Todos los personajes pertenecen a Hidekazu Himaruya, sin ánimos de lucro.


Capítulo XIV

Llegada la noche, Antonio ya estaba completamente despierto. Aquella píldora le había hecho dormir durante toda la tarde, por lo que no tuvo la oportunidad de seguir escuchando la historia de Lovino. Sin embargo, ahora estaba dispuesto a escucharla en su totalidad.

Luego de bañarse, volvió a entrar a su habitación, donde el muchacho le estaba esperando. Éste había aprovechado aquella tarde para poder elegir las palabras adecuadas. La verdad era que estaba bastante nervioso, pues no sabía si Antonio aceptaría la condición que su abuelo le había impuesto.

—Ah, ha sido una siesta muy relajante —comentó el dueño de casa al entrar a su dormitorio —. Y ese baño que me preparaste, fue espectacular —dijo con una resplandeciente sonrisa.

—Me alegro, idiota —replicó éste, evidentemente preocupado. Luego sacudió su cabeza, ya que no quería que el otro se percatara de ello —. Bueno, ¿me dejarás contarte lo que me dijo el abuelo o hay otra tontería más importante? —Quería asegurarse de que éste no le volviese a interrumpir.

Antonio se sentó a su lado y le agarró de la mano. Asintió y le sonrió. Ya no iba a ver más distracciones, ahora iba a dejar que el otro terminara con su historia.

—¡Promételo, imbécil! —exclamó.

—Te lo prometo —repitió éste. Si eso iba a hacerle sentir seguro, entonces era lo que iba a decirle.

Después de suspirar, Lovino retomó su historia.

Después de unos breves minutos de silencio, el abuelo continuó hablando. Lovino lo miraba con suspicacia, ya que no estaba seguro de qué se traía entre manos.

Te ayudaré, Lovino —comentó —. Pero hay una condición —dijo pausadamente, observando la reacción del otro.

¿Qué clase de condición? —El muchacho arqueó una de sus cejas. Ya sabía de antemano que no le iba a salir gratis aquel favor, pero le preocupaba que fuera algo absurdo o que tuviera que renunciar a algo a lo que no estaba dispuesto a hacerlo.

El abuelo le agarró de los hombros y le miró directamente a sus ojos color miel.

Necesito que me hagas una promesa, Lovino. No te estoy pidiendo demasiado —comentó éste. Estaba, más bien, tanteando el terreno, solamente para ver hasta qué punto estaba dispuesto a llegar.

Lovino estaba comenzando a perder la paciencia, pero sabía que no estaba en condiciones de hacer un berrinche. Fuera lo que fuera, tenía que aguantarlo y aceptarlo. Supuso que eso era lo que Antonio haría en su lugar. Claro, él añadiría una enorme sonrisa, y no una falsa, sino una completamente sincera a todo eso. Por supuesto, esto ya estaba fuera del alcance del italiano.

¿Cuál es esa maldita promesa? —indagó el otro.

Quiero que me prometas que me avisarás de todos los incidentes que ocurran. No me importa si es una tonta pelea o si están con dificultades económicas. Me lo dirás en cuanto pase, ¿está bien? —explicó. Sabía que Antonio y Lovino ya eran chicos grandes, y que el primero podía cuidar perfectamente de su nieto. Sin embargo, nunca estaba de más ser cauteloso.

Dudó por un segundo. Eso significaba que el abuelo tenía que estar al corriente de todo. Exactamente lo que sucedía con la relación de Ludwig y Feliciano. Él lo sabía básicamente todo. Claro, aquella relación no había tenido demasiados sobresaltos, así que en realidad, el abuelo no se había metido en casi nada. Es más, inclusive les había dado un lugar donde vivir con todos los gastos pagados, hasta que el alemán terminase la carrera.

Obviamente, no podía comparar la relación de su hermano con la suya. Junto a Antonio, el camino había estado lleno de baches y rocas que impedían la buena marcha. Había sido una relación bastante tumultuosa y sabía con seguridad que su abuelo no iba a dejar escapar un mísero detalle.

Sin embargo, nunca había confiado tanto que la relación iba a funcionar como ahora. Iba a asegurarse de que las cosas marcharan bien, pues no quería perder a Antonio y si había algo que no iba a volver a hacer, eso era lastimarlo. Iba a hacer su mayor esfuerzo para ser feliz al lado del español y esto se lo iba a demostrar a su abuelo y a quién fuera que estuviera dudando.

Te lo prometo —dijo con firmeza, lo que sorprendió al otro.

Te tomo la palabra, Lovino —le abrazó con fuerza y con cariño —. Confío en que lo harás.

¡Claro que lo haré! —exclamó, casi ofendido. Por Antonio, era capaz de cualquier cosa, inclusive una promesa tan ridícula como ésa.

Esa noche, se había quedado para cenar y dormir. Si había algo que disfrutaba de la capital, era la excelente comida que había. Hacía tiempo que no comía algo tan delicioso y tan caro. Ciertamente, le encantaba el estilo de vida del mayor. Pero a pesar de eso, estaba dispuesto a renunciar a todo eso con tal de estar con Antonio.

A la mañana, el abuelo acompañó a Lovino hasta el aeropuerto, para poder despedirse de él. Además, para aprovechar e intercambiar unas últimas palabras antes de que aquel volviera a aquel pequeño pueblo.

Aquí estamos, Lovino —dijo a modo de entablar una conversación.

Sí, supongo —Éste estaba ansioso, moviendo su rodilla rápidamente. Todo lo que quería hacer era estar junto a Antonio.

El mayor se dio cuenta enseguida de lo impaciente que estaba el otro. Sonrió, ya que le pareció bastante tierno de su parte. Decidió que ése sería el mejor lugar para entregárselo, así que buscó su maletín. Lovino pretendió que no estaba prestando atención, pero le causaba curiosidad lo que el otro iba a sacar.

Toma —le entregó el cheque con una enorme cantidad de dinero —. Espero que sea suficiente —comentó con una sonrisa.

Lovino casi se volvió loco. No podía creerlo.

¿Es esto una maldita broma? —preguntó sorprendido. Su abuelo se había pasado, pues era mucho más de lo que le había solicitado. Casi se le había caído la mandíbula por culpa de la impresión que le había causado.

El abuelo se rió por la reacción del otro y luego le abrazó.

Espero que puedan comenzar una buena vida juntos —comentó.

Lovino no dijo nada, pero estaba muy agradecido que su abuelo. Se aguantó las ganas de sonreír, porque sabía que eso era lo que buscaba y era demasiado orgulloso como para darle ese gusto.

Gracias… —dijo con dificultad para no saltarle encima.

Llámame si necesitas algo —explicó el hombre —. Puedes contar conmigo.

Después de abrazarlo con indiferencia, se fue del vehículo.

—Eso fue lo que sucedió —dijo para concluir y tomó una bocanada de aire. Estaba bastante agotado, pero feliz de poder haber finalizado su relato de una vez por todas. Y Antonio había cumplido con su promesa de quedarse callado.

Estaba tan cansado que terminó recostándose por el regazo del español.

Por su lado, Antonio estaba bastante sorprendido. Por una parte, estaba asombrado por la capacidad de compromiso del otro, a sabiendas de que solía ser del tipo "¡No te metas en mis malditos problemas, idiota!" Y por otro, no sabía qué pensar acerca de lo que le había pedido el abuelo. No sabía si estaba cómodo con que supiera todo lo que ocurriera con ellos.

Suspiró antes de decir alguna palabra. Lovino lo miraba con bastante interés, porque no estaba seguro de qué iba a salir de su boca. Sabía que era un poco extraño y algo metiche el pedido de su abuelo, pero al menos para él, había sido un buen precio a pagar por la inmensa cantidad de dinero que le había dado.

—Bueno… —Le dio un beso en la mejilla al otro —. Supongo que no puede ser tan mal —comentó finalmente, a pesar de que tenía un par de dudas. Sin embargo, sabía que hacer esa promesa había sido mucho más difícil para Lovino y si lo había aceptado, era porque realmente quería ayudarlo.

—¿No te molesta, idiota? —cuestionó Lovino. Había creído que lo iba a reprochar, que le iba a romper el cheque ahí mismo… Estaba asombrado por lo bien que lo había tomado.

—Un poco, pero… Sé que esto lo has hecho con las mejores intenciones del mundo —le besó tiernamente, solamente para demostrarle lo mucho que apreciaba aquel esfuerzo —. De verdad, te agradezco lo que hiciste —Si bien no era cierto que no le había hecho gracia que desapareciera, ahora ya estaba mucho más tranquilo al saber que durante todo ese tiempo, había estado con su abuelo.

El italiano se ruborizó y no dijo nada al respecto, solamente miró hacia otro lado. No quería demostrarlo, pero estaba contento que el otro tomara de esa manera.

Luego de un breve instante de silencio, Antonio decidió que era momento de plantearle una importante cuestión. Tomó una bocanada de aire y luego tiró la pregunta al aire.

—Entonces, ¿te vas a mudar conmigo? —indagó éste. Aún no habían podido hablar de ese tema y el español quería tener alguna idea acerca de lo que iba a suceder en el futuro próximo. Le entusiasmaba que se quedara con él, que compartieran mucho más tiempo y recuperar todo lo que habían perdido.

Sabía que era un paso muy importante en la relación. Y aunque era cierto que se habían distanciado, era la perfecta oportunidad para retomarla.

—Bueno, solamente si lo quieres —aclaró de inmediato. No quería presionarlo demasiado, aunque estaba realmente emocionado con esa idea.

Lovino le dio una mirada de incertidumbre. Le gustaba la idea, bastante de hecho. Podría evitar que cierto francés volviera a acurrucarse con su pareja y podía controlar las visitas del español. De esa manera, podía sentirse mucho más seguro.

El único problema era que nunca había vivido sin su abuelo o su hermano. Esto suponía una nueva experiencia y esto no era algo que le agradaba demasiado. Se quedó pensando por un buen rato, pues si bien la idea era buena, llevarla a cabo era una cosa completamente distinta.

Nunca había pasado más de dos días en la casa del español, para luego regresar a su piso. Pero ahora que Feliciano y Ludwig estaban casados, era obvio que no podía continuar viviendo con ellos. Y por supuesto, Lovino estaba contento con el hecho de volver a ver la cara del "macho patatas" a la mañana u ordenándole que ayude con la limpieza.

Tenía curiosidad de saber cómo sería la convivencia con Antonio, a tiempo completo. Esto podría funcionar bastante bien y llevarlos lejos en la relación o ser una completa catástrofe, la cual culminaría rompiendo con el español. Lovino dejó escapar un suspiro, todo era posible.

¿Y si se convertía en alguien como Ludwig, alguien que le dijera que debía colaborar con la casa y demás cosas fastidiosas? Ciertamente, Lovino no quería hacer nada de esas tonterías.

—¿Entonces? —Antonio estaba un poco confundido con su silencio. Pensó que le rechazaría o le aceptaría con rapidez, en lugar de estar pensándolo tanto. Esperaba que Lovino no tuviese duda alguna acerca de su relación, luego de todo lo que había pasado.

—¿Por qué no lo hablamos por la mañana, idiota? —preguntó. Se sentía demasiado agotado como para decidir algo tan importante como eso.

Antonio asintió. No quería presionarlo demasiado y sería mejor si lo hablaran después de haber descansado. Aparte, sabía que el italiano había estado de aquí para allá durante esos tres últimos días.

—Como quieras —comentó mientras el otro se acurrucaba encima de su pecho. Antonio acarició suavemente el cabello del italiano —. Te amo, Lovino —susurró mientras que el otro se dormía entre sus brazos.

Al día siguiente, Antonio se quedó parado en su balcón mientras que esperaba que Lovino se despertara. Era un precioso día de primavera, no hacía ni calor ni frío. Miraba a la gente entrar y salir de su cafetería, como todos los días. La verdad era que no podía aguantar las ganas de ponerse a trabajar y cocinar dulces.

Sin embargo, no había una mejor sensación que la de ver a Lovino en su cama. Simplemente, le encantaba que estuviera allí. Podría quedarse todo el día viéndolo.

Pero de repente, Emma entró a la habitación…

—¡Antonio! —exclamó desesperada —. ¡Es urgente!

Éste se volteó de inmediato. ¿Y ahora qué rayos pasaba?


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