan idiota. Doblé su ropa, estiré la cama, apilé sus libros y en el escritorio dejé tu nota y yo también aproveché de dejar otra. Antes de irme, se me ocurrió ir al baño. No dejo de pensar en ello.
Dice Kuroo, que cuando vio a Bokuto, le invadió una sensación de calma que nunca había sentido, y el cerebro le dictaba instrucción tras instrucción que él obedecía con eficacia. Al llegar al hospital, dio aviso a la familia, al psicólogo de Koutarou, llenó formularios del seguro, y le tocó prestar declaración a policía. Procedió rápido y con mente fría. Entonces, cuando todo se calmó, sus manos comenzaron a temblar sin control, y cuando logró estabilizarse un poco y logró marcar en el móvil para ponerse en contacto a un Kenma, lloró solo medio minuto.
Kenma le dijo que él daría aviso a Fukurodani y quien creyese necesario. Pasado un rato, con un cigarro entre los labios, Kuroo recordó que Kenma no estaba enterado de mi existencia, así que respiró y me llamó.
Esperé a que Kuroo se terminase su cigarro. No se había afeitado aquella mañana.
—Lo siento —dije—, solo… no sé cómo debería… ¿entiendes?
—Te diré qué va a ocurrir, Oikawa. Si no están hablando con la familia ahora, lo harán luego y le aconsejarán que lo internen. Bokuto estará dopado todos estos días antes de darlo de alta, y en algún momento el psicólogo querrá hablar contigo.
—¿C-con migo?
—Sí, contigo. Para explicarte que esto no es culpa tuya, no es culpa de nadie, y que son cosas que ocurren y que debemos sentirnos agradecidos de que no haya concluido mal.
Intercambiamos una mirada, entones Kuroo, luego de encender otro cigarrillo, ratificó lo que yo empezaba a sospechar con sus palabras:
—Esto ya había pasado antes.
—¿Cómo antes?
—Me sabe mal tener que contártelo yo.
Pero lo hizo de todas maneras. No me siento satisfecho al saber lo certeras que pueden llegar a ser mis teorías.
En ese partido de dos contra dos que jugamos en noviembre, Kuroo nos contó a Hajime y a mí que él y Koutarou se hicieron amigos en preparatoria, en un campamento de entrenamiento que reunía varias escuelas.
La primera vez Bokuto se retiró antes porque enfermó, pero la segunda al ser el más alto de los que estaban allí, Bokuto empezó a ulular a mí alrededor para que lo acompañara en su práctica de remates. Fue tan insistente que, heme aquí.
Aquella es una manera de decirlo. Más que enfermarse, a Bokuto se le zafó su primer tornillo. Tenía quince años.
—Conocemos tan poco de quienes nos rodean. A diario, miles de personas van y vienen, y lo único de lo que estamos seguros, es de que van y vienen, pero aún y todo, nos sentimos con el derecho de decir lo que nos plazca, sin contención, ignorando el modo en que estas puedan dañar a otros, o cómo los afectan. Yo siempre lo olvido, siempre hablo de más, y siempre debo repartir disculpas. En ese entonces, sin embargo, no las di: todos nos metíamos con el desastre de cabello de Bokuto.
—¿Te refieres a la poliosis?
Kuroo asintió. Sostuvo el cigarrillo entre los labios mientras buscaba su móvil que acababa de vibrar. Leyó la pantalla y lo volvió a guardar. Soltó una larga calada.
—Seguramente, te da la impresión de que Bokuto se siente muy orgulloso del colorido de su cabello. Tiene una forma peculiar de describirlo, como-
—Una característica —completé—, como tener lunares, pero de canas, presente en toda su familia. Es lo que siempre dice.
—¿Alguna vez has visto a su familia?
Negué con la cabeza.
—¿Y te los imaginas?
—A todos altos con la cabeza blanca y negra.
Kuroo se rascó la cabeza. En la familia Bokuto nadie tenía el cabello bicolor de Koutarou. De su madre sacó los ojos amarillos como un faro. De su padre nada. Los señores Bokuto apuraron la boda para tapar un embarazo que la señora Bokuto sabía pero se negaba a creer que era de otro hombre. Koutarou era un error desde cualquier punto de vista.
—Burlarnos de su cabello, era recordarle que su existencia era el motivo de los disgustos y las peleas dentro de su familia, y cuando ya vienes con los cables cruzados, solo basta una chispa… Bokuto aguantó demasiado.
Una lágrima silenciosa se deslizó por su mejilla. Kuroo siguió fumando y temblando, y yo me aferré a una de sus manos.
No era necesario que continuase explicando.
·
·
Issei apareció en mi piso abrazado a un balde de helado de té verde.
—Cuando la gente está ya sabes, de bajeras y tal, como que comer helado… O chocolate, pero en invierno viene mejor esto, digo.
Las malas noticias se propagan rápido, he pensado.
—Gracias —le dije a Issei haciéndome a un lado para dejarle pasar—, ¿te mandó Iwa-chan?
—Podría decirse. Llegará mañana en la noche.
Saqué dos cucharas, busqué una manta, y nos encerramos en la habitación de Hajime. Estaban pasando Alienígenas Ancestrales.
—¿Por qué compraste el de té verde? Sabes que mi favorito es vainilla.
—Sí, pero a mí no me gusta.
—A quién vienes a animar, Mattsun ¿a mí o a ti?
Issei se rio y metió su cuchara al balde de helado. Yo lo imité. En la televisión, hablaban de que el Bifrost, que según la mitología nórdica es un puente arcoíris que une el mundo de los humanos con el de los Dioses, era en realidad un agujero de gusano que conectaba la tierra con mundos alienígenas.
Qué día estoy teniendo.
—En este programa siempre tienen una explicación para todo ¿eh? —Issei no se pudo aguantar la carcajada.
Estuvimos debatiendo al respecto su buen rato. Me sirvió para desconectar un rato.
Si tengo que comparar a mi grupo de amigos con algún otro grupo de amigos de la televisión, ese sería The Big Bang Theory, es una idea que me ronda hace unos años. Me costó casi toda la preparatoria convencer a Mattsun, Makki, e Iwa-chan a que le dieran una oportunidad y se viesen el piloto, y aunque se mostraron muy tercos al respecto, lo logré el día de mi cumpleaños número dieciocho.
De elegir, me gustaría ser el Leonard del grupo, el personaje quien es dentro de todo, el más normal y cuerdo de los cuatro. Lástima que el papel esté reservado para Hajime. Yo soy un Sheldon, un ente absurdo y maniático, dependiente de Leonard para desenvolverse en el mundo, con un nivel de ego e inseguridad muy elevado. A igual que Sheldon, siempre me autodenomino líder, pero todos saben que quien realmente lo es, es Leonard, o sea Hajime.
Recuerdo que en segundo de preparatoria, a sabiendas que no podría ser el ace del equipo, me hacía llamar el futuro capitán de Aobajousai y lo predicaba a los cuatro vientos.
—Puedes quedarte con el título si tanto lo deseas —dijo Takahiro con su cara de aburrido—, pero de todas formas todos saben que quien impone el respeto es Iwaizumi.
Issei lo secundó por detrás:
—Serás el títere de Iwaizumi y de todos nosotros ¿estás bien con eso?
Hajime no dijo nada, intentaba terminar su guía japonés. Yo lo sabía, él lo sabía, todos sabíamos que así sería.
Para terminar esta analogía, Takahiro sería Rajesh por sus padres millonarios y sus chalecos feos; Issei por descarte es Wolowitz, básicamente por lo raro y los párpados pesados.
Lo he recordado porque, mientras Issei pasaba los canales, nos topamos con una maratón geek de este tv-show americano. Issei dejó el control a un lado y se abrazó a una de las almohadas. A mí me entró toda la nostalgia.
—Un primo mío se suicidó —dije—, yo tenía diez años en ese entonces.
—Lo siento.
—No era un familiar cercano. Yo no lo conocí hasta el día del entierro. Mi hermana me explicó que a Testuya lo mató la pena, pero nadie se enteró porque Tetsuya se la pasaba sonriendo. Yo me dije ese día, no ser ciego a la tristeza. Y aunque sabía que algo no andaba bien con Boku-chan nunca quise obligarlo a hablar. Debí haberlo encarado, y decirle que lo sabía todo pero que no me importaba. En lugar de eso, me quedé callado. Ser ciego por omisión, es ser ciego de todas formas.
Como bien pronosticó Kuroo, el psicólogo de Bokuto quiso hablar conmigo. Conocía mi nombre y estaba enterado de mi existencia, pero me abstuve de preguntarle qué era lo que le habían dicho de mí. Y yo traté de entender lo que me hablaba, pero no podía. Él movía sus labios y repetía palabras, y nada tenía sentido. Repetía frases de las que Kuroo ya me había advertido como «estas cosas suceden» y «nadie tiene la culpa» y a mí me sonaba muy frío y lejano y apático.
—Míralo de este otro modo —dijo Issei apoderándose completamente de lo que quedaba de helado—: tengas o no la culpa, tienes una segunda oportunidad. Eso no se lo dan a cualquiera.
—¿Y si lo internan?
—No lo van a internar, las clínicas psiquiátricas son caras. Lo tendrán unos días en observación, la familia esconderá los objetos corto punzante de la casa, y Boku-chan estará dopado al menos un mes.
—¿Cómo sabes esas cosas?
—Porque Japón es el país con mayor taza de suicidio ¿no te jode? También tengo familiares, Oikawa.
Ya casi no quedaba helado de té verde. De la vida personal de Issei y Takahiro sabía muy poco. A alguien el accidente le había hecho recordar fantasmas del pasado.
—Lo siento, Mattsun.
—Tanto da.
Si tuviese con Issei la misma amistad confianzuda que tengo con Hajime, habría pasado mi brazo por su espalda y estrechado a mi lado. En su lugar, tal como hace Sheldon cuando alguien está mal, fui a preparar un té caliente.
—Pero cuánta azúcar le echaste a esto —Issei me devolvió la taza. Su rostro se había contorsionado del asco.
Yo lo probé. Sabía bien.
—Esto… ¿seis cucharadas? Bien, este será para mí. Te haré otro, señor insípido.
Issei recibió una segunda taza con una sonrisa que me desconcertó del todo.
—¿Qué? —pregunté con desconfianza.
—Nada —y agregó—: has cambiado, eso es todo.
—¿Eso es bueno o malo?
—No lo sé. Tienes esta mirada ¿sabes? De enamorado perdido. ¿No que padecías una insana atracción patológica hacia las faldas?
Me reí. Ciertamente, así me justificaba cuando le robaba una pretendiente a Issei o a Hajime. Y parecían ya tan lejanos los días de la preparatoria.
—Mi primer semestre en la universidad me acosté con cuatro titis distintas. De mi facultad todas, lo que fue un error porque las veo casi a diario.
—¿Y qué pasó?
Hajime pasó. Me subió y me bajó la vez que me pilló empezando a calentar motores con una titi abajo del kotatsu. Es que el kotatsu es el lugar sagrado de Hajime. Dijo que no podía ser, que esas chicas tenían sentimientos, y que yo debía sentar cabeza y preocuparme de mis estudios y las tareas domésticas y cosas.
Y eso hice, empecé a centrarme de a poco, hasta que me hice amigo de Bokuto y todo se fue a la literal mierda.
—Pasó que me centré en mis estudios, Mattsun.
Fue otro momento agradable con Issei. De ser chicas pretensiosas, él dijo que estaríamos pintándonos las uñas. Me reí. No me sorprendería que Issei cargase esmaltes en su mochila. Y se habría sorprendido conmigo, porque mi hermana una tirana a tiempo completo, me obligaba a pintarle la mano derecha ya que a ella el pulso le fallaba que podría decirse, soy una especie de experto en manicura.
Y luego de recordar aquello, he pensado que tal vez hay una razón para esta patológica necesidad de titis en el pasado: ninguna podría dejarme satisfecho, he estado bateando hacia el otro lado y no me había enterado.
Vaya, vaya.
—Si no me voy ahora, perderé el metro —me dijo faltando para las once.
—Puedes pasar la noche aquí.
—No, no puedo. Tengo que pedir permiso de pernoctación si quiero pasar la noche afuera —Issei vivía en una residencia universitaria—. Suerte mañana.
—¿Algún consejo exprés?
—Cuando veas a Boku-chan, métele la lengua hasta la tráquea.
Issei es un salido. Me cae bien este tipo.
·
·
Entonces pasó que me quedé dormido y cuando llegué al hospital, Kuroo otra vez estaba fuera y fumaba. Ya no temblaba y sus ropas estaban limpias, pero seguía sin afeitarse, y con el cabello desastre que tiene, parecía que se transformaba en ermitaño.
—Qué pintas —dije— ¿por qué estás afuera?
—Fukurodani llenó la sala —me dijo— y no cabemos tantos adentro.
—Cómo está Boku-chan.
—Boku-chan está bien, mucho mejor. Se encuentra algo desanimado, pero oye, preguntó por ti —y me enseñó esa sonrisa cínica que le conocí el primer día. Contrario a lo que pueda pensarse, me pareció una buena señal. Kuroo volvía a ser Kuroo pese a todo.
—¿Y qué le dijiste?
—Que estuviste aquí ayer, y que estarías aquí hoy.
—Quiero verlo.
Kuroo botó la colilla de cigarro al suelo y la pisó.
—Pero acompáñame a la cafetería primero. Tengo la boca seca.
Se compró un agua carbonatada y yo me compré unos masticables por tener algo que apretar cuando enterrase las manos en los bolsillos.
—Así por saber, ¿desde cuándo fumas?
—Desde que me vi obligado a estudiar conta para luego llevar el negocio de mis padres. Es una universidad privada sin equipo de vóley, sin gimnasio, sin nada. No me juzgues.
—Solo preguntaba.
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El corazón me dio un vuelco cuando le vi.
Bokuto estaba en su camilla con su cabello peinado hacia atrás. Muy pálido y con sus ojos caídos, pero sonriente, siempre sonriente. Ambas muñecas estaban vendadas.
—Espacio, por favor hacernos espacio —gritó Kuroo empujándome por la espalda para que me hiciera un hueco en ese nido de lechuzas. Era, me enteraría luego, el antiguo equipo titular de Fukurodani, cuando Bokuto era capitán. Reconocí a Komi entre ellos. Vestía una cazadora naranja que desentonaba con su cabello.
—C-Chico K-Kawaii —tartamudeó Bokuto y su semblante risueño se detuvo.
Vi su absurdo miedo reflejarse en sus ojos. Se sentía nervioso, culpable, y un idiota cualquiera. Nadie le dijo que me encantan los idiotas, y a partir de ahora y en adelante me encargaría de que lo supiera.
Pero no alcancé a meterle la lengua hasta la tráquea, como sugirió Issei, y tampoco personalidad no me daba para hacerlo frente a tanta gente. Antes siquiera de poder avanzar, Kuroo quiso hacerse cargo de las presentación.
—Fukurodani, este es Oikawa ¿Oikawa cuánto?
—Tooru —estúpido gato.
—Y es el novio de Bokuto.
Kutarou y yo nos quisimos morir ahí mismo. Fukurodani estalló en gritos y preguntas y fue tanto el bullicio que llegó una enfermera a ordenarnos a mantener silencio.
Yo estaba rojo, las cejas de Bokuto se dispararon hasta los cielos, y Kuroo se relamía los labios. De algún modo u otro, fue algo bueno.
Solo decirles, que si no pueden dejar reviews, no pasa nada (te lo estoy diciendo a ti, Nitta Rawr), no es obligación que lo hagan. Por otro lado, tal vez una mala noticia: no sé hasta cuándo sea capaz de mantener el ritmo de mis publicaciones. Estoy teniendo algunos problemas de tiempo, y puede que, de pronto, falle y me atrase. De todas formas, me estoy organizando para que eso no pase, pero es necesario advertir.
Nos leemos! Buen fin de semana ;)
Weise.
