The Malfoy Twin 12.
– Señorita Malfoy, vaya a dirección inmediatamente. –brama el profesor Filius Flitwick con impaciencia.
Y con razón, Pandora lo único que hacía era hacer garabatos en el pergamino con aburrimiento, la clase de encantamientos no era algo que le apasionara demasiado. Porque ya los sabía todos. Draco le dedica una mirada llena decepción debido a sus actos que ella ignora completamente, cogiendo sus cosas con rapidez y saliendo del salón de clases con velocidad.
En el trayecto a la oficina de Minerva pudo notar varias cosas, por ejemplo, vio a Peeves levitar por los pasillos con la túnica de un estudiante de primer año que lo perseguía en medio de lloriqueos. El niño pertenecía a la casa Ravenclaw. Más rápido de lo que habría querido, ya se encontraba tocando la puerta del despacho rodando los ojos, al escuchar el ´pase´ de la directora no duda en entrar.
La anciana desatiende los pergaminos puestos ordenadamente sobre su escritorio color caoba antes de dirigirle la palabra.
– ¿Problemas de nuevo, Malfoy? –suspira la directora con pesadez–. Después de todo es algo común que la familia Malfoy frecuente esta oficina. Debo admitir que el récord de detenciones que ha recibido tu hermano es inigualable.
– El récord es superable para mí.
– Por favor toma asiento. –señala una silla frente a ella que pronto es ocupada de mala gana por la rubia–. Los profesores me han comentado que la Princesa de Slytherin ha estado bastante distraída en horas académicas, exceptuando Defensa contra las Artes Oscuras, allí es donde siempre te destacas. ¿A qué se debe tu distracción en clases?
– Si le preocupa que no esté preparada para los EXTASIS, está equivocada. Me he pasado todo mi tiempo libre ahogándome entre los libros de la biblioteca para los exámenes.
Minerva niega con la cabeza, restándole importancia a sus palabras.
– Antes de ingresar al colegio, tus padres me hablaron mucho sobre ti. –Mcgonagall la observa con curiosidad–. Debo decir que nunca había escuchado hablar a Lucius Malfoy con tanto orgullo, por lo que debo suponer que tú eres una figura importante dentro de tu familia.
La rubia frunce el ceño ante su repentino discurso.
– Me contaron por qué estuviste oculta en la guerra mágica contra Voldemort. –comenta con un suspiro–. Nunca vi el corazón de tu madre tan lastimado, esa tarde realmente estaba dispuesta a contarlo todo. ¿Puedes contarme por qué estabas oculta?
– Por ella. –no da detalles de sus palabras, simplemente baja la cabeza por segundos antes de observarla con desdén de nuevo–. No es importante para nadie, Voldemort ya ha sido vencido, mi presencia no importa.
– Tu madre me dijo la razón. –la chica observó a la anciana con asombro–. Con razón, eres bastante poderosa. –se echa hacia adelante–. Recuerdo sus palabras textuales a pesar de estar vieja, el corazón de una madre es demasiado poderoso. –se aclara la garganta–. "No me opuse a la idea de mi marido porque sabía que Voldemort podía aprovecharse de las habilidades de Pandora en la guerra, me negaba a ver a otro de mis hijos siendo manipulado por las asquerosas garras de ese ser". Esa fue la expresión de tu madre.
– No me asombra, mamá sufrió mucho con la manipulación de Voldemort hacia Draco, me encerró por mi propio bien.
– "Pandora es todo lo contrario a Draco, probablemente por su astucia en la batalla. Es por ello que me vi obligado a esconderla durante la segunda guerra mágica, porque estoy seguro de que ella le habría dado pelea a Voldemort". –dictó–. Tal parece que para Lucius Malfoy eres también un orgullo.
– Soy El Infierno Andante de los Malfoy, es normal que esté orgulloso de mí.
Minerva cerró la boca y se le quedó viendo fijamente, entonces Pandora supo que intentaba entrar en su mente con la Legeremancia. Sus labios se curvan en una sonrisita antes de parpadear con suavidad.
– Soy una maestra de la Oclumancia, profesora Mcgonagall. Usted nunca podrá saber lo que encierran mis pensamientos. –dicho aquello se incorpora de la silla frente al escritorio, pero antes de por fin atravesar el umbral de la puerta, se gira a mirarla nuevamente con cierto fisgoneo en la acción previamente realizada. La directora alza la mirada de la mesa lleno de papeles y seguidamente entrelaza sus manos, como si estuviera rezando–. Profesora, por simple curiosidad, ¿qué ocurrió con la diadema de Rowena Ravenclaw?
– Fue destruida durante la segunda guerra mágica, era un Horrocrux que poseía una parte del alma de Voldemort.
Algo dentro de Pandora se rompió en miles de pedazos.
– Oh, vale. No lo sabía.
– ¿Por qué la pregunta? –inquiere la mujer echándose levemente hacia adelante en el escritorio, sin importarle en lo más mínimo arrugar los documentos.
– Simple curiosidad. –se encoge de hombros levemente–. Son pequeños detalles que no aparecen en el libro de historia.
Minerva le regala una leve sonrisa seguida de un asentamiento con la cabeza.
– Me retiro a los dormitorios.
– Ten una buena noche, querida Pandora.
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Cedric se echó junto a la rubia con una sonrisa marcada en su rostro, iluminando sus ojos con firmeza. La muchacha a su lado simplemente se dedicaba a leer detenidamente el libro de encantamientos avanzados y estaba claro que no le prestaría la más mínima atención.
– No es justo que me ignores. –se quejó con un puchero–. Por tan solo una vez deja el jodido libro de lado.
– El libro es más importante que tú. –contestó Pandora sin apartar la mirada del objeto en sus manos.
– Tus padres me dijeron en comprometerme contigo era una completa locura.
– Entonces puedes hacer casona lo que dicen los demás y darte por vencido. –nuevamente respondió la rubia con tono amargo–. Pero déjame estudiar.
Completamente harto de la situación el castaño cogió el libro de las manos ajenas y luego lo tiró al suelo causando un pequeño estruendo, seguidamente acorraló a la chica contra las suaves sábanas de la cama sujetando sus delicadas mejillas.
– No me obligues a hacer más. –ciñó entre dientes con molestia–. Sí dices algo a favor del maldito libro voy a lanzarte un hechizo para callar tu boca.
Pandora simplemente lo miró con detenimiento.
– Te escucho.
– En Hogwarts existen verdaderas leyendas apasionantes, pero hay una que me cautivó bastante. –comenzó–. La diadema de Rowena Ravenclaw ha estado perdida desde el surgimiento del castillo, desde entonces nadie la ha visto fuera de una ilustración. Cuenta el relato que quien portara la diadema podía obtener la sabiduría eterna.
– ¿Y yo que pinto en ese relato, Cedric Diggory?
– Mi meta para el próximo año será buscar esa dichosa diadema para después entregártela como muestra de mi amor. –soltó con una sonrisita cogiendo la mano ajena con suavidad y luego depositó un beso sobre los pálidos nudillos.
La tormenta que Pandora llevaba por ojos se intensificó, resaltando su delicado rostro con sutileza. Pronto el muchacho soltó el agarre en sus muñecas y ella aprovechó el momento para abrazar su cuello con posesión. No había más nada en el mundo que le gustara como sentir los latidos de su corazón contra los suyos. Sus labios color carmesí rozaron el oído ajeno y luego susurró:
– Una diadema nunca podrá demostrar tu amor hacia mí, ¿cierto?
– Nunca podría. –respondió el muchacho abrazando su cintura con firmeza, entonces suspiró–. No hay forma material en la que pueda expresar mi amor hacia ti, solo emocionalmente sicológica. Espero que sea suficiente.
– Solo ámame como tú sabes hacerlo. –pidió en susurro.
– Ya lo hago. –dictó él depositando un beso casto sobre los labios ajenos.
Pronto se envolvieron en una nube de éxtasis y lujuria.
