Capítulo catorce: disparo.
Steve veía el retrovisor cada cinco segundos, y estaba comenzando a desesperar a su piloto, por lo que ella intentó entablar una conversación sobre cualquier cosa para distraerlo, pero nada lograba.
— ¿Quieres dejar de actuar como maniático? Nadie nos está siguiendo —le dijo ella un poco enojada.
—Lo siento, pero se me ha vuelto costumbre —confesó el Capitán un poco apenado.
—Lo sé, y créeme que lo entiendo, pero aquí estás seguro. Si no fuera así, tendríamos a varios autos encima.
—No quiero que eso suceda —expuso Steve al momento en que Natasha lo mencionó—. No quiero que por mi culpa ustedes queden expuestos.
—Steve. —La pelirroja fijó su mirada en la del hombre mientras esperaba los cuarenta y cinco segundos del semáforo—. Estás seguro —aseguró con calma. Tomó su mano, y la apretó suavemente.
El Capitán, por su parte, dejó escapar todo el aire sus pulmones, y trató de tranquilizarse. Estaba nervioso, debido a las grandes persecuciones que había tenido en lo que iba de año –seis meses–, y no dejaba de preguntarse si lo estaban siguiendo. Natasha tenía toda la razón en decirle paranoico, estaba siéndolo. Vio por su retrovisor una vez más, y el reflejo del pequeño queriendo ver por la ventana le pareció demasiado tierno. Una pregunta cruzó su cabeza, y antes de pensarla, ya sus labios estaban pronunciándola:
— ¿Cómo es que ese pequeño está aquí si eras estéril? —La interrogada pisó el freno, y antes de procesarlo, el auto estaba andando nuevamente—. Lo siento, no pensé lo que decía. Lo siento, Nat.
—No lo sé. Aún no sé la razón —murmuró ella—. Intenté contactar a Ivan, pero no hay rastro de él. —Le dio una mirada a Rogers—. No importa cómo haya pasado, agradezco que esté aquí.
Estas palabras hicieron sonreír a Steve, pues la mujer frente a él era totalmente diferente a la que él conocía. No diferente como si fuera otra persona, solo diferente. Y eso era suficiente para que el rubio se sintiera complacido de volverla a ver.
—Mami —le llamó Alek.
—Dime, Alek.
—Pipí —avisó el niño.
—Un segundo, pequeño.
Natasha observó a su alrededor, y vio un restaurante al que visitaba después del entrenamiento, por lo que rápidamente se acercó a la acerca, estacionando el auto, saltó de éste y fue directo por Aleksandr para que no se hiciera pipí encima. Lo tomó en brazos, llevándolo dentro del lugar, y corriendo al baño para damas.
Steve se quedó pasmado en su asiento, nunca había visto a la rusa moverse de esa manera, pero era de esperarse, era su hijo, y suponía que estaba acostumbrada a eso, detenerse en cualquier sitio porque el niño tenía ganas de ir al baño. Se quedó viendo hacia el restaurant, esperando que saliera. La vio hacerlo, el niño caminaba tomado de su mano, y ella le decía algo, pero no lograba escuchar nada, y suponía que era en ruso. Sonrió al verla así, tan bonita, y tan cariñosa con su hijo. Esa imagen nunca se iría de su cabeza, era demasiado perfecta.
La pelirroja subió al auto, después de ubicar al niño en el asiento de atrás, y asegurarlo, continúo con la marcha. Su teléfono sonó cuando estaban llegando a la estación de autobuses, y en cuanto vio al emisor, puso los ojos en blanco y contestó.
—Dime Dmitri —dijo en ruso.
—¿Dónde estás? Hoy tenías que venir a la Academia.
—Lo siento. Me surgió un inconveniente —mintió, viendo a Steve y luego a Steve Jr.
—Natalia... —Ya iba a regañarle, pero ella ya sabía cómo no objetaría nada.
—Alek está enfermo, no puedo sacarlo cuando afuera está a menos de 5 grados —lo interrumpió.
Escuchó a Dmitri suspirar. —Vale, te envío lo que sea que hablemos por correo.
—Sí.
Cortó la llamada, y tiró el teléfono en la consola central, soltando un suspiro.
— ¿Problemas? —murmuró Steve.
—Nada que no se pueda solucionar. —Natasha terminó de estacionar el auto—. Llegamos.
El rubio tomó aire, y en cuanto se iba a bajar del auto, Natasha lo tomó del brazo.
—Steve, no te vayas a enojar, pero preferiría que quedaras aquí.
— ¿Por qué? —preguntó escandalizado.
—Es Alek, no quiero que se enferme y tampoco creo que pueda hacer mucho si nos descubren y lo tengo a él —murmuró, intentando convencerlo con una mirada.
Cuando lo vio suspirar, supo que ganó la batalla, por lo que ella le ofreció una sonrisa.
—Está bien.
Natasha asintió, y se bajó del auto. Caminó lo más rápido que pudo hasta llegar al interior de la estación, buscó el área de comida rápida y encontró a Clint, vestido de negro, con un gorro cubriendo su cabello, y algo de barba, sentado en una de las mesas, terminando de pagar lo que seguramente había comido.
—Barton —dijo Natasha a dos pasos de él.
La mirada del mencionado se elevó, siendo acompañada por una sonrisa, y sin esperar mucho tiempo, se acercó a quien le llamaba, y le dio un abrazo.
—Me alegra mucho verte, Tasha —murmuró.
Ella seguía congelada en su lugar, así que cuando él se apartó, se sintió mejor. Tenía tiempo sin verlo, pero no era el momento para mostrarse de esa manera, y tampoco las cosas con él habían terminado bien, por lo que el tiempo que estuvo sin verlo solo sirvió para abrir más la brecha con su amistad.
—Tenemos que irnos. Steve está esperando por nosotros —avisó, volviendo sobre sus pasos.
Esto sorprendió al hombre, pero no hizo más que tomar su bolso de viaje, y seguirla.
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Una cantidad de preguntas se acumularon en la garganta de Barton en cuanto vio a una copia exacta de Steve Rogers tamaño niño-de-un-año, a su lado, con el cabello rojizo y los ojos tan azules como los de su compañero. Pero, sabía que no tenía sentido, pues conocía que ese pequeño a su lado era el resultado de la extraña relación que tuvieron la espía y el soldado, aunque seguía teniendo la incógnita de cómo pudo ser posible, si Natasha había afirmado millones de veces que ella era estéril.
El hilo de sus pensamientos se vio en cuanto a su antigua compañera comenzó a hablar.
—Tendremos que hacer varias paradas antes de ir casa —avisó con la voz tan neutra como siempre.
— ¿A dónde iremos? —Steve sonaba un poco asustado, y Clint lo comprendía.
—Vamos a hacer algunas compras para la cena, tranquilo —le murmuró la rusa—. Y luego, les compraré algo de ropa, no creo que esos cuatro trapos les cubran del frío.
—Natasha fuimos entrenados para soportar temperaturas bajas —recordó Clint, poniendo los ojos en blanco.
—Con un traje especial para ello. Estamos a menos de 5 grados, Barton —le avisó, dándole una mirada por el retrovisor central.
—Está bien —aceptó Steve.
Natasha cruzó a la derecha en el semáforo donde se encontraba, siguió derecho hasta llegar a un centro comercial que en el planta baja se podía ver un supermercado desde afuera. La espía entró al estacionamiento, encontrando una plaza cerca de la entrada, y al instante, saltó del auto, para tomar a Alek que estaba feliz de ir.
Los agentes de S.H.I.E.L.D. entraron al lugar, luciendo como simples civiles haciendo compras. La única mujer en el grupo, solo se limitó a guardar cosas en el carrito, y a hablar en ruso con su pequeño hijo, que le preguntaba unas cuantas cosas en su escaso vocabulario, y ella respondía sin ningún problema. Los dos hombres se mantuvieron en silencio, hasta que todas las compras estuvieron hechas, incluyendo la ropa, y se encontraba en casa de la espía.
—Gracias, Natasha —le dijo Steve, cuando ambos se encontraban a solas, guardando algunas cosas en la despensa—. No sabes cuánto agradezco todo lo que haces.
Ella suspiró, dejando de guardar las latas, y fijó su mirada en la del hombre.
—Si las circunstancias hubiesen sido diferentes, sé que confiaría en ti para salvar mi vida —se limitó a decir.
—Pero, no lo son. Y que te arriesgues así por nosotros...
—Son mi familia, o bueno, lo eran. Es lo menos que puedo hacer —interrumpió Natasha.
Steve frunció el ceño, intentando disimular su culpabilidad, pues aunque no lo sabía con seguridad, sabía que la mujer frente a él le echaba la culpa de la situación en la que se vio obligada a actuar en su contra.
— ¿Cómo sigue tu hombro? —La rusa comenzó a separar algunas verduras, para hacer la cena.
—Bien, creo —espabiló Steve—. ¿Te ayudo?
La respuesta de ella fue encogerse de hombros, por lo que el Capitán lo tomó como un sí. En silencio, comenzaron a preparar la comida, como solían hacer los sábados en casa de Steve, hacía dos años.
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— ¿Qué haces? —le había preguntado ella, cuando el olor a tocino llegó al sus fosas nasales.
—Comida. —Steve le dio una mirada de soslayo y siguió viendo lo que cocinaba.
Natasha no soportó quedarse en el sofá, y se levantó para ver que cocinaba el rubio. Vio una olla con algo blanco, y eso era lo que tenía tocino. En una taza estaba la pasta, ya cocida, y él se encargaba de picar unos cuantos champiñones.
—Pasta con champiñones, ¿eh? —Natasha tomó una tira de pasta y se la llevó a la boca—. ¿Has probado el stroganoff?
—No.
— ¿Quieres probarlo? —le preguntó con una sonrisa seductora.
Steve le vio, y asintió un poco apenado. Natasha, por su parte, caminó hasta el refrigerador y tomó una bandeja de carne que estaba recién puesto allí. El rubio la observó tomar un cuchillo, otra tabla para cortar, y verla picar la carne en tiras delgadas tan perfectamente y rápido, que se sintió tonto al ser tan lento picando solo un poco de champiñones. La vio ponerlo sobre un sartén.
—Cuando estén cocidos, lo echas en la salsa, luego la pasta y está listo —dijo ella.
— ¿Así de fácil?
—Sí, así de fácil —le sonrió en respuesta.
Él la tomó por la cintura, y la atrajo hasta tenerla a centímetro de su rostro. La besó con suavidad, como cuando quería que ese momento se mantuviera un segundo más, porque le encantaba que sus labios sabían un poco a vodka del que estaba tomando, y aunque él odiaba un poco el alcohol, en ella sabía estupendo.
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—Nat —le llamó alguien a quien la mencionada conocía muy bien.
— ¿Sí?
— ¿Podemos hablar?
—Claro. —Cerró su ordenador, y le prestó toda la atención al castaño que era su mejor amigo—. Dime.
—Lo que pasó... Yo quería decirte que...
—No tiene importancia, Clint. Seguimos siendo amigos, ¿no? —Le dio una suave sonrisa de lado, y el hombre se relajó notablemente.
— ¿Segura? Porque ese día...
—Estás aquí, yo también. No hay rencores.
Clint soltó el aire de sus pulmones, y sonrió. —Me alegra mucho escuchar eso. Temía que me odiaras.
—No hay razones... aún.
Él rió, dejando a un lado el nerviosismo que tenía. Tomó asiento en el taburete, y pensó en la pregunta que haría en unos segundos, y se decidió por hacer una que no sonara tan impertinente.
—Y... ¿Cómo has estado?
—Bien, creo. He estado teniendo una vida normal, y se siente extraño.
— ¿Vida normal? —repitió sin entender.
—Sí. —Asintió con la cabeza—. Sin todo eso de súperhumanos, misiones, personas que quieran acabar con el mundo...
—Ya. Entiendo. —Sonrió—. Es un poco raro, pero luego te terminas acostumbrando.
—Si... ¿Has sabido algo de Laura y los niños? —Clint negó con la cabeza. Natasha le tomó de la mano, y le dio una leve sonrisa—. Ya saldremos de esto.
En ese momento, comenzó a sonar el teléfono de la rusa, y el número le pareció un poco extraño, pues no solía llamarla dos veces al día y solo para lo necesario dentro del horario de oficina, por lo que contestó de inmediato.
— ¿Dmitri?
—Natalia, Ivan... —Ella se levantó de inmediato de su asiento y Clint se puso en alerta.
— ¿Qué pasa?
—Ivan te está buscando, y sabe dónde estás —La voz del hombre sonaba forzada, y se escuchaban sus jadeos, esto alarmó más a la rusa.
— ¿Dónde estás? ¿Dmitri? —Se escuchó un disparo al otro lado de la línea y Natasha dejó escapar un gemido. Sus ojos se cristalizaron, y la mirada de horror que Clint le vio, le preocupó—. Maldición.
