Otro capi más! Jejejeje... Y este capi se lo dedico por entero a Dark-Karumi-Mashiro, ya que hoy es su cumpleaños.
Ojalá te guste, Karu!
Un abrazote!
Vicka.
XIII.
Un amargo adiós.
Dedicado a:Dark-Karumi-Mashiro. Feliz cumple, niña!
Leo conducía su auto por las calles de South Park en dirección al que pronto sería su antiguo hogar. Tenía qué recoger algunas cosas que había dejado de último en la mudanza, pero sobre todo tenía que borrar la insignia de la Hermandad y recoger algunas armas que estaban guardadas en la pared de su ropero antes de que su padre o su madre dieran con ellas.
Estacionó su auto frente a la casa y observó que el auto de su padre no estaba estacionado en el lugar.
- De seguro el muy infeliz se fue a trabajar – se dijo a sí mismo mientras bajaba del auto.
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Linda abrió el compartimento del clóset de su hijo en donde contenían las armas de Asesino para ver que todo estuviera en su lugar.
Le había extrañado que a su hijo se le olvidara por completo llevarse las armas en el día en que se mudó a Denver, aunque pensó después que probablemente su hijo pasaría a por ellas en cualquier momento.
No sabía si Butters ya habría pensado en deshacerse de las compuertas o simplemente los dejaría así con tal de provocar a su padre, pero ella reflexionó y concluyó que lo mejor sería deshacerse de aquellas compuertas antes de que Stephen llegara a casa.
Tomó con mucho cuidado un arma y lo examinó con curiosidad; el arma era una daga de estilo otomano, probablemente un regalo de algún miembro de la facción turca. Su hoja estaba adornada con variaciones de la insignia de la Orden y el mango estaba hecho de madera de cedro con plata.
Era una hermosa obra de arte letal lo que tenía entre sus manos, de eso no había duda…
- ¿De dónde sacaste esa daga? – le inquirió de repente una voz juvenil.
Linda se sorprendió y dejó caer la daga al suelo.
- ¡Butters! – exclamó al ver que estaba su hijo en el umbral de la habitación.
El muchacho se acercó y recogió la daga; volviéndose hacia su ropero, observó que las compuertas estaban abiertas, lo que le hizo figurar una cosa…
- ¿Hace cuánto tiempo que lo sabes? – le preguntó.
La rubia, al comprender el punto a donde su hijo quería llegar, le respondió:
- Desde hace un año.
Leopold desvió su mirada mientras que Linda, intentando tocar el hombro de su hijo, añadió:
- No se lo he dicho a-a tu padre, si es que piensas lo contrario…
- No me sorprendería que lo hicieras.
- Butters… Hijo mío… Entiendo tu desconfianza hacia mí… Cr-créeme que si no lo he hecho, es porque siento que esta es la única manera de retribuir los años de sufrimiento que pasaste…
Sin decir nada, rubio abrió su mochila y empezó a guardar las armas en ella. Luego de cerrar la mochila, tomó la daga y con ella empezó a raspar las compuertas ante la mirada de una Linda hundida en las lágrimas.
En lo que hacía esa tarea, Butters no dejaba de maravillarse que ella supiera de su secreto durante todo ese tiempo, lo que podría explicar el inmenso cambio que su madre sufría para ese entonces. Pero lo que más le había maravillado era que ella nunca le dijera nada a su padre al respecto; tal vez en orden de mantener la armonía familiar o por mera reacción de culpa, ella había decidido guardar silencio y, ¿quién sabe?, tal vez no podía dormir tranquila con el pendiente en su mente de que su hijo único estuviera en algún enfrentamiento.
Linda, por su parte, había ido por la escoba y el recogedor para limpiar el aserrín que dejaría el muchacho. En lo que subía por las escaleras con las cosas de limpieza, la mujer sintió que la vida se le estaría yendo de un dos por tres; sabía que en algún momento los dos se confrontarían por la situación reinante.
No podía reprocharle nada, salvo el hecho de que debería exigirle que le dijera quién lo indujo o cómo fue que supo de la existencia de los Asesinos. Sin embargo, sabía que él jamás le diría qué o quién le inició en aquél mundo cruento; más que por querella, él no se lo diría por mera protección... O porque, posiblemente, ya sabía la clase de hombre que Stephen había sido en el pasado.
Una vez terminado de recoger el aserrín en el piso, se volvió hacia su hijo y le dijo:
- Supongo… Supongo que ya te irás a Denver… P-puedes visitarnos cuand-
- No creo que tenga el tiempo suficiente para venir a verles – le espetó Leo con frialdad -. Es más… Te suplico por favor que mi padre y tú se abstengan de ir a verme en Denver, porque dudo mucho que esté en disposición para recibirles.
Dicho eso, el joven se dirigió al umbral de la habitación, pero Linda intentó detenerle diciéndole:
- Pero…
- Madre – le interrumpió -… Soy un Asesino, como bien lo sabes. Tengo la vida dividida entre la luz y la oscuridad, entre una vida normal y la vida de un Asesino. El hecho de que tú y… Mi padre vayan a visitarme de manera inesperada supondría un tremendo problema, especialmente con el hecho de que mi padre fue alguna vez de los míos.
Las últimas palabras dejaron sorprendida a Linda, quien, tras un ligero rato de silencio, pronunció:
- Entonces… Entonces conoces… C-conoces el…
- Sí. Conozco bien su pasado… Y también conozco a la familia de mi padre.
La rubia tembló del miedo y del asombro mientras que su hijo añadía:
- Desde hace tres años que visto las ropas del Asesino, madre. Tres años en donde he estado herido de muerte en más de una ocasión, en donde me han secuestrado, me han torturado y hasta me desmiembran si no fuera por mis compañeros de la Hermandad, especial por el primo – hermano de mi padre, Desmond.
- …
- Los motivos por los que me uní a la Hermandad son muchos, pero el principal era por ustedes, por todos y cada uno de ustedes, los que me han humillado hasta el cansancio, los que me han castigado de manera inmisericorde, los que se han hecho de la vista gorda durante los 17 primeros años de mi vida…
- Hijo…
Linda intentó tocar la mejilla de Leo, pero éste le retuvo la mano mientras concluía:
- Lamento… Lamento mucho que te hayas enterado de esto… Y que tal vez ya no estés durmiendo con tranquilidad a raíz de eso.
Dicho eso, el muchacho tomó una caja que estaba junto a la puerta de lo que fue su habitación y, mirando por última vez a su progenitora, le dijo:
- Hasta la vista… Madre.
La mujer se había quedado sin habla; unas lágrimas se escurrían por sus mejillas mientras que, presa del dolor y de la tristeza, se llevaba una mano al corazón al ver que su hijo se marchaba para siempre de su vida con un adiós tan amargo como el aceite.
- Cuídate bien… Hijo mío.
Y que Dios te proteja, Asesino.
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- ¿Tu madre lo supo todo este tiempo y no le dijo nada a tu viejo? Vaya… Eso explica su profundo cambio de actitud – comentó Trent mientras que él y Leo observaban el amanecer desde la azotea del edificio.
- Lo sé… Tal vez ella no dijo nada porque sabía de lo que soy capaz si en algún momento el imbécil de mi viejo me enfrenta – replicó Leo con amargura.
- O tal vez, como dijo ella, quería compensarte por los años amargos de tu vida.
- ¿Puede el silencio de una pésima madre compensar 17 años de maltrato en conjunto?
- Posiblemente.
- Si así fuera, su silencio no compensaría mucho que digamos. Además, ten por seguro que en cualquier momento mi padre se enterará por su boca o por sus propios medios. Mi madre nunca ha sido buena cuando se trata de ocultar secretos a alguien de la familia.
- Cierto, pero… Creo que ella tratará de enmendar eso.
Leo miró a Trent muy sorprendido mientras que el aludido, con la tranquilidad muy propia de sí mismo, se levantó y se marchó del lugar.
