Capítulo 13

Cinco días después de haber recibido la noticia de la desaparición de Elsa, Jack ya había visitado a la princesa Anna en Arendelle y le había prometido encontrar a su hermana costara lo que costase. Vio con sus propios ojos esa arena negra que seguía cubriendo la habitación de la reina, donde todo estaba intacto. Jack había posado sus ojos en esa cama que compartieron la última noche que pasaron juntos y había contenido las lágrimas de rabia que pugnaban por salir de sus ojos. Ahora, encabezaba una partida de soldados en dirección al bosque que rodeaba Pholum en busca de unos seres de piedra y musgo de los que tanto había oído hablar a los ancianos del reino. No tenía ninguna pista salvo seguir ese rumor. Y, aunque su padre le había apoyado en la búsqueda, su madre se había mostrado tremendamente reticente. «Es una absoluta locura. No vas a encontrar nada, Jack.», le había dicho cuando lo propuso. Pero el príncipe se había mostrado firme en su decisión. Le importaba más bien poco lo que pensasen los demás, tal y como le había asegurado a Elsa unos cuantos días atrás.

Así, se encaminaba en esos momentos hacia el centro del bosque; un lugar inhóspito y del que solo se escuchaban habladurías y leyendas. Pocos se había atrevido a aventurarse en aquella zona. La vegetación se iba haciendo más densa conforme avanzaban. Las ramas de los árboles se entrecruzaban unas con otras y formaban una gran bóveda verde por la que apenas se filtraba la luz del sol. La humedad que había en el suelo había creado capas y capas de musgo e hierbas silvestres que hacían que las patas de los caballos se resbalasen. En más de una ocasión, un caballo acabó en el suelo, encabritado. Por suerte, al príncipe siempre se le habían dado bien los animales, por lo que no tuvo muchos problemas en calmarlo y convencerle para que volviera a ponerse de pie.

Al cabo de lo que parecieron horas, el bosque dio paso a un claro tan grande que apenas se vislumbraba el final. Una serie de grandes menhires se disponían en círculo y, dispersos por el claro, grandes piedras redondas cubiertas parcialmente de vegetación creaban una especie de laberinto. Jack se paró en la entrada y ordenó con un gesto que los soldados hicieran lo mismo.

-No hagáis ningún ruido-dijo Jack, bajando de su montura.

Anduvo en silencio y teniendo cuidado de no pisar las piedras ni lo que les rodeaba. Se acercó a una piedra que la pareció mayor que las demás y la estudió desde la altura. Sus ojos azules captaron un movimiento a su derecha y Jack se enderezó. Tocó con un pie una gran rama con forma de hoz de mango alargado y, con un suave movimiento del pie, la llevó hacia arriba y la cogió con su mano derecha. Pasó el improvisado bastón a la mano izquierda y, con la otra, asió el mango de la espada que llevaba prendida al cinto. Se encorvó y observó con atención a su alrededor. Los soldados habían desenvainado al ver al príncipe ponerse en guardia, pero no conseguían avistar nada. Entonces, un golpe sordo en el suelo captó la atención de Jack, que se volvió hacia el origen del ruido. Se encontró con unos grandes ojos marrones y una cara de piedra. Unas manos rechonchas sobre un cuerpo igual de rechoncho. Y una capa de musgo que iba desde la cabeza hasta los pequeños y achatados pies de la criatura.

-Bienvenido, príncipe Jack-habló el troll-. Le estábamos esperando.

Antes de que Jack pudiese reaccionar, todas las piedras que había sorteado comenzaron a cobrar vida. Algunas tenían adornos, otras tenían setas; unas parecían más finas y otras eran más gordas. Había incluso pequeñas piedrecitas a los pies de las más grandes. Todos los trolls miraban a Jack y al troll que había a su lado. Todos sonreían y conversaban animados. Por su parte, algunos soldados huyeron asustados; otros, estaban tan perplejos que no eran capaces ni de moverse. La situación era, como poco, extraña.

-¿Pero qué...?-comenzó a decir Jack sin saber a dónde mirar.

-Príncipe-le llamó el troll que le había hablado antes-. Sospecho por vuestra cara que no creíais las leyendas que llevan años circulando por ahí.

-Esto... Yo...

-Es normal, no solemos mostrarnos a los extraños.

-Ustedes... sois...-volvió a intentar hablar Jack, señalando con el bastón a todos los presentes salvo a los soldados.

-Sí, somos trolls. Yo soy el jefe de esta tribu. Mi primo vive en Arendelle y ayudó a vuestra amada Elsa hace tiempo.

-Espera, ¿qué?-Jack se agachó sin soltar el bastón y se quedó en cuclillas para poder mirar a la cara a la criatura fantástica que tenía ante él.

-Majestad, no es el momento de desvelar historias pasadas. Es el momento de encontrar a la reina de Arendelle-le recordó el jefe de la tribu.

-Sí...-pareció reaccionar Jack. Parpadeó un par de veces y volvió a ponerse en pie- ¿Qué sabéis de ella?

Los rostros de piedra de los trolls borraron las sonrisas, incluso los más pequeños. Todos tenían una expresión de preocupación y desolación. Eso no le dio muy buena espina a Jack, que comenzó a impacientarse.

-Vuestra reina sigue viva, príncipe. Pero, si sigue como está, no tardará en morir-sentenció el jefe con un tono triste en la voz.

-¡No!-gritó Jack. Le dolía el corazón con solo pensarlo- ¿Dónde está? ¿Quién la tiene?

-Mmm... No está claro, príncipe Jack-el troll movió la pequeña mano de piedra y, ante ellos, apareció una pantalla violácea que mostraba a Elsa, claramente desnutrida y con muy mal aspecto.

-Elsa...

-Sabemos que está en una celda. No es una celda muy común. Está completamente hecha de hierro forjado. El problema no es el material con el que está hecha la celda, sino que la reina de Arendelle no puede usar sus poderes. Algo tiene oprimido su corazón y se extiende hasta su mente como una telaraña.

-¿No podéis ver nada más?-preguntó Jack, desesperado.

-Sabemos que no está demasiado lejos, o no podríamos verla siquiera. Ella no sabe que está siendo observada. Apenas es consciente de nada. Come cuando tiene que comer y luego se sumerge en un profundo sueño del que despierta a base de pesadillas y gritos. Es entonces cuando podemos llegar a ver una especie de red de arena negra a su alrededor.

-Arena negra...-repitió Jack- En su habitación había arena negra. Estaba llena.

-Sí, es muy posible que sea la misma-aceptó el jefe troll.

-¿Qué sabéis de esa arena? ¿Cómo puedo eliminarla?

El troll negó y cerró los ojos, abatido.

-Nunca habíamos visto semejante magia, príncipe Jack. No sabemos de qué está hecha ni cómo se construyó.

Jack dio un zapatazo en el suelo y giró el bastón con tanta fuerza que su poder de hielo salió disparado a través de él hacia un menhir cercano. El menhir se congeló al instante y crujió. El pueblo troll no se sorprendió, pero les llamó la atención el aspecto de la piedra helada.

-Príncipe Jack-le llamó entonces una voz diferente a la del jefe, una voz que sonó femenina.

Jack se volvió y vio a una mujer troll llegando hasta él con una piedra blanca en sus manos. Se la entregó al príncipe, que la cogió, confuso. En ese instante, la piedra se volvió azul y comenzó a brillar. Jack sintió que la piedra empezaba a palpitar y notó que emanaba cierto calor.

-Príncipe Jack-volvió a llamarle la mujer troll-. Esa piedra es una de las pocas que quedan en el mundo capaces de encontrar a cualquier persona. Los trolls no somos personas y por eso no funciona con nosotros. Por eso, si nosotros la retenemos, está blanca. No siente nada. Pero en cuanto toca la mano de un ser humano, esta se torna del color que tenga la alma del portador y hallará el camino hacia la persona que anhela encontrar.

Jack abrió muchísimo los ojos y observó el objeto con gran interés. La piedra no estaba tallada, pero era realmente preciosa. La paseó entre sus dedos y sonrió, un poco más calmado.

-Sin embargo-continuó la troll-, debo advertiros de una cosa. Esta piedra no es exactamente un mapa. Indica la dirección hacia la que debéis caminar para encontrarla, pero no os dirá el punto exacto. Os guiará en lo necesario y será la mayor pista que tengáis. Si la piedra comienza a variar su color, es que os estáis acercando a vuestro destino.

El príncipe paseó sus ojos azules hacia la mujer troll y asintió, conforme. Guardó la piedra en un bolsillo interior de su chaqueta y se agachó para encarar a la criatura. Abrió la mano ante él y cogió la de la troll, que contuvo un gritito de sorpresa. Jack agachó la cabeza y depositó un pequeño beso en la mano.

-Muchísimas gracias. Os compensaré por la ayuda.

La mujer troll sonrió y retiró su mano de la de Jack.

-La única recompensa que queremos es que haya paz entre los dos lugares-repuso el jefe troll, acercándose al príncipe. Entonces, tocó la vara de Jack y le dijo:-. Majestad, conservad este bastón. Podéis hacer mejores cosas con él que sin él.

Jack asintió y se puso en pie.

-Jamás olvidaré la ayuda que me habéis prestado. Os recompensaré con creces. Lo juro por mi vida.

Acto seguido, en medio de un silencio sepulcral, volvió al caballo y montó sobre él. Los pocos soldados que se habían quedado imitaron al príncipe. Y todos, en silencio, volvieron al palacio por el mismo camino que habían tomado antes.