Capítulo 13: Draco Malfoy: amor a las artes oscuras

Desde el momento en que nació ya amaba las artes oscuras. Ya idolatraba a su propio padre, sin saber a qué se sometía por ello. Adoraba ver como la gente huía ante su mirada, como la gente sucumbía al terror del Lord tenebroso… mientras él jugaba a ser el terror de Hogwarts.

Nada más lejos de su alcance. Sabía que un día llegaría a ser un buen mortífago, así lo quería Lucius. Pero no creyó jamás que fuera justo en el momento en que todo estaba perdido, su padre en la cárcel, su madre; borracha noche sí, noche también. Intentando demostrar al mundo que su sangre seguía siendo limpia aún sin su marido.

Antes de ejecutarla, sabía que no lograría cumplir su primera misión: pasaba noches en vela, llorando en un baño, con la única presencia de un estúpido fantasma que no lo llamaba por su nombre, una niñita depresiva y triste que simplemente lo llamaba "El chico que llora". En eso se había convertido Draco Malfoy, teniendo que depender de su profesor de pociones para que matara por él, para que realizara la parte más sucia de su propia misión aquella que, según su tía, iba a elevarlo a la categoría de favorito del señor tenebroso.

Amaba las artes oscuras, sí, pero jamás creyó que serían tan humillantes. Para enseñarle Oclumancia, descubrieron cada uno de sus secretos. Su tía se rió de los sentimientos de "un crío inocente, sobrevalorado por su padre."

Medio mundo mágico confabulando contra el otro medio, y Draco ya no sabía muy bien de qué parte debería estar. En las noches oscuras, lo único que le recordaba que había perdido su vida por obedecer a su padre era una marca tenebrosa, que se ennegrecía constantemente, llamándolo a matar… incluso a aquellos a los que un día amó, casi tanto como a las artes oscuras.