Capítulo 14: "Conociendo Taisho Park"

¿Le habría propuesto matrimonio? Casi no lo podía creer del asombro. Quizás había escuchado mal... no, lo había dicho... con su voz ronca y varonil, mirándola con sus hermosos ojos casi suplicantes... ay, Dios... ni siquiera había sido capaz de responderle porque se había quedado muda de la impresión... pero... ¿y si jugaba con ella? Su corazón le decía que él estaba siendo sincero ¿la quería entonces? Quizás sólo quería estar a su lado para brindarle su protección... estaba tan confundida. Meneó la cabeza y luego se quitó el sombrero. Decidió que por muy impresionable e inesperada había sido su propuesta de matrimonio, no tenía cabeza para pensar más ese día. Estaba cansada, muy cansada y necesitaba dormir.

Pero al estar acostada en su cama, el sueño se desvaneció por completo para dar paso a la angustia y el temor. Angustia porque estaba sola y el silencio era estremecedor en aquella casona. Sabía que aun estaban los criados y Kaede un par de habitaciones más allá, pero aún así sentía el vacío del hogar. Y sentía temor... las sombras que se reflejaban en la pared de su alcoba eran siniestras y escalofriantes, los sonidos extraños, casi guturales, la dejaban sin aliento. Su mente comenzó a imaginar situaciones, ella pensó en todo lo que había sucedido, aquella vez en el velorio y luego en el funeral, había escuchado muchos cotilleos.

- "Que mala suerte... morirse también la madre en menos de un año..."

- "Nadie sabe exactamente de qué falleció, el doctor no pudo dar con el diagnóstico..."

- "Quizás les están haciendo magia negra..."

- "Quizás es una maldición y todos mori..."

Kagome se tapó la boca horrorizada. Los comentarios eran absurdos, tontos y ridículos, pero no dejaban de hacerla sentir temor. Lo peor es que estaba sola ahora... Sola.

Una sombra alta y oscura apareció en el umbral de la puerta, llevaba un vestido largo y vaporoso, este se movía, se movía por el viento. Kagome miró horrorizada la figura pues ésta no caminaba, sino que flotaba, ladeó el rostro y la ventana estaba abierta de par en par, la noche era negrísima, ni siquiera había luna, ella se incorporó en la cama con los ojos muy abiertos y el corazón casi saliéndose del pecho de agitado, la figura se acercó más y cuando lo hizo su rostro se develó. Era su madre, blanca como la nieve y oscuras ojeras alrededor de sus ojos, llevaba aquel vestido con la cual la habían sepultado. La joven Higurashi quiso gritar del pavor pero apenas salió un gemido de su garganta, la mujer estaba triste, muy triste y sólo por eso la joven se tranquilizó levemente, aun así no cabía del asombro que aquel espectro la estuviera visitando en mitad de la noche. La mujer estiró una mano huesuda hacia ella mientras susurraba casi en llanto.

- Cuídate Kagome... cuídate...

La joven despertó dando un grito y se incorporó. Había soñado, había sido una pesadilla. Oh no, ahora... ahora tendría pesadillas con su madre...

Hubiera querido llorar sino fuera por que aun recordaba las palabras que salían de la boca de su difunta madre... ¿acaso lo que la gente decía era verdad? ¿era ésto una maldición? Pero ella le había dicho que se cuidara... si eso era así, era porque alguien quizás intentaba... lastimarla... No, no podía ser, quizás su mente perturbada ante tantas situaciones extremas le estaban jugando una mala pasada. Se acurrucó en la cama cubriendo la colcha hasta el cuello. No pudo evitar estremecerse, tenía miedo... pero más miedo de los vivos que de los muertos.

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- Jajaja, debí imaginarlo, señor Taisho... vaya vaya, sí que es astuto, así que pretende casarse con la señorita Higurashi para poder pagar su deuda...

Inuyasha lo miró con irrefrenable odio. Las rosas que traía en su mano se agitaron porque el puño de él se cerró con tanta fuerza que estuvo a punto de partirles el tallo. Contuvo toda su ira hasta casi ponerse rojo, aunque las venas sobresalieron en su cuello y en la frente. Contó hasta 10 mientras el otro sonreía burlonamente. Hacía un rato, había visto salir de la casa al estúpido ese profesor de música. Por Kouga había sentido celos pero no la rabia que sentía por este hombre... el peor de todos...

- ... No es... ¿¡qué diablos hace usted aquí!?

Había mirado horrorizado los obsequios que traía en sus manos. Se le aceleró el pulso pero de inmediato supo porqué él estaba ahí, oh claro, ya lo había visto ir a casa de los Higurashi el día del velatorio de la madre de Kagome.

- Lo mismo que usted, señor Taisho.

Lo hubiera golpeado en ese instante sino fuera porque una doncella de sonrisa malévola hizo pasar a Naraku hasta la sala en donde "la señorita" lo esperaba.

Inuyasha se quedó de pie, sin saber mucho qué hacer. A decir verdad quería ir a la sala y sacar a patadas al bastardo ese... pero no podía hacer eso ¿o si? También sentía leve rencor contra Kagome ¿cómo se le ocurría recibir a semejante persona? Esperaba que ahí estuviera la metiche de su nana porque si ella estaba a solas entonces...

Se escapó hacia el jardín, la verdad es que respirar el mismo aire de aquel maldito hombre lo hacía sentir náuseas.

Era un día soleado, silencioso, habían pasado dos días desde la última vez que la había visto. Inuyasha se sentó junto a la fuente, en medio del jardín, con el ramo de rosas en sus manos que miró fijamente con deseos de lanzarlo a la basura. Dos días atrás le había pedido que se casara con él... y no obtenía respuesta aun. Quizás no lo quería... después de todo... tal vez sospechaba de él y sus intenciones, no la culpaba por eso, aun sentía remordimiento por haberse acercado a ella con otras intenciones la primera vez... ¡Dios! ¿cómo era que había ideado y más aun, consentido un plan tan perverso? Él no era un hombre malévolo... ¿porqué no había tenido corazón para haber rechazado ese plan tan maquiavélico?, quizás ahora debía pagar por no haber sido honesto ni sincero con Kagome desde el principio...

Se escucharon pasos rápidos y una respiración agitada, Inuyasha se sorprendió y se puso de inmediato de pie, el lugar donde se encontraba, la fuente de agua, estaba completamente rodeada de árboles y altos arbustos, sólo junto a la fuente había un claro para poder descansar. De pronto, de entre los arbustos apareció ella, venía casi corriendo, agitada, con el cabello suelto y algo desordenado, no vestía de luto, pero eso no fue lo que lo sorprendió, sino el que Kagome luciera tan asustada.

- ¡Oh!...- La muchacha se quedó de pie mirándolo asombrada, luego volteó la cabeza hacia atrás, como si estuviera escapando de alguien-... shhh...

Era una situación extraña y algo graciosa, pensó el joven caballero. ¿No se suponía que estaba con el maldito de Naraku?

Kagome volteó otra vez hacia él ya más tranquila, intentó sonreír aunque se sentía un poco tonta.

- Lo siento...

- ¿Acaso escapas del diablo?

La joven se detuvo frente a él.

- En realidad creo... que sí.- Musitó, un poco confundida. Inuyasha pensó que realmente se veía adorable sin sombrero y algo despeinada- ¿Qué hace aquí, señor Taisho?

Inuyasha la miró un instante con una pequeña sonrisa, luego estiró su mano, las rosas casi estaban mustias debido al calor y falta de agua.

- Vine a... son para ti...- Kagome las miró fijamente y él sonrió avergonzado-... lo siento... quizás no debí estar tanto rato al sol.

- ¿Hace cuanto esta aquí?

- No sé... mucho... desde que llegó ese...- Inuyasha arrugó el ceño-... Ese hombre con el que supongo estaba...

La joven suspiró y tomó las flores que él le daba.

- En realidad me he escondido todo el rato... aunque Kagura me anda buscando... también Kaede... ella dice que debo conocerlo primero y opinar después pero... ese hombre me da escalofríos... no quiero ni siquiera dirigirle la palabra...- Miró con ternura las rosas sin importarle su estado, posó un dedo en un pétalo y lo acarició, Inuyasha no supo porqué pero se le aceleró el corazón. Quizás pensó en ser el pétalo de aquella rosa-... no sé porqué me tengo que ver obligada a esto...

El joven alzó sus ojos dorados a ella y estuvo a punto de decirle que quizás, si ella le hubiera dado una respuesta positiva a su propuesta de matrimonio, no tendría que pasar por todo eso. Pero no podía pedirle más... aquel día venían de un funeral y había sido precipitado...

- Podemos ir a otro lado, si te parece...- Sugirió en cambio, brindándole una sonrisa a ella que lo miró con intensidad. Inuyasha pensó que tal vez su oferta había sido muy osada.

- ¿Podríamos?

Él le sonrió. Realmente la adoraba. Impredecible.

Inuyasha estiró su mano y Kagome la contempló un instante. Quizás ahora se arrepentía. Volteó el rostro hacia el camino de piedra por donde venía, en su casa seguramente estaba ese hombre desagradable aun esperándola. Miró a Inuyasha y supo que no tenía que pensar demasiado. Estiró su mano y aferró sus dedos a los suyos. Cuando lo hizo tuvo una inexplicable sensación de bienestar y seguridad. Inuyasha sonrió.

- Te prometo que estarás segura conmigo, tranquila.

La joven asintió. Dejó el ramo de rosas junto a la fuente, lo suficientemente cerca del rocío de agua para que revivieran y se marchó con él casi corriendo, entre los arbustos y árboles del jardín hasta llegar al portón de hierro forjado que delimitaba la mansión con la calle.

Kagome se detuvo y miró al hermoso caballo castaño que esperaba a su dueño. Tenía una hermosa mancha blanca en forma de estrella en su nariz y sobre su lomo una bonita montura.

- ¿Es suyo?

El hombre soltó su mano y subió de un salto al animal, luego estiró su mano a ella.

- Completamente mío- Respondió.

Kagome creyó que se le salía el corazón del pecho ¿porqué tenía que decir aquellas cosas con esa sonrisa arrebatadora? Se sonrojó y estiró su mano a él. En un segundo estuvo sentada, de lado, frente a Inuyasha. Nunca había subido a un caballo y si no fuera porque de alguna forma confiaba en él, no hubiera montado uno como ahora.

- ¿A dónde iremos?

El hombre supo que estaba temerosa. Entrecerró los ojos percibiendo el dulce aroma de sus cabellos, algunos le llegaban hasta su rostro haciéndole cosquillas, entonces osó en deslizar una mano por su cintura para afirmarla, la muchacha se mordió los labios y se puso en extremo tensa.

- No te alteres, el lugar te gustará...

Hacía tiempo que la joven no salía de la ciudad, cuando dejaron atrás las casas, calles, carruajes y tiendas todo pareció más tranquilo, más hermoso. De pronto se apartaron del camino y entraron a un bosque espeso y silencioso. En un principio le atemorizó verse fuera del camino principal y estar en un lugar en donde claramente no era concurrido. La oscuridad era un aliciente para su temor, pero al poco avanzar, Kagome comenzó a maravillarse del follaje salvaje de los bosques, de la infinidad de trinos de los pajaritos, del sonido del riachuelo que los acompañó un buen trecho hasta desaparecer nuevamente en la espesura del bosque. Los rayos del sol se filtraban entre las copas de grandes abedules, sauces y otros árboles que expelían un aroma a pasto y tierra húmeda. De pronto eran sólo ellos dos y el caballo, que galopaba suavemente.

- Es... es muy hermoso... nunca había estado por aquí.

- Supongo... hay gente que dice... que esta encantado...- Susurró Inuyasha junto a su oído.

La joven sonrió.

- No existen los bosques encantados.

- Ahh yo creo que sí...

Kagome se rió.

- Eso es muy tonto.

- ¿Por qué?

La joven miró fijo hacia el frente, a ver si veía un ser encantado por ahí... aunque sabía que eso era imposible.

- Porque las hadas no existen... y si existieran no podríamos verlas... dicen que son pequeñitas y que sólo salen a la luz de la luna.

Fue Inuyasha quien se rió ahora.

- Esa es una de las tantas teorías... cuando era pequeño mi madre me contaba otra cosa.

La joven Higurashi lo miró de reojo.

- ¿Qué cosa?

- Que hay hadas tan altas como las mujeres normales... que salen en el día para jugar con los rayos del sol, incluso hay alguna que se hace pasar por humana sólo para encantar a algunos ingenuos hombres.

- Jaja... mentira... y si eso fuera cierto, tal vez se refiere a las ninfas, aunque supongo que se parecen a las hadas.- Respondió ella, divertida por su conversación.- Y en todo caso ninguna de las dos existen, sólo es fantasía.

- No, en serio...- El joven se había inclinado más a ella, hasta que sus labios rosaron casi su oído-... dicen que hay hadas por aquí... tal vez... hasta tu eres una de ellas...

Kagome se giró sonriendo, pero al hacerlo sus labios se quedaron atrapados en un impetuoso beso. El caballo se detuvo e Inuyasha deslizó su mano tras la nuca de ella, acercándola más a él, deseoso de volver a saborear el dulzor de aquellos labios que en un principio se mostraron impasibles, pero que luego le respondieron con igual ímpetu.

Y aunque ya antes había sido besada en dos ocasiones por ese caballero, el beso de esta vez rompió todos sus esquemas. Gimió al recibir la lengua cálida y suave en su boca, tuvo miedo e intentó separarse, pero él la sujetó con más fuerza. El beso se volvió lento, suave, como una caricia íntima y a la vez arrebatadora, fue tal su efecto que Kagome estuvo a punto de perder la conciencia, dejándose llevar por una sensación que jamás antes había sentido hasta ese día, hasta ese momento, era como si la sangre se le hubiera ido a la cabeza, que su cuerpo ardía y que se perdía en un mar denso y vertiginoso lleno de emociones.

Cuando Inuyasha se separó lentamente de ella la observó aturdido también por lo que sentía. Casi le salía el corazón del pecho de la agitación. Verla ahí tan a su alcance, más hermosa que nunca, con los ojos aun entrecerrados, los labios húmedos y sonrosados, los rayos del sol en sus negros cabellos... Dios... estaba enamorado... más que enamorado...

Kagome entreabrió los ojos y se perdió un instante en el mar de sus ojos dorados. Realmente... no le importaba nada, ni los prejuicios, ni las reglas rigurosas de la sociedad en que se había criado, nada.

Ella volteó lentamente hacia el frente e Inuyasha hizo al caballo galopar otra vez. Cruzaron el bosque en silencio, cada uno sumergido en sus pensamientos, en sus sentimientos por el otro, en el futuro...

Al fin salieron de la espesura del bosque y entonces el caballo se tuvo. Kagome abrió los ojos con sorpresa al ver lo que tenía en frente. Era una campiña verde y extensa con pequeñas colinas ondulantes y donde ésta terminaba se alzaba una loma alta y también verde de pasto primaveral, sobre la loma, un imponente castillo con varias torres que miraban al cielo y las más alta, le recordó a la joven que desde ahí se podía ver el mar. Ese era Taisho Park.

- Es...- Kagome sentía que el corazón se le encogía de emoción-... es... hermoso...

Inuyasha sonrió.

- No tanto como tú...- Susurró y se acercó más a su oído-... ¿quieres conocerlo?

La joven Higurashi ladeó el rostro y lo miró. No llevaba compañía... estaba sola con él y... lejos de casa... podría ser una falta muy grande... tal vez arriesgaba su reputación, su honra y su dignidad... era lo que siempre le decía su nana que debía cuidar. Pero quería estar con él... y confiaba en él... quería conocer el hermoso castillo que estaba en frente suyo... y al dueño también...

- Si...- Musitó.

Continuará...


N/A: Hola otra vez, les agradezco mucho todos sus comntarios, en serio, me sirven para seguir escribiendo, muchas gracias por tomarse la molestia de escribirme. También gracias a quienes leen, igual es importante su apoyo.

Como verán, han pasado dos días desde que él le pidió matrimonio, pero al parecer no será el único. Aunque Kagome claramente lo ama, fue demasiado pronto decirle que sí aquella vez, recuerden que fue el día del entierro de su mamá y habían muchas cosas en su cabeza, por eso no le contestó, aunque si él se lo pide nuevamente les aseguro que tendremos boda muy pronto jajaja (probablemente ¿eh? jejeje-mente malvada-)

En fin, ya veremos como sigue todo... cómo me gusta escribir escenas entre Inuyasha y Kagome y hubiera escrito más... sólo que estoy un poquito cansada por hoy. De todas formas nos vemos pronto, cuídense mucho y que tengan un lindo fin de semana.

Lady Sakura Lee