*tambores* Piratas y Cazadores, patos y mangos, con ustedes, ¡el nuevo capítulo! *grillos*

Bueeeeno, muuuuchas gracias a: MaryWayland, Sarah, Anonimo, Clarii, Yocel,miradas-oscuras, por sus akjfhajkfhakf reviews en el capítulo pasado, no saben la felicidad que me dan al leerlos.

Ahora respondo a unos anteriores reviews (los que tenga cuenta les respondo por PM):

Saraaa: Aw, me encanta que te encante, jaja, espero que sigas por aquí y te guste este capítulo :)

Candelaria: Como ya viste, Jonathan no tuvo ni tiempo de ver que mierda lo arrojó por la borda, pero no te preocupes, que no tardarás en verlo realmente en acción. Lo preocupante aquí es que para Jonathan los chicos no habían sido mas que 'personas molestas' su verdadero y único rival siempre fue Jace, y bueno, ahora, lo han hecho enojar... Con respecto a Max, quise darle protagonismo que creía que debió tener los libros, o al menos yo deseé que lo tuviera. No sé, pero me encanta este niño. Y ya verás en qué problemas se meterá después. Y en lo respectivo al beso de Sebastian y Clary, no, no me he olvidado, jajajaja de hecho, lo estoy esperando con ansias.

Clarii: La pregunta de Tessa, bueno, solo lee este capítulo y lo sabrás :o Will, Jem y Tessa no aparecerán mucho, pero tienen un cierto papel muy importante en un momento dado. Y sobre Sebby y su protagonismo, digamos que a partir del próximo capítulo lo verás todo el tiempo.

Guest: Podría cantar Viruela Demoníaca cada día y no me cansaaría. Es como un mantra para estar siempre feliz, jaja. Y con respecto a la pregunta de Jonathan, bueno, yo solo puedo decirte que es mi personaje favorito y calculo que mas o menos desde el prox capítulo estará presente TODO el tiempo. En realidad será divertido. Y bueno, yo creo que no es tan malo. Al menos en este fic, no. Ya verás. No busques otro partido. Sé lo que te digo.

I wanna dance: No te preocupes, que a este fic le faltan muuuchas cosas. Sobre todo, la parte mas divertida y esperada para mí, que ya falta poco.

KrnGrangerdBlac_: Puedo ausentarme a veces por unas semanas, pero no pienso abandonar esta historia y de igual manera ahora tengo mucho tiempo libre, así que puedes esperar muchos capítulos pronto :D Y tienes razón, Piratas del Caribe y Cazadores de Sombras son geniales :) saludos!

anonimoo: chan chan chan aquí estan nuevos capítulos chan chan chan jaja saludos :)

sarita: Si, aquí estoy *aparece a través del humo* no me golpees :(

Yerlit: Ya continúe :D saludos!

anonimo: Sus reviews avivan mi imaginación loca, jaja, por eso los amo *.* saludos!

Sarah: ¡Y yo los extrañé a ustedes! Muchas gracias, espero que te guste este capítulo :D te adoro también!


"But you chased me down and broke in just when
I was done believing
Spun me 'round so close now
I can feel you breathing
Sunlight burns inside and
I feel so alive and
Help me now, tell me how
How can this last forever."

Forever, Red.

Capítulo XIII. El guardián, la noche y la bruja.

Jace gritó y hundió con más fuerza los talones en los flancos del caballo. Los dientes de Clary golpeaban contra su cráneo mientras atravesaban a toda velocidad el puente y volvían a cabalgar a campo abierto. El viento hacia volar su cabello salvajemente impidiéndole ver nada. Por detrás de ellos, podía escuchar los jinetes cabalgando, cada vez más cerca. Clary se quitó el cabello de la cara de un manotazo y observó cómo la ciudad se alzaba delante de ellos como un gigante de cristal, mirándolos acusadoramente. Clary no recordaba gran cosa de cómo habían llegado a la casa Herondale, pero Jace parecía saber perfectamente hacia dónde se dirigía.

—¿Clary?

Clary se inclinó para mirarlo. De repente fue consciente de los latidos del corazón de Jace contra su espalda, tan intensos como los suyos. Pero él no lucía alterado. Solo parecía igual que siempre: serio, seguro de sí mismo, ligeramente divertido.

—Vamos a entrar a la Ciudad —le avisó. No la miraba, su rostro estaba fijo en el frente, la mandíbula alzada con fuerza—. Sostente fuerte.

Clary no entendió la advertencia, pero asintió, demasiado asustada para hablar, y aferró las manos en la silla. Sintió como los músculos de los brazos de Jace se tensaban cuando, al llegar al borde de la ciudad, sujetó las riendas y las movió con fuerza. El caballo relinchó y cabalgo veloz, alejándose de Puerta Norte y dirigiéndose hacia el este, dónde los edificios se volvían más estrechos. Jace volvió a agitar a las riendas, esta vez guiando al caballo directo hacia una verja que rodeaba una pequeña casa de teja.

Clary sintió el grito atorarse en su garganta cuando el caballo saltó en el aire y atravesó el muro. Por un segundo sintió que los oídos se le tapaban y que se ahogaba, pero luego el caballo aterrizó pesadamente al otro lado del muro y la sensación se desvaneció. Jadeó y escuchó como Jace le gritaba al oído si estaba bien mientras volvía a jalar las cuerdas y viraba violentamente hacia la derecha, saliendo del callejón e internándose en una calle llena de personas que se apartaron de su camino a gritos.

—¡Si! —gritó Clary, sintiendo como la adrenalina viajaba como fuego a través de sus venas.

Escuchó más gritos y ruido de cosas cayéndose por detrás de ellos y miró hacia atrás. Entre el resto de polvo y desastre que iban dejando a su paso, alcanzó a ver las sombras de los demás jinetes, yendo hacia ellos a toda marcha. Clary se preguntó cuánto tardarían en alcanzarlos. Al menos habían ganado un poco de distancia.

Jace giró hacia la izquierda, internándose en un callejón estrecho. Una mujer con un cesto de frutas gritó horrorizada al verlos cabalgando directo hacia ella. Jace soltó una maldición y la esquivó en el último momento, haciéndola soltar su cesto del susto, y las frutas volaron por todos lados. Jace alzó una mano y atrapó una con agilidad.

—Desayuno —dijo alegremente—. ¡Y es un mango!

—Atrapé una manzana —dijo Clary, sorprendida.

—Perfecto —dijo Jace, haciendo un sonido estrangulado muy parecido a una risa—. Ahora trata de no ahogarte con ella.

La réplica de Clary quedó ahogada en un grito cuando se precipitaron fuera del callejón y se internaron de nuevo en una calle atestada de gente. Jace les gritaba que se movieran mientras cabalgaba a toda prisa, esquivándolos y estrellándose contra todos los objetos de que encontraba.

—¡¿No puedes solo hacerte a un lado?! —se quejó Clary, haciéndose a un lado cuando una naranja le pasó por encima de la cabeza.

—¿Y dónde quedaría la diversión? —sonrió Jace.

Volvió a jalar las riendas y esta vez derrumbaron una carreta llena de armas y artilugios. Los cuchillos serafín y estelas cayeron rodando en el suelo, dejando un rastro de caos y gritos furiosos a su paso. Jace los esquivó y siguió cabalgando mientras el dueño de la carreta trataba de lanzarle piedras. Clary miró hacia atrás y observó sorprendida como sus perseguidores eran detenidos por la avalancha y lluvia de piedras.

Jace podía hacer cosas que parecían locuras, pero en el fondo, había una razón.

—¿Por qué me miras así? —inquirió el chico, mirándola de refilón. Sus ojos ambarinos eran burlones.

Clary se recompuso, sintiéndose de pronto violenta.

—No eres tan imbécil.

Jace soltó una carcajada.

—¿Ah, no? ¿Y a qué se debe tan sublime halago?

—Solo pareces —rectificó Clary.

—Me han dicho que parezco muchas cosas. Un Ángel, un dios, la luz que ilumina sus mundanas existencias…

—¿Un idiota ególatra?

—… lo más hermoso que han visto en su vida —continuó Jace, ignorándola—. Pero, llegando al punto, es que nada es lo que parece. Excepto si son cosas buenas respecto a mí. Las negativas usualmente vienen de las personas celosas de mi hermosa apariencia y mi dulce y muy humilde carácter.

—¿Dulce y humilde carácter? —repitió Clary con una risa—. ¿Tú?

—Obviamente no estamos hablando de ti—respondió a su vez Jace con una sonrisa maliciosa. —Y no hay que pasar por alto que no cuestionaste mi hermosa apariencia.

Clary le dio un codazo, pero fue como dárselo a una piedra. Jace, altanero, siguió sonriendo. Solo entonces escucharon el extraño sonido detrás de ellos. Clary miró hacia atrás, a sabiendas de lo que vería, pero aún así sintió una punzada de irritación y adrenalina. Ahí estaban. Sus perseguidores de nuevo. Jace soltó una maldición mientras volvía a hundir los talones en los flancos del caballo, acelerando la marcha una vez más.


Jace bajó del caballo de un salto y enseguida ayudó a Clary. Habían cabalgado como si el infierno los persiguiera y sus seguidores habían quedado detrás, pero no tardarían en alcanzarlos. Jace tomó a Clary de la mano y corrieron hacia el solitario puerto. Había muchísimos barcos, pero —a pesar de que no tenían idea de cómo saberlo— ambos se dirigieron hacia los únicos dos grandes. El primero era el de Will, que había sido de Jace, con sus velas negras y viejas ondeando al aire perezosamente. El otro, era un monstruo de velas doradas y proa en forma de un ángel volando. Sin embargo, había algo extraño en él.

—¿Por qué se ve borroso? ¿Y cómo sabes que es ese barco?—preguntó Clary con un jadeo. Jace, en cuanto lo había visto, había acelerado la marcha. El suelo de piedra estaba cubierto de algas, arena y otros desechos de mar.

Jace soltó una risa cansada.

—Estamos corriendo por nuestras vidas y tú quieres saber por qué se ve borroso.

Clary se encogió de hombros.

—¿Me dirás o no?

—No. Apresúrate —Jace la jaló con más fuerza—. ¿Tal vez es porqué es su fantasma? No sé si lo habías notado, pero todo este lugar parece borroso.

Clary se dio cuenta de que era verdad. Todo en aquél lugar lucía apagado, como una pintura demasiado vieja cuyos colores han comenzado a desaparecer. Hasta el aire olía raro… como si estuviera viejo y gastado.

—Bien, si así lo quieren —Clary volvió a la realidad y observó atónita como Jace observaba con fría rabia hacia los guardias que corrían hacia ellos. La línea de su perfil era afilada y de contornos nítidos a la luz del sol sobre sus cabezas. Su cabello dorado brillaba como oro y fuego.

—No tengo tiempo para esta mierda.

—¿Qué…?

Jace desapareció de su lado y apareció frente al primer guardia, lo tomó del cuello y lo arrojó hacia el mar; pateó al segundo y lo noqueó, al tercero lo derrumbó de un puñetazo; al cuarto lo tomó por la blusa y lo aventó contra el quinto, mandándolos a los dos contra un montón de cajas. Jace miró al último, que dio media vuelta y salió corriendo. Río con socarronería, lo agarró por la manga y mandó volando hacia el mar.

—Bien —se sacudió las manos y miró a Clary con una sonrisa torcida—. Ya he sacado la basura.


El Espada Dorada era mucho más grande que Ángel Negro, y también estaba mucho mejor cuidado. Al menos, así le había parecido a Clary desde el exterior, hasta que entró al camarote principal y se encontró en medio de un desastre.

—Parece que hubo una tormenta aquí —murmuró, observando el montón de papeles, tintas, plumas, brújulas, mapas, libros, instrumentos de medición, cartas de navegación, y demás cosas que abarrotaban el lugar. Aparte de eso, no había más que tres grandes ventanas rectangulares, un escritorio reluciente y un librero. La luz del sol estaba bloqueada por las gruesas cortinas rojas, dejando el lugar en tinieblas.

—No una tormenta —Jace estrechó los ojos—. Alguien. Alguien estuvo aquí e hizo esto.

El chico comenzó a caminar, esquivando el desorden, y miró alrededor. Clary cambió el peso de una pierna a otra.

—Creo que se les olvidó decirnos que se supone que tendríamos que encontrar aquí.

—¿Una puerta, tal vez? —Jace siguió inspeccionando—. O tal vez… —su mirada se agudizó y de repente se detuvo frente a una daga dorada. —Eso es…

Jace caminó hacia ella y de repente se congeló. Sus ojos se abrieron por un segundo, sorprendidos, y entonces el suelo brilló a sus pies y desapareció tragado en la oscuridad.


Es tan brillante. Tan, tan brillante.

Max sonrió embobado hacia la mancha brillante sobre el inmaculado cielo azul. Sintió algo cálido deslizarse por su boca y por un glorioso momento creyó que era agua. Abrió los ojos, asombrado, y se relamió los agrietados y resecos labios, solo para probar el sabor metálico de la sangre. ¿Cuánto tiempo hacia que no probaba el agua? Había dejado de contar después del tercer día, ¿cuánto había pasado desde entonces? ¿Más días? ¿Semanas? ¿Meses? Derrotado, se derrumbó en el suelo de nuevo y cerró los ojos. A través de sus párpados solo podía ver sombras rojas y amarillas bailando, como fuego. ¿Estaba ardiendo? Todo su cuerpo parecía estar ardiendo. Cada vez que respiraba sentía como las llamas se metían por sus pulmones, devorando todo su interior y haciendo gritar de dolor a su garganta. Su boca le sabía a cenizas viejas y sangre. Y en sus ojos todo era rojo, rojo, rojo.

El cansancio comenzó a pesar sobre él, como una losa enorme sujetada a su espalda, y lentamente comenzó a perderse en una negrura más agradable que el fuego y la luz del día. Una negrura fresca y deliciosa. Mientras más se hundía en las sombras, más iba llegando hacia él el susurro de una canción.

À la claire fontaine, m'en allant promener. —¿Dónde estás?, pensó—. J'ai trouvé l'eau si belle —¿Por qué todo está ardiendo?—. Que je m'y suis baigné —¿Mamá? ¿Dónde estás? —Il y a longtemps que je t'aime —Llévame contigo. —Jamais je ne t'oublierai.

—Max —dijo su madre desde algún lado de la oscuridad. Aunque ¿desde cuándo su madre tenía un tono de voz tan grave? Max ni siquiera recordaba su voz…—. ¡Max!

Chante, rossignol, chante, toi qui as le cœur gai.

—¿Dónde estás?

Tu as le cœur à rire…

—¡Max!

Moi je l'ai à pleurer.

—¡Estoy aquí!

—¡Max, despierta! —alguien lo sacudía. Max gruñó y trató de seguir buscando a su madre. ¿Por qué no podía verla? ¿Por qué no lo dejaban buscarla? ¿Por qué querían devolverlo al mundo brillante? —. ¡MAX!

Max abrió los ojos de golpe y pestañeó. Una forma oscura estaba sobre él, cubriendo el cielo brillante. Tardó varios minutos en reconocer a su hermano Alec, con los ojos hundidos, la piel quemada y los labios agrietados.

—¿Qué? —le espetó, sonando más agresivo de lo que pretendía.

—No duermas —dijo Alec con voz baja y acto seguido volvió a tumbarse sobre Magnus, que hizo un sonido felino y trató de arañarlo, hasta que vio que era él y volvió a cerrar los ojos. Simon, a su lado, trató de alejarse de ellos y pegarse más hacia Jordan y Maia.

—¿Por qué no? —su voz sonó débil a pesar de que estaba enojado. Ni siquiera sabía por qué—. ¡Quiero dormir!
—No puedes —insistió Alec, molesto—. Entiende.

—O morirás —dijo Simon alegremente. —Todos vamos a morir.

—¡Quiero dormir! —gritó y se mareó al instante.

—Oh, cállense — dijo Maia, acurrucada junto a un Jordan que sonreía estúpidamente—. Max, no seas un niñito llorón.

Max arrugó la cara. La cabeza comenzaba a dolerle de nuevo y manchas blancas bailaban frente a sus ojos. Abrió la boca para replicar, pero se interrumpió cuando escuchó a alguien cantando a su lado.

—Il y a longtemps que je t'aime —Max giró sorprendido y se encontró a Isabelle, mirando a la nada—. Jamais je ne t'oublierai.

—¡Alguien ciérrele la boca! —se quejó Maia.

Max esperó a que Isabelle se defendiera, pero su hermana solo siguió cantando.

—¡No le grites!

—¿Por qué? —Simon trató de mirar a Isabelle, pero sus ojos lucían desenfocados—. Todos vamos a morir.

—Cierra el pico —siseó Maia.

—Miau —dijo Magnus.

—Oh, no —Simon se tapó los oídos—. Todos vamos a morir.

—Cállense todos—gruñó Alec. Volvió a levantarse y sacudió a su hermana—. Izzy, para.

— J'ai perdu mon amie, sans l'avoir mérité —siguió ella, indiferente—, pour un bouquet de roses que je lui refusais…

Maia se tapó los oídos también. Jordan, a su lado, siguió sonriendo.

—Él está delirando —Max señaló a Jordan—. Despiértalo también.

Maia miró a Jordan desinteresadamente, y sin mucho esfuerzo, le dio un puñetazo. El chico lobo miró a todos lados como loco y al final miró a la chica.

—¿Qué demonios fue eso?

—¿Estás bien?

—No. Estoy muriendo. Déjame hacerlo en paz.

Maia volvió a darle otro puñetazo.

—¡De acuerdo, de acuerdo! —Jordan alzó las manos—. ¡Está bien! ¿Por qué me golpeas?

—Estabas delirando. Y diciendo estupideces.

—Eso no es raro —dijo Simon—. Tampoco es raro que todos vamos a morir.

—¡Todos estamos delirando aquí! —Jordan señaló a Magnus—. ¡Solo velo!

—Miauuuu —dijo Magnus.

—Izzy —Alec estaba comenzando a irritarse—. ¡IZZY, DEMONIOS, DESPIERTA!

Isabelle dejó de cantar. Lo miró fijamente.

—¿Qué?

—Cállate.

—No —Isabelle volvió a mirar a la nada—. Il y a longtemps que je t'aime, Jamais je ne t'oublierai.

—¡ISABELLE! —Alec la agarró por los hombros.

— Je voudrais que la rose, Fût encore au rosier, et que ma douce amie, fût encore à m'aimer.

—Oh, no —gimió Simon—. Ahora tenemos nuestra propia banda sonora para nuestro entierro.

—Y todos vamos a morir —murmuró Max por la bajo.

—¿Debería ponerme a meditar? —se preguntó Jordan a sí mismo.

—¡No! —dijeron todos al unísono, excepto Magnus, que solo siseó como gato.

Jordan refunfuñó.

—Todo esto es culpa del brujo.

Magnus lo miró con ojos felinos y siseó de nuevo. Alec se quitó el cabello de la frente y le lanzó una mirada hostil.

—No culpes a Magnus. De no ser por él, estaríamos muertos.

En cuanto se les había acabado la comida, Magnus había tratado de aparecer más, pero después de varios días de estar expuestos al sol radiante y de acelerar el bote cuando no había viento, su magia había comenzado a debilitarse. Con sus últimas fuerzas intentó rastrear algún barco que estuviera cerca, sin éxito, y al final solo terminó derrumbado en el suelo, demasiado exhausto como para invocar aunque sea una naranja, y cuando él cayó, los demás lo hicieron. Desde entonces habían estado naufragando sin rumbo, a merced del mar. Y lo peor era que Magnus estaba delirando y creía que era un gato.

—Miau —acordó Magnus y ronroneó mientras acariciaba a Alec en el brazo—. Grrrrrr.

—¿Por qué no se convirtió en un barco en vez de un gato? —preguntó Jordan—. Sería de más ayuda.

—Hizo todo lo que podía por ayudarnos —espetó Alec. —Pero si te ofreces voluntario, le diré a ti que te convierta en barco, asqueroso submundo.

Jordan parpadeó.

—¿Me estás insultando?

Alec no contestó, se limitó a observarlo fríamente. Magnus, a su lado, le enseñó los dientes.

—Resiste el impulso de lanzarse sobre él, Jordan —dijo Maia—. No eres un perro.

— Il y a longtemps que je t'aime, jamais je ne t'oublierai.

Max captó algo a lo lejos y estrechó los ojos. Había una mancha oscura sobre el mar ¿o estaba soñando despierto?

—Oh, no —Simon miró a Isabelle—. Izzy, no de nuevo. Todos vamos a morir.

—Izzy, no de nuevo —lo arrrmedó Isabelle con voz chillona—. Todos vamos a morir.

—Izzy, no hagas eso —Simon se acercó a ella y se sentó a su lado—. Por favor.

Isabelle rió histéricamente.

—Izzy, no hagas eso —dijo imitando la voz grave de Simon—. Por favor.

Maia hundió la cara en las manos. Jordan y Alec seguían peleando, con Magnus gruñendo y enseñando los dientes de vez en cuando.

—¡Solo digo que deberíamos tratar de hacerlo reaccionar! —gritó Jordan.

—¡No lo vas a tocar! —bramó Alec.

—O te arañará —se burló Maia.

—Izzy, todos vamos a morir —dijo Simon.

—Izzy, todos vamos a morir —dijo Isabelle.

Max estrechó los ojos. ¿Era un barco? Entonces captó el movimiento de las velas y su corazón comenzó a latir con fuerza.

—¡Es un barco! —gritó con voz ronca, pero nadie lo escuchó.

—¡Está demasiado débil para usar su magia!

—¿Pero no está demasiado débil para actuar como gato, eh?

—¡Está delirando! —lo defendió Alec. Magnus le lambió la mano—. ¿Qué no vez?

—No estamos ciegos —terció Maia-. Creo que es obvio.

—Miau.

—¡Y al demonio!

—¡Hey! —Max señaló hacia el barco—. ¡Chicos!

Nadie le hizo caso. Simon se echó hacia atrás y pasó un brazo por los hombros de Isabelle. Sonreía maliciosamente.

—Simon, eres genial.

—Simon, eres genial —repitió Isabelle.

—Simon es el chico más sexy.

—Simon es el chico más sexy.

—Simon, creo que te amo.

—Simon, creo que eres un imbécil.

Simon saltó.

—¡Ajá, lo sabía!

—¡CHICOS!

—¡Háganle caso al mocoso! —gritó Magnus y de inmediato se tapó la boca cuando todos lo voltearon a ver—. Ups. ¿Miau?

—¡Estabas fingiendo! —lo acusó Jordan.

—¡Magnus! —Alec lo miró indignado.

—Estaba resguardando mi poca magia para traerlos hacia ese barco —se defendió Magnus—. No se alteren.

—¿Cuál barco?

—¡ÉSE BARCO! — Max no sabía si quería reír o llorar. La cabeza le daba vueltas—. ¡ÉSE!

Todos se giraron a verlo, estupefactos.

—¡Estamos salvados! —Maia se paró e intentó brincar, pero casi al instante cayó desmayada.

Isabelle rió.

Simon frunció el ceño. Conocía ese barco.

—Todos vamos a morir.


Clary gritó el nombre de Jace y corrió hacia él mientras lo veía desaparecer en el suelo. Tropezó con el desorden del suelo y de repente estaba cayendo, con el corazón en la garganta, a una velocidad vertiginosa en medio de una oscuridad opresiva. Alzó las manos, tratando de buscar las de Jace, o simplemente algo para agarrase, pero solo había negrura.

El aterrizaje la tomó totalmente desprevenida y la hizo perder el aire. Se quedó ahí tirada, observando el opaco cielo azul y sintiendo la cómoda hierba en su espalda. Escuchó otro golpe sordo a su lado y rodó para ver como Jace, despeinado y huraño, se ponía de pie. Clary aún no entendía cómo podía simplemente caer desde-quién-sabe cuántos metros y seguir levantándose como si nada. Probablemente ella ya hubiera quedado retrasada de por vida. Miró a su alrededor, confundida, y entrecerró los ojos cuando se dio cuenta de que estaban a las afueras del bosque. Por delante de ellos había una enorme puerta en forma de arco, con una estatua colosal flanqueándola.

—¿Dónde estamos? —se irguió—. ¿Hemos salido ya?

—No —gruñó Jace pateando una piedra. Por primera vez en todo el día parecía realmente irritado.

—¿No? —Clary abrió mucho los ojos —. ¿Qué quieres decir con 'no'?

—Quiero decir negativo, incorrecto, contradictorio, erróneo…

—Ya entendí, gracias. Me refiero a dónde se supone que estamos.

—En el mismo lugar de dónde salimos —Jace pateó otra piedra, parecía contrariado—. Era un portal, debería habernos llevado a…

Una risa estridente les hizo saltar a ambos.

—¡JA! ¡Aquí están los dos pequeños intrusos!

Jace frunció el ceño y se giró en redondo. Clary se levantó tambaleante y se acercó a él. Lo que había creído una estatua junto a la puerta, era en realidad un hombre que ahora caminaba hacia ellos con expresión amenazante. Clary lo miró asombrada. Tenía el cabello de un negro intenso y ojos dorados, como los de Jace. Pero no era eso lo que llamaba su atención, sino la extraña sensación que de repente se había apoderado de ella.

Inexplicablemente quería salir corriendo. Cada nervio de su cuerpo parecía gritar, ¡cuidado! ¡cuidado! ¡retrocede!

Jace, en cambio, observó al hombre con una mezcla de ansias, sospecha e irritación.

—¿Quién eres tú? —le espetó con los ojos estrechados—. ¿Y qué quieres?

El hombre se detuvo a unos metros de ellos.

—¿CÓMO OSAS HABLARLE ASÍ A MI MAGNÍFICA PERSONA?

Jace pareció complacido.

—Ah, mira, que sorpresa tenemos aquí.

Clary parpadeó.

—¿Alguien me puede explicar que pasa aquí? ¿Quién este tipo?

—¿ESTE TIPO? ¡JA! —el hombre la atravesó con sus brillantes ojos dorados. Clary se percató entonces que eran más oscuros que los de Jace—. ¿¡ESTE TIPO?! ¿QUIÉN CREES QUE SOY YO, NIÑA?!

Jace casi se atragantó con algo parecido a una carcajada.

—¿Alguien muy, muy sensible?

El hombre se enderezó.

—¿QUÉ ACASO NO SABES QUIEN SOY YO?

Jace alzó una ceja.

— ¿Caperucita roja?

Los ojos dorados del hombre parecieron confundidos por un momento.

—¿Quién?

—¿Cenicienta?

Clary lo miró.

—¡Jace!

Jace sonrió burlón.

—Solo bromeaba.

—¿ACASO ME ESTÁS INSULTANDO, MOCOSO ENGREÍDO? ¿EH?

—Uh, no —Jace alzó las manos—. Más bien haciendo observaciones, señor Sensible.

El hombre lo señaló con un enorme dedo.

—¡TÚ! ¡MORIRÁS, INTRUSO! ¡JA!

Jace miró a Clary como diciendo '¿enserio?' y ahogó una risa. Clary lo miró, enojada.

—Así que, Señor… —dijo, dubitativa—. Supongo que usted ha estado mandando esa horda de guardias detrás de nosotros…

—OBVIAMENTE —contestó el hombre, mirándola como si fuera estúpida—. SE CREEN MUY LISTOS ¿NO? EL OTRO TAMBIÉN SE CREÍA MUY LISTO, Y YA VEN COMO TERMINÓ. ¡JA!

—¿Qué otro? —inquirió Jace, repentinamente interesado.

—AH, NO INTENTES HACERTE EL INOCENTE —el hombre sonrió de forma macabra—. TU PADRE, MOCOSO, ¿QUIÉN MÁS? CREÍA QUE PODÍA VERME LA CARA, PERO YA VIO QUE NADIE SE METE CON JONATHAN CAZADOR DE SOMBRAS.


Max estaba tan mareado cuando lo subieron al barco que apenas se dio cuenta de nada. Todo a su alrededor daba vueltas y todas los rostros no eran más que borrones en la niebla. Lejanamente escuchaba varios gritos y protestas, pero todo lo que pudo hacer fue sentarse en algún lugar y cerrar los ojos. Escuchó que le preguntaban varias veces si estaba bien, pero no podía ni tenía ganas de contestar. De hecho, no tenía ganas de nada.

No supo cuánto si pasó una hora o un segundo cuando sintió como algo fresco le rozaba los labios. De inmediato, se levantó y le arrebató al chico el cubo de agua y se la empinó de golpe.

—¡Eh, tranquilo, más len…! —Max lo calló de una patada y siguió tomando. Dar patadas no era su estilo, pero, ¿acaso él sabía cuánta sed tenía? Por supuesto que no. Cuando terminó, se limpió la boca con el dorso de la destrozada camisa y se volvió a tirar en el suelo. La cabeza parecía quererle estallar y el sentía como si tuviera el cuerpo lleno de plomo. Miró alrededor, ligeramente confundido, y se topó con sus hermanos, Magnus, Simon y los chicos lobo hablando acaloradamente con un hombre y una mujer. El hombre tenía el cabello castaño alborotado y sus ojos azules los miraban curiosos mientras que la mujer pelirroja los miraba como si quisiera tirarlos por la borda en ese instante.

—¡Ustedes se llevaron a mi hija! —estaba diciendo. Max frunció el ceño. Las voces seguían escuchándose distantes, pero después de tomar agua estaba comenzando, muy lentamente, a sentirse mejor—. ¿Dónde está? ¿Dónde la tienen? ¿Dónde la dejaron? ¿Qué le han hecho?

—Creo que me mareé —murmuró Jordan.

—Ya se lo hemos dicho —le espetó Isabelle. Lucía desaliñada y molesta, y a pesar de su horrible aspecto, seguía luciendo desafiante, a diferencia de los demás que tenía los hombros caídos y se veían derrotados—. ¡Valentine atacó nuestro barco y nos tomó prisioneros!

—Jace y Clary lograron escapar —explicó Magnus con voz cansina—. No sabemos dónde están. Se fueron. Desaparecieron. Esfumaron. Desvanecerse.

—Pero Jace cuidará de ella —dijo Alec rápidamente—. Estoy seguro de ello.

La mujer pelirroja los miró con furia.

—¿Estás diciendo que mi hija está con ese idiota que me atacó?

—Por favor, señora Jocelyn —comenzó Simon—, solo…

—¡No, tú no hables, Simon! —Jocelyn lo señaló con un dedo acusador—. Nunca creí que tú… yo pensé que tú… ¡tú deberías haber cuidado de ella!

—Lo intenté —dijo Simon, afligido—, pero…

—No hay excusas —Jocelyn frunció los labios—. ¡Debiste hacerlo! ¡Y tú también! —añadió, señalando a Magnus.

—¿Qué quería? —el brujo entrecerró sus ojos de gato—. ¿Qué la amarra a mí con una correa?

—Te fuiste —le reprochó Jocelyn—. Te fuiste cuando ella desapareció, cuando te necesitábamos para encontrarla…

—Mi querida, queridísima señora Fairchild —Magnus sonrió ligeramente—. Le recuerdo que yo no era su pertenencia, sino su empleado, lo cual me daba el derecho de renunciar cuando yo quisiera.

Jocelyn apretó las manos en dos puños.

—La encontraremos —dijo Simon, mirándola apenado —. Solo…

—¡No digas nada, Simon!
—¡No le grite! —los ojos de Isabelle destellaban—. ¡No es su culpa que usted no pudiera cuidar a su hija!

—¡Ustedes se le llevaron! —gritó Jocelyn y Max detectó desesperación en su voz, la necesidad de una madre de encontrar a su única hija—. ¡Ustedes…!

—Sí, ya dijo eso —dijo Jordan arrastrando las palabras—. Como cien mil veces.

—¡Cállate!

—Jocelyn —el hombre a su lado puso una mano sobre su hombro, pero ella se lo quitó de un manotazo.

—Déjame, Luke —los miró fijamente—. Ustedes, todos ustedes, serán prisioneros —sentenció señalándolos con un dedo. —Los llevaremos a Idris, y ahí la Clave los juzgará por sus crímenes.

Todos la miraron boquiabiertos. Luego el caos explotó y todos se pusieron a gritar al mismo tiempo.

—¡No puede hacer eso!

—¡No lo permitiré!

—¡Está loca!

—¡Son piratas! —escupió Jocelyn—. ¡Puedo hacerlo!

—Basta —gritó Luke por encima de todos—. ¡Basta ya!

Todos se callaron. Transcurrieron dos latidos de corazón hasta que finalmente Isabelle le dio un puñetazo y salió corriendo hacia la primera puerta que vio.

—¡Nunca me volverán a atrapar con vida! —gritó y acto seguido cerró y atracó la puerta. Su risa sonó amortiguada al otro lado.

Luke, aturdido por el puñetazo, meneó la cabeza. Cuando su tripulación vio que los demás chicos se disponían a escapar y pelear, comenzaron a sacar sus espadas, pero Luke alzó las manos y los detuvo. Incluso Max, que ya se había puesta de pie en actitud desafiante, lo miró.

—¡Nadie va a ser prisionero! —casi gritó. No parecía ser un hombre que gritara a menudo y cuando lo hizo se notó demasiado—. Ahora, todos tranquilos. Eso es, nada de peleas. —suspiró—. Jocelyn, sé que quieres encontrar a Clary, y tal vez estos chicos podrían ayudarnos.

—Nos ayudarán igual si están tras las rejas de un calabozo —dijo Jocelyn con frialdad.

—Son solo niños —objetó Luke.

—Sabes quiénes son. No son niños inocentes e indefensos —Jocelyn se dio la media vuelta después de lanzarle una mirada seca—. Como sea, es tu barco y son tus órdenes.

—Jocelyn, espera… —Luke hizo ademán de seguirla, pero finalmente se pasó la mano por el cabello y volvió a girarse hacia los chicos con el ceño fruncido.

—Problemas maritales ¿eh? —comentó Magnus—. No importa cuántos siglos pasen, siempre son los mismos.

Lucian señaló las escaleras secamente.

—Ya que han secuestrado mi camarote, iremos a la cocina.

—¿A qué? —dijo Alec, receloso.

—A aclarar algunas cosas —contestó Luke con voz sosegada.

—¿E Izzy? —inquirió Alec, preocupado. —No podemos dejar a Izzy ahí.

—No saldrá de ahí —dijo Magnus tranquilamente. —Podría sacarle a rastras, si eso deseas…

—No —dijo rápidamente Alec—. Solo se enfurecerá más y nos golpeará a todos.

Magnus sonrió.

—Entonces la puedo convertir en un mono.

A Jordan y Maia pareció gustarles la idea. Alec alzó las manos, desesperado.

—¡No! ¡Definitivamente no!

—Yo puedo tratar —dijo Simon, con las manos en los bolsillos.

—¿Tú? —dijo Alec con desdén. Casi de inmediato se arrepintió—. Oh… solo digo… claro, como quieras.

Simon se encogió de hombros.

—Bien —Luke comenzó a caminar hacia las escaleras—. Ahora, muévanse. Quiero que me cuenten todo. Espero estar haciendo lo correcto con ustedes —añadió con voz lúgrube.


Los chicos fueron tras Luke y desaparecieron tras las escaleras. Max esperó hasta que sus voces se alejaron y luego corrió hacia el camarote. Varios tripulantes lo miraron ceñudos, pero nadie le hizo mucho caso. Tocó dos veces, pero nadie contestó. Volvió a tocar, insistente.

—¿Qué quieren? —gritó Isabelle al otro lado.

—Soy yo —sonrió Max—. ¿Puedo entrar?

Hubo un sonido de cosas cayéndose al suelo y luego pasos apresurados.

—¿Estás solo? —dijo Isabelle con voz ansiosa y baja.

—¡Sí!

—Bien, apártate un poco —la puerta se abrió e Isabelle inspeccionó alrededor rápidamente antes de dejar a Max pasar. El niño se escabulló con fluidez y observó alrededor.

—¿Tu hiciste todo este desorden?

—Si —Isabelle le revolvió el cabello.

—¿Por qué?

Isabelle rodó los ojos.

—Vamos, Max, necesitaba armas —dijo como si fuera obvio—. Este tipo no nos hará nada, es demasiado… ¿cómo decirlo? ¿Pasivo? Es Lucian Graymark. No nos apresará, al menos no mientras estemos en este barco, pero ¿Qué pasará cuando lleguemos a Idris? En algún momento tenemos que escapar, y necesitaremos armas. Y él no nos las dará. Sabe muy bien quiénes somos y lo que hemos hecho.

—Vaya —Max abrió mucho los ojos—. No había penado en eso. Me pareció un buen tipo. Lucian, quiero decir.

—Por supuesto que no habías pensado en eso —Isabelle se tiró en la enorme cama—. Pero yo sí. Tenemos que estar preparados.

—¿Para escapar? —preguntó Max.

Los ojos de Isabelle destellaron.

—Para reunirnos con Jace.


Jace y Clary miraron al hombre frente a ellos con la boca abierta.

—¿Qué? —dijo ella.

—Lo sabía —casi gritó Jace—. ¡Lo sabía!

Clary se giró hacia él.

—¿Cómo que lo sabías?

Jace se encogió de hombros.

—Solo míralo, ¿de dónde crees que heredamos nuestro complejo de superioridad todos los Cazadores de Sombras?

—Estás diciendo tonterías.

—Suelo hacerlo a menudo —sonrió—. ¿Pero quién iba a decir que nuestro más grande ancestro es un viejo idiota y cabezota?

Jonathan Cazador de Sombras los observó como si fueran dos pequeñas moscas en su comida.

—¿QUÉ DIJISTE, MOCOSO?

—Que quien a decir que nuestro más grande ancestro es un viejo sabio y asombroso.

Jonathan pareció complacido.

—ESO SUPUSE. ¡JA!

Jace alzó una ceja.

—Entonces estás sordo.

—¿QUÉ?

Clary alzó las manos.

—Esto no nos llevará a ningún lado. Necesitamos salir de aquí.

—OH, JA, QUE MAL, SERÍA UNA LÁSTIMA QUE ALGUIEN SE LOS IMPIDERA —Jonathan Cazador de Sombras sonrió de nuevo de esa forma siniestra—. ¿NO ES ASÍ?

—¿Por qué simplemente no nos deja ir? —preguntó Jace, arrastrando las palabras—. Ya estamos afuera de su amada ciudad, solo déjenos ir felizmente.

—¡DEJARLOS! ¡IRSE! ¡A USTEDES! ¡INSTRUSOS! ¡JA!

—¡Si! ¡Que! ¡Divertido! —lo imitó Jace, con amargura—. Me muero de risa.

—Cállate —le espetó Clary—. Lo empeorarás.

Jonathan Cazador de Sombras se inclinó sobre Jace y lo observó con repugnancia.

—¡UNA OPORTUNIDAD! ESO FUE LO QUE LE DI A TU PADRE, LE DIJE CLARAMENTE, ¡QUIÉN ENTRA, NO SALE! ¡SON LAS REGLAS DE LAS SOMBRAS! ¡Y ACEPTÓ! ¡Y LUEGO INTENTÓ TRAICIONARME LARGÁNDOSE EN ESE PORTALITO, CREYÉNDOSE MUY INTELIGENTE, PERO LO YO LO CAPTURÉ ANTES! ¡NADIE ENTRA NI SALE SIN MI PERMISO! ¡YO SOY EL GUARDÍAN DE LA CIUDAD DE SOMBRAS! ¡Y POR ESO USTEDES SUFRIRÁN EL MISMO CASTIGO!

—¡Ja! —completó Jace sin entusiasmo. —A este paso quedaré sordo.

—BIEN, A VER SI TE RÍES AHORA, PEQUEÑO CAZADOR DE SOMBRAS —Jonathan chasqueó los dedos y el suelo tembló. Delante de ellos unas escaleras comenzaron a formarse, descendiendo hacia la oscuridad—. ¿QUIEREN SALIR? ESE ES EL ÚNICO CAMINO. SI VIVEN, QUE NO LO HARÁN, ¡JA!, PODRÁN ENCONTRAR A TU DORADO PAPI Y SUS ESTÚPIDOS MAPAS.

Clary respingó.

—¿Cómo…?

—¡SILENCIO! ¡JONATHAN CAZADOR DE SOMBRAS LO VE Y LO SABE TODO!

—Entonces —Jace estrechó los ojos—. ¿Qué fue primero, el huevo o el pato?

—Jace, cállate —casi gritó Clary. Miró a Jonathan—. Si lo que dice es verdad ¿Entonces no le importa que vayan a destruir a su raza y todo lo que creo? ¿No cree que podría…?

Jonathan hizo un gesto desdén.

—MI MISIÓN YA HA SIDO CUMPLIDA, ES SU DEBE PROTEGER LO QUE YO HE CREADO, AHORA ¡ABAJO O LOS MATARÉ!

Jace parecía cada más molesto.

—¿Y si no quiero?

—¡MUERTE! ¡JA!

—Jace —Clary lo tomó por el brazo—. Si tu padre salió, lo hizo por ahí. Tenemos que seguirlo.

—Si es que salió. —Jace arrugó la cara. Estaba siendo realista—. No voy a meterte a un viaje directo a la muerte.

—No podemos luchar contra él.

Jace pareció ofendido.

—Yo sí puedo.

—Ya lo sé —dijo Clary, impaciente—. Pero…

—¡TIEMPO TERMINADO! ¡FUERA ABAJO!

—¿Qué…? —Clary gritó en protesta cuando Jonathan Cazador de Sombras los arrojó —con una fuerza abrumadora— a ambos hacia las escaleras. En cuanto estuvieron del otro lado, la tierra se cerró sobre sus cabezas, dejándolos en la oscuridad.

—De nuevo atrapados —dijo Jace con falsa alegría después de un rato de incómodo silencio. —¿No crees que esto es alguna clase de señal divina que indicia que debemos estar eternamente juntos?

Clary se puso las manos en la cara. ¿Es que nunca podían dejar de meterse en problemas? Una cosa los llevaba otra, y esa a otra, y a otra, y otra y otra.

Por arriba de ellos, escucharon un profundo:

—¡JA!


Isabelle respingó cuando volvieron a llamar a la puerta. Intercambió una mirada con Max, que se encogió de hombros y siguió viendo su mapa tranquilamente. Arrugó la cara y saltó de la cama. Si no era su hermano pequeño, no quería a nadie más cerca. Ni siquiera a Alec.

—¿Quién es? —dijo con brusquedad.

—¿Isabelle? —respondió una voz ligeramente familiar—. ¿Podrías abrir la puerta?

Isabelle tomó una bota del suelo y la arrojó contra la puerta.

—¡Fuera!

—Isabelle —dijo Simon con voz cansina—. Vamos, solo abre. No voy a morderte, lo prometo.

—Ja, ja —Isabelle se cruzó de brazos—. ¿Qué quieres? Te ha mandado Alec para que me saques de aquí ¿cierto? Pues no lo haré. Ahora vete.

—No, he venido porque he querido.

—Mentiroso —siseó Isabelle y esta vez arrojó la silla dónde estaba sentado Max.

—¡Oye! —se quejó el niño.

—Cállate —Isabelle, con el cabello en la cara, se giró de nuevo hacia la puerta—. ¡Vete!

—Bueno, la verdad es que me mandaron aquí para convencerte —dijo Simon—. Alec estaba un poco perturbado, y yo me ofrecí voluntario, pero todo fue una estratagema malvada para poder unirme a sus fuerzas oscuras y rebeldes.

Max miró a Isabelle como diciendo '¿Qué?'

Isabelle rodó los ojos e hizo un gesto de desdén con la mano quitándole importancia. Se acercó a la puerta sigilosamente.

—¿Cómo sé que no eres un doble espía? —espetó en voz baja—. ¿Qué no nos traicionarás?

Casi pudo ver la expresión divertida de Simon al otro lado.

—¿Y arriesgarme a que golpearas mi cabeza sin parar contra la pared? Sinceramente, te tengo más miedo a ti que a tu hermano. Aunque, técnicamente, Magnus está de su lado, lo cual es bastante malo porque podría convertirme en un ocelote si quisiera.

Max pareció divertido ante la idea.

—Podríamos probar. Siempre he querido un ocelote.

—Max —protestó Isabelle—. Cállate.

Max rodó los ojos.

—¿Quieres que me cosa la boca?

—Oh, no —Isabelle le lanzó una mirada airada—. No empieces a imitar Jace.

Max alzó teatralmente una ceja burlona.

—¿O qué?

Isabelle soltó un chillido desesperado y alzó las manos al cielo.

—¿Qué no te bastó con mandarnos a uno, Raziel?

—¿Eh? ¿Hola? —dijo Simon al otro lado—. ¿Sigo aquí?

—Fuera de aquí —dijo Isabelle, desdeñosa—. Pensaré sobre tu propuesta.

—Muy bien, entonces esperaré sentado aquí afuera —se oyó un sonido rasposo, como si Simon se recargara contra la puerta—. Solo. Triste. A punto de morir…

—Perfecto —Isabelle se sentó también en el suelo —. Veamos cuánto duras ahí.

—….y con sándwiches. Ricos y sabrosos sándwiches.

—¿Qué? —Max apareció de pronto al lado de Isabelle—. ¿Sándwiches? ¿Dónde? ¡Quiero!

—Oh, que deliciosos —Simon saboreó con excesiva lentitud—. Uh, tengo tantos, que lástima que nadie más quiera…

—Isabelle —chilló Max, mirándola con ojos suplicantes.

—¡Ah, por el Ángel! —exclamó Isabelle, furiosa. Su estómago gruñó casi al mismo tiempo, haciéndola enfurecer más—. De acuerdo, abriré la puerta. ¡Pero no dejaré que entres! Deja lo sándwiches ahí y aléjate.

Simon rió.

—Como digas.

Se oyó un sonido extraño y luego varios pasos que se alejaban. Isabelle se giró hacia Max y susurró:

—Él intentará entrar, así que tú tomarás los sándwiches mientras yo lo derrumbo ¿de acuerdo?

Max pareció animarse.

—¿Puedo clavarle mi cuchillo serafín?

—¡No!

—Ah, bueno —pareció decepcionado.

Isabelle, látigo en mano, le hizo señas para que se apresurara. Abrió la puerta, apenas unos milímetros para echar un vistazo alrededor. No tardó en ver los sándwiches, crujientes y burlones, a unos pasos de ella. Con otra seña de su mano, Max se escabulló entre sus piernas y alargó su mano a través de la abertura para cogerlos. Isabelle estaba empezando a pensar que Simon realmente se había ido cuando una ráfaga de aire le sacudió el cabello con violencia y de repente escuchó a Max gritar mientras metía la mano a toda velocidad. Cerró la puerta en las narices de Simon, pero no antes de que él lograra meter su pie en la abertura. Isabelle siseó y soltó la puerta mientras con la otra mano desenrollaba su látigo y lo lanzaba contra los pies de Simon. El vampiro, ya dentro de la habitación, cayó de bruces contra el suelo con un grito ahogado.

Sin levantarse, alzó un destartalado pedazo de tela blanca.

—¿Me rindo? —dijo con expresión inocente—. Traje jugo.


Clary tardó en acostumbrarse a la penumbra del lugar, y en cuanto lo hizo, pudo ver las horribles letras que estaban grabadas en toda una pared. Se aseguró de leerlas varias veces, pero por más que deseara que sus ojos le mintieran, seguían siendo las mismas palabras.

Nadie puede salir,

De dónde no hay salida.

Entrégate a la muerte.

Y entonces saldrás.

—Eso no rima —comentó Jace.

Clary lo miró con cara de pocos amigos.

—¿Eso es lo que te preocupa? ¿Qué no rima?

—¿Además de que estamos atrapados en un gigante cuarto oscuro y nos están diciendo que la única manera de salir es morir? Bueno, puedes alegrarte, al menos yo estoy aquí. Así que, técnicamente, morirás feliz.

—No —casi gritó Clary—. No bromees. No ahora.

Jace pareció confundido.

—¿Pero por qué..?

Clary alzó una mano.

—No. Cállate.

Jace se enderezó, repentinamente alerta.

—¿Qué fue eso?

—¿Yo insultándote?

—No —Jace miró a todos lados—. Eso, ¿no lo escuchas?

—¿Qué? —espetó Clary, molesta—. ¿Estás intentado asustarme?

Jace se quedó de piedra. Sus ojos dorados destellaron en la oscuridad mientras miraba algo por encima de ella. Justo en ese momento, algo resopló por detrás de Clary, alborotando sus cabellos y haciéndola estremecerse cuando el aliento cálido y apestoso le golpeó la espalda.

—Jace —gimió con un hilo de voz.

—Date la vuelta —dijo éste, sin mirarla. Su semblante era tranquilo—. Lenta, muy lentamente.

Clary lo hizo. Muy lentamente y con los ojos cerrados, se giró hacia la sombra que se cernía sobre ella. Cuando volvió a abrir los ojos, casi soltó un chillido que se quedó atorado entre su garganta, paralizada del terror.

Lo único que podía ver era unos dientes del tamaño de todo su cuerpo, amarillos y babeantes.


Simon entró a la cocina arrastrando los pies. Luke parecía muy concentrado escuchando a Alec, que le contaba con pelos y señales en todos los problemas en los que se habían metido, con Magnus haciendo aportaciones de vez en cuando. Cada vez que el brujo movía la mano, chispas volaban desde ella y flotaban en la habitación.

Tardaron varios segundos más en darse de cuenta de Simon.

—¿Dónde está Isabelle? —dijo Alec, repentinamente alerta.

Simon se sentó al lado de Jordan con expresión derrotada.

—Me sacó a patadas —comentó—. Literalmente —señaló su ojo morado.

Jordan soltó una risotada. Maia le lanzó una mirada ardiente y se detuvo abruptamente. Miró a Simon, preocupada.

—Estoy bien —dijo Simon—. De verdad.

—Pensamos que podrías necesitar esto —Magnus le lanzó un cuero lleno de sangre—. Antes de que nos comas a todos.

Simon lo atrapó entre las manos, medio sediento medio asqueado.

—Vaya, gracias por el voto de confianza —masculló—. ¿Debo suponer que no es la sangre de ninguno de ustedes?

—No te preocupes, no te queremos tanto —replicó Jordan—. Traían una gallina a bordo.

Luke se aclaró la garganta.

—Muy bien… —comenzó—. Así que después de la explosión despertaron en aquélla isla, y casi enseguida, Valentine los capturó y los hizo sus prisioneros. —Alec asintió y Luke lo miró pensativo. La cocina estaba cálida y oscura, con ellos sentados en la larga mesa de madera pulida. U n candelabro titilaba débilmente en el centro, bañando sus rostros con la luz rojiza del fuego—. Después de eso, torturó a Alec y obligó a Magnus a llevarlos hacia la Ciudad de Sombras para seguir a Stephen, pero Magnus en realidad le hizo una jugada y lo llevo a China —casi parecía divertido—, y después ustedes escaparon e incendiaron su barco.

—Por supuesto que lo hicimos —Simon se cruzó de brazos—. Es decir, no llevaba mucho tiempo en él y la única satisfacción hubiera sido ver la cara de Jace, lo que no pude, lamentablemente, pero…

—Teníamos que vengarnos de alguna manera —concordó Alec lanzándole una mirada a Simon —Jace lo hubiera querido.

—Jace hubiera querido que siguieran con vida —dijo Luke.

—Jace hubiera querido que me ahogara —bufó Simon. —No lo hice por él.

—Usted no lo conoce —le espetó Alec mirando a Luke—. No hable de él como si lo hiciera. De todas formas, ¿cómo nos encontró? ¿Qué hace un barco de la Armada de Idris vagando por aguas chinas?

—Los estamos rastreando desde hace tiempo —dijo Lucian con voz suave—. Supimos que estuvieron en Tortuga y tuvieron problemas con demonios. Después de eso les perdimos el rastro hasta que escuchamos sobre que Valentine los había tomado prisioneros, pero solo eran rumores, por lo que no los creímos. Incluso yo había pensado que él estaba muerto. Pero entonces llegamos a esa isla desierta y encontraremos los restos de un barco negro. Entonces comenzamos a rastrear a Valentine, pero nadie parecía saber nada de él. Volvimos a regresar a Tortuga, para recopilar información, pero de nuevo nadie sabía nada. Era como si se hubiera evaporado en la nada. Fue ahí cuando, por casualidad, un brujo se acercó a mí y me dejó un papel que decía: 'Rumbo a china'. No teníamos muchas opciones, así que decidimos venir porque, en realidad, no teníamos ningún otro lugar donde buscar. El que los hayamos encontrado a ustedes en lugar de él, fue una sorpresa. Pero eso quiere decir que el brujo no mintió.

Alec lo miró, estupefacto.

—¿Cómo lo sabía? ¡Ni siquiera nosotros lo sabíamos!

Magnus soltó una risita.

—Mi culpa.

Alec lo miró, buscando una explicación.

—Los brujos podemos enviar mensajes de fuego —explicó—. Solo los brujos podemos comprenderlos, pero eso no viene al caso.

—Pero… —Alec abrió la boca y la cerró—. ¿Cuándo lo hiciste?

—Desde el momento que nos capturaron —Magnus sonrió—. Mandé un mensaje a William y otro a él.

—Es decir que ya tenías todo planeado —dijo Simon alegremente—. Gracias, digo, por avisarnos. Muy dulce de tu parte.

—Si —asintió Jordan—. Tal vez así no habríamos hecho tantas estupideces. Ni habríamos estado a punto de morir más de una vez.

—Innecesariamente —completó Maia, furiosa.

Magnus hizo un gesto despectivo con su mano.

Lucian respingó.

—¿Maia? ¿Qué haces aquí?

Maia se sonrojó. Desde que había subido al barco, se había mantenido cabizbaja para que el capitán no la viera, pero ahora se había descuidado.

—Yo… eh…

—¿La conoces? —inquirió Jordan con recelo.

—Por supuesto que sí —Lucian la miró ceñudo—. Ella pertenecía esta tripulación, hasta que conoció a cierto chico y desapareció con él.

Maia se sonrojó.

—Yo no…

—Creo que eso no es importante ahora —dijo Alec, cortante. —Deberíamos concentrarnos en encontrar a Jace.

—Y Clary —añadió Simon.

Alec se sonrojó.

—Si, claro. También a Clary.

Magnus lo miró fijamente. No dijo nada.

Lucian cerró los ojos y suspiró.

—Muy bien. Si lo que dicen es cierto…

—Lo es —siseó Alec.

—…entonces Jace y Clary deben estar en la Ciudad de Sombras ahora, en busca de Stephen y los mapas...

—Estoy harta de ese maldito lugar —masculló Maia.

—...Y Valentine... —siguió Luke, dejando la frase en el aire.

—Pateando los restos de su barco en algún lado no muy lejos de aquí—dijo Simon con oscura satisfacción.

—Sin tripulación ni ninguna ayuda —asintió Alec.

—Totalmente perdido —terció Jordan.

—No —dijo Lucian con calma—. Lo dudo.

—¿Qué quieres decir con que lo dudas? —inquirió Maia.

—Es Valentine —dijo Magnus—. No se dará por vencido tan fácil.

Lucian asintió.

—Pero —dijo Alec, molesto—, al menos ganamos tiempo ¿no? El tardará en recuperarse y volver a tomar otro barco…

—¿Por qué no vamos y lo capturamos? —inquirió Simon.

—Eso sería mi plan —dijo Lucian, pensativo—. Pero lo más probable es que ya no esté ahí. Ustedes han naufragado varios días. Valentine no es ningún idiota. Incluso ya debe saber que estoy cerca.

—¿Qué? —saltó Maia—. ¿Pero… cómo?

—¿Y a dónde se pudo ir? —objetó Jordan—. No tiene barco…

—Tener barco no es un problema para Valentine —Lucian comenzó a tamborilear los dedos sobre la mesa—. No sé que es lo que hará ahora, pero si sé muy bien que él no está derrotado. En otras circunstancias, iría tras él, pero ahora… Debemos aprovechar el tiempo en el que se reorganiza—se enderezó—. Tenemos que encontrar a Jace y Clary. Y rápido.

—Lo cuál sería mas fácil si supiéramos dónde diablos están —Simon parecía preocupado—. Damos por supuesto que ellos llegaron a la Ciudad de Sombras, ¿y si no lo hicieron?

—Lo hicieron —dijo Magnus, malhumorado—. Le pedí a William que lo hiciera, y estoy seguro que lo hizo.

—¿Muy, muy seguro? —inquirió Simon—. ¿O solo seguro?

—Bastante seguro, Sammy.

—¡Soy Simon!

Alec lo miró con cara de pocos amigos.

—Muy bien, entonces entraron —frunció los labios—. ¿Y cómo salieron? Es decir, ¿alguien sabe por dónde saldrán?

Intercambiaron miradas inquietas.

—Podríamos entrar a la Ciudad de Sombras a buscarlos —propuso Maia, no muy convencida.

—Ya no podemos hacer eso —bufó Magnus—. Debemos confiar en nuestros pequeños amiguitos y esperar que sean lo suficiente listos para salir por si mismos.

Los ojos azul oscuro de Alec destellaron.

—¿Y cómo sabríamos si lo hicieron? ¿Dónde los encontraríamos?

Magnus se encogió de hombros.

—No lo sé.

—¿No lo sabes? —dijo Alec, alzando la voz.

—Podríamos rastrearlos —ofreció Simon, tratando de calmar los ánimos.

Magnus pareció considerarlo.

—No podremos rastrearlos mientras estén en la Ciudad de Sombras. Pero una vez fuera… Si, tal vez podría funcionar. ¿Alguien tiene algo de Jace?

—¿Quién querría? —resopló Jordan.

—¿Aparte de sus insultos grabados en mi memoria? —dijo Simon —. Creo que no.

Magnus rodó los ojos.

—¿Y de Clary?

Todos miraron hacia Simon, incluso Luke, que parecía esperanzado. Él los miró confundido.

—¿Supongo que ahora es cuando sacó un mechón de su pelo que he guardado todo este tiempo para olerlo por las noches?

—¡Simon! —gritó Maia.

Simon alzó las manos.

—Lo siento. No tengo nada.

—Estupendo —escupió Alec.

—Nuestro único plan y se va al carajo —sonrió Jordan —. Parece ser algo usual ¿no?

Luke suspiró y se levantó.

—Vayan a descansar. Pueden quedarse en el camarote de babor. Mientras tanto pensaré sobre lo que haremos. Magnus, por favor quédate un momento.


—¿Qué haces aquí? —bramó Isabelle en cuanto abrió la puerta y encontró a Simon tirado en el suelo.

—Supongo que ahora es cuando te confieso que soy tu acosador y admirador número uno y estoy perdidamente enamorado de ti.

Isabelle lo pateó. Simon gritó en protesta.

—Empiezo a creer que me confundes con una bolsa de arroz para golpear —murmuró, poniéndose de pie.

Isabelle seguía mirándolo, molesta y extrañamente aturdida.

—¿Has estado aquí afuera toda la noche?

Simon se encogió de hombros.

—Quería colgarme como murciélago de las velas, pero no pude, así que vine y me acosté aquí.

Isabelle parecía querer golpearlo. Sin embargo, parecía, muy en el fondo, conmovida.

—Hace frío —susurró.

—Sí, bueno, soy un vampiro —Simon le mostró los dientes—. ¿Recuerdas?

—Cállate —le espetó Isabelle, cruzándose de brazos—. Solo cállate.

Simon estrechó sus ojos.

—Espera, ¿por qué saliste? ¿Querías ver si en realidad estaba cumpliendo lo que había dicho o…?

—Iba a buscar a Alec —dijo Isabelle con voz chillona—. Pero ya no tengo ganas. Ahora pasa, quiero dormir.

Simon la miró con cautela.

—¿No me patearás?

Isabelle rodó los ojos.

—No. Hazlo, antes de que me arrepienta.

Simon se coló con rapidez por un costado. Isabelle cerró la puerta detrás de él. Simon vio a Max dormido en una silla, en medio del desorden del cuarto. Luego se volvió a girar hacia Isabelle, que estaba demasiado cerca de él, y se sorprendió al observar sus ojos, tan negros como la noche afuera e igualmente llenos de diminutas estrellas.

—¿Qué? —dijo, molesta—. No me mires así. No me mires en absoluto.

Simon sonrió de lado.

—Claro que no.


Las botas viejas de Alec resonaban en el suelo mientras caminaba de una esquina a otra como un león enjaulado. Magnus, desde la cama, lo veía con refinado interés.

—Alexander —dijo con voz calmada—. Detente.

Alec se detuvo y lo miró, sorprendido y enojado. Sus ojos eran del color del cielo en una tormenta eléctrica.

—¿Qué me detenga? —gritó, indignado—. Jace está perdido, posiblemente en problemas, y nosotros estamos aquí, a merced de Luke, que puede encarcelarnos en cuanto le dé la gana. Eso sin mencionar que te obligó a hacer un portal a Idris, pero dado a las salvaguardas solo pudiste acercarlo, aunque eso no implica que no estemos ya cerca de la Ciudad de Cristal. Puede encerrarnos, y seguir él con la búsque… y… y… —Alec parecía a punto de tener un infarto—. Valentine no tarda en aparecer. Izzy se ha encerrado. Max no está por ningún lado. No podemos rastrear a Jace ni Clary. ¿Y TÚ QUIERES QUE ME DETENGA?

—Quiero que te tranquilices —dijo el brujo con voz suave—. Y Max debe estar con Isabelle, lo sabes. Y en cuanto a Jace —sus ojos relucieron por un momento, duros—, ya encontraremos una solución.

—Eso es lo que hago —dijo Alec, alterado—, ya que nadie parece tomarle importancia —miró a todos lados, de repente confundido—. ¿Y dónde están los lobos?

Magnus se encogió de hombros.

—Comiendo.

—¿COMIENDO? ¿CÓMO PUEDEN COMER?

Magnus suspiró.

—Alexander…

—¡NO, NO ME DIGAS ALEXANDER! —Alec tenía la cara roja—. ¡¿CÓMO PUEDEN ESTAR TODOS TAN TRANQUILOS EN ESTÁ SITUACIÓN?!

—¿Y qué propones hacer?

Alec abrió la boca y luego la volvió a cerrar.

—Yo… bueno… eh…

Magnus alzó una ceja.

—¿Sí?

—NO LO SÉ —Alec parecía a punto de llorar—. ¿No debería haber alguna forma de rastrearlo por medio de mí? Yo soy su parabatai…

—Alec —dijo Magnus, con voz cansina—. Ya te dije que…

—¡Pero no podemos quedarnos aquí sin hacer nada! —Alec comenzó a dar vueltas de nuevo. —¡No puedo! ¡NO PUEDO!

Magnus se levantó y se acercó a él. Alec pareció sorprendido cuando lo sintió por detrás de él, tan cerca que podía sentir la calidez de su cuerpo.

—Alexander —dijo Magnus en su oído—, tranquilízate. No tienes que preocuparte por todo. Ya te he dicho que encontraré una solución.

—¿Cuándo? —dijo Alec, intentando sonar molesto, pero su voz salió como una súplica furiosa.

—Pronto —Magnus puso las manos en sus hombros. Con cuidado, lo giró hacia él—. Quiero ayudarte, Alec. Pero mi magia está agotada. La poca que había acumulado la utilicé para trasladarnos de nuevo a las aguas cerca de Idris. Estoy cansado. Solo dame unas horas, y haremos todo lo que quieras.

Alec se sintió culpable de inmediato. Con tantas cosas pasando, ni siquiera se había puesto a pensar cómo se sentía Magnus. Tal vez era que él era el muro que lo sostenía, siempre fuerte, siempre permanente, él único que estaba ahí cuando todo lo demás se derrumbaba a su alrededor. Alec siempre miraba a su alrededor, tratando de arreglar todo, pero nunca miraba hacia la mano que lo sostenía a él.

—Lo siento —murmuró. Alzó el rostro hacia Magnus, perdiéndose en sus hipnóticos ojos felinos—. Puedes tomar mi energía, lo sabes…

—No quiero tu energía —Magnus acunó el rostro entre sus manos—. Quiero esto.

Y lo besó, suavemente, dulce como el vino y la lluvia. Pero Alec no quería dulzura. Quería olvidar y hacerlo olvidar, dejar al mundo a un lado por un momento, y que todo lo que respirara y sintiera fuera a Magnus. Lo atrajo hacia él y lo besó con fiereza y desesperación, mordiéndole los labios. Magnus gimió desde dentro de su garganta, pero Alec no tuvo piedad. De un tirón le desgarró la camisa y lo arrojó contra la cama.


Luke no había podido dormir en toda la noche. Fue por eso que, cuando la puerta de su camarote se abrió de golpe poco antes del amanecer, él estaba totalmente despierto. Un chico entró corriendo a toda prisa.

—Mi señor —hizo una reverencia hacia él. —Un barco —dijo, jadeante—. Un barco se acerca. No tiene bandera. Piratas. Señor, son piratas. Vienen hacia nosotros.


La luz mortecina del alba se colaba por la ventana cuando Alec despertó con un jadeo y se sentó, con el corazón a punto de estallarle en el pecho y una sonrisa en la cara.

—¡Magnus! —bramó. El brujo gruñó a su lado y se tapó la cara con una almohada. Alec lo pateó fuera de la cama—. ¡MAGNUS!

—¿Qué? —Magnus se levantó del suelo, despeinado y mirando a todos lados como loco—. ¿Qué pasa?

—¡Max!
Magnus detuvo su mirada en el Cazador de Sombras.

—¿Qué?

—¡Max! —repitió Alec, inexplicablemente sonriente. —¡Max tenía un muñeco de Jace!

Magnus seguía mirándolo sin entender.

—Y yo estaba teniendo cierto sueño encantador con gatos volando por todos lados.

—Tengo que buscarlo ahora mismo —Alec comenzó a ponerse las botas—. ¿No entiendes? Si él tiene el muñeco, podremos rastrearlo y… ¿qué?

Magnus sonrió con malicia. Lo miró de arriba abajo.

—De acuerdo, ¿pero piensas ir a ver a tu hermano pequeño así? No es que a mí me moleste, pero a él le puede perturbar.

Alec frunció el ceño.

—¿Así cómo?

Alec entonces se dio cuenta de que no se había puesto la ropa. Con la cara en llamas, se giró y comenzó a recogerla del suelo. Estaba terminando de ponerse los pantalones cuando una súbita sensación helada se apoderó de él. Se enderezó, con la mano congelada en su camisa.

Magnus, que también había comenzado a vestirse, lo miró alarmado.

—¿Alec?

—Jace —susurró él, aún sin poder moverse—. Algo le pasa a Jace.

Justo entonces comenzó el alborotó afuera. Magnus y Alec intercambiaron una mirada. Gritos, órdenes, y varios ruidos de gente despertándose y moviéndose por el barco llegaron hasta ellos.

Sin una palabra, Alec corrió hacia la puerta.


Luke se levantó y los mapas cayeron de su cama. Con pasos presurosos se dirigió hacia la puerta, diciéndole al chico que buscara a Jocelyn antes de cerrarle la puerta en las narices. Afuera el viento soplaba con fuerza, agitando las viejas velas azules y haciendo crujir la madera del barco. Corrió hacia la proa, donde varios de sus soldados —Jocelyn entre ellos— observaban hacia el barco pirata que se dirigía a ellos a toda velocidad.

Por detrás de él escucho los pasos apresurados de más soldados que se acercaban a ver.

—¿Es Valentine? —dijo Alec con voz ahogada. —¿Cómo nos alcanzó tan rápido? ¿No lo habíamso dejado en China? ¿Cómo…?

—No puede ser —dijo Maia, horrorizada.

—Puede serlo —dijo Magnus con voz lúgrube.

—O pueden ser amigos —dijo Jordan, esperanzado.

—¿Dónde estaba? —les espetó Alec entonces, mirando a los dos chicos lobo.

—Durmiendo por ahí —siseó Maia—. Ya que se adueñaron del camarote.

Alec se sonrojó.

—Yo… Nosotros… No…

—Váyanse abajo —dijo Luke con voz autoritaria—. No pueden…

Se interrumpió cuando la puerta del camarote se abrió de golpe y Max salió corriendo a toda velocidad.

—¡Alguien viene! —gritó—. ¡Alguien viene!

—Ya lo saben, Max —dijo Isabelle por detrás de él. Un látigo plateado colgaba de su mano. Simon apareció detrás de ella con expresión somnolienta—. No hagas un escándalo.

Max la ignoró y —gateando por entre las piernas de todos— logró llegar hasta la proa y subirse a ella. El barco ahora estaba más cerca y a Luke casi se le detuvo el corazón al reconocer las velas doradas. Había creído que nunca, jamás, volvería a ver aquel barco surcando las aguas.

—¿Es Valentine? —dijo Max, inquieto. —¿Es él?

—¿Cuáles son las órdenes, capitán? —preguntó su segundo al mano, nervioso—. ¿Debemos prepararnos para el ataque?

Lucian, aún sin poder apartar la vista del barco, negó con la cabeza.

—No hagan nada.

—Pero… mi señor….

—No es un enemigo.

Jocelyn también miraba al barco, conmocionada.

—¿Es..?

—¡Es Jace! —Saltó Max al reconocer a un hombre rubio al timón del otro barco—. ¡Es Jace! ¡Es Jace!
—No —dijo Lucian en voz baja—. Es Stephen.


Clary, demasiado aterrorizada para moverse, escuchó como Jace le gritaba desde lejos antes de que algo le golpeara con fuerza el hombro y la mandara volando hacia la pared. Aterrizó de espaldas, sintiendo como todo el aire la abandonaba y cayó de rodillas al suelo, escupiendo sangre. Alzó el rostro, y a través de su vista nublada vio como Jace detenía al demonio solo con su antebrazo. A pesar escasa luz, a Clary le pareció vislumbrar que el demonio tenía forma de un reptil enorme, con unas inmensas garras y escamas que relucían con un destello verdoso. La mitad de su cuerpo seguía engullido en la oscuridad. Quizo gritar cuando vio como alzaba la garra, directa hacia Jace, pero de su garganta solo salió un sonido rasposo. Jace pareció advertirlo, porque se giró de pronto, la mano volando hacia el cuchillo serafín en su bota, pero antes de que lograra tomarlo el demonio lo lanzó al aire de un violento manotazo.

—¡Jace!

Clary, luchando contra el terror, se levantó a trompicones y corrió hasta el cuchillo que Jace había dejado caer en el suelo.

—¡Haniel! —gritó. El cuchillo se encendió e iluminó con su luz azulada toda la estancia, desvelando una caverna ancha y tenebrosa. La luz del arma titilaba haciendo bailar las sombras en las paredes. Y hacía frío. Mucho frío. ¿Por qué Clary no se había dado cuenta antes?

El demonio bramó, justo frente a ella, y Clary se lanzó hacia un lado, esquivando sus mortíferos y venenosos dientes. Trató de clavar el cuchillo serafín a su costado, pero las escamas eran tan duras como una armadura. Retrocedió, alarmada, y entonces alguien le arrebató el cuchillo.

—Quédate cerca de mí —dijo Jace con voz seca. Tenía el brazo cubierto de sangre y aún más cortes en el rostro—. ¡Eh, cosa asquerosa!

Jace agarró una piedra y se la lanzó en la cabeza. El demonio, que había estado olfateando a unos metros de ellos, se giró de pronto. Su cuerpo casi ocupaba la mitad de la caverna. Siseó y movió la cola, derrumbando piedras por todos lados, y la lanzó como un látigo hacia ellos.

Jace y Clary se lanzaron por lados opuestos, esquivándolo.

—¡Te dije que te quedaras a mi lado! —bramó Jace.

—¿Y cómo iba a saber que te lanzarías hacia allá? —respondió a su vez Clary, luchando contra el miedo y el enojo.

El demonio observó sus dos opciones de menú, y deciéndose que Jace era más sabroso, se lanzó contra él con la lengua bífeda por fuera. jace soltó una risita y saltó en el aire, apareciendo de repente sobre una roca del techo de la caverna. Saltó sobre la bestia y trató de enterrarle el cuchillo una y otra vez mientras el demonio movía la cabeza de un lado a otro tratando de derrumbarlo.

—¡¿De qué mierda está hecho está cosa?! —gritó, medio enojado medio entretenido.

Clary, desarmada e impotente, tomó varias piedras del suelo y las lanzó contra el demonio. Jace alzó la mirada de pronto, sus ojos fieramente estrechados.

—¿Qué estás…?

Aprovechando la distracción, el demonio dio una sacudida violenta y Jace cayó al suelo con un grito rabioso. Clary, con la boca abierta, comenzó a retroceder a toda prisa cuando el demonio comenzó arrastrarse hacia ella.

Se detuvo de pronto cuando su pie estuvo de resbalar al vacío. Miró por detrás de ella, con los ojos muy abiertos, hacia la oscuridad que se abría a sus pies. No era una oscuridad como la del portal, ni siquiera como la de las escaleras por donde los había arrojado Jonathan Cazador de Sombras… era una oscuridad más profunda, más tenebrosa, más peligrosa.

—¡Clary! —Jace, con los ojos enloquecidos, apareció de repente frente a ella y la lanzó a un lado.

Clary se derrumbó en el suelo, sintiendo algo cálido deslizarse por su pierna, pero apenas le importó. Giró el rostro, trastornada, y vio —como en un sueño— como Jace se deslizaba en el suelo y le enterraba el cuchillo serafín al demonio en el estómago. El demonio rugió y trató de detenerse al ver el abismo, pero era demasiado tarde y terminó cayendo hacia él. Jace rodó a un lado, haciéndose un ovillo cuando el monstruo pasó sobre él. Clary estaba a punto de correr hacia él gritando de alivio cuando vio un destello verde y de repente Jace, soltando una maldición, fue arrastrado desde el talón hacia el vacío.

Todo paso tan deprisa que Clary apenas pudo pensar. Se arrojó hacia Jace justo cuando caía y su mano llegó hasta el antebrazo del chico, al mismo tiempo que soltaba un grito estrangulado. Casi de inmediato, el peso de él la arrastró hacia abajo. Su mano se aferró a la tierra, cerrándose sobre piedras y algo que parecía un trozo de tela, desesperadamente buscando un lugar de donde sostenerse. Sintió sus uñas romperse, la sangre goteando en sus manos arañadas, pero apenas sintió dolor.

Por un momento, logró sostenerlo. Podía sentir su duro músculo debajo de su pequeña mano, caliente y sudado. Sus ojos se encontraron, y Clary sintió una horrible sensación al ver el rostro de Jace, sereno y fiero. Él no tenía miedo. Él moriría satisfecho si lograba salvarla. Pero ella no. No cuando sabía que si Jace caía, de algún modo, su corazón caería con él. Pasaría el resto de su vida perseguida por la culpa y esa última mirada.

—Clary…

—¡No! —Clary apenas podía hablar—. ¡Cállate!

Una oleada de terror la invadió cuando su mano comenzó a resbalarse del brazo de Jace. Silencio. Unas pocas rocas a su lado resbalaron y cayeron al vacío.

—Bueno —comentó Jace, como si no estuviera a punto de morir—. Supongo que aquí es donde me confiesas tu amor y yo caigo al vacío mientras tu gritas mi nombre y te arrojas tras de mí, porque no puedes vivir sin mí.

Ya le estaba costando a Clary un esfuerzo descomunal sostenerlo con una mano, ni qué decir de que pudiera apenas proferir algo más que jadeos. Cuando oyó sus palabras, sin embargo, sintió la furia encenderse en su interior, y logró decir:

—Cállate o te soltaré solo para… —enmudeció bruscamente, todo color abandonando su cara. Por el rabillo del ojo había captado un movimiento al fondo del abismo, un destello verdoso. Un débil sonido fue llegando hasta ella, hasta identificarlo como el de rocas siendo raspadas. Enfocó su mirada hacia las densas sombras por debajo de ella, pero no logró ver nada. No… si, si había algo ahí. Una diminuta figura verde que brillaba en la oscuridad, ascendiendo hacia ellos. Cuando lo comprendió, casi le soltaba a Jace la mano del horror.

—Oh, genial. Nuestro amigo puede escalar muy bien —bromeó Jace, pero en sus ojos no había risa—. Bien. Esto no lo tenía previsto. Escucha, Clary…

—¡No! —repitió Clary, testaruda.

Se arrojó aún más hacia abajo, tratando de alcanzarlo con la otra mano.

—¡Clary, no! —dijo Jace, furioso y desesperado—. No…

Sus palabras fueron cortadas cuando hubo un chasquido metálico y de repente la pierna de Jace fue envuelta en la cola del demonio. Clary gritó y Jace intentó soltarse de ella, pero ya era demasiado tarde.

Tomados de la mano, cayeron hacia el abismo.


—Sigo sin creerlo —Jonathan sonrió y pudo ver su reflejo en el sucio espejo roto, distorsionado como si fuera un monstruo—. Salgo del barco por unos segundos y tú logras explotarlo.

—Te arrojaron fuera del barco —dijo Valentine con suave frialdad—. Un vampiro y un Cazador de Sombras incompetente.

Jonathan pareció ligeramente molesto.

—Me atacaron por la espalda. Como unos cobardes.

—Te atacaron con inteligencia —dijo Valentine con tranquilidad—. Porque sabían que no podían vencerte en un enfrentamiento frente a frente.

—Por supuesto que no. Ya estarían muertos —dijo Jonathan con brusquedad, pero su padre no le hizo caso. La bruja, por delante de ellos, seguía con los ojos cerrados y los labios negros curvados en una sonrisa traviesa. Jonathan odiaba su sonrisa. De hecho, la odiaba entera. No le agradaban los brujos, ni los vampiros, o cualquier animal como esos. No eran ángeles, ni completamente demonios o humanos, solo eran fenómenos que no deberían existir.

—¿Cuánto más va a tardar? —dijo, impaciente.

—Paciencia, Jonathan —dijo su padre, su rostro glacial.

—Ya llevamos aquí varios días —dijo Jonathan entre dientes—. ¿Cuánto más vamos a esperar?

—Necesitábamos un barco. Ahora que lo tenemos, necesitamos el rastro.

—No quiero esperar —siseó Jonathan.

Valentine lo miró, aburrido.

—¿Y entonces que es lo que quieres, Jonathan?

Quiero luchar. Quiero matar. Quiero a Clarissa.

—Quiero reunirme con mis hermanos.

—Cuack —dijo un pato, saliendo de entre sus piernas.

Valentine pareció oscuramente divertido.

—¿Qué es eso? ¿Es quién creo que es?

Jonathan miró huraño al pato.

—Si, el idiota de Aim logró salvarse convirtiéndose en pato. Pero está demasiado jodido para poder convertirse en demonio de nuevo —sonrió con malicia—. Ahora no deja de seguirme a todos lados. Tal vez debería ser mi cena esta noche.

El pato lo mordió. Jonathan gritó y lo pateó.

—Me encanta que tengas una mascota —dijo Valentine con burla—. Tal vez le dé algo de amor a tu frío corazón.

Jonathan frunció el ceño y estaba a punto de replicar cuando la bruja abrió los ojos. Sus pupilas estaban dilatadas, tan negras como el océano en la tormenta.

—Ah —susurró—. Ya está aquí.

Valentine sonrió satisfecho.

—Muéstrame como encontrarlo.

—No está lejos —la bruja sonrió y sus labios negros se torcieron macabramente—. Va a reunirse con tu antiguo parabatai. Va en busca de su hijo.

Va en busca de Jace, pensó Jonathan con amarga alegría, que ternura. Pero, sin embargo, dónde estuviera Jace, estaría Clary. Jonathan había preferido dejarlos esconderse allá en la isla, a pesar de que había escuchado el latido de sus corazones muy claramente. Aún seguía preguntándose porqué lo había hecho. Tal vez porque no quería a Clarissa cerca de su padre. Clarissa era rebelde e irresponsable. Su padre le haría daño.

Pero era su hermana.

No permitiría que nadie le hiciera daño.

No por primera vez, apretó los puños, pensando en sí Jace la estaría cuidando. Si no lo hiciste, si algo le paso, lo pagarás…

El rostro de Valentine era de piedra.

—Dime dónde está.

—Antes dale las gracias a mi amiga —la bruja señaló con gesto burlón hacia la chica encadenada en una esquina de la cabaña. Su rostro estaba oculto tras una maraña de caballo castaño y opaco. Cuando miró hacia arriba, desafiante, Jonathan pudo ver sus traslúcidos ojos grises—. Sin ella, no hubiera podido hacerlo. Ella es especial. Ya sabes, nadie que entra a la Ciudad de Sombras puede ser rastreado.

—Gracias por tu cooperación —dijo Valentine, con fría diversión.

La chica les lanzó una mirada ardiente.

—La enmudecí —bufó la bruja de los labios negros—. Era muy molesta.

Jonathan, perdiendo el control, se abalanzó sobre ella, la tomó del cuello y la arrojó contra la pared. Cuando habló lo hizo lenta y fríamente, recalcando cada palabra en su oído.

—Dime dónde está —ordenó.

Por un momento, los ojos de la bruja reflejaron miedo, antes de que comenzara a reír en su cara.

—Están camino a Isla Blanca —le escupió.

Jonathan la miró con los ojos estrechados. Había escuchado de esa Isla, pero no tenía nada especial ni importante. Apretó más fuerte su mano y ella comenzó a jadear.

—Jonathan —dijo Valentine, alzando la voz.

Jonathan no lo escuchó.

—Si estás mintiendo —la amenazó—. Mejor que te escondas en cuanto salga de aquí. Corre y escóndete. Por qué te seguiré, te buscaré, y te encontraré. Y cuando lo haga, te mataré.

La bruja lo miró con una sonrisa enigmática.

—¿Y qué —dijo, con la voz ahogada y ronca— si te digo que pronto perderás tu cabello?

Jonathan la miró con desprecio y la dejó caer al suelo. Se dio la media vuelta y salió hacia la noche y la lluvia.

Ya voy, hermana.


Próximo capítulo: Domingo. Sip, por fin todos se van a reencontrar. ajksfhajkdha. Y el regreso de Mister Pato, la pesadilla de los Herondale.

*Siento que se den muchas vueltas en este capítulo, en realidad pensaba avanzar más en la historia, pero era necesario poner todo esto. Los chicos necesitaban un descanso y Clary y Jace seguían metidos en bastantes problemas. Quería sacarlos de ahí desde el capítulo anterior pero, seamos realistas, quería poner a Jonathan Cazador de Sombras parodiado XD Pero no bajen la guardian, también está aquí por una razón.

*Como decía arriba, a todas aquéllas que recuerdan el 'beso esperado de Clary y Sebastian' no se me ha olvidado. Es solo que, bueno, antes tienen que perder el cabello. ¿Tiene sentido? No. Lo sé. Pero eso es lo divertido.

-REVIEW, maybe?- *Mister Pato te morderá si no lo haces* :D