El frío se cerró sobre ella, congelándole la sangre, el cuerpo.
Su mente parecía haberse separado de su cuerpo. Se había liberado y en ese momento lo oyó hablarle. Cada palabra un golpe. Mortal. Letal. Fatal.
Había sido otra prueba. Todo. Sólo otra prueba. Las flores, la ropa, las sonrisas. Toda la «amabilidad» hacia ella, día tras día.
Sólo un señuelo, nada más. Para una trampa que había activado esa noche.
Una prueba.
La última que le quedaba.
Sabía que ella no le había dejado otra opción. Edward había atacado con lo que representaba la debilidad definitiva para ella. Él mismo.
Y sabía precisamente por qué. Él se lo acababa de decir. Había necesitado una prueba.
Y también sabía precisamente para qué.
El dolor que le causaba la incapacitaba. La laceraba como garras.
Lo miró.
—Dios mío —musitó—. ¡Canalla!
Lo empujó, con fuerza y rudeza.
Pero él se había adelantado, separándose de ella con una mueca en la cara.
—¿Qué?
Al instante ella rodó hasta quedar de costado, lejos de él, llevándose consigo la sábana para cubrir su desnudez. Su traicionera y delatora desnudez. Él intentó acercarla.
—¡No me toques!
El rostro de Edward cambió.
—¿Que no te toque? ¿Después de lo que acaba de pasar? Thee mou, pero tengo toda la prueba que necesito. No intentes negarlo.
Sintió un nudo en la garganta.
—No me importa. No vas a conseguirlo. ¡No me vas a quitar a mi hijo! Puedes ir a tu juez favorable y contarle todo sobre tu maldita prueba, pero no me importa. Lucharé. Jamás me arrebatarás a Tony. Jamás, jamás.
Pudo captar la histeria en su propia voz, pero no le importó. No le importaba nada salvo Tony... su hijo, su hijo... y ese hombre vil y espantoso que todavía trataba de quitárselo. Que todavía trataba de tenderle trampas.
—¿Estás loca?
Sus palabras la atravesaron. Aturdidas, incrédulas. Durante un momento, la observó conmocionado.
—Thee mou, ¿es por eso?
El rostro de ella se contrajo.
—No me sueltes eso... sabes que sí. Tú lo has planeado. Sé que lo hiciste. ¡No podías atacarme con nada, de modo que tuviste que recurrir a esto!
Los ojos de él ardieron con un fuego negro.
—¿A qué?Por el amor de Dios, Bella...
—A esto. Al sexo. ¡Al sexo! Es la única porquería que te quedaba para tumbarme. ¡Planeaste todo esto porque es lo único que te queda! ¡No podías atraparme de ninguna otra manera! No era drogadicta, rompí tu asqueroso cheque y estropeé tu intento de conseguir que dijera que me quería casar contigo. Caí en tu cama esta noche del mismo modo que lo hice hace cinco años, ¡y alardeas ante mí de que tienes todas las pruebas que querías! Y ahora... —respiró hondo, entrecortadamente—... Y ahora lo usarás para tratar de quitarme a Tony. Pero no te dejaré... no te...
La aferró de los hombros. Sus manos parecían prensas de acero.
—¡Ya basta! No quiero oír nada de esto. Pero tú... tú sí me escucharás, Bella. No ha sido una trampa... una prueba. Sí, buscaba pruebas... pero de algo completamente distinto.
El rostro de ella mostró angustia.
—Confié en ti, Edward. Confié en ti. Me habías convencido... ¿lo sabías? Me habías convencido de que de verdad tratabas de ser amable. Pero todas esas sonrisas que me has dedicado, nunca fueron sentidas, ¿verdad? ¿Verdad? ¡No fue más que una farsa! Peor. ¡Lo habías planeado todo!
—No... no ha sido así. Créeme, Bella. Es lo único que te pido... que me creas. ¡Debes creerme! —los ojos le centellearon—. Tienes mi palabra de que no es lo que crees.
Ella se echó para atrás, con la sábana pegada al cuerpo. Se puso pálida.
—Qué descaro tienes. ¿Quieres que te crea? Pues es más de lo que tú me concediste alguna vez. En todo momento diste por hecho que buscaba tu dinero. A pesar de que te dije que no quería ni un penique. Siempre me has puesto a prueba. Y esa oferta obscena de los veinte millones de libras a cambio de Tony... tú mismo reconociste que me estabas poniendo a prueba.
—No puedo negar eso —respiró hondo—. Necesitaba averiguar... averiguar si mi hijo tenía una madre que lo vendería por dinero.
Lo miró fijamente.
—Me consideraste una drogadicta... pero los adictos pueden amar a sus hijos. Me consideraste una prostituta... pero las prostitutas pueden amar a sus hijos. Me consideraste lo bastante vengativa como para ocultarte a tu hijo... pero las madres que hacen eso pueden amar a sus hijos. ¡Dios mío, hasta las asesinas pueden amar a sus hijos! —alzó la voz—. Pero ¿qué motivos tenías para creer que yo era más baja que cualquiera de esas personas? ¿Que vendería a mi hijo por dinero? ¿Qué madre haría eso?
Durante un momento interminable, reinó el silencio.
—Mi madre —repuso él al final.
La atmósfera se congeló. Fue como si hubiera entrado algo maligno. Entonces oyó otra vez la voz de él. Carente de emoción.
Igual que sus ojos o su cara.
—Mi madre me vendió. Me vendió a mi padre cuando yo tenía cinco años. Por diez millones de libras. Una cantidad grande en aquellos tiempos. Fue el precio del acuerdo de divorcio. Si él se hubiera negado a pagar, ella habría luchado por la custodia en todos los tribunales de Europa. Y habría ganado. Todos los jueces habrían resuelto a su favor. Verás, era una madre cariñosa, absolutamente entregada. Yo era su bebé, su ojito derecho. Me llenaba de abrazos y de besos. Al menos cuando alguien miraba. Es decir, alguien a quien tuviera que impresionar.
»Delante del personal de servicio, no tenía que ser tan entregada. Ni delante de sus amantes. El problema es que no sólo engañaba a los que necesitaba impresionar. También me engañó a mí. De modo que cuando me vendió a mi padre, no entendí por qué él no me dejó volver a verla. Me dijo que jamás la vería otra vez y así fue. Hizo que lo odiara. Entonces, me contó la verdad. Pasé a odiarla a ella y a querer a mi padre.
»Pero él no quería mi cariño. Y nunca me dio el suyo. Porque el día que mi madre aceptó el cheque, también le informó de que yo no era su hijo, sino de uno de una legión de amantes. Él me retuvo a su lado para mantener la fachada, para que nadie se riera de él porque su mujer le hubiera vendido a un bastardo por una fortuna. Me lo dijo en su lecho de muerte. Fueron sus últimas palabras.
Guardó silencio. El aire estaba tan denso que apenas se podía respirar.
Pero Bella vio con cristalina claridad todo lo que no había podido ver antes.
Todo lo que Edward había hecho no había sido para proteger a Tony de ella... sino de su propia madre.
Del demonio que aún lo hostigaba.
Lo miró. Se había retraído. Tenía la vista clavada en el techo, sin ver nada y recordándolo todo.
El horror le aplastó el corazón.
Tenía un nudo tan grande en la garganta, que apenas era capaz de respirar.
—Oh, Dios —musitó—. Oh, Dios.
Lentamente, alargó la mano en busca de la de Edward. La apretó con fuerza entre las suyas.
La recorrió una gran oleada de compasión y comprensión. Y más que eso... de perdón.
Porque comprenderlo todo era perdonarlo todo. Entender los demonios que lo impulsaban, por qué la había sometido a todo eso, era desterrarlo de forma definitiva.
—Ahora entiendo —musitó—. Entiendo por qué pensaste lo peor de mí, por qué no te atrevías a considerarme inocente de lo que me acusabas, por qué no parabas de intentar sorprenderme... probarme. Pero ya no tienes que probarme más, Edward. De verdad, no es necesario. Yo no soy tu madre, como tú no eres mi padre... ni el tuyo. Su crueldad, su insensibilidad, su indecible egoísmo no está en nosotros. Tony jamás sufrirá como tú sufriste. Verás... —apenas pudo hablar—. Nos tiene a nosotros para quererlo, para cobijarlo.
Respiró hondo y dijo lo que sabía que debía decir para acabar con esa insoportable guerra que había entre ellos.
—Quiero compartir la custodia contigo. Tony es tan hijo tuyo como mío. Ahora que sé qué te impulsó a desconfiar de mí, puedo confiar en ti. Confiar en que no quieras quitármelo.
Lo miró con los ojos húmedos.
Él le devolvió la mirada. En ellos había una expresión que nunca había visto y que la emocionó aún más.
—¿Por qué? —preguntó con voz tan extraña como los ojos—. ¿Por qué iba a querer quitarle a mi hijo a la mujer que por encima de cualquier persona elegiría para ser su madre? Sí, estaba obsesionado con lo que me había pasado... y me hizo temer que resultaras ser como mi madre, igual de cruel y fría. Pero eres tan diferente de ella como la noche y el día. Tu amor por Tony brilla como una estrella en el cielo. Y has soportado tanto por él... por mi culpa. No soporto pensar en ello. ¿Sabes lo mucho que lamento haber hecho lo que hice?
»Jamás fue mi intención herirte esta noche como te he herido. Te suplico que me creas —le tomó una mano—. Dije que quería una prueba, pero no tenía nada que ver con lo que tú creías que era. Quería demostrar algo muy diferente. Quería demostrar que lo que pasó entre nosotros hace cinco años seguía ahí.
Ella sintió una oleada de frialdad.
—Te refieres al sexo —retiró la mano como si acabara de recibir un golpe—. No veo por qué tenías que descubrir si aún podías tenerme. ¡Desde luego, no representó tanto desafío para ti la primera vez! Desde el cuarto de baño hasta la cama en unos minutos. Pero, claro está, cuando se trata sólo de una aventura de una noche, no apetece alargarlo más de lo necesario.
Él la miraba fijamente.
—¿Una aventura de una noche? ¿Es lo que crees que planeé?
Ella apretó los labios.
—Es lo que sé que planeaste. Estaba allí, ¿recuerdas? Incluso antes de que abriera la boca por la mañana para tratar de hablar sobre la adquisición, tú ya me despedías y me dabas las gracias por el sexo disfrutado.
Él suspiró y se puso de pie. ¿Acaso no acababan de hacer las paces por Tony? ¿Qué sentido tenía rememorar la noche en que había sido concebido? Había que aclarar el futuro, no el pasado.
Él habló con voz vehemente.
—¿Una aventura de una noche? ¿Es lo que has pensado todos estos años? Santo cielo, Bella, ¿es que no sabes lo que pasaba la noche que nos conocimos? Sí, me comporté de forma irreflexiva llevándote a la cama de esa manera... pero no fui capaz de resistirte. Nunca en la vida había visto a una mujer que deseara tanto, que tuviera ese efecto en mí. No sabía qué era, sólo que me era imposible resistirlo. Y tú parecías tan ardiente como yo... al subir conmigo a mi suite, pensé que sentirías lo mismo que yo. Y aunque tus motivos fueran distintos, en cuanto te tuve en mis brazos, te entregaste por completo. No puedes negarlo... ¡no puedes! Eso fue real y verdadero, y supe, de forma absoluta, que estaba sucediendo algo asombroso. ¡Y bajo ningún concepto fue una aventura de una noche! ¡para ninguno de los dos!
Hizo una pausa para respirar.
—¿De verdad puedes pensar que eso era todo lo que quería? Dices que me despedía de ti, pero lo único que hice al despertarte con un beso, fue comunicarte que tenía una reunión de la que no podía librarme porque era importante para otras personas. Pero una vez pasadas esas horas que me mantendrían alejado de ti, iba a regresar a buscarte.
La miró y apretó los labios.
—Iba a pedirte que regresaras a Grecia conmigo. Lo que había pasado aquella noche era tan mágico, tan extraordinario, ¡que no soportaba la idea de estar separado de ti! Quería llevarte conmigo, hacerte mía. Descubrir, con toda la esperanza que podía albergar mi corazón, si la noche que habíamos compartido también había sido mágica, extraordinaria y preciada para ti.
La miró y ella pudo ver que en sus ojos había dolor.
—Y eso, eso, era lo que buscaba demostrar esta noche. Que no habíamos perdido lo que tuvimos aquella noche... antes de alejarte con mis palabras crueles, pensando que te habías burlado de mí, que eras alguien que jamás habías sido. Demostrar que eso, de algún modo, había sobrevivido a través de todos estos años, mientras tú criabas a mi hijo, sola y desprotegida, en la apremiante pobreza en la que mis injustas acusaciones te habían sumido. Que eso había sobrevivido a pesar de que mi atormentada infancia me había hecho ser un bruto contigo.
Volvió a respirar hondo y la miró.
—He cometido tantos errores contigo, Bella. No podía permitirme cometer otro. Ni uno sólo. Ya me había dado cuenta de que había cometido uno al proponerte matrimonio de esa manera. Pero actué siguiendo un impulso al descubrir, otra vez, lo increíblemente hermosa que eres. Fue una estupidez, algo insensible, e hizo que me diera cuenta de que debía ir con pies de plomo contigo. No podía correr el riesgo de que me rechazaras si te mostraba el más leve indicio de que me resultabas deseable. Y ayer, no me atreví a besarte porque me aterraba no haber sido capaz de parar. Pero saber que al fin respondías a mí, me dio mucha esperanza, y la determinación de saber que tenía que poner todo en juego esta noche. Tenía que tomarte con total sorpresa, no darte ninguna oportunidad de resistir, de apartarte, de que te sintieras repelida por mí.
»Y lo demostré. No puedes negarlo. Esta noche te entregaste a mí con la misma dulzura y pasión que aquella primera noche. Eso demuestra, Bella, que lo que se inició entonces sigue estando ahí. Siempre estará ahí. Durante toda nuestra vida.
Hizo una pausa breve y continuó con voz muy suave:
—Es amor, Bella. ¿Lo sabes? ¿Lo sientes? Empezó hace cinco años, en nuestra primera y milagrosa noche juntos, pero yo arruiné su florecimiento. Ahora lo he dejado crecer y nos ha unido después de tanto tiempo.
La abrazó. Pudo sentir el latir de su corazón, los brazos alrededor de ella, pegándola a él. Pudo sentir las lágrimas que le humedecían las mejillas.
—Ah, Bella, no... no llores... ¡por favor, no llores!
Pero no podía parar. Las lágrimas le quemaban los ojos y apoyó la cara contra su hombro mientras él la abrazaba con fuerza.
—Bella...
No podía oírlo. Los sollozos la sacudían mientras clavaba las manos en sus hombros desnudos y poderosos. Edward la protegía con su calor.
Él le acarició el pelo, y luego, después de que las lágrimas se agotaran tras un largo rato, continuó abrazándola, cobijándola en el círculo de sus brazos.
—Te amo —le dijo con voz queda—. Eres toda mi vida. La madre de mi hijo, el tesoro de mi corazón.
Ella le dio un beso. Suave y en silencio.
Luego, con igual suavidad y silencio, comenzó a hacerle el amor al hombre que amaba.
El amanecer dorado entraba a través de las persianas de madera de su habitación. La habitación de ambos. Maravillada, pensó que siempre sería así. Sin importar el lugar en el mundo en el que se encontraran. Estarían siempre juntos. Sintió felicidad, paz y júbilo, y por encima de todo, amor. Un amor que los unía.
Le acarició la curva de la cabeza y la mejilla. Lo acurrucaba contra ella, con la cabeza apoyada sobre sus pechos. Sentía que el amor que le inspiraba emanaba de su ser.
Habían realizado un largo y amargo viaje. Un viaje que ni siquiera había sabido que había emprendido.
Volvió a sentirse maravillada.
«Ni siquiera sabía que me estaba enamorando de él. Había demasiado odio, demasiada ira, demasiada desconfianza y miedo. Pero estaba pasando, en secreto, en mi corazón, y yo no lo sabía».
Pero su corazón lo había sabido.
«Me ha dado a su hijo y ahora se está entregando a mí. Y yo lo resguardaré siempre con mi amor».
Alguien le agitaba el hombro.
—¡Mami! ¡Despierta! Papá está en medio. Está en tu cama y no hay sitio para mí.
La voz infantil sonaba indignada.
Bella se movió adormilada mientras Edward alargaba el brazo hacia su hijo.
—Siempre hay sitio para ti, Tony.
Hizo más espacio en el centro de la cama.
Su hijo lo miró con desaprobación.
—No llevas puesto ningún pijama. ¿Y por qué estás aquí?
—¿Por qué estás tú aquí? —contrarrestó su padre. Miró el reloj de pulsera y gimió por lo temprano que era.
—Necesito un abrazo —repuso el pequeño. Trepó a la cama y con exagerados contoneos, se acomodó entre ellos.
Edward alargó el brazo para pasarlo por encima de los dos... su hijo y la mujer que amaba.
Su hijo se contoneó una última vez y se quedó quieto.
—Mamá, Tony, papá —musitó y se quedó dormido.
Bella buscó la mano de Edward.
—Feliz familia.
Él le apretó los dedos.
—Feliz familia —murmuró.
Luego, ambos se quedaron dormidos.
