INFERNUM. REDEMTIONIS.
Los personajes de Candy Candy son propiedad de Mizuki e Igarashi, TOEI Animation, Tokio 1976, usados en este fic sin fines de lucro.
Capítulo 14
Corazón roto
Archie regresó a casa con el mundo sobre sus hombros. Sentía sobre sí la responsabilidad de salvar la compañía que su padre había cuidado con tanto fervor durante toda su vida. Era su legado. Era el legado para sus hijos. Sentía a Stear vivo a través de Cornwell Petro; solo pensar en la posibilidad de que la compañía fuera a la bancarrota lo estremecía. Su única esperanza era la apelación de los contratos de renta de sus plataformas y la audiencia estaba programada para un mes más tarde. Todo lo que debía hacer era sobrevivir un mes más, solo un mes.
Archie abrió la puerta de su lujoso departamento extrañando la cariñosa bienvenida de Candy.
-Quizás se ha quedado dormida mientras me esperaba. ¿Volví a perder la noción del tiempo? – miró su reloj, un viejo Patek Philippe que había pertenecido al bisabuelo y del cual se sentía orgulloso. El reloj había sido diseñado por encargo del abuelo del bisabuelo como regalo de bodas en 1930 y nunca había fallado. Mostraba la hora de Londres y la hora de Chicago, lo que facilitaba el trabajo de Archie en horas de oficina cuando quería comunicarse con su tío.
Estaba tan cansado que le fue imposible determinar la hora; los números se movían y desaparecían delante de él como una mala broma. Se dirigió a la habitación principal en busca del consuelo que añoraba. No la despertaría. Si lo hacía, seguramente se levantaría para prepararle la cena y él todo lo que deseaba era abrazarla bajo las sábanas y disfrutar del calor de su cuerpo desnudo.
-Candy – la llamó cuando vio la cama vacía y perfectamente hecha. Sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. Él prefería encontrar la cama desarreglada, con cierta felina descansando sobre sus sábanas –. Candy – insistió mientras tocaba la puerta del baño. La abrió. El vacío que encontró en su departamento se metió en su cuerpo en forma de frío, un intenso frío.
Archie sacó su teléfono para buscar algún mensaje, pero no encontró ninguno. Entonces marcó el número de Candy y de inmediato lo enviaba al buzón, como si la llamada no pudiese completarse.
Intentó una segunda, tercera, cuarta, quinta, sexta, séptima, octava, novena, décima vez…
De pronto se detuvo. Tuvo un terrible Deja Vú. Se prometió que no llegaría a la vigésima. Así que dejó de llamarla para darle tiempo de que ella respondiera. Seguramente estaba exagerando y pronto ella llamaría o aparecería por la puerta contando alguna extraña historia de su teléfono descargado u olvidado.
Para las doce de la noche Archie ya había roto su promesa, ya había marcado veinte veces. Para la una de la mañana, había marcado cerca de cuarenta veces y para las dos de la mañana ya la estaba buscando en hospitales porque la policía le había dicho que volviera a su casa. No podían hacer nada antes de veinticuatro horas.
Llegó a su recámara con el alma acongojada. Se sentó en su cama y la deshizo para recostarse, suplicando al cielo que ella estuviera bien.
-Por favor, que no le haya pasado nada grave – en cuanto quitó la sábana, la nota de Candice apareció ante sus ojos. Los ojos de Archie volaron sobre el papel. El vuelo fue rápido porque ni siquiera había quince palabras para él. Solo una escueta y estúpida nota que no daba explicación alguna.
Archie se sentó en la cama y repasó una y otra vez la tal nota. Se la aprendió de memoria por tanto leerla. Sintió que el mundo se abría bajo sus pies, ¿por qué entonces era inmisericorde y no terminaba por tragárselo? Archie deshizo el nudo de su corbata y se lo quitó en un arrebato, sentía que se ahogaba. Necesitaba aire. Se negaba a ser débil de nuevo. Ella lo había dejado, sí, una vez más. Lo había abandonado, se había reído de él. ¿Por qué no lo había previsto? ¿Por qué había confiado en ella? Ya le había demostrado otras veces que había cosas más importantes que él en su vida, ¿Cómo es que lo había olvidado? La noche pasó torturando a Archie. Volvió a llamarla aún en contra de su voluntad. Marcó su número mil veces. Después destruyó el teléfono prometiéndose que no lo volvería a intentar, pero se vio tomando el teléfono residencial insistiendo por escuchar la voz que adoraba y odiaba, la que lo torturaba y lastimaba, sobre todo la que amaba.
-No, no, no – recapacitó en un momento de lucidez – aquí algo está muy mal. Ella no es capaz de mentir como lo hizo, algo no me cuadra.
-Claro que lo hizo, me mintió de nuevo, me abandonó.
-Debo llamarla, debo encontrarla, debo preguntarle…
-No volveré a buscarla. Ella se fue. Jamás volverá a mi vida, no se lo permitiré.
-Candy, vuelve, vuelve, vuelve…
-No quiero volver a verte, nunca… nunca… nunca…
-Grandchester, Grandchester, Grandchester… siempre Grandchester. Maldito Terry.
Archie se dio cuenta de que este no era el mejor momento para perder la cabeza. Tenía todos los problemas del mundo y no tenía tiempo para concentrarse en una gata que nuevamente lo abandonaba.
-Quiere irse, que se vaya… - espetó triste y decepcionado.
Ya la noche había pasado. Llegó la hora de empezar de nuevo. Se bañó y se puso su mejor traje. Tenía que enfrentar un duro día de trabajo. Buscó en su botiquín una milagrosa crema que desvanecía las ojeras, se refrescó y salió de casa dejándola sola… otra vez… sola.
Trató de concentrarse durante la mañana. Trató de no pensar, pero eso le era imposible. De pronto se levantó y cerró las persianas de su oficina. Se liberó de su corbata y tomó su florete preferido para empezar a hacer movimientos suaves y lentos al principio, incluso elegantes, pero poco a poco se tornaron en agresivos y muy pasionales.
Se torturó, aunque se negaba a hacerlo. Quería quitarse de la cabeza las imágenes de Candy en la cama de Terry. No deseaba que otras manos la tocaran, no deseaba que otros labios cubrieran sus senos, que otros dientes mordieran sus pezones, que otra lengua provocara sus candentes convulsiones. Se tornó agresivo hasta el punto que su florete se rompió con el contacto de una bella estatua de mármol que había estado en su oficina por años.
-¡Maldición! Candy… Candy… Candy… - por primera vez un par de lágrimas aparecieron en el bello y cansado rostro de Archie. Pero solo fueron dos. Él se apresuró a desaparecerlas, se había prometido no llorar.
-¿Archie, estás bien? ¿Archie? – era la preocupada voz de Paul del otro lado de la puerta. Sabía que su jefe estaba pasando por mucho estrés y de hecho, se preguntaba cómo es que hasta apenas ahora dejaba ver un poco de su frustración.
-No es nada, Paul – respondió como en un ensueño – necesito estar solo.
-Abre, Archie, necesitamos hablar, aquí está George. Dice que tú sabes de qué se trata.
Archie volvió a la realidad. ¿Valía la pena seguir preocupado por Candy? ¿Debía él seguir buscando la forma de cuidar de ella? Ya tenía muchos problemas, quizás debería quitarse uno de encima. Sin embargo, no podía. En su naturaleza estaba clavado el amor por Candice, y si él podía cuidar de ella, aunque fuera a lo lejos, en medio de su rencor, lo haría.
Se aseguró de esconder los pedazos de su florete y de que la estatua estuviera en la posición adecuada, después alisó su traje y peinó su cabello con sus dedos. Trató de sonreír cuando abrió la puerta.
-Buenos días, George, adelante – lo hizo pasar mientras daba instrucciones a su asistente – Paul, trae un informe de la limpieza del derrame; he estado tan ocupado con la renta de las plataformas que he descuidado el Golfo – su asistente le sonrió mientras aceptaba las instrucciones. Lo notó diferente, pero fue discreto.
-George, siéntate.
-Archie, esto será rápido – el hombre sacó su teléfono en busca de una cuenta bancaria con su inexpresivo rostro de costumbre –. Encontré un sombrero blanco dispuesto a trabajar para nosotros. Tiene experiencia criminalista, así que sabe exactamente de lo importante que es la discreción y comprende la delicada situación para lo que lo necesitamos. Es, como la mayoría de los hackers, se esfuerza por pasar desapercibido y está dispuesto a inmiscuirse en los equipos de Neal que estén conectados a la red. Esto es lo que cobra.
-¿Cómo le encontraste, George? – Archie tomó el teléfono de George para ver la cifra. Era una con muchos ceros.
-La Deep Web, ya lo sabes, Archie.
-¡Vaya! ¡Cuando Albert me dijo que confiara en ti, sabía lo que hacía! Yo jamás he estado ahí.
-Haces bien, Archie.
Archie analizó la cifra que tenía ante sus ojos y después de pensarlo un poco respondió:
-Me parece justo, George. Supongo que ya has ultimado todos los detalles.
-Por supuesto. Si lo que buscamos está en los aparatos electrónicos de Neal, él lo encontrará. Obviamente, si Neal tiene copias físicas, serán imposibles de rastrear. Él ya está trabajando en la búsqueda, estaba seguro que no escatimarías en gastos. Me dijo que tendremos resultados en un par de días.
-¿Tan rápido?
-Por supuesto, es un hombre muy eficaz. No requiere mucho tiempo, lo que sucede es que tiene algunos trabajos por delante y aunque le ofrecí más dinero dijo que no puede quedar mal a sus clientes – el hombre conocía muy bien a cada uno de los integrantes de la familia, de inmediato supo que algo andaba mal. Estaba entrenado para eso; descubrió el florete roto y frunció el cejo -. ¿Está todo bien, Archie? – George notó la ausencia del hombre frente a él.
-Sí, George – dijo sin mucho ánimo – encárgate del pago y trae personalmente el informe.
-Por supuesto, no será de otra manera.
Paul entró con el informe solicitado y George aprovechó para despedirse.
-Archie, deberías descansar, mira, creo que te mereces un poco de paz – Paul mostró los avances de la limpieza. El área contaminada había disminuido enormemente gracias al esfuerzo continuo de la fundación de Albert –. Los ambientalistas cada día se quejan menos al respecto. Estamos ganando terreno.
-Me alegro mucho, Paul. Te felicito.
-Gracias, jefe.
oOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOooOo
En Nueva York las cosas no estaban mejor para Candice. Extrañaba a Archie y desde que llegó del aeropuerto no había dicho ninguna palabra. Toda la tarde se había encerrado en la recámara de visitas y no salió en toda la noche, hasta esta mañana en que se había acurrucado en un diván.
Terry había ido a recogerla la tarde anterior tras recibir una extraña llamada. La conocía muy bien, sabía que algo guardaba, algo que le dolía.
Terry no se presentó a sus ensayos, aunque tenía importantes llamados. Ella lo necesitaba y quería apoyarla. Ella se había cansado de llorar y ahora dormía profundamente en el diván, no había cenado la noche anterior y esta mañana dijo que no se le apetecía nada, que prefería descansar. Estaba justo frente a un enorme ventanal con vista a Time Square. Terry se aseguró de quitarle las botas mientras que ella se movía algo inquieta. Fue hasta su recámara y trajo un bello tartán para cubrirla, estaba seguro que de haber estado despierta y haber podido elegir una manta, ella habría elegido el tartán tejido a mano por manos de artesanos escoceses.
Se sentó cerca de ella sin atreverse a tocarla, se conformó con contemplarla. Vio que lloraba mientras soñaba y secó con infinita ternura sus lágrimas. Nunca le había gustado verla sufrir. Se sentía muy molesto con Archie, estaba seguro de que ella sufría a causa de él. De pronto, los sentimientos que Archie había albergado hacia Terry por más de catorce años ahora se inmiscuían en el alma noble de Terry. Lo odiaba por hacerla sufrir y se odiaba a sí mismo por haberla hecho sufrir alguna vez.
Hizo un repaso de las últimas horas.
Ella lo había llamado cerca de las seis de la tarde del día anterior para pedirle que la recogiera en el aeropuerto. Terry también había cancelado sus compromisos para ir por ella, sentía su corazón latir estruendoso, ella lograba tal estado de algarabía en él que no pensó en nada más sino en que pronto la vería.
La vio aparecer con una maleta pequeña y con un bolso, con una sonrisa triste, tratando de no llorar. A él le pareció totalmente indefensa, como la chica del colegio a merced de Legan que tuvo que defender.
-¡Terry! – ella se lanzó a sus brazos. En realidad, representaba mucho menos edad de la que tenía, muchas chicas de veinte habrían querido tener su cuerpo y la jovialidad de su sonrisa.
Esta vez él se aseguró de recibirla efusivamente. La atrajo a su pecho y de pronto la sintió desvanecerse, perder su fuerza y sujetarse con urgencia a sus brazos. La tuvo así por un tiempo prudente hasta que ella fue dueña de sí misma.
-Gracias por venir, Terry – la sonrisa que apenas se dibujaba en el rostro de Candice lo conmovió profundamente.
-Ya te he dicho que puedes contar siempre conmigo, no lo agradezcas – tomó la pequeña maleta de las manos de Candice y le ofreció su brazo.
-Y dime, pecosa, ¿a qué debo el honor de tu visita?
-Voy a casarme contigo – respondió como si fuera lo más natural del mundo.
Terry la miró escudriñando sus verdes esmeraldas. Sí: Había determinación en ellas, era claro que Candice no mentía, no era una broma. Ojalá esos ojos le dijeran que lo amaban, ojalá ella sintiera las mismas cosquillas que él sentía con la sola idea… sin embargo, no. Él podía ver que nada de eso había dentro de ella.
-Muy bien, señorita Tarzán pecosa, entonces, vamos directo a la iglesia – Terry le sonrió con cariño mientras que lanzaba el desafío, quería ver qué se traía entre manos su extraña y por demás bienvenida visitante.
-¿A la iglesia? ¿Ahora mismo?
-Por supuesto. No creerás que te meterás a mi cama sin habernos casado. Lo siento, Candy, pero no soy un chico fácil – le sonrió con picardía.
-Sí claro, Terry. Eres un santo.
-Pues no soy un santo, pero a ti te quiero para siempre a mi lado. Y si Archivald se ha equivocado, no pienso dejar pasar la oportunidad. Así que a la iglesia vamos.
Terry no mentía. Tenía toda la intención de llevarla a la iglesia, aunque por supuesto que no tenía la intención de tomarle la palabra. La conocía muy bien. Sabía que estaba loca por Archie. En sus ojos no estaba aquél brillo con que lo miraba muchos años atrás, no estaba el entusiasmo, no estaba la esperanza. Ella estaba ahí, dispuesta a casarse con él, pero él no era una tabla de salvación. Jamás la tomaría ni como mujer ni como esposa si no encontraba en su mirada el amor que había sentido por él hacía tantos años atrás. La sentía temblar en sus brazos, pero no por amor, sino por temor. Cuidaría de ella, incluso la cuidaría de sí misma. Estaba profundamente enamorado y no permitiría que ella fuera infeliz.
-Archie – la escuchó susurrar. Volvió a la realidad, volvió a este diván en que ella descansaba y tuvo que secar una lágrima una vez más, esa amarga perla que se desbordaba por su mejilla y lo lastimaba más que una espada. La sangre le hirvió, supo que debía hacer algo.
En contra de todo lo que él jamás hubiese pensado, tomó el teléfono celular de Candy, vio que estaba apagado, así que lo encendió. Buscó el número de Archie, pero no fue necesario, comenzaron a llegar notificaciones de las más de cien llamadas que el joven enamorado había intentado hacer las últimas horas. Vio que ella no se había comunicado con él… lo pensó por unos minutos y después marcó el número desde su teléfono.
Archie vio un número desconocido llamarlo. Estaba tan cansado que no pensó en el origen de la llamada. Levantó el teléfono.
-¿Candy, eres tú? – Archie había decidido que no volvería a llenarse de rencor. Ya había perdido suficiente tiempo con su corazón enojado.
-Cornwell – el acento aristócrata del inglés se escuchó del otro lado de la línea.
-Grandchester – respondió con frialdad.
-Candice está conmigo.
-Lo sé.
-¿Qué le hiciste? ¿Qué sucedió? ¿Por qué sorpresivamente se presenta frente a mí y me dice que va a casarse conmigo?
-Supongo que algo debiste haberle dicho para convencerla. No te importó que fuera una mujer comprometida – Archie se sentía ofendido. ¿por qué rayos este actorcillo de quinta le pedía explicaciones?
-Archie – Terry cambió su tono. Supo que no lograría nada si no trataba de derribar la muralla que siempre había estado entre ellos dos, así que lo llamó por su nombre de pila. Lo haría por Candy –. Ella está en mi casa, pero no ha hecho más que dormir y llorar mientras te llama.
-¿Cómo dices? – por primera vez Archie dejó sus poses altaneras.
-Hablarte ha requerido de un gran esfuerzo de mi parte, Archie. Decirte la verdad aún más. No quiero que la pecosa sufra de nuevo. Ella ya ha sufrido bastante. Si es una mujer libre, yo estoy dispuesto a hacerla feliz, pero primero quiero saber la verdad.
-¿De qué verdad hablas?
-¿Por qué la dejaste ir? ¿No volverás a buscarla? ¿La dejarás en paz, si se queda conmigo? ¿Qué le hiciste? – Terry fue perdiendo el control –. Quisiera tenerte frente a mí para darte unas cuantas lecciones.
-¿Aleccionarme? Yo no le hice nada. La dejé en casa ayer por la mañana y todo estaba bien entre nosotros, de hecho, mucho más que bien.
-Entonces, ¿qué le ocurre? ¿Viene a mí con desesperación, con tu nombre en sus labios, diciendo que quiere casarse conmigo?
-Terry – Archie trató de mantenerse sereno. Nada de lo que Terry le decía tenía coherencia – dime la verdad, ¿qué piensas de Candy, es la misma que conociste?
Hubo un corto silencio en la línea. Archie empezaba a armar un rompecabezas. Saber que su bella gatita solo pronunciaba su nombre lo había tranquilizado.
Pero Terry había recibido un golpe de realidad de súbito. Muy en el fondo había tenido esperanzas de que lo que Candy hacía pudiera ser real. Encontró su voz y respondió prudentemente.
-No, Archie – aceptó con tristeza y preocupación – ahora que lo dices, la mujer que está dormida en mi diván no es Candy… es decir, no es la misma.
-¿Me harías un gran favor?
-¿Yo? ¿Un favor, a ti?
-Cuida de ella. Averiguaré qué es lo que sucede, te lo prometo. Ella… ella no está muy bien emocionalmente, ha tenido fuertes problemas.
-¿Puedo saber qué le pasa?
-No Terry, no puedo decírtelo. No debo. Solo debes saber que ella está inestable. Por favor, prométeme que cuidarás de ella – Archie se culpaba de haberla sacado de Great Can, ella estaba bien allá, ¿por qué no fue sincera con él?
-¿Hay algo que sí pueda saber?
-Solo protégela, sobre todo de mi primo. No dejes que Neal se le acerque, por favor.
-Eso es fácil.
-Terry – la voz de Archie sonó solemne – me alegro de que ella te tenga en su vida. Me alegro de que ella tenga la confianza de acudir a ti. Gracias, no sabes cuán importante es que ella esté segura.
-¿Qué es lo que pasa, Archie?
-La historia de siempre, Terry. Creo que Candy se está sacrificando una vez más, y me parece que esta vez es por mí.
-Archie – Terry sonó y resignado – no se lo permitas.
-Claro que no – en ese momento Archie advirtió –: Ella debe estar tranquila, debe creer que se está saliendo con la suya, Terry. ¿Entiendes?
-Entiendo.
-¿Estás dispuesto?
-Por supuesto. ¿Qué puedo perder?
Terry siguió contemplando a Candy por un largo rato, esperaba que el hambre la despertara pronto porque él estaba hambriento. Había pasado la noche cuidando su sueño y aún no desayunaba. Trataba de comprender cómo trabajaba la mente de Candice. Terry comprendía lo que era el sacrificio por quien amas. Cuando era muy joven había renunciado a su apellido para que Candice continuara en el colegio San Pablo, y eso había sido solo por amor. Con el tiempo había recuperado su lugar en la familia Grandchester, pero al final, lo importante era que por Candice él estuvo dispuesto a dejarlo todo. Aunque tenía que aceptar que aquella idea de abandonar a su familia era algo que él había estado pensando. De hecho, había discutido con su padre porque su madre le había escrito explicándole su deseo de vivir juntos. Sin embargo, Candy una y otra vez se había sacrificado. Primero por Annie, luego por Susana y ahora por Archie. No entendía muy bien a qué se refería Archie con las conclusiones que le había compartido, tampoco entendía por qué le había pedido que la protegiera de Neal.
-Ojalá venga por aquí un día de estos ese Legan, tengo ganas de darle su merecido.
Terrence trató de adivinar qué podría ser tan grave para que Archivald Cornwell se aliara con él.
-Seguro ha sido duro para él pedirme que proteja a Candy, me pregunto qué es lo que está sucediendo – sintió un vacío en su corazón. Ella era su punto débil. Había aprendido a vivir sin ella, pero eso no significaba que hubiese dejado de amarla. Si ella es feliz, él está bien.
Ella se movió incómoda en el diván, estaba sobresaltada en su sueño, empezaba a murmurar con miedo con voz apenas audible:
-No, Neal, no, por favor, por favor, por favor. Te lo suplico, no Neal – Candy estaba angustiada y Terry creyó conveniente despertarla.
-Candy, Candy, despierta – le pidió Terry tratando de no sobresaltarla, sin embargo, ella parecía no escucharlo. Estaba sudando. Él tocó su frente y descubrió que tenía fiebre.
– ¡No, Neal, he dicho que no, suéltame!
-Despierta, Candy, por favor, despierta – Terry la tomó de los brazos para sacudirla, estaba desesperado al verla sufrir tanto, sin embargo, las manos de Terry sujetándola con fuerza la angustiaron aún más.
-¡No…! ¡No quiero, no quiero! ¡No quiero! ¡suéltame, suéltame!
-Terry la liberó tan dulcemente como pudo. La angustia de Candice se había apoderado de él. Se sentía muy preocupado por ella y al mismo tiempo trataba de no pensar en cualquier cosa que Legan hubiese hecho con ella.
-Legan te lastimó, Candy – concluyó –. Me las pagará, te lo prometo, Candy.
En medio de su furia y frustración, Terry logró marcar el 911 y después volvió al lado de Candy. Ahora no se atrevía a tocarla, tan solo se aseguró de que no se lastimara en su delirio.
-No dejaré que lastimes a Archie, a él no. A él no. Me apartaré de él, pero no le hagas daño.
-Candy, Candy – la llamó con dulzura – despierta pecosa, no tienes que seguir sufriendo. Despierta, mi amor, por favor, despierta.
-Archie, Archie, escucha… él me obligó, él me obligó. Yo te amo, Archie.
-Sí, Candy, lo sé. Sé que él te obligó, no te preocupes, Candy – Terry intentó hablarle como si fuera Archie, imaginó que eso podría tranquilizarla mientras llegaban los paramédicos.
-Archie…
-Aquí estoy Candy, trata de descansar, no hables.
Candice se fue tranquilizando, sin embargo, la fiebre no se detenía. A Terry le pareció que los minutos eran horas. Los paños con agua que depositaba sobre su frente terminaban calientes en tan solo unos minutos. Tenía que cambiarlos con frecuencia.
-Maldito, Neal – Terry estaba sacando sus propias conclusiones, pero se negaba a darlas por hecho. Lo que estaba pensando era demasiado cruel, demasiado bajo.
Los paramédicos asistieron a Candy y la trasladaron al hospital más cercano. En el hospital los médicos le explicaron a Terry que la fiebre había sido causada por extremo estrés y que lo que les preocupaba era el cuadro de corazón roto que presentaba su colega.
-Si el estrés la ha llevado a que su cuerpo somatice el malestar en fiebre, entonces, ella debe estar bajo demasiado estrés – explicó el galeno –. Ella presenta ahora mismo miocardiopatía por estrés en el electrocardiograma. En algún momento de su vida, la doctora ha tenido una pérdida de función cardiológica súbita, causado por un agotamiento súbito. Seguramente la doctora ha pasado por intensos dolores emocionales en su vida – le explicó el médico – ¿La conoce desde hace mucho? Se lo pregunto porque por el momento no tenemos acceso a su historia clínica.
Terry no sabía qué pensar. Todo lo que el médico le estaba diciendo era como un sueño, como una pesadilla, una película que a él no le gustaba en lo absoluto.
-Sí doctor, la conozco desde hace tiempo – dijo apenas con un hilo de voz. Estaba temblando, pero trataba de controlarse.
-¿Sabe si ella sufrió al extremo la muerte de un ser querido? ¿Un hijo, un novio, un esposo? ¿Sabe usted si ella ha tenido que separarse de súbito de alguien a quien haya amado mucho? ¿Es divorciada? ¿Ha tenido algún desaire amoroso?
Terry no quería aceptar la respuesta positiva de varias de las preguntas que el médico le estaba haciendo. Así que decidió indagar:
-¿Cómo sabe que la miocardiopatía es por estrés, doctor?
-Bueno, es sencillo: Las coronarias están bien – el médico le ofreció una silla porque lo vio palidecer – ¿está usted bien, señor Grandchester?
-Sí. Sí doctor – Terry trató de ser fuerte, odiaba pensar que aquélla tarde en las escaleras, el corazón de su pecosa había perdido una pequeña parte de su función. Susana había perdido su pierna, y Candy… Candy había perdido una parte de su corazón, literalmente.
-¿Entonces, señor Grandchester? ¿Puede ayudarnos? ¿Usted sabe si la doctora Andrew ha tenido semejante estrés?
-Sí. Sí doctor, ella lo ha tenido – ya no se atrevió a decir más.
-La doctora es fuerte. La fiebre está controlada, seguramente querrá verlo cuando despierte, vaya con ella. Lo que nos preocupa es la posibilidad de un infarto al miocardio, puede ser mortal. Hizo bien en no tratar la fiebre por usted mismo; habría disminuido y no habríamos descubierto el peligro potencial de infarto. Si hay alguien de quien ella tenga que despedirse debe llamarlo.
-¿Está seguro de lo que me dice?
-Créame, señor Grandchester, lo mejor que puede hacer ante eso es tener a quienes le aman con ella. Ojalá que no se presente; pero todos los síntomas anuncian la posibilidad. De tener un infarto, no sabemos si sobreviva aunque cuando usted cruce esa puerta la vea bien y sonriendo.
-De acuerdo.
-Tengo otros pacientes que debo atender, pero usted debe saber que estaré pendiente de mi colega. La doctora estará en observación las siguientes veinticuatro horas, después de eso, la amenaza actual habrá pasado, aunque eso no significa que no permanecerá latente hasta que un nuevo estrés aparezca.
-Gracias.
El médico se alejó y Terry tuvo que tomar valor para llamar de nuevo a Archie.
Terry había perdido la noción del tiempo, así que tuvo que mirar su reloj. Aún faltaba un par de horas para el medio día, tenía que apresurarse. Se había olvidado de que no había probado bocado durante la mañana.
-Cornwell – lo saludó tratando de encontrar las palabras adecuadas.
-¿Qué pasa, Terry? – A Archie le sorprendió una segunda llamada en menos de una hora.
-Tienes que venir inmediatamente. Candice está en el hospital San José, es en Broadway. El médico dice que se quedará en observación porque presenta riesgo de infarto al miocardio, me pidió traer a su familia, parece que las posibilidades son muy altas.
-No cuelgues, Terry – Archie sintió que desfallecería. Su corazón brincó y todo él perdió el equilibrio por un momento. Sacó fuerza de su interior y se incorporó de inmediato.
-¡Paul, Paul! – Archie se olvidó de toda etiqueta de oficina y llamó a gritos a su asistente mientras que él corría hacia el elevador.
Paul lo alcanzó de inmediato. Supo que Archie lo llamaba como amigo, no como su empleado. No preguntó nada para no interrumpir la llamada de Archie.
-¿Qué sucedió, Terry? – Archie había perdido su color, pero trató de prestar atención a lo que decía Terry. Tuvo que recargarse en un pasamanos del elevador para no caerse mientras la voz de Terry explicaba lo que pasaba.
Paul prestó atención a la conversación de Archie y tomó sus propias conclusiones. Presionó los botones para ir hacia el techo del edificio donde siempre había un piloto de guardia para el helicóptero y usó su teléfono para pedir que la avioneta estuviera lista con urgencia. Archie subió al helicóptero y ni siquiera recordó que las manos le sudaban. Paul siguió usando el teléfono para localizar a Albert, sin embargo, no tuvo éxito. Decidió llamar a George y él le contestó de inmediato.
- Concéntrate en las instrucciones de Archie, Paul. Yo me encargo del señor William.
Pero Paul ya no recibió ninguna instrucción. Había tomado notas mentales durante la conversación telefónica. Se aseguró que un auto estuviera esperándolos en el hangar Andrew para trasladarlos de inmediato al Hospital San José. Incluso, habló con el chofer para asegurarse de que eligiera la ruta más rápida. Fueron dos horas de vuelo y una hora más en auto para llegar el hospital.
Archie llegó al hospital un poco después de la una de la tarde. Encontró a Terry en el pasillo, tenía la cabeza escondida entre sus brazos sobre sus rodillas.
-Terry – Archie tuvo mucho miedo. Terry levantó la vista, se notaba que había estado llorando.
-El médico acaba de salir – explicó mientras señalaba el cuarto – dijo que la sedaría porque las posibilidades de infarto aumentaron y quieren mantenerla tranquila. Me sacó del cuarto, dijo que estaba demasiado angustiado y que eso le hacía daño. Parece que no soy bueno para cuidarla.
-¿Puedo pasar? – la angustia en el rostro de Archie no era menor a la de Terry, por supuesto.
-No lo sé. Pregúntales a ellas – Terry señaló la estación de enfermeras.
-¿Quién es usted? – la enfermera lo miró con desconfianza. La salud de su paciente era su prioridad.
-Soy su prometido.
-¿Su prometido? – la enfermera miró a Terry con curiosidad. Pero vio que él no lo desmentía, así que lo dejó pasar.
-Aquí tiene señor Grandchester – Paul le extendió un vaso con café que había comprado para ellos en una máquina.
-No, gracias. Necesito un cigarrillo.
-Vaya… yo esperaré aquí a Archie.
-No – Terry sonrió con nostalgia mientras tiraba a la basura su última cajetilla.
Cuando Archie entró al cuarto de Candy la encontró profundamente dormida. Estaba tranquila. Su respiración era bastante acompasada, aunque tenía puesto oxígeno. La tomó de la mano, le acarició el cabello y besó su frente. De verdad adoraba a esa mujer.
El cuarto estaba obscuro, sin embargo, Archie se sintió más tranquilo cuando estuvo a su lado. Se sentó muy cerca de ella y recargó su peso sobre la cama. Sentía tanta necesidad de abrazarla que ni siquiera él era capaz de distinguir cuánto. El tiempo pasó lento en el silencio del hospital. Archie no podía dejar de darle vueltas al asunto, su mente revoloteaba de un lugar a otro. Comenzó a buscar en línea información sobre el síndrome del corazón roto y se turbó ante la obvia realidad. Pasó mucho tiempo leyendo publicaciones médicas al respecto, más que nunca amaba y admiraba a esa mujer fuerte que sonreía escondiendo sus penas.
-Señor, Cornwell – el médico lo llamó a media voz desde la puerta invitándolo a salir con él al pasillo.
Archie se levantó a regañadientes, lo único que deseaba era separarse de Candy. Besó su frente con cariño y salió tratando de no perturbar su descanso. Miró al médico con interés una vez que estuvo fuera del cuarto. Terry y Paul también se habían acercado para escuchar.
-Señor Cornwell, la doctora estará sedada varias horas más, me parece que pueden ir y descansar un rato.
-Estoy bien, doctor, prefiero quedarme con ella.
-Me gustaría hablar con ustedes sobre los cuidados que requerirá – el tono del doctor alertó a Archie. Se preocupó demasiado –. No es mi intención indagar en su vida privada, sin embargo, debo advertirles que es necesario que eviten estresarla, angustiarla, preocuparla. Averigüen qué es lo que la llevo a ese nivel de estrés y por favor, eliminen el factor. Para mí lo más importante es mi paciente y no permitiré que ella corra peligro. Supongo que también para ustedes es lo más importante.
-Por supuesto – el único capaz de continuar con cordura fue Paul. Fue el único en responder.
-Cornwell, creo que no deberías acercarte a ella por el momento.
- ¿Tú me lo vas a impedir?
-Sí. Si es necesario, lo haré.
-Basta ustedes dos – Albert caminó con toda la clase del mundo por el pasillo – tienen más de treinta años y siguen comportándose como chiquillos colegiales.
-Permíteme diferir hoy contigo, Albert. Si ese fuera el caso no habríamos colaborado juntos en favor de Candy – Terry clavó los ojos en su amigo sin darle la bienvenida, tenía otras cosas en qué pensar. Miró el reloj y vio que eran casi las diez de la noche.
-Vamos a cenar algo, estoy seguro que ninguno de ustedes ha comido.
-Yo ya comí, señor Andrew. Puedo quedarme aquí.
-Gracias, Paul.
-Yo no me moveré de aquí, nada me apetece – gruñó Archie.
-Yo tampoco tengo hambre.
-No les pregunté si quieren ir a cenar, necesitamos hablar y no será en el hospital – la voz de mando de Albert fue tal que ni Archie ni Terry pudieron volver a negarse – George, quédate con Paul.
-Seguro – el rostro de George era de completa preocupación. Amaba a Candy; no estaba de acuerdo en que una mujer como ella sufriera tanto. Esperaba que William pudiera hacer algo. Sabía lo que su jefe sentía por Candy. Había dejado todo por atravesar el Atlántico tan pronto la supo grave. Voló las más de siete horas completamente desesperado por llegar, según le dijo el piloto del jet.
George había reservado un privado en un lujoso restaurante en la misma avenida. El olor de los alimentos estimuló el apetito de los caballeros. Era imposible esconder el cansancio físico y emocional por el que atravesaban. Para Archie, los problemas de la limpieza del Golfo y el candado a sus plataformas pasaron a segundo plano. Ahora, en todo lo que podía pensar era en asegurarle a Candice que ya Neal no tenía poder sobre ella, que las fotografías habían sido destruidas. Cenaron más a prisa de lo normal y después comenzaron a desenredar la situación.
Archie y Terry compartieron sus propias historias para tratar de armar el rompecabezas. Lo único en lo que estaban de acuerdo era que Candice trataba de proteger a Archie, pero no comprendían de qué. También estaban seguros que esa idea de Candy de decirle a Terry que había venido a casarse con él, era solamente una forma de ella de poner distancia con su prometido y eso era lo que menos les cuadraba. ¿Quería protegerlo alejándose de él? ¿Por qué? La historia del delirio de Candy aclaró las cosas: Neal. En su delirio ella le pedía que no lastimara a Archie y le decía que se alejaría de él.
-¿Ahora comprendes, Archie? – Albert apretó los puños con enojo, sus ojos eran como los de un león enjaulado –. Te está protegiendo. Debemos averiguar de qué.
-Es obvio que te protege de Neal, Cornwell. ¿Qué puede ser? ¿Qué daño puede hacerte esa sabandija? Andas en negocios chuecos y él lo sabe, ¿verdad?
-Haré de cuenta que no dijiste nada, Grandchester solo porque creo que te has acercado.
-¿Tío, lo crees capaz de ponerme una trampa? Nunca había tenido problemas en los negocios. Cornwell Petro ha estado a la vanguardia en la petroquímica por años… esto no me cuadra – el rostro de Archie era de completo análisis - ¿me comprometo con Candy y de pronto los negocios van mal, Neal aparece en mi vida después de años de no verlo y Candy tiembla por su causa?
-Después de lo que sabemos que hizo, ¿todavía preguntas de lo que es capaz, Archie? Me parece que ya tienes la respuesta: Todo se trata de Candy. Todo esto por ella. Me parece que Neal no puede verla feliz.
-¿Me quieren decir qué es lo que sucede? ¿Por qué Candy le teme a Neal?
-Él siempre la molesta, eso es todo, Terry.
-No me mientas, Albert. Escuché el delirio de Candy y no me gustó lo que dijo. Su miedo, el temblor de su cuerpo… ella estaba aterrada – Terry ya había armado su propio rompecabezas – no hagas que me imagine lo peor, Albert.
Archie y Albert se miraron mutuamente con suma tristeza y consternación. Archie no se atrevió a decir nada, la miel en sus ojos se había nublado, escondió su mirada indignado, con repudio. Los zafiros de Terry fueron de uno a otro y sacó sus propias conclusiones. Se recargó por completo en la silla sintiendo como sus fuerzas lo abandonaban.
-Lo voy a matar – murmuró –. Lo voy a matar Albert – dijo para después estallar en una serie de reclamos –. No puedo creer que ambos estén aquí tan tranquilos después de saber lo que le hizo a Candy.
-¿Tranquilos? ¿quién está tranquilo? – hasta aquí había llegado el autocontrol de Archie. Se fue a la basura, necesitaba explotar de una vez por todas. Sus ojos se incendiaron, su figura se irguió delante de Terry, acercó su rostro amenazante y lo enfrentó.
-Tranquilízate Archie – lo retó Albert, pero sin moverse un centímetro de su silla.
-Estoy cansado de estar tranquilo. Debimos acabar con esa alimaña desde que nos enteramos. Escúchame Grandchester, si no lo hemos hecho es por ella, por Candy. Porque necesitamos recuperar las pruebas de su cobardía antes de enviarlo a la cárcel. Es con esas pruebas que amenaza a Candy, es con esas pruebas que la obliga a hacer lo que él quiere.
-¿Y quién habla de enviarlo a la cárcel, Cornwell? Yo lo mataré con mis propias manos ya que no eres capaz de defenderla – Terry se levantó para tener su mirada a la misma altura que Archie.
-Tú no matarás a nadie, Terry – lo reprendió Albert – ¿qué es lo que quieres? ¿de paso terminar de matar a Candy por no poder controlarte?
-Siéntense los dos – los hombres continuaron de pie, el uno amenazando al otro con su mirada – ¡Ahora! – gritó Albert –. Es increíble que sigan comportándose así. Si se dieran una oportunidad descubrirían que tienen muchas cosas en común y podrían ser grandes amigos. Pero no: Prefieren pelear y mortificar a Candy con su infantil comportamiento. Maduren, por favor.
Era obvio que Albert también había explotado. Jamás les había hablado así.
-Archie, me parece que tu plan inicial es lo mejor.
-¿Mi plan?
-Sí. Debemos hacer creer a Candy que se está saliendo con la suya para no alterarla. Si sabe que viniste va a preocuparse. Recuerda que se alejó de ti para protegerte.
Archie guardó silencio, no le gustaba la idea en lo absoluto. Él había hecho la propuesta antes de que Candice decayera, ahora lo único en lo que podía pensar era en estar con ella.
-Archie, solo serán unas horas – la voz de Albert ahora sonaba conciliadora – mientras que el sombrero blanco hace lo suyo. Le pediré a George que intente persuadirlo una vez más para acelerar su trabajo.
-De acuerdo.
-Terry, tú…
-Lo sé, Albert – respondió aún con la emoción a flor de piel – yo le haré creer que me casaré con ella. ¿Y qué harás tú, Albert?
-Yo… - el magnate suspiró – lo mismo de siempre: seré su amigo y le ayudaré a sonreír. Creo que eso es lo que necesita.
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Malinalli, 21 marzo 2018. Torreón, Coa, Mex.
