Hola gente. ¡Feliz Semana Santa con-retraso-de-un-día!
Que nadie crea que os he abandonado (de nuevo). Sencillamente pasa que estos meses pasados han sido absolutamente horribles y agotadores, cargados de cosas que hacer y noches de estudio sin dormir. Precisamente ha sido esta misma semana pasada cuando al fin me he visto libre para dedicarme por completo al fic. ¡Gracias a Dios! …literalmente. Me voy a responder reviews. ¡Chao, chao!
•Capítulo 14
•En busca de soluciones
El día de su séptimo cumpleaños fue cuando Marluxia descubrió que todas las personas eran manipulables y absolutamente predecibles.
Se trataba de una ocasión, por decirlo de alguna manera, especial en la que acudió una gran parte de su familia, así como una pequeña porción de sus amigos más cercanos, al menos todo lo cercano que uno podía llegar a ser con siete años recién cumplidos. Tampoco cabe lugar para una gran cantidad de detalles minuciosos dedicados a narrar con absoluta exactitud todo lo ocurrido durante el evento, pues basta y sobra decir que fue precisamente una de esas personas fugaces en su vida y cuyo nombre muy probablemente nunca lograría recordar, la que logró abrirle los ojos al pequeño, haciéndole ver finalmente la gran posibilidad de control que uno podía, a través del maneje de unos hilos invisibles entretejidos con gran cuidado y dedicación, tener sobre la gente de su entorno, siempre para lograr absolutamente todo lo que uno quisiera con tal de satisfacer los propios caprichos. ¿Por qué tener que seguir soportando a la mujer de su tío, cuando podía sencillamente hacer que él mismo la echase por su propio pie? ¿Por qué sus padres no podían darle una paga mayor, aun cuando él sabía que se lo merecía? ¿Y por qué Zexion no parecía querer tener relación alguna con Demyx, cuando era evidente que el chico le caía bien?
Y fue entonces desde ese momento en el que Marluxia empezó a considerar su vida como algo absolutamente programado. Para él nada de lo que hacía solía estar destinado a fallar. O en su defecto, a salir de una manera diferente a la esperada. Jamás dejaba nada al azar. Por supuesto había habido momentos a lo largo de esos dos siglos que esos hechos aparentemente controlados habían parecido tomar un cauce diferente al esperado en un primer momento, siempre causado, por supuesto, por alguna fuerza externa e impredecible que tendía a tomar forma de eso a lo que llamaba "amigos". Lo maravilloso es que aun con todo esto, sin embargo, todo terminaba volviendo a tomar la forma que debía ser desde un buen principio. Es decir, la suya.
Era absurdo buscar ejemplos de ello, pues toda su vida era por sí sola un hecho controlado. Nunca había habido ninguna excepción.
Nunca.
Y por supuesto, esos dos no eran la excepción.
No le importaba lo más mínimo la insistente negativa de Demyx, la falta de fe de Sora o el rechazo de cualquier escéptico conocedor de la situación. Era algo evidente que una vez más las cosas parecían estar yéndosele de las manos, pero eso no tenía por qué significar su derrota.
¿Que Axel ya no le hablaba?
¿Que ambos estaban al corriente de todo –¿todo? ¡ja!– su plan?
¿Que era absolutamente imposible que ninguno de los dos cediera y aceptara sus verdaderos sentimientos?
Nada era definitivo todavía. Aun había esperanza.
¿Por qué sino iba a estar Axel plantado ante su puerta en ese momento?
Hayner observó atentamente a Roxas. Llevaban un rato ya sentados en una de las mesas de la cafetería del campus sin siquiera hablar. Hasta hacía apenas media hora, y siguiendo con una rutina la cual llevaba repitiendo todos los días desde hacía ya una semana, Roxas había estado metido en la biblioteca, estudiando, sin mostrar el más mínimo interés por salir. El primer día Hayner lo había dejado estar, alegando que el chico tendría demasiados exámenes para los que prepararse. El segundo, pese a sus quejas, volvió a darle un margen de tranquilidad. Sin embargo, tras el tercer y cuarto día no tardó en darse cuenta que el chico realmente tenía pensado pasársela encerrado en el edificio de manera casi permanente. Casa, clases, biblioteca, casa. Si eso era algo normal, entonces él no se llamaba Hayner.
Y ahí estaban ahora. Si bien en un principio el rubio se negó en rotundo, finalmente había logrado arrancarlo de la dichosa biblioteca para respirar un poco de aire puro. O aire de cafetería, para el caso. Tras eso le había intentado dar conversación casual que lo distrajese un poco de lo que fuese que le estuviese molestando. Pero ni así, con todo eso, el chico apenas se molestó en hablar.
Era realmente exasperante.
—Entonces… —empezó de nuevo, llamando su atención—. ¿No me vas a decir por qué has dejado tu trabajo?
Roxas lo miró de reojo por unos segundos. Era evidente que no quería estar ahí, y ni siquiera se cortaba en demostrarlo. Suspiró con cansancio.
—Ya te lo he dicho. No me pagaban lo suficiente. ¿Cuántas veces más voy a tener que decírtelo? —preguntó, distraído, en lo que daba un trago a su bebida y miraba a su alrededor con desinterés. Hayner bufó.
—Depende. ¿Cuántas veces más me vas a mentir?
—¡No miento! —exclamó, volviéndose hacia él por completo con un evidente ceño fruncido, golpeando la mesa con el vaso.
—Y yo te creo —murmuró el otro, irónico. Se reclinó en su silla, mirándolo inquisitivamente, a la espera del más leve atisbo de duda. Finalmente se encogió de hombros, decidiendo dejarlo estar.
De pronto la puerta de entrada se abrió. Si bien Hayner ni se inmutó ante esto, no ocurrió lo mismo con Roxas. Éste se volvió a mirarla bruscamente, prácticamente dislocándose el cuello en el proceso. Sin embargo, al ver que no se trataba más que de un par de desconocidos, volvió de nuevo a su bebida tal y como si no hubiese pasado nada, tomando una vez más esa apariencia de absoluta tranquilidad.
Hayner alzó una ceja ante esto.
Empezaba a entender de algún modo la situación. El rubio se la había pasado alerta prácticamente desde el mismo momento en el que habían entrado en la cafetería. ¡No! Desde el instante en el que puso un pie fuera de la dichosa biblioteca. Era bastante más que evidente que aquí pasaba algo. Y no tenía intención de permanecer más tiempo en ascuas.
Por ello, con un movimiento rápido e imprevisible que habría dejado en evidencia a cualquier ninja del siglo XV, le arrancó el vaso de las manos, atrayendo así su atención por completo.
—¡Oye! —le replicó el otro, intentando en vano recuperarlo. Hayner lo alejó de él, ceñudo.
—Muy bien. Si no quieres decirme lo del trabajo no me lo digas —murmuró, dejándolo fuera de su alcance, sin quitarle los ojos de encima—. Pero al menos respóndeme a esto: ¿a quién intentas evitar?
Roxas entrecerró los ojos ante el comportamiento de su amigo.
—No digas tonterías. ¿Por qué iba yo a querer evitar a nadie?
Hayner soltó una carcajada burlona.
—Oh, no sé. ¿Quizá porque llevas como una semana entera encerrándote en la maldita biblioteca, lejos de la gente? Y claro, por no mencionar el ataque al corazón que te ha dado ahora mismo, justo cuando ha entrado alguien. ¿Quién creías que era? —preguntó, mordaz.
—Nadie —respondió bruscamente, cruzándose de brazos—. ¿Qué pasa? ¿Ahora se me prohíbe mirar a la gente?
—Tú nunca miras a la gente, Rox. Nunca miras a nadie. —Rodó los ojos—. En serio, ¿se puede saber qué demonios te pasa? Espera… —Se inclinó hacia él, escrutándolo con la mirada—. No será por Axel de nuevo, ¿verdad? —preguntó, con lo que a Roxas le pareció cierto tono receloso. El rubio sintió un vuelco al corazón al oír ese nombre. Apretó fuertemente los labios, gesto el cual no pasó desapercibido para su amigo.
—Vamos, ¿y a ti qué más te da? —replicó, evasivo.
—¡Me preocupo por ti, imbécil! —exclamó. Soltó un bufido, desviando la mirada en dirección contraria—. Últimamente estás raro. Prácticamente desde que te mudaste al piso nuevo, diría yo…
Roxas frunció el ceño con evidente confusión.
—¿De qué hablas? —preguntó.
—¡Pues que pasas más tiempo con Axel que conmigo!
—¿Más tiempo? —murmuró—. ¡Será porque lo tengo viviendo justo debajo!
—Yo también tengo vecinos, Roxas. Pero no los tengo a mi lado las veinticuatro horas del día, ¿sabes? —replicó, con desdén—. Joder, ni que te gustase…
Ante esto Roxas no pudo más que parpadear incrédulo, mirándolo prácticamente como si le hubiese hablado en otra lengua. Un rubor se arrastró hasta sus mejillas en cuanto las palabras de Hayner tomaron sentido en su cabeza.
No tardó en reaccionar.
—¡P-por supuesto que no me gusta! ¡Además, no estoy con él las veinticuatro horas del día! ¡Precisamente…!
—Dilo otra vez. Quizá te lo creas —lo cortó el otro, cruzándose de brazos y mirándolo ceñudo.
Roxas lo miró fijamente, atónito y boqueando, intentando en vano encontrar alguna réplica que pudiese sacarlo de esa situación. No lo logró, por lo que sencillamente decidió dejarlo ahí.
—Está bien. Me voy ya —soltó rápidamente, levantándose de golpe sin siquiera atreverse a mirar a su amigo—. Mira, Hayner, no tengo tiempo para tus paranoias. Tengo cosas más importantes que hacer…
—¿Como encerrarte en la biblioteca y no salir de ella hasta la noche? —murmuró el otro, sarcástico. —Roxas decidió simplemente pasarlo por alto. Y tras lanzarle una última mirada cansada, atravesó la cafetería sin decir palabra y se marchó.
Sería estúpido afirmar que Marluxia no sabía por qué el pelirrojo estaba ahí. Conocía a su amigo –¿o ex amigo?– demasiado bien como para no hacerse una leve idea de su corriente de pensamiento. Apenas habían pasado unos días desde el momento en el que decidió proclamar de esa manera tan dramática más propia de él que de sí mismo que no tenía intención de seguir con su amistad. Y sin embargo sabía que no estaba ahí precisamente por eso. Cuando le había abierto la puerta no había visto en él ningún tipo de expresión de remordimiento o culpa. En realidad era bastante más probable que siguiese enfadado con él. Y sin embargo ahí estaba.
¿Por qué?
Sonrió.
Porque él –Marluxia– lo había querido así.
Así pues, lo primero que hizo nada más abrir la puerta y divisar tras ella al pelirrojo fue mostrar la falsa expresión de sorpresa que había estado ensayando precisamente para la ocasión. Axel se mostró receloso y muy, muy cauteloso cuando entró en su piso, pasando junto a él sin decir palabra. Con una sonrisa, Marluxia cerró la puerta y fue tras él.
—Así que ahora vuelves a hablarme —preguntó, minutos más tarde, en lo que se acomodaba en el sofá, justo al lado contrario al suyo. Axel lo miró de reojo, cruzado de brazos en una posición completamente a la defensiva.
—Puedes tomártelo de esa manera, si te hace ilusión.
—Está bien, está bien. Todavía algo afectado; y sin embargo estás aquí. ¿A qué debo el placer de tu visita? Oh, por cierto, ¿te apetece algo de tomar?
—No.
—Tú mismo. Pero yo sí. —Y dicho esto, se levantó y caminó con absoluta naturalidad en dirección a la cocina. Pudo sentir la mirada de su amigo clavada en su espalda durante todo el camino, sin embargo decidió dejarlo pasar.
Cuando volvió de nuevo, esta vez con una lata de refresco, decidió tomar asiento en el sillón contiguo al sofá, lo que le permitió, para su desagrado, una visión mucho más amplia del pelirrojo, hecho el cual el aludido no se molestó en ocultar.
—¿Por dónde íbamos? —preguntó, abriendo la lata y tomando un pequeño sorbo—. Oh sí, tu inesperada visita. Menuda sorpresa me has dado. Qué alegría verte. ¿Me cuentas por qué o tengo que adivinarlo yo?
Axel se removió incómodo, gesto que no pasó desapercibido para el dueño del lugar.
—¿Adivinar? ¿Y por qué no suponer que he venido simplemente a hacer las paces contigo? —Marluxia sonrió irónico y negó con la cabeza con falsa decepción, dejando la lata en la mesilla junto a él.
—¿En serio, Axel? ¿Te apetece irte por las ramas? ¡Está bien! Te seguiré el juego. —Se reincorporó, apoyándose contra el reposabrazos del sofá y cruzando una pierna sobre la otra—. Verás, sé con bastante certeza que no has venido a disculparte ni nada de eso. Simple: te conozco. Vamos, chico. ¿Cuántas veces te has disculpado tú en toda tu corta vida? —le cuestionó. Alzó una ceja, sin dejar de sonreír. Al ver que el pelirrojo no tenía intención de soltar palabra –demasiado ocupado intentando dar con una respuesta convincente que no lo dejase por los suelos–, decidió continuar, respondiendo él mismo—. Nunca —concluyó—. Y obviamente esta no iba a ser la excepción, ¿o me equivoco?
Axel lo miró ceñudo, todavía cruzado de brazos, y sin embargo algo más relajado, probablemente tras comprobar que el chico no parecía sentir ningún tipo de rencor hacia él. El cinismo de siempre seguía ahí. No había cambiado en absoluto. Seguía igual de insoportable.
—…Tan creído como siempre —murmuró con cansancio, ladeando la cabeza sin quitarle la vista de encima.
—Me tomaré eso como un "no". —El otro se encogió de hombros, quitándole importancia al asunto, e inmediatamente volvió su mirada hacia él. Axel notó el cambio al instante. El brillo en sus ojos lo delataba—. Tú has venido por Roxas. ¿No es así?
Axel abrió la boca para replicar y muy probablemente para negar por completo semejante estupidez, así como para cuestionarle el cómo demonios se le podía haber ocurrido siquiera pensar en una tontería como esa cuando era evidente que él estaba ahí por un motivo absolutamente diferente a ese, pero Marluxia se le adelantó.
—Ni te molestes en negarlo, querido. No va a colar. Es evidente que ese es el motivo por el que estás aquí. Vamos, ¿para qué seguir posponiéndolo? —Lo señaló, acusador, borrando momentáneamente la sonrisa que había estado luciendo hasta entonces—. Mi tiempo es oro. Ni se te ocurra pensar en gastarlo a lo tonto, pirómano cobarde. Y ahora dime exactamente lo que está pasando por esa cabecita tuya antes de que me canse y te eche a patadas de aquí. —Para bien o para mal, esta diatriba logró su cometido a la perfección, pues Axel ni se molestó en replicarle o negarle nada. Al contrario, pensó Marluxia. Era el pequeño empujón que necesitaba para hacerlo empezar a hablar.
Y así lo hizo.
No entendía por qué Hayner se ponía así.
Era cierto: sí, estaba evitando a Axel, ¡no a él! ¿Desde cuándo le importaba cómo se comportaba o dejaba de comportarse? Encerrarse en la biblioteca era una de las salidas que había tomado para asegurarse no encontrarse con el indeseado. No tenía absolutamente nada que ver con él. Sencillamente había decidido esforzarse de verdad, poniendo absolutamente todas sus fuerzas en ello. Sí, había tomado la decisión de dejar su trabajo en la librería, pues sencillamente sabía que no sería capaz de volver allí después de lo ocurrido. Y no solo eso. También sabía que el haber hecho eso había sido un acto de lo más absurdo llevado a cabo en un momento en el que no pensaba con claridad. Claro que se arrepentía. Sora seguía sin molestarse buscar trabajo, y ahora él se vería con la necesidad de encontrar uno cerca de su casa y que encajase con sus horarios lo antes posible. Antes de quedarse sin dinero, concretamente.
Sin embargo, y hasta entonces, haría todo lo posible por no verle la cara en un tiempo. No podía. ¿La biblioteca? Un escondite perfecto.
Así pues, volvió a atravesar de nuevo esa parte del campus que separaba su facultad con la cafetería a la que Hayner tanto había insistido en llevarle para llegar de nuevo al lugar. Un rápido vistazo a su reloj que confirmó que todavía le quedaban un par de horas más para volver a su casa, por lo que podría matar el tiempo en uno de los ordenadores de la biblioteca buscando trabajo.
Esa era su intención, por su puesto. Lo malo es que su suerte no iba a estar de su parte ese día.
—¿Roxas? —Siguió caminando. En realidad ni siquiera sabía quién demonios le había hablado. No es que le hubiese ignorado a propósito ni nada de eso, era sencillamente que en ese momento su cabeza no estaba donde debía de estar. Y sin embargo, la voz volvió a llamarlo por su nombre—. ¡Roxas, espera!
—¿Quién…? —murmuró, volviéndose a mirar por encima de su hombro. Al divisar a la persona –y comprobar que no se tratase de ningún pelirrojo indeseable– se relajó automáticamente—. Oh, hola Naminé…
—¿Distraído? —preguntó la chica, plantándose ante él con una sonrisa.
—Un poco —respondió él, correspondiéndole el gesto de manera algo más vaga—. Lo siento, estaba pensando en mis cosas…
—Y esas cosas no tendrán que ver por casualidad con Axel, ¿no?
—¿Qué?
—Nada, olvídalo. —Negó rápidamente con la cabeza, dejándolo estar—. ¿Ibas a algún sitio?
—Eh… Pues, sí… —respondió, algo indeciso. Miró a su alrededor con cuidado, más que nada para asegurar que nadie más lo hubiese reconocido—. ¿Querías algo?
—La verdad es que sí. Pero antes, ¿te apetece ir a la cafetería?
Roxas se volvió de nuevo hacia ella. Cafetería. Hayner. Mal.
—Eh… —Se mordió el labio inferior en lo que intentaba encontrar alguna buena excusa para rechazarla sin parecer un imbécil desagradecido—. B-bueno, en realidad vengo de allí. Iba a la bib-
—¡Oh!, no importa. Podemos ir a otro sitio. —La chica volvió la vista hacia algún punto lejano a su derecha, tal y como si sus ojos fuesen capaces de ver más allá de las paredes que los rodeaban—. ¿Qué te parece el parque de aquí al lado? Vamos dando un paseo. Solo quería hablar contigo sobre algo.
Roxas la miró reticente, sin embargo, tras pensarlo un par de segundos aceptó.
—Está bien —dijo, encogiéndose de hombros—. Tampoco tenía nada que hacer, supongo…
—¡Bien! ¿Vamos?
Y dicho esto, ambos se pusieron en marcha, cambiando el camino en dirección a la biblioteca por uno en dirección a la salida más cercana del edificio. Si bien fueron uno al lado del otro, fue Naminé la que dirigió por completo el paso, algo de lo que Roxas no se quejó en ningún momento. Y siguieron hablando, manteniendo, sobre todo por parte de la rubia, una conversación agradable y absolutamente trivial sobre cosas al azar. Pese a ello, si bien intentó relajarse y mantenerse tranquilo, Roxas no pudo evitar seguir pensando en lo fácil que podría ser ahora dar con él si alguien se lo propusiese, buscando a su alrededor cualquier señal por la que correr a esconderse en cualquier momento. Interiormente se preguntó sinceramente si debería vivir el resto de su vida de esa manera, huyendo, alerta a cada momento del día. La sola idea le parecía sencillamente horrible… Se estremeció.
Por supuesto Naminé notó esto, e inmediatamente dejó de lado la conversación para llamar su atención.
—¿Estás bien, Rox? Pareces raro —preguntó, aun sin dejar de caminar.
Éste se volvió hacia ella, y al notar su mirada de preocupación sonrió suavemente, intentando disimular su inquietud a ojos de la chica.
—Perfectamente. No te preocupes. Solo pensaba en… En qué querrá hoy Sora para comer. —Soltó una carcajada nerviosa en lo que volvía de nuevo la vista al frente. Si bien esto no llegó a convencer a Naminé, ésta no dijo nada al respecto. Sin embargo sí que decidió ir a atacar directamente a lo que le preocupaba de verdad. El motivo por el que había decidido buscar ese día al rubio. En este caso, el futuro de su amigo. Esto coincidió con su llegada al parque, por lo que ambos tomaron asiento rápidamente en uno de los bancos.
—Oye Roxas… —empezó ella, atrayendo su atención—. Sora me ha contado lo que ha pasado. ¿Es cierto que estás sin trabajo?
—Pues… —La miró, y por algún motivo se sintió culpable, quizá por no haber sido él quien se lo hubiese contado, prácticamente manteniéndolo en secreto. En cualquier otra ocasión muy probablemente se habría molestado por la indiscreción de Sora. Pero no ahora—. Sí, así es… —Naminé asintió.
—Y… ¿ha sido por algún motivo en concreto? Todavía no tengo muy claro exactamente lo que ha ocurrido.
Se encogió de hombros con falsa indiferencia.
—Cosas. Ya sabes…
—No, no sé. ¿Me lo dices?
Roxas suspiró, desviando la mirada por unos segundos. Se planteó seriamente el explicarle lo ocurrido días atrás con todo lujo de detalles, sin embargo le parecía demasiado embarazoso como para poder contarlo en voz alta. Por su parte, Naminé esperó pacientemente a que empezase.
—Verás… —Se lo volvió a plantear. En realidad, si había alguien en quien podía confiarle algo como eso era precisamente ella. De hecho era la única persona de entre todos sus conocidos que no se dejaba llevar por los cotilleos y las habladurías –o al menos que él supiera–, lo cual en cierto modo era incluso triste. ¿Qué clase de amigos se había buscado?—. Ocurrió algo en el trabajo…
—Obviamente.
Roxas la miró acusador ante la interrupción. Al darse cuenta de esto, Naminé sonrió culpable y tras un "lo siento" le instó a continuar.
—Tuvo que ver con… Ya sabes. Él. —Pese a no querer decir siquiera su nombre, la chica asintió, haciéndole ver que sabía perfectamente de quien le hablaba—. Me hiz algo. —La chica lo miró fijamente, a la espera de que continuase. Al ver que ese no parecía ser el caso, preguntó.
—¿Solo es eso?
—¿Te parece poco? —Naminé se encogió de hombros, sonriente.
—¿La verdad? Me alegra saber que todo esto no ha sido más que otra de vuestras ridóculas peleas. Pensé que podría haber sido algo peor, ya sabes. Eres la persona más responsable que conozco. Me costaba entender por qué podrían haberte despedido… —Roxas negó con la cabeza incomforme.
—No. No me despidieron.
Naminé lo miró interrogante.
—¿No?
—No.
—¿Estás seguro?
—Pues sí. Bastante.
La chica continuó en silencio, cavilando, intentando entender la situación dada la nueva información.
—No lo entiendo… —dijo finalmente, con el ceño ligeramente fruncido—. Entonces… ¿no os peleasteis y os echaron?
—No.
—¿Y me lo vas a contar?
Necesitó unos segundos antes de decidir si seguir por ahí. Era obvio que la verdad no haría más que traer nuevas preguntas, algunas de las cuales no tenía ningunas ganas de responder. Pero era Naminé la que tenía delante. Ella jamás lo presionaría.
Se encogió de hombros. ¿Qué importaba ya?
—Fui yo quien lo dejó. —Naminé abrió la boca para replicar ante semejante noticia, sin embargo Roxas alzó una mano hacia ella, pidiéndole silencio para continuar—. No quería volver a ver a A-Axel. —Ignoró por completo el tartamudeo repentino solo con tal de que ella también lo hiciese—. Lo que hizo… E-en fin, que no quiero encontrarme con él. Nunca más, a ser posible.
—Así que… —empezó Naminé, pasados unos segundos de silencio—. Por lo que sea, no quieres verlo… Eso puedo entenderlo, pero… Quiero decir, ¿piensas evitarlo durante el resto de tu vida? ¿No te parece un poco extremo eso?
Roxas abrió la boca para responder, pero no logró encontrar nada acertado que decir.
Naminé se encogió de hombros.
—En fin. Da igual. ¡Traigo algo para animarte! —exclamó, y sonriente, terminando por completo la conversación, en lo que hurgaba en su bolsa.
—¿En serio? —Roxas alzó una ceja con curiosidad, agradecido por el cambio de tema, mirando con algo de intriga a la chica. Naminé se volvió finalmente hacia él, mostrando entre sus dedos tres trozos de papel del mismo tamaño y muy, muy coloridos.
—¡Tadaa!
—¿Qué es eso? ¿Tickets? —preguntó, tomándolos y mirándolos detenidamente.
—¡Son entradas para el parque de atracciones! —exclamó ella, alegre.
—No puedo pagarlas.
—Son gratis, tonto.
—Ah… Y… —Las observó, confuso—, ¿por qué?
—¿Y por qué no? —Rodó los ojos, divertida—. Sora me contó que últimamente andabas algo deprimido, así que pensé en algo que pudiese animarte. ¿Y qué iba a animarte más que un día en el parque?
—Ya… —Roxas se volvió a mirarla. La culpabilidad se reflejaba en sus ojos—. Naminé, muchas gracias por esto, pero no puedo aceptarlo. Además, ni siquiera tengo tiempo para eso…
—Tonterías. Claro que tienes tiempo. —"Ya no tienes trabajo", habría querido añadir. Pero eso habría sido un poco desconsiderado por su parte—. Podemos ir Sora, tú y yo. Él ya lo sabe, y le parece bien.
Esta vez fue el turno de Roxas para rodar los ojos.
—Por supuesto que le parece bien. Dudo que haya nada que le parezca mal —murmuró, con un hilo de voz.
—¡Pues decidido! —concluyó. Se levantó, volviendo a guardar las entradas en la bolsa—. Nos vemos este sábado en la estación de tren. A las ocho. Y no tardes, ¿eh?
Roxas suspiró. Realmente no le apetecía nada el nuevo plan, sin embargo no podía negarse dadas las molestias que se había tomado la chica solo por su causa. Intentó sonreír.
—Voy con Sora —le recordó—. No te prometo nada.
La respuesta de Axel no había tardado mucho en llegar.
—Quiero que me des un motivo de peso y absolutamente convincente por el que puedas afirmar que me gusta Roxas.
Marluxia lo miró atónito.
—Estás aquí —expresó asombrado y absolutamente desprevenido por la facilidad con la que el chico había osado sacar el tema.
Axel lo miró irritado.
—¿Disculpa?
—Estás aquí, dudando y preguntándome por él. ¿No te parece suficiente? —El otro bufó, rodando los ojos con evidente molestia.
—¡No!
—Pues debería. Y en realidad lo es, pero no importa: siempre has tenido una extraña tendencia a negar lo evidente. ¡Eh! ¡No me repliques! —exclamó, alzando un dedo al ver que el pelirrojo tenía intención de protestarle—. No me hagas hablar. Te conozco desde hace años y sé que es así, de la misma manera que sé que Roxas te está trastornando.
—¡Eso no es cierto! ¡Yo solo-
—…Te has presentado en mi casa dejando de lado tu grandioso ego para preguntarme por un rubio por el que es evidente que tienes fuertes sentimientos. Odio, dices tú, lo cual yo dudo bastante, como bien sabes. Y por lo visto ahora no soy solo yo, pues tú mismo me has preguntado por ello. En serio, Ax. —Lo miró con soberbia—. ¿Cuánto tiempo piensas seguir negándolo?
Axel suspiró una vez más, pellizcándose el puente de la nariz, cansado ante el comportamiento del rarito de su todavía ex amigo.
—No me ayudas —expresó—. Se supone que he venido a por algo de ayuda, y no haces más que intentar confundirme.
—¿Te confundo yo? —preguntó el otro, con una sonrisa enigmática y repelente—. ¿O te confundes t-
—¡Déjalo ya! —exclamó, cortándolo bruscamente. Sin pensárselo un segundo, se levantó del sofá y le lanzó una mirada acusadora a Marluxia—. Sinceramente, no sé ni por qué he venido —masculló entre dientes, acercándose a él y quitándole de las manos la lata de refresco. El otro lo miró indignado.
—¡Eso es mío!
—De algo tendrá que haberme servido venir hasta aquí, ¿no? —replicó, mordaz, en lo que limpiaba el borde y le daba un largo trago. Se volvió de nuevo a mirarlo, señalando la lata todavía llena—. Me lo llevo. Y gracias por nada, "amigo".
Marluxia rodó los ojos sin molestarse en levantarse, cruzándose de brazos y murmurando un claro "…bastardo dramático…". Axel empezó a rehacer su camino hacia la puerta. Antes de cerrar, pudo escuchar a Marluxia decir una última cosa.
—¿Quieres un consejo? ¡Habla con él, idiota!
Axel cerró la puerta de un portazo. Por supuesto, el muy imbécil siempre tenía que tener la última palabra.
Sería tan solo unos cinco minutos más tarde cuando recibiría un excesivamente emocionado mensaje de Sora invitándolo a ir a no sé dónde no sé qué día.
Para ser sinceros, a Roxas nunca le había gustado ir a lugares bulliciosos. Lugares bulliciosos acompañado de su primo, por supuesto; y más aún cuando estos contaban precisamente con cosas peligrosas que podían terminar afectando a la integridad del susodicho. Esos eran los peores. Demasiada responsabilidad, creía él. Suya y de nadie más.
Y fue de hecho por eso mismo motivo por el que al final incluso le pareció bien el haber aceptado la propuesta de Naminé. Por supuesto en un primer momento se mostró reticente ante el hecho de tener que ir también con el castaño, sin embargo sería un proceso muchísimo más sencillo el poder asegurar su integridad sabiendo que no se separaría ni de él ni de Naminé, algo lo cual no podía decir de esas ocasiones en las que eran acompañados de otras cincuenta personas… Exageraba. Cinco. Seis quizás. Pero suficientes como para que su primo desapareciese de su vista.
Y con todo esto, solo señalar que fue una bonita sorpresa el llegar a la estación y encontrarse con una Naminé acompañada de Hayner, Olette, Kairi y Riku. Ah, no. Bonita no es la palabra adecuada en este caso. Roxas más bien habría dicho… horrible. Sí, esa era más acertada. Horrible. La mirada que mostraba la rubia por supuesto no podía ser otra más que una de culpabilidad. Aparentemente ella no los había invitado directamente. Sencillamente no pudo decirles que no cuando éstos se enteraron "casualmente" del evento. Y con "casualmente", por supuesto, nos referimos a Sora. Nada más que decir.
O quizá sí.
—¿Y por qué demonios estos tienen que venir también? —El tono brusco y nada cortés de Roxas no era más que fruto de la indignación que sentía al haberse terminado viéndose, en lo que podría decirse en contra de su voluntad, viajando apretujado y extremadamente incómodo en tren con hasta seis, ¡seis!, personas, en lugar de las dos iniciales.
Frente a él, Hayner le lanzó una mirada irritada.
—¿Qué pasa? ¿Ahora el señorito es quien decide quién puede ir y quién no? ¿Es eso? —Era obvio que el chico seguía en el mismo plan rencoroso –e infantil– que la última vez que lo vio apenas un par de días atrás. Roxas rodó los ojos, sin molestarse en responder.
—No seas así, Hayner —replicó alegremente Kairi junto a él—. Roxas nos odia. Somos insoportables. Es normal que no nos quiera aquí, ¿verdad, Rox? —preguntó, guiñándole un ojo al susodicho. El rubio soltó un gruñido en señal de respuesta.
—No sé ni porqué he venido… —murmuró entre dientes.
—Porque tu vida es demasiado aburrida, y necesitabas a alguien para que le diese algo de color, para variar —respondió Sora a su lado, odiosamente despreocupado, ocupando más asiento del necesario pese al espacio reducido—. Ya nos lo agradecerás cuando lleguemos. —Qué equivocado estaba.
—Oh, no te preocupes, lo haré. Solo que dudo mucho que te guste mi forma de agradecerte…
—Vamos, chicos, vamos. Dejadlo ya —intervino Naminé, con afán conciliador—. Sé que esto no es exactamente lo que esperabas, Roxas, pero no hay motivo para no pasarlo bien, ¿no crees? —El aludido suspiró y clavó la mirada en el paisaje junto a él. Podía meterse con los indeseados, pero no con Naminé. No sería justo para ella.
El viaje en tren continuó con su curso de manera relativamente tranquila, dentro de lo que cabe. "Sin más sorpresas", diría Roxas. Ni incidentes extraños ni llamadas de atención, algo extraño, teniendo en cuenta lo ruidoso que podía llegar a ser Sora dentro de lugares cerrados durante periodos de tiempo comprendidos entre veinte minutos y tres horas. De una forma u otra, Roxas terminó haciéndose a la idea y aceptando que ese día iban a estar todos juntos.
Así fue como, aproximadamente hora y media más tarde, finalmente llegaron a su destino.
Si bien en un primer vistazo la imagen abarrotada de gente y las largas colas en las taquillas era motivo más que suficiente para odiar ese sitio, el ambiente casi festivo logró despertar en todos verdaderas ganas de aprovechar ese día y disfrutarlo al máximo. También en Roxas, por supuesto. Solo que en su caso esta sensación solo duró… unos dos minutos. Incluso menos. Básicamente el tiempo que tardaron de ir de la estación a la entrada del parque.
—¡Eh, ahí estáis! ¡Al fin llegáis! —La voz de Demyx llegada de entre el tumulto de gente fue la primera señal en advertir que algo iba mal.
Roxas se volvió hacia Naminé rápidamente en lo que Sora y el resto se dirigían hacia el rubio en cuestión.
—¿Qué hace él aquí? —le preguntó, con tono acusador. No es que la presencia de Demyx le molestase. Lo que no le gustaba era sencillamente la sorpresa de encontrarse acompañado de otra persona más. La chica lo miró, tan confusa como él. Se dispuso a responderle, sin embargo una nueva voz llegada de la misma dirección la interrumpió.
—¡Llevamos esperándoos como media hora! ¿Se puede saber en qué os habéis entretenido tanto? —Roxas abrió ampliamente los ojos. Sin embargo no se atrevió siquiera a mirar. Naminé, sin embargo, igual de sorprendida que él, sí que miró. Roxas pudo observar cómo su expresión cambiaba rápidamente a una de persona incómoda y absolutamente culpable. La chica sonrió.
—Vaya… Esto tampoco me lo esperaba.
Roxas la miró escéptico.
—¿Estás segura?
—¡Por supuesto! ¿Por quién me has tomado? —reclamó, cruzándose de brazos, lo que hizo que el rubio se arrepintiese al instante.
—Está bien. Lo siento. Sé que no ha sido cosa tuya… Pero aun así…
—¡Ey, vosotros dos! ¿Vamos o qué? —Ambos se volvieron de nuevo hacia el grupo. Reticente, Roxas se acercó a ellos, evitando por todas dirigir siquiera la mirada al pelirrojo, lo cual no fue en absoluto lo que éste hizo. Así, en cuanto todos empezaron a avanzar hacia el interior del recinto, Axel pasó a avanzar hacia Roxas.
—¿Qué ta-
—No.
Y entraron en el parque.
Esa no fue la última vez que Axel intentó empezar una conversación con Roxas ese día, ni mucho menos. Pero al menos por el momento, no volvió a intentarlo.
—¡Montaña rusa, montaña rusa, montaña rusa, montañarusa, montañarusamontañarusamontañaru–!
—¡Sora, joder!
—¡No acabamos de entrar y ya estás dando la lata!
—¡Sí! ¿Por qué no te vas a molestar a otro lado, eh?
El castaño ignoró por completo semejantes contestaciones para seguir babeando ante esa gran, inmensa y absolutamente desproporcionada montaña rusa de tropecientos no sé cuántos metros de altura plantada ante ellos. Sin siquiera molestarse en volverse hacia ellos, preguntó.
—¡¿Quién se viene?!
Demyx, se añadió al instante. Hayner y Riku fueron tras él también, acompañados de una alegre Olette, la cual se tomó la tarea de arrastrar con ella a una reticente Kairi. Sin embargo, antes de desaparecer en la cola, el primero de ellos se volvió hacia los tres chicos restantes.
—¡Roxas, vamos!
El aludido frunció el ceño.
—Paso.
—¿Nami?
—Mejor espero aquí.
—¡Axel, tú sí que no! ¡Venga, va! —El pelirrojo lanzó una rápida mirada al rubio a su lado –en realidad, a cinco metros de él y subiendo–, e inmediatamente volvió de nuevo a mirar a su amigo.
—Ya si eso luego, Dem.
—¡¿Qué?! ¡¿Pero queeeeé?! ¡Precisamente tú!
—¡Lárgate ya!
Y así, tras un lastimero y algo infantil "pues vaya…", desapareció junto con el resto.
Axel se volvió hacia ambos con una sonrisa socarrona. Naminé, sonriente y completamente despreocupada, lo miró con curiosidad. Roxas, con un ceño fruncido permanente e imposible de borrar, sin embargo, clavó la vista en lo alto de la montaña rusa donde se había metido el resto del grupo, momento exacto en el cual uno de los vagones se lanzaba al vacío a toda velocidad. Sintió un escalofrío con solo verlo.
—¿Quién lo hubiera dicho? Te dan miedo las alturas.
No se molestó en volverse a mirarlo. No se molestó siquiera en responderle.
—Naminé —empezó, ignorando por completo la presencia del pelirrojo—. ¿Te parece si mientras tanto vamos a tomar algo?
—Claro. Por qué no.
—Yo también voy, ¿os parece?
—¡Claro! —exclamó la rubia.
Roxas rodó los ojos con molestia, sin embargo continuó manteniéndose en silencio. Si no podía evitarlo, al menos haría como que no existía. No era lo mismo, pero servía igual.
—Roxas, Axel te está hablando. —O al menos eso creía él.
—Allí hay sitio —respondió, secamente. La chica suspiró, pero decidió dejarlo estar.
Se sentaron en silencio en una de las terrazas de una cafetería del lugar. Naminé se mordió el labio inferior. Lo peor era la tensión. Ni siquiera un cartel de diez metros, luminoso y en mitad de la noche señalando a ambos lo habría logrado hacer más evidente. ¿Qué hacer? ¿Seguirle el juego a Roxas y hacer como si el problema no existiese? ¿O intentar comportarse la sensata del grupo e intentar poner algún tipo de solución al asunto?
Tomó una decisión.
—Ey, Rox —empezó, apartando con cuidado la silla y levantándose—. Voy un momento al lavabo, ¿puedes pedir por mí?
—¡¿Qué?!
—Un batido de vainilla estará bien. ¡Gracias!
El rubio la miró horrorizado en lo que la veía marcharse. Y lo saludó. ¡La muy descarada se despidió de él con la mano! ¡Y sonriéndole! ¿Qué pretendía? ¿Matarlo de un disgusto?
—Una chica encantadora —comentó Axel, observando a la susodicha con aparente interés. Roxas lo miró indignado. Sin embargo, al recordar que en teoría estaba ignorando su existencia, volvió la vista en la dirección contraria. No, no era suficiente ni de lejos. Odiaba estar ahí, y odiaba a Naminé por lo que le había hecho.
Podía huir, por supuesto. No se podía decir que fuese una opción muy digna, pero teniendo en cuenta que la otra opción era quedarse vete tú a saber cuántos minutos a solas con él, nada de eso pasaba a tener importancia.
Se levantó. Lo sentía por Naminé, pero no iba a tener su batido de vainilla. Aunque tampoco es como si se lo mereciese, de todas formas, ¿no?
De pronto, sintió un tirón sobre su muñeca. Se volvió hacia atrás, con la confusión adornando en su rostro.
—¿Qué…? —Axel, por su puesto. No se había movido del sitio, per ahí estaba, sujetándolo para evitar que se escapara de él. Respiró profundamente antes de preguntar—. ¿Qu-qué haces?
—Evitar que huyas, so cobarde —respondió, irónico, sin dejarlo ir todavía. Roxas balbuceó. Eso no se lo esperaba. Pero para nada.
—¡S-suelta! —Tiró de él—. ¡No quiero hablar contigo!
Axel rodó los ojos, exasperado por el comportamiento del rubio.
—No me importa que no quieras. ¿Acaso piensas evitarme el resto de tu vida?
—¡Esa es la idea! —exclamó. El otro, soltó un bufido ante esto.
—Mira, Roxas. Vamos a hablar, lo quieras o no. Así que siéntate en la maldita silla y quédate quieto. No te vas a levantar hasta que me escuches, ¿lo captas?
No, no quiero. Vete al infierno. Suéltame o te arranco la mano. Voy a llamar a la policía. Eres odioso. Antes preferiría lanzarme por esa monstruosa montaña rusa de ahí atrás sin cinturón de seguridad a pasar un segundo más contigo.
Todo eso y más fue lo que le pasó por la cabeza en ese momento. Podría haber dicho cualquiera de ellas, porque todas de ellas eran válidas.
Y aun así, no eligió ninguna. Sus dientes rechinaron cuando volvió a sentarse.
—Está bien…
Axel asintió encantado. Era una oportunidad de oro, y definitivamente no podía estropearlo.
Dejo constancia que no me gusta nada dejar capítulos tan requetecortos como este, pero así en general me pareció que en tema de trama ya estaba bien, así como dejárselo fácil a la imaginación. ¡Soltadla! ¡Dejadla volar! Que vista mi agenda el siguiente va para largo. Solo lo digo ya de ante mano, ¿vale? Para tener en cuenta.
Byee~
