Comunidad: 30vicios livejournal
Tabla: Sorpresa.
Tema: 19. Puertas abiertas.
Flores amarillas.
Capítulo 14.
y no obstante solía preguntarme
cómo serías en tu espera
si abrirías por ejemplo los brazos
para abrazar mi ausencia
Epigrama con muro; Mario Benedetti.
Tonosawa no ha cambiado en el año que Kise lleva fuera. Sigue siendo un pueblo principalmente, que se da ciertos aires de modernidad en el estilo de algunos edificios (la galería de arte por ejemplo o el intrincado diseño de los hoteles de aguas termales, por el otro) y que consiste en dos calles largas en forma de cruz, rodeadas de bosques y montañas, en cuyo extremo final se encuentran (y ahí es donde Ryouta se dirige), las casas más antiguas del lugar. Las demás surgieron conforme diversas personas fueron mudándose y creando sus propios comercios y locales, todas en tierra que anteriormente era virgen, hasta llegar a la curiosa geografía local. En el centro de la cruz está la plaza del pueblo, a la que se llega, desde la estación de Tonosawa, caminando en línea recta hasta topar con la fuente de piedra y los bancos diseminados alrededor; una vista bastante pintoresca y que casi evoca recuerdos de aldeas europeas.
Si se sigue derecho, como Kise hace, se llega hacia su casa. La desviación a la derecha o en este caso hacia el este, lleva hacia el distrito comercial del pueblo, una extensión de tierra ligeramente plana donde se asienta el pequeño mercado y algunas tiendas especializadas, de cosméticos, de ropa, de computación, las escuelas del pueblo y poca cosa más. Si uno toma la desviación a la izquierda, por otra parte, encontrará un pequeño camino hacia la parte más alta de la montaña, donde se erige el templo local, camino que después se convertirá en escaleras, cien de ellas para ser exactos. Es aquí y en gran parte de la plaza donde se llevan a cabo los festivales y celebraciones donde alguna vez Kise vio a Kuroko usando un yukata.
Pero este camino no está vacío, ni lo está el que conecta la estación con la plaza. Aquí también hay locales y casas, tiendas de conveniencia, zapaterías y librerías, aunque todos los tomos sean usados. A ambos lados de este camino, el pueblo comienza a entrar en vida y para cuando se llega a la intersección de los caminos, ya es un bullicio de personas preparándose para la navidad.
Por suerte, ninguno de ellos ve a Ryouta ni le hace más caso que a cualquier vagabundo en la ciudad y éste se siente agradecido por ello mientras continúa en su pequeño calvario personal, sobrescribiendo los recuerdos de su último Noviembre (cuando corrió con todas sus fuerzas, subiendo la pequeña colina hacia la estación), con caras nuevas y sensaciones nuevas, si bien el sentimiento principal (la angustia) prevalece. Pero es más fácil apreciar todo cuando uno no está corriendo ni tiene los ojos anegados en lágrimas: apreciar a las familias más modernas colocando árboles de navidad frente a sus puertas y también las luces que penden de los postes en la plaza principal, donde corretean algunos niños.
El café donde Ryouta solía trabajar no está muy lejos de ahí, de hecho, Ryouta ya lo ha pasado en su camino hacia abajo desde la estación. Sólo las aguas termales están un poco más alejadas y adentrándose en la carretera que va más allá de Hakone hacia Yokohama, pues son edificios grandes y demasiado importantes para que estén en el pueblo, si bien a los turistas les encanta bajar a ver qué hay.
Sí, es una vista hermosa y cálida. Un lugar que entiende se puede llamar hogar sin dificultad. Y Ryouta avanza por él dirigiéndose a casa de su abuela, dejando atrás su vida en Tokyo (al menos momentáneamente), dejando atrás las casas de Aomine y Momoi, vacías sin ellos, hasta que encuentra la familiar fachada del lugar que lo acogió durante medio año, con su porche delantero y su jardín de flores, ahora cubierto de nieve; con sus ventanas que casi parecen ojos y en las que brilla una solitaria luz; aunque su abuela no sabe que está ahí, Kise Ryouta no duda que ella le espera.
Ryouta avanza hacia la casa arrastrando su maleta y con la otra bajo el brazo, agradecido de todo el ejercicio que ha hecho, pues de otro modo yacería tirado en alguna parte, incapaz de moverse. Su abuela lo espera, de eso está seguro. Y también de otra cosa, que salta a su mente nada más ve la casa azul de Kagami y Kuroko, en donde no brilla ninguna luz, como si estuviera deshabitada. Siempre cabe esa posibilidad, pero Ryouta no tiene esa suerte. Mucho menos Kuroko.
Como sea, de la otra cosa que está seguro es de que ella no le espera.
Kuroko no.
Pero a veces, la certeza no equivale a verdad.
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Ryouta se detiene frente a la puerta de su casa durante al menos un minuto, ponderando sus posibilidades: por un lado, podría dar media vuelta y tomar el tren a Tokyo, lo que le permitiría estar en su departamento antes de medianoche, pero con un largo y aburrido invierno por delante. Por otro lado, si se queda, se expone a un sinfín de penalidades y sufrimientos inimaginables, empezando por la angustia de saber a Kuroko del otro lado de la calle y con ella, un esposo que podría o no decidir darle una paliza. Y lo que su abuela menos necesita es preocuparse por él mientras está en cama como un enfermo más del cual cuidar.
Las dos opciones tienen sus ventajas y desventajas, o al menos eso le dice la lógica. Sin embargo, hay un hecho que permanece inalterable: estando o no en Tonosawa, Kise pensará en ella, quizá ahora con más razón, pues ha visitado el pueblo por el que transita todos los días, que la ve por las mañanas y que recorre por las tardes, de regreso del trabajo. Y eso en sí mismo constituirá una tortura suficiente para él, quizá incluso peor estando en Tokyo y con tantas horas vacías por delante.
Así pues y convenciéndose de estar haciendo lo menos peor para su salud mental, Ryouta empuja la puerta, que se abre con un crujido (las casas en Tonosawa nunca están cerradas, pues raramente ocurren robos u otros crímenes), presentándole un vestíbulo a oscuras, en donde, más allá, se puede vislumbrar a una figura dormida en el sofá más cercano a la entrada de la sala de estar mientras la televisión desgrana un programa de variedades que Ryouta conoce muy bien, pues fue invitado el día de su cumpleaños.
La mujer sobre el sofá no es su abuela, como Kise comprueba cuando se acerca a ella y la observa bajo la luz parpadeante de la televisión. Es la enfermera contratada por su familia para hacerse cargo y Ryouta no la culpa ni trata de despertarla, pues entiende que debe de estar agotada al tener a su cuidado y durante 24 horas a una mujer adulta. Así que, tras apagar la televisión, dejando a la mujer a oscuras, Kise se aventura hacia la escalera, sin tropezar ni tirar nada; aún recuerda la distribución de las cosas en la casa, a pesar de que lleva un año fuera.
La habitación de su abuela está al final del pasillo; Kise no se detiene a ver la suya, aunque después la encontrará tal y como la dejó, sin un solo ápice de polvo y lista para recibirlo. El corazón le late cada vez más rápido conforme se acerca a la puerta de la habitación, pues entiende que éste será el paso que definirá su estancia en Tonosawa; en cuanto su abuela lo vea no habrá vuelta atrás. Y aun así, Kise se obliga a avanzar, para después tocar la puerta con los nudillos, mientras trata de controlar el miedo que le sube por la garganta y le retumba en la cabeza.
—Adelante —dice la voz de su abuela, tan débil, que Kise no puede evitar abrir la puerta de un golpe, para encontrarla en la más profunda oscuridad—. ¿Quién anda ahí? —pregunta la mujer, incorporándose como puede en la cama con ayuda de sus codos, hasta dar con la silueta de un joven, apenas distinguible gracias a la luz de las farolas de la calle.
—Soy yo, abuela —dice Ryouta, avanzando hacia ella ayudado por el sonido de su voz—. Ryouta —dice, para disipar cualquier duda—. Mi representante me dio unas semanas de vacaciones y pensé que debía venir a verte, si todavía me necesitas aquí, claro. ¿Cómo estás?
—Estoy bien, Ryouta —dice ella y la oscuridad le impide ver su sonrisa—. Pero antes de hablar de cualquier cosa, enciende la luz, ¿quieres? Estaba dormida, los sedantes y calmantes del dolor siempre me dan mucho sueño, por eso me encontraste aquí, pero no te preocupes. Mejor cuéntame qué tal te va —dice ella, después de que Ryouta enciende la luz, iluminando una habitación decorada al estilo clásico, con grabados de caligrafía en las paredes, mezclados con algunos cuadros de su autoría y reproducciones de favoritos—. Te he visto mucho en revistas y un poco en televisión, pero quiero escucharlo todo de tus propios labios.
Kise no responde durante algunos segundos, más interesado en la vista que tiene frente a él. Su abuela está completamente vendada de la cintura hacia abajo, si bien no se observan férulas ni nada por el estilo, lo que no significa que la lesión no haya sido grave y aun así, Ryouko parece tener buen ánimo y estar saludable, obviando, claro está, la palidez de su rostro y el que ha perdido unos cuantos kilos.
—Primero dime cómo estás —dice él, sentándose a los pies de la cama—. ¿O necesitas algo? Vi a tu enfermera en la sala, está dormida, pero puedo ayudarte mientras ella descansa un poco —dice él, haciendo ademán de levantarse para ir a la cocina o adonde ella quiera, pero su abuela niega con la cabeza y en su lugar sonríe.
—No es necesario, Ryouta. Estoy bien, así como me ves. Aunque no te culpo por estar preocupado, supongo que ya me veo muy vieja y lo soy, pero todavía tengo fuerzas —dice ella, tomándolo de la mano, sorprendida de lo que ha llegado a ser en tan poco tiempo, cuando antes era apenas un niño que corría a esconderse detrás suyo cada vez que Aomine Daiki conseguía atrapar un gusano de tierra.
—No digas eso, abuela —dice él, frunciendo el entrecejo—. No es gracioso.
—Está bien, está bien —dice ella, dándole unas palmaditas en la mano—. Entonces déjame explicarte todos esos detalles aburridos sobre lo que pasó para que después puedas contarme lo que realmente me interesa, ¿de acuerdo?
Ryouta asiente y la mujer le explica los detalles sobre su fractura, así como que tuvo que someterse a una cirugía, en la que le colocaron algunos dispositivos metálicos para fortalecer sus huesos, lo que repercutió en que ahora esté completamente vendada y en reposo. Posteriormente y cuando los huesos hayan soldado, tendrá que empezar sesiones de rehabilitación física y fisioterapéutica, pero por lo mientras está reducida a ser cuidada por su enfermera (Chiyoko), por lo menos un mes más.
—Bueno, ahora es tu turno —dice ella, cuando termina su relato, pero luego se lo piensa mejor, cuando Kise lanza un bostezo al aire y ella observa las maletas que están en el piso, al lado de él—: Discúlpame, olvidé que acabas de llegar. Me olvidé completamente por la emoción de verte de nuevo, ¿quieres dejar tus cosas en tu habitación primero? ¿Y quizás cenar algo? ¿Cuánto tiempo vas a quedarte?
—Un mes, abuela. Me dieron un mes de vacaciones y pienso pasarlo aquí, sino... Sino es inconveniente —dice él y ella sabe muy bien a qué se refiere, no sólo porque Ryouta ha desviado la vista, sino también porque de pronto ha comenzado a rascarse la mejilla, un gesto bastante delator y único en él.
—Ryouta —dice ella y su voz ha ganado toda la autoridad y fuerza que hasta ella creyó perdida después del accidente—. Hay algo que tengo que decirte, muy importante y que creo debes saber inmediatamente.
—¿Qué es? —pregunta él, pensando que quizá su abuela le pedirá que se vaya pronto o algo así, lo que no explica del todo el miedo que ha empezado a treparle por el cuerpo, paralizándolo y logrando que se le forme un nudo en el estómago—. Si es sobre el tiempo de mi estancia, si te molesta, puedo...
—No —dice Ryouko, apretándole la mano con tanta fuerza que le hace daño—. Es sobre Kuroko-san y Kagami-kun —Los ojos de Ryouta se ensanchan ante la mención de dichos nombres y, si es posible, su corazón redobla la velocidad de sus palpitaciones. No esperaba tener que lidiar con ellos tan pronto, no en la oscuridad de la noche, cuando los temores se acrecentan, no cuando acaba de llegar. Pero tampoco le sorprende demasiado, teniendo en cuenta que huyó de casa de su abuela y seguramente le causó muchos problemas, por lo que un regaño sería lo menos que se merece—. ¿Recuerdas el año pasado, cuando tu madre te llamó para pedirte que regresaras?
—Sí, ¿por qué? —pregunta él, sin saber adónde va la conversación, pero sin dejar de sentirse preocupado y atemorizado.
—Fue porque yo se lo pedí. Y realmente lo siento mucho, Ryouta. Porque de algún modo fui yo quien te obligó a marcharte y aunque al final todo salió bien, nunca pude perdonarme la manera en la que dejaste Tonosawa, en la que peleaste con tu madre y en cómo te despediste de Kuroko-san —Las lágrimas asoman en los ojos de la mujer, cuyo rostro surcado de arrugas parece incluso más viejo y cansado que antes, lo que logra que el corazón de Kise se contraiga.
—No digas eso, abuela —pide él, devolviéndole el apretón de manos—. Lo que pasó fue culpa mía. Pensé cosas que no debía, asumí y me atreví a tener esperanzas en cosas fuera de mi alcance. Ahora ya no lo hago más, así que no tienes de qué preocuparte —concluye él, lo que consigue que su abuela se sienta mucho peor, pues de lo que Kuroko le dijo la noche de la desaparición de Ryouta y de lo que está escuchando ahora, bien puede imaginarse lo que sucedió entre ellos; algo que ella, de algún modo, creó—. Sé que querías lo mejor para mí, así que está bien. Podemos olvidarlo.
—Hay algo más —dice ella, que no ha quedado conforme con la conversación y no quiere desaprovechar la ocasión de enmendar su error, si es que todavía es posible (y algo en los ojos de Ryouta le dice que todavía lo es)—. En febrero del año pasado, durante un incendio... —dice ella, buscando signos de reconocimiento en las facciones de su nieto, pues el caso de Kagami fue muy sonado e incluso le hicieron un homenaje público, pero sin encontrarlo; al parecer Ryouta no sabe nada al respecto—. Kagami-kun falleció.
—¿Eh? Ah... —Conforme Ryouta va asimilando la noticia, suceden varias cosas a la vez: en primer lugar, sus ojos recorren de un lado a otro la habitación, como si buscara alguna prueba tácita de lo que acaba de escuchar o quizá, más bien, alguna prueba de que no está alucinando. Luego empieza a temblar, apenas imperceptiblemente, pero aun así, su abuela se da cuenta porque sus manos siguen unidas y él la tiene agarrada fuertemente, tanto que le hace daño. Ryouta es incapaz de formar palabras por al menos un minuto y abre y cierra la boca como pez fuera del agua, aunque nada podría estar más lejos de resultar gracioso, pues tiene todo el semblante contraído, como cuando era niño y estaba a punto de llorar—. Con razón no hay luz en su casa. ¿Hace mucho que... ella se fue?
—No se ha ido —dice Ryouko, tras unos momentos de observarlo fijamente—. Kuroko-san sigue viviendo en la casa de enfrente. Aunque probablemente esté dormida o fuera, pero sigue ahí —Quiere agregar que debería de ir a verla, pero no está segura de cómo podrían tomarlo ambos, sobre todo cuando la sugerencia proviene de ella, que tan empeñada estaba en separarlos. Aun así espera que sea suficiente, aunque sabe que no será fácil. Suficiente para que vuelvan a acercarse y, ahora que no está Kagami, darse una oportunidad.
Pero su nieto no parece tener la misma idea. Y si Ryouko supiera lo que pasa por su mente, quizá no habría pensado siquiera en invitarlo. Y es que Ryouta no puede evitar pensar en todo lo que podría salir mal ahora que Kuroko está sola: podría pensar que ha regresado precisamente por eso, podría odiarlo más de lo que seguramente ya lo hace, creyéndolo un aprovechado y sin corazón, pues aunque ha logrado salvarse de una pelea con Kagami, nada podría ser peor que saberla libre y sobre todo triste, porque lo que menos necesita es que él le recuerde lo que pasó.
—Ya veo —dice él, por fin, tras una larga pausa, que para él no ha sido más que un parpadeo—. Es... Es horrible. Supongo que iré a visitar la tumba de Kagamicchi mañana mismo, s-si me dices dónde está —Kise se pone de pie y esta vez su abuela no hace ademán de detenerlo, pues puede leer en sus facciones el shock que le ha causado la noticia y todas sus implicaciones—. Bueno —dice, tratando de sonar alegre y su abuela no puede evitar odiar esa nueva faceta de él, que sabe fingir tan bien—. Iré a guardar mis cosas y por un vaso con agua, espero que no te moleste, pero me muero de sed. ¡No tardo! ¿Quieres que despierte a Chiyoko-san por si necesitas algo?
—No, gracias. Estaré bien —dice ella y tan pronto como termina de hablar, Ryouta sale de la habitación, arrastrando sus maletas lo mejor y más rápido que le es posible, pero no la engaña y Ryouko no se sorprende cuando lo escucha bajar las escaleras, tras haber dejado caer su equipaje en algún lugar del corredor (quizá frente a la puerta de su habitación), para después abrir la puerta y abandonar la casa, aunque quizá (o eso espera) no con la intención de huir por segunda vez.
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Ryouta no está muy seguro de cómo llegó al porche delantero, sólo está consciente del sentimiento de querer huir que impulsó sus piernas nada más abandonó la habitación de su abuela y a la par de este sentimiento, también existe otro de miedo, del que no puede escapar por mucho que corra. Y es irónico que se sienta así cuando todo a su alrededor (la noche estrellada pero fría, los jardines circundantes cubiertos de nieve y el canto de un búho lejano) son la personificación misma de la tranquilidad, que le ha sido arrebatada con apenas unas cuantas palabras y muchas intenciones tras de ellas. Aunque, ¿cuáles? De eso no está seguro.
Ryouta se inclina, de manera que sus manos descansan sobre sus rodillas y es la viva imagen de un hombre que acaba de correr un maratón. Tiene la respiración agitada y sólo le falta el sudor, corriendo por sus mejillas y frente, además de la ropa deportiva, para ser la imagen perfecta de un comercial de televisión. Pero no hay sudor; tiene la piel congelada por el miedo y sus pensamientos se agolpan en su mente, apenas dejándole espacio para procesar lo que está sucediendo frente a sus ojos: en la casa de enfrente ha aparecido una pequeña luciérnaga roja.
Justo como la primera noche en que vio a Kuroko.
Con Kagami.
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Aunque Kuroko ha tratado de dejar de fumar (sobretodo desde que ella y Kagami comenzaron a tomarse en serio los planes de formar una familia), después de su muerte y quizá a consecuencia de ésta, su consumo de tabaco aumentó. Antes solía fumar un cigarro al día como máximo; ahora se conforma con al menos tres, dependiendo de qué tan estresada se sienta y esa noche, la noche en la que Ryouta regresa, Kuroko sale al porche un poco antes de que él haga su aparición, para fumar su último cigarrillo del día, un hábito difícil de dejar.
Kuroko está pensando en qué debería de hacer en navidad, dado que recibió la invitación de sus padres para permanecer unos días en su casa, cuando Ryouta sale de la casa de enfrente dando un portazo y con toda la apariencia de haber corrido al menos un kilómetro a toda velocidad. Por supuesto, en principio Kuroko piensa que está alucinando, pues sabe de manera realista que no hay posibilidad alguna de que Ryouta haya regresado y que más bien es su imaginación la que le está jugando una mala pasada. Aunque si es así, al menos ya puede sentirse un poco más tranquila de que haya empezado a imaginarlo de manera más realista, en lugar de con la indumentaria de sus revistas de moda, en una extraña mezcla de recuerdos y retazos de la realidad que ella absorbe mediante revistas y la televisión.
Normalmente, cualquier alucinación que ella pueda tener de Kise desaparece tras unos minutos, a menos claro que sea algo especial, en la oscuridad y privacidad de su habitación, pero lo que hace que Kuroko empiece a cuestionarse si de verdad se está imaginando al joven frente a ella, inclinado sobre sus rodillas, es que después de un rato, en lugar de irse parece hacerse más sólido bajo la luz de la farola más cercana, que ilumina la mitad de su rostro y crea sombras alrededor de su bufanda y su abrigo, mientras que resalta con motas de luz su cabello y ojos dorados.
Es demasiado vívido, pero tiene que ser un sueño, ¿no? La posibilidad de que sea real la hace temblar y tras darle una calada a su cigarro, Kuroko decide enfrentar al fantasma que ha estado persiguiéndola desde que se marchó, quizá con más ahínco en los últimos meses, desde que lo vio en televisión y descubrió que estaba equivocada con respecto a él.
—Buenas noches, Kise-kun —dice ella, llevándose el cigarro a los labios una vez más, segura de que no va a responderle. Casi nunca lo hace y si lo hace, su voz es una mezcla sacada de sus recuerdos, que puede sonar triste y feliz a la vez. Kuroko ve cómo la figura levanta lentamente la cabeza y cuando por fin se endereza, su rostro queda en sombras; otro efecto demasiado real.
—Buenas noches, Kuroko... san —dice Ryouta, que durante un segundo ha pensado lo mismo que ella, confundiéndola con una ilusión de su mente. Sin embargo, a diferencia de Kuroko, sabe que no está soñando porque ahora Kuroko tiene el cabello largo, probablemente más allá de los hombros y nunca la había visto vestida para el invierno; sus recuerdos consisten en vestidos de colores y pantalones cortos, no en abrigos y botas. No en su nariz, levemente sonrojada debido al frío y sus ojos con ojeras.
Es el peor momento para haberse encontrado y por eso Kise trata de ser cauteloso, pues no quiere que ella piense lo peor, ni mucho menos que se dé cuenta de lo nervioso y asustado que está. Después de todo, no sabe qué decir o cómo comportarse, teniendo en cuenta lo desastroso de su último encuentro. Un buenas noches no es suficiente y aun así, le resulta demasiado.
Y es precisamente esto lo que hace a Kuroko darse cuenta de que no está alucinando, eso y el Kuroko-san tan frío, tan propio y a la vez tan entendible, que Ryouta le ha dirigido. Pues siempre que lo imagina él le dice Kurokocchi, con esa voz tan llena de cariño que ahora duele por su ausencia. Él es real, regresó aunque quién sabe porqué motivo y por cuánto tiempo. Regresó y no es el mismo (como ella no es la misma) del que se despidió de manera tan desastrosa hace un año atrás.
Kise está un poco más alto y todo su aspecto habla de cuidado y esmero; si Kuroko se atreviera a posar su mano sobre su piel, la encontraría tersa y suave, perfumada por agua de colonia para después del afeitado. Pero no sólo es su piel la que reluce, incluso sin la base de maquillaje que le ponen en las sesiones fotográficas para prevenir las zonas brillosas, también su cabello, ligeramente más largo, luce un aspecto que ella asocia con comerciales de shampoo milagrosos.
—Te he visto en revistas y en televisión —dice Kuroko, tratando de obviar el incómodo silencio entre ellos y también ocultando así el escrutinio del que lo está haciendo objeto. Ryouta lleva un pantalón color caqui, botas negras, un cárdigan del mismo color sobre una camisa blanca y sobre todo esto, una chaqueta de cuero color café, en donde descansa, sobre su cuello y como una serpiente, una bufanda de color naranja. Parece salido de un catálogo y Kuroko tiene que admitir que, si algo bueno salió de ese último año separados, fue su sentido de la moda, que antes era pésimo y ahora excede en todos los sentidos.
—¿Ah, sí? —pregunta Ryouta, sin dejar de cambiar su peso de una pierna a otra. Le sorprende saberlo, pero no alberga ninguna esperanza (tener esperanzas es dirigirse nuevamente hacia la ruina) de que haya sido algo más que un simple vistazo pasajero, en la sección de revistas de la tienda de conveniencia más cercana o su imagen, captada un segundo, al pasar los canales en busca de algo mejor.
—Parece que te está yendo muy bien, Kise-kun —dice ella, apartando por fin la vista hacia su cigarro, que ya se ha consumido entre sus dedos, dejando en el suelo un montoncito de ceniza, el menor de sus problemas—. Me alegra mucho que así sea, te lo mereces. Sé que trabajas muy duro —Kuroko se esfuerza por sonreír, pero lo único que consigue es que las comisuras de sus labios tiemblen un poco.
—Ah. Um... Gracias. Todavía me falta mucho por mejorar —dice él, todavía sin creerse del todo la situación, el que ella esté enfrente suyo, con las mejillas y la nariz un poco enrojecidas, exhalando nubes de vapor conforme las palabras abandonan sus labios. Y sobre todo no puede creerlo porque piensa en el infierno que seguramente debió haber pasado cuando Kagami murió y en el que seguramente todavía vive, aunque quizá no con la misma intensidad que en el primer día. Y ahí está él, de nuevo en Tonosawa, quizá para arruinarle aun más las que deberían de ser unas vacaciones tranquilas... Para ambos—. En realidad ahora estoy de vacaciones —dice él, tras otro momento de silencio—. Y vine a ver a mi abuela, por lo del accidente, ya sabes. Me quedaré todo este mes —dice él y a Kuroko no se le escapa el tono de disculpa en su voz, que está muy cerca de ser exactamente igual al de aquél día en que le confesó sus sentimientos por ella—. Pero no te molestaré —añade, ante el silencio de ella, que ha interpretado como una mala señal—. Lo prometo, Kuroko-san.
Kuroko frunce el entrecejo. No le gusta el tono ni la manera en la que Kise se dirige a ella, aunque entiende porqué se está comportando así, pues además es la manera más diplomática de llevar el asunto que pende entre ellos en el aire, doloroso e incómodo. Aun así, le molesta que haga asunciones sobre ella y sobre lo que podría molestarle o no, por lo que se lo hace saber inmediatamente.
—No me molestas, Kise-kun —dice ella y sabe que no puede hacer nada con respecto a que le llame Kuroko-san, cuando ella ya se ha acostumbrado y prefiere el Kurokocchi.
—Gracias, Kuroko-san —dice Ryouta, cuyo alivio no sólo se transluce en su voz, sino también en sus facciones, que se suavizan por un instante, antes de volver a endurecerse, pues no se siente con el derecho de hablar con ella, sobre todo porque quiere dejar de hacerle y hacerse daño, lo que no conseguirá si sigue fomentando la amistad (si es que todavía la hay) entre ellos—. Bueno... Tengo que irme, mi abuela me espera —dice él, dándose media vuelta, pues su voluntad es débil y su corazón lo es aun más.
—Kise-kun —lo llama ella, no muy segura de qué quiere decirle. Quizá sólo quiere que permanezca a su lado un poco más, para cerciorarse de que no es una ilusión, si bien todo, desde su apariencia hasta su actitud, le dicen que es real.
—Y Kuroko-san —dice él, ignorando su llamada—. No lo sabía, mi abuela acaba de decirmelo, pero lamento mucho tu pérdida. Kagamicchi era un buen tipo.
Kise entra a casa antes de que Kuroko pueda decir algo, aunque tampoco se le ocurre nada con qué retenerlo. Tiene la vista empañada por las lágrimas, pero no se molesta en enjugarlas con sus manos llenas de ceniza. Está acostumbrada a llorar desde que Kagami murió.
Aunque en esta ocasión no llora por él.
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Ryouta cierra la puerta a sus espaldas y se recarga contra ella, pero aunque las piernas le tiemblan, se las arregla para no terminar en el suelo, conteniendo sus propias lágrimas.
No esperaba ver a Kuroko tan pronto y sinceramente, no tras haber recibido dicha noticia. Pero la vida es impredecible; ahí está la prueba.
Sin embargo, Ryouta sabe cómo enfrentarla. Ya no es el mismo chiquillo que se marchó llorando hacia Tokyo, incapaz de hacerle frente a sus problemas y por eso, se las arregla para componer su mejor sonrisa antes de subir a la habitación de su abuela, donde con un tono alegre y que parece espontáneo (pero que no la engaña), le cuenta sus aventuras en Tokyo.
La vida sigue, ese es su lema ahora, por muy despiadado que suene.
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Al día siguiente y conforme a lo prometido, Kise acude al cementerio, no sin antes haberle pedido los detalles a su abuela sobre el lugar en donde está enterrado Kagami, así sobre cómo llegar, pues nunca ha estado ahí antes; cuando era niño le tenía pavor a los fantasmas y jamás se acercó, ni siquiera cuando la familia visitaba la tumba de su abuelo, fallecido antes de que él naciera.
Para gran alivio de Kise, el cementerio está solo cuando llega ahí, a primera hora de la mañana (lo que no significa que nadie lo haya visto) y él no puede evitar un escalofrío al pensar en que es lógico que no haya nadie en invierno, cuando todo parece más solitario y embrujado. Aun así, Kise se obliga a avanzar por entre la fila de lápidas que se alzan frente a él, la mayoría cubiertas por una capa de nieve y se detiene un momento a visitar a su abuelo, un alemán que renunció a su apellido, su hogar e incluso su nacionalidad por casarse con su abuela, cuya descendencia, como él podía constatar, había heredado sus mejores rasgos: el cabello y los ojos dorados, las facciones finas y la tez blanca como de porcenala, de las que él ahora hace uso en su trabajo.
Kise presenta sus respetos ante su abuelo, que se encuentra en la parte más profunda del cementerio y por ende más vieja, antes de dirigirse a la tumba de la familia de Kagami, cuyo único distintivo de todas las demás está en que se encuentra bajo un árbol de cerezos, cuyas ramas están vacías, como dedos muertos, en pleno invierno. Y cuando llega ahí no le sorprende ver que no hay rastro de nieve en sus superficies, si bien la última nevada importante fue hace dos días. Pero no le es difícil imaginar a Kuroko limpiando la nieve, arreglando unas cuantas flores de temporada y haciendo sus ofrendas de comida y arroz; casi puede verla cuando cierra los ojos, una figura solitaria ocupándose de su esposo en el silencio del invierno, con el cabello cubriéndole el rostro, en donde el frío y el paso de los meses han secado sus lágrimas.
—Hola, Kagamicchi —dice él, con su mejor voz jovial—. Hola, señores Kagami —añade, sintiéndose un poco idiota, pero es que no se siente lo suficientemente valiente como para adoptar la pose de aquellos que rezan, con las manos juntas a modo de oración y los ojos cerrados, pues teme que así como él se comunica con Kagami, él pueda devolverle la palabra y recriminarle lo que hizo.
Aun así, Kise no se muestra irrespetuoso y añade su propio plato de comida al que Kuroko ya ha dejado, así como también una flor, que consiguió apresuradamente en el pueblo y que sin duda no tardará en marchitarse. Lo siento, piensa, mientras se inclina para acomodarlo todo. Espero no haber causado problemas, aunque probablemente fue así. De verdad lo siento, Kagamicchi. Y más lamento no haberme podido disculpar cara a cara, pero si algo puedo prometerte ahora, es que no lo volveré a hacer. La quiero pero no lo volveré a hacer. Ya nos hemos hecho suficiente daño.
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Más tarde ese día y mientras Kise se encuentra ocupado desempacando sus cosas, Kuroko escucha las primeras habladurías respecto a ella y Kise. Alguien (la mujer de la floristería para ser más exactos) lo ha visto y no ha dejado pasar ni un segundo para comunicárselo a los demás, con su propio añadido de chismes y especulaciones.
Kuroko se encuentra formada en la fila para comprar carne en el distrito comercial de Tonosawa, cuando a sus oídos llega su nombre y el de Ryouta, pronunciados con tanta malicia y curiosidad que por un segundo le hacen preguntarse si la persona que está hablando ha elevado el tono de voz de manera consciente para llamar su atención.
—¿Crees que haya regresado por ella? —pregunta la voz de una mujer mayor, unos cuantos metros detrás de Kuroko—. Ahora que ya no está Kagami-san, no me sorprendería. Después de todo, eran muy cercanos mientras estuvo aquí y si yo fuera ella, no sería nada tonta como para desaprovechar a alguien tan guapísimo como él. ¡Es modelo! —dice la mujer, como si eso lo explicara todo.
—No lo sé —dice otra voz y es de un hombre, que por el tono de voz, bien podría ser su esposo—. Yo no estaría tan seguro, Sayo. Por eso mismo que dices que es modelo, debe de tener a un montón de chicas detrás suyo, seguro que no le falta con quien dormir —dice el hombre, antes de soltar una carcajada—. Es famoso y ella no. Claro que eso no significa nada en sí mismo. Bien podrías tener razón, pero habrá que esperar a ver qué pasa, ¿no?
Kuroko no escucha la respuesta de la mujer, Sayo y sólo se da cuenta de que la fila ha avanzado cuando alguien le pide que avance. Se encuentra muy ocupada sopesando lo que acaba de escuchar y contrastándolo con lo que sucedió la noche anterior (como si no hubiera sido suficiente pasar la mitad de la noche en vela, pensándolo), muy segura de que las impresiones de Sayo y su esposo no podrían estar más equivocadas, al menos al respecto de que Ryouta regresó sólo para aprovechar el que ahora sea viuda. Él también se lo dejó muy claro la noche anterior y en tono de disculpa. No lo sabía y en cuanto lo supo, ningún plan extraño cruzó su mente, no después de la negativa tan tajante que recibió la última vez que decidió intentar algo tan estúpidamente arriesgado como confesar sus sentimientos.
Pero Kuroko no puede estar tan segura de su otra afirmación. Seguro que no le falta con quien dormir, ha dicho el hombre y a ella no le sorprendería saber que esto es cierto, pero a la par que lo entiende también le causa cierto malestar, que ella cree injustificado, pues contradice su sentimiento, realmente sincero, de alegría al ver que ha podido seguir adelante después de todo lo sucedido entre ellos.
Probablemente estoy siendo demasiado consciente de mí misma, piensa Kuroko, cuando por fin está frente al vendedor y le pide su orden. Aunque en una cosa sí que tienen razón Sayo y su esposo, y es que sólo el tiempo dirá.
El tiempo y su convicción de que es lo mejor permanecer separados, ahora que Ryouta tiene una vida y ella está reconstruyendo la suya.
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Dicha convicción, un acuerdo tácito entre ambos, los mantiene separados durante una semana, que Ryouta pasa cuidando de su abuela y acostumbrándose de nuevo a la quietud de Tonosawa, donde falta el sonido del tráfico y la música de sus vecinos, todos ellos elementos que lo hacían sentir siempre en movimiento, útil y vivo. En Tonosawa las cosas son diferentes, hay cierta predilección por el silencio y poco puede Ryouta hacer para matar el tiempo, pues no hay gimnasios o karaokes, mucho menos cines o bares en los que pasar el rato y por ende, en los cuales olvidar sus problemas, todos ellos ahora (¿ahora?) relacionados con Kuroko, a quien no puede sacarse de la cabeza.
No ahora que están tan cerca y les es inevitable verse aunque sea unos momentos por las mañanas para desearse buenos días, antes de seguir sus respectivos caminos, sus respectivas vidas uno frente a otro. Quizá eso es precisamente lo que lo vuelve loco, la constatación de su cercanía y a la vez de la distancia que los separa por mutuo acuerdo.
Tan cerca en sus pensamientos, tan lejos físicamente. Quizá incluso más que cuando él estaba en Tokyo, posando para las cámaras bajo los reflectores, acostándose con medio mundo y fingiendo que todo iba fenomenal.
—Deberías de ir a verla —le dice su abuela el jueves por la noche, mientras ella, Kise y Chiyoko están en la sala de estar, cada uno dedicado a algo diferente. Ella, sumida en un libro sobre teoría del arte, Chiyoko mirando el noticiario vespertino y Kise, por enésima vez, mirando el libro que Kuroko le prestó la última vez que se vieron y que nunca pudo regresarle. Un libro que lo acompañó durante todo un año y que releyó más de una vez, tratando de encontrar los secretos de Kuroko entre sus páginas, deseando a la vez que todo hubiese sido tan fácil para ellos como lo fue para los protagonistas del libro, que terminaron, como era de esperarse, juntos al final.
—No quiero molestarla —dice Ryouta y es la respuesta que da siempre que su abuela le hace dicha sugerencia, aunque nunca explica porqué. Para él, la historia que Kuroko y él comparten es secreta; nada más lejos de la realidad. Quizá si lo supiera cobraría sentido para él la insistencia de su abuela y la resistiría aun más, pero la mujer no le dice nada. No dice que sabe cómo terminaron las cosas y que por eso trata de enmendarlas, pero eso no significa que ceje en su empeño.
—Ha pasado mucho tiempo sola —dice Ryouko, sin levantar la vista de su libro, pues no quiere delatar su interés en que todo salga bien—. Estoy segura de que se alegrará de que la visites, antes solían ser muy unidos, ¿no es así? Y ella necesita a un amigo, sobre todo ahora que está empezando a componer su vida.
—Ya es muy tarde —dice Kise, que no tiene ningún argumento con qué convencerla salvo ese—. Seguramente estará descansando ahora, no quiero molestarla —repite, dejando el libro por la paz a su lado y concentrándose también en la televisión—. Hoy no, después —dice y aunque a simple vista parece completamente concentrado en los desastres que se suceden en el mundo y en la bolsa de valores, a Ryouko no le pasa desapercibida su mirada perdida y la manera en la que, algunos minutos después, vuelve a tomar el libro entre sus manos de manera inconsciente.
Quiere verla, pero no se atreve. Ryouko lo entiende, pero no está dispuesta a dejar que algo así la detenga; incluso si no empienzan a salir juntos, le gustaría que enmendaran su amistad y eso no será posible hasta que vuelvan a hablarse como mínimo, cosa que sólo conseguirá si toma medidas más drásticas. Hoy no, ha dicho Ryouta y ella sonríe ante las implicaciones de dichas palabras. Hoy no, pero mañana sí, piensa ella. Ya me ocuparé de que así sea.
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Kuroko despierta a la mañana siguiente con el sonido del timbre taladrándole la cabeza. Afuera, los primeros rayos del sol se asoman por el horizonte y el mundo se encuentra teñido de azul, una bruma azul que le impide ver por dónde va mientras avanza por el corredor hacia las escaleras, chocando contra las paredes mientras se frota los ojos, cada vez con mayor rapidez, pues de pronto la ha asaltado la idea de que podría ser algo urgente; alguien dispuesto a informarle de otra tragedia, a juzgar por la hora y el día (domingo, antes de las 7 am).
Así pues, Kuroko apenas es consciente de su aspecto cuando abre la puerta (y sólo de milagro consiguió no tropezar en las escaleras en su alocada carrera por alcanzar a la silueta que se adivina del otro lado). Pero quien está del otro lado no es ningún policía o familiar, con el rostro deshecho por la conmoción y las lágrimas, estado que ella misma experimentó y aprendió a reconocer cuando Kagami murió; no, quien está del otro lado es Kise y parece tan adormilado como ella.
—Lo siento, ¿te desperté? —pregunta él, sin poder reprimir un bostezo y ella no se explica qué está haciendo frente a su puerta tan temprano, cuando sus ojeras delatan que no ha tenido muchas horas de sueño en más de una noche; esas ojeras no estaban ahí el día en que llegó a Tonosawa.
—Buenos días, Kise-kun —dice ella, imitando su bostezo—. Pues sí, en realidad estaba dormida. ¿Necesitas algo? —pregunta ella, haciéndose a un lado para dejarlo pasar, pues se imagina que debe de haber pasado algo lo suficientemente grave como para que Kise aparezca, en pijama y con el rostro hinchado por el sueño, frente a su puerta.
—Pffft, Kurokoc... san, ¡tu cabello! —Ryouta no puede reprimir la risa que le causa ver el cabello de la mujer, todo enredado como el nido de un pájaro, en contraste con su rostro inexpresivo y más bien todavía a medio camino entre el sueño y la realidad. Algunos mechones están de punta como en esas películas de Frankenstein que veía cuando niño y las puntas se han curvado hacia arriba, dándole una apariencia bastante peculiar, sobre todo teniendo en cuenta que lleva un pijama de dos piezas un poco largo, que la hace parecer más joven de lo que realmente es; una niña.
—Oh —dice ella, tomando uno de sus mechones y admirándolo durante un instante, como si la sorprendiera constatar algo que sabe es parte de su persona desde que era niña y que hacía que todo el mundo la reprendiera, pero que ahora ha hecho reír a Kise, de una manera tan simple y espontánea que a ella le duele un poco el corazón—. Lo siento, acabo de despertarme. Pero así es siempre —dice ella, encogiéndose de hombros y sin obviar que él no ha hecho ademán alguno por entrar—. Claro que Kise-kun no ofrece una apariencia mucho mejor —añade con una sonrisa, que logra de alguna manera suavizar el ambiente entre ellos.
—Sí, bueno —dice él, rascándose la nuca y evitando su mirada—. Lo que pasa es que se acabó el azúcar y a mi abuela se le ha ocurrido que desea tomar té a la manera inglesa esta mañana, así que me envió aquí para conseguir un poco, pues no ha querido que Chiyoko-san... Su enfermera, vaya a conseguirla, dice que sería abusar de ella... —dice, negando con la cabeza, pues no puede entender las excentricidades de su abuela—. Ya compraré una bolsa más tarde, pero por eso he tenido que molestarte, de verdad lo siento, Kuroko-san —dice él, enseñándole una taza, en la que planea llevarse el azúcar de vuelta, aunque cuando regrese a su abuela se le habrá quitado cualquier pretensión de tomar té.
—No es ninguna molestia, Kise-kun —dice ella, tomando la taza de sus manos, antes de darse media vuelta para enfilar hacia la cocina—. Regreso en un momento. Si así lo deseas, puedes pasar. Está haciendo mucho frío como para que estés ahí fuera, con nada más que la pijama —Kuroko no espera su respuesta y se dirige hacia la cocina, donde Kise la oye trajinar, sin duda sirviendo el azúcar en la taza.
En realidad, Kuroko tiene razón. Está haciendo mucho frío y Ryouta no puede evitar abrazarse a sí mismo mientras espera, pero ninguna fuerza humana (o en este caso natural), podría convencerlo en esos momentos de poner los pies dentro de la casa, ni qué decir del resto del cuerpo. Su memoria sensorial recuerda muy bien lo que aconteció la última vez y Kise casi puede sentir el dolor lacerante con el que corrió por el pasillo hacia la salida o experimentar la sensación de ansiedad y emoción que sentía antes de decir las palabras definitivas; son mariposas en su estómago, que nada (¿de verdad?) tienen que ver con que ha visto a Kuroko tan temprano, como sin duda nadie más, salvo Kagami y sus padres, la ha visto. Con los párpados medio caídos por el sueño, el cabello hecho un lío y las mejillas rojas por el contacto con la almohada.
—Aquí tienes, Kise-kun —dice ella, cuando regresa unos minutos después, con la taza en la mano derecha y el cabello un poco más arreglado, aunque no del todo domado.
—Gracias —dice él, comenzando a dar unos pasos hacia atrás, aunque estos le requieren toda su fuerza de voluntad—. Y de verdad perdón por las molestias. Hasta luego.
—Hasta luego, Kise-kun —dice ella y lo observa darse la vuelta y entrar a su propia casa antes de cerrar la puerta, subir las escaleras y volver a entrar en la protección de sus mantas. Pero ya no puede dormir, como no pudo dormir la noche anterior y la anterior a ésta, desde hace casi una semana.
Ryouta no es el único que tiene insomnio.
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A pesar de que Ryouta se cercioró de comprar una bolsa de azúcar de un kilo, suficiente para satisfacer las necesidades de té inglés de su abuela, así como otro tipo de suministros como carne, verduras y pasta, eso no evita que se encuentre más de una vez frente a la puerta de Kuroko en los siguientes dos días. Las cosas parecen desaparecer como por arte de magia en las despensas de su casa y si no fuera porque sabe que Chiyoko es honrada y a su abuela no le gusta desperdiciar la comida, pensaría que todos esos incidentes en los que el azúcar se ha derramado o de pronto se ha terminado la soya o algún tipo de condimento especial en horas en que no es posible comprarlo o conseguirlo en otro lado (¡No puedes molestar a los vecinos, Ryouta!), diría que ahí se está tramando algo.
Kuroko le ha abierto cada vez y no ha puesto objeción alguna a sus peticiones cada vez más descabelladas y siempre coincidentes con horarios en los que ella está en casa, ya sea leyendo mirando televisión o cocinando. Ryouta ha tenido la oportunidad de verla más de una vez al día, como compensación por la semana que han pasado sólo deseándose los buenos días y a veces, aunque muy raramente, las buenas noches (Kise ha aprendido a evitar el porche por las noches, pues sabe que ella tiene el hábito de fumar ahí nada más el sol se ha escondido).
El lunes por la noche (y ya la cuarta vez en el día en que lo han enviado por alguna cosa extraña y que resulta completamente innecesaria después), Kise se dice que no puede seguir más con ello. No a menos que quiera causar un malentendido. Por eso, cuando Kuroko le abre la puerta y tras hacerle su petición ridícula número diez en dos días, Kise se decide a explicarle lo que está pasando (o lo que él cree que está pasando, aunque lleva mucho de razón):
—No sé porqué, pero parece que mi abuela quiere que hable contigo —dice él, cuando Kuroko le tiende la taza llena de salsa de soya, a pesar de que él compró un poco en el mercado esa misma tarde, para, dos horas después, encontrarla derramada sobre la mesa de la cocina—. Lo siento. No pienses mal de mí, no lo estoy haciendo a propósito.
Eso a Kuroko le consta. Ryouta parece más que reacio a acercarse a ella y si lo hace, se cuida muy bien de ser cortés, pero distante. Por ejemplo, cuando el recipiente que contiene cualquier cosa que haya sido pedida por Ryouko, pasa de las manos de Kuroko a Kise o viceversa, Kise no escatima en cautela, de manera que sus manos no se toquen; se diría que Kuroko tiene lepra o algo así.
Lo peor es que saberlo la hace sentir un poco enojada.
—Kise-kun, no pienso mal de ti y no me molestas en absoluto —dice ella y frunce un poco el entrecejo, pues sabe que hay demasiado que no se ha dicho entre ellos como para poder hacer que esa afirmación suene creíble; aun así, continúa—: Así que, por favor, deja de disculparte. Puedes tener todo el azúcar que quieras —dice ella, sin dejar de mirarlo directamente, por lo que es él quien desvía la vista, con las mejillas ardiéndole, pues por un momento le pareció que Kuroko insinuaba algo más. Por un momento, hasta que él aplacó su imaginación, siempre tan irracional y poco confiable.
—V-vale, gracias —dice por fin y se maldice un poco al darse cuenta de que el rubor, en lugar de disminuir, parece ir en aumento, sin duda a consecuencia de la mirada fija que Kuroko todavía le dirige, bajo la sombra de su fleco y con esos extraordinarios ojos azules, que tanto ha buscado en otras, sin encontrarlos—. Entonces nos vemos luego, Kuroko-san. Cuando a mi abuela se le ocurra algún otro disparate.
Kuroko sonríe, aunque todavía le molesta mucho que la llame con el honorífico "san".
—Está bien, Kise-kun —dice ella, comenzando a cerrar la puerta—. Buenas noches. Y no olvides que mis palabras siguen en pie. Cualquier cosa que necesites, puedes venir a buscarme. Incluso si no es azúcar.
Ella cierra la puerta antes de que él tenga oportunidad de contestar, aunque en realidad, lo ha dejado sin palabras.
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Kise pasa lo que resta de esa noche y las primeras horas de la mañana considerando las palabras de Kuroko. Sopesándolas, interrogándolas, descomponiéndolas hasta significados tan retorcidos que después de un tiempo le da dolor de cabeza. Y ya cuando su abuela está a punto de enviarlo a por una taza de sal (siempre pendiente de que Kuroko esté en casa), es Kise quien le anuncia por propia iniciativa que irá a ver a Kuroko, aunque él también se inventa una excusa.
—Es hora de devolverle el libro que me prestó hace tanto tiempo —dice él, aunque su abuela ni siquiera lo ha cuestionado. Él, en cambio ha llegado a la conclusión de que, a pesar de que le gustaría dejar las cosas en claro, por el momento prefiere conformarse con la calma que se ha instalado entre ellos; una extraña camaradería que le da esperanzas (de que puedan ser amigos, al menos) tanto como le duele (porque después de todo, no quiere que sean sólo amigos) y que él quiere mantener con pequeños gestos como ese.
Por algo se empieza. Y él cree que al devolverse su libro se irán con él sus sentimientos y por fin podrá quedar todo como debería ser y no como él quiere que sea. Porque la quiere, demonios, sí que la quiere. Verla le ha hecho recordar lo mucho que extrañaba el timbre de su risa, un sonido casi milagroso por lo inesperado de su aparición; el brillo de sus ojos, que parecen haber absorbido el azul del cielo; su tez blanca, su cuerpo frágil, que él podría levantar con un solo brazo; la curva de su cuello, donde él quisiera descansar la frente en noches de insomnio; sus piernas, ahora ocultas debido al invierno, largas y en apariencia como de seda. ¿Que si la quiere? Sí, todavía.
¿Que si es una excusa, eso del libro? Sí, qué importa. Él sabe que en cuanto se vaya del pueblo, ahora sí con todos sus asuntos arreglados (o eso espera), será la última vez, el para siempre jamás de su separación. Por eso piensa aprovechar, por eso se dirige a su casa, por primera vez desde que regresó a Tonosawa, con paso seguro y veloz. Y es que no puede evitar sentirse hechizado por eso que aún imagina; la invitación de Kuroko en su voz, aunque sin duda sólo pretenda ser amable.
—Otra vez soy yo —dice él, cuando ella abre la puerta, quizá un poco más deprisa de lo habitual. Claro que, acostumbrada a que le pidan cosas a todas horas, seguro ya se le ha hecho hábito—. Aunque esta vez es para algo diferente —dice, tendiéndole el libro que le prestó "El rumor del oleaje", con la portada hacia ella y las manos un poco temblorosas—. Perdona que haya tardado tanto en devolvértelo. Si crees que está en muy mal estado puedes decírmelo y conseguiré un nuevo ejemplar; me acompañó durante todo este tiempo y lo re-leí muchas veces, así que podría estar un poco maltratado.
—No, está bien —dice ella, tomándolo con sumo cuidado, antes de empezar a pasar las páginas, donde toca los kanjis, como si éstos pudieran contarle la historia que Ryouta no le ha dicho y que seguramente ni los medios saben—. Gracias por devolvérmelo. Aunque en realidad no me molesta que lo tengas, pero si ya lo has terminado... —Kuroko alza la vista de los carácteres y observa a Ryouta, que le devuelve la mirada, expectante, robándole así sus siguientes palabras.
—Bueno, no sé si tengas tiempo, entenderé si no es así... Pero, ¿me dejarías pasar un momento? Me gustaría hablar del libro. En mi trabajo es muy difícil que alguien quiera hacerlo, así que no tengo a nadie con quien compartir mis impresiones —dice él y ella se pregunta si eso significa que no tiene novia o más bien, que a su novia no le gusta leer—. ¿No te parece bien? —pregunta Ryouta, al ver que unas pequeñas arrugas se forman alrededor de los ojos de Kuroko, que miran hacia el vacío.
—No digas tonterías, Kise-kun —dice ella, haciéndose a un lado para dejarlo pasar y precediéndolo en su camino hacia la sala de estar, que hacen en silencio. Pues aunque Ryouta decidió de manera voluntaria volver a adentrarse en la casa, eso no significa que los recuerdos sobre la última vez que estuvo dentro no sean menos dolorosos. Y lo mismo le sucede a Kuroko, que además, siente como nunca la ausencia de Kagami cuando escucha a Kise exclamar—:
—Vaya, cambiaste de lugar los muebles. Por un momento no reconocí el lugar.
El tema de Kagami pende en el aire y Kuroko puede ver que Kise también se da cuenta de ello cuando desvía la mirada, aunque sin hacer ningún ademán por sentarse. Al parecer, Ryouta no sabe nada al respecto, no ha buscado en internet los detalles escabrosos e inventados, ni se ha ido a escuchar el chisme de los vecinos, así como tampoco ha preguntado a su abuela. Pero aunque ella desea contarle, así como escuchar lo que Kise tiene que decir con respecto a su propia vida, decide que ese es tema para otro día; no quiere estropear el momento con tristezas, no cuando él parece tan dispuesto a recuperar lo que tenían o más bien, a crear algo más, aunque ninguno de los dos sepa qué.
—Toma asiento, por favor, Kise-kun. ¿Quieres tomar algo? —pregunta Kuroko y sólo cuando Kise niega con la cabeza (todavía consciente de su error), se permite sentarse frente a él, aunque ahora, con la nueva distribución de los muebles, también queda de frente a la salida, pese a que no necesita ni quiere huir de él—. Entonces, ¿qué te pareció el libro?
Es la pregunta que da pauta a que se instale cierta normalidad entre ellos, que pronto se encuentran charlado animadamente, como si el último año no hubiese sucedido. Hablan de la prosa y de la intención del autor, del Japón retratado en las páginas (¿se ha perdido o no?), hablan de las tradiciones y de los prejuicios, también de los personajes, tema en el que Ryouta saca a relucir su nueva personalidad (aunque Kuroko ya había visto un poco de ella en ciertos manerismos y palabras durante su discurso).
—La verdad es que nunca los entendí —dice él, con un deje de desesperación en la voz—. Quizá fue por eso que re-leí la historia tantas veces. Su amor, no sé... Me pareció que surgió de la nada. De pronto se querían y hacían hasta lo imposible por verse, por estar juntos. No sé, me parece extraño —dice él y suelta una risita que a Kuroko no le gusta nada, pues delata que más que parecerle extraño, le parece tonto—. Y luego está la escena de la torre de observación —añade, riendo otra vez y no es necesario que le explique a Kuroko a qué se refiere ni porqué se ríe. Ella cree entenderlo lo suficiente.
La escena, en pocas palabras, sitúa a los protagonistas dentro de la torre de observación de su pueblo, solos tras haber caído una tormenta y por ende, mojados. Hatsue, la protagonista femenina, encuentra a Shinji durmiendo desnudo dentro de la torre y después de un intercambio de palabras, ella también se desnuda, aunque no pasa más, ambos se contemplan en silencio, fascinados ante una vista desconocida. A Ryouta le parece gracioso no porque él crea imposible tal situación, sino más bien porque un amor así, piensa con amargura, nunca llega a nada. Y sin embargo, ellos, por ser protagonistas de un libro, lo han logrado.
Kuroko quiere preguntar: ¿Desde cuándo eres tan cínico?, pero en su lugar dice:
—¿Te molesta? —refiriéndose al cigarro que sostiene entre los dedos de la mano derecha, cuyas puntas, a la luz pálida del foco en el centro de la habitación, parecen demasiado amarillas para el gusto de Ryouta. Aun así, niega con la cabeza. Él no es nadie para decirle qué debe o no hacer con su cuerpo—. Regresando al libro —dice Kuroko, después de encender su cigarro, darle una larga calada y expulsar el humo lentamente mientras habla, todo esto sin que Ryouta sea capaz de despegar la vista de ella, lo que le impide prevenirse ante lo que va a escuchar—: Pienso que no es difícil de entender. Aunque probablemente sea por los valores actuales comparados con los antiguos. Ahora resulta difícil creer en ese tipo de amor, algo a primera vista tan inocente pero con la fuerza suficiente para contravenir todos los obstáculos. Pienso que ése es el principal mensaje del libro —dice ella, sintiendo, conforme las palabras abandonan sus labios, que el estómago se le encoge de la emoción—. E incluso se podría decir que es un llamado a continuar o a rescatar ese tipo de amor. Aquél que lo supera todo.
Ryouta ríe, no puede hacer más. O no se atreve.
—Creo que todavía me falta mucho por aprender, Kuroko-san —dice él, evitando su mirada—. No había pensando en que ese es el mensaje del libro. Supongo que soy demasiado simple y tengo mucho por leer.
—Eso es lo bueno de los libros —dice ella, sin poder evitar una sonrisa, aunque en realidad se siente bastante nerviosa, pues todavía no ha logrado descifrar a qué quiere llegar con todo ello, ni ha recolectado el valor suficiente como para abordar el tema que de verdad les importa. Y aun así, se ha atrevido a pensar que él es cínico, cuando ella misma habla sobre el amor con él sin haber resuelto sus propios sentimientos y lo que pasó un año atrás—. Y de verdad me alegra que hayas seguido leyendo, Kise-kun.
—Es divertido —dice Ryouta, mirando por la ventana hacia el cielo oscurecido, única constancia de todo el tiempo que han pasado hablando, como en los viejos tiempos, aunque de fondo hayan cambiado muchas cosas—. Bueno, Kuroko-san, ya es tarde y seguramente mi abuela se preguntará dónde estoy. Aunque en un principio no parece molestarle que hable contigo, no creo que se ponga muy feliz si su nieto, que vino a cuidarla, se la pasa en la casa de alguien más.
Ryouta se pone de pie y Kuroko lo imita.
—Kise-kun, si te parece bien, puedes venir cuando quieras —dice ella, cuando por fin llegan a la puerta y ambos se detienen en la oscuridad del corredor—. Y si también le parece bien a Ryouko-san. Estoy segura de que has leído muchos libros y me gustaría escuchar tus opiniones acerca de ellos. Además... —dice, poniendo la mano sobre el picaporte de la puerta y deteniendo su mirada ahí un segundo, antes de buscar los ojos de Kise—. Tengo muchos libros que prestarte —dice, obviando las razones por las cuales no pudo ser así y también porqué aún los mantiene ordenados para él—. He echado de menos a mi compañero de lectura.
—Está bien —dice Ryouta, después de una breve pausa en la que abre los labios y parece sopesar muy bien sus siguientes palabras—. Me gustaría mucho, ya me pasaré otra vez. Entonces, hasta luego, Kuroko-san. Buenas noches —Kuroko aparta su mano del picaporte y es Ryouta quien abre la puerta y sale a la calle, donde los primeros copos de una nevada nocturna empiezan a caer.
—Buenas noches, Kise-kun —dice ella, antes de cerrar la puerta y darle una última calada a su cigarro, que después apaga en el cenicero más cercano con manos temblorosas. No cree que esté mal tratar de recuperar a un viejo y querido amigo, pero sí sabe que no puede fingir que nada ha pasado entre ellos y que no hay nada que resolver, pues ese es el principal obstáculo que les impide interactuar con normalidad.
Quizá su amistad no pueda salvarse una vez se hayan hablado las cosas, pero quizá sí. ¿Qué estoy haciendo?, se pregunta Kuroko mientras se dirige a la cocina a prepararse algo de cenar. De verdad, ¿qué estoy haciendo?
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Cuando Kise entra en la cocina de la casa de su abuela, también en busca de algo de cenar, la encuentra sentada en su silla de ruedas con la sonrisa más grande que jamás le haya visto y una mirada que no augura nada bueno.
—¿Cómo te fue? —pregunta, después de que Kise la saluda y empieza a buscar en el refrigerador y la alacena algo que pueda meter en el horno y así ahorrarse molestias—. Te tardaste mucho. Supongo que Kuroko-san y tú tenían muchas cosas que hablar. Pero era de esperarse, después de todo, llevan un año sin verse.
—Ah, um... Sí, estuvo bien —dice él, que con todo lo que lo han enviado a comprar en los últimos días tiene ingredientes suficientes para prepararse un omelette—. En realidad hablamos del libro que me prestó —dice él, mientras remueve los fogones—. Aunque me invitó a seguir yendo para hablar con ella de libros —añade, al ver el rostro decepcionado de su abuela y comprobando así que sus suposiciones de que la mujer trama algo son ciertas.
—Por algo se empieza —dice Ryouko, escondiendo una sonrisa tras la palma de su mano, aunque incluso ella sabe que no será tan fácil y que habrá que echarle una mano a ambos si quiere que las cosas se arreglen—. ¿Te comentó algo sobre Kagami-kun? —pregunta ella, consiguiendo que Ryouta casi se queme al dar un respingo.
—No y no he querido preguntarle —dice él, sin poder ocultar su irritación—. No creo que le guste hablar de eso.
—Quizá te sorprendería saber que a veces es lo que alguien que ha perdido a un ser amado más necesita —dice Ryouko con un suspiro, pues Ryouta está más cambiado de lo que ella preveía, lo que en sí no es malo pero sí hará las cosas más difíciles—. Un día, pregúntale. Kagami-san también era tu amigo.
—Hm —dice Ryouta por toda respuesta, fingiéndose muy ocupado sirviendo el omelette en un plato, que después deposita sobre la mesa para atacarlo un segundo más tarde, sin darle oportunidad a su abuela de atosigarlo con más preguntas y sugerencias.
La mujer lo deja estar y sólo le dirige un Buenas noches cuando Ryouta termina de lavar su plato y se despide, listo para atrincherarse en su habitación. Ryouta no puede estar más agradecido con ella mientras sube los escalones hacia el primer piso de dos en dos, no muy seguro de con qué matar el tiempo una vez se encuentre solo.
¿Qué se supone que significa todo esto?, se pregunta, cuando cierra la puerta tras de sí y después de dejarse caer sobre su cama, lo que hace que el celular se le clave en el pecho, recordándole así su existencia. No entiendo qué quieren de mí. Mi abuela me dijo que hizo que mi mamá me inscribiera en la Facultad de derecho sólo porque no quería que siguiera hablando con Kurokocchi, pero ahora quiere que hable con ella. Y luego está Kurokocchi..., piensa él, que no ha podido dejar de llamarla así en la privacidad de su mente, mientras juguetea con los menús del teléfono, en donde tiene a todos sus contactos bloqueados, salvo por su representante. Pensé que no querría verme después de lo que pasó. Pero parece que está tratando de ser amable conmigo, aunque eso no es lo precisamente lo mejor. Eso o más bien es que soy un idiota. Piensa, hundiendo el rostro entre las mantas, como si eso le permitiera escapar de los recuerdos de Kuroko, tan vívidos y frescos ahora que la vuelve a tener tan cerca.
¿Es que está tratando de decirle algo? ¿Con todo ese discurso del amor? ¿Significa que le dice que debe de buscar a alguien más? Probablemente. Pero si así es, a él le gustaría decirle también que para ello requiere no verla más, sacarla de sus recuerdos y de su vida de manera permanente, hasta el día en que por fin haya alguien más para él e incluso hasta un poco más, hasta el para siempre que tanto ha buscado. Para siempre separados, porque de otro modo, no se piensa capaz de hacerlo. No cuando ella está ahí, del otro lado de la calle y bastaría con que él, en una de esas ocasiones en las que ella le abre la puerta para darle un poco de hospitalidad, se atreviera a pasar los dedos por la curva de su cuello hasta llegar a sus clavículas, para destruir cualquier pretensión de amistad que ella pueda perseguir, pero también, para destruirse a sí mismo.
Kise desbloquea el número de Chihiro mientras piensa en esto, aunque en realidad no espera recibir un mensaje inmediatamente después. Un mensaje bastante enojado ¿Dónde estás? ¿Crees que puedes dejarme cuidando tus cosas sin siquiera decirme dónde estás? Espero que tengas una buena excusa para esto, que lo hace pensar que, si hubiera alguna posibilidad de seguir adelante, sería con ella. Ryouta, ya vi que estás conectado y leíste el mensaje. ¿Por qué no respondes? Kise observa la pantalla y el fondo negro de su conversación. Si hubiera un camino sería ella, pero la vida no es tan fácil, porque ella no le atrae. ¿Ryouta? ¿Estás ahí?
Ryouta bloquea el contacto una vez más y apaga el teléfono.
Esa debería de ser respuesta suficiente.
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Kise se presenta al día siguiente muy temprano en casa de Kuroko con un libro entre los dedos helados (nunca le ha gustado usar guantes, pues considera que entorpecen sus movimientos) y una gran sonrisa, que contradice el semblante serio de la noche anterior. Kuroko no esperaba verlo tan pronto, pero cualquier duda que haya estado creciendo en su interior, ayudada por la oscuridad de la noche y sus propios pensamientos, se desvanece al verlo y en su lugar, se hace a un lado para hacerlo pasar.
—No, no —dice Ryouta, logrando que el estómago le de un vuelco—. Estaba pensando en que podríamos sentarnos por ahí —dice, señalando con la cabeza el camino que se dirige hacia el centro del pueblo—. Si me ven entrando aquí muy seguido, seguro que piensan mal. Además, hace un día muy bonito —añade, pues el cielo está despejado y el sol brilla sobre la nieve, convirtiéndola en pequeños diamantes—. ¿Te parece bien?
—Está bien —dice ella, que entiende perfectamente lo que quiere decir (Kise tiene una imagen que mantener y ella acaba de perder a su esposo), pero que aun así no puede evitar sentirse un poco decepcionada—. Voy por un abrigo y regreso.
Kise asiente y la ve subir las escaleras hacia donde presumiblemente está su habitación, un lugar al que nunca ha accedido ni tiene pretensiones de conocer nunca en la vida. Tiene que empezar a ser lógico, sensato y maduro, como se espera de alguien que está entrando en la adultez y ya vive y se mantiene solo y ese es el primer paso: aceptar ciertas realidades dolorosas e incómodas. Lo que no significa que no sienta nada por ella, sería imposible de un día para otro, pero está convencido de que a base de cotidianidad y costumbre, pronto podrá lograrlo.
Kuroko regresa unos cinco minutos después con un pullover de rayas blancas, con una franja rosa sobre el pecho y las mangas negras, a juego con su bufanda. Lleva unos pantalones de mezclilla oscura y unas botas color caqui; un look bastante simple, pero es que Kuroko siempre ha sido simple, aunque sin descuidar su arreglo.
—¿No llevas guantes? —pregunta él, cuando la observa cerrar la puerta tras de sí y hacerle una seña de que ya pueden marcharse.
—No hace tanto frío —dice ella, observando también sus manos, en donde no le pasa desapercibido el libro que seguramente le lleva—. Además, tú tampoco llevas guantes. Estaré bien, Kise-kun —dice ella, con una pequeña sonrisa—. ¿Adónde quieres que vayamos? Tendría que ser un lugar tranquilo, si no quieres que te molesten tus fans. Estoy segura de que ahora tendrás el doble y serán mucho más insistentes que la última vez.
—Qué va —dice él, soltando una carcajada—. Bueno, admito que sí han venido a verme algunas chicas —dice él, ante la mirada incrédula de Kuroko—. Y otras cuantas me abordaron mientras iba a comprar todas las cosas que mi abuela me pedía; todavía lo hacen. Pero saben dejarme en paz si se los pido —dice, mientras caminan lado a lado, tratando de no ser consciente de la cercanía de sus manos y el pequeño color rojo que se ha instalado en las mejillas y nariz de Kuroko—. Así que no tienes porqué preocuparte, Kuroko-san.
—Está bien —dice ella, desviando la vista, no muy segura de cómo ahondar más en el tema, pues tiene bastante curiosidad por saber qué ha hecho Ryouta todos esos meses mientras no estuvo bajo el escrutinio de las cámaras, probándose todo tipo de ropa y posando. Por suerte, la pauta le llega unos cinco minutos (que han caminado en silencio) después, cuando el teléfono de Ryouta suena y éste se entretiene componiendo un mensaje.
—Oh, lo siento, Kuroko-san —dice él, después de enviar el mensaje y al descubrir que ella lo observa fijamente—. ¿Decías algo?
—No en realidad —dice Kuroko, tratando de parecer poco interesada pero sin conseguirlo. Sus ojos regresan a Kise, que ya ha guardado el teléfono en el bolsillo de su chaqueta y desvía los ojos cuando se da cuenta de que ella también lo observa—. Supongo que la novia de Kise-kun no debe de estar muy feliz de que estés aquí tanto tiempo.
—¿Eh? ¿Mi novia? —pregunta él, abriendo mucho los ojos antes de soltar otra carcajada, que deriva en risa al menos por un minuto más—. No tengo novia, Kuroko-san. Estaba respondiéndole un mensaje a Momocchi, que está furiosa porque no le dije que venía acá por Navidad.
—Ya veo. Pensé que tendrías una ahora que eres tan famoso.
—No me gusta nadie —dice él, sintiendo de nuevo cómo el tema "prohibido" se desliza entre ellos, volviendo todas sus interacciones incómodas y extrañas—. Además, no tengo mucho tiempo. Por ahora sólo me dedico a mi carrera, quién sabe después. Quizá si me gusta alguien... —Kise se encoge de hombros y Kuroko no hace más preguntas, por lo que vuelven a sumirse en el silencio, hasta que llegan a la plaza del pueblo, justo en el centro de las dos grandes avenidas de Tonosawa—. ¿Te parece bien si nos sentamos en alguna de los bancos que hay por ahí?
Kuroko asiente. De cualquier modo, ya los ha visto la mitad del pueblo y poco le importa ya lo que puedan decir de ella; está bastante acostumbrada a las habladurías y algo le dice que Kise también. Así pues, se sientan de espaldas hacia el sol, cerca de la fuente en el centro de la plaza, cuya agua se ha congelado tras la nevada nocturna y ambos fingen no ver a las personas que los señalan con el dedo y murmuran entre sí, en el mejor de los casos, pues otros se preguntan abiertamente (casi como si desearan pelea) qué están haciendo los dos juntos y si han comenzado a salir.
—¿Kuroko-san? —pregunta Ryouta, después de unos minutos y su tono cauteloso le indica a Kuroko que es algo importante.
—¿Qué sucede, Kise-kun?
—No tienes porqué contestarme si no quieres, entiendo que puede ser un tema bastante delicado para ti, pero... —Kise hace una pausa para darle tiempo a Kuroko de detenerlo, pero al ver que ella entiende lo que está a punto de preguntarle y no tiene problema alguno con ello, prosigue—: Es sobre Kagamicchi. Ya te había mencionado que me enteré porque mi abuela me dijo y no me he atrevido a buscar más, pero, bueno, no sé. ¿Podrías contarme más sobre lo que sucedió, si no te molesta? Pero si te molesta podemos hablar de otra cosa.
—Está bien, Kise-kun —dice ella—. Ya no me duele tanto. Y tú eras amigo de Taiga-kun —dice ella, ignorando el dolor que ha causado a Kise con su afirmación—. ¿Has ido a verlo? Está enterrado en el cementerio del pueblo, al igual que sus padres. A su familia le habría gustado llevárselos a todos a Estados Unidos, pero el testamento era muy claro y yo no pude permitirlo. Aunque la verdad, no recuerdo mucho cómo fue todo eso...
—Sí, fui a verlo hace unos días —dice Ryouta, al ver cómo Kuroko está a punto de perderse en sus recuerdos—. Le dejé un poco de comida y unas flores, seguro las habrás visto.
—¿Fuiste tú, Kise-kun? —pregunta ella, volviendo a la realidad y dirigiendo sus ojos azules hacia él, que apenas y se contiene de apartarle un mechón de cabello del rostro.
—Síp, fui yo. ¿Por qué te sorprende? —pregunta él, abriendo y cerrando los dedos dentro del bolsillo de su chaqueta, pues parecen quemarle con las ganas de tocarla y eso es aun más imposible en público; por eso ha sugerido también que salgan a dar un paseo.
—Taiga-kun era muy querido por todos en Tonosawa —dice ella, apartándose por fin el mechón de cabello con dedos rojos por el frío—. A veces encuentro cosas que yo no he dejado, así que pensé que pudo haber sido alguien más. No pensé que habrías sido tú, pero te agradezco mucho, Kise-kun. Las flores estaban muy bonitas y la comida es justo la que a él le gustaba.
—No es nada —dice él, rascándose la mejilla—. Kagamicchi también era mi amigo, lo conocí desde que éramos niños, así que era lo menos que pude haber hecho por él. Me habría gustado venir a su funeral, pero no lo sabía y de verdad lo siento.
—Todo sucedió muy rápido —dice ella y sus párpados tiemblan al recordar el día y el momento exactos en que recibió la llamada del jefe del departamento de bomberos, anunciándole que Kagami había fallecido. Kuroko también recuerda cómo creyó estar dormida por un segundo, sumergida en una pesadilla interminable, como el atardecer en el horizonte, en ese interminable instante en que la luz deja paso a la oscuridad—. Por eso no pude avisarte, Kise-kun. Supuse que estabas muy ocupado, lo siento.
—Está bien —dice él, pues piensa que fue lo mejor. Quizá las cosas habrían sido muy diferentes si él se hubiera presentado en el funeral, con la pelea entre ellos tan reciente y Kuroko tan vulnerable—. Seguramente tenías otras cosas en las que pensar, así que no tienes porqué disculparte, claro que lo entiendo.
—No estaba muy bien —dice ella, dirigiéndole una mirada rápida, pues a excepción de su terapeuta, no le ha contado a nadie sobre los meses que pasó a solas en casa, dejando ir esperanzas y recuerdos por igual—. No sabía qué hacer, Kise-kun. Probablemente nunca te hayas sentido así... Pero yo no sabía qué hacer después... ¿Sabes? —pregunta Kuroko, cuyas manos descansan sobre sus rodillas y no dejan de temblar—. Después de que Taiga-kun murió no estaba segura de cómo seguir viviendo o porqué, para qué. Me lo preguntaba siempre y a veces me engañaba pensando que estaba soñando o que él volvería de alguna manera.
—Kurokocchi... —dice él, cuando escucha que su voz se rompe y ella está tan ensimismada que ni siquiera nota que ha vuelto a llamarla como a ella le gusta, como tanto ha esperado escucharlo desde que llegó. Lo que sí nota es cuando él la toma de la mano, deslizando sus dedos fríos por su palma y dándole un ligero apretón, que ella devuelve, ligeramente sorprendida ante su atrevimiento, cuando antes había parecido tan reacio de tocarla.
—Ya no es así —lo tranquiliza ella, aunque ninguno de los dos hace ademán alguno de soltarse—. Después de un tiempo lo acepté, aunque claro —dice, de pronto mucho más consciente de la suavidad de las manos de Ryouta y de cómo han empezado a ganar calor, a pesar de que las suyas siguen frías—. Eso no significa que no me duela. A veces todavía lo extraño, pero ya lo acepté —dice, con una sonrisa bastante triste en sus facciones; tiene las mejillas rojas como manzanas y los ojos brillosos, aunque no parece a punto de llorar—. Ahora hago muchas más cosas en comparación con los primeros meses, en los que no quería salir. Supongo que te lo habrán contado.
—No —dice él, apresurándose a responder—. No quise preguntarle a nadie, porque conozco como son las chismes y prefiero evitarlos. Por eso... Bueno, por eso te pregunté, aunque no estaba seguro de si hacía bien y todavía no lo estoy.
—No iba a trabajar y no salía, a menos claro que necesitara conseguir algo de comer y otras cosas básicas. El jardín estaba hecho un lodazal, la casa, apenas en mejores condiciones. Me la pasaba recordando —dice ella y de manera inconsciente acaricia con el pulgar la muñeca de Ryouta, en apenas un movimiento, que hace que Kise dé un respingo—. Hasta que un día me di cuenta de que no podía seguir así. Salí al jardín y empecé a arreglarlo, regresé y tomé un baño, luego fui a comprar algo de comer, limpié la casa, me mantuve ocupada. Todavía me tomó un mes más empezar a trabajar, pero a partir de ahí, todo comenzó a avanzar, porque cuando Taiga-kun murió, yo me quedé detenida.
—No sé qué decir —admite él, cuando se da cuenta de que ella no tiene nada más que añadir y se limita a observar a las personas que andan por la plaza, a muchas de las cuales no les han pasado desapercibidas sus manos entrelazadas y la forma en la que Ryouta se inclina hacia ella, como si estuviera a punto de tocarla—. Pero puedes creerme cuando te digo que sé lo que se siente, aunque quizá no en la misma proporción que tú —dice él, pensando que él al menos tenía el consuelo de saberla viva y feliz—. Y que me alegra mucho verte bien, Kurokocch... san. Estoy seguro de que no fue fácil, pero estás bien y cuando no lo estés, sino te molesta, porque a mí no, puedes venir a verme.
—Gracias, Kise-kun —dice ella, con una sonrisa que ilumina sus facciones, borrando todo el dolor que se había apoderado de ellas segundos atrás y que logra que a Kise se le acelere un poco el corazón—. Por mi parte, digo lo mismo. Cualquier cosa que necesites, puedes venir a mí.
Kise no puede evitar soltar una risita tonta que se apresura a esconder volteando el rostro hacia otro lado, aparentemente fascinado por el árbol de Navidad que adorna una de las esquinas de la plaza donde unos niños corretean sin cesar. Kuroko no dice nada y también desvía la vista, preguntándose qué debería decir ahora, mientras sus manos siguen entrelazadas y parece el tiempo propicio para cualquier confesión.
—Taiga-kun estaba en medio de un incendio —dice ella y se sorprende a sí misma, pues no pensaba retomar el tema, aunque se da cuenta de que ahora que ha empezado le va a resultar muy difícil detenerse, pues apenas se da cuenta de lo mucho que necesitaba hablar de ello—. Ya habían rescatado a todos los habitantes del complejo departamental y de hecho, no se preveían daños muy grandes, al menos en cuanto a vidas humanas se refiere, cuando anunciaron que todavía quedaban algunos niños dentro. Taiga-kun y algunos de sus compañeros entraron para rescatarlos, aunque el incendio estaba en su punto más álgido y todos salieron salvo él —dice ella, soltando un profundo suspiro. Sus dedos siguen fríos, pero los de Ryouta son cálidos y suaves y la hacen sentir tranquila—. Se quedó protegiendo a un bebé con su vida, mientras el humo llenaba sus pulmones.
—Tan propio de Kagamicchi...
—Lo encontraron sentado en la esquina de la habitación del bebé, protegiéndolo con su chaqueta y cubierto de hollín; ya no respiraba, pero el bebé sobrevivió —Otra vez esa sonrisa triste pero resignada e incluso un poquito llena de orgullo, que sólo consigue que a Ryouta le den ganas de abrazarla, aunque su consciencia lo detiene—. Unos meses después hubo una ceremonia para condecorarlo y ahí conocí a la mamá del pequeño. Le puso Taiga.
Kuroko no puede reprimir las lágrimas y para limpiarlas suelta la mano de Kise, de manera que son sus propios dedos fríos los que le acarician las mejillas, que Kagami solía halar cuando la veía enojada para deshacer sus muecas contrariadas y mohínes, que la hacían parecer adorable, aunque en realidad Kuroko siempre ha sido de temer cuando se enoja.
Kise la deja llorar y aunque desea consolarla, no se atreve a volver a tomarla de la mano o a pasarle un brazo por el hombro, pues no está seguro de cuál podría ser su reacción y no quiere arruinarlo ni dar la impresión de estar aprovechando el momento. Y después de un momento, Kuroko se detiene, aunque ahora tiene los ojos rojos e hinchados y a Ryouta le parece mucho más frágil que nunca.
—¿Estás bien, Kurokocchi? —pregunta, cuando el eco de su último sollozo desaparece en el aire invernal—. ¿Quieres que nos vayamos? —pregunta en un susurro, pues si antes atraían la atención, ahora podría jurar que tienen un letrero de neón con las palabras ¡Última hora! sobre sus cabezas.
—No, ya ha pasado —dice ella, alzando la vista hasta encontrar sus ojos dorados, que están llenos de preocupación.
—Entonces... —dice él y es su turno de que se le atasque un poco la voz—. ¿Puedo...? ¿Puedo abrazarte? —Kise piensa que quizá sí la ha fastidiado después de todo cuando ve cómo los ojos de Kuroko se abren debido a la sorpresa y sus cejas se ocultan detrás de su flequillo, pero pronto el temor que lo ha invadido se convierte en algo más (algo que no quiere nombrar), cuando ella abre los brazos y oculta su rostro en su pecho, aunque él no podría asegurar si está llorando o no.
A Kuroko también le sorprendió la petición en un principio, pero pronto (en cuanto se vio protegida de su mirada, pero a la vista de todos los demás), su pensamiento se desvía inevitablemente a la pregunta que la ha estado carcomiendo desde que Kise llegó, completamente cambiado en apariencia, pero en el fondo, el mismo joven que solía jugar con Kagami en el patio trasero, admirado de su habilidad pero también un poco envidioso. ¿Qué siente por mí? ¿Sentirá lo mismo que el año pasado, sea lo que sea? Y es que no puede evitar pensar en que no llegó a escuchar sus palabras; las detuvo. "Yo te..." ¿Yo te qué? ¿Lo sabrá algún día o está condenada a vivir con la duda? Sobre todo ahora que sabe tan poco de él, que, literalmente, viven en mundos diferentes.
¿Y qué hay de ella? ¿Qué siente ella por él? Antes de que pueda responderse y quizá precisamente por eso, Kuroko deshace el abrazo, en el que Kise apenas y se había atrevido a poner una de sus manos sobre su espalda, pues la otra estaba hecha un puño sobre su rodilla, para ocultar el temblor que de pronto la aquejaba.
—Gracias, Kise-kun —repite ella, vagamente consciente del perfume de Kise como lo estuvo segundos atrás de la suavidad de sus manos y su ropa.
—No es nada —dice él, con voz débil, pues todo lo que ha pasado desde que se sentaron le ha dejado sin fuerzas—. Por cierto, Kuroko-san —dice él, tomando el libro que había dejado a un lado y ofreciéndoselo—. Pensé que ahora me gustaría a mí prestarte un libro, si te parece bien y si no lo has leído, aunque no me sorprendería si es así. Llevas leyendo mucho más tiempo que yo.
Kuroko toma el libro que Kise le ofrece; es "Amrita" de Yoshimoto Banana, una autora que conoce pero en la que nunca ha profundizado al estar demasiado ocupada releyendo a Soseki a la menor oportunidad y perdiéndose en los clásicos. No le molesta el cambio de tema e incluso lo agradece, pues de otro modo, quizá se habría aventurado a hablar del último día de Kise en Tonosawa el año anterior, lo que habría devenido, quizá, en más lágrimas.
No, Kuroko se siente un poco cobarde y prefiere la seguridad de algo que conoce, por eso toma el libro con una sonrisa.
—No lo he leído, así que será un placer. Supongo que la fórmula es la misma, ¿verdad? —pregunta, hojeando el libro, curiosa de porqué Ryouta lo ha elegido para ella—. ¿Yo lo leo y lo comentamos juntos?
—Sí —dice él y luego vacila al añadir—: Aunque si te parece bien, me gustaría que lo comentáramos en algún sitio público o incluso en mi casa. Yo invito —añade, al no obtener respuesta.
—De acuerdo —dice ella, cuyas dudas han vuelto a resurgir—. Te avisaré cuando lo haya terminado.
—Muy bien —dice él, poniéndose de pie y estirándose—. Entonces, tengo que irme. ¿Quieres que te acompañe a casa? Yo voy para allá, le prometí a mi abuela que la ayudaría con algo.
—Sí —dice Kuroko, poniéndose de pie y un poco desencantada de que su tiempo juntos haya terminado—. Vamos, Kise-kun.
Se ponen en marcha ante la mirada de al menos diez personas, que se han quedado por si tienen la suerte de presenciar alguna clase de pista definitiva; un beso, quizás, aunque con lo que han visto ya tienen suficiente como para chismear durante un par de días. Sin embargo, nada sucede; Kise y Kuroko caminan lado a lado, sin volver a tomarse de las manos (¿por qué deberían de hacerlo?) y charlando sobre cosas insustanciales hasta que llegan frente a sus respectivas casas, donde se despiden con unas simples palabras, aunque más conscientes que nunca de todas las cosas sin decir que hay entre ellos y también de las cosas que nisiquiera se han admitido a sí mismos, por considerarlas tabú.
De lo que no se han dado cuenta es de que el primer tabú (la muerte de Kagami) ya se ha roto y formará una reacción en cadena cuyas consecuencias serán inevitables, aunque impredecibles; sólo es cuestión de tiempo.
Fin del Capítulo.
