Un capitulo más y volvemos al presente, sé que muchas lo desean...


XIV


Día 21. 07:14 am.

«Casi puntual» pensó orgullosa de sí misma.

Se quitó su abrigo y lo dejó colgado en el perchero de la entrada. Una vez que estuvo en el vestíbulo se encontró con Santana saliendo de una de las habitaciones del piso de abajo que ella aún no había visitado. La joven iba vestida con ropa deportiva y una sonrisa traviesa en los labios que la hizo sonreír con vergüenza. El día anterior, tras haber sufrido las consecuencias de una noche a puro alcohol, se encontró con que la amiga de Quinn se había quedado en su departamento esperando a que despertase.

Aunque también pudo haberse quedado por Brittany. ¿Quién sabe?

Según había dicho la morena de piernas largas, se quedó para «ratificar lo que había dicho durante la madrugada». Lo que significó que volvió a asegurar que no era la novia de Quinn y que cuando se refirió a «agregarle un poco de sexo» a la vida de la rubia, hablaba de sacarla de su burbuja de trabajo. Rachel deseó que la tierra se la tragase tras eso. No podía creer que hubiese hablado de más, y menos con la amiga de la rubia enfrente de ella. Se prometió a sí misma no volver a beber nunca más si de esa forma conservaba la poca dignidad que le quedaba después de eso.

Obligó a la morena amiga de Quinn que le jurase sobre su DVD original de Funny Girl que no diría ni haría mención alguna respecto a esa noche compartida. Solo porque la sintió sincera al hacer la promesa, se permitió bromear con ella durante el desayuno. Se dio cuenta que no tenía nada que ver con Quinn y descubrió también que, sorprendentemente, no era de la misma posición social que la rubia de ojos avellanas como ella pensaba. Aunque la dejó algo pensativa cuando soltó un «Quinn es más de lo que deja ver». Cosa que despertó muchísimo más su curiosidad. Aun así se obligó a si misma a no caer en eso nuevamente. Quinn la había ignorado, y ella haría lo mismo con su jefa. Además así evitaba las miradas burlonas y perspicaces que sabía que Santana le lanzaría ahora que conocía su secreto y lo que pensaba de Quinn.

–Hola asesina –la saludó la morena con una sonrisa traviesa en los labios. – ¿Dónde dejaste el zapato?

–Está en mi bolso, así que no me provoques –respondió siguiendo la broma. – ¿Saldrás a correr?

–Sí, ¿Quieres venir? Mira que Quinn no viene. La invite pero me rechazó la invitación.

Esa era una de las razones por las cuales, a pesar de llevarse bien con la chica, no quería enfrentarse con la amiga de su jefa. La mañana anterior había tenido una «cucharada» de lo que iba a ser su vida a partir de ahora cada vez que se cruzara con la morena. Fue por eso mismo que decidió no hablar con Quinn más de lo necesario cuando estuviese Santana cerca. Aunque estaba segura que eso no le importaría demasiado a la rubia.

–No, gracias. Tengo que trabajar –respondió ignorando la sonrisa que bailaba en los labios de la joven frente a ella. –Quizás la próxima.

–Ya encontrare la forma de que volvamos a coincidir porque tengo que pedirte algo.

–Dímelo ahora, ¿Qué necesitas? –indagó preguntándose porque la chica frente a ella cambiaba el peso de su cuerpo de un pie al otro.

–Deberías saber que normalmente no hago esto. Mis conquistas caen solo con verme –la escuchó decir y reprimió una sonrisa mientras esperaba que la amiga de Quinn terminara de desvariar. –Pero, tu amiga no es muy… accesible que digamos. ¿Siempre es así de reservada?

– ¿Qué amiga? –preguntó entre la confusión y la desconfianza.

–La que estaba en la discoteca contigo. Quise llevarla a mi departamento después de haber desayunado en el tuyo pero se negó y eso me confundió un poco. La invité a que me visite hoy en la tienda en la que trabajo… Tienda de lencería –aclaró cuando Rachel la miró confusa. –Y me rechazó también. Lo único que conseguí de ella fue su número de teléfono pero no me contesta los mensajes. Así que quiero saber para qué equipo batea así no me golpeó la cabeza contra la pared.

– ¿Para qué equipo qué? –preguntó fingiendo confusión. –Creo que te equivocas. Brittany no juega ni al softball ni al baseball.

Se preguntó porque la morena frente a ella se pegó un manotazo en la frente después de eso. Le pareció escuchar un «¿Y con esa inteligencia saca de quicio a Quinn?» pero no se confió de su oído así que simplemente lo dejó pasar y esperó a que Santana frente a ella le explicara de dónde sacó que Brittany jugaba en algún equipo de bateo. Aunque ya había entendido la pregunta, simplemente quería devolverle a la morena que tenía enfrente un poco de la burla que había ejercido en ella el dia anterior.

–Si no te hubiera conocido estando borracha, ahora pensaría que lo estas –señaló la amiga de Quinn suspirando. – ¿Sabes qué? Olvida lo que te pregunté. Ya lo averiguare por mí misma. Mejor dime si tu amiga sale con alguien.

– ¿Qué amiga?– preguntó de nuevo descubriendo que, al parecer, estaba sacando de quicio a la amiga de su jefa.

– ¿Qué amiga va a ser, hobbit? ¡La rubia de la discoteca!

–Brittany –corrigió ocultando una sonrisa. –Hmm… No lo sé. No me cuenta sus intimidades. ¿Para qué quieres saberlo?

–Para secuestrarla y robarle el pelo –respondió la morena rodando los ojos. Descubrió la ironía detrás de las palabras y, ésta vez, sonrió abiertamente. – ¿Sabías que pagan bien por él en el mercado negro? ¿Es virgen?

– ¿Quién? ¿Brittany? ¡No! –afirmó viendo como la amiga de Quinn abría la boca.

–Hablo del pelo, gnomo –resopló la morena frente a ella pasándose las manos por el rostro. –Espera… ¿Cómo…? ¿Cómo sabes que tu amiga no es virgen? ¿Estuvo…? ¿Estuvo contigo? –iba a romper el silencio y a responder cuando la morena levantó las manos y agitó la cabeza. – ¿Sabes qué? No quiero saberlo, así que mejor escucha. Quiero llevarme bien contigo, ¿Ok? Y tú quieres llevarte bien conmigo, créeme; pero no puedo si tú me haces preguntas tontas.

–Ok. Según tú, ¿Por qué razón quiero llevarme bien contigo?

–Porque te caigo bien, soy sexy, divertida… –enumeró Santana colocando su mano en el hombro de Rachel de manera conspirativa. –Porque también te hago reír y… Porque ambas tenemos algo que la otra necesita.

No esperaba esa respuesta, así que la tomó completamente por sorpresa. Clavó sus ojos marrones en los cafés de la mujer frente a ella y, extrañamente, tuvo la sensación de que la amiga de Quinn decía la verdad. Pero, ¿Qué tenían ambas que la otra necesitaba? Estuvo a punto de preguntar cuándo, por el rabillo del ojo, vio a Quinn acercándose a ellas. Su cuerpo automáticamente se tensó pero intentó por todos los medios no demostrar tal cosa.

–Necesitamos un lugar más privado para hablar –susurró sin quitar la mirada de Santana.

– ¿Por qué…?

– ¿No te ibas? –interrumpió Quinn y ella hizo todo lo posible para no mirar a la rubia y derretirse completamente por verla en pijamas. Tampoco quiso analizar el tono de voz que empleó su jefa. –A correr, digo. Ya son las 7:20 y a las 8:30 entras a trabajar, ¿Te dará tiempo para todo?

No quiso ilusionarse, mucho menos pensar que podía generar algo en Quinn pero era imposible no notar ciertos tintes celosos en la voz de la rubia. Se preguntó si, de ser así, estaba celosa de ella o de Santana. Aun así se pateó a sí misma y se recordó que Quinn era un iceberg que no sentía ni sentiría nada por ella más que repulsión. Fue en ese entonces que la rubia gélida de sus sueños se hizo presente recordándole palabra por palabra lo que había dicho en su mundo onírico tres días atrás.

–Mi amiga aquí presente ya habló, Rachel. Debo irme pero… ¿Te veo más tarde? –asintió casi por inercia a la pregunta de Santana, e incluso sonrió cuando la morena le guiñó un ojo. –Perfecto. Te veo luego entonces, o pasa por la tienda si quieres –«No sé dónde queda la tienda» señaló en su cabeza mientras la morena frente a ella seguía hablando. –Hoy llega la nueva temporada y será mejor que la veas antes que se agote. Hay dos cosas a las cuales no se resisten las clientas. La primera, una sexy vendedora latina como yo. Y la segunda, la nueva temporada de ropa interior recién llegada.

No sabía dónde quedaba la dichosa tienda ni mucho menos tenía el número de teléfono de Santana, pero le bastó una mirada de soslayo hacia Quinn para descubrir la vena en su frente y que su lado malvado saliera a flote. Tenía en claro que Fabray no la veía de la misma forma que ella lo hacía con su jefa, pero no había nada malo en jugar un poco y seguirle la corriente a Santana como si fueran amigas de toda la vida.

–Paso antes de ir a recoger a Beth al colegio, lo prometo –ignoró los ojos avellanas de Quinn clavados en ella. Aunque su parte tonta y orgullosa sonrió feliz de tener la atención de la rubia, aunque la estuviera asesinando con la mirada. –Siempre y cuando seas tú quien me atienda.

«No juegues con fuego» canturreó la odiosa voz en su cabeza.

–Y no sabes de qué manera te atenderé.

Sonrió con más ganas cuando descubrió el doble sentido detrás de esa frase por parte de la amiga de Quinn. E incluso, aprovechando que su jefa no le quitaba la mirada de encima, cerró los ojos cuando Santana le dejó un beso en la mejilla a modo de despedida. No estaba haciendo nada malo, solo se divertía poniendo a prueba la vena de Quinn calculando cuánto faltaba para que reventase. Luego hablaría con Santana y le dejaría en claro todo, e incluso le ayudaría con Brittany, pero en ese momento solo ella importaba. Después de todo un día con resaca y sintiéndose poca cosa por culpa de la aparición de Brody, se merecía un poco de diversión y, por qué no, sentirse también un poco ilusionada pensando que podía llamar la atención de Quinn a sabiendas que era algo imposible que pasara.

–Le sugeriría que no hiciera planes que llevará a cabo en su horario de trabajo.

«¿Qué?» soltó en su cabeza con escepticismo.

¿Quinn «Iceberg» Fabray volvía a hablarle y era solo para recriminarle que no podía hacer en nada en su horario de trabajo? Se abstuvo de soltarle un «Lo que ordene, señora Dictadora» pero por mucho que intentó quedarse callada, su lado combativo recordó lo mucho que le molestaba que Quinn –aunque se sintiera atraída por la rubia– quisiera hacer todo como ella lo ordenaba, como si todo le perteneciera y pudiera hacer y deshacer a su antojo. Fue por eso mismo que su boca fue más rápida que su mente o sus ganas de quedarse callada.

–Y yo le sugeriría dos cosas –«Concéntrate» se ordenó. No pudo evitar mirar a su jefa de pies a cabeza obligándose a no decirle lo tierna y sexy que se veía en pijamas. En su lugar, prefirió ponerla en su lugar. Quizás si la hacía enojar se apartaría de ella por el resto del dia y de esa forma evitaría sentirse más atraída por la rubia. –Primero, no debería escuchar conversaciones ajenas. Y segundo, el tiempo que emplea en escuchar cosas que no la incumbe, debería emplearlo en cambiar su pijama por el disfraz de ejecutiva –«Ese que tan bien te queda» agregó en su mente mordiéndose la lengua para no decirlo en voz alta. –Ahora si me disculpa, tengo que asegurarme que el desayuno de Beth…

– ¿Tiene algún problema conmigo? –interrumpió su jefa deteniendo su huida hacia el piso de arriba. Aunque no tenía en claro hacia dónde quería salir corriendo. El destino era lo de menos, lo importante era alejarse de Quinn. –El viernes prácticamente me ignoró y ahora, si me habla, es para recriminarme cosas.

Apretó los puños con fuerzas porque de lo contrario golpearía la rubia en medio de su perfecta nariz. «¡Hipócrita!» gritó en su mente aunque en el sector del pecho se escuchó un exultante «¡Notó que la ignoramos! ¡Nos prestó atención!». Se encontraba metida en un odioso torbellino de emociones en el cual no sabía cuál predominaba más. Si la molestia porque Quinn le recriminara las mismas cosas que ella misma había hecho la semana anterior. La alegría frente a la posibilidad de que la rubia le haya prestado un mínimo de atención como para notar que la ignoraba. La estupidez por dejar que algo como eso derribara los muros que tenía planeados crear a su alrededor cada vez que Quinn estuviera cerca de ella. Resignación por saber de antemano que todos y cada uno de los planes que había ideado para mantenerse lejos de su jefa no iban a funcionar mientras su interior replicase cada cosa que su mente pensara.

Por el momento, lo único que podía hacer era mantener a Quinn lo más alejada posible de ella y esperar a que los casi setenta días restante de contrato que le quedaban se pasaran rápido. Por otro lado, que la rubia le reclamara su falta de atención en ella la exasperó al recordar como la Quinn onírica le había dejado en claro que a personas como ella les encantaba estar en boca de todos y sentir que todo le pertenecía.

Odiaba a esa Quinn.

La había odiado desde que estuvo a punto de congelarle el corazón. La odiaba porque le recordaba a los padres de Brody. La odiaba porque le hizo creer que la besaría. Pero la odiaba muchísimo más por haber dejado en claro la inexistente posibilidad que existía de que su jefa se sintiera atraída por ella.

Había dejado de tener pesadillas desde que había admitido para ella misma, y para Joey, que se sentía atraída por la rubia de ojos avellanas; pero aun así podía recordar la mirada fría y las palabras hirientes de la Quinn que apareció en sus sueños. Tan despiadada como perfecta. Tan fría como adorable. Tan igual a los padres de Brody que la hacía sentir inferior nuevamente y de una manera extremadamente horrible por tratarse de la rubia que robaba sus pensamientos.

–Hago lo mismo que usted ha hecho la semana pasada –afirmó mientras se preguntaba que estaría pensando Quinn para clavar sus ojos avellanas en ella. «Mantente combativa y fría» le recordó la voz en su cabeza. «Un poco irónica también». –Creí que la única razón por la cual debería hablarle es por Beth, ¿No es así? No hay ningún punto en común además de eso. Ahora si me disculpa… trato de hacer mi trabajo.

Agradeció el hecho de que Quinn no la siguiera porque no sabía cómo iba a reaccionar. Las ganas de darle vuelta la cara de una bofetada estaban latentes en su interior, siendo superadas por las ganas de besarla y terminar así con todo su calvario. Estaba completamente segura que solo se trataba de eso, de un deseo absurdo de querer volver a besar a alguien después de siete meses sin hacerlo. Daba igual quien fuera, solo probar los labios de alguien más para no perder la práctica. Otra explicación no le encontraba, porque se negaba rotundamente a creer que quería besar a su jefa por su incipiente atracción hacia la misma. Y como solo se trataba de besar a alguien, tenía que buscar a cualquiera que suplantara a Quinn. Una vez que se quitara eso de encima, todo volvería a su lugar.

Sacudió la cabeza alejando ese pensamiento de su mente y se encaminó hacia el piso de arriba rumbo hacia la habitación de Beth. Se encontró con la rubia de ojos azules de pie aunque con los ojos cerrados y un bostezo escapando de sus labios.

–Buenos días –saludó olvidándose de su molestia con Quinn. – ¿Recién despiertas?

–Sí, voy a la ducha –respondió Beth estirándose. – ¿Me esperas? Tengo que comentarte algo.

–Ok –respondió intrigada.

¿Acaso era el día de pedir favores y ella no lo sabía? Primero Santana y ahora Beth. Se comió los sesos –y las uñas– especulando sobre qué era lo que Beth quería comentarle y rezó internamente porque la adolescente no le pidiera llevarle una carta a algún noviecito o algo similar porque estaba completamente segura que Quinn no solo le congelaría el corazón, sino que se lo arrancaría por completo. Ésta vez la Quinn real, no la onírica. Luego recordó que Beth no parecía interesada en salir con nadie y se tranquilizó, aunque una parte de ella seguía preguntándose qué era eso que la hija de Quinn quería comentarle.

–Ya estoy –indicó Beth saliendo de la ducha cuarenta minutos después. –Gracias por esperarme, Rach.

–No es nada –sonrió tomando el cepillo de pelo. – ¿Necesitas ayuda con…? ¿Estás bien? –preguntó cuándo vio una mueca en el rostro de la rubia.

–Sí, es solo un estúpido dolor de estómago –aseguró la adolescente con una sonrisa. –Estoy bien, Rachel. Ya se me pasará en el desayuno.

No dijo nada pero esa respuesta no la tranquilizó para nada. No sabía porqué pero no le gustaba para nada saber que Beth estaba enferma o a punto de enfermarse. Estuvo con el entrecejo fruncido en todo momento mientras le peinaba la cabellera rubia y la acompañaba al piso de abajo rumbo al comedor. Iba a volver a preguntarle si se encontraba bien cuando escuchó el ya familiar «Buenos días» de Quinn. Le sorprendió que la rubia se mantuviera en silencio durante el desayuno y se moría por preguntarle si estaba bien pero como su orgullo y dignidad eran más grandes, se guardó las preguntas para ella y esperó pacientemente a que Beth terminara de desayunar para alejarse de Quinn sin quedar demasiado obvia.

Se tomó la libertad de abandonar el comedor un instante, solo para alertar al chofer de que tuviera cuidado a la hora de manejar y que estuviera pendiente de Beth. Volvió al comedor cinco minutos más tarde encontrándose con la adolescente despidiéndose de su madre. Su corazón y su estómago dieron un golpe seco cuando vio la preocupación ocupando todo el rostro de su jefa mientras le pregunta a su hija si se encontraba bien. Ella también estaba preocupada por ese dolor de estómago que estaba molestando a Beth. Pensó que se le pasaría una vez que desayunara pero al parecer no fue así.

–Sí, mamá, ¿Quieres tranquilizarte, por favor? –escuchó pedir a la adolescente mientras le hacía una seña con la cabeza de que la siguiera. –Si prometo llamarte en caso de que me pase algo o el dolor continúe, ¿Te quedaras tranquila?

«Yo no» respondió en su mente pasando detrás de Quinn. «Hasta que no vuelvas a casa en una pieza no me quedare tranquila. Ya lo presiento».

–Sabes que no pero promete que de cualquier forma me llamaras, ¿Ok? –respondió Quinn ganándose una sonrisa mental y un «por fin coincidimos en algo» de la misma forma.

–Sí, mamá –soltó Beth tomando la mano de su niñera. Una vez fuera del comedor agregó: –Es una exagerada.

–No lo creo. Está preocupada… y yo también lo estoy –confesó. –Promete que si el dolor continua, llamaras, ¿Ok?

–Lo prometo. Hola, Sam.

–Hola, niña Beth –correspondió el chofer con una sonrisa y la puerta del automóvil abierta. –Hola, Rachel. Estas muy linda hoy. Bueno, siempre lo estas pero hoy… tienes algo diferente.

–Gracias, Sam –murmuró bajando la mirada con timidez. Hubiera deseado que su mechón de pelo rebelde se quedara en su lugar, para que al ponerlo de regreso detrás de su oreja no quedara como que estaba coqueteando con el chofer, pero al parecer no iba a tener mucha suerte es día. –Yo…

–Evans, mi hija ya está en el interior del automóvil, ¿Puedo saber qué hace afuera del mismo cuando debería estar en camino? –«No. No de nuevo» pidió absteniéndose de tirar la cabeza hacia atrás resoplando. No quería otra discusión con Quinn. No se sentía capaz de soportar otra ronda de reproches porque su cabeza estaba puesta en Beth. No podía preocuparse por la adolescente y discutir con la madre de la misma al mismo tiempo. Pero al parecer la rubia no pensaba lo mismo, o quizás se había despertado combativa. Ocultó una sonrisa cuando vio a su jefa apretar los labios y levantar una ceja mientras ordenaba. «Adorable… y sexy» pensó sin poder ni querer evitarlo. –Por cierto, Beth no se siente bien, así que si ve que le duele algo o… Evans, ¿Me está escuchando?

«Oh, oh. La vena»

–S-sí. Ya… Ya me voy. Si la niña no se encuentra bien, la llamaré, señorita Quinn –aseguró Sam sonriéndole. –Te veo luego, Rach.

«Lo dejaste atontado con tu pequeño coqueteo» se burló la voz en su cabeza.

«No coqueteé con él»

«Pero pareció que si»

–Nos vemos luego, Sam.

No supo porque se sintió expuesta, como una adolescente cuando sus padres descubren su secreto mejor guardado, y esquivó la mirada de Quinn lo máximo que pudo concentrándose en ver como Sam se perdía por la calle con Beth en su asiento trasero. Sintió los ojos de Quinn clavados en su nuca y las piernas comenzaron a temblarle. Su interior, por otro lado, comenzó a revolotear. Una vez que el automóvil se perdió de vista, se giró en el lugar con intenciones de plantarle frente a su jefa y pedirle, lo más convincente posible aunque no lo deseara realmente, que dejara de mirarla. Entrecerró los ojos cuando captó el avellana reflejando la misma mirada que tenía cuando la descubrió hablando con Santana.

«¿Está…? ¿Esos son…? ¡No!» se auto respondió sin creérselo del todo, más que nada porque no quería ilusionarse en vano. Negó con la cabeza para afirmar mucho más la respuesta y se encaminó hacia el interior de la mansión y así dejar desvariar.

–¿No le alcanza con Santana? –«¿En serio, Quinn?» preguntó en su mente sintiendo una punzada en su interior. «Eres tan imbécil». Respiró profundo tratando de serenarse. Realmente no le apetecía discutir con su jefa. – ¿Quiere ligar también con el chofer?

«¡Es contigo con quien quiero ligar, idiota!» gritó en su mente mordiéndose la lengua. De repente, y no supo por qué, sintió ganas de llorar.

«No le des el gusto» ordenó la voz en su cabeza.

«Le quiero dar otra cosa pero bueno…»

«Lo sé, pero no lo demuestres. No se lo merece. Se está comportando como una estúpida celosa»

«Creí que te atraía»

«Lo hace, y mucho, pero eso no evita que piense que es una idiota celosa»

«Ya me caes bien, vocecita»

«Solo era cuestión de tiempo»

–Le estoy…

–Ya sé que me estaba hablando pero así como usted eligió ignorarme la semana pasada, soy yo quien elige ignorarla ahora –le interrumpió mirándola a los ojos. No quería discutir con Quinn porque cuanto más discutían, más se alojaba la rubia en su mente. Pero su parte combativa salió a flote. –No sé cómo sea usted, ni me interesa saberlo, pero que le quede bien en claro que yo no andaré detrás de usted para que me hable –se preguntó en qué momento invadió la burbuja personal de su jefa solo para clavarle el dedo índice en el pecho. Una vez que la bomba comenzó con la cuenta regresiva no pudo detenerla, en su lugar le soltó una realidad dolorosa. Al menos para ella: –Nos detestamos mutuamente, no hay ni una mínima posibilidad de que seamos siquiera personas con una relación cordial. Por lo tanto no tengo porqué pedirle permiso para hablar con personas que me caen bien –no tenía intenciones de sonreír socarronamente pero era mejor ocultarlo todo detrás de esa sonrisa, que admitirlo. –Y por cierto, «ligar» es una palabra muy corriente. Usted debe usar «cortejar» o «seducir».

«Lo que hace el idiota de Hunter Clarington contigo» escupió en su mente con molestia.

Tal y como había dicho cuando escuchó el nombre de ese idiota por primera vez, al llegar a su departamento –y con Joey en brazos– googleó el nombre de Hunter Clarington. No había nada relevante, salvo que era el heredero de un imperio y que había salido con varias modelos. Al parecer, ahora iba a cambiar de especialidad si iba detrás de Quinn. Podía recordar el «Pobrecito, no sabe dónde se mete» que le dijo a Joey cuando la imagen de ese imbécil intentando ligar con su jefa llegó a su mente. O quizás solo lo dijo para no detenerse a pensar en lo molesta que se sentía frente a esa imagen.

No volvió a ver a Quinn después de eso y aprovechando que tenía la mañana libre llamó a Kurt para saber cómo se encontraba Joey quien había levantado temperatura por la noche y parte de la mañana. Por lo que su amigo le dijo el niño seguía igual y le pidió que no llamara a cada rato porque quería tener la línea libre para Kitty que estaba llamándolo cada diez minutos para saber cómo se encontraba su hijo. Se pudo imaginar claramente a su amiga en el trabajo como un león enjaulado, desesperada por estar con el niño. Incluso se la imaginó pidiéndole el día al señor Puckerman.

No supo cuánto tiempo pasó, después de la llamada, recorriendo toda la mansión completamente aburrida, como siempre le pasada cuando Beth no estaba en la vivienda, y se alegró cuando Julia le dijo que tenía una llamada de teléfono, aunque la alegría no le duró mucho en cuanto contestó la llamada y supo que era la directora del colegio de la adolescente. Escuchó el «Beth tuvo un percance desagradable» y después de eso se olvidó de todo.

«Que no sea lo que sospecho, por favor» rogó acatando la orden de la mujer que la llamó y le pidió que llevara una muda de ropa extra para Beth.

–Buenos días, señorita Berry –la saludó una mujer de ojos azules y alta en cuanto puso un pie dentro del colegio. –Estaba esperándola. Soy la directora del colegio…

– ¿Dónde está? –interrumpió importándole muy poco parecer maleducada. En ese momento lo único que importaba era Beth. – ¿Qué le pasó?

–Está bien, está en la enfermería –respondió la directora. –Yo misma la llevaré. Es por aquí. ¿Trajo lo que le pedí? –asintió levantando el bolso mientras caminaba lo más rápido posible siguiendo los pasos de la directora. –Perfecto. La señorita Puckerman lo necesitará. Aunque una de sus compañeras, la señorita Gallagher, ya le prestó ropa extra que tenía en su casillero.

–¿Qué le pasó? –preguntó de nuevo perdiendo un poco la paciencia al no haber tenido respuesta a la primera. – ¿Ella…?

–Normalmente no lo hablaría con nadie ajeno a la estudiante en cuestión pero teniendo en cuenta que usted es su niñera y que la señora Fabray dio su autorización para que sea participe de todo lo que incumbe a la señorita Puckerman dentro de este establecimiento, me veo en la obligación de comunicarle que la alumna ya nombrada tuvo su periodo menstrual en horario escolar.

–Mierda –soltó llevándose las manos a la boca. Se ganó una mirada por parte de la directora. –Lo siento. Es solo que…

–La entiendo.

No, no lo hacía. No creía posible que esa mujer alta de pelo castaño y de ojos azules entendiera el dolor ajeno que sentía en ese momento al imaginar a Beth en esa traumática y vergonzosa situación. Se reprendió a si misma por no haberle preguntado a la adolescente cuando fue su último periodo menstrual. De esa forma hubiese estado atenta y hubiera sabido que ese maldito dolor de estómago desencadenaría en ese fatídico momento.

Quiso llorar nuevamente, pero ésta vez de rabia e impotencia, cuando descubrió a Beth recostada en una de las camillas de la enfermería. Parecía tan frágil, con los ojos azules inyectados en sangre de tanto llorar. Dejó el bolso en cualquier lugar y entró corriendo a la enfermería solo para abrazar a la adolescente con toda la fuerza que fue capaz de reunir. Por mucho que tragó saliva no pudo eliminar el nudo en su garganta y se ordenó a sí misma no llorar frente a Beth pero era imposible no hacerlo cuando se encontraba sollozando en su pecho.

–Fue horrible –lloró Beth abrazándola más fuerte. –Todas se reían, Rach, y yo solo… Yo solo quería salir corriendo. Huir. Encerrarme en un lugar y que no me encontraran jamás.

–Ya… tranquila. Ya estoy aquí –susurró acariciándole el pelo pero sin romper el abrazo. –Ya pasó.

Quiso volver al tiempo atrás y evitar como fuera ese traumático momento. Agarrar a Beth y llevársela de allí lo más lejos posible pero la directora no iba a dejarla llevar a cabo tal cosa, y si lo hacía seguramente llamaría a Quinn diciéndole que había secuestrado a la adolescente. Miró a todo a su alrededor esperando encontrarse con una cabellera rubia y ojos avellanas pero la directora respondió a su silenciosa pregunta.

–Llamé a la señora Fabray después de haber hecho lo mismo con usted. Estará aquí en cualquier momento y si ella lo desea, podrán retirarse y tomarse unos días de descanso, señorita Puckerman. Yo arreglare todo con los profesores.

–Gracias –habló Rachel traduciendo el asentimiento de cabeza por parte de Beth. –Por cierto, es «señorita Fabray», no «señora». Detesta que la llamen así –esperó a que la directora se perdiera de vista para agregar: – ¿Qué quiso decir con ese «si ella lo desea»? Creo que tiene privilegios con tu madre. Quizás le atrae.

«No proyectes en los demás» intervino la voz en su cabeza.

–Claro que no –negó Beth clavando sus ojos azules en ella. –Es política de la escuela. Solo el padre, madre o tutor puede autorizar algo como el retiro del establecimiento… y no, tú no puedes. Tienes un permiso especial pero no eres mi tutora. Shelby si lo era –añadió la adolescente como si le hubiese leído la mente. –Ahora… ¿Podemos dejar de hablar, Rach? Si no puedo irme de este infierno hasta que llegue mamá, preferiría quedarme en silencio.

– ¿Quieres que te cante por lo bajo? –le preguntó con timidez recibiendo el asentimiento de cabeza por parte de Beth. – ¿Alguna petición en especial?

–Cualquier cosa mientras sea de Ed Sheeran.

It's alright to cry. Even my dad does sometimes
(Está bien llorar.
Incluso mi papá lo hace algunas veces)

So don't wipe your eyes. Tears remind you you're alive
(Así que no te limpies los ojos. Las lágrimas te recuerdan que estás vivo)

It's alright to die, cause death's the only thing you haven't tried
(Está bien morir, porque la muerte es lo único que no has intentado)

But just for tonight, hold on

(Pero sólo por esta noche, resiste)

Acató la orden silenciosa de Beth y se recostó a su lado cuando la adolescente le dejó un espacio en la camilla. Le rodeó el cuerpo con sus brazos y no dijo nada mientras sentía los espasmos del cuerpo de Beth producto del llanto que la invadió. Sabía que la pequeña rubia necesitaba sacar todo para afuera, había pasado por una de las peores experiencias de la vida por ende era entendible que llorara sin ánimos de parar. Ella lo único que podía hacer era quedarse a su lado deseando que eso fuera suficiente como para aliviar el dolor que sentía Beth.

So live life like you're giving all

(Así que vive la vida como si lo estuvieras dando todo)

Because you act like you are

(Porque actúas como si lo estuvieras haciendo)

Go ahead and just live it up

(Anda, ve y simplemente vive la vida)

Go on and tear me apart

(Adelante, destrúyeme)

Se preguntó dónde demonios estaba Quinn. ¿Qué era tan importante que no le permitía estar en ese momento con su hija? Ese era un momento en el cual Beth no necesitaba solamente el abrazo de una niñera a la que conocía de dos semanas, sino que necesitaba a su madre. A la mujer que le dio la vida, quien la llevó en su vientre nueve meses y quien se suponía que era quien mejor la conocía. ¿Porque mierda no estaba allí abrazando a Beth en ese momento tan difícil?

It's alright to shake. Even my hand does sometimes

(Está bien temblar. Incluso mi mano lo hace algunas veces)

So inside we'll rage against the dying of the light

(Así que por dentro nos enojamos ante la muerte de la luz)

It's alright to say that death's the only thing you haven't tried

(Está bien decir que la muerte es lo único que no has intentado)

But just for today, hold on

(Pero solo por hoy, resiste)

«Mierda» soltó mentalmente en cuanto vio a Quinn entrar a la enfermería.

Se preguntó si la rubia la había escuchado cantar aunque lo estuviese haciendo en susurros, y agradeció que ésta no la mirase a los ojos porque no se sentía preparada para mirarla después del último encontronazo que tuvieron. Aunque su interior se llevó la peor parte cuando vio a Quinn comportándose como una madre. O como al menos ella consideraba que se comportaba una madre. Si planeaba olvidarse de su jefa, esa misión estaba destinada al fracaso si Quinn planeaba empezar a comportarse amorosa con su hija.

«O quizás siempre lo fue pero tú estabas ciega como para verlo» señaló la voz en su cabeza.

«Cállate»

«Oblígame»

–Gracias por estar aquí –escuchó decir a Quinn. Si no fuera porque sentía los ojos de la rubia clavados en ella, habría creído que estaba soñando.

«Quieto» le ordenó a su estómago cuando amenazó con revolotear. «Solamente es Quinn»

–No tiene por qué agradecer. Beth es mi prioridad –aseguró sin mirar a su jefa. Si Quinn había elegido comportarse como una madre, entonces ella podía elegir olvidarse de la rubia. Y lo mejor era empezar por la razón que la metió en toda esa locura de sentirse atraída por Quinn: sus ojos avellanas. Si no la miraba a los ojos, sobreviviría. Estaba completamente segura de eso. –La directora dijo que si, usted lo desea, Beth puede retirarse del establecimiento por hoy y tomarse unos días. Ella hablaría con los profesores.

–Beth, vamos a casa, ¿Si? –«¿También tendrás que ignorar ese tono dulce si quieres olvidarla?» preguntó la voz en su cabeza. –Señorita Berry, llevaré a Beth a mi automóvil, ¿Puede ir usted a decirle a la directora que me llevo a mi hija?

–Lo que ordene –susurró con un nudo en su garganta.

Salió lo más rápido que pudo de la enfermería y, en cuanto se sintió a salvo de los ojos de Quinn, se recostó en la pared más cercana tratando de serenarse. Veinte días atrás no estaban en sus planes los ojos avellanas de Quinn, la voz tierna que utilizaba con Beth y nadie más que con Beth, o la mirada que solamente tenía reservada para su hija, como si fuera lo único que valiera la pena. No estaba en sus planes conocer a esa odiosa pero perfecta rubia. Su atracción por Quinn estaba excediendo límites, y esta vez la culpa de eso la tenía su reciente faceta de madre que dejó al descubierto.

Maldita sea la hora en la cual aceptó trabajar con una madre soltera.

–La señorita Fabray se lleva a Beth –le comunicó a la directora. Por mucho que quiso evitarlo, sus ojos fulminaron a la morena alta frente a ella al recordar el «si ella lo desea» que dijo en la enfermería. – ¿Tiene que firmar algún papel o algo?

–Su permiso tiene permitido hacer tal cosa, así que usted puede firmar por la señorita Fabray.

Firmó los papeles correspondientes y luego salió corriendo del lugar para llegar cuanto antes con Beth. Sonrió complacida cuando se dio cuenta que la directora le hizo caso en eso de llamar «señorita» a Quinn. Si por lo menos su jefa le hiciera caso también, o al menos la tomara en cuenta. Sacudió la cabeza con molestia y ahogó el resoplido que tenía en su interior en cuanto vio a Quinn y Beth hablando con Alyson y Rose.

–… ¿Cree que podríamos ir a ver a Beth al salir de clases, señora Fabray? –escuchó preguntar a Rose, la hija perfecta para Quinn.

–Hoy no –intervino cuando la vena en la frente de su jefa hizo su gloriosa aparición. Seguramente Quinn pensaba que la pequeña rubia era una de las odiosas niñas que se burlaron de Beth. Ella misma lo estaba pensando en ese momento, pero le bastó ver la misma expresión preocupada en el rostro de la amiga de Beth para saber que no era así. –Mañana, si Beth se siente mejor, sí. Pero que antes sus padres llamen a la señorita Fabray para que hable con ellos. Más que nada para que sepan que si van a la mansión, no se moverán de allí, ¿De acuerdo?

–Como ordene, señora B –aseguró Alyson reflejando la misma preocupación que su prima.

Sonrió con ternura en cuanto vio el abrazo que la rubia traviesa compartió con Beth. Aunque la ternura se convirtió en una divertida confusión cuando Alyson comenzó a desvariar hablando de Carrie y su prima intervino traduciendo lo que la rubia quería decir en realidad. Se despidió de ambas adolescentes con un abrazo en el cual se reflejaba su agradecimiento por querer estar con Beth en ese momento y después de eso siguió a Quinn hasta la salida. Esa mujer no podía ser más fría porque no lo intentaba. Quiso golpearla cuando la rubia se despidió de las amigas de su hija con un movimiento de cabeza y una ceja en alto.

«Agradece que no les clavó el tridente como agradecimiento» observó la voz mental.

Se detuvo un instante al recordar que ella había ido en taxi hasta el colegio de Beth. Quinn, por otro lado, había ido en su Mercedes negro. «Dos más dos, cuatro» pensó. «Bingo». Chasqueó los dedos pidiéndole las llaves del automóvil a su jefa. No entendía como Quinn no se había dado cuenta de la situación. Si ella manejaba, la rubia podía ir en el asiento de atrás con Beth. Y en ese momento Beth necesitaba amor maternal, no amor «niñeral».

«Esa palabra ni siquiera existe» replicó la voz en su cabeza. «Y admite que quieres que se siente atrás para que puedas verla por el retrovisor»

«Te odio»

«El sentimiento es mutuo»

Le expresó la situación a Quinn y también su deseo de asesinar a las niñas que se burlaron de Beth. No es que fuera una persona con instintos asesinos ni nada parecido. Si era vegetariana era porque respetaba a todo ser vivo. El problema estaba en que esas niñas ricas habían sido crueles con Beth y cuando alguien es cruel, debe pagarlo. Se sorprendió cuando su jefa soltó un «Por primera vez estamos de acuerdo en algo» pero se obligó a no demostrarlo. Como también se obligó a no sonreír con diversión cuando la rubia hizo el amague de entregarle las llaves del auto.

–Le conviene manejar con cuidado, ¿Está claro? Sé que suena tentador asesinarme pero no olvide que Beth va con nosotras.

Se vio tentada de soltar una carcajada acompañada de un «Jamás lo intentaría» pero no hizo ni una cosa ni la otra. En su lugar –su lado atraído por Quinn– decidió rendirse y bromear con la rubia. Después de una mañana buscándose las narices todo el tiempo, un poco de paz entre ambas no estaría mal. Sobre todo con Beth en el medio.

–Entonces tendrá que prestarme las llaves cuando Beth no viaje con nosotras. De esa forma podrá comprobar si soy capaz de asesinarla o no… por muy tentador que suene.

«Adorable» se le escapó cuando vio a la rubia rodar los ojos tras soltar un «Maneje con cuidado».

–Manejare como sé hacerlo y... Creo que debería saber que no tengo registro.

Mentira, sí que tenía registro. Aunque éste perteneciera a Lima, Ohio. Solo para molestar a Quinn, hizo que el automóvil frenara de golpe tras haberlo encendido. Soltó un «Lo siento» y por la mirada que le lanzó la rubia a través del retrovisor, supo que había caído en su trampa.

«Además de adorable, ingenua» terminó pensando y dando por hecho que olvidarse de Quinn iba a ser tarea difícil.


Día 21. 15:54 pm.

Acariciar el pelo de Beth era lo único que lograba calmar a su lado estúpido y celoso, por mucho que odiara admitirlo. Porque dolía, incluso físicamente, hacerlo. Veía a Quinn interactuar con el señor Puckerman –que había llegado lo más rápido posible en cuanto la rubia lo llamó de camino a la mansión. O quizás había salido de debajo de unas de las piedras del jardín de los Fabray, ¿Quién sabe?– y eso le hacía sentir envidia. Ella también quería llevarse bien con su jefa. Hablar con ella sin discutir o usar a Beth como excusa para interactuar.

–Tengo un libro en casa que puede ayudar a Beth en esta nueva etapa. Es de Kurt pero… –habló rompiendo el silencio que se instaló en la habitación de la adolescente desde hacía horas. O al menos eso le pareció a ella.

Agradeció que Puckerman siguiera concentrado en los videojuegos del ordenador porque obviamente no era su atención la que quería llamar. Aunque tampoco llamó la atención de Quinn.

«Qué decepcionante»

– ¿Y Kurt es…?

–Otra de mis conquistas –respondió con malicia pero sin mirarla.

Eso tampoco llamó la atención de su jefa pero al parecer si la de Puckerman, que se giró en el lugar ignorando por primera vez, en muchas horas, el ordenador de Beth. Recordó que el hecho de que interactuara con otras personas molestaba a Quinn. Había pasado con Santana y Sam esa misma mañana. Quizás si interactuaba con Puckerman volvería a suceder lo mismo. Aunque no sabía porque estaba tan desesperada por llamar la atención de su jefa después de haber decidido que se olvidaría de ella.

–¿«Otra»? –le preguntó el padre de Beth con una ceja en alto. –Wow… ¿Cuántas conquistas tienes, morena? Y lo más importante, ¿Puedo ser una de esas tantas conquistas?

«Directo a la herida y sin anestesia» pensó.

No sabía que llamara la atención de Puckerman de esa manera. En su mente el padre de Beth aun revoloteaba alrededor de Quinn, incluso le parecía verlo con ojos de perrito abandonado cuando la rubia estaba cerca. O quizás solo era su lado celoso alucinando cosas.

– ¿Podemos no tocar ese tema ahora y menos enfrente de mi hija? –intervino Quinn y ella soltó un victorioso «¡Sí!» interno. –Por si no se dieron cuenta, Beth no está en su mejor momento y lo último que necesita ahora es ver a su padre coquetear con la niñera.

Otra vez estaba la palabra clave revoloteando en el aire: coquetear. Se preguntó porque Quinn pensaba que coqueteaba con todo el mundo. Ni que tuviera la palabra «Zorra fácil» tatuado en su frente. Hablar con otras personas y reírse con las mismas no significaba que estuviera coqueteando. Haría lo mismo con Quinn pero la rubia era una perra odiosa con corazón de hielo, aunque con una faceta maternal bastante adorable. Y si no hablaba con su jefa como lo hacía con Santana o Sam era porque una parte de ella disfrutaba sacar de quicio a Quinn, otra se queda idiotizada con la rubia presente. Y por último, una tercera parte, tenía miedo de dejarse llevar y meter la pata.

Seguía sin entender porqué Quinn la asociaba a la palabra «coquetear» todo el tiempo pero estaba decidida a averiguarlo. Necesitaba saber si lo hacía porque era una perra posesiva, como todos los de su nivel social, o si lo hacía porque había algo más detrás. Su decisión de olvidarse de Quinn dependía de la respuesta que la rubia le diera a su pregunta.

–Entonces respóndame una cosa y cerrare el asunto aquí –negoció completamente decidida a obtener algo más que miradas asesinas. –Supongamos que yo coqueteo tanto con Santana como con Sam, y ahora Puckerman, ¿Cuál sería el problema de todo eso? ¿Por qué le molesta a usted que lo haga? Solamente es mi empleadora, no mi dueña.

Sin dejar de acariciar el pelo de Beth clavó sus ojos en el rostro de Quinn. Por la expresión que tenía la rubia en ese momento, no le gustó para nada que le preguntara tal cosa. Aunque a los pocos segundos una sonrisa de oreja a oreja, casi diabólica, apareció en los labios de su jefa. Deseó tener el poder de leer mentes para saber qué era lo que pasaba por la cabeza de Quinn en ese momento y apretó la mandíbula con fuerzas tragando saliva cuando la rubia se levantó de la cama y caminó hacia la ventana brindándole una generosa vista de su espalda recta y más abajo de la misma.

«Definitivamente en su vida anterior perteneció a la realeza» pensó al ver como su jefa se sentaba en el sofá que estaba cerca de la ventana con extrema elegancia. «Mierda» agregó cuando clavó sus ojos avellanas en ella sin dejar de sonreír de manera terrorífica.

–Porque tiene una familia a la cual respetar y coquetear con personas ajenas a su esposo no la hace seguir esa regla, ¿Qué clase de ejemplo pretende darle a su hijo si no respeta al padre del mismo?

«¿Qué demo…? ¿Esposo? ¿Hijo?»

Se imaginó la expresión de sorpresa y desconcierto en su rostro mientras se preguntaba de dónde demonios había sacado Quinn que tenía un esposo o un hijo. «Joey» pensó tras esta última posibilidad. Había hablado del niño en su trabajo, Beth lo había mencionado varias veces e incluso su jefa la había visto con él en brazos cuando se encontraron en la pizzería de Jake que, después descubrió, era el tío de Beth. Hermano de Noah Puckerman.

«¿En serio?» soltó en su cabeza sin terminar de creerse la situación. «¿De dónde sacó que tengo una familia?»

Entendía lo del hijo, tenía una teoría sólida en cuanto a eso pero, ¿Esposo? ¿De dónde sacó Quinn que tenía un esposo? No la había visto con ningún hombre como para que pensara que estaba casada. Se miró el dedo anular y lo toqueteó casi por inercia. ¡Demonios, ni siquiera llevaba un anillo de bodas! Tampoco tenía la marca pálida en el dedo anular que tienen todos los tramposos cuando se quitan el anillo para cometer sus infidelidades.

«Le falta el tridente de hielo y los Olaf terroríficos» pensó al ver a la rubia sentaba en el sofá como si se tratara de un trono. «No está acostumbrada a sonreír, le dolerán las mejillas más tarde».

– ¿Qué le hace pensar que tengo un hijo y un esposo? –preguntó.

–Las preguntas aquí las hago yo. Usted simplemente se limita a responder –respondió con firmeza la rubia que seguía sonriendo tan diabólicamente como antes. Frunció el entrecejo al escuchar el tono de voz que empleó.

«Otra vez se está comportando como una perra arrogante»

–No sabía que tenía complejo de dictadora. Beth no mencionó tal cosa –murmuró por lo bajo pero con intenciones de que Quinn la escuchase. Si la rubia quería jugar, iban a hacerlo, pero con sus reglas. –Como sea, si vamos a jugar a este jueguito que las reglas sean las mismas para las dos, sino terminara jugando sola.

Si no lo hubiese visto, no lo hubiese creído. Quinn Fabray parecía dudar, o por lo menos la expresión desencajada en su rostro así lo evidenciaba. Tenía entendido a que personas como Quinn no les gustaba perder a nada, y no hablaba de su nivel social. Se refería a una persona controladora, glacial, minuciosa, arrogante, odiosa, perfecta. A ella misma no le gustaba perder a nada. Su lado competitivo no le permitía tal cosa, por eso sabía que si Quinn le replicaba no iba a sorprenderse para nada.

«¿Con que necesidad?» pensó viendo como Fabray se sentaba en las piernas de Puckerman tras haberle preguntado si tenía esposo. «Es como un león viejo y egoísta marcando territorio».

Se sintió estúpida fulminando con la mirada a la pareja. No tenía derecho a sentir celos porque ella no era nada de ninguno de los dos. Apenas era la niñera. Además tenían un pasado en común que tenía a Beth como prueba viviente de eso. No querer verlos emparejados era como pedirle a Barbra Streisand que no fuera perfecta. ¡Era absurdo! Ella se sentía absurda molestándose por la relación de Quinn y Puckerman.

Absurda y celosa.

Ignoró la imagen por su bien mental y se concentró en tratar de entender la pregunta que le había hecho su jefa. Por mucho que los engranajes de su cabeza estuvieran trabajando sin descanso, no lograba entender de dónde sacaba Quinn que tenía un esposo. ¿No le vio las manos? ¡No llevaba anillo!

«¿Mirarme la mano? Debería agradecer que me dirige la palabra» pensó.

No pensaba responder eso. No cuando el juego iba a estar del lado de Quinn todo el tiempo. Además… ¿Un esposo? ¡Por favor! Su vida ya era demasiado caótica sin un hombre en su vida, no necesitaba otro problema más en su lista. Y no es que pensara que un novio era un problema, simplemente creía que el amor sí lo era. Ya se había sentido dependiente de alguien, ya lo había entregado todo y ya le habían roto el corazón. No necesitaba ni quería pasar de nuevo por esa experiencia. Estaba completamente segura de no haber estado cerca de ningún tipo o de haber hablado de uno estando Quinn cerca, lo que la llevaba a la pregunta del día: ¿De dónde sacaba su jefa que tenía esposo?

Y lo peor de todo no era eso, lo más triste y exasperante de la situación era que seguramente Quinn pensaba que sí llevaba tatuado en la frente «Zorra fácil». No había que ser un genio para darse cuenta que la rubia estaba juzgando su moral como persona, que creía que era una perra desalmada por coquetear con alguien ajeno a su «esposo». El mismo con el que supuestamente tenía un hijo.

Una parte de ella –extrañamente la que se sentía atraída por la rubia– se molestó muchísimo al llegar a esa conclusión. No le costaba nada a Quinn acercarse a ella y preguntarle si tenía una relación formal o una familia a cuestas. En su lugar, la idiota se formó su propio prejuicio respecto a ella. Tal y como hicieron los padres de Brody. No se reprendió a si misma por llamar «idiota» al objeto de su deseo. Estaba molesta por saber que la rubia pensaba eso de ella, así que podía llamarla de la forma que quisiera. Ni siquiera el insulto más grande estaría a la altura del prejuicio de Quinn.

– ¿Sera un interrogatorio o una conversación? –preguntó con demasiada frialdad para su gusto.

– ¿A todo le tiene que poner un título?

«¡Ja! ¡Imbécil caradura!»

–Lo dice la mujer más estructurada y controladora que jamás conocí –expresó exteriorizando sus pensamientos. Asesinó a Puckerman con la mirada cuando ahogó una carcajada en el hombro de Quinn. Para él también había. Estaba segura que el padre de Beth pensaba que era una perra sin corazón como lo pensaba Quinn. Aunque la verdadera razón por la cual lo fulminó fue por posar sus labios en la piel de la rubia. «Demasiada confianza significa algo» pensó tensando la mandíbula. Resopló completamente molesta y se dirigió a Quinn de igual forma: –No tengo un esposo, así que no debería preocuparle mi «moral» o mi «consciencia». Y si por si acaso no se entendió, lo vuelvo a repetir… No tengo esposo. Estoy soltera.

–O sea que tengo una oportunidad –intervino Puckerman moviendo las cejas.

«No, lo que tienes es un boleto para un balazo entre las cejas con tu nombre» respondió mentalmente. «¿Tanto vas a mirarme?» agregó cuando Quinn clavó sus ojos en ella y la miró atentamente. «Es verdad lo que dije, perra arrogante»

– ¿Qué me dice del tal Jesse que siempre nombra? –«¿Qué? ¿Qué tiene que ver Jesse en todo esto?» – ¿No es su esposo?

«No, estúpida»

–Para ser una persona que dice odiarme, o por lo menos a la cual le caigo mal, no pierde detalles de lo que mi persona respecta –señaló sonriendo con esa sonrisa que estaba segura que sacaba de quicio a la señora Fabray. Porque así la llamaría ahora, aunque fuera en el interior de su cabeza. Pudo jugar con la mente de su jefa y responder que Jesse sí era su esposo pero sinceramente ya no tenía ganas de seguir jugando con una persona que la consideraba la peor zorra del planeta. Así que aclaró: –Jesse solo es un amigo al igual que Kurt y Kitty, ¿No tiene amigos con los cuales comparte todo?

–Si, a mí –respondió Puckerman. «Sí, amigo. Como no…» ironizó mentalmente. –Y también a Santana.

–O sea que el tal Jesse no es su esposo pero si es el padre de su hijo, ¿Cierto? –insistió Quinn.

«Y dale con que tengo un hijo»

– ¿Qué sentido tiene que responda si no creerá nada de lo que le diga? –fue su respuesta.

«Cómo creer en la palabra de una zorra sin corazón que no se conforma con su "esposo" y por eso busca afuera lo que ya tiene en casa, ¿No, Quinn?» escupió en su mente escuchando un "Uy, tensión" por parte del padre de Beth. «A ti hay que darte tensión, pero tensión eléctrica. Quizás enchufarte a 220w»

– ¿Qué le hace pensar que no le creo? –replicó Quinn.

«Oh, no lo sé. ¿Quizás el hecho de que piensa que soy una zorra cuando no le di razones para pensar tal cosa, señora Fabray?»

Quinn podía atraerle demasiado, más que lo que realmente quería admitir, pero de haber tenido un palo cerca o algún objeto contundente seguramente habría herido a la rubia sin pensarlo. Abrirle la cabeza, quizás, y comprobar si tenía cerebro o si tapaba su falta de inteligencia con dinero, como todos los de su clase. Pudo nuevamente haber guardado silencio y dejar que Quinn se comiera los sesos pero si, sin haber hecho nada que dejara entrever que tenía un esposo e hijo Quinn pensó una zorra, ¿Qué iba a pensar si no respondía? Quizás algo peor que eso

Pero… ¿Qué podía ser peor que eso?

–Jesse es simplemente un amigo. No es el padre de mi hijo –murmuró antes de agregar para ella misma. –No puede serlo.

Y no podía simplemente porque no tenía un hijo, y no planeaba tenerlo en un futuro cercano. No hasta que toda su vida estuviera resuelta, cuando ya no se sintiera tan insegura ni fóbica, ¿Cómo iba a educar a un niño sin prejuicios cuando ella misma los tenía respecto a los «tiranos de traje»? Siempre pensó que criar a un niño estaba más allá de saber cómo vestirlo, como alimentarlo. Se trataba de enseñarle algo más que juzgar a las personas por su color de piel, su religión o su forma de vestir. Si ella tenía un hijo en ese momento lo primero que le enseñaría iba a ser odiar a las personas con saco y corbata –faldas tubo y zapatos altos, si se trataba de mujeres empresarias como Quinn–. Tenía que superar esa etapa de su vida. Una vez que lo hiciera, podría empezar a replantearse tener hijos.

Y no estaría mal Jesse como donante para tener uno en caso de no tener un esposo o novio con quien llevar a cabo ese proyecto. Hasta el momento no había pensado en esa posibilidad, así que se anotó mentalmente hablarlo con su amigo en cuanto tuviera la oportunidad de verlo. Pudo imaginarse la carcajada inicial que el joven soltaría al escuchar tal cosa, luego aceptaría la propuesta. Si él hacia eso por ella, quizás ella podía aceptar a Brody como el protagonista de la película independiente de Jesse. Aunque teniendo en cuenta el encontronazo que tuvieron en la discoteca, veía eso como algo imposible de continuar o de llevar a cabo. Quizás podía sugerir a Sam como reemplazo. Era actor, ¿No?

Sintió los ojos de Quinn sobre ella y estuvo a punto de pedirle que no la mirase cuando vio que en realidad parecía observarla sin mirarla realmente, como si hubiese perdido su mirada justo donde ella estaba. Aunque al pasar varios minutos comenzó a ponerse nerviosa. Que los ojos avellanas no la mirasen directamente, no significaba que no la desarmaran por completo o que hicieran caer sus muros.

–Creo que ya respondí muchas preguntas –indicó al ver que Quinn no tenía intenciones de dejar de mirarla. – ¿No le parece que es hora de que usted responda alguna de las mías?

Sinceramente no tenía ninguna pregunta específica para hacerle. La necesidad de querer saber que le pasaba a su jefa con ella se esfumó por completo cuando se dio cuenta que Quinn la veía como una perra que jugaba con los sentimientos ajenos. De repente el deseo de no saber más nada acerca de la rubia le pareció tentador. Aunque si tenía que preguntarle algo a Quinn eso sería si era idiota las veinticuatro horas del día o paraba para descansar.

Porque sí, Quinn había dejado de ser perfecta ante sus ojos después de esa tarde. La había juzgado y eso no lo hace alguien perfecto. Ahora simplemente era una idiota millonaria sin corazón con un buen culo y unos ojos avellanas capaz de hacer derretir o desarmar a cualquiera.

Beth removiéndose en sus brazos llamó por completo su atención, y verla recién despierta –tan tierna pareciéndose a Joey después de una siesta–, le hizo saber que, sin importar cuan estúpida y odiosa fuera Quinn con ella, Beth sería la razón principal por la cual aguantaría hasta el golpe más duro o más bajo por parte de su jefa.

«Qué mal despertar tiene» pensó con diversión cuando Quinn se acercó y le dejó en beso en la frente a su hija.

«¿Te das cuenta que dijiste que llamarías "señora Fabray" a Quinn y resulto ser "Quinn" de nuevo al segundo y medio de decidir eso?»

Prestó atención a los movimientos de Beth ignorando por completo la voz en su cabeza. Reprimió una sonrisa al confirmar que efectivamente la adolescente tenía muy mal despertar. O quizás eran los dolores de ovarios molestándola por primera vez de una manera a la que, con el tiempo, se acostumbraría. O por lo menos, insultaría menos. Se golpeó internamente cuando Quinn le dijo que era el primer periodo menstrual de Beth. Cosa que lo hacía todo mucho peor porque, para ser una de las muchas primeras veces de Beth, fue completamente traumático. Después de eso se descubrió a si misma deseando que no todas las experiencias que fuera a vivir la adolescente fueran igual que esa.

–Es igual a ti, no te quejes –escuchó decir a Puckerman. Sonrió mirando al suelo porque no quería que descubrieran que estaba de acuerdo con esa observación. Beth era bastante igual a Quinn, quitando la idiotez de la ecuación. – ¿Qué? Sabes que es cierto. Le dijiste lo mismo a Tina ese día que tuvimos la reunión con los mexicanos en el TAO Uptown.

–Lo recuerdo –afirmó Fabray. Y ella también lo recordaba. Había ido en patines al TAO en busca del almuerzo para ella y Holly teniendo la desgracia de chocar con Quinn antes de salir. No desgracia por haberla conocido, jamás pensaría eso, pero si la desgracia de haber tenido ese incidente. Aun así no cambiaría nada de ese encuentro. –Fue cuando tuve la desgracia de chocar con este espécimen…

Pero al parecer Quinn no pensaba igual que ella.

No quiso mirarla después de lo que dijo, pero al parecer se estaba volviendo débil porque, cuando fue consciente de lo que hacía, tenía sus ojos orientados hacia los de su jefa. Se levantó de la cama sin saber si su cerebro envió la orden de hacer tal cosa o no. Lo que si sabía era que, por ese día, ya había soportado demasiado por parte de Fabray. Y no fue que le dolió la palabra «espécimen» en sí, no tenía nada de malo el término, le dolió la forma en que dijo la palabra «desgracia» como si realmente pensara tal cosa. Los padres de Brody fueron crueles cuando dijeron que su hijo hacía acto de caridad al estar con ella, pero no se comparaba en nada a lo cruel había sido Quinn en ese momento con ella.

Sabía que no era la persona favorita de su jefa, lo supo desde el momento en cual volvieron a encontrarse en la financiera –tres días después del primer encuentro–, pero jamás pensó que la rubia la vería como algo desgraciado, como si fuera algo maldito. Sintió una punzada en el pecho pero lo ignoró mientras escuchaba a Quinn llamarla.

–Lo siento, este… espécimen tiene que ir a prepararle la merienda a la niña Beth –interrumpió.

No quería escuchar nada de lo que tuviera para decirle. Seguramente sería algo hiriente, y ya había tenido demasiado con que pensara que era una desgracia haberla conocido. Una vez fuera de la habitación de la adolescente, se limpió con rabia la única lágrima que se permitió derramar. Ya había llorado por millonarios sin corazón una vez, no iba a llorar de nuevo ni tampoco iba a darle la satisfacción a Quinn de verla de esa forma.

No merecía nada de ella.

Absolutamente nada.

Necesitaba un poco de aire y un lugar en el cual no pudiera ver a Quinn por al menos unos minutos. No sabía cómo sentirse realmente. Quinn no era nadie importante en su vida como para que le afectara el hecho de que pensara que fue una desgracia conocerla. La atracción que sentía por su jefa no llegaba a ser una razón de peso que explicase el porqué de repente deseó correr a casa solo para abrazar una almohada y llorar hasta caer completamente dormida. El problema estaba en haber creído que la frialdad de Quinn era solo una fachada, que debajo de todo ese hielo se encontraba una mujer inteligente con la cual mantener una entretenida discusión.

No supo cuánto tiempo pasó dando vueltas por toda la mansión buscando un lugar en cual no pudiera ver a su jefa, hasta que por una de las ventanas se encontró con el sauce llorón en el cual se había recostado a leer al cuarto día que comenzó a trabajar en la mansión. Podía recordar a Quinn buscarla después de haber despertado de su siesta con Beth. O quizás solo fue su lado ingenuo y tonto que pensó tal cosa.

–Hola, Kurt –saludó una vez que su amigo contestó la llamada. En ese momento necesitaba hablar con alguien que no pensara que conocerla era una desgracia. – ¿Estas ocupado?

–No –respondió su amigo. –Pero tú si deberías, ¿No estás trabajando?

–Sí, pero están teniendo un momento familiar y prefiero mantenerme al margen de eso –respondió imaginándose a Beth con sus padres en su habitación. –Entonces, aproveché para llamarte por teléfono. ¿Es mucho pedir Moulin Rouge y pizzas para esta noche?

–Oh, oh. ¿Qué pasó? ¿Te encuentras bien?

– ¿Qué? Sí, me encuentro bien y… nada, no pasó nada –negó demasiado rápido para su gusto.

–No, nada no. O es Moulin Rouge o es pizzas pero jamás son las dos cosas juntas a no ser que algo pase, así dime qué es –ordenó Kurt. –Rachel…

Llamar a Kurt no había sido buena idea. Lo hubiese pensado mejor antes de hacerlo o por lo menos hubiese recordado que, así como era alguien que no pensaba que conocerla era una desgracia, era quien mejor la conocía realmente. Podían ser dos divas en potencias, llevarse a las patadas de vez en cuando o pelear por ganar la atención de Joey pero ambos sabían cuando algo andaba mal con el otro.

–Otra vez discutí con Quinn. Ya sabes, lo mismo de siempre –murmuró sin entrar en demasiado detalles. –Te contaré todo cuando vuelva a casa.

– ¿También me contaras que te sientes atraída por ella?

«¿Qué? ¿Cómo lo sabe»

– ¿Quién te…? ¿Joey te lo dijo? –preguntó con voz estrangulada.

– ¿Cómo va a contarme un niño de dos meses que te sientes atraída por tu jefa? –replicó su amigo. «No seas tonta. Joey dijo que no iba a decir nada, y eso hará» afirmó en su cabeza. –En serio, Rachel. Necesitas hablar con personas que no usen pañales o balbuceen palabras inentendibles. Además no hay que ser un genio para saber cuándo alguien te atrae. Esperaba que tú me lo dijeras, como prometiste, pero supuse que Dominic sería tu confidente.

–Lo siento.

–No pasa nada, no me molesta que un recién nacido me quite el título de «mejor amigo». Lo que me molesta es que no me busques a mi o a Kitty para hablar, porque estoy seguro que Jesse sabe todo.

–Lo siento –repitió nuevamente sin saber que decir exactamente.

–Deja de disculparte, lo hablaremos cuando llegues a casa. Mejor cuéntame que pasó con tu jefa.

–No quiero hablar de eso –fue su respuesta. –No quiero pensar en Quinn ni en nada que tenga que ver con ella por lo menos en algunos minutos. Mejor cuéntame tú como se encuentra Joey. ¿Kitty ya está con él?

Abandonó su escondite detrás del árbol y comenzó a caminar de un lado al otro a lo largo del patio. Dio dos vueltas antes de detenerse sabiendo que eso no iba a ayudarla en lo más mínimo a tranquilizarse o a sentirse mejor. Lo único que la ayudaría sería volver a casa cuanto antes, a su mundo, a su hábitat, con sus amigos, con personas que no pensaban que conocerla era una maldición.

–Entonces, ¿Está bien? ¿Le bajó la fiebre? –preguntó soló para asegurarse que Joey estaba bien. Escuchó una vez más que el niño estaba en perfectas condiciones y después de eso se permitió respirar tranquila. –Ok, me quedó tranquila entonces…

–No te escuchas tan alegre como de costumbre –interrumpió su amigo. – ¿Segura que te encuentras…?

–Sí, estoy bien –aseguró para tranquilizar al joven que siguió insistiendo. –Que estoy bien, Kurt. No te pongas intenso, por favor. Demasiado ya tengo con…

– ¿Con el iceberg que tienes como jefa?

–No la llames así –ordenó con diversión al escuchar el mismo tono en la voz de su amigo. –Oh, casi lo olvido. Santana…

– ¿La latina de la discoteca? ¿La que se autodenomino «sexy»?

–Sí, la latina sexy –confirmó rodando los ojos. –Bueno, me dijo que hoy entraba la nueva temporada de ropa interior y que podía ir a verla si quería…

– ¿A ella? ¿Te invitó a que fueras a verla?–interrumpió Kurt por enésima vez. –Wow… y yo que pensé que iba detrás de Brittany.

–No, idiota. Hablo de ir a ver la nueva temporada, ¿Te parece si vamos…? –se giró en el lugar al sentirse observada encontrándose con los ojos avellanas de Quinn mirándola directamente. Se preguntó cuánto tiempo hacía que estaba allí escuchando su conversación y porqué había algo extraño en la mirada de su jefa. No supo si fue producto de su imaginación o si definitivamente había perdido la cabeza pero sintió que la estaba mirando como si fuera lo único maravilloso en el lugar. –Tengo que cortar, Kurt. Se me congela la línea.

– ¿El iceberg está cerca?

–Sí, te veo luego. Cuida a Joey. Besos –escuchó la despedida por parte de su amigo y cortó la llamada sin quitar los ojos de encima de Quinn. «Quizás vuelve por el segundo round» pensó. Tragó saliva y erradicó todo rastro de amabilidad para reemplazarlo con un muro de frialdad. –Para ser una mujer que ostenta todo el tiempo de una educación que, al parecer, su niñera carece, es la segunda vez que la descubro escuchando conversaciones ajenas. Tres, si contamos lo de Sam. ¿Qué pasa, señora Fabray? ¿Le gusta escuchar conversaciones ajenas o le gusta escuchar mis conversaciones?

Ignoró el temblor en sus piernas y el revoloteo de su estómago en cuando los ojos de Quinn se clavaron en ella. No eran fríos pero la estaban taladrando de manera poco amistosa. La vio fruncir los labios, seguramente tragándose lo que fuera que tuviera para decir, y se pegó un pequeño e imperceptible golpe en su mano cuando se vio tentada de pasar su pulgar por la vena en la frente de Quinn. Esperó a que la rubia dijera algo. No esperaba ni siquiera respuesta a su pregunta porque no la necesitaba, solamente deseaba que dijera algo. Negó con la cabeza al no obtener más que silencio y una mirada, así que decidió alejarse.

No tenía nada que esperar allí.

– ¿Por qué me pelea todo el tiempo?

Y sí, tenía que hablar cuando ya estaba a punto de irse sin derramar sangre ajena ni de gritar como una loca. No quería ceder tan fácilmente ni lo iba a hacer tampoco. Para Quinn fue una desgracia conocerla, entonces para ella iba a ser una desgracia compartir tiempo con su jefa.

– ¿Por qué debería importarle lo que un espécimen como yo hace? –espetó incapaz de quedarse callada. – ¿No le parece que es caer demasiado bajo?

–Señorita Berry…

«Señorita Berry nada»

–Hay algo que hasta ahora no entiendo –interrumpió odiándose a sí misma por no ser capaz de guardar silencio. –Me trata como una escoria pero se mete demasiado en mis asuntos, le preocupa demasiado lo que hago y lo que dejo de hacer, con quien hablo y con quien no, si tengo un hijo o un esposo. Realmente me está desquiciando, ¿Era eso lo que quería escuchar?

«Como la perra odiosa que es, estará feliz de escuchar eso» pensó.

–Usted también me desquicia –le pareció escuchar salir de los labios de su jefa.

«Eso ya lo sé»

–Sí, pero no la veo como una escoria –soltó insultando a su boca por ser más rápida que su mente. No quería flaquear frente a Quinn. No se merecía verla tan vulnerable. Aun así una parte de ella se vio tentada de ceder al ver la mirada que le lanzó Fabray. Resopló por lo bajo frente a eso y soltó lo que tenía anclado en su garganta: –Ya sé que no soy la niñera de sus sueños, la que tiene treinta y cinco diplomas colgados en su pared que demuestra que fue a la universidad, la que habla hasta el idioma de las plantas, la que sabe sentarse correctamente a la mesa, o la que sabe guardar silencio cuando lo requiere. Yo no soy nada de eso –afirmó clavando sus ojos en Quinn por mucho que eso jugara en su contra. –Solo soy una chica que tuvo la suerte de haberle gritado a la mujer correcta, en el momento correcto frente a su hija. Una chica que tuvo la suerte de que el trabajo le cayera de arriba y que aceptó de caradura que es…

«¿Se está riendo?» preguntó la voz en su cabeza reflejando la misma sorpresa que ella sentía frente a esa posibilidad. «Sí, lo está haciendo. Creo que tu chica es algo… bipolar»

«No es mi chica»

«Olvídalo. Ahora es tu chica porque yo estoy enojada con ella»

«Eso no cuenta, eres solo una estúpida voz en mi cabeza»

«¿Quieres que me enoje contigo también? Porque lo estas logrando»

– ¿Va a renunciar? Sé que suena tentador renunciar y dejar que Beth me asesine por eso pero… ¿No hay una parte en usted que tenga piedad de mí y elija quedarse?

«Aww… mírala. Hasta se ve tierna y todo»

«¿No era que estabas enojada con ella?»

«Si, pero eso no evita que se vea tierna pidiéndote que te quedes… Que nos quedemos, mejor dicho»

«Deja de hablar como si fuéramos dos personas distintas. No somos Melanie y Wanderer»

«Primero, me gusta más "Wanda", no "Wanderer". Y segundo… ¡Me pido a Ian!»

«No voy a tener esta conversación contigo» afirmó concentrando su atención en Quinn. «Por cierto, Ian es mío. Lo pedí desde antes que comenzaras a balbucear tus primeras palabras»

Ignoró a la voz en su cabeza y se enfocó en pensar una respuesta para la pregunta de su jefa. Obviamente no iba a renunciar, más que nada por Beth. A ella le hacía bien pasar tiempo con la adolescente y quería creer que a la adolescente le hacía bien pasar tiempo con ella. Además no iba a abandonarla en un momento como ese en cual había pasado por una situación traumática. Por otro lado, una parte de ella –aunque estuviera molesta con Quinn–, no quería dejar de ver a la rubia. Seguía creyendo que detrás de toda esa coraza inaccesible e impenetrable, existía algo más que valía la pena descubrir. Quiso no sonreír u olvidarse de lo enojada que estaba con su jefa, pero no pudo evitar sentir cierta compasión a ver la forma en que la miraba. Como si fuera lo único en el lugar que valiera la pena mirar.

Otra vez.

«¿Vas a ceder?»

«No lo haré pero todavía nos quedan dos horas más aquí y Beth está desangrándose. ¿Está mal que no quiera matar a la madre para evitar que vea más sangre?»

«No, creo que está bien» respondió la voz en su cabeza. «Aunque Ian sigue siendo mío»

«Eso lo discutiremos en casa»

«¿Quién es ahora la que habla como si fuéramos dos personas distintas?»

«Cállate»

– ¿Con esos ojos consigue siempre lo que quiere? Ahora veo de donde saco Beth el poder de convencimiento. Cambia el color de los ojos pero la mirada es la misma, señora Fabray –en cuanto esas palabras abandonaron sus labios se sintió la persona más estúpida y obvia del planeta.

«Suerte que es idiota» pensó. De lo contrario Quinn se hubiese dado cuenta de su atracción.

–Soy señorita –le reclamó su jefa. «Lo sé» respondió en mentalmente mientras asentía. No tenía intenciones de sonreír pero así lo hizo en cuanto escuchó el tono infantil en el reclamo de la rubia. –La cena benéfica es este viernes, ¿Cree que podrá con eso sola o necesitará clases de etiqueta?

«¿Por qué cambia de tema?»

«Te lo dije. Es bipolar»

–Supongo usted será mi profesora en caso de necesitar tal cosa, ¿O me equivoco? –no es que necesitase tal cosa. Conocía parte del protocolo pero quería saber si Quinn estaba jugando con ella o qué. No debía olvidar que para la rubia fue una desgracia conocerla. Su jefa asintió con la cabeza y fue en ese entonces que notó que la vena en la frente de Quinn había desaparecido. –Ok, no mentiré. No me siento demasiado cómoda en ese ámbito, por lo que necesitaré algo de ayuda.

«Parece un niño en Navidad» pensó al ver a la rubia sonriendo de oreja a oreja.

–Una sabia decisión. Al final de la semana será la niñera más refinada y educada que pisó el The Union League. Ya lo verá.

–Ok –fue lo único capaz de decir. Quizás por estaba algo aturdida por la alegría repentina de su jefa. –Voy a… Voy a ver a Beth.

Se alejó lo más rápido que pudo de Quinn temiendo un cambio repentino de humor en su jefa. Otro más. Además la distancia le ayudaba a mantener la molestia y el enojo, también la firme decisión de no ponerle la situación fácil a la rubia. Le había dolido lo que dijo, no podía olvidarlo por una estúpida sonrisa o palabras amables. Inconscientemente miró hacia atrás encontrándose con que Quinn seguía parada en el mismo lugar donde la había dejado sin quitarle la mirada de encima.

Sonrió algo confundida por la actitud de su jefa y subió lo más rápido que pudo a la habitación de Beth. Una vez dentro se recostó contra la puerta soltando un suspiro que no sabía que estaba reteniendo hasta que lo soltó. Sintió sus mejillas quemar cuando dos pares de ojos –uno marrón claro y el otro azul– se posaron en ella acompañados de idénticas sonrisas entre tontas y traviesas.

– ¿Qué tienes, Rach? –preguntó Beth. –Pareces contenta por algo.

–No es nada –afirmó sin detenerse a pensar demasiado. – ¿Qué estaban haciendo?

– ¿Quinn está detrás de la puerta? –intervino Puckerman.

– ¿Qué le hace pensar que la señorita Fabray está detrás de la puerta? –replicó completamente a la defensiva. – ¿Acaso piensa que estaba siguiéndome? ¡Claro que no! ¿Quinn detrás de mí? ¿En qué cabeza…?

–Preguntaba porque Quinn no puede enterarse de nuestro plan –aclaró el padre de Beth con los ojos entrecerrados haciéndola sentir estúpida por casi meter la pata.

–Oh, eso. Sí, no… No hay nadie detrás de la puerta –confirmó con la mirada en el suelo para no tener que enfrentarse al abogado. – ¿Se puede saber de qué…? ¿De qué plan hablan?

–Por supuesto. Tú formas parte de él. Esta mañana te dije que quería comentarte algo y es eso –recordó Beth palmeando su cama. Rachel asintió aceptando la silenciosa pero explicita invitación de sentarse en el lugar y esperó pacientemente a que la adolescente continuara. –Este fin de semana, más precisamente el sábado, es el cumpleaños de mamá…

– ¿En serio?

No sabía que icebergs cumplieran años. Se preguntó si el que hundió el Titanic también lo haría, y si de ser así como haría para recibir los regalos. Si es que alguien le enviaba alguno, después de todo no debía ser el iceberg más querido después de hundir al barco que se suponía, era insumergible. Sacudió la cabeza justo al mismo tiempo que Beth respondía a su pregunta y confirmaba que, efectivamente, los icebergs cumplían años.

Al menos Quinn no lo hacía.

–Con la tía San y mi papá aquí presente, vamos a organizarle una fiesta pero será para dentro de dos semanas y, obviamente, será una fiesta sorpresa así que no puedes decir nada, ¿Ok? –asintió más por inercia que por otra cosa. –Ya sé que mamá y tú no se llevan bien pero… me encantaría que me ayudaras con esto y que estuvieras presente ese día.

–Claro –soltó sin pararse a pensar demasiado.

No lo hacía por Quinn, lo hacía por Beth.

Porque también fue adolescente y también les organizó fiestas sorpresas a sus padres. Escuchó atentamente los planes que padre e hija Puckerman tenían para la fiesta y se anotó mentalmente ir pensando que cosa podría regalarle a su jefa que no tuviera teniendo en cuenta que era una perra millonaria que seguramente lo tenía todo.

Y no iba a hacer tal cosa por Quinn. Seguía molesta con esa perra odiosa.

Lo haría por Beth.


Próxima actualización: Jueves 24 de Septiembre.

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