Esa tarde, las cosas en la casa de Suiza estaban bastante tranquilas. Podía decirse que el suizo estaba feliz de tener un momento de paz sin austríacos acosadores, italianos inmiscuyéndose en su territorio, o algún que otro alemán invitándolo al bar. ¡Incluso su hermana pequeña estaba libre, y se encontraba viendo una película pacíficamente a su lado!
Era un día hermoso, sin duda.
—Bonjour, Suisse—interrumpió una chica. La recién llegada era Seychelles, que había abierto la puerta de la casa de Suiza sin que la invitaran a pasar. Aunque esto no le molestó al rubio, ya que se puso de pie rápidamente, y le dio un beso en ambas mejillas a su amiga, a modo de saludo.
—Me alegra verte, Seychelles—saludó el dueño de la casa. Iba a decirle a Liechtenstein que saludara a la recién llegada, pero luego lo recordó.
Seychelles. Liechtenstein. Se odiaban. Estaban en la misma habitación.
…Y él estaba al medio.
—Oh, miren quién está aquí~—canturreó la africana, antes de que Suiza pudiera invitarla a ir de compras, y de paso evitar una catástrofe casi mundial. Seychelles se acercó a la liechtensteiniana, que tenía una expresión de cara de póker y la vista fija en la pantalla, fingiendo estar ajena a los otros dos.
Aunque por dentro estaba dirigiendo una amplia variedad de insultos ácidos a la morena.
— ¿Acaso no vas a saludar? —reprochó la más alta. La rubia siguió ignorándola, observando la película cómo si verdaderamente no hubiera una chica a punto de ponerse histérica a unos pocos metros de ella.
—Seychellen—comenzó Suiza— ¿No quieres ir a ver la nueva colección de Calvin Klein…?
—Ay, Suisse—la aludida rodó los ojos—Ya la vi por internet. Y por cierto, apesta~—le informó, quitándose las gafas de sol y guiñándole un ojo. Luego las volvió a colocar en su cabeza, y continuó con su acoso a la europea.
Liechtenstein seguía ignorándola, observando hacia adelante con una mirada fría y cortante. Seychelles continuaba insistiendo para que hablara. Suiza, por su parte, de mordía las uñas, sabiendo que en cualquier momento la furia de su hermana se desataría.
—Seychelles, mejor vámonos…—insistía el suizo. Ella le hizo caso omiso.
—Oh, vamos, petit—pidió la seychellense, utilizando un apodo que garantizaba hacer enojar a la rubia.
Y así fue. Al escuchar que la llamaban "pequeña", Liechtenstein dejó la película en paz. Ni siquiera se molestó en pausarla, directamente se puso de pie de un salto, fulminando a la otra chica con sus ojos castaños.
—Repítelo de vuelta, y te arranco los pelos de la cabeza uno a uno, si es que alguno de ellos es natural y no son todos extensiones. O una puta peluca—amenazó Liechtenstein.
—Te recuerdo que mi cabello es completamente natural—la morena sacudió el cabello, y su tono de voz sonó indignado—Pero claro, no todas podemos ser rubias. Y la gente que lo es, es tan malagradecida cortándose el cabello como un hombre…
— ¡Tuve mis razones para cortarme el cabello! —siseó la rubia, acercándose más a la otra— ¡Pero ninguna de ellas te incumben, chismosa sin vida propia!
—Pardon? Mi vida es más interesante que la tuya, para que lo sepas. Mi cantidad de seguidores en Twitter es…
— ¡Me importa una mierda la cantidad de seguidores que tengas en Twitter, perra caliente!
—Oye, niña, si querías decirme que yo estoy hot, no había necesidad de mencionarme como una bitch.
—No digo que seas caliente en el sentido de que seas sexy—un leve rubor cubrió las mejillas de la rubia, pero volvió a su tono defensivo—Me refiero a que andas tan cachonda que hasta un Blackberry sirve para calmarte esas hormonas.
—Ahora sí que te fuiste a la mierda, proyecto de Heidi—la morena había borrado su sonrisa pedante y prácticamente sacaba fuego por la mirada. Los papeles se habían invertido un poco.
—Al único lugar dónde me interesa irme es a dónde sea que tú no me fastidies. Lástima que mi propia casa ya no cuente como uno.
—Es la casa de tu hermano, para tu información.
—Sigue siendo también mi casa. Y no es que me agrade precisamente… principalmente porque mi hermano me cae mal, pero tú mil veces peor.
—Oye, Suiza, ¡controla a esta niña…!—Seychelles miró hacia atrás, pero no vio a su amigo.
De hecho, el suizo se había ido hacía un buen rato (por no decir que había huido). Si esas dos iban a destruir la casa con su pelea, que lo hicieran, pero él no se encontraría ni en los alrededores.
—Huyó como sólo un cobarde puede hacerlo—bufó la más baja.
—No critiques a tu hermano. Con tu mal humor, espantas a cualquiera.
—Veo que contigo no funciona.
—Es porque yo no soy cualquiera—explicó con una sonrisa de suficiencia.
—Por supuesto que no lo eres. No cualquiera tiene un ego tan grande que incluso supera a la madrastra de Blancanieves.
— ¿Alguien miró las películas de Disney?
—Yo…—Liechtenstein se ruborizó—…En realidad no te incumbe.
—Lo sabía—aseguró, triunfante—No eres más que una niña.
— ¡Deja de hacerte la madura, por el amor del yeti! ¡Das asco!
Seychelles soltó una carcajada y se acercó a la más baja. Ésta no retrocedió, sino que juntó valor y la fulminó aún más con la mirada… si es que era posible.
—Oye…—comenzó nuevamente la seychellense.
— ¿¡Qué mierda quieres!? —exclamó la liechtensteiniana, harta y furiosa.
—Que eres muy linda, pequeño monstruo.
— ¡Lo será tu…!—la rubia se calló al asimilar las palabras de la otra, dándose cuenta que lo primero no era un insulto. Aunque lo último…— ¡No hay necesidad de llamarme monstruo, compradora compulsiva!
—Siempre fijándote en lo malo—la morena rodó los ojos— ¿Acaso nunca aceptas un cumplido de buena gana?
—Los tuyos no.
—Ah, claro, lo olvidé. Lo de los hombres sí los aceptas—una oleada de furia recorrió a Seychelles al pensar en eso.
—Puede que sí. ¿En realidad te importa?
—Sí—contestó espontáneamente la más alta.
Liechtenstein parpadeó, un poco atónita. La otra bufó y tomó a la rubia del mentón.
—Quita tus manos de encima…—farfulló la más baja, sintiéndose desarmada. Siempre que la otra se acercaba así, se desarmaban sus defensas.
Seychelles no respondió, simplemente acortó la distancia y le dio un rápido beso en los labios a la otra. Ésta, sorprendida, se llevó la mano a la boca, abriendo sus ojos castaños como platos. La morena sonrió de forma burlona.
—Ni que fuera la primera vez que te beso—confesó la morocha, y la de habla alemana se ruborizó mucho.
— ¡Eres una…! —chilló Liechtenstein, histérica.
—Abstente de decir algo feo.
—Te odio.
—Vamos, no finjas que no te gusta.
—No finjo nada. Es desagradable que me beses por sorpresa.
—Si tú me besaras más seguido, yo no me vería obligada a tomarte por sorpresa—replicó Seychelles.
—Eres una maldita perra—gruñó Liechtenstein, tomando a la otra por el delicado collar que llevaba puesto.
—Técnicamente, un perro es un animal.
—Me asombran tus extensos conocimientos. Creí que tus neuronas estaban demasiados pendientes de Prada como para retener información científica.
—Para tu información, niña boba, retengo mucha información.
— ¿Ah, sí? ¿Qué más, aparte de lo mucho que subieron las medias de encaje?
—Sé mucho sobre anatomía—contestó firmemente.
—Sí, bueno, saber que el pelo no es lo mismo que el cerebro es un conocimiento básico, pero hasta mi hermano borracho sería capaz de darse cuenta de eso…
—No me refería a ése tipo de información—cortó la morena, apartando las manos de la rubia de su collar, y colocándolas en sus propias caderas. La liechtensteiniana no hizo nada, sólo una mueca—Si quieres te doy una clase gratis—susurró, mordiendo el lóbulo de la oreja de la más baja.
La europea se apartó completamente ruborizada.
— ¡Eres una pervertida! —chilló, arrojándole un almohadón directo a la cabeza. No hizo mucho, pero le arrojó las gafas del sol al suelo.
— ¡Oye, las compré la semana pasada! —exclamó la seychellense, levemente histérica.
— ¡Pues te jodes, por invadir mi espacio personal!
Seychelles se cruzó de brazos y se sentó en el sofá, enojada y seria. Liechtenstein le lanzó una mirada aburrida, y fue hasta la cocina por algo de beber. Volvió al poco rato, y la morena seguía allí, cruzada de brazos y con expresión seria, algo demasiado inusual.
La de habla alemana continuó dando vueltas por la casa, echándole de vez en cuando miradas a la amiga de su hermano, que parecía una estatua.
—Una bella e irritante estatua—murmuró entre dientes la rubia. Se acercó a la más alta, y le palmeó el hombro—Si vas a ocupar espacio, más que de costumbre, te invito a retirarte. Y si no quieres, pues te obligo.
La seychellense no respondió, cosa que llamó demasiado la atención de la más baja.
— ¿Me estás escuchando? Sal de mi casa—insistió Liechtenstein, exasperándose un poco.
Su "invitada" siguió en silencio. La europea emitió un agudo quejido, y tomó a la otra por los hombros.
— ¡Di algo, lo que sea, mierda! ¡Eres una estúpida, Seychelles!
La aludida esbozó una pequeña sonrisa de triunfo.
—Es tan divertido hacerte enojar~—se burló la más alta, y Liechtenstein abrió sus ojos castaños como platos, para luego fruncir el ceño.
—Vete a la mierda. Sinceramente y con cariño.
—"Con cariño". Eso es lo que importa, cher.
La liechtensteiniana bajó la mirada, mordiéndose el labio. Era increíble cómo la otra era capaz de aguantar tantos insultos sin dejar de molestarle. O tal vez era una especie de extraña masoquista.
Seychelles la tomó del mentón, acercando su rostro al de la más baja, los labios de ambas a escasos centímetros de distancia. La europea captó el mensaje. "Si quieres, hazlo".
Liechtenstein la odiaba. La odiaba porque la consideraba mejor que ella, en cualquier aspecto; porque tenía una personalidad demasiado irritante; porque siempre estaba ahí para molestarla, sin falta. Por todas las emociones que le hacía sentir y ella no tendría que estar sintiendo.
Por eso y más, la rubia decidió acortar la poca distancia que quedaba entre los labios de ambas, y por una vez, no la tomó tanto por sorpresa.
Y ahora tenemos Yuri :) Me mata esta pareja, es que se llevan tan mal que da ternura (?
