Esto es una adaptación nada es mío los personajes son de la Sra. Meyer y la historia es de Gena Showalter.

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Capitulo 12

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La mañana de Nueva York anunciaba su presencia con los rayos de sol que entraban a raudales por las ventanas del salón. Fuera, sonaban las bocinas de los coches.

—Tienes que dejar de transportarme de esta manera de un sitio a otro —le espetó a Edward—. Estoy a punto de sufrir un ataque cardiaco. Además, yo no quería marcharme todavía de Brasil. Quería que me llevaras a la ciudad para poder ensenar la foto de Jacob a la gente y preguntar si alguien lo había visto…

—No lo estimé necesario —repuso, soltándola. Estaba pálido. Arrugas de tensión y cansancio se dibujaban en su rostro.

«No lo estimé necesario», se repitió Isabella, burlona. ¿Y qué pasaba con lo que ella estimaba necesario? Frunciendo el ceño, se dirigió a la cocina guardó la pistola en un cajón y se sirvió un vaso de agua helada. Se lo bebió de golpe. Sólo después de beberse dos más, le ofreció uno a Edward.

— ¿No tienes otra cosa que no sea agua? ¿Algo que tenga sabor?

—Podría hacerte una limonada —propuso ella. Aunque no se lo merecía…

—Con eso bastará.

Saco varios limones de nevera y los exprimió. Luego vertió el zumo en un vaso añadió agua y el azúcar.

Edward recogió el vaso y bebió tentativamente. Contemplándolo, Isabella reconoció el instante exacto en que paladeo con delicia el sabor de la limonada. Agarraba el vaso con fuerza, pero a la vez con delicadeza. Mientras tragaba, su nuez subía y bajaba alternativamente.

Un estremecimiento de placer le recorrió la espalda, y tuvo que resistir el impulso de lanzarse a su cuello para besárselo y lamérselo… «Me he excitado sólo de verle la nuez a un hombre. ¿Se puede ser más patética?».

—Sabe a ambrosia —le comentó. Parecía haber recuperado el color. Reacio, dejó el vaso vacío sobre la encimera.

—No me importa hacerte más, si quieres…

—Si gracias —se apresuró a responder.

Si reaccionaba así a la limonada… ¿cómo reaccionaría al chocolate? ¿Tendría un orgasmo espontaneo? Ojalá hubiera tenido alguna barrita oculta por alguna parte… Pero se lo impedía su régimen.

Se bebió dos vasos seguidos de limonada. Todavía pidió un tercero, pero a Isabella se le habían acabado los limones. Su decepción resulto palpable.

—Me preguntaste antes por los poderes de mi medallón. Voy a ensenártelos ahora —le dijo—. Pero antes necesito conocer el apellido de tu hermano.

—Swan. Como el mío.

Edward arqueó una ceja.

— ¿Eso es normal aquí? ¿Compartir nombres?

—Sí. ¿Tú no compartes tu nombre con los otros miembros de tu familia?

—No. ¿Por qué habríamos de hacerlo? Somos individuos independientes y cada uno tiene el suyo.

— ¿De qué manera indicáis vuestra relación familiar?

—Por la afiliación a una casa, mi familia, por ejemplo, era la Casa Cullen —Edward se quitó el medallón. Mientras lo sostenía en la palma, empezó a brillar con una extraña luz rojiza. Potente, cegadora—. Muéstrame a Jacob Swan —pronunció.

Cuatro haces de color carmesí brotaron de los ojos de los pequeños dragones enlazados, formando un circulo en el aire que se fue ensanchando cada vez más. Isabella contempló fascinada como el aire comenzaba a cristalizarse.

De repente, la imagen de Jacob apareció en el centro del círculo. Isabella se quedó boquiabierta de asombro. Estaba sucio y sudoroso, cubierto de arañazos. Sangraba. Estaba pálido que se le transparentaban las venas de la cara. Iba vestido únicamente con unos tejanos rotos, manchados de barro.

Tenía cerrados los ojos y estaba acurrucado en el suelo. Temblaba. ¿De frio? ¿De fiebre? ¿De miedo? La habitación en la que se encontraba apenas contenía un camastro y una desvencijada mesilla.

Estiró una mano hacia la imagen mientras se cubría la boca con la otra. Al igual que le había ocurrido en la cueva, sus dedos la atravesaron como si fuera un espejismo.

—Jacob —pronunció con voz temblorosa—, ¿Dónde estás?

—No puede oírte —le dijo Edward.

—Jacob… —lo intentó de nuevo, decidida a llamar su atención de cualquier forma. ¿Cuándo habría comido por última vez? ¿Quién le habría hecho aquellos moratones y heridas? ¿Por qué estaba tan pálido?

— ¿Reconoces el lugar?

—No —Isabella sacudió la cabeza, sin apartar la mirada de la imagen—. ¿Y tú?

—Tampoco.

—Parece una habitación de motel. Encuéntralo —le suplicó, viendo horrorizada como su hermano se volvía hacia un lado… y un par de heridas sangrientas, simétricas, aparecían en su cuello. ¿Vampiros? ¿De Atlantis?—. Dijiste que lo encontrarías…

—Ojalá fuera tan fácil, Isabella.

Sólo entonces se volvió hacia él, lanzándole una mirada acusadora.

—A mí me encontraste.

—Estábamos conectados por el conjuro de la comprensión. Lo único que tuve que hacer fue seguir el rastro de mi propia magia. Con tu hermano, en cambio, nunca he tenido el menor contacto.

De repente, la imagen de una mujer se acercó a Jacob. Era la más bella Isabella había visto en su vida. Pequeña, delicada, con una melena rubia platino, rasgos de muñeca, piel de porcelana. Agachándose junto a él, lo sacudió suavemente de un hombro.

— ¿Quién es esa?

—Es Leah —respondió Edward, incrédulo—. La esposa de Aro.

—No me importa de quien sea esposa, mientras deje a mi hermano en paz… ¿Qué le está haciendo?

Con la misma rapidez con que apareció, la imagen se desvaneció por completo.

— ¿Qué haces? Quiero verlos…

—El medallón sólo me proporciona una visión por un corto periodo de tiempo. Y nunca la misma persona más de una vez.

No. ¡No! Se dominó para no ponerse a gritar, a dar patadas, a gimotear. A llorar.

—Devuélveme a Jacob.

—Ojalá pudiera, pero yo no conozco el mundo de la superficie.

—Has dicho que a mí sí que me encontraste porque estábamos conectados… Puedo darte alguna pertenencia de Jacob, una fotografía —al borde de la desesperación, se sacó la foto de Jacob del bolsillo y se la entregó—. Puedes conectar con esto y encontrarlo…

—No es así como funcionan mis poderes, Isabella —no había emoción alguna en su tono. Había vuelto el Edward indiferente, imperturbable, la parte de su ser que ella más detestaba. Sus ojos habían recuperado su color azul hielo. Hizo la foto a un lado.

—Tienes que ayudarme —una solitaria lagrima rodó por su mejilla. Aferrándose a su camisa, insistió—. Está enfermo. No sé cuánto tiempo más aguantará sin comida ni agua. Ni lo que esa mujer tiene planeado para el…

—Leah no le hará daño. Siempre ha sido una mujer dulce y cariñosa.

—Él me necesita.

—Te di mi palabra de que te ayudaría a encontrarlo mientras estuviera aquí. No dudes de ella.

—No dudo de que me ayudaras, Edward —repuso con voz quebrada. Se lo quedó mirando con los ojos anegados de lágrimas—. Es que no se si podremos llegar a tiempo para…

En aquel momento, Edward era perfectamente consciente de que Isabella no representaba para Atlantis ninguna amenaza. Sabía que ella sólo quería una cosa; volver a ver a su hermano sano y salvo. Sus emociones eran demasiado intensas. Reales.

Y se detestaba por ello porque no podía permitir que eso lo desviara de su misión. Podía odiar la clase de hombre en que se había convertido, la clase de hombre que era por voluntad propia, un asesino y un manipulador, pero eso no cambiaba nada.

Cuando Isabella descubriera que la estaba ayudando sólo para destruir a Jacob, y a ella también…

Se obligó a concentrarse en el asunto que tenía entre manos. ¿Por qué esta Leah con un humano? ¿Dónde lo estaría reteniendo? Aquella celda parecía una morada de superficie, y sin embargo, Jacob había sido mordido por un vampiro; un detalle que no pensaba contarle a Isabella.

La presencia del dragón mujer añadía una nueva complicación. ¿Era prisionera o carcelera? No, una mujer tan dulce y generosa como Leah nunca podría ser una buena carcelera… Por otro lado, Aro jamás habría consentido que la secuestraran. Antes habrían tenido que pasar por encima de su cadáver.

Nuevamente estaba siguiendo el mismo rumbo de pensamientos que tanto lo inquietaba. Disponía, como máximo, de un día más antes de que tuviera que volver, y hasta el momento había avanzado muy poco en sus pesquisas.

—La clave está en el medallón. Tengo que descubrir que ser humano podría estar especialmente interesado en poseerlo…

—No tiene por qué ser un humano —suspirando, Isabella se sentó en uno de los taburetes de la cocina—. Cualquiera de las criaturas de Atlantis podría usarlo para meterse en tu palacio y robarlo. Posees una cantidad infinita de joyas, de todas las clases y tamaños, ¿no?

Eso era exactamente lo que había estado haciendo aquellos humanos en el palacio de Aro; robar las joyas, utilizando extraños ingenios de los dioses para arrancarlas de los muros.

—Los Atlantes no tienen más que pedirnos las joyas para que las compartamos con ellos, no hay razón para robar nada.

—Sí que hay razón; pura codicia. Y yo sé que la codicia es algo inherente a todas las razas, divinas y humanas. Todos nuestros mitos y leyendas cuentan historias de ese tipo.

Esa vez fue Edward quien suspiró.

—Son los humanos los responsables, estoy seguro. Ahora mismo incluso están en el palacio de mi amigo, blandiendo extrañas armas.

— ¿Podrían los humanos haberse aliado con ese amigo tuyo?

—Nunca —Edward jamás se plantearía esa posibilidad—. Aro odia a los humanos tanto como yo. Jamás ayudaría a ninguno de ellos.

Isabella desvió la mirada, disimulando su expresión. Transcurrieron varios segundos hasta que volvió a hablar.

— ¿Tu odias a todos los humanos? —un rastro de dolor se traslucía en su voz.

—No a todos —admitió, reacio. Le gustaba, por ejemplo, una mujer pequeña y menuda, terriblemente inteligente. Con una sedosa melena roja y sensuales curvas.

Una mujer con la que anhelaba acostarse. Cada vez más.

—Bueno entonces… —dijo ella, irguiéndose—. Nos concentraremos en los humanos. Apostaría lo que fuera a que los que conquistaron ese palacio son los mismos sobre los que escribió Jacob. Los que intentaron quitarle el medallón. Los que le robaron su libro.

— ¿Escribió, dices? —repitió sorprendido—. Yo creía que te lo había contado.

—Y me lo contó, pero en su diario. ¿Te gustaría leerlo?

— ¿Dónde está?

—Te lo enseñaré —salió de la cocina y Edward la siguió de cerca.

Lo llevo por un corto y estrecho pasillo que olía a camomila. Entraron en su dormitorio y Edward sólo tuvo que lanzar una mirada a la cama para que se le encogiera el estómago. Isabella se detuvo ante el escritorio y recogió un bote de laca para el pelo.

— ¿Ves esto? Parece un simple bote de laca, ¿no? Pues mira —con movimientos rápidos y precisos, desenrosco la tapa y sacó una llave. Sus labios llenos, sensuales, dibujaron una deliciosa sonrisa.

Esa vez no se le encogió el estómago; más bien se le subió a la garganta. ¿Cómo una mujer podía ser tan sumamente bella?

Con gesto tan gracioso como elegante, Isabella se recogió un mechón detrás de la oreja. Luego se agacho para insertar la lleve debajo de la mesa.

—Llego un momento en que mi padre estaba demasiado enfermo para trabajar. Por eso nos mudamos de Forks a Nueva York, para que pudiéramos estar cerca del principal centro de oncología del país. El caso es que con el fin de pasar el rato y ganar al mismo tiempo algo de dinero, se dedicó a hacer muebles y venderlos. Este me lo fabricó especialmente para mí.

—Siento lo de su muerte.

—Gracias —repuso ella en tono suave—. Mi padre también le hizo uno a Jacob, aunque su compartimento secreto es diferente. De pequeños solíamos robarnos las cosas. Nos quitábamos los diarios. Por eso papa no hizo un mueble con un escondrijo secreto a cada uno, para que no pudiéramos robarnos nuestros tesoros.

La melancolía de su tono duro mucho después de que acabara de pronunciar las palabras. Edward estuvo a punto de arrodillarse ante ella para prometerle que nunca le haría el menor daño, a ella ni a su hermano… si se dignaba volver a sonreír. Pero se las arregló para dominar el impulso.

Dentro del compartimento secreto había un delgado libro negro encuadernado en piel. Isabella lo acarició con la punta de los dedos, mordiéndose el labio inferior, ante de entregárselo.

Edward lo hojeó, ceñudo. Mientras que su conjuro de la comprensión le permitía entender perfectamente el lenguaje de Isabella, no ocurría lo mismo con la escritura. Nunca le habían preocupado las opiniones que los demás pudieran tener de él, pero no quería que Isabella percibiera debilidad alguna en su persona. Quería que lo viera como un hombre fuerte y capaz; todo lo que una mujer pudiera desear.

Así que le devolvió el diario, diciéndole:

—Léelo tú por favor.

Agradecida, no hizo ningún comentario.

—Vayamos al salón. Estaremos más cómodos.

Una vez allí, se sentó en el sofá rojo, y Edward a su lado. Sabía que quizá debería haber ocupado el sillón, pero buscaba el contacto físico con ella y no veía razón alguna para reprimirse.

Le rozó un muslo con el suyo y advirtió que contenía el aliento, sobrecogida. ¿Pensaba rechazar aquel mínimo contacto? ¿Después de todo lo que se habían permitido? Apenas unas horas antes, aquella mujer lo había besado como si no pudiera vivir sin el sabor de su boca en los labios. Le había dejado que le lamiera los pezones, que le introdujera dos dedos en su sexo…

— ¿Tienes que pegarte tanto a mí? —le preguntó ella.

—Si —fue su única respuesta.

— ¿Quieres decirme por qué?

—No.

—No me gusta —insistió, separándose de él.

Pero Edward volvió a acercarse.

—Empieza a leer, anda.

Isabella se miró las unas y fingió un bostezo.

— ¿Qué estás haciendo? No tengo tiempo que perder. Empieza de una vez.

—Estoy esperando.

— ¿A qué? —arqueó las cejas.

—A que te muevas.

Ceñudo, Edward se quedó dónde estaba. Era una pequeña batalla de voluntades, pero no quería perderla. Y sin embargo… ¿le quedaba otro remedio? Muy a su pesar, se apartó ligeramente.

—Así está mejor —Isabella se recostó en los cojines y abrió el diario. Mientras acariciaba la primera página, una expresión de tristeza se dibujó en su rostro. Y empezó a leer.

Edward junto las manos detrás de la cabeza y cerró los ojos. Su melodiosa voz acariciaba sus oídos. Escucharla le trasmitía una extraña sensación de serenidad, como si pese a su tono triste, fuera al mismo tiempo la máxima expresión de la alegría, la risa y el amor. Y como si aquellas tres cosas estuvieran a su disposición y sólo tuviera que estirar una mano para tocarlas…

Pero sabía que eso era imposible; los guerreros como el estaban destinados a vagar solos. Era la única manera de mantener la cordura.

Un asesino como el requería un distanciamiento absoluto.

De repente, Isabella cerró el diario y se volvió para mirarlo. Edward permanecía pensativo, rascándose la barbilla.

—Dime otra vez donde robó tu hermano el medallón.

—En un festival benéfico organizado por los Argonautas.

Otra vez los Argonautas. Jacob lo había robado, y después habían estado a punto de robárselo a él… De repente se le ocurrió algo.

—Si tú sabias que alguien estaba detrás del medallón… ¿Por qué viajaste a Brasil?

— ¿No has escuchado el último pasaje? A Jacob le gustaba la aventura, el peligro. Y a mí también —alzo la barbilla desafiante.

Furioso, se inclinó hacia ella, hasta quedar nariz contra nariz; sus alientos se mezclaron en una única esencia. Exactamente lo mismo que quería para sus cuerpos. Fue precisamente eso lo que convirtió su furia en una nube de deseo.

La sangre de dragón le rugía en las venas, reclamándola. Suspirando por ella.

—Dime una cosa… ¿aún te sigue gustando el peligro? ¿La aventura? —le preguntó amenazador—. No lo niegues, porque yo sé que sí —añadió al ver que abría la boca para protestar—. Percibo esa necesidad dentro de ti. Puedo sentirla latiendo en tus venas ahora mismo…

Isabella tragó saliva, nerviosa. Edward podía leer la consternación en sus ojos, pero también el deseo; una tormenta de deseo. Aquella mujer nunca sería feliz llevando una vida normal, corriente. Necesitaba la aventura, necesitaba realizar sus más osadas fantasías. Y, aunque sabía que era algo irracional, quería ser el quien le ofreciera la oportunidad de hacerlo.

Bajó la mirada a sus labios. Y se sorprendió a si mismo cerrando la distancia que los separaba, hasta que sus bocas quedaron a unos pocos centímetros. Fue entonces cuando ella se levantó y le dio la espalda.

—Lo siento —se llevó una mano a los labios. Edward no había llegado a besarla, pero la sensación era casi la misma. De todas las cosas que él le había hecho sentir, esa era precisamente la que más temía; aquel abrazador deseo que le suscitaba.

Aquella necesidad que sentía por él, por su contacto, por sus caricias, que amenazaba con hacerle olvidar lo único que, en aquel momento, debería importarle: su hermano.

Pero…

Cuando más tiempo pasaba con Edward, más lograba distinguir, bajo su fría y dura coraza, el corazón del hombre vulnerable que era en realidad. Y la asustaba. Un deseo tan intenso rozaba la obsesión. Ningún hombre debería ser capaz de ejercer ese poder sobre ella. Ningún hombre debería ser capaz de ocupar hasta el último de sus pensamientos…

La mayor parte de las mujeres habrían soñado con tener un hombre tan fuerte y sensual a su lado. Una semana atrás, ella habría participado de aquel sueño. Pero, en aquel momento, se sentía demasiado expuesta. Demasiado vulnerable.

—No estoy preparada para esto —le dijo—. Ni para ti. La otra noche, en Atlantis, todo me pareció absurdo, surrealista. Esto, en cambio, no. Esto es real. Y no estoy preparada. Además, la oportunidad es la menos adecuada. Mi primera preocupación tiene que ser mi hermano. Y no… mis propios deseos.

Mientras ella le desgranaba las razones por las que no debería acostarse con él, Edward repasó mentalmente las razones por las que debería hacerlo. Y sólo una de ellas importaba. «Es mía», pensó. Sus instintos habían intentado advertírselo; se lo habían gritado, de hecho, la última vez que la beso. La innegable atracción que desde el principio había existido entre ellos no tenía trazas de desparecer; a esas alturas no le quedaba otro remedio que admitirlo. No olvidaría su juramento, desde luego, pero poseería a aquella mujer. Estaba decidido.

Se haría a sí mismo un favor, reflexionó, si la tomaba y se liberaba por fin de aquella creciente necesidad. Quiso abrazarla, pero se dominó. La poseería, sí, pero cuando fuera ella la que estuviera desesperada por hacer el amor con él. Cerró los puños. Gotas de sudor le perlaban la frente.

Necesitado de una distracción, se levantó y le quitó el diario de las manos. Isabella lo fulminó con la mirada. De repente, Edward dejó el librito en un cuenco y le prendió fuego… con la boca.

Le sorprendió ver lo rápidamente que se apagó el fuego; debería haber durado mucho más. Sus poderes debían estar debilitándose más de lo que había imaginado.

—Has escupido fuego… —exclamó Isabella, atónita—. Has lanzado fuego por la boca…

—Sí. Ya te dije que era un dragón.

—Ya, pero no esperaba que… —Edward era realmente un dragón. La mera idea resultaba cómica… o debería haber resultado cómica. Todo aquello debería haber resultado cómico; Atlantis, los portales de niebla, los dioses.

Sin embargo, aquel último detalle se le antojaba excesivo. Habría esperado que su cerebro le gritara: «esto es demasiado. Me niego a admitir más fantasías». Pero, para su sorpresa, su mente no reaccionó de esa manera. Al contrario.

Jugueteando con las puntas de su pelo, soltó un profundo suspiro. Cuando era niña, su padre le había leído un cuento cada noche. Su favorito había sido la historia de un príncipe que había rescatado a una princesa de un fiero dragón. A ella, en cambio, nunca le había gustado aquel cuento. Siempre habría querido que el dragón derrotara al príncipe enclenque para que la princesa pudiera montar en su lomo y surcar los cielos.

Y ahora tenía un dragón de verdad sentado a su lado, en su propia casa…

— ¿Qué más puedes hacer? —le preguntó con voz ronca.

Edward se limitó a arquear una ceja, irónico.

— ¿Y bien?

—Cuando estés preparada para escuchar la respuesta, quizá te lo diga. Hasta entonces… —se encogió de hombros.

—Bueno, si no me hablas de tus habilidades, al menos dime por qué has quemado el diario de mi hermano. Yo tenía intención de devolvérselo.

—No puede quedar ningún recuerdo de Atlantis —mientras hablaba, sus ojos se tornaron nuevamente de un azul hielo, como el de la niebla que custodiaba—. Tenía que decidir entre destruirte a ti o el libro. Y no sé si me habré equivocado.

Isabella prefería el otro Edward, el Edward de los ojos color miel. El hombre que sabía estimular sus más osadas fantasías.

—Tienes que conseguir los chalecos —le dijo él, cruzando las manos sobre el pecho.

— ¿Qué chalecos?

—Los que me prometiste que comprarías en la cueva. Los que nos protegerán de sus armas.

Era cierto; se lo había prometido. Con un suspiro, se dirigió a su habitación y encendió el ordenador. Minutos después, con Edward todo el tiempo detrás de ella, apoyadas las manos en los brazos de su sillón, encontró un sitio web especializado en armas y otros equipos.

—Me gusta esto —dijo él—. El ordenador.

Teniéndolo tan cerca, le resultaba imposible concentrarse.

—Cada chaleco cuesta doscientos cincuenta dólares —le explicó, removiéndose en su asiento. Pensó que quizá debería conectar el aire acondicionado; de repente tenía la piel acalorada, ardiente—. ¿Quieres que compre uno?

— ¿Uno? No, quiero veinte. Ahora mismo.

— ¡Veinte! ¿De dónde sacaras el dinero?

—Tendrás que pagarlos tú.

«Por supuesto», se dijo irónica.

—Los querrás de tamaño extra grande, supongo —aquello iba a llamar la atención del FBI, estaba segura. Pero Edward quería los chalecos, y sus deseos eran órdenes. De todas formas, se estaban ayudando el uno al otro. Formaban un equipo.

Isabella pagó el encargo con su tarjeta de crédito. Pagó también doble tarifa para que recibieran los chalecos al día siguiente.

—Llegarán mañana por la mañana.

—Quiero visitar a los Argonautas. Después compraremos balas y me enseñaras a usarlas.

Parecía un dictador. Estúpidamente, se preguntó si se comportaría igual en la cama. Lo miró de reojo; no tenía la menor duda.

Tragando saliva, apagó el ordenador y giró el sillón para volverse hacia él.

— ¿Crees que ellos me ocultaron algo?

—Quizá sí. Y quizá no.

Con lo cual se quedaba como estaba. Pero Isabella tenía sus sospechas. Aquellos hombres no eran tan inocentes como parecían. No podían serlo, y se odio a si misma por no haberse dado cuenta antes.

—Si nos marchamos ahora, quizá podamos estar allí dentro de una hora.

—Aún no —se inclinó sobre ella, apoyando las manos sobre los brazos del sillón. La miró de los pies a la cabeza, devorándola, como si pudiera ver su cuerpo a través de la ropa—. Primero te bañaras. Rápido.

Se ruborizo hasta la raíz del pelo.

— ¿Me estás diciendo… —la vergüenza casi le impidió terminar la frase—, que huelo mal?

—Tienes manchas de suciedad aquí… —le tocó una mejilla con un dedo—, y aquí —le señaló el mentón—. Por muy hermosa que me parezcas tal como estas, pensé que tal vez te apetecería lavarte un poco.

¿La consideraba hermosa? ¿Lo era acaso? Isabella casi se derritió en su asiento. La mayor parte de los hombres la encontraban demasiado regordeta. Y pecosa.

—No tardaré mucho —con las piernas temblorosas, se levantó para dirigirse a su dormitorio. Cerró de un portazo.

Sólo por si acaso Edward estuviera pensando en entrar y meterse con ella en la bañera, echo el cerrojo. Luego apoyó la espalda en la puerta, jadeando.

Tendría que rezar para que no se le ocurriera quemar la puerta con su aliento.