Nuevo capítulo.

Cuando Miranda los vio llegar la fulminó con la mirada. Era bien claro qué esperaba. Pero no pensaba darle más oportunidades de las innecesarias. Se podría decir que en esos momentos, Ryuzaki era su escudo. Un escudo contra una mujer de manos largas.

Ryuzaki se empequeñeció ante esa mirada y podía jurar que se sintió tan cohibida que terminó escondiéndose detrás de él, sacándole una sonrisa triunfante a Miranda. Ryuzaki era tan endeble mentalmente. Realmente existían personas así. De esas que parecen demostrar que son fuertes cuando realmente bastan unas simples palabras para pisotearlas y especialmente, por tíos corruptos y celosos que únicamente saben joderles la vida a los demás, porque no sirven para otra cosa distinta.

Se sentó ante la mesa de mantelería roja y blanca, clavando sus ojos en la lista de la comida a pedir. Miranda seguramente estaría frustrada y molesta de que hubiera cambiado la comida por la cena, añadiéndole la presencia de Ryuzaki. Esta se sentó entre ellos, con la mirada clavada en el plato ante ella.

-Pedir cuanto queráis- invitó Miranda cortésmente y añadió al volverse hacia él- Creí que vendrías solo.

Movió la cabeza negativamente y señaló con el mentón a Ryuzaki. La chica parpadeó, volviendo a clavar la mirada más profundamente en el plato ante ella, esquivando la mirada fulminante de Miranda. Le extendió la carta para hacerla reaccionar. Sakuno agrandó los ojos al ver el precio y lo miró asustada.

-Pide lo que quieras- espetó encogiéndose de hombros y haciendo lo mismo momentos después.

Demandó bastante comida que pensaba degustar. Desde siempre había tenido buen paladar y no pensaba hacerse ahora pasar por el ejecutivo remilgado que todos esperaban. Sin embargo, ambas chicas se conformaron con dos simples bistec y patatas. No comprendía por qué no comían nada más.

-¿Y bien? ¿Has conseguido descartar a tu hermano?- interrogó Miranda con suspicacia- No tienes todo el tiempo del mundo. Si tu hermano no declara, serás tú quien vaya a la cárcel de cabeza. ¿Sabes cómo será?- preguntó pero esta vez hacia Ryuzaki- lo meterán en un cárcel con un montón de hombres que llevan tiempo sin tener relaciones sexuales. ¿Comprendes por dónde voy? Seguramente será el blanco de todos ellos. Pobre. Perderá su virginidad anal.

Ryuzaki agrandó tanto los ojos que creyó que se le saldrían de las cuencas. Era una idea atormentante para una persona que ni siquiera había sobrepasado la experiencia de simples besos. Se humedeció los labios al tiempo de parpadear y fruncir el ceño. Su imaginación le jugaba malas pasadas. Quizás hubiera sido buena idea no haberla traído y haberse acostado con Miranda tal y como ella quería. Ryuzaki se estaba convirtiendo en un peligro para su juicio frio. Se pasó una mano por los cabellos y respiró fuertemente, hinchando sus pulmones.

-Ryoga… no hizo nada de eso- defendió de forma imprevista la castaña- él… no haría eso.

Ah, sí.

Que estúpido era al pensar que el recuerdo de Ryoga se habría difuminado como cuando pasa el tiempo y borra los recuerdos perdidos. Por supuesto que Ryuzaki creería que Ryoga era inocente. Le había visto maltratarla, abusar de ella y mentirla, pero de ahí a meterse en líos de drogas: no. Ni él mismo creía que fuera real. Seguramente, alguno de sus empresarios metió la pata a la hora de creer que uno de sus edificios bien podría ser un almacén de drogas. Si Miranda creía que él no estaba investigando a su modo, es que no le conocía.

En su mente no entraba las probabilidades nulas de y si… No. Era blanco o negro. Si la droga estaba en sus almacenes era claramente porque alguien debió de ponerla ahí. Si él no había sido. Ryuzaki nunca había estado presente y Ryoga había sido secuestrado casualmente cuando la droga aparecía, ¿qué otro causante podría haber?

-¿Por qué estás tan segura?- Cuestionó Miranda tras beber delicadamente de su copa de vino. Ryuzaki enrojeció hasta las raíces de sus cabellos.

-Bue… bueno, es solo que creo que Ryoga no haría tal cosa. Es capaz de hacer cualquier otra maldad que fastidiar a su hermano de esa manera.

¿Otra maldad? El recuerdo del asesino le vino a la mente: ¿es que de eso no tenía culpa Ryoga? ¿Estaba limpio? Ryuzaki debía de haberse dado un golpe muy grave en su mente para descartar eso tan rápidamente. O quizás, es que simplemente no quería recordarlo. Al fin y al cabo, había entrado tan estatus de shock que él mismo había tenido que ir para sacarla de su encierre días antes.

-Hum, hablas como si le conocieras- puntuó Miranda con las cejas fruncidas- quizás no eres tan solo una secretaria como me han dicho, Sakuno Ryuzaki, nieta heredera de Sumire Ryuzaki, licenciada en auxiliar de veterinaria, que vive únicamente con un gato y que gusta de estar siempre escondida tras unas lentes que no tienen utilidad y gasta ropas anchas para esconder su peso de cuarenta kilos.

Sakuno volvió a enrojecer, seguramente de rabia o de impotencia. Él suspiró y demandó la cuenta.

-Oh, se me olvidó decir también- continuó Miranda con una ancha sonrisa- la parte interesante del asunto: La antigua receptora de Ryoga. Y no digo receptora en un significado antisex…

-Sé lo que quiere decir- la atajó Sakuno repentinamente furiosa- Gracias por la cena.

Se levantó de golpe, tirando la servilleta educadamente junto al plato y tras coger su bolso, salió a grandes zancadas. Miranda soltó una carcajada a su lado.

-Te lo dije, Ryoma: no deberías de ser el canguro de nadie.

Rebuscó en su bolsillo sin contestarle, entregándole un documento. Miranda agrandó los ojos y apretó con fuerza los dientes.

-Saca a tus hombres de mí edificio. Tienen que trabajar- le espetó con una sonrisa triunfante.

-¡Demonios! ¡Echizen! ¡No sé cómo siempre logras salirte con la tuya!

Se encogió de hombros mientras se levantaba de la mesa.

-Habla con los de arriba, no con los de abajo- le recordó.

-¿Te has atrevido a hablar con mis superiores? Claro- a la chica parecieron cuadrarle las cuentas- por eso no podías venir a comer conmigo. Porque fuiste a comer con ellos- Ryoma esbozó otra sonrisa triunfal, pagando la cuenta en efectivo- eres un… un capullo- espetó.

-Domo.

Nadie, ni siquiera una simple policía cerraría las puertas de uno de sus edificios. No por nada conservaba los contactos que había logrado mientras estuvo trabajando en la construcción de aquellas malditas balas.

Cuando consiguió dar alcance a la castaña, se encontraba mirando de un lado a otro en la calle, seguramente en busca de un taxi. Al verle, se sobresaltó y él frunció las cejas, esperando hasta que terminara de asegurarse de que era él. Cuando emitió un suspiro de alivio pudo comprobar que todavía estaba enrojecida por las acusaciones de Miranda. Desvió la mirada cuando aquel rostro comenzó a parecerle demasiado sensual sin comprender por qué.

Se pasó una mano por los cabellos y le señaló el coche con el dedo índice. Sakuno parpadeó, hinchando los mofletes en una pequeña rebelión.

-No voy a ir con ella de nuevo. Con que me insulten una vez, me basta.

Guardó silencio durante un momento, observándola. Así que la pequeña y tímida gatita llegaba a tener un límite como persona que era. Bien. Habían avanzado algo.

-A casa- le aclaró finalmente cuando creía que estaría a punto para una pataleta de niña pequeña.

Ella afirmó con torpeza con la cabeza y caminó obedientemente hasta el coche. Al menos, habían cenado, aunque hubiera sido una cena rancia e intranquila.

Mañana se encargaría de llamar al encargado del edificio y hacerle llamar a todos los trabajadores para que volvieran a sus puestos. Excepto uno. Un único culpable que había sido descubierto y estaba por encima del entendimiento de Miranda.

-Busca el número de teléfono de Richard Emerson- demandó una vez acoplados a los asientos del coche.

Ryuzaki parpadeó confusa.

-¿Ahora?

Señaló con su ver la oscuridad y él se encogió de hombros.

-Cuando lleguemos- indicó a regañadientes por ser algo muy obvio.

-¿Va a poner en marcha la empresa?- Se interesó- tengo entendido que ese es su "comandante" en la empresa y esa mujer…- carraspeó- quiero decir, Miranda dijo que…

-Eduardo Jiménez- Le respondió encogiéndose de hombros. Ella le miró de forma inquisidora y él le sonrió triunfante.

-Fue él- se contestó a sí misma- ese hombre puso la droga. No. Utilizó sus almacenes como cuartelillo para remover droga de un lado a otro al estar usted ausente.

Fue afirmando a todas las suposiciones que Ryuzaki le estaba explayando con cierto desconcierto y ofensa hacia sí misma. Movía la boca en un mohín de molestia. Parecía haber sido ella la atacada en lugar de él. La vio de reojo apretar los puños con fuerza contra la falda.

-Señor, cuando regresemos le prometo que trabajaré muy duro para preparar el proyecto con Kunimitsu.

Ah, cuando regresaran. Sí. Cuando regresaran ella le tiraría los trastos a la cabeza. Seguramente, al descubrir que su piso había sido completamente desalojado y que con probabilidad mil, la vieja casera ya lo tendría rentado. Pero claro, para eso tendría que esperar hasta mañana por la noche cuando cogieran el avión de regreso. Era una verdadera lástima, pero iba a echar de menos el coche.

Nada más llegar a la casa, Ryuzaki se preparó para darle el número de teléfono y después, encerrarse en su dormitorio. Él hizo lo mismo. Aseguró la puerta de nuevo y cerró los pestillos que había instalado para mantenerse alejado de la chica. Suspiró, tirando del cordel y cerró el cerrojo por fuera. Era imposible abrir ahora. No tenía ningún lugar por donde salir. Únicamente esperaba que no hubiera ninguna urgencia. No quería volver a despertar en la cama de una mujer que comenzaba a perturbarle.

Se dio una refrescante ducha y se estiró completamente desnudo sobre las frías sábanas. Le gustaba la sensación. La fina y suave tela rozar cada parte de su cuerpo, refrescándolo con naturalidad. Era una completa gozada. Y solo podía disfrutarla siempre que dormía solo. Podía estirar los brazos y las piernas cuan largo era y disfrutar más. La sensación se acoplaba ya no únicamente a su torso. Su sexo denigraba claramente cualquier excitación posible y era satisfactorio.

Cuando despertó al día siguiente lo primero que hizo fue llamar al encargado para poner de sobre aviso a todos los integrantes de la empresa. Uno a uno irían a trabajar al día siguiente y aunque no estaría para supervisarlos sabía que el hombre era lo suficientemente cualificado para tal asunto. Ejecutó otra llamada a las líneas de vuelo y volvió a reservar dos billetes, esta vez, en tercera clase. Si Ryuzaki iba más cómoda de ese modo, mejor. Además, esperaba que con más gente le impidiera moverse con soltura si se quedaba dormido, cosa que estaba al cien por cien seguro, sucedería.

Cuando bajó se la encontró de nuevo moviéndose entre cacharros de cocina, canturreando alguna canción que hubiera aprendido mientras se movía al ritmo. Frunció el ceño y se quedó ahí quieto. No era por malicia. Simplemente es que por un instante se sintió terriblemente interesado en los movimientos curvilíneos que aquellas caderas podía hacer tener a sus redondos glúteos, cubiertos por un vaquero que extrañamente le quedaba grande pero se estrechaba en sus nalgas. La fina camiseta se pegaba a su parte superior en cada momento y sus pequeños pechos resaltaron en uno de sus giros. Se humedeció los labios y sintió que la lujuria comenzaba a superarle.

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Se detuvo en seco y notó como su rostro ardía. Aferró con fuerza la pala de mover entre sus dedos y tragó. Su pecho se alzaba una y otra vez, jadeante. Se había emocionado demasiado y terminado por bailar sin preocuparse de si alguien la veía o no. Estaba tan acostumbrada a estar sola que no se había acordado de que él estaba y la había estado observando tan silenciosamente que estaba segura de que si no se hubiera dado la vuelta no se habría enterado de que estaba ahí.

Por si fuera poco, no era su observación silenciosa la que la perturbaba, sino su mirada. Era… penetrante. Tanto que le cortó la respiración. Se mordió el labio inferior y unió sus manos ante su pecho.

-Bu… buenos días- farfulló.

Él no se inmutó. Continuaba con la mirada clavada en sus manos. No. En sus senos. Era como si viera a través de su ropa con gran facilidad. Se mordió el labio inferior y le dio la espalda, pero todavía sentía la mirada sobre ella, exactamente, sobre sus nalgas bajo las telas de los vaqueros. Carraspeo.

-El… el desayuno estará listo dentro de nada- murmuró con esperanzas de que la escuchara- puede… puede ver la tele si quiere, mientras tanto.

Pero él no se movió del mismo sitio mientras continuó cocinando o puso la mesa. Tan solo cuando sus miradas se volvieron a encontrar cogió una gran cantidad de aire y se sentó en la mesa, se sintió inquieta. Meros momentos antes se sentía tan desnuda que no comprendía cómo poder comportarse y cuando el tenedor se le cayó, comprendió que no podía hacerlo. Al fin y al cabo, no era la primera vez que vez que la miraba así. La última vez terminaron besándose acaloradamente en su balcón. Ahora era capaz de quitar los cacharros y hacerle el amor ahí mismo.

-¡Oh, cielos!- Exclamó repentinamente acalorada.

-¿mhn?

Echizen alzó la mirada del plato hacia ella. Tartamudeó, intento coger el salero con la excusa de haberse olvidado de echar sal, pero esta resbaló por sus dedos, cayendo sobre su plato de comida y resultando demasiado salado como para comer. El hombre frunció el ceño y volvió a fijarla en su plato, pero cuando regresó tras servirse otro plato con nervios temblorosos, volvía a estar mirándola con intensidad. Casi falló al poner el plato sobre la mesa y suspiró inquieta cuando logró evitarlo con un buen empuje de su muñeca. Su respiración se agitó sin comprender y no logró volver a levantar la mirada del plato hasta que termino de desayunar y recogió la mesa. Él, para su desgracia, se quedó ahí, observándola, hasta que el móvil sonó y fue a recogerlo con urgencia. Cuando los pasos de su jefe hubieron llegado al piso superior, se cayó de rodillas y respiró tan fuerte que temió ser escuchada.

Escuchó en el piso superior los pasos del inquieto hombre y como parecía ordenar con suma severidad y a rajatabla, sin aceptar una sola negativa por parte de quien fuera. Decidió que sería mejor recuperarse e intentar levantarse antes de que él regresara y la viera con aquella infantil postura.

Se acomodó la camiseta una vez de pie, frunciendo el ceño ante la molestia de sus senos desnudos contra la tela pero cuando fue a tirar de la tela, sus dedos rozaron la carne sensible de sus senos. Gimió sorprendida por lo agradable que le resultó. Justo entonces, Echizen volvió a aparecer en la puerta de la cocina: la había visto. Sus ojos dorados se encontraban entrecerrados, fijos en los duros botones que se mostraban debajo de la camiseta. Se los cubrió con los brazos, pero él continuó mirándola, sin reprimirse.

Azorada, decidió salir de ahí, no quería sentirse una rata acorralada. Pero su jefe irrumpió su carrera, sujetándola del brazo y observándola con… ¿Con deseo? No. Sus ojos brillaban completamente excitados. Sakuno se escuchó gemir de nuevo y desvió la mirada. No podría mantenérsela. Su cuerpo entero vibraba y palpitaba con fuerza, como si hubiera algo imposible de comprender pero que ahí estaba.

Echizen apretó la boca con fuerza, creando una línea recta con sus labios que curvó ligeramente cuando la dejó escapar. Una sonrisa de alivio. Se había logrado controlar y le estaba dando la oportunidad de escapar. Le vio apoyarse en el quicio de la puerta, como si fuera el imán que le retenía para no comérsela, literalmente. Sakuno no supo decir si eso era un alivio o un fracaso. Su cuerpo estaba sintiendo algo demasiado profundo que no había sentido ni con Ryoga, pero sí anteriormente con Echizen Ryoma. Nunca pensó que unas simples miradas lograrían hacer eso.

Finalmente, giró sobre sus talones y corrió por las escaleras, tropezando en el último escalón. Gimió de dolor, pero continuó corriendo hasta encerrarse tras la puerta de su dormitorio. Un improperio le llegó desde abajo y el sonido de una silla al ser arrastrada. Bien. Era cierto: Los hombres no lo pasaban nada bien. Y si Echizen había llegado hasta el punto de tener una erección debería de estar maldiciéndola hasta el día que muriese.

Pero ella no había tenido la culpa de lo que sucedió momentos antes. Se había excitado él solo. Y sin sentido. Ella solo era una simple secretaria de gafas grandes y ropas anchas que no excitaba a nadie. O eso creía y esperaba. Quizás es que el chico había olido alguna clase de síntoma en ella, como si fuera un perro, que le había llevado a confundirla con una de esas chicas que no cesaban de caerle en los brazos.

Si bien era cierto que habían pasado muchas cosas juntos, comenzaba a creer que no debería de fiarse de todo, pero maldita sea, su corazón no cesaba de latir con frenesí mientras recordaba con la inmensa fuerza con la que le había latido todo el cuerpo, ansiando que aquella mirada no fuera solo una advertencia. En un momento había estado a punto de volverse una niña mala. Muy mala.

Pero aunque a su cuerpo le hubiera gustado terriblemente haber enlazado sus dedos entre aquellos cabellos mientras sus brazos le obligaban a tocarla, no quería traspasar esa barrera. Ahora comprendía la gran tensión que había entre ellos esos días. Ahora entendía por qué Echizen tendía a ir hacia ella mientras estaba sonámbulo. Necesitaba una mujer. Pero ella no sería el pastel.

Agradecía profundamente que él lograra controlarse y que no hubiera asaltado la puerta de su habitación como una fiera.

Se asomó a la venta y fijó la mirada en el vehículo que mostraba que estaba claramente en marcha y Echizen, colocándose el cinturón. Sus miradas se eclipsaron por un instante, pero su jefe no tardó en desviarla para centrarse en la conducción. Estaba nuevamente a solas y él huía. Posiblemente iría a hacerle una visita a esa mujer maliciosa llamada Miranda.

Se tiró frustrada sobre la cama y se golpeó diversas veces la cara con una de las almohadas.

-¡Tonta, tonta, tonta!- Se repitió una y otra vez- eres tan tonta…

Jadeó con brusquedad y giró hasta estrechar la almohada entre sus brazos.

-Podrías haber hecho esto con él- se dijo- y también podrías haber hecho muchas otras cosas indecorosas- y al imaginárselas, se puso como un tomate- eres una pardala, como decía tu abuela. Ahora él… él habrá ido a desfogarse- se estremeció ante esa palabra- con otra mujer, porque eres la persona menos indecisa del mundo. ¡Oh, cielos! ¡Eres terriblemente horrible en todo! Nunca volverás a tener la oportunidad de estar con un hombre así.

Contaba con veinticinco años y creía que el arroz se le había más que pasado ya. Y en ese instante, estaba pensando que era mejor algo que nada. Ryoga no estaba ya por ella. Es más, ella misma no quería saber más de él en cuanto a compartir cama y cuarto de baño se tratara. Pero no podía negar que estaba tan preocupada por él como lo estuvo cuando Momoshiro estuvo al borde de la muerte. Pero ese era otro tema muy diferente.

Creía con firmeza que, por primera vez desde que huyo de los despachos de aquel engreído de Atobe Keigo, se sentía atraída por un hombre. Igual, era una maldición lo que sucedía con Echizen Ryoma. Se tiró contra la cama.

-Genial. Debe de estar alucinando- dijo en voz alta- no cesará de repetirse mentalmente: "otra secretaria más".

Sabía cuan molesto había estado por todas las despedidas que había visto en los currículum antiguos y era desquiciante. Ahora estaba rompiendo más fuerte la promesa que hizo ante uno de los archivadores de no hacer lo mismo que sus antepasadas compañeras. Ella no se enamoraría de Echizen ni se sentiría atraída. ¡Pero es que habían pasado tantas cosas! ¡Y esa tensión no era normal! Tenía que ser insano.

Aunque él bien que podía siempre socorrerse con alguna otra mujer. ¡Oh, sí lo estuviera haciendo ahora mismo ella! No quería ni pensar de qué formas más ordinarias la estarían acusando. Peor de todas aquellas tonterías que habían escapado de la boca sucia de Miranda. Se levantó totalmente enfadada y se observó al espejo, volviendo a hablar consigo misma de nuevo.

-Sí. Soy fea. Tengo lentes que no necesito. Llevo el cabello tan largo como las mujeres antiguas. Llevo ropas demasiado grandes que no servirían ni a la vecina del quinto que pesa ciento ochenta kilos- apretó los dedos contra las ropas- Tengo veinticinco años y soy una solterona que no ha tenido sexo ni con su único prometido. Ahora, tenías una oportunidad en toda tú vida de mojigata- se señaló en el espejo- y la has perdido. Genial. Serás despedida y ni siquiera has sacado jugo a la naranja.

Se miró con atención en el espejo, sintiéndose ridícula. Siempre que hablaba solía hacerlo con su gato cerca de ella, pero desgraciadamente, él no estaba y no sabía la razón. Echizen le había negado ir a su casa y todavía no le gustaba nada. Pero no había sospechado demasiado.

Se sentó ante el pequeño escritorio y abrió la agenda. Ya que no tenía nada que hacer, al menos la pondría al día. Debía de tachar todas las cosas cumplidas, pero ella prefería ponerles un asterisco. Les hacía más coqueto y no tan sucio. Pero no tardó demasiado y tras estirarse y cerrar la agenda, se preguntó qué más podría hacer. Echizen todavía no había regresado y era demasiado temprano para ponerse a cocinar. Pero como si en gritos la hubiera llamado, recibió una llamada telefónica de Ann.

-¡Ann!- Exclamó felizmente- ¿Cómo va todo?

La voz de Ann le llegó despacio y tranquila.

-Bien, más o menos. Momoshiro está en modo "soy un hombre y tú una mujer"- replicó- no me deja entrar en su mundo machista.

-¿Entrar donde?- Preguntó perdida.

-Ah, ¿no te lo han dicho?- una maldición poco femenina llegó a través de la línea- Me lo figuré. Por eso te he llamado. ¿Sabes lo del secuestro de Ryoga?

-Sí…- contestó aturdida- ¿qué ha pasado?

-Resulta que encontramos el cadáver de Ryoga hace un día- explicó pacientemente- y Momoshiro comenzó a decir que no, que no era de él y quería comprobarlo. Llamó a Sadaharu y ahora están los dos con las narices metidas dentro del cuerpo. ¡Son como críos! Es como si hubieran construido un fuerte en medio del parque y no dejaran entrar a las chicas.

Sakuno había llevado una mano hasta su boca, con los ojos dilatado de terror. Sabía que Ryoga había sido secuestrado, no que estuviera muerto.

-An… Ann- tartamudeó cuando consiguió expulsar algo de voz- ¿Es… Ryoga? ¿Lo sabe mi jefe? ¡Oh, cielos!

-Tranquila, Sakuno- tranquilizó la voz de Tachibana a través de la línea- Momoshiro e Inui están con el cadáver. Osakada dijo que sí era él, pero Sadaharu cree que no. Estamos en ascuas.

-¡Pero se debe de saber con solo verlo!- Gimió aterrada.

-Sakuno- intervino con desconcierto Tachibana- ¡Es muy fácil confundir! Con las pruebas de ADN… todo. Sadaharu cree que, como Echizen era un buen ofrecedor de sangre, era fácil conseguir todos y cada uno de los litros que había donado y meterlo en el cuerpo de otro. La cirugía plástica es otro de los datos. ¡Hay médicos que son capaces incluso de copiar las huellas humanas! No debes de alarmarte de la misma forma que si hubiera muerto.

-pero…

-Que no. ¡Jo, estoy hablando como Momoshiro! Ya me creo su teorema y te lo estoy contando. Creamos en él- terminó por decir. Un sonido brusco llegó a través del teléfono- ¡Sakuno, tengo que dejarte!

Y acto seguido, colgó.

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Cuando regresó tras haber recorrido más veces de las que hubiera creído posible la carretera con el coche, pensó que la chica se había vuelto loca. Le esperaba en la entrada mientras andaba de forma inquieta de un lado a otro y la idea de que le exigiera por qué la había mirado con tanto deseo, le retorció las tripas. Era irónico explicar algo así. Se llevaba en el cuerpo desde que el ser humano existía.

Pero algo le decía que no era eso lo que pensaba decirle. Ryuzaki era demasiado vergonzosa como para tal hecho y aunque él había tenido que huir del lugar para no abalanzarse sobre ella, su tímida secretaria podría recuperarse fácilmente. No comprendía qué maldito delirio le estaba acosando desde hacía días. Desde que dejó de verla tras el accidente. Desde que comenzó a protegerla terminó sintiendo la necesidad de tenerla siempre cerca de su visión. Por ese mismo motivo había desalojado las cosas de su piso y la había llevado a vivir con él. Por ese mismo motivo ahora ansiaba estrecharla peligrosamente entre sus brazos y al cuerno lo que dijeran los demás.

Era tan diminuta que necesitaba una buena protección.

-¡Lo sabía!- Le acusó repentinamente con un dote de furia extraño en ella- ¡Sabía lo de Ryoga y ese cadáver! ¡Qué por dios que no sea él!

Alzó un dedo acusador ante sus narices mientras su boca temblaba al compás de su cuerpo. Era incapaz de enfurecerse con alguien de esa forma y lo estaba intentando con todas sus fuerzas. Dio un paso hacia ella. Ryuzaki retrocedió. Sus ojos se abrieron con sorpresa al descubrir que no podía atemorizarlo. Pero continuó con aquella mirada acusadora de mentirla. Se rascó la cabeza y ladeó la cabeza.

-No es él- contestó encogiéndose de hombros. Ryuzaki lo miró esperanzada.

-¿¡De verdad lo crees!?- Exclamó con las manos enlazadas en su pecho- ¿Tú también crees que no es él? Oh- respiró totalmente aliviada y por un momento temió tener que sujetarla para que no diera de bruces contra el suelo- cielos. Si su hermano no cree que es él… entonces, no tengo que preocuparme… no quiero… que se muera- confesó- es… es su hermano.

Lo miró directamente a los ojos, sonriéndole con torpeza. Parpadeó confuso. ¿Qué tenía que ver que fuera su hermano para querer que sobreviviera? Bueno, era un ser humano. Ryuzaki volvió a moverse de un lado a otro, estrujándose las manos que alternaba hacia su frente apartándose algunos mechones de su rebelde cabello.

Las delgadas piernas se movían de un lado a otro mientras los pies parecían estar a punto de tropezar con la alfombra. Cambio el peso de su pie derecho al izquierdo, cruzándose de brazos y arqueando una ceja, esperando por si "mama" ya había terminado de regañarle o no. Ryuzaki se detuvo, tocándose el estomago de repente.

-Tengo hambre, ¿usted no? Comamos- indicó.

Se dio cuenta de que se había percatado de que había metido la pata totalmente y seguramente, se sentiría lo suficientemente inquieta como para sacar la pata por fuerza. Quizás, con el estómago le ganara. La retuvo del brazo, alejando la mano nada más que sus dedos se hicieron conscientes del suave agarre sobre su piel. Su secretaria se giró, completamente tensada y observó con curiosidad la bolsa de comida que él alzaba ante su rostro.

-Oh, ya veo- carraspeó, sonrojándose- entonces, serviré los platos…

Le sonrió con torpeza mientras él la acompañó hasta la cocina. Mientras ella se encargaba de poner los cubiertos y demás enseres, él sacó la comida. Ryuzaki se lamió los labios nada más ver los tallarines con ternera y él apretó los suyos con fuerza. Irónicamente, Ryuzaki debía de pensar que una simple pasada de su lengua por los labios no provocaría a nadie. Se sentó totalmente tenso sobre la silla. Tanto esfuerzo que había hecho por quitarse las diversas imágenes que había tenido de ella bajo su cuerpo se estaba comenzando a ir al garete. Volvía a imaginársela.

Empujó la silla hacia delante, esperando que el palpitar de su sexo no fuera descubierto por ella y volvió a clavar la mirada en el plato de comida que tenía delante. Comieron en silencio y tras como terminó, subió sin dar explicaciones en busca de una buena ducha.

Se maldijo una y otra vez mientras se enjabonaba cada parte de su cuerpo y finalmente, tuvo que mover su mano sobre la ansiosa palpitación. Pero no logró ni terminar, unos nudillos golpearon contra la puerta justo cuando estaba a punto de alcanzar el clímax. Maldijo entre dientes y se enrolló en una toalla, abriendo la puerta ante las narices de una sonrojada secretaria. Nada más verle el calor pareció inundarla, tanto, que sus gafas terminaron empañándosele. Frunció el ceño.

-Ti… tiene… una llamada de… de la empresa- carraspeó- dicen… que es urgente y que no puede… esperar. Siento molestarle.

Hizo una reverencia mientras le entrega el teléfono. Casi se lo arrancó de las manos, sujetándola por la muñeca e impidiéndole huir. Aquello ya era el límite. Se terminó. Colgó el teléfono, logrando una mueca de asombro en el rostro de la chica. Veinticinco años y soltera. Nada se lo impedía. Era libre. Él había hecho que fuera libre y hacía tiempo que había terminado cualquier trato con Momoshiro. Se había instalado en su maldito corazón y no lograba sacarla ni de su inconsciente. La observó profundamente, deslizando su mirada por su cuerpo.

Las piernas le temblaban. La boca se movía ligeramente en necesidad de decir algo, pero su garganta se lo impedía. Su rostro era un conjunto de tomates maduros que hacían que sus gafas se empañaran más y el sudor comenzó a anidarse en su frente. Su pecho se hinchaba y vaciaba con gran rapidez, hasta un ronco jadeo escapó de su garganta. Si con tan solo mirarla conseguía ponerla así, ¿qué demonios pasaría si posaba su boca sobre uno de sus senos y lo engullía?

Dios, no podía esperar para verlo. Ya no.

La empujó hacia sí de un tirón. Cuando el delgado cuerpo chocó contra su torso, empujó la puerta con la antena del móvil, el cual terminó cayendo sobre su escritorio. Se inclinó hacia ella, besándole ligeramente la frente mientras sujetaba entre sus dedos la montura de las gafas para quitárselas. Ella llevó sus manos hasta estas. Su coraza. Estaba a punto de desprenderse de ella. Le acaricio los dedos con los suyos y se los apartó para poder quitárselas finalmente. Unos brillantes y tímidos ojos rojizos quedaron ante su visión. No. No eran rojos. Era una mezcla del rojo madera. Preciosos.

Tragó saliva, inclinándose esta vez para poder besarle los parpados con sumo cuidado. Había cierto detalle que no podía olvidar: ella era virgen. Ni siquiera Ryoga la había tocado. Le acarició las mejillas con ternura, deteniéndose sobre sus rojizos labios, hinchados por los mordiscos que ella misma se había estado dando, como si quisiera comprobar que aquello era real. El aliento le golpeó los dedos, cálido y húmedo. Apartó los dedos y los ocupó con su boca.

Ryuzaki tembló repentinamente conmocionada, pero correspondió con torpeza. Casi se rió cuando la tímida lengua buscó la suya con cierta torpeza. Mas estaba demasiado excitado con aquella sensación. La empujó y acaricio. Enlazó y sintió. Cuando la chica le clavó las uñas sobre su piel, se alejó. Jadeaba y se frotaba los labios con la muñeca, con los ojos completamente cerrados. Él frunció las cejas: ¿se trataba de una forma de demostrar que no estaba contenta con haber sido besada? Aún tenía la cordura suficiente como para dejarla escapar. Deslizó las manos hasta que sintió que sus dedos apretaban con fuerza la toalla, maldiciendo y chasqueando la lengua que momentos antes le había otorgado placer.

-Vete- le ordenó ronco- si no te gusta, vete- le aclaró costosamente.

Ella movió la cabeza tan rápidamente que temió que las ideas se le volasen. Frunció el ceño y dio un paso hacia ella. No se movió. Otro más. Quería advertirle que no pensaba detenerse, que podía volver a salir corriendo y encerrarse en su dormitorio. Pero ella no se movió. Al contrario, dio un paso hacia él y extendió con temblor las manos hasta que tropezaron con la musculatura de su cuerpo. Le acaricio la piel con tanta curiosidad que se quedó quieto, esperando que lograra descubrir cuanto había de diferente, aunque ya era más que visible que le había visto muchas veces de ese modo. Pero tocar, oh, tocar era otra historia muy diferente para una virgen.

Acaricio su húmeda piel, jugó con los leves brotes de bello en el centro de su pecho, frunció el ceño cuando pasó por encima de las leves abdominales y movió ligeramente la boca cuando subió hasta su cuello. Sus ojos se encontraron y algo en la forma de cómo la miraba, la hizo descenderla hasta el suelo, concentrándose en sus pies. Sonrió con orgullo, inclinándose de nuevo para besarla. Ryuzaki se tensó automáticamente y descendió las manos de su piel. Frunció el ceño y sin despegarse de su boca, la obligó a rodearle el cuello con sus brazos. Instintivamente, ella se pegó contra él.

Tal y como había pensado y visto, Ryuzaki era pequeña y manejable. Una criatura tan endeble que parecía ser capaz de romperse cuando la sujetó de las caderas para pegarse contra él. La alzó ligeramente para obligarla a sentir su excitación. Ella gimió asustada y rompió el beso, parpadeando con tal sorpresa que no puedo evitar calmarla con un siseo de su boca y sus besos. Era natural y ella debería comenzar a comprenderlo. Además, "eso" que la estaba asustando pronto le daría un gran placer.

Se entretuvo en besarla, de pie, esperando que el ansia llegara a ella y cuando se frotó contra él, jadeante, la alzó lo suficiente. Al instante, las delgadas piernas le rodearon y ella lo miró en busca de una afirmación. Le mordió el mentón y desvió las manos de sus caderas hasta las nalgas. Perfectamente formadas y blandas bajo sus dedos. Ryuzaki se tensó al sentirlo, pero profirió un gemido de satisfacción cuando repitió una y otra vez la misma acción. Él apretó los dientes. Ante el leve balanceo su erección se rozó contra la tela de la toalla y los pantalones vaqueros, encontrándose con la presencia caliente del sexo femenino bajo todo eso. Atormentado, emitió un gemido de necesidad.

Ella volvió a buscar el placer de su boca, como si aquella experiencia ya la hubiera colmado de todo. La empujó ligeramente de las nalgas, rozándola contra su erección. Sin darse cuenta de cómo sucedía, Ryuzaki comenzó a corresponder y a frotarse contra él, necesitada. Gimió contra su boca y enredó sus largos y perfectos dedos entre sus cabellos. Al instante, los redondeados senos se pegaron contra su pecho, aplastándose tan frágilmente que no puedo evitar rozarse. Ryuzaki volvió a gemir una vez más. Sintió como las puntas erectas de sus senos se pronunciaron y comprendió que aquello estaba surgiendo tan a fuego como a él mismo.

Se giró hacia la cama con ella en brazos y la sentó con cuidado, arrodillándose ante ella. Los jadeos acaloraban la subida del pecho femenino y se descubrió a sí misma con la mirada fija en ellos. Su secretaria tragó al instante, sabiendo lo que pensaba hacer. Y él no esperó. Se inclino y con tela incluida se adueño de uno de aquellos pequeños y redondos manjares. Los alternó uno a uno, demorándose en cada uno el tiempo suficiente. Eran tan delicados… Finalmente, no lo soportó más. Quería sentirá aquella cálida piel dentro de su boca, escucharla gemir con más fuerza.

Deslizó las manos hasta la cintura femenina y alzó la camiseta. Ryuzaki, obedientemente, alzó las manos como si de una niña pequeña a la que estuviera desvistiendo se tratase. Los senos quedaron ante su visión. Ligeramente tostados. Tostados pero que nunca habían visto la luz bajo la mirada de otro hombre. Una punzada de orgullo le recorrió la columna vertebral y tal cual, se inclinó sobre ellos para saborearlos. Y Ryuzaki gimió a la vez que su piel se tensaba de tal forma que logró apresar entre sus dientes aquel diminuto botón de placer.

Una de sus manos, traviesamente, se dedicó a acariciar el libre, para seguir rápidamente su tarea ocupada por su boca. La joven secretaria temblaba, se arqueaba contra él y en medio de su vergüenza, intentaba no contestarle con largos suspiros de placer. Con suavidad, fue ganándose un pequeño hueco entre sus piernas.

-Señor…- llamó aturdida, acariciándole los cabellos con sus elegantes dedos y el frunció el ceño.

-Ryoma- corrigió antes de volver a lamer como castigo uno de sus senos erectos.

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No comprendía bien qué estaba sucediendo. Desde que le había abierto la puerta se había dado cuenta de que todo había llegado al límite, Echizen Ryoma le iba a hacer el amor. No. Estaba haciéndoselo. Nunca en su vida se había sentido tan viva como en ese instante. Moría y volvía a vivir con gran intensidad cada vez que sentía la ávida lengua del hombre contra su piel. Ansiosa, le había llamado en busca de ese más que su cuerpo parecía ansiar.

Pero no había tenido tiempo de contestarle, su mente se había ofuscado de nuevo cuando había vuelto a adentrar aquel trocito de carne que tenía tan sensible entre sus labios. Ahora comprendía la ansiedad que sentían los hombres por tenerlo en su boca y a ella, no le parecía nada, pero nada mal. Mas parecía haber algo más escondido entre todo eso y su cuerpo lo ansiaba.

-Señor…- volvió a rogar.

Él abandonó al instante el seno para morderle el labio inferior antes de apoderarse de su boca de nuevo, empujándola con su cuerpo hasta que los pies dejaron de tocarle el suelo. ¡Cielos! ¡Él era tan grande y ella tan pequeña! Aquello seguramente no podría salir bien. Él no podría… y entonces, todo terminaría. Se daría cuenta de que no ella no le servía. Que sus estaturas no hacían la práctica tan sencilla.

Pero de alguna forma, mientras la besaba, él se las ingenio para volver a rozar aquel trozo de carne palpitante contra su sexo. Una y otra vez. Y ella sintió como el suyo propio parecía corresponder, palpitando con fuerza. Ansia. Deseo. Ya se había regañado lo suficiente como para echarse atrás. A ella no le ataba nadie y su cuerpo parecía saberlo. Era libre de ser tomada por alguien que había tenido la suficiente paciencia con él. Ni siquiera el recuerdo de Ryoga podría llegarle ahora. Todo parecía haberse difuminado.

El contacto de su espalda reptar por la tela de la cama la hizo volver en sí. Echizen se encontraba sobre ella, con cada una de sus rodillas a cada lado de su cuerpo mientras de las axilas, la subía hasta que la parte superior de su cabeza rozó contra la almohada. Ya no sentía las piernas flácidas en el vacío y con él entremedias.

Tragó saliva. En algún momento él había perdido la toalla y esta yacía tirada en el suelo. Sí, en algún momento en el que ella estaba demasiado ansiosa, y todavía lo estaba. Su cuerpo entero palpitaba por ansiar algo más que sabía que existía. Parpadeó ligeramente abrumada por la ansiedad y lo vio ahí, detenido, observando sus senos como si no los hubiera tocado nunca. Ella se removió inquieta. Quería que volviera a tocarla, que no la retuviera de conocer el camino hacia eso que desconocía. Finalmente, él esbozó una sonrisa maliciosa y con su índice, trazó un camino lento y alentador desde su cuello hasta el centro de su vientre, donde el cinturón atrapaba los pantalones contra su cuerpo. ¡Endemoniado cinturón que estorbaba el camino de aquel dedo!

Pero su jefe demostró una clara maestría con ellos y no tardó en deshacer el agarre, para quitarlo, seguidamente, el botón dorado del pantalón mostró un clic que pareció satisfacerlos a ambos, pues ella gimió y él sonrió con orgullo. Y comprendió por qué.

No había ni siquiera descendido la cremallera cuando su mano se aventuró bajo el ancho pantalón. Claro. Era mil veces más grande que ella. ¿Para qué iba a necesitar quitárselo? Sakuno se retorció extrañamente contra aquella mano mientras se mordía el labio inferior. Su cuerpo sabía. Algo que llevaba dentro la impulsaba, pese al miedo. Jamás nadie la había tocado ahí. Nadie.

Él bordeó las braguitas con delicadeza y finalmente, arrastró sus dedos por sus revoltosos rizos castaños. Oh, que vergonzoso. Ella jamás se había preocupado de hacer algo con ellos. No la molestaban. Encontraban que ahí estaban bien. Pero, ¿y él? ¿Pensaría que era algo desagradable aunque él también los tuviera y de un tono verdoso como sus cabellos?

A Echizen no pareció molestarle, pues continuo moviendo sus dedos por aquella zona, inclinándose un poco hacia ella hasta poder besarla e introducir sus dedos invasores por aquella zona tan inexplorada. Virginal. Ella tembló y movió sus caderas ligeramente inquieta contra aquella mano. Él volvió a sisear en su oído para tranquilizarla y la besó cortamente, una y otra vez, hasta que algo nuevo sucedió. Un dedo. Sí. Fue uno de ellos. Invadió la suavidad de su sexo, perfilando entre sus barreras protectoras con gran experiencias, rodeó un botón demasiado sensible y continuó, acariciándola en círculos hasta que pareció detenerse, justo donde creyó que ya no podría continuar, porque se anidó ahí, despacio y con sumo cuidado. Ella agrandó los ojos. ¡Estaba dentro, dentro de ella!

Intentó cerrar sus piernas al instante, pero la caricia de aquel dedo la hizo abrirlas al instante y moverse contra él. Echizen retrocedió al instante que lo sintió y la miró con cierta inquietud. Algo no había hecho bien. Sakuno se mordió el labio y gimió, furiosa y excitada. No sabía qué hacer. Aquello se sentía tan bien y a la vez tan diferente. Él volvió a mover con suavidad aquel explorador, hasta que sus fronteras chocaron contra algo que le hizo retroceder nuevamente y salir junto a sus compatriotas. Jadeaba excitada y necesitada, avergonzada y ansiosa. Casi sintió una gran ola de placer junto a vergüenza cuando le vio observarse aquella mano como si hubiera sido mala. Casi se creyó que se dedicaría a regañar a sus dedos, pero Echizen los llevó hasta su boca, mirándola con los ojos entrecerrados, formando una mirada tan penetrante que gimió tan fuerte que se sorprendió.

Pero su superior volvió de nuevo a la carga. Deslizó las telas de los vaqueros junto a las braguitas, ordenándole con una mano que alzara las caderas. Y ella obedeció, pese a que la idea de quedarse completamente desnuda ante él la preocupó. Sus pantalones y ropa interior fueron lanzadas contra el suelo y él volvió a arrodillarse de nuevo entre sus piernas, pero esta vez, acariciaba sus rodillas mientras la miraba con atención.

Respiraba tan fuerte que temió que el corazón se le saliera disparado del pecho. Tenerlo ahí era un contraste de sus emociones. Quería cubrirse púdicamente pero a la vez ansiaba saber qué tenía planeado. ¿Por qué no se tumbaba sobre ella y le hacía el amor de una maldita vez? Quería ver por qué la gente gritaba tanto de aquella forma mientras lo hacían. Ella también quería gritar. Pero ese hombre, tan experimentado en otras mujeres parecía ponerse a pensar si era correcto o no hacerle esto u lo otro- claro que ella desconocía que iba a ser-.

Finalmente, algo ocurrió. Él volvió a explorarla, pero esta vez, con sus dos manos. Le pareció que la toqueteaba sin pudor, como si hubiera olvidado que era su sexo y que sentía, que cada fibra de su cuerpo parecía haberse anclado en ese lugar para maldecirla. Aunque lo que no esperó, fue verle inclinar la cabeza contra su sexo. La primera idea que le vino a la cabeza mientras respiraba agitada, era que Echizen no veía bien. Pero cuando sintió una ligera presión cálida que comenzaba a toquetearla con gran experiencia, comprendió que no: lo que estaba haciendo era saborearla cual manjar más sabroso.

Su cuerpo volvió a convulsionarse, a moverse contra el rostro del hombre que la degustaba con placer y casi sintió la necesidad de empujar aquella cabeza contra su propio sexo. Las piernas se le doblaron y se abrieron sin pudor. Su respiración se agitó todavía más y repentinamente, cuando comenzaba a morderse el labio más fuerte y apretaba las sábanas entre sus dedos, una sensación explosiva la recorrió por completo hasta que se detuvo en su vientre, explosionando en alguna parte de su cuerpo que la hizo gritar de placer. Un orgasmo. El primer orgasmo de su vida.

Repentinamente, se quedó totalmente exhausta sobre la cama. Los dedos aflojaron el agarre, su respiración comenzó a controlarse y sus ojos entrecerrados estaban clavados en la pequeña mancha sobre el techo. Echizen se acostó a su lado, besándole la mandíbula y comenzando a acariciar con sus dedos de nuevo sus senos. Sin comprender por qué, volvió a sentirse excitada, porque se había sentido vacía de alguna forma y quería que eso se llenara de nuevo en su orgasmo. Se giró hacia él, preocupada.

-Lo siento- se excusó a media voz. Él frunció el ceño y negó con la cabeza, apretando con suavidad uno de los senos que la hizo gemir. Echizen sonrió, pegándola contra él.

La erección le rozó el vientre. Una y otra vez hasta que se alojó entre sus piernas. No hubo penetración, pero ella comprendió en seguida qué había faltado en aquella maravillosa sensación y empujó sus caderas, demandándola. Él volvió a fruncir el ceño mientras gruñía. Un ronco gemido. La hizo girarse de nuevo hasta que él quedó encima. La besó con pasión, le acaricio los senos y le siseó en el oído mientras movía lenta y suavemente la dureza entre sus piernas. Finalmente, un encuentro sucedió. Ambos sexos se encontraron. Piel contra piel. Paciencia contra ansiedad.

Un empuje. Suave pero anunciante. Delicioso pero preceptivo. Alzó las manos hacia la espalda masculina en un mero momento de atrevimiento. Echizen volvió a moverse en su interior. Viril y poderoso, hasta que ondó algo más. Ella gimió levemente, y agrandó los ojos que liberaron lágrimas saladas por sus mejillas. Algo doloroso se había roto. Algo que llevaba mucho tiempo con ella y que había guardado interiormente. Él esperó. La besó, le acaricio los senos, le tocó la cara, le lamio las lágrimas. Y de nuevo, se movió.

Sakuno tenía que reconocerlo. Aquel movimiento ya no era doloroso. Era insensatamente increíble. El roce en su interior. La suavidad y la certidumbre de sentirlo palpitar en sí misma. Se movió. Se movió porque lo necesitaba. Porque ansiaba sentirlo tan profundo que no podía esperar. Y lo único que logró hacer para que él se moviera fue sonreírle.

Ahora lo comprendía. Lo que hacía a un hombre y una mujer ser uno solo. Él estaba dentro de ella y ella lo acogía de forma que fuera su coraza. Era ser algo más que una simple mujer pequeña y fea. Era una mujer repentinamente sensual que adentraba en su ser algo maravilloso que la estaba colmando de gran placer. Tanto, que no lograba encontrar salida a la pérdida de memoria.

Estaba segura de que en algún momento, en el cual había llegado su segundo momento de disfrute, le había llamado por su nombre, sin apelativo de educación y él había sonreído con orgullo. Creía haber visto un rostro tan excitado debajo de aquellos flequillos húmedos que la había excitado a moverse ella también. Y en algún momento, cuando volvió a sentir la marea de pasión volcarse sobre sus cuerpos, le sintió tan cálido dentro de ella que no logró evitarle darle únicamente una única palabra: "gracias". Por algo que había aprendido de una forma maravillosa.

Después, sintió que él la abandonaba con cuidado, que parecía revisar entre sus piernas, levantarse y traer una toalla para limpiar. Recordaba haber gemido de dolor y como él maldecía entre dientes antes de regresar del baño, alzarla con una facilidad asombrosa y meterla entre las sábanas de su cama. Olía a él. Cada rincón de su cuerpo olía a él, tanto como aquellas sábanas. Por eso, cuando él se acostó a su lado y la cobijó entre sus brazos no logró distinguirle hasta que sintió la calidad de su dura y fuerte piel contra su mejilla.

Incluso cuando la grande mano le acaricio las caderas y la pegaba contra él por las nalgas, sintió que ligeramente había sonreído mientras suspiraba totalmente satisfecha y tomaba el brazo del hombre como almohada. Entonces, cerró los ojos y se durmió.

Soñó, estar en una playa tropical, con Gold enroscado en sus pies, la brisa fresca acariciándole su caliente y morena piel mientras degustaba alguna clase de bebida que le sabía deliciosamente perfecta. Estaba satisfecha porque había hecho el amor por primera vez. Estaba satisfecha porque a sus veinticinco años nadie podría llamarla ya virginal. Y aunque seguramente sería despedida, no le importaba. Ahora, que había descubrir algo más haya del entendimiento, podía regresar a encerrarse en un veterinario y continuar con sus amados animales. Regresaría a su casa, se tumbaría en la cama y recordaría lo que había vivido mientras se iría marchitando como una anciana. Pero estaría feliz. Porque había algo nuevo en su mundo.

Sin embargo, cuando despertó al sentir que alguien le rozaba delicadamente los senos, enrojeció. No. No era un sueño. Era la realidad y todavía le quedaba terminarla. Se mostró perpleja mientras él la observaba con el ceño fruncido sin detener sus dedos sobre sus erectos pezones. Giró la cabeza ligeramente para ver la hora sobre el reloj y él suspiró, mirándola con la mandíbula tensa.

-Tenemos que irnos- le señaló- el vuelo sale a las siete.

Comprendió lo que sucedía y aunque se sintió terriblemente cansada, logró dejarse amar una vez más, le acompañó de nuevo en aquella aventura del placer y se preparó para coger el vuelo que marcaría su despedida para siempre. Debería de decir adiós a Echizen Ryoma, el hombre que la había amado dos veces en un mismo día y le había demostrado que existía algo más verdadero que la vida misma.

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Le golpeó con la carpeta mientras fruncía el ceño y Sadaharu enrojeció mientras se subía las gafas y retrocedía levemente. Ann Tachibana era una mujer de armas tomar que parecía ser domada únicamente por Takeshi Momoshiro. El policía repitió su descubrimiento.

-Dije que es totalmente falso. Echizen Ryoga está bien vivo en alguna parte. Seguramente alguien quería que otro ocupara su tumba para quedar libre de sospechas.

-Eso, o él está planeando su muerte falsa- Opinó Takeshi encogiéndose de hombros.

Ambos hombres recibieron de nuevo un carpetazo sobre la cabeza mientras Tachibana fruncí las cejas y quería chillar.

-¡Es que no os dais cuenta!- Exclamó- Esto no me deja más dudas. Ya sé quien coño está detrás de todo esto. ¿Cómo no me he dado cuenta antes? ¡Por dios! Parece que hubiera regresado a mis años de cadete.

-Ann, las señoritas no dicen palabrotas- regañó Takeshi frotándose el chichón pero mirándole interesado- ¿Quién es? ¿Quién?

Ann no le contestó. Cogió su abrigo y salió disparada hacia su coche.

-Esa cosa que no tiene ni nombre….- farfulló entre dientes mientras ponía en marcha el coche- le voy a dar dos guantazos cuando esté ante mí.

-Las chicas no pegan.

Se giró casi en redondo, mirando a los dos hombres y parpadeando perpleja.

-¿Cuándo habéis subido?

Momoshiro esbozó una sonrisa triunfal.

-Que no se te olvide que somos los mejores- canturreo mientras le tiraba de la mejilla- venga, ya que no quieres desvelar quien, conduce con calma y precaución.

Y Momoshiro, pensó Sadaharu, debería de saber ya que su mujer no le hacía ni puñetero caso en cuanto a precauciones se trataba.

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Movió la cabeza de lado a lado mientras casi rompía en carcajadas y la empujaba contra sí mismo.

-Deberías de estar enfadado conmigo por todo cuanto te hice- protestó ella, completamente sumisa y desnuda contra su cuerpo- he sido retorcidamente mala.

-Eres igual que yo- se encogió de hombros y volvió a besarla- creo que haremos buena pareja en un futuro. Aunque no estoy de acuerdo en que contrataras a un asesino para deshacerte de Ryuzaki. Me lo podrías haber dicho directamente.

-Intenté hacerlo- recalcó la mujer que formó diminutos círculos en el torso desnudo del mayor de los Echizen- pero no me escuchaste. Estabas prendado de ella. No veías a otra persona. Incluso cuando te quité las vendas el otro día porque me tomaste por un hombre la primera vez, creí que me escupirías en la cara y todo.

-Pues mira por donde, he decidido tomarte entre mis brazos y hacerte el amor- contestó él con el ceño fruncido- mira, sé que lo has hecho por mí. ¡Hasta has creado un clon para que crean que ha sido culpa mía!

-Lo siento, de nuevo- se excusó.

-no importa- negó él adentrando sus dedos entre los cortos cabellos femeninos- la verdad es que ahora que sé que tengo a alguien que puede amarme pese a lo retorcido que soy, creo que valdrá la pena estar unos años en la cárcel. Fingiré que fue mi culpa, si es que no se han dado cuenta ya de que has sido tú. Y si fuera así, Momoshiro y Tachibana me odian tanto que serán capaces de preferir que esté yo en la cárcel antes que tú.

El sonido de un coche a toda velocidad les llegó desde la calle. Ella se separó de sus brazos, obviando su desnudez y le sonrió.

-Pues, vistámonos, porque parece que tenemos visita.

n/a

Uff, estoy enamorada de cómo me quedó éste Lemon, claro que no obligo a nadie pensar lo mismo ¬¬. Si mal no recuerdo, mis Lemon son "sutiles y fogosos".

En cuanto al capítulo, creo que no necesita explicación. Ryoma movió sus cartas, Ryoga está vivo y muy sano, encima, acoplado con aquel que lo secuestró. En fin. Saludos.

Aclaracion: Pardala: Idiota, tonta.

PD: Ya colgué la imagen del one-shot de "El regalo de Sakuno en mi otro lj" ¡A ver si acertásteis!