Capítulo 13:
Nunca pensó que podría sentirse tan en paz consigo misma compartiendo tal intimidad con un hombre. De Naraku aprendió a temerlos y de su otra identidad como caballero del crepúsculo a enfrentarse a ellos, pero nunca antes había probado a vivir con ellos. Si bien esa nueva intimidad la asustaba en cierto modo, no podía menos que celebrarla y rezar para que no terminara pronto.
Tumbada junto a Inuyasha en su cama, completamente desnudos ambos, mirándose y acariciándose suavemente el uno al otro, todas las mañanas empezaban maravillosamente. El ritual siempre era el mismo. Hacían el amor nada más despertar y él era sumamente cuidadoso con su brazo herido. Después, se tumbaban el uno junto al otro, de lado y se miraban intensamente mientras se decían palabras melosas y se acariciaban con las manos y con la mirada. Myoga traía el desayuno más tarde.
Inuyasha siempre se levantaba a cogerlo para evitar que el mayordomo entrara y pudiera verla aunque toda la casa debía saber a esas alturas que dormían juntos. Desayunaban juntos, sobre la cama, sin vestirse y bromeaban mientras se daban la comida el uno al otro. Después, tocaba volver al mundo real. Inuyasha se ponía sus aburridos trajes y ella un sencillo vestido. Él se encerraba en su estudio a manejar las cuentas de su finca y sus negocios y ella paseaba por los jardines Taisho. A veces él aparecía por sorpresa y la acompañaba. Otras, ella terminaba su paseo en su despacho para poder verlo una vez más.
Sesshomaru había ido a visitarla con frecuencia al igual que su esposa. Inuyasha no estaba para nada de acuerdo con esas visitas, no aprobaba a Sesshomaru y aunque le permitía entrar en su casa, no quería estar presente durante sus visitas. Su trato con él era realmente descortés y no lograba entender el por qué. Intentó preguntárselo en más de una ocasión, pero lo único que había conseguida era que ambos se enfadaran, discutieran, hicieran el amor para hacer las paces y se olvidaran del asunto por ese día.
Había pasado casi un mes completo desde el ataque y ya iba siendo hora de que volviera a su hogar. La gente en el pueblo hablaba y no era correcto que una mujer viuda estuviera viviendo en la casa de un hombre soltero. Fue Sesshomaru el primero en recordárselo y más tarde Rin sonrojada hasta las raíces del cabello. Ambos tenían razón por más que le costara admitirlo. El problema era que no sabía cómo abordar a Inuyasha respecto a ese asunto. Él se comportaba como si no concediera en su cabeza el hecho de que ella fuera a marcharse alguna vez.
Phillips acababa de recoger las pertenencias de su dormitorio, sólo le faltaba acercarse a su despacho y decirle que volvía a su casa. Él se lo tomaría muy mal.
- ¡Kagome!
La discusión se adelantó más de lo esperado. El tono que había empleado Inuyasha para llamarla era de puro y mezquino enfado masculino. Ella se giró para mirar el pasillo a su espalda y lo observó comerse el espacio a grandes zancadas con el ceño fruncido y los labios apretados. Ella juntó sus manos sobre su regazo y se retorció los dedos nerviosamente.
- Inuyasha… - intentó apaciguarlo.
- ¿Por qué Phillips se está llevando tus pertenencias?- no le dejó contestar- Estaba trabajando en mi despacho tranquilamente cuando ha venido Myoga sin aliento a decirme que te marchabas. ¿Es eso cierto?
- Debo irme…- musitó.
- ¿Cuándo pensabas decírmelo?- le riñó- ¿Ibas a mandarme una nota desde tu casa?
- No, claro que no. – mantuvo el tono sereno en un vano intento para que Inuyasha se relajara- Antes de irme pensaba ir a verte a tu despacho.
- ¡Qué considerado por tu parte!- exclamó con sarcasmo.
Inuyasha estaba furioso y tenía motivos reales para estarlo, pero si hubiera consultado con él antes de actuar, él se lo habría impedido. Tenía toda la pinta de estar dispuesto a evitar su partida a toda costa y sabía que sería capaz de encerrarla bajo llave cada mañana si le confesaba sus intenciones. Odiaba ese comportamiento machista y mezquino tanto como lo amaba.
- Inuyasha deberías…
- ¿Qué?- gritó- ¿Qué debería?
- Calmarte.
- Estoy muy calmado y muy relajado. – sus manos temblorosas lo delataron pero no hizo nada por echarle en cara ese detalle- ¿Por qué no hablaste de esto conmigo? ¿Cómo pudiste hacer el amor conmigo esta mañana mientras pensabas en marcharte?
- Inuyasha, no es tan terrible. Vuelvo a mi casa, no significa que vaya a dejar de hablarte.
- Cada vez que te encierras en tu casa dejas de hablarme.- le recriminó.
- Esta vez no, te lo prometo.
Rompió la poca distancia entre los dos, se puso de puntillas y se alzó con la clara intención de darle un suave beso en los labios. Sin embargo, Inuyasha no estaba dispuesto a permitir que fuera suave. Sus manos agarraron con fuerza sus caderas y la alzaron contra él mientras un rugido casi animal salía de lo más hondo de su pecho. La obligó a abrir los labios y le dio uno de los besos más apasionados y más salvajes que nunca había compartido con ella. Parecía dispuesto a devorarla allí mismo y ella no sabía si podría resistirse a él.
Se apartó de él con la respiración entrecortada, el corazón palpitando fuertemente contra su pecho y las rodillas temblorosas. Desde luego, Inuyasha sabía ser muy convincente, pero no la engañaría con sexo para que permaneciera allí.
- Tengo que irme…
- Kagome, no nos hagas esto.
- La gente habla Inuyasha. No es correcto que yo permanezca aquí. – quiso hacerlo entrar en razón- Tú eres un hombre soltero y yo soy viuda. Ya no tenemos más excusas para justificar mi permanencia en tu casa.
Inuyasha no le daba la razón, pero leía en su mirada que sabía que sus palabras eran bien ciertas. ¡Claro que lo eran!
- Entonces, haremos que sea correcto.
Ella no pudo imaginar cómo podría hacer Inuyasha que fuera correcto el que ella permaneciera en su hogar. Cuando se arrodilló frente a ella y agarró sus manos un terrible presentimiento la asaltó. Sacudió la cabeza intentando ignorar esa sensación, eso nunca ocurriría.
- Kagome Higurashi, condesa- apretó sus manos- ¿desea casarse conmigo?
¡Estaba ocurriendo de verdad! Desde aquella vez seis años atrás siempre deseó que Inuyasha volviera a pedírselo, que él volviera amarla, pero no podía aceptarlo. No quería atarse a un hombre tan pronto por más que amara a Inuyasha. Además, sus motivos para pedirle matrimonio no terminaban de convencerla.
- ¿Por qué quieres casarte conmigo?-le preguntó insegura.
- Si nos casamos será correcto que vivas conmigo.
Era una razón muy pobre para pedirle que se casara con ella. Si sólo él volviera repetirle que la amaba, tal y como hizo seis años atrás.,, Ésa era la única razón por la que se casaría con él. Ninguna otra sería válida para ella.
- Entonces, debo rechazarte.
Se desasió de su agarre y dio media vuelta dispuesta a marcharse, pero cometió el error de pensar que Inuyasha la dejaría ir tan fácilmente.
- ¿A dónde crees que vas?- la giró bruscamente- ¡Acabo de pedirte matrimonio! ¡No puedes rechazarme así!
- Sí que puedo. Cuando tengas una verdadera razón para pedirme matrimonio, aceptaré. Hasta entonces pienso rechazar todas tus ofertas.
- ¿Qué consideras una buena razón?
- Si no lo sabes, es que no lo sientes.
Cuando se desasió de él en esa ocasión, no intentó seguirla y ella agradeció que no lo hiciera. Sentía que estaba a punto de echarse a llorar en cualquier momento y prefería hacerlo en la intimidad de su carruaje para que nadie pudiera verla. No había nada que deseara más que aceptar su propuesta de matrimonio, pero no se casaría sin amor. Eran buenos amantes y amigos, pero de ahí a ser marido y mujer había un trecho. Además, había otro factor que le impedía ser su esposa. Ella era yerma, no podía darle hijos y un conde necesitaba tener hijos. Ya era bastante saber que un título se perdería.
Inuyasha se quedó sin palabras observando la puerta por la que acababa de salir Kagome. Le había abierto su corazón por segunda vez y ella había vuelto a pisotearlo. Decía que no era suficiente razón el querer estar a todas horas del día con ella. Entonces, ¿cuál era una buena razón para pedirle matrimonio? Estaba más que harto de ser rechazado sin razones realmente justificadas. ¿Por qué Kagome no podía simplemente aceptar?
Furioso con ella y consigo mismo volvió a su despacho golpeando todo objeto que encontró de camino y se encerró. Se sirvió un vaso bien cargado de su whisky favorito y se acercó a los ventanales para observar el carruaje de la condesa partir. Se le encogía el corazón mientras lo veía alejarse, sabiendo que ella estaba ahí dentro. Por un momento, albergó la esperanza de que ella pidiera que se diera la vuelta para volver corriendo a sus brazos. Sin embargo, nada de eso sucedió y él apuró su vaso sin apartar la mirada hasta que desapareció en la lejanía.
En aquel último mes viviendo juntos pensó que todo se había arreglado entre ellos, que toda disputa se había disipado y que al fin podían estar juntos. Esa intimidad que habían compartido era algo que nunca había compartido con ninguna otra mujer y algo que se negaba a compartir con otra en un futuro. Levantarse todas las mañanas sintiendo el cuerpo desnudo de Kagome contra el suyo, piel contra piel, era la sensación más maravillosa del mundo. Escucharla gemir mientras dormía lo cautivaba. Ella lo acariciaba a veces mientras dormía y ni siquiera lo recordaba al despertarse. Se veía tan hermosa recién levantada como cuando se arreglaba para una fiesta. No había nada que estropeara su belleza. Además, era una gran compañía. Discutir con ella se había convertido en todo un reto, ganarla en algo excesivamente complicado.
Esa noche había una fiesta. Ambos aceptaron la invitación y estaba seguro de que ella acudiría. No pensaba rendirse tan fácilmente.
….
No era como tenía pensado pasar la noche, pero no se quejaba. Había estado bailando con el barón Ishida y nada más terminar Inuyasha apareció de la nada y la arrastró hacia lo más hondo de la oscura galería que rodeaba la casa. Ella se negó entre risas, pero no fue nada convincente y en verdad no quería serlo. Cuando Inuyasha estuvo lo bastante satisfecho con su intimidad, la apretó contra una pared y empezó a besarla apasionadamente. Sus manos se deslizaban arriba y abajo a lo largo de todo su cuerpo, acariciando y despertando en ella la pasión.
- Cásate conmigo. –murmuró contra sus labios.
Cada pocos minutos, Inuyasha murmuraba esas palabras contra sus labios y ella no contestaba. Era cruel por su parte besarla mientras le pedía matrimonio y no pensaba darle el gusto de la victoria.
- Inuyasha… - musitó entre besos- Tenemos que volver…
- Mmm… Más tarde… - la aferró con más fuerza- Te he echado de menos….
- Nos vimos esta mañana…
- ¿Lo ves? Llevo mucho tiempo sin verte…
Sonrió entre besos por sus palabras y se aferró a su levita mientras continuaba besándolo con tal intensidad que daba la sensación de que en verdad llevaran toda una eternidad sin verse. Era una suerte que Inuyasha no se hubiera enfadado lo suficiente como para querer cortar su relación. Eso le daba a entender que aún existía alguna esperanza de que él quisiera encontrar esa buena razón para que se casaran.
Fuera como fuese, habían desaparecido de la fiesta durante demasiado tiempo y su ausencia comenzaría a llamar la atención. Ya había demasiados cuchicheos sobre ellos dos, era mejor no tentar a la suerte.
- Debemos volver…- recomendó.
- No… Un poquito más…- dijo con tono lastimero.
- No, Inuyasha.
Lo apartó de ella entre risas y tuvo que escaparse de su agarre y salir corriendo para que él no tratara de atraparla de nuevo en su abrazo. Él corrió tras ella y estaba segura de que si la atrapaba, no volvería a dejarla escapar. Ella no pudo evitar reír fascinada por su comportamiento infantil y corrió todo lo que pudo. Si bien Inuyasha era más fuerte, ella era más rápida aunque las faldas le estaban dificultando la carrera. Pudo alcanzar el pomo de la puerta del salón de baile justo en el mismo instante en que Inuyasha agarraba su codo para tirar de ella.
- No abras… - le suplicó.
- Lo siento, Inuyasha.
Giró el pomo y abrió la puerta. Varias cabezas se volvieron hacia ellos y comenzaron los cuchicheos una vez más. Un mes entero viviendo en la misma casa. La repentina desaparición de los dos en una fiesta. Aparecían juntos en mitad de la fiesta. Desde luego, ambos darían de qué hablar durante toda la noche.
Avergonzada se encogió de hombros y con la cabeza gacha rodeó el salón en busca de una copa. Desgraciadamente, Inuyasha no parecía sentirse tan avergonzado como ella y la persiguió como si nada ocurriera, ignorando por completo las miradas de los otros invitados. Ella intentó apartarlo con la mirada, pero él se rió de su consternación y agarró dos copas de una de las bandejas de los camareros. Le ofreció una de ellas y ella la aceptó con una sonrisa mientras trataba de encontrar la forma de separarse de él. Al día siguiente se habría corrido por todo Buxton el rumor de que eran amantes si no hacía nada para evitarlo.
- ¡Inuyasha, queridito!
Inuyasha se quedó de piedra ante ella al escucha aquella voz que ambos conocían tan bien y, entonces, apareció Kikio Tama a su lado. La muy descarada se aferró a su brazo como si tuviera todo el derecho a hacerlo y le lanzó a ella una mirada asesina. Kagome, en cambio, le lanzó una mirada asesina a Inuyasha. Kikio era quien menos le preocupaba, sólo trataba de llamar la atención.
El silencio se hizo patente entre los tres. Kikio no volvió a abrir la boca a la espera de que uno de los dos dijera algo. Kagome alzó una ceja y le dirigió una mirada de advertencia a Inuyasha. El hombre quiso que la tierra se lo tragase.
- Señorita Tama… - dijo al fin- ¡Qué gusto volver a verla!
- ¿Verdad que sí?
Kikio apretó sus senos contra el brazo de Inuyasha y por un momento pensó que se tiraría sobre ella. Esa niña descarada…
Inuyasha captó el enfado de Kagome y aunque se sintió satisfecho de saber que ella estaba celosa, no quería enfadarla. Con la única intención de darle celos a Kagome había permitido que Kikio Tama se tomara demasiadas libertades y ahora estaba pagando las consecuencias de ello. Con esfuerzo, consiguió desasirse de su agarre y tuvo que apartarse para que no le volviera a poner las garras encima. Esa mujer no tenía vergüenza alguna.
- La condesa está resplandeciente, ¿no lo cree señorita Tama?
Deseó fervientemente que el ponerse de su lado de esa forma lo salvara de la furia de Kagome. Además, cualquier oportunidad de librarse de Kikio era buena.
- Serán las joyas… - musitó Kikio indignada.
Debería sentirse ofendida por el comentario de Kikio, pero conociéndola como la conocía, en verdad había sido todo lo educada que podía llegar a ser.
- ¿Y cómo me ves a mí Inuyasha?
Éste frunció el ceño al observarla. La veía descarada, ostentosa e incluso fea. Llevaba uno de los vestidos más reveladores y más feos que había visto en toda su vida. Kikio no era como Kagome. No contaba con el suficiente encanto físico natural como para permitirse el lujo de poder vestir con un saco de patatas y verse hermosa. Kagome sí que podía. Ahora bien, decirle exactamente lo que pensaba no era propio de un caballero, pero tampoco quería animarla, ni disgustar a Kagome. Por lo tanto, se decidió encontrar un punto intermedio.
- La veo tan normal como siempre, señorita Tama.
Kikio frunció el ceño disgustada, pero Kagome no se enfadó más todavía y eso era lo único que le importaba.
- ¡Pero Inuyasha!- exclamó Kikio haciendo pucheros- ¡Me puse este vestido para ti!
Entonces, debía querer deshacerse de él.
- ¡Kagome!
La voz de Bankotsu Shichinintai le hizo fruncir el ceño a él en esa ocasión y observó con una mezcla de furia y de celos cómo besaba la mano enguantada de Kagome. Ella le sonrió como si no tuviera ningún problema en que se demorara más de la cuenta besándola y él a punto estuvo de olvidarse de todas las normas de sociedad para romperle todos los huesos del cuerpo a ese desgraciado.
- Un placer volver a verte, Bank.
¡Y ella continuaba tuteándolo! Odiaba escucharle decir "Bank" como si entre ellos hubiera total confianza.
- Te veo deslumbrante esta noche, Kagome.- la elogió.
- Parece que todo el mundo la ve deslumbrante…
Nadie hizo caso a la infantil queja de Kikio.
- ¿Me concederá el honor del siguiente baile?- le propuso.
- Desgraciadamente, ya me lo ha prometido a mí.- intervino Inuyasha.
- Entonces, esperaré al siguiente de…- insistió.
- ¡No querrá bailar con usted!- le aseguró.
- ¡Inuyasha!
Kagome observó horrorizada el comportamiento machista y retrógrado de Inuyasha, aferrándose a ella como si fuera de su propiedad. En esos días había aprendido que Inuyasha no era en verdad machista, pero cuando estaba celoso, se volvía el hombre más conservador de la faz de la tierra. ¿Qué culpa tenía ella? Kikio Tama lo perseguía, lo tuteaba, coqueteaba con él y se aferraba a él como una gata y ella no se comportaba como él.
- Eso puede decidirlo la condesa.- aseguró Bankotsu.
- No, no puede.- convino Inuyasha.
- ¡Sí que puedo!
No se podía creer que Inuyasha de verdad se estuviera comportando de esa forma. Estaba a punto de echarle el peor sermón de su vida cuando se formó toda una conmoción en la fiesta. Todas las cabezas estaban giradas en dirección a las puertas y un gran grupo de personas parecía estar rodeando a alguien. En sus fueros internos agradeció que nadie se estuviera fijando en ellos, pero no pudo evitar preguntarse qué llamaba tanto la atención de toda esa gente.
Se apartó de los dos hombres que seguían discutiendo sin enterarse de lo sucedido y fue avanzando entre la muchedumbre hacia la entrada. Los escuchaba murmurar, pero no entendía nada de lo que estaban diciendo. El nuevo invitado debía ser alguien importante para haber armado tanto revuelo. Seguramente, no fuera alguien de Buxton sino que alguien de la ciudad. Tal vez, ¿algún pariente lejano de los anfitriones? Sobre todo se congregaban mujeres a su alrededor por lo que dedujo que sería un hombre atractivo.
Una de sus peores pesadillas reapareció ante ella cuando logró llegar a primera fila. Entre toda esa gente se encontraba ni más ni menos que Houjo Akitoki. El hombre del que estuvo perdidamente enamorada durante su adolescencia o del que creyó estarlo al menos. El hombre por el que perdió su oportunidad de casarse con Inuyasha. El hombre que le mostró su verdadera naturaleza un mes antes de su boda para su suerte. Si él no hubiera sido descuidado, si él no hubiera pensado que ella era una mujer normal, nunca hubiera sabido de su verdadera naturaleza hasta después del matrimonio. ¿Qué demonios estaba haciendo allí? Le dejaron bien claro, ella y su padre, que no querían volver a verlo en Buxton jamás.
Era tan alto como lo recordaba, pero por primera vez se fijó en que Inuyasha era más alto que él. Su cabello castaño estaba impecablemente cortado, pero tenía algunas canas salteadas que antes no estaban allí. Sus ojos grises estaban enmarcados por unas pequeñas arrugas por la edad que lamentablemente no le quitaban encanto. Su rasgo más característico siempre había sido su nariz aguileña. Seguía llevando perilla y ahora había adquirido un tono grisáceo con ligeros reflejos castaños.
Él hablaba con varias damas al mismo tiempo, demostrándole que no había perdido facultades desde que se conocieron seis años atrás, casi siete. De repente, alzó la vista y la vio a ella. Se deshizo de las demás mujeres como si en ningún momento les hubiera dado ni la más mínima importancia y caminó hacia ella con una seguridad y una confianza que le hizo retroceder un paso. Al llegar hasta ella le hizo una reverencia y tomó el dorso de su mano para besarla.
- Te he echado de menos, Kagome.
- Yo a ti no.
Él rió por su atrevimiento y se comportó como si el pasado no existiera.
- ¿Qué haces aquí?- le espetó sin apartar la mirada de las masas- Mi padre te echó.
- La palabra de tu difunto padre ya no tiene ninguna validez.
¿Cómo se atrevía a hablarle de esa forma? ¿Cómo se atrevía a poner en duda de esa manera la palabra de su padre?
- Vengo por orden del rey.
¿Orden del rey? Eso sí que consiguió captar toda su atención. ¿Por qué el rey le ordenaría al duque Houjo Akitoki acudir a Buxton? ¿Qué estaría planeando el rey? No lograba entender el objetivo de semejante orden. Desde luego, no volvía por las elecciones a la alcaldía y eso era lo más importante que estaba pasando en ese pueblo en aquel momento.
Houjo, entendiendo su confusión, introdujo su mano en su levita y sacó una misiva con el sello del rey. En el reverso ponía su nombre. Kagome cogió la carta y rompió el sello para leerla sin preocuparse de que todo el mundo estuviera atento de ella.
- Es una orden, Kagome. Tienes un mes para contraer matrimonio… - sonrió- conmigo.
¡Eso no podía ser cierto! Apartó la mirada horrorizada de él y empezó a leer con incredulidad las palabras de la misiva del rey. Estaba escrita con el puño y letra del mismo rey. Le expresaba su pésame por la muerte de su marido y le decía que comprendía su desamparo y su dolor. Hablaba sobre su depresión y sus problemas para llevar una vida normal y ella no lograba comprender esas palabras. Finalmente, le decía que había llegado a la conclusión de que lo mejor para ella era volver a casarla para que recuperara el sentido de su vida y volviera a ser ella misma. Según el rey, el mejor candidato era Houjo Akitoki. Se notaba que no lo conocía.
- Esto no puede ser cierto…
- ¡Oh, sí que lo es Kagome!- le aseguró- Volvemos a estar comprometidos y esta vez no podrás librarte.
Estuvo a punto de gritarle a los cuatro vientos todo lo que pensaba de él cuando la mano de Inuyasha le arrebató la misiva del rey. Lo vio leerla y a cada palabra pudo ver como su furia iba en aumento. Alguien, una tercera persona, había intervenido en ese acuerdo. Ponía cosas inciertas, cosas que debía haber inventado alguien que deseara hundirla.
- Mañana mismo me dirigiré hacia Londres y…- empezó Inuyasha.
- ¡Será inútil!- lo interrumpió Houjo- La decisión ya está tomada.
- Eso está por verse.- lo retó.
Inuyasha agarró su mano ante todos los presentes y tiró de ella para sacarla de allí. Ella no opuso resistencia, pues necesitaba desesperadamente salir de aquel lugar. Houjo por aquel día tampoco intentó pelearse con el conde. ¿Por qué iba a hacerlo? Ya tenía la batalla ganada.
No podía creerse lo que había sucedido. Estaba manteniendo una elegante discusión con Bankotsu Shichinintai cuando divisó a la distancia al mismísimo Houjo Akitoki besando la mano de Kagome. Su primer pensamiento fue que lo haría pedazos. Después, vino el temor, temor a que Kagome albergara todavía algún sentimiento hacia él. No sabía por qué se rompió su compromiso, pero con él lejos tenía esperanzas de lograr conquistarla. ¿Qué haría si ella aún sentía algo por él? De repente se sentía acorralado.
Se olvidó por completo de Bankotsu y se dirigió hacia ellos para poder descubrir por qué había regresado después de tantos años. Mientras se acercaba lo vio entregar una carta del rey a Kagome y poco después le escuchó decir que iban a casarse. Perdió por completo la compostura. Aquella orden era cierta. Esa maldita carta estaba escrita del puño y letra de su rey y llevaba su sello real. ¿Por qué el rey había hecho aquello? ¿Qué eran todas esas sandeces que había escrito?
- Nos casaremos inmediatamente.- decidió.
- ¿Qué dices Inuyasha?
- El rey no podrá casarte con Akitoki si tú y yo nos casamos primero.
Kagome clavó los pies en el suelo, en mitad de la galería, consiguiendo que se detuviera.
- No puedo casarme contigo.- repitió otra vez en ese día para su desgracia.
- ¡Kagome!
- Primero me pides que me case contigo para que no haya habladurías y ahora para evitar que me casen con Houjo. Ambas son pobres razones.
- No puedo permitir que…
- Encontraré una solución, pero no puedo permitir que nuestro matrimonio se base en unos argumentos tan débiles.
Por segunda vez en ese día lo dejó con la palabra en la boca y un sentimiento de soledad y desesperación que empezaba a atormentarlo.
Continuará…
