Estoy tardando mucho, lo sé, y aun por encima no doy traducido pero es que se me va la olla. de hecho creí que en este Capítulo Annie tenía toda una conversación generada por su locura que ansiaba cambiar y resulta que es en el siguiente. xD Os dejo uno de mis Capítulos favoritos. (Junto con el anterior y el de Sharik, entre otros)

Capítulo 13: Caída inminente.


Annie Cresta

Oscuridad.

La luz parpadeante de mi teléfono móvil me saca de la oscuridad en la que estoy envuelta. La misma en que logré envolver a Finnick anoche. Hace tiempo que las luces hipnotizadoras que utilicé para encantarlo se apagaron dejando paso a la oscuridad. Probablemente haya sido una locura poseerlo de esa manera, seducirlo… Sin embargo, no es algo que pudiera evitar.

No he podido evitar que las palabras de Sharik me marcasen "Finnick Odair no es tu novio, estoy seguro de que ni siquiera te ha tocado." Aquel desprecio fue lo que me hizo desatarme hasta mi máximo nivel. Tenía parte de razón, mi novio nunca me ha tocado de la forma en la que lo hizo con él, de la forma en que lo tocan todos sus amantes. Nunca le di importancia por algo obvio, él me pertenece sin ello, siempre lo hizo. Pero esta vez, simplemente no pude controlarme.

No pude evitar envolverlo en una fantasía similar a las que, imagino, le obligan crear, una que él desease tanto como yo. No sé por qué lo hice, pero teniendo en cuenta su dulzura, el placer que me provocó con unos simples pero delicados toques, creo que valió la pena. Ahora lo tengo entre mis manos, definitivamente, en cuerpo y alma, como siempre soñé.

El aparato ha pasado de parpadear a vibrar, suelto un suspiro, como suene despertará a Finnick y francamente no me apetece, bastante frustración me crea tener que partir, no poder matar a la arpía, como para estropearle el sueño. Está tan hermoso durmiendo entre mis brazos…

Así que, con todo el dolor de mi corazón, decido soltarle, el susurra algo similar a "Annie, mi Sirena", pero no se despierta. Sonrío un poco, eso soy para él, una sirena desde que lo hipnoticé con mi canto en el desfile. Recuerdo que Sean se divirtió mucho con aquello, ya hacía un año que él había advertido las miradas ocultas que me echaba el que ahora es mi novio, aquellas que me hacían enrojecer.

Hay que ver, tantas amantes que tiene y apuesto lo que sea a que ninguna de ellas canta como tú, Annie. – Me susurró, entrelazando su mano con la mía, entonces, y los gritos a nuestro alrededor se incrementaron. Los Capitolinos estaban emocionados de ver a los trágicos amigos del distrito cuatro, como nos llamaron poco después de mi entrevista, de que hablara a su favor…

Debía hacerlo, necesitaba un salvoconducto, una forma de captar patrocinadores y, hasta aquel momento, no la tenía. Ninguno de los dos la teníamos ya que yo tampoco podía hablar de Finnick en la entrevista, me traería problemas.

A Finnick y Mags no les culminó de gustar la idea, menos el que nuestros atuendos se iluminaran en agua y fuego después, cuando mi mejor amigo me abrazó, más que agradecido. Era prácticamente una invitación a juntarnos al final pero, ¿acaso importaba? Sean no iba a ganar los juegos, no importaba lo que hiciesen, se suicidaría antes de verse obligado a matarme. Él lo sabía, yo casi que también, por más que me doliese, los únicos que se negaban a aceptar lo evidente eran nuestros mentores.

Aunque, obviamente, ellos ignoraban lo que planeaba desatar mi difunto mejor amigo con su muerte…

.

Sacudo la cabeza, decidiendo contestar, es mejor que no piense en Sean ahora mismo, en todo lo que arriesgó por defender a los distritos, tanto o más que lo que arriesgo yo al matar amantes por conservar a Finnick. Somos similares.

– Seas quién seas, espero que sea importante. – Digo con acidez. – No sabes lo que interrumpiste.

– Lo es, señorita Cresta. – La voz que me responde me es más que familiar, el jefe de agentes de la paz de mi distrito, Shark.– Es sobre vuestra antigua mentora, Mags, tuvo un accidente recién. Nada más grave que un derrame cerebral que le impide hablar. – A cada palabra pronunciada siento el rojo de mi mente aumentar. – El presidente también me dijo que le recomendase tener cuidado con sus actos en los días venideros. Son las personas que más queremos las que nos destruyen. – Es casi automática la forma en que mis ojos se desvían a Finnick, al parecer el presidente ha vuelto al juego, y yo que creía que había aprendido algo de la preocupación extrema que me profesaba mi novio. No puede matar a Mags, ¿o sí? Finnick Odair sospecharía enseguida de su muerte y sin embargo…

– Y también las que nos reconstruyen. – Afirmo con una auténtica sonrisa sádica, pensando en nuestra situación. Bueno, todavía no ha muerto así que aún podía jugar un poco más, no iba a permitir que ni él, ni nadie, me apartasen de Finnick, jamás. – Muchas gracias por el aviso, agente.

Cuelgo el teléfono, observando a Finnick desolada, lo que haré no será de su agrado pero es necesario, necesito matar. Cojo el aparato y me pongo a jugar con los botones hasta que localizo la casa de la arpía. Aquello iba a ser mi último crimen, debía planearlo bien. Me levanto de nuestra cama intentando guiarme por la linterna de mi móvil, ser discreta, pero justo cuando abro el armario escucho su voz.

– ¿Annie? – Y una pequeña luz se desvela a mis espaldas, me volteo, alarmada, para encontrarme conque mi novio despertó, encendiendo la lámpara de su mesa de noche en el proceso. – ¿Qué haces? ¿Te encuentras… bien? – Titubea, alarmado. – Asiento, debo calmarme.

– Yo… No lo sé. – Respondo buscando un atuendo cómodo de pantalón y camisa blancos como la nieve de Winterton. – Me llamaron por teléfono recién, al parecer Mags tuvo un derrame cerebral. Creo que deberíamos volver a casa, Fin. – A la mierda la arpía y su aberración, no puedo matarla en su presencia de todos modos.

– ¿Qué? – Salta él, más que asustado. – ¿Está bien?– Asiento. – Annie...– No me lo pienso mucho antes de soltar todo y tirarme a sus brazos.

–Está bien, no lo está. – Reconozco en plena crisis nerviosa. – Apenas puede hablar, Finnick, me rompe el corazón. Necesito verla, ¡por favor! – Me estremezco y él no vacila en estrecharme con un cariño sin igual.

– Está bien, lo haremos. – Afirma. – Yo también necesitaré verla. Vete vistiendo, mientras me tomo una ducha. Gracias por esta noche, Annie, apropiada o no. – Me guiña un ojo, más que agradecido. Sonrío.

– Gracias a ti por no frenarme, Fin. – Susurro de forma bella, casi cautivadora y lo suelto no sin antes darle un beso en la mejilla, no me siento bien, definitivamente no, necesito matar a alguien. Me enfilo la ropa, unos guantes suaves de tela y cojo el bolso blanco donde guardé ayer, lo que se puede considerar como mi primer trofeo, aquella mano de Sharik envuelta en plástico y pétalos de rosa. También hay una planta sedativa que observo con pesar. Lo tengo todo salvo el tiempo. Suelto un suspiro y decido salir a esperar mi novio afuera. Necesito respirar hondo.

.

Pero nada más salir me encuentro con una sorpresa peor que aquella llamada, fuera, vigilando la salida del hotel, hay algo nuevo, dos agentes de la paz.

Arqueo una ceja, ¿qué hacen aquí? Dudo mucho que mi novio les haya llamado para vigilarme así que debió ser él.

Snow.

"Sí, es una trampa." Me susurra Sean, en definitiva, estoy más que loca. "Quiere capturarte" Bueno, loca o no yo ganaré esta batalla.

– Está bien. –Susurro. –Te dejaré guiarme, siempre fuiste el más inteligente de los dos. – El rojo de mi interior se hace fuerte, casi dominándome, a cada paso, cada tensión, lo siento ganar terreno. Lo cual es justo lo que pretende el presidente, que me delate solita.

No le dejaré hacer.

– ¿Algún problema, agentes? – Digo con mi sonrisa más adorable, desde atrás, comedida, tranquila con los recuerdos de las pocas veces que ejercí de distracción para mi mejor amigo guiándome. Siempre era adorable entonces, una pena que los juegos terminaran con todo.

Uno de los dos se vira, observándome confundido, es obvio que no se esperaba que actuara así, y asiente.

– Sí, señorita Cresta, ¿puedo preguntarle qué pretende al salir? El presidente nos ha dado órdenes directas de reteneros aquí. – Suelto una carcajada casi enloquecida.

– Entiendo, un lindo final, ¿verdad? – Afirmo. – O tal vez no. – Y determinada saco un cuchillo se lo clavo en el brazo para culminar en el suelo, con el arma a apenas unos metros de mi. El rojo se alza con la visión de la sangre, justo cuando el fusil del otro agente apunta a mi cabeza. Bien.

– No se mueva. –Articula este algo asustado, no hago caso y me levanto. – ¡No me obligue a disparar! – Suelto una carcajada casi histérica. Eso pretendo.

– Adelante. – Lo invito. – No hará más que empeorar las cosas. – Mi mano se dirige a mi bolso justo cuando escucho su voz.

– ¡¿Qué ocurre aquí?!

Finnick.

Mi novio se haya ya vestido tras mía, su rostro teñido por el pánico y la incredulidad. No pienso mucho hasta dejar lo que estoy haciendo y retroceder casi corriendo, invadida por el terror.

– Rojo. –Respondo frenética. – Finnick yo… Los agentes… Rojo. Lo siento, cada vez me es más difícil controlarme. – Finnick me observa, alarmado, y, al instante, me abraza, protector. Perfecto.

– Tranquila, Annie. – Susurra. – Inspira, expira. – Obedezco suavemente. – Todo saldrá bien, ¿me oyes? – Asiento. – Todo saldrá bien. – Justo entonces su mirada se dirige a los agentes, los cuales me fulminan con la mirada, el herido es el primero en hablar.

– Lo sentimos, señor Odair. – Se disculpa. – Pero no pueden irse. Órdenes directas del presidente. – Finnick arquea una ceja, confundido, finalmente asiente.

–Entiendo. –Pronuncia al fin, en ocasiones envidio su máscara tranquila, yo me siento frenética. –Volveremos al hotel entonces. –Me arrastra hacia atrás, comedido, pero una vez la puerta se cierra siento su máscara romperse de golpe.

–¡Será posible! – Estalla golpeando la pared, me zafo de él, fingiendo miedo. –Lo siento Annie. No pretendía... –Me mira arrepentido. Niego con la cabeza.

–Tranquilo, yo tampoco estoy en mi mejor estado ahora mismo. –Sonrío un poco y me acerco a la ventana para abrirla. Hay dos agentes más allí, cuyos puntos desprotegidos localizo enseguida. Unos dardos disparados por la cerbatana casera, que fabriqué ayer, y estarán dormidos. –En todo caso, ¿qué crees que habrá pasado? Esto no es normal, Finnick. –Él ríe.

–Y que lo digas. Habitualmente el presidente no se toma tantas molestias a la hora de encargarme otra cita. Una llamada y listo. Debe ser otra cosa. –Asiento, algo desolada, esto no le va a gustar, definitivamente no. Pero me niego a quedarme quieta esperando a que me capturen.

–Ya, ¿tú crees qué…?–Niega con la cabeza. –¿Por qué no? ¿Qué puede ser más grave que eso?

–Fui comedido, Annie. –Explica, en voz baja. –Aparte si fuera aquello ya estarías muerta, o Mags. Él no suele andarse con rodeos. –Me estremezco perceptiblemente, y que lo diga. Mi ventaja es que ahora yo tampoco estoy dispuesta a ello.

–Ya veo. –Digo alejándome de la ventana, el rojo va ganando terreno a una velocidad tan vertiginosa que me abruma. –Lo siento, Finnick.

Pero es demasiado tarde para retroceder, en el momento en que mi consciencia vuelve me descubro con la cerbatana entre mis manos y mi novio inconsciente.

Y sé que volví a caer ante el rojo...

.


Finnick Odair

–¡Señor Odair!–La voz de los agentes de la paz es lo primero que escucho al despertar ¿Qué ha pasado? Intento ordenar mis recuerdos, pero cuando lo hago, lo primero que siento es confusión.

"Lo siento, Finnick."

Fue lo último que dijo Annie antes de sacar aquella cerbatana de sus ropas. Parecía tan distinta en ese momento, tan demente… Tanto que creí que estaba sufriendo alguna alucinación. No me extrañaría, la tensión de su cuerpo era más que palpable. Intenté acercarme, frenarla antes de que hiciera una locura, pero apenas había dado unos pasos cuando ella me disparó y me sentí caer en la oscuridad.

Algo que no comprendo, ¿con qué me confundió? Con nada dado lo que dijo, lo siento. Pero entonces cómo es que…? No entiendo nada.

–Annie... –Mi voz provoca un suspiro de alivio por parte de quién yace sobre mí. Uno de los agentes que vigilaban la entrada. El ileso.

–¡Está despierto!–Escucho que dice de una forma que me hace desear todo menos eso. –Tenía usted razón, señor presidente, la chica no se apropió de ningún veneno mortal. –Me incorporo nada más oír aquello, frenético ¿qué? El agente habla por un manos libres con el presidente. –Sí, sí. Phil mira su móvil, tal vez nos dé alguna pista de por qué dejó inconsciente a dos de nuestros agentes. Justo lo que me temía, ha huido.

–¿Veneno mortal? ¿Qué decís? ¿Dónde está Annie? – A cada frase que pronuncio siento mi tono más acelerado. Annie estaba mal, casi alucinando, me da miedo lo que podría hacer. –¡Necesito encontrarla!

–Y lo hará, señor Odair, no le quepa duda. –No sé por qué la forma en que lo dice me da mala espina. –¿¡Phil!? –El otro agente está aterrado, observando el móvil de mi novia. Noto que él también está en contacto directo con el presidente, esto no me gusta.

–¡L-lo siento!–Tartamudea el hombre. –Me temo que es demasiado tarde para la señora Aseya, la última vez que la vencedora consultó su móvil fue hace veinte minutos, y ya tenía localizada su casa. –Esas palabras activan mis recuerdos, la expresión demente de los ojos de mi novia al confesarle la petición de Úrsula. Y siento que sé perfectamente dónde está.

Y me aterra, definitivamente, podría perderla por eso.

–¿El plan B? –La forma cautelosa, casi aterrada con la que noto que me observa el tal Phil, es más que preocupante. –Entendido señor. –Cuelga justo cuando siento la mano del otro agente deteniéndome y advierto lo cerca que estoy de la puerta. Necesito detener a Annie, tal vez aún esté a tiempo.

–Lo sentimos señor Odair pero tendrá que acompañarnos. El presidente quiere verle. –Que extraño, para qué querrá Snow... Sacudo la cabeza, primero Annie, después él.

–¡No!–Salto alarmado, apartando mi brazo. –Usted no lo entiende, necesito encontrar a Annie ¡Solo yo puedo frenarla! –Y yo mismo me asusto de lo alto que suena mi tono. Llevo tanto tiempo sin negarme a sus peticiones que prácticamente había olvidado lo que se sentía, aquel miedo que me recorre al sentir los brazos del hombre agarrarme a la par que dice:

– Dado lo que le hizo lo dudo. – Nada contento. – En todo caso el presidente dijo que todo sería más sencillo, tanto para usted como para ella, si coopera. No es que podamos matarla ahora de todos modos. – Suelto un suspiro de alivio y accedo, quizás todavía tenga una oportunidad, si convenzo al presidente de que la necesito quizás la indulten. No imaginaba que, tras ver lo que vería hoy, lo último que desearía fuese eso.

.

Me instan a acomodarme en el interior del vehículo, que me espera a la salida del hotel. Busco algo entre mis ropas, una pequeña cuerda que utilizo para ocuparme en momentos de estrés, si quiero conseguir mis objetivos necesito tranquilizarme, no pensar en el peligro que corre Annie. Parece mentira que anoche estuviéramos tan bien, que nos acostáramos…

Nada más ella besarme mis defensas cayeron tan repentinamente que no pude hacer nada. Amor, deseo, pasión… Esos sentimientos crearon una esfera de placer que me cegó por completó, Annie estaba allí, preparada y a mi disposición. No podía ignorarla, menos luchar, a cada beso, cada caricia suya, me sentía más influido, envuelto, hechizado casi. Era como una sirena, bella y hipnótica. Intenté ser lo más delicado posible, tal como recuerdo que fue Cashmere conmigo. Y ella, Annie… Fue tan paciente como complaciente, algunas veces tuve que complacer clientes vírgenes, Sharik, de hecho, lo era, pero ella no era una cliente, era la mujer que amaba. Me esforcé en que saliera perfecto y lo conseguí.

Nunca, en todas mis noches de pasión, disfruté tanto…

Cuando me avisan de que llegamos la versión en miniatura del nudo de una soga me asusta, como Annie muera haré una estupidez.

.

– Señor Odair, permítame decirle que siento mucho el accidente de su mentora. – La bienvenida que me da Snow cuando penetro en aquella sala de visualización, donde me espera, me enfurece al instante. – ¿No cree que es una lástima que usted pague los pecados de otros? – Lo observo incrédulo, ¿¡Qué!?

– No le sigo, señor. – Articulo, confundido, y él sonríe.

– Lo hará ahora. – Asegura. – Phil, encienda la retransmisión. – El agente obedece, temblando, esto no me gusta. Pero al ver la imagen, el bolso de Annie, me quedo bloqueado.

– Siéntese señor Odair, por favor. – Invita Snow, despertándome, cuchillos, eso es lo que hay dentro. – Dudo mucho que pueda disfrutar el vídeo de pie. – Me señala la plaza a su lado, expectante, obedezco pero la visión de una mano tan humana como familiar me hace desear no haberlo hecho.

– Impresionante. – Susurra él, a mi lado, mientras yo me tapo la boca, aterrado. Su aliento huele a rosas y sangre, lo mismo que recubre aquel miembro, pétalos de rosa roja. Recuerdo que al resguardar a Annie de los agentes, creí oler algo similar. – Cuando la señora Hatherley me llamó notificándome la desaparición de su hijo me esperaba todo menos eso ¿Adivinas cómo culminó el resto de su cuerpo?

No contesto, la imagen de Sharik siendo rebanado vivo me lo impide. Justo para el momento en que escucho la voz excitada de mi novia.

– ¿Sabes? – Dice a la par que sus manos agarran las armas. – De no ser por Snow tanto tú como tu engendro os libraríais. Es gracioso.

– ¿Engendro?–Protesta una voz conocida, Úrsula. – Mi hijo no es un engendro, es la semilla de la concordia ¡Suéltame loca!–Ordena, Annie suelta un grito, rabiada, y lanza el cuchillo.

– Activen la otra cámara. –El tono complacido del presidente me da asco. – Quiero ver donde aterriza. – Y otra imagen aparece, mi clienta amarrada a una silla, justo cuando una raya cruza su mejilla.

–¡Falló! – Susurro aliviado, en voz baja. – ¿Por qué está así? –Pregunto viendo los arabescos color arco-iris de su vientre destapados. El rostro de Snow se ensombrece.

– Temo que la respuesta no os guste. – Responde, Úrsula ya no dice nada, procesando aterrada la distancia que había entre el cuchillo y su lengua. Me llama la atención el que su media melena lisa anaranjada, con flequillo, se halle recogida en dos moños trenzados, no es algo habitual.

– ¡Calladita, que estás más bonita! – Ordena Annie más que amenazante. – No me interesan tus insultos, sino tus gritos. – Y sonríe como una psicópata. – Lástima que todavía no se te note. – Expresa acariciando su vientre con la hoja del cuchillo. – Pero tampoco es que me pueda permitir esperar dado que pronto seré apresada y asesinada cruelmente ante mi novio. – La forma fría en que lo dice, nada más clavar el arma en el vientre de mi clienta, me hace voltear al presidente, asustado. – Así que toca asegurarme de que sufras mientras pienso cómo darle una trágica conclusión a esta historia. – Otra tallantada y un grito tan agudo que ansío tapar mis oídos, no lo proceso, definitivamente no.

– ¿Qué quiso decir con eso?–Articulo temeroso, imaginándome a Annie suicidarse tras matar a Úrsula y lo único que siento es dolor.

No puede hacer eso.

– Que hará lo necesario para tenerte para ella sola, Finnick. – Explica el presidente observándome con lo más similar a temor. – Esa chica está obsesionada contigo.

Aquello es suficiente para despertar mis recuerdos, aquel pasillo del centro de entrenamiento y su confesión: Me vuelve loca no tenerte.

Ni en mis más crueles pesadillas me imaginé que significase eso, con cada cortada los gritos de Úrsula se vuelven más agudos y desesperados. Intento aislarme, pensar en lo que debí hacerle, pero es imposible, ni a mi peor enemigo, que casualmente está a mi lado, le desearía aquella tortura.

.

–Maravilloso. – habla Snow, satisfecho, nada más apagarse la pantalla. Me obligo a resarcirme ante ello, ni cerrando los ojos y tapando mis oídos pude ignorar el intenso sufrimiento de mi clienta. – Quién diría que la vencedora de los Septuagésimos Juegos del hambre esconde semejante secreto. – Esas palabras me provocan una ira tan grande como es la comprensión de los hechos, el accidente de Mags, los agentes, todo ello fue planeado.

– ¡Usted no tenía derecho!–Nada más escucharlo me levanto ansiando golpearlo. – Someterla a semejante tensión... ¡Es su culpa, ¿sabe?! – Increpo. – Annie es frágil, la mínima herida la desata y va usted y mata a su madre por un simple descontrol, ¡¿Qué esperaba?! – Nada más veo la expresión de Snow advierto el error que cometí, pero él se limita a decir, serio:

– La cual tenía una herida casi idéntica a la de la señorita Rivens, ¿nunca pensó en eso, señor Odair? – Lo miro incrédulo, ¿qué? – Creo que nos conocemos lo suficiente como para saber que no desperdicio vidas sin razón. Puede que el diez estuviese descontrolado aquel día, después de lo que dijo Annie no me sorprendería, pero no le di importancia hasta que usted mandó a Hannah buscarla y la escolta terminó incinerada en sus manos.

Horror, eso es lo que me provoca aquella revelación, ni siquiera pienso en lo que intentó hacer Hannah antes, chantajearme, no lo justifica.

– También tengo mis sospechas sobre el accidente de Ellia, suman cinco. – Sigue hablando el presidente y la imagen que conjura mis ojos, Ellia siendo sumergida con fiereza, me asquea tanto que siento ganas de vomitar. Miedo, horror, culpa, todo ello me abruma tanto que no me sorprendería que los asesinatos de mis clientes se uniesen a mis pesadillas. – Comprenderá que esto no se puede permitir, ¿verdad?

La forma amenazante en la que pronuncia la frase más que aliviarme me destruye, no soy capaz de refutarla, no mientras piense en Annie muriendo entre crueles sufrimientos por sus crímenes. No lo soportaré.

– ¡No!–Estallo ante la mirada incrédula de Snow. – Usted no puede… Annie.– Estoy temblando tanto que me abrazo en busca de calor. No puedo perderla, definitivamente no.

Y sé que es demasiado tarde para detener nada.

Ya he caído bajo su influjo...