Muy importante, este capítulo contiene escenas gore, violencia explícita y torturas. Si eres sensible a este tipo de contenido por favor, abstente de leer este capítulo. Por favor, pido máxima discreción.

+18 años.

"La diferencia entre los seres humanos y los animales salvajes es que los seres humanos oran antes de cometer un asesinato."

Friedrich Dürrenmatt


Capítulo 14: Segundo asesinato: Testigo inocente

Muy importante, este capítulo contiene escenas gore, violencia explícita y torturas. Si eres sensible a este tipo de contenido por favor, abstente de leer este capítulo. Por favor, pido máxima discreción.

+18 años.

Ya habían pasado una semana desde el asesinato de aquel mortífago, y las cosas parecían haberse calmando. Sirius no paraba de recordar aquella escena, sin llegar a creer lo que había presenciado con sus ojos. Pero mas importante que todo eso, era, que el mecánico conocía a ese asesino, el mismo había lo había dicho... todo era raro y confuso al mismo tiempo. ¿Era casualidad?, podría apostar su cabeza de que no era así, y por la reacción del mecánico, esa forma tan aterradora en la que se dirigía el macánico hacia ese asesino… La Peste Negra como el lo llamaba. Se notaba la brutalidad que ejercía en sus asesinatos.

Así que… ¿de que lo conocía? ¿porqué esa expresión de horror? Dudaba un poco de las palabras del Squib. Diciendo la macabra forma en que esa persona había asesinado a todas aquellas personas de ese hospital. De haber sido así, esa noticia habría recorrido por todos los periódicos de todos los países del mundo. Puede que incluso en el mundo muggle. De ahí, que dudara del testimonio del chico.

No tenía ningún sentido.

Lo que si que podía apostar, era que ese chico ocultaba algo, algo grande, sabífa que detrás de esa fachada tranquila y de niño bueno, escondía algo mas. Algo oscuro y macabro.

—Sirius… ¡Sirius!-— la voz de Lily le hizo volver a la realidad— ¿Estás bien?, andas muy distraído últimamente.

—Y no es precisamente por unas chicas— añadió con sorna James, mientras que Remus asentía con la cabeza.

El pelinegro miró a sus amigos, preguntándose si debía decirles lo que había escuchado, no estaba seguro si le tomarían por loco, pero estaba claro que tampoco le iban a pensar que mentía.

—Simplemente pensaba en el Squib.—farfulló mirando con atención como la noche había caído en Hogwarts.

James se revolvió incómodo, pero enseguida lanzó un silbido bastante insinuador.

—Amal se junta mucho con Snape — comentó Sirius como si estuviera hablando del tiempo.—¿No es un poco extraño?, me refiero, evita a las personas, eso es obvio pero con Snape… — acotó de forma pensativa—No se como explicarlo, es como... como, si Snape fuera la única persona que tolera su compañía.

Sirius vio a la perfección como James ponía una mueca de desagrado al escuchar aquella declaración. Y una duda vinieron en la mente de los chicos ¿porqué esa tendencia de rehuir de la gente?… como si las tuviera fobia. Por el momento y la situación, optaron por no decir nada.

—No se vosotros, pero si llegamos tarde a la sala común, la dama gorda no nos dejara pasar.— objetó Lily mirando el reloj de su muñeca.

—Siendo sinceros, paso— informó Sirius, demostrando el poco interés tenía por los castigos que le podían llegar a caer.

—Algún día te van a descubrir, y no habrá nadie quien te ayude— le reprendió Remus, demostrando su claro descontento ante aquella inmadura decisión.—tendrás buenas notas pero eso no quita que puedas llegar a tener problemas.

Sirius rodó los ojos e ignoró por completo los ruegos de sus amigos.

—Lunático, llevamos escapándonos todas las noches de luna llena desde quinto curso— explicó el chico con simplicidad.

Remus se paró en seco con una aterradora mirada cargada de ira.

—Si, y por ello casi muere un alumno.

Lily, James y Sirius enmudecieron al instante. Muy a su pesar, el chico callado tenía razón. Sirius ignoró la mirada dolida de Remus al ver en que su grupo poco a poco se iba disgregando.

"Con más razón para irme" pensó para sus adentros.

—Me voy, no me esperéis—dijo el chico con molestia mientras se despedía de espaldas ladeando la mano mientras se perdía por los pasillos de Hogwarts. No estaba de humor para lidiar con problemas, tal vez, mañana. Tal vez, se disculparía por aquella contestación. Pero por el momento, quería salir un rato. Sentir el aire en su rostro.

El Gryffindor se quedó mirando fijamente el cielo estrellado de Escocia, había una fina capa de niebla que cubría las extensas tierras del internado, al igual que una ligera llovizna, que en cuestión de minutos iría desapareciendo. Respiró profundamente, sintiendo como el pétricor inundaba sus fosas nasales. Adoraba ese olor. El aroma que soltaba la tierra seca al ser humedecida por la lluvia... no le importaba si se pasaba media vida con esa fragancia. Salió de los pasillos, sintiendo como la lluvia humedecía todo su cuerpo, inconscientemente sonrió. Amaba eso, era como estar en total y absoluta libertad. Ya lo era, pero, de alguna forma las gotas de lluvia colándose por su cuerpo era algo que había aprendido a amar, y que diablos, que mejor que disfrutarlo de forma algo mas salvaje.

Se fue a la casa de los gritos, dejando de lado la ropa, y salió en forma de un perro negro. No dudo ni un segundo, y corrió como si la vida le fuera en ello.

Ahora si, ahora si que sentía como la felicidad recorría por sus venas. La tierra húmeda incrustándose en las almohadillas de sus patas. La lluvia metiéndose entre aquella maraña de pelo negro. El gélido viento luchando contra su perruna cara. Podía sentir como el frío se colaba por su piel, aunque claro está, sin éxito alguno.

Llegó un momento, donde tuvo que parar de correr, cuando cansancio hizo mella en él.

De alguna forma, había corrido hasta Hosmage. Y como era de esperar, todo estaba tranquilo, quieto y silencioso.

La media luna iluminaba con cierta maestría el pacifico pueblo con el cantar de los grillos. Paseó con cierta cautela, estaba seguro que si le veía algún vecino lo confundiría fácilmente con un Grimm, y claramente, no quería despertar la atención de los lugareños.

Podía escuchar perfectamente como las uñas chocaban contra el frío suelo de piedra caliza, haciendo un sonido parecido al tintineo de una copa fina de cristal, aunque un sonido ligeramente más tosco. Sin embargo, empezó a notar algo inusual a medida que caminaba. Algo raro, un extraño olor a sangre le vino a su desarrollado olfato. Su instinto como humano, le decía a gritos que se quedara allí, que no fuera, pero su curiosidad como animal, del cual era sumamente imprudente, le decía que fuera hacia allí.. Especialmente cuando pudo escuchar los gemidos de un hombre. Eran suaves, casi inaudibles, pero el pudo escucharlo. Era extraño, no quería ir, pero su cuerpo no le obedecía. Era como si estuviese hechizado con un Imperio.

Con prudencia siguió el aroma,lentamente, con parsimonia, sintiendo como el pánico poco a poco iba apoderándose de él. Algo terrible había.

Y el se estaba dirigiendo a la boca del lobo.

Aquello empezó a espantarlo. Su cuerpo no respondía, su mente trataba de hacer que se diera la vuelta, pero no pasaba nada. Al contrario, más se acercaba. Literalmente dejó de tener poder alguno en su propio cuerpo.

El ligero aroma, que empezó siendo un fuerte olor pasó a convertirse en un nauseabundo hedor a carne humana. Las patas le temblaban descontroladamente. El pulso se le había disparado por todo su sistema, un sudor frío recorría su espina dorsal. Se escondió con cautela por las casas de piedra, y se dió cuenta de que aquel espantoso olor le llevo a un callejón abandonado y maloliente con cientos de ratas correteando por las mugrosas cañerías. Con el miedo bombeando en sus venas, asomó su cabeza de la oscura callejuela. Arrepintiéndose de aquel acto.

Un hombre imponente, alto. Con una mascara de un doctor de la peste negra, vestido de negro. Llevaba en su mano una especie de bastón de madera. Delante de él había un hombre totalmente desnudo que estaba colgado de la piel con unos ganchos que habían aparecido en el aire. Trató de mirar hacia arriba, pero no encontró ningún punto donde aquellos ganchos hicieran apoyo.

Lo miró con terror al ver que ese hombre era un mortífago cuando miró que en su antebrazo portaba la marca oscura.

—Por favor… por favor— susurró el mortífago al tipo enmascarado.

Tragó con amargura, trató de moverse, pero su cuerpo estaba completamente inmóvil. Quería huir de allí, quería escapar de aquel repugnante sitio. Quería despertar y cerciorarse de que estaba dentro de una terrible pesadilla.

Con el espanto clavado en los ojos del can, vio que el hombre enmascarado se acercó a aquel desgraciado con un pequeño cuchillo y sin más preámbulos comenzó a cortar el cuello siguiendo la abertura de la laringe desde la mandíbula a la parte posterior del cráneo separando el músculo y el ligamento que lo unía a la médula espinal. Lo hizo con suavidad… con una pútrida lentitud. Rajándole el cuello con una aterradora calma. Acallando el gorgojo suplicante de aquel mortífago con burbujas de sangre que salían de su boca. Fue en cuestión de segundos que la cabeza de aquel mortífago cayera de cuajo. Colgando por unos instante de la piel, lo único que le unía a su cuello.

La cabeza cayó al suelo con un repugnante chasquido al haber caído al charco de sangre que en pocos segundos se había creado. Aquel monstruo se agachó hacia el cráneo del sujeto.

El vómito subió por la garganta del Gryffindor.

Se dio cuenta con horror que aquel seguidor del innombrable mantenía una espeluznante expresión de terror en su rostro. Aún después de haber sido asesinado. El sujeto vestido de negro elevó a la altura de su pecho la cabeza del mortífago, de los cuales aún chorrean hilos carmesí de su boca. Con sus manos retorció la cabeza hasta arrancarla mientras empezaba a silvar Ofortuna. Los nervios y ligamentos quedaron colgando sanguinolentos, como fideos sonrosados y temblorosos. Mientras que una lluvia de bermejo caía al suelo, haciendo juego con las salpicaduras que se había esparcido por las frías paredes del lugar.

Aquella escena, hizo que Sirius tuviera que tragarse el vomito que le había subido por la garganta por segunda vez, sintiendo como el pánico se apoderaba de él. Sin embargo, supo acallar sus jadeos. Ahora entendía porque Vivar hablaba de él de esa forma, ahora entendía porque era tan espantoso, ahora entendía porque se le temía tanto.

Al punto de ser incapaz de decir su nombre.

La Peste Negra cogió la cabeza separada y le sacó ojos y la lengua. Con sus dedos, bastó para reventar los globos oculares. Mientras daba vueltas como una aberrante bestia depredadora al cuerpo desnudo de aquel mortífago sin dejar de silvar aquella canción que alguna vez escuchó en la casa de James.

Una vez sacados de sus órbitas, el humor acuoso bañaba los guantes de cuero negro de aquellas manos con ese líquido espeso y transparente. El hombre ladeó la cabeza como un perro. Como si se estuviera divirtiendo al ver aquello. Y sin preocupación alguna jaló la lengua con fuerza con un alicate hasta arrancarla de cuajo de la boca, dejándola caer al suelo, aumentando las salpicaduras de la sangre que había en el suelo.

Sirius no pudo evitar dar una arcada silenciosa. Su estómago no duraría mucho, sabía que el cualquier momento vomitaría lo que había comido.

El hombre de negro, agarró el cuchillo donde había degollado al mortífago e hizo una pequeña incisión en frente. Y sin más, extirpó el cuero cabelludo desollando la piel del rostro con un sonido que se grabaría en su memoria para el resto de su vida. Dejando entrever una máscara de sangre y músculos que no dejaba de chorrear cantidades ingentes de sangre. Cogió el cuerpo que todavía estaba colgando de los ganchos, sin rastro de estar usando varita alguna y lo descolgó y lo levitó del suelo, dejándolo a una altura considerable, tiró la cabeza al suelo como si de una pelota se tratase.

El hombre enmascarado cogió una vara de hierro que estaba apoyada en la pared de ladrillos sucios y con una fuerza inhumana lo clavó en el suelo, desquebrajándolo, provocando un buen agujero en la piedra. Sirius vio con horror, como poco a poco iba dejando caer al hombre desnudo. Haciendo que la vara entrara en la apertura del ano, y de repente. Cayó a la velocidad de la luz, haciendo que la vara saliera por la cabeza que había cerciorado anteriormente, dejando que en la pica saliera en la punta con restos de carne que se habían ligado a la vara de hierro. El sujeto dio varias vueltas alrededor del cadáver, como un depredador mirando a su ya muerta presa.

Aunque, parecía mas bien, un artista admirando su obra de arte.

Con el cuchillo que usó anteriormente, abrió el abdomen de aquel hombre. Sirius estaba seguro de que aquel enfermo se estaba deleitando con aquel macabro espectáculo de vísceras e intestinos. Aquel repugnante ser, cogió sin ningún problema las tripas y empezó a tirar de ellas. Viendo de una manera grotescamente gráfica como los órganos internos salían del abdomen de aquel hombre. Hígado, riñón, páncreas, estómago, intestinos… todo para acelerar el proceso de desollamiento.

El Griffyndor estaba en su límite y acabó vomitando silenciosamente todo lo que había cenado. Miró con los ojos desorbitados cargados de espanto aquel sanguinario espectáculo, sin poder llegar a creer lo que estaba presenciando. Su cuerpo no le obedecía, se había quedado petrificado mirando la aberrante escena. Era aterrador, podía ver la cavidad torácica como nunca la había visto antes. Las costillas, la piel sanguinolenta… y evidentemente, la vara que atravesaba el cuerpo de aquel desgraciado.

Pero lo peor estaba por llegar.

El extraño, sin dejar de silvar de una manera aterradoraO fortuna, recogió la cabeza del suelo ahora manchada de la mugre que había en el suelo y sin contemplación alguna la metió en el interior del vientre donde anteriormente estaban sus tripas. Y con toda tranquilidad empezó a coser el estómago, pisando sin rastro de culpabilidad los intestinos que había dejado en el suelo, reventándolos y con ello, expulsando unos extraños líquidos semitransparente.

Casi parecía como si fuera un niño que silbaba mientras salía del colegio.

Sin embargo, el causante de aquel abominable acto se paró en seco, dejando de canturrear aquella canción a la vez que dejaba de coser el estómago del mortífago.

Un aterrador silencio recorrió la callejuela.

No se escuchaba absolutamente nada. Hasta los grillos habían dejado de cantar. Parecía como si la presencia de aquel hombre acallara a todo y todos. Era como si… todas las criaturas estuvieran en silencio al saber que un enorme y peligroso depredador merodeaba cerca.

Lentamente el monstruo empezó a girar la cabeza.

Sal de ahí pequeño cachorro.

La voz de aquel monstruo era espantosa, era como si tuviera varias cuerdas vocales resonando a la vez.

Un sudor frío recorrió todo su cuerpo, los ojos estaban a punto de salirse de sus cuencas. Las lágrimas, pese a ser un perro salían a borbotones y los jadeos de espanto empezaron a hacer eco por todo el callejón. Su cuerpo entero no le obedecía, su estómago estaba totalmente cerrado y sin alimento alguno, y aun así, seguía queriendo vomitar. El mareo se hacía cada vez más y más presente, queriendo desmayarse en el acto.

No entendía el porque, pero salió de su escondrijo. Obedeciendo al acto el mandato propugnado por aquel enfermo. Su cuerpo no le obedecía en absoluto y no entendía el porque. Los ojos le lloraban, el cuerpo le temblaba al punto de ser incapaz de mantener el equilibrio, estaba aterrado sin saber que hacer. Tenía la cabeza agachada, las orejas hacia atrás y el rabo entre las piernas. Sus patas traseras temblaban sin control, al punto de caer varias veces.

Una pose de total y absoluta sumisión.

La Peste Negrase fue acercando a él, mientras que Sirius solo podía mirar con terror e impotencia su incapacidad para huir de él. Se movió lo suficiente como para que todo su cuerpo saliera de su escondrijo. Arrastrando sus patas. Agachó aún más la cabeza, tocando casi el suelo y cerró fuertemente los ojos, esperando que su muerte no fuera dolorosa. Su mente estaba en blanco, y la cabeza le daba fuertes pitidos, era tal estrés y el miedo que su propio cerebro le estaba haciendo daño.

A cada paso que escuchaba, más miedo tenía. La presión sanguínea se estaba disparando por todo su sistema, el corazón le estaba costando seguir el ritmo cardíaco y sabía que era cuestión se segundos que le diera un infarto. Los pasos del monstruo cesaron, estaba ahí, delante suyo, casi podía sentir las botas se cuero tocando su espeso pelaje negro.

Es de mala educación espiar a las personas.


Sirius abrió los ojos de golpe. Miró el lugar donde estaba. Su habitación, su cama, su pijama. Todo había sido un horrible sueño. Suspiró aliviado al saber que había sido una espantosa pesadilla, se llevó la mano al pecho sintiendo como la calma volvía en él. Pese a que fue todo un producto de su cabeza no pudo evitar sentir como las lagrimas se deslizaban por sus mejillas, había pasado tanto miedo, que no podía llegar a sacarlo del cuerpo. Todo había sido muy real. Demasiado para ser una burda pesadilla, pero ¿que otra explicación había entonces? No recordaba como había llegado hasta su habitación, ni tampoco como se había colocado el pijama... debía de ser eso, un simple sueño, trató de autoconvencerse repitiéndose para si mismo que solo había sido un sueño. Se bajó de la cama, sintiendo el frío suelo de madera en la planta de sus pies, con cierta pereza consiguió mantenerse en pie, dando tumbos por la habitación.

Se sentía terriblemente débil y mareado.

—Ja ja ja, el bello durmiente despertó de su sueño— rió James mientras se abrochaba la blusa—¿a que esperas a vestirte?, vamos a llegar tarde a clase— farfulló el Gryffindor al pensar que tenía que estar presente en las tediosas clases del profesor Beans.

—Cierto, y sinceramente, no podemos permitirnos el lujo de perder puntos para nuestra casa, por primera vez, tenemos casi los mismos puntos que Hufflepuff.

Sirius asintió algo atontado, respiró tranquilo, todo había sido un sueño, se había quitado un peso de encima. Sonrió, y miro a sus dos amigos.

—Que os parece si hacemos alguna "bromita" a los Slytherins,-—la cara de Remus era la misma expresión que pondría la profesora McGonagall si los escuchase en ese instante—vamos Remus, solo sería una bromita. ¿A que si Canuto? será divertido y de paso podríamos ganar unos puntillos extras para nuestra casa— "razonó" James con una mirada suplicante.

Remus rodó los ojos, a sabiendas que dijera lo que dijese no le harían ni caso, no por nada eran los gamberros de Hogwarts y si alguna vez esos dos borregos con retraso mental paridos por una iguana fruto del incesto les hubiese hecho caso, seguramente se habrían librado de muchos castigos. En definitiva, eran inútil tratar de razonar con ellos.

—¿Canuto? ¿me has escuchado?

Sirius despertó de esa pequeña ensoñación que tenía, asintiendo con la cabeza sin haber escuchado tan siquiera las palabras de James.

Algo que para Remus no pasó desapercibido.

Los tres bajaron las escaleras con cierto ímpetu, especialmente James. Y que sorpresa se llevaron al ver un tumulto de gente. Los merodeadores se miraron extrañados, sin llegar a entender que ocurrían.

—Hey, ¿que ocurre?, no son ni las ocho y media y ya hay tanto jaleo— dijo James con una clara molestia. Ya podía imaginarse el dolor de cabeza que tendría en cuestión de minutos.

Frank Lomgbottom se giró con el rostro mas pálido una Banshee, con periódico en mano se dirigió hacia ellos.

—¿Pero que os pasa a todos?— preguntó con clara preocupación Sirius, sintiendo como un sudor frío empezaba a bajar por su espalda.

Remus cogió el periódico y empezó a leer el título de la pagina.

OTRO MORTIFAGO BRUTALMENTE ASESINADO EN HOSMAGE.

No fue necesario que Remus siguiera leyendo, Sirius se apoyó en una de las paredes del la sala común y empezó a vomitar una exagerada cantidad de bilis. El cuerpo temblaba descontroladamente, sus ojos no tardaron en humedecerse del pánico que sentía, la cabeza le dolía a horrores. En su mente, no tardaron en aparecer las terribles imágenes del brutal asesinato perpetrado por aquel psicópata. Sangre, vísceras, gritos… en cuestión de segundos cayó al suelo totalmente desmayado con el sonido de los gritos preocupados de sus compañeros.


Severus se fue a las clases de Aritmancia de última hora, y fue sorprendente, cuando vio que no estaba Black de por medio, lo cual era una verdadera sorpresa. Especialmente, al ver que James ni le había dirigido la palabra, y eso ya era mucho. Algo le olía a chamusquina, el echo de ver Lily y Remus tan pálidos no era normal, al igual que el resto de Griffyndor. ¿Que diablos había pasado? Desde luego, nada agradable. Aunque había Griffyndors que parecían estar contentos.

—¿Se puede saber que les pasa a todos?—preguntó Severus a Lucius.

El rubio miró hacia adelante, vigilando por si la profesora Vector les miraba por algún casual.

—Lee— susurró Lucius mientras sacaba de su pupitre un trozo de la columna " El profeta".

Severus asintió, algo desconcertado por la expresión de temor del rubio. Desdobló el fragmento del periódico sin entender a que venía tanto misterio, pero cuando empezó a leer lo que estaba escrito sintió que las palabras de Amal se hicieron un fuerte eco en su mente.

OTRO MORTIFAGO BRUTALMENTE ASESINADO EN HOSMAGE

Esta mañana se a encontrado el cuerpo sin vida de Traves Wylkes, un conocido mortifago y fiel servidor del innombrable. Se le halló decapitado y empalado, los Aurores han preferido no dar detalles del estado de la victima, pero según fuentes anónimas. Varios Aurores han tenido que salir del recinto.

Se piensa que el mismo asesino de Mulciber Rowling, dado que el patrón es el mismo. Por el momento no se han dado más detalles del asesinato.

A Severus no pudo evitar sentir un ligero escalofrío. Los relatos de Amal llegaron como flechas a su cabeza, realmente le costaba creer lo que estaba leyendo.

"Algo terrible va a suceder"

"volverá a ser como antes. Será terrible."

Ahora entendía porque Lucius estaba tan asustado, aquello no había sido un asesinato al azar, no, aquello había sido premeditado. Había sido fríamente calculado. Era tal como dijo Amal, la Peste Negrano era un asesino de pacotilla, no era un imbécil enmascarado que era imprudente, no, nada de eso. Estaba claro que ese homicida estaba lanzando un grito de guerra al mismísimo Voldemort, y que mejor, que matando de la forma mas vil y bizarra posible a los mejores mortí más buscados y del cual nunca fueron hallados. Aquello era para temblar, especialmente para sus seguidores, estaba seguro que aquellos dos asesinatos sería suficiente para que muchos se acobardaran, lo suficiente como para no querer tomar la marca oscura.

—Ni siquiera el mortifago mas sádico es capaz de hacer algo como eso... — el susurro de Malfoy no le auguraba nada bueno- tengo a un tipo... me contó como lo encontró.

Severus no quería escuchar algo como eso, estaba seguro de que no le iba a gustar, pero, también quería saber como lo había asesinado, lo cual en lo más profundo de su mente, sintió miedo al pensar así.

—Quién quiera que fuera ese tipo… enserio, está loco de atar. Ese tipo lo degolló, le abrió las tripas, le arranco las vísceras y metió su cabeza en su estómago y le cosió. ¿Sabes que? parecía que estaba preñado— vio como Lucius ponía una gesto de puro asco, como si estuviese viendo la cosa mas desagradable de su vida-—¿Sabes que es lo más curioso?, Wylkes tenía la tendencia de violar y matar a las mujeres mugglesque estaban embarazadas

Severus sintió como se le revolvía el estómago. Sin llegar a creer lo que estaba escuchando.

—Y Mulciber ¿Te acuerdas como fue asesinado?

Como para no recordarlo, aquella noticia revolvió a muchos es estómago. Severus asintió vehemente con la cabeza.

—Le quitó todos los músculos dejandole en los huesos. Y Casualmente Mulciber le gustaba despellejar a sus víctimas.

En ese momento abrió los ojos como platos.

—El modus operandies... devolverles lo que habían echo... ¡es la ley del Talion!, ojo por ojo diente por diente.—exclamó el joven recibiendo como respuesta la mirada de advertencia del profesor.

Lucius se le quedó mirando con cierta extrañeza, no estaba muy habituado a la historia muggle, de echo le repugnaba, pero si conocía ciertas cosas, en este caso dicha ley.

—¿Pero con que propósito?

Severus no supo que responderle, desde luego, no era un criminal con una simple manía de matar. Era algo más profundo, algo muy oscuro, diabólico, visceral… horrendo. Algo que no tenía ni siquiera explicación.

—Pero si lo piensas... — Lucius no estaba muy convencido en lo que iba a decir-—todos los asesinos dejan mensajes, siempre a alguna persona que sea la única capaz de entenderlos, una persona que le considere como su enemigo… O su igual —susurró algo más alto sin dejar de mirar a la profesora Vector.

Severus lo miró confundido, sin comprender a donde quería llegar.

—¿Su igual?

—Si, alguien que el propio asesino vea como su propia imagen, alguien a quien vea digno... ¿pero quién?, no creo que sea el señor oscuro, sus métodos de tortura y homicidas son muy diferentes.

—¡Malfoy y Snape! ¡¿ Tendréis la bondad de callaros?!— el grito de la profesora fue suficiente para que los dos no volvieran a decir ni una sola palabra.

Los dos se miraron, y optaron por hacer caso a la profesora, de la mala gana, pero al fin y al cabo, no les convenía restar puntos a su casa.

Sin embargo, las palabras de Lucius seguían en la cabeza de Snape.

"Amal" fue lo primero que pensó Severus.

Tenía sentido, el chico tenía unos extensos conocimientos que no muchos tenían, y pese a su condición de muggle, ya le había demostrado que el podía curar una maldición imperdonable. ¿Pero por que alguien como Amal?, si, el podía ver a través de él, pero no era un asesino, no iba matando a las personas. Precisamente estaba en Hogwarts por que estaba huyendo de ese psicópata, ¿porque ese interés por Amal? ¿tal vez por algún secreto? En ese momento una idea surgió en su cabeza, ¿y si el había visto el rostro del asesino?, eso explicaría su obsesión con Amal, pero enseguida desecho la idea. Si así fuera, estaba seguro que el ya habría matado al moreno, había encontrado sin dificultad alguna a dos mortífagos que jamás habían sido capturados, no solo eso, sino que les dio un futuro peor que la muerte.

Así que ¿cual era el verdadero motivo por el cual estaba haciendo todo esto?

De una cosa estaba seguro, Amal sabría la respuesta.

El timbre sonó, y todos los estudiantes querían salir cuanto antes del lugar, no por nada las clases de Aritmancia eran increíblemente tediosas y aburridas. Sin embargo, el se tomo su tiempo para ir recogiendo las cosas.

—No tengo ganas de comer-—le dijo a Lucius al ver que le esperaba.

—Si te sirve, ya somos dos.— dijo Lucius con cierta comicidad.


Lily caminaba hacia e mini taller que había montado el macánico. Aunque estaba en el quinto pino del castillo. Concretamente en el séptimo piso, en el ala norte. Donde la sala de estudios/lectura que no lo usaban ni los fantasmas, finalmente resultó de utilidad. De alguna manera se había convertido en un pequeño taller donde Vivar arreglaba cualquier cosa que le dieras. Desde relojes (esos eran las entregas que más abundaban) hasta cajitas musicales. De algún modo u otro, esto había conseguido que se hiciera algo "popular". Lograba arreglar cualquier objeto mecánico en cuestión de horas. Y no era para más. Muchos alumnos le trían objetos antiguos de un valor sentimental incalculable, puesto que había demostrado con creces su capacidad para arreglar cualquier cachivache. Por muy extraño que fuese. El lo lograba arreglar sin ningún problema.

Caminó por el larguísimo pasillo del ala oeste hasta llegar a lo que anteriormente fue, el pequeño salón de lectura. A medida que se acercaba, pudo escuchar una música de fondo. Se acercó con lentitud, y se quedó apoyada en el marco de puerta.

Ahí estaba Amal, centrado en arreglar una costosa cajita de música, graciosamente sentado en el suelo con una mesa de patas cortas. No recordaba conocer a ningún alumno que les gustara estar sentado en el suelo como Vivar. De alguna forma, sus rarezas, a su visión la parecía totalmente entrañables.

Trató de escuchar la melodía de fondo, una extraña pero hermosa música de un antiguo tocadiscos. Era extraño, parecía el fragmento de un trozo de ópera. No sabía que era lo que decía, estaba en otro idioma. Pero fuera lo que dijera, sonaba melancólico, triste. Parecía el relato desesperanzado de un amor no correspondido.

—¿Que música es esa?—preguntó Lily haciéndose presente en la estancia.

Vivar se sobresaltó por unos instante y la miró con los ojos bien abiertos.

—Perdón, no quise asustarte. Me llamó la atención la música—añadió con una sonrisa sincera.

Amal asintió con la cabeza levantándose del suelo y dirigiéndose al tocadiscos para apagarlo.

—Es un trozo de ópera de Carmina Burana.Dies, nox et omnia. De Carl Orff.—respondió de una manera distante y escueta.

Lily abrió con ojos con fuerza.

—¡Ya decía que me sonaba! Sin duda una de sus mejores es obras es el OhFortuna.—razonó la pelirroja con una ancha sonrisa. Aunque esa expresión fue desapareciendo al ver lo pálido que se había puesto el mecánico. La chica, preocupaba al ver esa reacción se acercó al muchacho—¿Estás bien? Te has puesto pálido—dijo con una evidente preocupación la Gryffindor mietras se acercaba a él.

Amal sonrió con suavidad.

—Simplemente acababa de tener un pequeño escalofrío.

Lily acarició el rostro de Amal. No entendió por qué lo hizo. No supo por que quiso tocar la caliente piel del Squib. Sin embargo, el contacto duró poco al ver como Vivar echaba la cabeza hacia atrás de manera instintiva. Casi como si el hubiese tocado un hierro incandescente.

Lily lo miró con preocupación. Sabía que el moreno no tenía fobia a las chicas o algo por el estilo. Ya le había visto algunas veces hacer arreglos a costosos relojes sin cobrarles ni un mísero galeón. Le había visto sonreírlas o incluso, pese a su naturaleza reservada le había visto contar algún chiste cuando alguna alumna estaba decaída. Así que esa reacción se debía unicamente a ella.

¿Porque?

¿Alguna relación tóxica y ella tenía un parecido similar? ¿arrepentimiento? ¿veía algo en ella que nadie más veía? ¿que era entonces? Cada vez que ella se acercaba a él, Vivar se encogía como un pequeño cachorro que había sido golpeado. Esa era la mejor comparación que podía hacer en ese preciso instante. El moreno estaba de pie, pero con la cabeza agachada y en un profundo silencio.

—¿Porque te doy tanto miedo?—preguntó derrotada al ver esa reacción de rechazo.

Amal se revolvió incómodo mientras estiraba con nerviosismo las mangas de su jersey blanco.

—No es por ti, es simplemente que te pareces mucho a una persona que conocí—explicó con la cabeza agachada, sin dejar de mirar el suelo.

Como ella imaginaba, alguna relación terrible. Ella tenía el aspecto de esa chica y probablemente eso le recordara cosas horribles. Al menos, eso era lo que pensaba y esa era la respuesta más lógica hacia esas bruscas reacciones.

—Pero yo no soy ella.

—Lo sé.

Lily lo miró fijamente. No comprendía porque quería acercarse a Amal. Por qué quería destapar ese misterio que envolvía a Vivar. Tenía a James, un novio estupendo, encantador y caballero que siempre estaba pendiente a cada petición que podía hacer la pelirroja. Pero entonces… ¿por que diablos quería estar con la presencia constante de Amal? ¿por que esa, no correspondida atracción?

No era atractivo. Ni de lejos. La horripilante cicatriz que tenía en la boca restaba mucho. Su cuerpo delgado no era particularmente llamativo, no tenía un porte especialmente… seductor.

—Esa música… era muy bonita—cambió abruptamente conversación al ver el estrés en que estaba sometiendo al chico.

—Es una colección de cantos de los siglos XII y XIII, que se han conservado en un único códice encontrado en 1803, si mal no me equivoco fueron escritos hacia el año 1230.—explicó de carrerilla.

Por alguna razón, descubrió esa tarde otro interesante dato de Vivar. Y era su gran pasión por la música. Hasta que punto, que los decaídos ojos del moreno se transformaron en unos brillantes y alegres en cuestión de segundos. E incluso pudo mirarla a los ojos.

Lily se quedó hipnotizada cuando vio los alegres ojos naranjas de Vivar. Eran… hechizantes. Sus ojos eran como un libro abierto. Casi podías nadar en el complicado mar de emociones que tenía Amal. Especialmente cuando se trataba de temas que le interesasen.

—La verdad, nunca supe que quería decir esa canción—dijo Lily mientras seguía a Amal con la mirada.

El Squib, se movió hacia el tocadiscos donde había una pequeña pila de fundas llenas de esos gigantescos discos. Por el momento, no dijo nada. Tan solo se limitó a deslumbrarse de la evidente felicidad de Vivar y sentarse cómodamente en el sillón de un recargado tapizado de rayas negras y rojas.

—Es la cantata número 16. Habla sobre un hombre que se lamenta de un amor no correspondido.—explicó Amal de espaldas a ella, mientras sacaba la funda de un disco mientras se dirigía hacia la pelirroja.— Es… es muy hermoso, melancólico pero con una belleza sin igual— el moreno sacó el álbum que estaba buscando y lo limpió con la manga de su jersey al ver una fina capa de polvo—supongo que tendrás uno de esos trastos en tu salón. Creo que te gustará.—dijo el mecánico mientras le entregaba el disco a la muchacha con una sonrisa en la boca.

—¿Que es?—preguntó al ver el estilo minimalista del álbum con el rostro de un hermoso muchacho del estilo de la antigua Roma.

Catulli Carmina. Es la obra menos conocida. La verdad, es que no lo entiendo es… brillante.

—¿Porque lo dices?

Amal se quedó pensativo por unos instantes.

—Bueno, digamos que cuando Carl Orff lo publicó no tuvo un gran número del público que uno podría haber pensado. Algo comprensible estaban en medio de la segunda guerra mundial, por lo que… bueno es lógico.

Lily no estaba del todo convencida. Aunque agradecía profundamente el regalo que le había echo Amal.

—Hay algo más ¿no es así? Pasó lo mismo con Carmina Burana y tuvo un rotundo éxito.

Amal sonrió. Una sonrisa… nerviosa. De echo, parecía abochornado.

—Digamos que hay ciertos estribillos donde los flirteos son… escandalosos—explicó con una arrolladora vergüenza.

Lily sonrió de lado. ¿Tenía algún trasfondo? No lo sabía, pero desde luego que aquella declaración era muy, pero que muy reveladora. Y desde luego, el cambio de actitud de Amal era… poco menos que provocativo, al menos a ojos de la muchacha. Con aquella mirada avergonzada, mientras miraba hacia otro lado, tratando de esquivar los ojos verdes de la Gryffindor… podía tener esa cicatriz y cientos de heridas más. Pero eso, jamás quitaría lo bello que se podía llegar a mostrar.

—¿Y como puedo saber su traducción?—preguntó con una sonrisa Lily.

Amal volvió a posar su mirada en la Gryffindor se agachó ligeramente y la señaló en la parte trasera de la funda con un evidente nerviosismo.

—Aquí te indica la traducción de los estribillos—Lily se dispuso a leerlos, pero la voz de advertencia de Vivar la hizo parar—Me gustaría que lo leyeses cuando estés sola. Y cuando tu instinto te diga que debes escucharlo. Creo que lo disfrutarás mucho más.—explicó con un sonrojo que poco le faltaba para que echase humo por la cabeza.

Lily tuvo que reprimir una risa al ver lo nervioso que se ponía el muchacho.

—¿De que trata?

Amal se volvió a enderezar con una sonrisa… algo espeluznante. Pero Lily recordó de inmediato que debido a sus ojos naranjas y los exagerados hoyuelos que tenía era un factor para que tuviera ese aire macabro.

—Mmm, eres lista. Lo descubrirás cuando escuches los nombres de quienes lo cantan.

Era ella o juraría que Amal se estaba burlando de ella.

—Noto cierta mofa en tus palabras Vivar.—dijo con advertencia, pero con un evidente humor en ellas.

El moreno ni se inmutó y metió sus manos en los bolsillos de sus pantalones vaqueros tratando de evitar mirarla.

—No, no.—renegó con suavidad— lamento que mi voz suene con escarnia pero no es mi intención. Es simplemente por el profundo mensaje que tiene esa ópera. Y no puedo evitar imaginarme tu rostro al entender su verdadero significado.

Lily quería comprender cuanto antes la ópera que le dio Amal. Quería entender que era lo que tanta gracia le hacía. Y desde luego, tenía la sensación de que Vivar le estaba diciendo suavemente que era predecible. Algo que la sentó bastante mal. Y era algo que no comprendía. Si bien, Amal no era una persona precisamente atractiva, si que era endemoniadamente interesante. Uno de ellos, era ese cambio tan brusco de comportamiento. Había pasado de triste y alicaído a uno alegre y ansioso.

La pelirroja se levantó del sillón. Y guardó el regalo del mecánico en la cartera que llevaba. Tenía que admitir que la magia en hacer que en su cartera cupiese más del espacio permitido, a lo Mery Poppins. Era sin duda, un autentico gozo.

Sin aviso alguno, Lily agarró la muñeca de Amal y lo tiró al sillón donde está no dudó en apoyar su rodilla en un pequeño espacio que había en el borde del asiento. La chica se sonrió al ver el rostro sorprendido de Vivar, el evidente sonrojo que allanaba por sus mejillas. Los brillantes y límpidos ojos naranjas cargados de sorpresa. Lily se acercó a él. A tan solo unos míseros centímetros de su boca. Podía sentir a la perfección el aliento reprimido que trataba de controlar Vivar.

Lily no estaba muy segura de lo que estaba haciendo. Ni mucho menos del por qué. Tenía a un novio encantador que daría todo por ella. A un amigo de la infancia que estaba perdidamente enamorado de ella… ¿entonces porque alguien como Amal? ¿porque ese intenso deseo de sacar todas las expresiones posibles de su rostro? ¿porque ese irrefrenable impulso de querer verlo así continuamente? No podía evitar pensar si acaso no se estaba metiendo en serios problemas. Sobretodo si tenía en cuenta lo que el Squib llevaba a sus espaldas.

Pero la forma tan bella en que Amal actuaba, la forma tan hermosa en que el sonreía. O incluso, como no reveló que fue James quien lo golpeó. Hacia que su alma temblase por su atención.

Acarició suavemente la repulsiva herida que tenía Amal en la boca. Herida que causó tanto revuelo y dio origen a ese humillante apodo. Acarició con suavidad los labios resecos del moreno. Tenía unas severas heridas en los labios, ahora que lo miraba con atención. Dios… tenía un aspecto terrible. Parecía un Jonkie recién salido de rehabilitación. Las profundas ojeras, la cicatriz, los labios secos y agrietados… mas que terrible, era repulsivo.

¿Entonces que era?

Vivar tenía un intelecto envidiable y también que si el quería podían hablar de cientos de temas. Sabía atraer con sus conocimientos. Sabía como seducir (inconscientemente en su caso) a cualquier persona. Daba igual su género o su edad. Sabía como destacar, hacerse notar.

Amal era ese tipo de persona.

Lily se inclinó para besarlo, muy suavemente. Fue algo simple, un roce de labios tan infantil como los que se dan los infantes en su época dorada antes de entrar el el mundo de los adultos.

Fue delicado, cargado de un profundo romanticismo, al menos a ojos de la chica. Acarició suavemente el rostro tratando de profundizar más el beso. Lamió los resecos labios de Amal, causándola un estremecimiento. Sin embargo, empezó a darse cuenta que besar a Amal era como besar a una estatua. No había ni rastro de emoción o aceptación por parte de Vivar. Tan solo se quedó quieto. Paralizado.

Fue en un momento, donde empezó a notar que caía agua sobre sus labios cuando comprendió que algo malo le estaba pasando. Cuando se alejó se él. Vio que su rostro estaba empapado por las lágrimas. Con los ojos totalmente abiertos, de par en par. Casi, como si fuera la mismísima muerte la que estaba encima de él.

—Por favor… por favor.—susurró el moreno. Casi como si estuviera pidiendo clemencia.

—¿Que es lo que tanto temes?—preguntó mientras volvía acariciar el rostro del chico.

—A los recuerdos.

—Pero yo no soy ella.

—Lo sé—volvió a responder Amal tratando de ralentizar las respiración agitada que se había disparado por todo su sistema.

—¿Porque no puedo estar a tu lado?—preguntó Lily besándole el cuello. No comprendía que estaba haciendo. No comprendía porqué diablos estaba haciendo eso. ¿Porque le estaba haciendo esas preguntas? ¿porque estaba actuando así?—¿Porque Amal?—volvió a preguntar mordiéndole suavemente el cuello.

Quería más, mucho más. Aquello no era suficiente. Se irguió ligeramente mirando el rostro inexpresivo de Amal. Había algo raro en él. Ya no era ese chico tímido.

Era otra cosa.

Una risa diabólica inundó sus oídos alarmándola por completo.

—¿Amal?

Velim me hoc non meretrice.—respondió con una aterradora sonrisa mientras la miraba como si se tratase de un puerco.

Lily abrió los ojos con fuerza.

—¿Perdón?

Amal se levantó del sillón tirándola como si fuera un peonza. La pelirroja lo miró con los ojos abiertos. No, era imposible que ese fuera Amal. Nadie cambiaba de humor tan rápido. Y ya sabía que algo malo iba a pasar. Podía volver a sentir esa terrible sensación. Su propia magia la estaba alertando con anticipación.

—Tú.

Amal o más bien, el ser que parecía controlarlo sonrió de lado.

Quando deprehenditur canis Fraus?

Y en el acto despertó en medio de la biblioteca con todos los alumnos mirándola fijamente.