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INSEGURIDADES

Disclaimer: mayoría de los personajes son reciclados de Digimon Adventure 1 y 2
Dedicado a los que se esconden bajo la cama


"Y Sora, quien siempre se había creido la protectora de los demás, aún no sabía cuál era la decisión correcta. No quería hacer sufrir a nadie y menos a Tai. Izzy y Kari seguían todos sus movimientos, apremiándola en silencio, pero es sólo conseguía debilitar su carácter"
- Capítulo 1

"Invitarte al museo. Tomaremos la sopa de judías azuki que venden en la tiende del frente y nos pondremos al día con nuestras vidas. Me contarás qué ocurrió durante mi ausencia y yo veré cómo solucionaré vuestros problemas. Una terapia de chismorreo ¡alucinarás! Te avisaré el día y la hora, llevarás la billetera pero yo seré quien pague porque soy una mujer moderna"
- Capítulo 12


Capítulo 14

Derrotas

Las palabras de Miyako seguía retumbando en su cabeza.

XXX, quiere decir Kisses

La bicicleta chocó contra el piso, poco le importó a Koushiro, dicen que ni lo oyó. Revolvió en su bolso con nerviosismo hasta dar con las llaves, tiró los zapatos en el recibidor, casi choca con su madre en el pasillo... o tal vez sí lo hizo, no había tiempo para reparar en ese tipo de detalles.

—Lo siento —las palabras salieron como un acto reflejo, su cabeza estaba en otra parte.

No era una persona acumuladora ni sentimentalista, eso de guardar papeles que no contuviesen información relevante no iba con él ni su auto-definición de hombre simple, pero tenía una caja donde guardaba algunas cosas que sabía no debían ser botadas.

Protocolo social, eso es lo que decía Taichi: las tarjetas de cumpleaños se conservan.

Y lo hizo. También guardaba otras cosas como el dibujo que le hizo Miyako cuando se fracturó la pierna en una clase de gimnasia, o la fotografía que le tomó Hikari la primera vez que se subió a una noria... aunque tal vez ese no era un lindo recuerdo ¿por qué lo conservaría? Nunca en su vida había estado tan pálido, era de estómago débil, eso lo sabían todos.

Pero esa vez no reparó en aquella foto. Los dedos ágiles no tuvieron que escarbar demasiado para dar con la tarjeta de año nuevo que le obsequió Mimí.

Aún con las falanges temblorosas, leyó la tarjeta cuatro veces seguidas. Y mientras más leía, menos entendía.

Perdón por todo lo que pasó, de seguro te metí en un buen lío pero lo solucionaremos, creo que tengo un plan. Y tal vez deberías leer esa carta (sí, la leí, no pude evitarlo, sorry también por aquello)… puedes contar con mi apoyo para lo que sea, sweetie.

XXX Mimí

P.D Te dije que el naranjo no era tu color pero no me escuchas. Iremos de compras un día de estos.

Podía escuchar su voz y las pausas entre coma y punto. Volvió a fijarse en la firma, no se atrevía a tocarla. A lo mejor quemaba, a lo mejor congelaba, o hacía más daño al ser inofensiva.

—¡Voy al Digimundo! —avisó el muchacho, pero cuando la señora Izumi se asomó a la habitación, ya no estaba.

Koushiro caminó en círculos.

Intentaba no pensar en lo que significaba aquella firma... intentaba ¿Por qué tenía que significar algo? Para Mimí, las cosas no siempre representaban algo, ella sólo actuaba, escribía lo que se le antojaba. Con Mimí, especular siempre era un error.

A lo mejor firmaba las tarjetas de esa forma, a lo mejor ni siquiera eran "X" y él estaba interpretando mal. Podía ser una especia de cerca, o una oruga algo geométrica.

—Son equis —afirmó Tentomon cuando el chico le mostró la carta —está bastante claro ¿por qué te interesa tanto? ¿Tus anteojos ya no sirven?

Koushiro se apoyó en el tronco del árbol digital y se dejó resbalar hasta dar con el suelo.

—Mis anteojos andan bien... sólo esperaba que... que se tratase de otra cosa —observó a Tentomon, se dio cuenta que debía ser más claro —Significa que me manda besos —examinó la caligrafía de la muchacha —Me manda besos... —repitió y se rozó los labios con la punta de las yemas. En seguida agitó la cabeza de un lado a otro, contrariado—. ¡Rayos! ¿en qué estoy pensando? Por supuesto que no significan nada... pero... ¿y si no?

—Pensé que no te querías involucrar. Tres meses ¿recuerdas? Y desaparecerán los neurotransmisores.

Al menos Tentomon siempre le apoyaba, aunque sabía que no estaba de acuerdo con sus declaraciones anti-declaratorias.

—No, así no funciona lo de los neurotransmisores —murmuró—. Pero de todas formas... tres meses es demasiado tiempo, no sé si...

Dejó la frase sin completar. Recordó San Valentín y lo difícil que fue recibir el chocolate por parte de Mimí.

—Relleno con menta ¡como te gusta! — chilló con emoción y le entregó con emoción un pequeño paquete de color morado —también le añadí cardamomo —le susurró al oído y le guiñó un ojo —no sabes lo que me costó conseguir las semillas. Alucinarás.

Se preguntaba por qué tenía que ser tan buena y atenta. Sería más fácil dejarla ir si no le alentara a seguir pensando en ella. ¿Lo haría a propósito? Las chicas lindas siempre seducen a los más inteligentes para que les hicieran la tarea. Ella siempre bonita, algunos dirían que demasiado, y no tenía nada malo reconocer lo inteligente que era él mismo... A lo mejor era una víctima más.

—No se esmeró tanto con mi chocolate —le comentó Taichi sin disimular ese codazo en las costillas —a mí también me gusta el relleno de menta.

Puede que eso de que Mimí lo estuviese utilizando no fuese tan probable. Alguna vez fueron mejores amigos, lo que pasaba es que a Mimí le aterraban los cambios, y para su desgracia, ella quería seguir siendo la mejor amiga de los doce años.

El muchacho resopló y le entregó la tarjeta a Tentomon. Odió el día en que sus hormonas reemplazaron a sus valiosas neuronas. No era justo, para una virtud que poseía, tenía que enamorarse y atrofiar con ello todo su intelecto. De acuerdo, a lo mejor estaba exagerando, pero lo cierto es, que desde que le reconoció a Tentomon que le gustaba Mimí, le costaba más concentrarse en sus investigaciones y proyectos.

Los profesores lo notaban distraído, el orientador le había vuelto a llamar la atención. Alguna vez cogió de la biblioteca un libro de citas y no recordaba la frase exacta (porque no se preocupaba memorizar cosas circunstanciales, mucho menos vanalidades) pero decía algo así que el amor no correspondido era el más doloroso y el más común. Claramente no eran esas las palabras, las del libro rimaban, tal vez con cierto dejo pedante irritante que le gustaría a Takeru.

Pero en el caso de que la frase tuviese la razón, si todos sufrían, era ilógico, incluso absurdo, algo en contra de cualquier distribución de probabilidad, que sólo a él lo tildaran de raro.

La otra bien rara era esa Miyako. La conocía, estaba investigando, pero aún no entendía qué.

—¿Puedes alcanzarme ese tazón? —le pidió un día que estudiaban en su casa.

—La verdad no... tú eres más alta, yo... —pero se calló y se puso en puntillas cuando los ojos de la muchacha empequeñecieron de forma amenazadora.

La chica se puso de gatas en el piso y elevó la mirada hacia arriba. A Koushiro le dio mala espina, si no se equivocaba (y sus observaciones solían ser de lo más acertadas) Miyako estaba observado allí donde se le levantaba la playera. Intentó verificar, pero perdió el equilibrio y cayó la piso.

La taza de hizo añicos.

—¿Qué te ocurre? —preguntó extrañado y se bajó la playera con rapidez, ella supo ponerle más nervioso.

—Nada... es que ¿y tus camisas naranjas? Hace días, a lo mejor semanas, que no te veo con ninguna.

Prefirió dejar pasar ese tema. Miyako tenía ocurrencias subnormales, se preocuparía de ella cuando lograse comprender bien sus propias ocurrencias.

Ocurrencias extrañas que tenía...

A veces se sorprendía husmeando en el gimnasio para encontrarse a la Mimí que siempre se ausentaba. Revisaba su casillero con más frecuencia, esperaba hallar más que su presencia. Escribía mensajes que nunca enviaba, que leía y memorizaba; parecía que ya sabía la respuesta, esa inventada en la que se hacían más amigos y no dejaban de serlo. Pesadilla.

Koushiro volvió a releer la tarjeta de Mimí por última vez.

Ponía al final que tenían que ir de compras algún día. Se preguntó si no estaría acumulando muchos compromisos con Mimí.

Los repasó mentalmente. Además de reponer su guardarropa, también habían quedado en que le avisaría cuando decidiese leer la carta del banco: Mimí dijo que quería estar presente; y aún le debía la ida al museo y la sopa de judías azuki cuando decidiesen hablar de Sora.

Sinceramente, esperaba que Mimí olvidase todos esos compromisos. Mientras menos tiempo pasase con ella, mejor para él y sus neurotransmisores. Bueno, sinceramente no mucho, pero la distancia era lo mejor.

Sólo que pasó que Mimí no olvidaba, y en la noche se encontró con el mensaje más temido.

¿Qué te parece esto, sweetie? Museo y judías mañana. Pero acompáñame antes a desayunar al Hospital Regional a eso de las 10.00 am.

Una sonrisa se dibujó en su rostro. No le gustaba sentirse tan feliz. El dolor aparecía siempre al final del día cuando, luego de un día completo a su lado, se daba cuenta que ella jamás estuvo cerca: se trataba de una derrota.

*.*

—No llego, no llego, no llego —jadeaba Sora. Faltaban quince minutos para que iniciara el tornero y ella no llegaba. No podía correr más, su madre y su afán de robarle sus momentos (pocos por lo demás) de éxito.

Joe podía caer como un milagro ciertas veces.

—¿Sora? ¡SORA! ¿QUÉ HACES AQUÍ? ¡LAS SEMIFINALES! ¿LO RECUERDAS?

Un milagro irritante pero un milagro al fin y al cabo. Agradeció el día en que su amigo se animó y se compró la vespa. Podía ser un modelo un poco femenino, pero Joe nunca repara en ese tipo de detalles, y Sora siendo todo lo contrario, tuvo que reconocer que no le vendría nada mal ser práctica de vez en cuando: todos necesitan un poco de Joe para variar.

—Por supuesto que lo recuerdo, pero mi madre... —se apoyó en sus piernas, estaba exhausta.

Y Joe comprendió que perdían el tiempo conversando, ya después habría tiempo para las explicaciones, si es que ella quería, claramente. Se quitó el casco y se lo ofreció a Sora.

—Si te subes ahora, tendrás tiempo de sobra para cambiarte y descansar un rato.

Sora viajó abrazada a la cintura de Joe. Reparó en su cabello largo y su pantalón de pijamas. Se corrigió, no, Joe no era práctico, ese muchacho se había convertido en todo un descuidado, no podía estar equivocada. Pero quién era ella para criticarle, todo el mundo tiene derecho a tener detalles, aunque no sean agradables a la vista.

—Joe, siento no haberte regalado un chocolate para San Valetín —le murmuró, quería que lo supiera —no le di a nadie, y creo que fue lo mejor.

—Los chicos tenemos muchos granos —así le dio a entender que no habían resentimientos—. Pero no importa, en los bolsillos de mi sudadera encontrarás una barra, saca lo que quieras... y ni se te ocurra decirme que tiene mucha grasa.

Sora jamás diría algo como eso.

Llegaron en cinco minutos al recinto deportivo.

—Sólo confía. Lo has hecho muy bien —Joe le revolvió el cabello e hizo arrancar su motocicleta

Ella se acomodó un mechón y observó cómo se adentraba en el estacionamiento.

El entrenador estalló en críticas cuando le vio aparecer. Sora se encogió de hombros ¿acaso le replicaría? A su edad no se permiten ciertas excusas. Entró al camarín y se colocó su vestuario. La sudadera de la muñeca fue lo último.

Se miró al espejo.

El tenis es un deporte solitario. Existirán las competencias en parejas, pero eso es sólo para que el expectador se quede tranquilo... extraños inventos de la federación de deportes. Ella prefería competir sola: al fin había dejado de ver su reflejo acompañado por los fantasmas de Yamato o Taichi, no lo iba a arruinar con torneos double.

O casi. A veces se aparecían en las baldosas siempre limpias de los baños del instituto. Es difícil pasar página cuando no hay un punto final. Al menos lo intentaba, sería más fácil si alguien la apoyase de vez en cuando y no la juzgasen todo el tiempo. La gente siempre está buscando al villano de la película.

"Los tenistas son seres solitarios, recuérdalo" era su consuelo, así lo eligió.

Las palabras de Joe, no podía creerlas. Le dijo que lo había hecho bien ¿acaso le vio jugar antes?

—¿A ganar? —le preguntó a su reflejo.

Los solitarios también pueden ser seres inseguros.

Inseguro también se sentía Koushiro en esa cafetería de hospital, eso unas horas antes de que empezara el partido. Joe se despidió con un guiño, le dio mala espina ¿acaso estaba insinuando algo? ¿y por qué? Debía saber algo.

Y Mimí quería hablar de Sora, jamás se sentiría cómodo hablando de otras personas.

Mimí examinó el papel que le dejó Joe. Estaba adquiriendo caligrafía de doctor, al parecer ese muchacho se estaba tomando muy en serio su nueva carrera.

—El partido es a las dos. Eso es en ¿cuánto? —examinó su celular —tres horas, dos... entre tres y dos horas. ¿Qué te pasa? No te hace ilusión ir al partido... ¿por qué? ¿es por lo de las flexiones? Miyako me contó que no te puedes ni tu propio cuerpo.

Koushiro rió. Le gustaba la forma en que Mimí veía las cosas y a la vez no. Así como le gustaban y no le gustaban sus labios pintados o la forma en que firmaba las tarjetas de año nuevo. Le gustaban esos rasgos que la hacían única, y no le gustaban porque la volvían inalcanzable, tal vez una ilusión. Y si dejaba de ser real, a lo mejor no valía tanto la pena.

A veces no sabía qué era lo que le molestaba tanto. El no entender por qué la quería, o el hecho de quererla per se.

—Sí, me atrapaste, es por las flexiones, Mimí —suspiró. A veces no sentía ganas de ser tan sincero.

—Cuando Sora gane el partido le pediremos que te enseñe.

—No creo que vaya a aceptar.

Y a veces, Mimí podía leer entre líneas.

Mimí llamó a su madre y le dijo que se iría a caminar, que llegaba tarde, pero antes del anochecer... probablemente.

La madre no puso reparos, había decidido que le gustaba ese Koushiro.

Y Mimí decidió que tenía que empezar a indagar. Con la suave brisa de tintes primaverales, sus preguntas fueron las primeras de la temporada.

—Ahora cuéntame... qué es lo que sucedió con Sora.

—Es menos impresionante de lo que piensas —extendió su mano y comenzó a enumerar—. Sora salía con Yama, Yama se volvió famoso, las fans amaban a Yama, las fans odiaban a Sora, Sora buscó apoyo en Tai, Sora se enamoró de Tai y Tai siempre ha querido a Sora.

—Vamos ¿me estás tomando el pelo?

Le encantaría hacerlo, pero no era momento de ponerse literal.

—¿Por qué lo dices?

—No puedes contarme la historia de esa forma tan punteada ¡nadie quería decirme qué había pasado! Miyako es demasiada beata... tiene que haber algo más sabroso por allí que te estás olvidando.

Koushiro comenzó a reír. Mimí no sabía qué podía ser tan gracioso. Comenzaba a enfadarse.

—¿Qué te sucede?

—Nada... eres tierna. Te ves tierna —Koushiro enrojeció, se le había escapado ese comentario.

El enfado desapareció. Se recompuso de inmediato de la impresión.

Sweetie he recibido piropos mejores —pero lo cierto es que se había ruborizado —pero sigo sin entenderlo ¿por qué Sora actúa de forma tan rara? Porque actúa rara ¿cierto? No puedo ser la única que lo nota... espera, tú reconociste alguna vez que estaba rara. Confiesa lo que me ocultas.

—Se supone que debía elegir. En eso está el asunto.

Entonces Mimí lo entendió: triángulo.

Pero el asunto ya estaba zanjado, sólo que Sora jamás lo comunicó: no iba a elegir, jamás lo haría. Porque esa sería su última oportunidad ¿y si lo hacía mal? No era justo cargar con tanta responsabilidad. Porque si elegía, sabía que lo haría mal, y Taichi nunca dejaría de estar allí.

La raqueta flaqueó en el último minuto, la pelota se estrelló contra la red, las tribunas gritaron de emoción.

Lo sabía, Joe no siempre tenía la razón, y ella siempre perdía.

—¡CÓMO QUE PERDIÓ! ¡TENÍA 30 PUNTOS, YO LO VI! —gritó Mimí, Sora la divisó. Las lágrimas brotaron solas.

Koushiro la jaló del vestido para que se sentara y le explicó que así no eran los puntos.

Joe llegó hasta la cancha corriendo, Koushiro siguió la escena desde lejos. Sora lloraba, Joe mantuvo la distancia, pero le revolvió el cabello y le dio unos toques en la espalda.

Koushiro se preguntó si Sora no estaría perdiendo demasiado.

—Estaba enojado con Sora porque creía que... que estaba jugando con mis amigos —dijo de pronto Koushiro sin dejar de observar —pero tal vez todos estuvimos jugando con ella.

Mimí le miró sorprendido. A veces no comprendía las cosas que le decía Koushiro, pero no le importaba, suponía que de eso se trataba la relación con él. Él acomplejaba el mundo, ella lo hacía reír.

Se encogió de hombros y enseñó su mejor sonrisa.

—Apuesto que a Sora le va a hacer mucha ilusión enseñarte a hacer flexiones ¡vamos a preguntárselo!

Mimí bajó corriendo, Koushiro se tomó su tiempo.

Después lo meditaría en la noche y llegaría a la conclusión de que él también era una Sora. La ignorancia no siempre era algo grave, pero ignorar las cosas podía consumir a cualquiera. Se subió a la balanza y el marcador indicó un kilo menos, su madre negó con la cabeza, preocupada.

—No entiendo ¿no te estás comiendo tu comida? Iremos a la nutricionista para que te den otra dieta, la actual no está funcionando.

Pero Koushiro sabía qué era lo que daría mejores resultados.

Volvió a abrir su caja de las tarjetas y extrajo un sobre muy doblado. Acomodó el auricular del teléfono entre su hombro y su mejilla y tal vez no era una buena idea, pero ya se había comprometido a hacerlo de ese modo. Discó el número que ya conocía.

—Mimí... yo... leeré la carta ¿podrías acompañarme... mañana?

—Mmmm... ¿podría ser el martes? Es que tengo dentista.

Mimí volvió a su cuarto y se tiró a la cama. Koushiro intentando resolver sus problemas... dulce. Pero a ella comenzaban a surgirle unos nuevos.

Y es que después de la derrota de Sora, de la sopa de judías azuki y de una segunda tarde en el museo... a lo mejor se confundió demasiado.

Se acercó al espejo del tocador y observó la fotografía.

—Vaya, vaya, vaya, no me creerás de quién nos acabamos de enamorar, Meems sonriente.

Y se quedó un rato contemplando los granos de Koushiro.

*.*

NOTAS DE AUTORA

Bueno, y este capítulo es lo que es. Avanzo en el argumento... lento pero seguro, así se ganan las competencias ¿? En fin... que saludos y feliz navidad (porque todos los días pueden ser navidad)... y por supuesto, gracias por leer.

- Japiera Clarividencia