Kapitel dreizehn
"Te siento y te vierto,
Te abro y te cierro,
Te advierto despierto…
Te miento.
Te evades, te espiro
Te adhiero a mi cuerpo,
Te escapas, te dejo
Te quiero y te temo.
Te apreso no arriesgo
Te abro y te cierro,
Te beso el pretexto
Voy lento.
Salimos ilesos,
Me espero y regreso,
Te vi y me arrepiento
Te quiero y te temo.
Te tengo y te quemo,
Te vivo y te siento,
Me pruebo y te quedo,
Te bebo y te debo
Te quiero y te temo
Te escapas, te dejo
Te veo y me divierto
Te juro maldices
Te quiero y te temo" –Alejandro Sanz, Te quiero y te temo.
Mario.
Cada vez la silueta del hombre que cruzaba la calle se hacía más clara y reconocible.
Galiana dio varios pasos, alejándose. Esperaba con ello que no la reconociera.
Aunque era absurdo. Fue aquí donde se conocieron. Sólo que ella no había recopilado las suficientes tablas todavía. Era novata. Novata, además de muy enamoradiza para su desgracia. Hace años atrás ella ni siquiera se dedicaba al negocio oficialmente. Una cría, tanto o más que la propia Aleksandra cuando llegó. Sus padres murieron demasiado pronto, quedando únicamente bajo custodia de la odiosa Madame Althun. Fue acostumbrándose a ella como quien se acostumbra a la compañía de un animal domestico no demasiado simpático. La frontera entre adolescencia y madurez tuvo que traspasarla demasiado pronto para su bien. Exactamente igual que ella. Por eso la advirtió antes de que sufriera más, de que llegase a verse en la misma situación.
No sirvió demasiado, claro está, pero a su vez consiguió que madurase en cantidades industriales. Y se sentía orgullosa. Tanto como lo estuvo de ese hombre que por vez primera la trató con mucha gentileza, con tacto, con…¿Amor? Sí, eso creía. Que dentro de esos encuentros pasionales, esporádicos, adictivos, imposibles tras dejar su virginidad en otra parte, había romanticismo. Pero a sus declaraciones honestas, esos "Te quiero" noche tras noche, sólo les seguía silencio. Sequedad.
Cuando se enteró de que estaba embarazada sólo fue peor. Casi llegó a tirarla al suelo de un plumazo, porque logró protegerse correctamente no perdió el bebé.
Y ahora le tenía enfrente. Dios. Deseaba estamparle contra esa pared para no dejar rastro vivo de su asquerosa existencia. Ahí estaba, pelo moreno, flamante, ojos negros que derretían y al mismo tiempo apuñalaban el alma. Se puso de espaldas, a conciencia.
-Vaya, vaya. Precisamente tú.
Por qué tienes que volver, maldito bastardo.
-Galiana se volvió con lentitud. Enfrentándole –¿Qué tripa se te ha roto, Mario?
Era extraño a la vez que repugnante tenerle ahí de nuevo. Éste se limitó a observarla, lentamente. Medio sonrió con sorna.
-Parece que el tiempo te ha hecho mejorar. ¿O es tu trabajo? Ahora al menos puedes rellenar decentemente ese escote.
-Escucha –Se acercó a él, amenazadora –Dime lo que quieres, te lo doy y ya puedes estar poniendo pies en polvorosa.
-Oh por favor –Contestó en mofa –El truco está ya muy visto –Enarcó una ceja –Para tu información ésta vez no vengo por mí.
-Claro –rió mordaz –Quién es ahora el que llega con la misma cantinela de siempre. ¿Echas de menos la cama, eh? Mejor con alguien de confianza que con una completa desconocida.
Mario fue hasta ella, tomándola muy fuerte de los hombros.
-Escúchame tú a mí ahora, que parece que con tu oficio has querido olvidar demasiadas cosas. Me voy de la ciudad. Laura necesita alguien con quien quedarse.
Ella le miró indignada. Le quitó a su hija de su lado, la descuidó mientras él seguía con sus escarceos y ahora pretendía dársela como si fuese un trapo usado.
-¿No te das cuenta del daño que le estás haciendo? –Se soltó con furia –Deberías estarle dando una educación, algo sólido en lugar de…esta mierda.
-Mario rió sarcástico –En esta mierda la metiste tú –Señaló con dedo acusador –Yo no tengo –Observó el ardedor con desdén –Un cuchitril junto a un club de putas como modo de vida.
Era como recordar de pronto todos los motivos por los que le había odiado, por los que jamás llegaron al matrimonio. A pesar de estar presente, en cierto momento. Alguna vez ella intentó que fuesen felices.
-Poco te importaba cuando nos lo montábamos en mi casa, ¿verdad? Entonces daba igual el sitio con tal de abrirme de piernas.
Su réplica le dejó callado. Estaba apunto de agredirla de nuevo, pero se controló al ver al hombre que salía del local. Un uniformado, que enseguida reconoció por su compañero esa noche. Alto, fuerte.
-Mañana al mediodía. Tú decides, Galiana.
-¿Pasa algo? –La voz del tipo interrumpió. Tras una última mirada desafiante de ella hacia él a modo de confirmación.
-Sonrió. Como siempre hacía, quitándole hierro al asunto –No encanto. Todo está bien –Se volvió–¿Nos vamos?
Por el rabillo del ojo, le vio marcharse resentido.
Estaba metida en una calle sin salida.
Las muertes comenzaron a darse progresivamente. A veces solo eran arrestos: por ir a la contra, incluso por puro capricho. Porque "no les gustaba" o habían dicho algo a su juicio ofensivo.
Aquella mañana fueron a por una familia. Todo el grupo. Justo de las primeras que habían caído en manos de ellos. Al marido y al hijo los asesinaron rápidamente. Dejaron que la mujer, aterrada, hecha un ovillo en la esquina de su casa, llorando al presenciar la pérdida de sus seres queridos desde el remoto rincón, con el cuerpo temblándole muy fuerte, quedase ahí indefensa. La hicieron creer que estaría a salvo, que todo por fin había dado a su fin en aquel reducido espacio. Dejaron la cocina patas arriba, la mesa que ahora mismo servía de protección estaba a centímetros de ella. Olía a madera, además de distintas especias que justo cuando entraron en la casa estaba usando. Las cuatro patas se encontraban vueltas hacia arriba, los restos de un vaso roto de agua aún persistían con el goteo del líquido.
Ese vaso era para su hijo.
Cada vez se estrechaba más contra sí misma. Sus brazos la cubrieron casi por completo, dejándose hasta los nudillos blancos de la presión que ejercía.
Respiró. Casi había olvidado hacerlo.
Qué importa ahora entregarse a los brazos de la catástrofe…
Un haz de luz invadió por completo sus ojos, cegándola. Escuchó un leve crujido mientras su mirada lograba acostumbrarse a la luz, distinguiendo cuatro siluetas masculinas.
Poco a poco fueron aclarándose, sus pupilas funcionando ya con normalidad. Ahí estaban otra vez. Dos de ellos eran jovencitos, la observaban desde arriba, desde su posición de poder, casi con desprecio, como quien está analizando un despojo. Sin embargo ellos no despertaban pavor. El superior que estaba supervisando la escena con una mueca indiferente de satisfacción.
Su sangre se heló de golpe.
-¿Herr Offizier? –Preguntó el que parecía más decidido –¿Qué hacemos con ella?
Curiosamente, su compañero tenía más aspecto de retraído.
Pudo ver con tanta claridad lo mucho que estaba disfrutando con la situación, con el tener su vida pendiente de un hilo que el pavor fue in – crescendo.
-No sé –contestó éste –Creo que se merece una lección, ¿no estáis de acuerdo? –Uno de ellos asentía, el otro también, aunque no tan seguro –Por el momento vamos a dejarla con vida.
Por el momento. Se repitió. Por el momento.
Aún así sabía que la tortura hasta que dicho momento llegara era inminente. Cerró los ojos. Tembló aún más.
Ellos entendieron la orden perfectamente. Un lenguaje únicamente entendible entre ellos, al menos en apariencia. Aunque cuando vio el modo en el que uno de ellos la miró supo con nitidez de qué trataba. Tenía cada músculo tenso, más si cabía.
Iba a acercarse hacia su joven víctima, la cual comenzaba a asimilar, poco a poco, resignadamente, los hechos. Intentaba que su hiperventilación fuese apenas perceptible por nadie. Al menos, se dijo, tener dignidad aunque no haya donde encontrarla.
-Espera, espera Niklas –Escuchó reír al oficial. Sardónico. Miraba hacia el otro muchacho –Deja que Peter haga el trabajo esta vez.
Se notaba que no esperó tal giro en la conversación. Se volvió. Había un cierto halo de súplica en sus ojos. De…fascinación por estar en un escalón tan pequeño, mirándole.
-Podrás hacerlo, ¿no? –Continuó –Supongo que no será la primera vez
Aún así sabía que le estaba poniendo a prueba. No había más que escucharle.
Escuchó su suspiro, no indignado, tampoco furioso, quizás conforme, de disciplina, antes de abalanzarse sobre su cuerpo. Sentía sus forzadas e impuestas caricias tanto como sus besos, pero de algún modo daba la sensación de que él tampoco estaba cómodo. Consiguió expulsar un susurro aislado de su garganta anudada completamente por el terror.
La miró. Se inclinó sobre ella. No objetaba, no suplicaba, sin embargo el resto empezó a comentar, como si de un partido de tenis o la radio novela se tratase. Reían entre ellos.
"Lo siento" Escuchó al borde de su oído, tan bajito que parecía casi una exhalación.
Entonces murió. Clavó el arma blanca y brotó más sangre.
Amon sonrió, satisfecho, ante la escena. Un atisbo de alivio asomó a las facciones del joven Peter mientras se iba incorporando lentamente.
Estaba a salvo.
Por el momento.
Dejó la casa por la puerta de atrás. El mediodía cayó hacía rato.
Había escuchado ya varias veces ecos de disparos lejanos. En ese momento estaba en casa. No supo cómo reaccionar. Sus padres llevaban ya varios días viviendo dentro de una pequeña casa improvisada. Lo más básico de lo más básico. Tenían miedo. No querían subir. Pensaban que en cualquier momento la puerta se abriría de golpe… De hecho, solamente decidieron pisar la planta de arriba para dormir. O intentarlo.
Aleksandra les dejó con una promesa de que no se movieran de allí en ningún momento y procuraran no armar demasiado revuelo. Tuvo que marchar, muy inquieta. Sabrían cuidarse. A pesar de esa sombra alargada que se proyectaba a lo largo de sus tres cabezas (cosa de la que eran muy conscientes), iba a impedir que hicieran nada. El cómo ya estaba bien claro.
Precisamente ese motivo fue el impulso que tomó para dirigirse hacia un restaurante barato. Galiana la esperaba. El recado que le dejó con su portera era demasiado inquietante. Además, necesitaba hablar. Desahogarse.
Cuando llegó encontró a su mejor amiga muy diferente de cómo solía estarlo. Sostenía un vaso de cerveza como con desgana. Miraba hacia una tienda de juguetes muy próxima, donde una adorable pequeñaja , de espaldas a ella, daba saltos de alegría observando todo aquello.
-¿Qué ocurre? –Preguntó con urgencia, sentándose en la silla frente a la suya.
-Galiana sonrió abiertamente al advertir su presencia, sonrisa que se desvaneció casi de inmediato –No es…nada en realidad. Ayer recibí una visita antes de irme eso es todo. ¿Y tú? ¿Anoche qué? –Le guiñó un ojo – A Herr Goeth le faltaban tres carantoñas más para lanzarse sobre ti en el escenario.
Ésta frunció el ceño, fijándose atentamente en el modo en que estaba desviando la conversación. Algo había pasado, y serio.
-Se fue a casa con ganas de una ducha fría –Respondió sin darle importancia –Galiana…sé que tienes algo. A mí no me ocultas nada ya lo sabes –Sonrió, intentando darle candidez al asunto.
-El semblante de su interlocutora se tornó tenso –Mario –Torció el gesto. Vio que ella le miraba aún sin tener nada claro –Ah, preferí no hablarte de él porque me parecía una parte de mi pasado demasiado patética como para recordarla. Vino ayer. A verme, parecía que había estado esperándome –Terminó con ironía.
-¿A verte? ¿Pero qué…? ¿Quién es?
-Mami –Dijo una encantadora voz justo al lado de Galiana: Era la misma cría de la tienda: Preciosa con vestido azul, de tez blanquita, pelo muy largo, ondulado y muy parecido al de ella. Sus ojos eran oscuros, pero en forma iguales que los suyos también –Luisa nos espera para llevarme al parque.
¿Mami?
Aleksandra la observaba perpleja, cayendo cada vez más en la semejanza entre ambas.
-Galiana suspiró –Mi antiguo amante, y el padre de Laura.
Mientras su amiga la tomaba en brazos, dándole un fuerte beso en la mejilla para presentársela, intentó asimilar la información. Jamás la habría visto como madre, ni siquiera de tía…Quizá como siempre había conseguido verla: Como hermana mayor.
El camarero vino enseguida, saludó a Laura, que estaba muy feliz y sonriente, ajena a una realidad herrumbrosa, mientras pedían comanda. Parecían haberse caído bien de primeras.
-Tiene ocho años –continuó –Bien… -Enarcó una ceja mientras esperaban los dos menús –Eso último que has dicho antes de empezar a contarte mis desgracias estaba interesante –Bajó el tono de voz –Luego toca charla de chicas.
Rió.
Tenía muchos más secretos de lo que aparentaba.
Terminó su número exhausta. Después de que Galiana llegase (comprensiblemente) más tarde de lo habitual aunque no para hacer el suyo. Habían estado hablando, recibiendo por su parte todos los "esa es mi chica" suficientemente entusiastas por lo que hizo. Sin embargo, tenía miedo del empecinamiento de Amon. Por fortuna, todavía no consiguió divisarle.
Había posado sus intensos ojos en la "estrella". Una mujer sin nombre determinado, famosa, cantante, el boom de Berlín. Iría a por ella. Al menos hasta que supiese que era Aleksandra , la misma mojigata que demasiados años atrás le conoció, enfadándose con él cuando tiró su gorro a la fuente…una "maldita paleta de pueblo judía", como si lo oyese de sus labios.
El traje que llevaba esa noche era escaso. Tanto parte de arriba como falda. Ésta vez enseñaba medias y espalda por completo. Se encontraba apoyada sobre la barra, con una copa entre sus manos. Esperando a que Tobías llegase. Era tan chulo como todos, tratándola con la misma inferioridad que, posiblemente, a su esposa, hijos o reclusos. Se lo había confesado después de descargar toda su infidelidad impetuosamente sobre su cuerpo desnudo. Con ningún propósito en realidad, únicamente aquel de buscar conversación mientras se volvían a vestir.
Dio un sorbo. Maldita sea, se retrasaba.
Antes de impacientarse más, decidió ocupar su mente en prepararse para la segunda actuación. Todo fue demasiado bien, demasiado calmo…
Hasta que le vio entrar en mitad de actuación. De nuevo, se dedicó a observarla pero ésta vez desde la puerta de entrada. Apoyado, con toda parsimonia.
Una vez terminó, se escurrió detrás del escenario hasta su cuartillo.
Se encontraba justo en el proceso de cambiarse para marchar en busca de la compañía pertinente. Pero no él. Su orgullo impedía ceder. Sólo se había convertido en su capricho porque era alguien inventado, no por sí misma. Cuanto más lejos estuvieran, además, mejor. Odiaba estar cayendo. Odiaba sentirse igual que en aquella estación. Menuda mentira. Continuaba amándole, pero llevaba el disfraz de mujer fatal que, estaba segura, en algún momento desenvolvería. Apenas se veía nada. La ventana del fondo casi no daba luz, los muebles exceptuando el amplio armario, tenían una tonalidad muy opaca a diferencia de cómo se veían de día. Al centro había una cama y más allá un chaise lounge algo viejo.
Fue dándose prisa, empezando a cubrir su ropa interior con otro vestido algo diferente. Iba a subirse la cremallera lateral.
Dos manos se posaron en sus hombros. Aleksandra se sobresaltó tanto que el recogido se le descolocó, haciendo que varios mechones de pelo saliesen de su sitio. Ni siquiera quiso moverse. Pensando en Tobías, quien como siempre no necesitaba llamar si necesitaba verla, se volvió.
Fue muy diferente lo que presenció: Era él. Una media sonrisa, demasiado irresistible para su bien, impresa en su boca.
Cómo no pensarlo.
Iba a las claras. Iban a las claras.
-Tampoco pretendía asustarte –Dijo con intención –Anna, dado nuestro último encuentro.
-Nuestro último encuentro –Replicó sarcástica –no significó nada, Señor Goeth. Si has venido por eso voy a lamentar tener que echarte otra vez, pero normalmente aquí sólo entran los que saben que se van a ver conmigo. Acabaré teniendo que llamar a alguien encargado de la seguridad.
-Éste emitió una risotada -¿Seguridad? Vaya, jamás habría imaginado que estos tugurios tuviesen seguridad –Se aproximó más, cogiendo su cintura –¿Qué me dices –agachó su cabeza hasta hundirla entre sus rizos. Muy cerca de su oído. Besó el lóbulo, se entretuvo con él antes de volver a hablar. El maldito se estaba vengando a base de bien –Aleksandra?
Los ojos, cerrados por un breve espacio de tiempo, volvieron a abrirse como platos. Se separó. Quedó pálida. Era divertido verla tan tremendamente asustada.
-¿Cómo demonios lo has averiguado? –Contestó defensiva, apenas con un hilo de voz.
-No se separó ni un milímetro. Sonrió placenteramente –Es un truco demasiado barato eso del nombre y tu tono siempre te delata cuando hablas por más tiempo que lleves en Berlín. ¿Querías engañarme o simplemente me tomas por imbécil?
-Ésta se volvió. Tomó aire –¿Es esto por lo que has venido? Ya se te ha pasado el capricho, ¿verdad? –Fue alzando la voz –Date por satisfecho, me doy por ultrajada una vez más –Le hizo frente, señalando con el dedo la puerta –Ahora vete, tengo mejores cosas que hacer aparte de discutir contigo.
Se alejó. Esperando a que se fuese. Sin embargo no escuchó el mínimo movimiento.
-Claro –Su voz rompió el silencio. Las botas crujían sobre la madera lentamente –Sinceramente te has superado. Has pasado de ser la buena chica de papá y mamá a ser…una cabaretera de tres al cuarto. No está nada mal para ti.
Fue hasta él con furia. Iba a darle una torta en plena mejilla pero él sujetó su mano con mucha fuerza.
-Es suficiente. Márchate.
-Yo decidiré cuándo debo irme –Replicó Amon.
-¿Eso crees? Puedo perfectamente avisar a Elga. Te echaría si le doy motivos –Intentó soltarse pero él continuaba sujetándola.
-Dáselos. Estaré esperando.
-Suéltame.
Cómo sabía que no se los daría. Cómo sabía que en realidad deseaba tenerle cerca. Por eso la retaba.
Él obedeció. Sólo que en lugar de soltar la muñeca tomó la otra. Quedaron lo que parecieron minutos eternos perdiéndose en sus miradas. Únicamente comenzó a soltarla cuando ya la estaba besando. Con fiereza. Con resentimiento. Proporcionaba leves mordiscos en su labio inferior. Sus manos ya estaban libres.
-Dímelo –Enunció Aleksandra, costosamente, entre suspiros.
-¿El qué? –Su tono era exigente. Empezó a subir el faldón pero la mano de ella frenó la suya.
-Que no soportas verme con nadie más que no seas tú –Se separó del beso –Que en realidad te pertenezco y te hace hervir en rabia que otros hombres me hayan tocado, más uno de los tuyos antes de ti –Sonrió provocando.
No le dio la satisfacción de una respuesta. La volvió a atraer hacia él, retomando lo dejado antes. Fue, en realidad, a modo de confirmación no dicha a viva voz. El sentimiento de sus labios sobre el cuello, sus manos quitando las medias impacientemente era demasiado fuerte para combatirlo. Pudieron acomodarse más o menos sobre el chaise lounge al tiempo que ella se deshacía de su casaca. Quedó perfectamente sentada. Acarició, fue bajando suavemente, abandonando los adictivos labios por un segundo. Mientras iba abriendo la cremallera, él la forzó a volverse a levantar.
La tenía de nuevo ante él. Sólo miró. Contempló su cuerpo, menudo, blanquecino, bien formado. Deslizó el vestido hasta que quedase desnuda. Sus pechos, no exagerados pero en su justa forma, se plantaban ante él como la mejor ofrenda. ¿Qué estaba sintiendo exactamente? Ambos quemaban, en el sentido más puramente visceral de la palabra. A él no le intimidaba, pero veía en sus ojos claros, plantados con fijeza sobre su abdomen, que en cierta manera era así. También por el brillo de los mismos que estaba llena de anticipación. Fue acercándola, con curiosidad, hasta tenerlos a centímetros. Los comenzó a devorar descontroladamente, Aleksandra suspiraba, temblaba, sus vellos erizados, perdiéndose en la sensación, cogiendo su nuca con ambas manos.
Consiguió atrapar su cara y le echó hacia atrás con poca delicadeza. Bajó, se quitó de su sitio hasta plantarse delante de sus botas. Se deshizo de una y otra con lentitud. Estaban, de una forma u otra, torturándose dulcemente. Hizo reptar su cuerpo. Situó una pierna, otra, a ambos lados de sus caderas. Le besó nuevamente. Una mano acariciaba su torso mientras que la otra se dirigió a su ingle. Deslizó la goma de sus pantalones. El leve gemido que emitió Amon cuando entró en él fue como música.
Se había dejado ganar el pulso. Por una vez iba a disfrutar de dominarle.
Kurt esperaba impaciente en su nuevo e improvisado despacho. No era lo que deseaba, algo pequeño y desorganizado, pero tampoco podía quejarse. Escuchó pasos fuera. Debía ser quien estaba esperando.
-Adelante –Enunció éste con indiferencia cuando sintió los educados nudillos llamar a la puerta.
Un hombre hizo acto de presencia. Ya le había visto antes, pero sorprendía soberanamente la planta que tenía. Espaldas anchas, músculos firmes y luciendo un traje impecable. Sus facciones expresaban candor, al igual que sus ojos entre el color azul o el almendrado, dependiendo de los reflejos que proporcionara el día. Ante todo, una débil sonrisa en sus labios era permanente cuando estaba de buen humor.
-¿Señor? –Respondió. Su voz era profunda, apacible, incluso algo ronca.
-Oskar –Una mueca afable abandonó sus labios –Sabes para lo que te he llamado, ¿verdad? –Indicó que se sentase con una mano.
Él asintió despacio mientras se sentaba.
-Creo realmente que eres el más apropiado –Se levantó, ofreciéndole la mano –Déjame darte la bienvenida.
Schindler, algo reticente pero seguro, le devolvió el gesto.
-Gracias. Eso intentaré.
Dicho esto se despidieron.
Quedó con el extraño regusto de que esto era el principio de algo muy grande.
El agua corría con fluidez por el grifo. Amon, frente al espejo, comenzaba a afeitarse con especial concentración. La espuma iba cayendo poco a poco. Enjuagaba, observaba su reflejo de torso desnudo, tirantes y pantalón frente a él, complacido, volviendo a la tarea otra vez más.
Aleksandra iba despertando entre las sábanas. La luz ahora sí que se filtraba clara entre las persianas. Debía ser ya casi medio día. Miró algo extrañada a su lado. Él no estaba, pero podía escucharle perfectamente a través del agua, la brocha y la navaja contra su carne. Al mínimo volumen, una radio vieja podía escucharse.
Aún no sabía cómo reaccionar ante toda la pasión derrochada sin miramientos la noche anterior. Si culpable o por el contrario aceptarlo como algo que pasaría más tarde o más temprano. Se habían dado todo, pero al mismo tiempo se sentía como si no se hubiesen dado nada.
Le vio salir. Tapó más su cuerpecito con las sábanas. Éste movió la cabeza en gesto de saludo. Aleksandra correspondió tímida. Con el resto jamás había pasado esto. Quedarse sin saber qué palabras pronunciar después de haber pasado la noche juntos.
-Supongo que te espera un día largo –Se le ocurrió decir mientras buscaba su ropa entre toda esa maraña que suponía el uniforme y su atuendo.
-Como a todo el mundo –Contestó suave. Parecía estar colocando sus botas. Al reclinarse se sorprendió al ver que sostenía una pistola pequeña en una de sus manos. Hizo que ella también lo hiciese, empujándola, sorprendentemente con delicadeza. Estaba en tensión. Pasaba la pequeña arma por su pecho, formando círculos concéntricos –¿Y ahora qué?
-¿A qué te refieres? –Susurró.
-Éste sonrió –Me refiero a que esto puede suponer muchas cosas –Las noticias iban escuchándose de fondo. Otro reporte más de muertes. Y él probablemente sería responsable directo de las mismas.
-Si te refieres a tu reputación –Fue apartando su arma lentamente –Se me ocurren varias soluciones.
-¿Cuáles, en el supuesto de que eso fuera a lo que me estaba refiriendo? –Terminó de vestirse. Localizó la camisa, abotonándola.
Entonces volvió a besarle. Éste era un beso más bien sentido, desesperado, no supo si piadoso o reconfortante. Un beso de amor.
-Por ejemplo, que nadie pondría quejas si soy la amante del oficial –Le miró directamente a los ojos con complicidad –Abriría más puertas para ti.
Amon la observó perplejo.
Si era lo que quería, iba a aceptar todas las consecuencias.
