Capítulo XIII
Francia, Año 749
Ya llevaba un año siendo esclava en un pueblo Franco. Se había acostumbrado a andar de acá para allá, siguiendo a su amo, encadenada y amenazada por el filo de la espada de sus captores. Había miles de esclavos en ese pueblo y todos recibían un trato igual o peor. Aun que ella permanecía acompañada por una docena de guerreros. No esperaba menos, siendo la mujer más hermosa en aquel lugar; era el juguete sexual del líder de la tribu franca.
Sentía que su vida no valía nada más y que merecía la muerte. Su entrepierna estaba desgarrada. Si se negaba a satisfacer el deseo carnal de su amo este la golpeaba hasta el cansancio y posteriormente la violaba. Todo era tan monótono y sin sentido que varias veces, en la noche, cuando no estaba vigilada, intentó suicidarse. En vano, al día siguiente la rutina era la misma. No se explicaba como, hasta el momento, su cuerpo había podido soportar tanto.
Una noche sin embargo, la jovencita había empezado a tener sueños proféticos y posteriormente una voz en su cabeza repetía incesablemente una sola frase.
"Ha llegado el momento."
Creía que se estaba volviendo loca, y como no, los constantes abusos por parte de sus captores le habían generado una gran carga psicológica. Varias semanas después, aquel día, después de escuchar casi cinco veces seguidas la voz en su cabeza, un grupo de hombres encapuchados aparecieron por sorpresa en el pueblo franco. Todo pasó muy rápido. Tras ser insultados por el líder de los francos, los hombres dejaron caer sus túnicas y revelaron su verdadera forma.
Criaturas de más de dos metros con afiladas garras, ojos rojos y caras deformes. Sentía miedo, aun que deseara morir, no quería hacerlo masacrada por esas bestias. Las criaturas despachaban a los guerreros con tanta facilidad, que estos parecían muñecos de paja volando por los aires. Aprovechando el descuido del líder la muchacha corrió torpemente hasta un corcel de blanco pelaje. Tropezó varias veces a causa de las cadenas en sus tobillos, pero sus pies lastimados y amoratados la llevaron hasta su escape. Como pudo montó al caballo y se sujeto de la crin de este. Echó un vistazo a su espalda, los gritos eran horribles. Sus ojos azules brillaron presas del miedo cuando vio como a lo lejos, uno de esos seres decapitaba a su auto denominado amo. Espoleó el caballo y partió de allí.
Todo había sido una locura.
Lo que había sido hace unos instantes un pueblo que se jactaba de su gloria sobre Francia, ahora estaban muertos, con la sangre coagulada, las extremidades mutiladas y los cuerpos destrozados. La muerte había reclamado sus espíritus de una manera espantosa. El caballo pasaba por encima de los cadáveres y continuaba corriendo. A ella no le importaba el destino de esos cuerpos, lo único que quería era alejarse de ahí.
Había cabalgado por varias horas, el pueblo ya estaba muy lejos. La voz en su mente la llamaba en susurros "Hija del mar" y es que el color de su cabello, su piel blanca como la espuma y sus ojos tan profundos como el mismo mar, parecían indicarle que aquello era más que un simple sobrenombre. Aun que no estaba segura de qué significaba, poco le importaba. Le bastaba con saber que se había librado de las garras de sus captores y de haber terminado asesinada de una manera cruel.
Dejó que el caballo blanco pastara y recuperara energías mientras ella buscaba la manera de liberarse de las cadenas que aprisionaban sus miembros.
Tardó tres días y no fue sino gracias a la ayuda de una ermitaña encapuchada que pudo lograrlo. Al principio cuando la vio llegando, maldijo internamente creyendo que esos hombres la habían encontrado. Se asustó cuando, a través de la sombra que generaba la capucha de tela sobre su rostro, pudo ver el brillo de dos ojos color granate. La mujer sin embargo no medio palabra con ella sino hasta después de tomar las cadenas y hacerlas polvo con sus manos.
-Te he estado buscando. – Dijo. – Michiru. – La jovencita abrió la boca para decir algo pero las palabras no le salieron. Al no recibir respuesta la dama se quitó la capucha. Michiru dejó caer la quijada; la mujer frente a ella era dueña de un cabello largo, liso y con brillos verdosos, su piel morena se veía tersa y suave, los labios color carmín combinaban a la perfección con esos orbes de color llamativo. Aparentaba tener unos veintidós años.
-Me llaman Setsuna. Y al contrario de las criaturas que fueron hasta el pueblo donde estabas, yo soy un ángel. – Creyó que era una broma y sonrió pero ese gesto se borró de sus labios al ver la seriedad en el rostro de la mujer. – He venido por ti.
-¿Por mí? – Trastabilló. – Creo que te has confundido. –
-Michiru, hija del Rey y la Reina de Francia. – Setsuna levantó su diestra y esta se iluminó haciendo que un tridente, de color plateado brillante con inscripciones rúnicas en oro recorriendo su cuerpo metálico, apareciera frente a ella. La joven aqua casi se atraganta cuando vio el objeto aparecer de esa manera. – Este es el tridente de Ayel. Le perteneció a él antes de venir a la tierra y ahora le debe ser devuelto. –
-Creo que te has equivocado yo…-
-Él es tu ángel y tú eres él. Este tridente te pertenece. – Interrumpió la morena.
Definitivamente tenía que ser una broma. No supo en qué momento su mano se había levantado y estaba a un poco de sujetar aquella majestuosa arma. Tragó saliva y la rodeó con sus dedos. El tacto con el tridente la hizo estremecer, la piel se le erizó, tuvo la sensación de que el aire le faltaba y la cabeza le dio vueltas. Jadeo, la sensación era deliciosa. El mundo se estaba oscureciendo.
"Bienvenida a tu destino."
Eso fue lo último que escuchó siendo humana.
Cuando despertó estaba en una habitación, creyó que todo lo que había vivido hasta el momento había sido por causa de su imaginación. Pero se dio cuenta que no era así cuando vio entrar a Setsuna. La mujer le ayudó a ponerse en contexto.
-Somos ángeles que descendieron a la tierra hace muchos siglos atrás. Nuestra misión es evitar que el mal se extienda y que se genere un Apocalipsis terrible. Los humanos escépticos no creen en nosotros y los creyentes asumen que estamos en el cielo. Cortesía de la iglesia. – Michiru parpadeó un par de veces.
-Pero… -
-El resto de las preguntas que te surjan las deberás responder por ti misma. Ahora levántate, quiero presentarte a tus compañeros. - ¿Compañeros? ¿Habían más como ellas?
Nadie en el "tribunal" como se hacían llamar, había creído que existiera una humana tan hermosa como ella. Ayel había elegido muy bien su cuerpo en la tierra. A pesar de que la muchacha era un poco tímida y desconfiada, se entregó a sus deberes celestiales con presteza. Los demás la admiraron por eso.
Setsuna tenía por costumbre cuidar de los nuevos hasta que veía su potencial. Michiru era toda una prodigio, daba la impresión de que era más fuerte de lo que aparentaba. Era un ángel que quería mucho más que pelear contra las fuerzas del mal. Un ángel que necesitaba una atención cuidadosa y casi exclusiva. Fue cuando Khan, un sacerdote humano que estaba aprendiendo de Setsuna, se sintió atraído por ella. Eso representaba un problema, los sacerdotes tenían prohibido enamorarse de un ángel.
Michiru aprendió sobre diferentes ramas de la educación con una velocidad que sorprendió hasta la misma morena. Aprendió sobre matemáticas, filosofía, ciencia, historia, astrología, música y hasta lenguajes. Inhalaba libros como si de aire se tratara.
-No te vayas a devorar toda la biblioteca. – Bromeó.
La peliaqua le sonrió. Esa mujer era como una madre para ella y la quería por ser como era.
-No me importaría leerlos una y otra vez. Aprendería algo nuevo en cada lectura. –
-No lo dudo. –Setsuna le dio una amigable caricia en la cabeza. – Espera y verás. Vendrán muchos más libros y muchas emociones para nosotros. –
Ella era inteligente, mucho más que cualquier otro ángel, pero no sabía como podía terminar la vida de un ángel. Khan se ofreció a guiarla a través de esos conocimientos pero el hombre no tenía tacto ni delicadeza. El sacerdote nunca había visto a una criatura como ella: era capaz de estar horas frente al mar recitando poesías que aprendía o lanzándose a él para envolverse en sus aguas, haciéndose una con él. Una vez Michiru escuchó de labios de Makoto un "Tsunami feliz" y ese sobrenombre le gustó. Poco después la escuchó hablando de ella con Setsuna.
-Una criatura maravillosa, nuestra Michiru, ¿No crees Set? –
-Así es. –
-Que gusto por el mar tiene esa niña. La vi saltar al mar para fundirse con él y espantar a un grupo de pescadores. El oleaje no los mató porque seguramente ella no quería matarlos. Solo estaba protegiendo a los peces. –
-Si, tiene un ángel particularmente protector. – Dijo. – No me parece prudente, sin embargo, que llame tanto la atención. Los hombres y los demonios podrían reconocer su rostro. – Makoto rió.
-Bueno, a decir verdad, con una cara así deberían sentirse afortunados de recordarla. –
-Por supuesto, pero es demasiado temprano para aparecer en los libros de los "mitos y leyendas" de los humanos. Debe aprender a controlar a Ayel primero. –
-Khan tiene muchas ganas de ayudarle, ya sabes, pero considero que él no es el adecuado. ¿Debería ser yo quién le instruya? –
-Puede ser. Primero, llévate a Khan de viaje, para distraerlo, que sea un viaje largo. Así yo podré hablar con ella. –
-Puedo hacer eso. – Le guiñó un ojo de forma divertida. – Por alguna razón Khan le tiene terror a mi ángel. Es muy gracioso. Quizá pueda sacar partido de eso. Tal vez durante el viaje sufra algún ataque de pánico y se tire de un peñasco. –
Setsuna sonrió pero no dijo nada.
Una mañana en que Michiru organizaba su habitación, Setsuna se acercó a la cama, tomó un par de libros que había en ella y los organizó en la pequeña biblioteca que la aguamarina había construido.
-¿Los Francos decían algo acerca de los ángeles?-
-Hasta donde recuerdo solo lo normal, lo que la iglesia dictaba y ya. –
-¿Khan te comentó algo de los demonios? – Michiru la miró con curiosidad y negó con la cabeza. – Los demonios son nuestros opuestos, nacen del odio, la muerte, el egoísmo y la mala energía que generan los humanos. –
-¿Son muchos? –
-Depende. A veces solo vienen a hacer jugarretas y luego se van. –
-Ellos… ¿pueden matarnos? –
-Si. Muchas veces lo han hecho. –
-Yo creí que éramos inmortales. –
Setsuna sonrió.
-No lo somos. Mucho menos en este cuerpo humano. Los humanos no pueden matarnos, sólo los demonios saben como hacerlo. Del mismo modo sólo nosotros sabemos como matar a un demonio. De todas maneras eso es algo que los humanos ignoran también. Jamás han encontrado un cuerpo angelical o demoníaco. Es uno de los tantos motivos por los cuales no creen en Dios o en nosotros, mucho menos en el Diablo y los demonios.-
-¿Por qué no?-
-Desaparecen. –
-¿Disculpa? –
-Lamentablemente es así. Algún día lo verás por ti misma. –
Michiru se mantuvo en silencio por un largo rato.
-Y… ¿Ellos saben dónde nos refugiamos? –
-Actualmente lo saben. Es por eso que nos moveremos a Londres. – Setsuna acarició el lomo de un libro. – Sin embargo, ellos no han osado entrar aquí. Los legendarios los escucharíamos y es probable que aun que entraran, no sobrevivirían. Los demonios son muy egoístas para trabajar en grupos de más de cinco. –
Michiru se acercó a Setsuna y en un gesto de necesitar contacto, sujeto su mano. La morena le dedicó una leve sonrisa y apretó su extremidad.
-No te preocupes, tu vida es muy larga para pensar en eso. –
Las semanas siguientes, la peliaqua estaba sumida en sus pensamientos, le preocupaba la situación del bando enemigo. Khan lo notó e intentó ayudarla. No obstante la chica lo rechazaba gentilmente. Pero el hombre no se rendía. Pronto comenzó a agobiarla y Michiru intentó controlarse. Se mantenía alejada de él. Khan se aferraba a su presencia como una molesta sanguijuela. La muchacha le pidió que la dejara en paz pero él jamás la tomó en serio. Michiru había desarrollado una antipatía con los hombres y nadie la culpaba, después de todo lo que sufrió siendo una princesa reducida a esclava sexual de un hombre, era de esperarse.
Un día Minako, una legendaria, apareció para salvarla del acoso del insistente sacerdote. Michiru le agradeció con una mirada. Temblaba por el estrés que el hombre le causaba. La rubia la guiaba gentilmente por los pasillos.
-Creo que ya necesitas una escolta para que Khan no te moleste más.- Rió. – Al menos en tu habitación podrás dormir tranquila. –
Esperó a que ella se cambiara, después entró a la habitación y la metió en la cama; como si de una niña se tratase. Tomó su mano con la suya y le dedico una sonrisa. Ella soltó una risita y cerró los ojos.
-Gracias, Minako. –
La muchacha de cabello dorado se inclino y le cantó un verso que la sumió en un profundo sueño.
Khan la deseaba con fervor, quería que ella fuera esa compañera eterna de la cual los ángeles, que tenían pareja, alardeaban cada tanto. Quería algo parecido a lo que tenía Minako en la tranquilidad de Rei; una amante que, aun que tuviera un semblante serio y a veces parecía distante, no veía en el mundo otra cosa que el ángel que tenía la rubia y la mujer con la que quería pasar toda la eternidad. Minako era el mundo de Rei y Rei el de Minako. Eso era lo que quería Khan.
Él estaba deprimido y eso le preocupó a la chica de cabello aqua. Sentía que debía ayudarlo y eso generaba una incomodidad con la que se veía obligada a cargar. Finalmente las cosas terminaron fluyendo y ella término aceptando salir con él, aun que sabía que eso rompía las leyes. No pasó mucho tiempo cuando la presencia del sacerdote volvió a molestarle. Para ese entonces ya contaba con noventa y cinco años siendo un ángel, Khan había cumplido recientemente cuarenta años.
-He deseado dominar el fuego. ¿No te parece interesante, Michiru?-
-No. –
-¿No te parece divertido?-
-No. –
-¿Estás segura? –
-Quiero estar sola, Khan. Quisiera alimentar a mi ángel. – El sacerdote quería decirle algo más pero finalmente se alejó, dejando sola a la muchacha.
La forma en que alimentaban a su ángel era casi como un ritual. Solían pasearse por las calles de los pueblos para capturar las almas de algunos espíritus que quedaban atorados en ese plano y los devoraban por medio de sus armas talismanes. Esto los beneficiaba a ambos; la energía era el alimento de sus ángeles y ellos les ayudaban a encontrar la luz. No obstante aquello era algo que preferían hacer en solitario o incluso, cuando ya se tenía una pareja estable, lo hacían con ella y buscaban espíritus con más energía.
Un espíritu de un hombre se hallaba caminando en la oscuridad de la noche, olía muy bien. Michiru lo interceptó con amabilidad aun que eso no evitó que el fantasma se exaltara. No pudo decir nada cuando la chica lo arrastró hasta el potrero cercano. Le paso la mano por el cuello, el espectro se quedó quieto ante el dulce y calido tacto de la jovencita, aun que sabía que era, estaba dispuesto a dejarse llevar a la luz. Khan apareció por sorpresa y rompió el hechizo.
-¿Ya lo guiaste a la luz? Pude haber orado por él. –
Michiru puso los ojos en blanco. El espectro se materializó en un hombre que corría y gritaba, haciendo un estruendo para despertar a los pueblerinos. La chica lo atrapó y le partió el cuello. Demasiado tarde, la gente se había despertado ya. Sabía que al ver el cadáver en el suelo la gente generaría tantos sentimientos negativos que atraerían a los demonios.
Lo primero que hizo fue dejar a Khan atrás. Sabía que ella era más rápida que el humano, conocía además que, victima del pánico, él correría directamente al escondite de los ángeles y eso causaría un desastre. Volvió por él y lo sujetó del cuello de su túnica para arrastrarlo lejos de la multitud. Necesitaba pensar pero la voz del sacerdote no la dejaba concentrarse.
-Los hemos perdido, Michiru. –
-No estoy segura. –
-Podemos pelear contra ellos entonces, llama a Ayel, tu ángel. Los haremos añicos. –
-¿No estoy lista para usar el poder de Ayel, captas? No estoy lista. Tampoco voy a morir ahora. –
-Tú no puedes morir. –
Michiru guardó silencio, se detuvo e ignorando las palabras del hombre se dedicó a analizar la situación. Estaban en medio del bosque, lejos del escondite de sus camaradas. El único plan que tenía era rodear el camino que habían seguido para volver.
Aun que era probable que se encontrara con uno que otro espectro y posiblemente algún demonio atraído por las masas. Khan era inútil. Hablaba en voz alta, quería luchar.
Los gritos cercanos la tomo por sorpresa. No se percato cuando terminó atascada en un agujero cubierto por ramas y pasto. Segundos después se dio cuenta de que Khan había salido a enfrentarse a los pueblerinos. El sacerdote no logró entablar conversación con la gente y esta lo tacho de loco y hechicero. Los demonios pronto hicieron su aparición, eran solo tres. Michiru estaba asustada pero el hombre que estaba encarando a la gente y exponiéndose a los demonios, era el sacerdote de su gente. Fue esa motivación la que la ayudó a salir del agujero. No supo como, ni cuando, su cuerpo experimentaba una tibieza; mezcla del mar y la arena. El agua y la tierra, esa era la energía de su ángel. Sus ojos cambiaron a un tono violeta. Brillaban con ferocidad. Sintió que flotaba cuando se acercó a uno de los demonios, le tomó de los brazos y se los arrancó desde el hombro; lo soltó y posteriormente sujetó su cabeza, aplastándole el cráneo y haciendo que los sesos salieran disparados. Escuchó un grito y Khan vio llegar la muerte a manos de las armas humanas, su cuerpo era apaleado y pisoteado.
"¡Sal de ahí!"
La voz de su ángel le ordeno y ella no titubeó. Con la velocidad que ataco, desapareció de la vista de los aldeanos y los dos demonios restantes. Tuvo que esperar bastante hasta que los demonios se disiparan y los aldeanos fueran de vuelta a su pueblo. El cuerpo de Khan yacía inerte sobre el polvo. Pobre y tonto Khan, su propio descuido lo había alcanzado. Pronto se dio cuenta de algo ¿El sacerdote la había empujado al agujero con el propósito de esconderla? Sacudió su cabeza y mordió su labio inferior. Si así fue Khan era realmente un estúpido.
Cabo un hueco y allí depositó el cuerpo demacrado, luego lo cubrió con tierra. Se levantó tras orar por el alma del hombre y caminó de regreso al escondite. Fue Makoto quien la vio entrar. Abrió la boca para decir algo pero finalmente desistió de la idea. La siguió muy de cerca hasta su habitación. Sin palabras supo lo que le había pasado al sacerdote que Setsuna había traído cuando apenas era un niño.
Francia evolucionó pero ellos no se quedaron allí para presenciarlo. El tribunal se había movido a Londres, con todos sus ángeles. La capital de Inglaterra construía catedrales y grandes edificaciones. Michiru había presenciado el cambio del mundo. Se culpaba una y otra vez por la muerte del sacerdote. Pero un día, se libró de ataduras, de remordimientos y culpas, fue ese día que Setsuna vio a su ángel manifestarse en todo su esplendor. Ella había luchado para proteger a Khan, lo había hecho a pesar del miedo que la invadía y aun que no logró, eso era lo que necesitaba para ser una líder.
-El tribunal no siempre puede estarse escondiendo. –Le comentó. – Por lo que a partir de hoy tomarás el mandato de la Elite especializada en combatir y ejecutar demonios. Tienes madera de ser una buena líder. Lo traes en tus venas, después de todo, eres una princesa ¿no es así? – Michiru le dirigió una mirada incrédula. - ¿Cómo la llamaras? –
Tardo un poco en responder. Una sonrisilla se asentó en sus labios y sus ojos chispearon.
-Se llamará… Liquid Blue. -
¡Buenas! Muchachos míos hoy les traigo un capítulo más largo de lo común pero bueno, aquí fue el inicio de Michiru y la Elite Liquid Blue. Se vienen muchas cosas. :P Un saludo a todos.
