Capítulo 14 : Arde Hogwarts.

Nada más despuntar el alba del día siguiente, Harry y Ginny aparecieron, entre lo que parecía una niebla espesa y anormal, en la Torre de Astronomía del Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Harry no veía el momento de terminar con aquella consulta que le parecía peligrosa para la salud de Ginny, y totalmente ridícula e innecesaria; así que había enviado una lechuza urgente a la Directora McGonagall solicitándole el acceso a Hogwarts para entrevistarse con la profesora Trelawney. Media hora después, el joven auror recibió su lechuza de vuelta con el permiso concedido y la entrevista concertada, además de un caluroso abrazo de ambas, directora y profesora de Adivinación.

La pareja no tuvo prácticamente tiempo para afianzar los pies en el suelo, una vez concluida la aparición, cuando una mano llena de arrugas, pero inmensamente fuerte, agarró a Harry por el brazo izquierdo, haciendo que este, en un acto reflejo producto de su férreo entrenamiento como auror, soltase la mano de Ginny y sacase su varita de inmediato, apuntando con ella al atacante en potencia.

Sin embargo, la directora McGonagall, quien le había tomado por el brazo con tanto ímpetu, y ya preparada para la reacción del que fue su alumno más distinguido, mantuvo una calma desmentida por sus ojos, cuya aguda mirada mostraba una urgencia muy poco característica en ella.

- ¿Qué sucede, directora? – el auror se aprestó a preguntar, intuyendo la gravedad de lo que fuese que la profesora iba a contarle, mientras volvía a guardar su varita en el bolsillo interior de su chaqueta.

- El Bosque Prohibido – la mujer hizo una pausa para respirar hondo, intentando calmar sus nervios alterados.

Harry aguardó a que continuase, paciente, pues sabía que no iba a ganar nada apremiándola para que hablara. Ginny contenía la respiración mientras la miraba con el temor contagiado de sus ojos.

- Está ardiendo, Harry. El Bosque Oscuro está ardiendo por los cuatro costados – terminó por fin, desolada. – El incendio ha comenzado hace apenas un cuarto de hora. Hagrid ha sido el primero en detectarlo – declaró. - Todos los profesores, y yo misma, estamos haciendo todo lo que podemos para combatir el fuego; pero no hemos sido capaces de reducirlo siquiera. Me temo que, si no se hace algo ya para impedirlo, Hogwarts va a arder sin remisión.

El joven, incrédulo, corrió hacia el balcón que aguardaba a sus espaldas para constatar un hecho que, en el fondo de su corazón, sabía que era bien cierto, pero que se resistía a aceptar. En efecto, una inmensa y espesa nube de humo cubría todo aquello que se encontrase a más de dos metros de sus propias narices; no pudo divisar el bosque desde allí, pero ya no hacía falta.

Se vio obligado a cubrirse la nariz con un brazo para no caer doblado por la tos, y se retiró rápidamente hacia la débil protección interior. Su mente viajaba a la velocidad del rayo por sus pensamientos y por sus recuerdos, y fue él quien ahora tomó por el brazo a su vieja profesora, para anunciarle:

- Voy al Cuartel General de Aurores; en diez minutos volveré con todos los refuerzos que pueda encontrar. Este no es un fuego normal, profesora.

- ¿Cómo lo has sabido? – la mujer quiso saber, sorprendida, pues no había tenido tiempo de explicarle ningún detalle.

- Ya hablaremos de eso más tarde.

Y desapareció en la nada, del mismo modo en que se había materializado.

Las dos mujeres quedaron solas en la Torre de Astronomía, cara a cara por primera vez desde que Ginny hubo borrado los recuerdos de Harry de su vida. La más joven pudo casi palpar el inmenso reproche que destilaba la mirada de la otra, pero McGonagall no lo tradujo en frase alguna. No obstante, tomó a Ginny por el brazo de un modo amistoso y acogedor, y la condujo fuera de la torre.

Ginny, agradecida, se dejó hacer.

- Sybill te espera, querida – le informó, con voz tranquila, a pesar del drama que Hogwarts estaba viviendo. – Ella se ha mostrado tan nerviosa desde que se ha enterado de que Harry y tú ibais a venir a consultarle, que no ha sido capaz de caminar dos pasos siquiera. No la había visto así desde…

Por algún motivo que Ginny no fue capaz de averiguar, la mujer dejó la frase sin concluir.

- No importa – dijo en cambio. - Conoces todos los corredores del Castillo tan bien como yo, así que te ruego que tú misma vayas a su encuentro. Yo debo volver al Bosque para contribuir a intentar sofocar el incendio, junto a los otros profesores.

- Prefiero ayudar, si no le importa – la pelirroja ofreció, decidida.

McGonagall la observó con duda, por un momento, pero inmediatamente después, asintió.

- Sigueme, entonces.

Ambas mujeres se apresuraron a alcanzar a los profesores que luchaban, varita en ristre y a brazo partido, contra las llamas mágicas que estaban arrasando el Bosque Oscuro sin piedad alguna.

Por suerte, no había que preocuparse por los alumnos, pues se hallaban fuera del Colegio, disfrutando de sus vacaciones de verano.

~~o0O0o~~

Minutos después, un auténtico batallón de aurores fue materializándose en la misma torre por la que Harry se había marchado, comandado por él mismo.

- ¡Rodead el perímetro del bosque! – el subjefe de aurores les ordenó a voz en grito para hacerse oír - ¡El objetivo principal es la contención! ¡Que el fuego no alcance el Castillo! ¡Que no salga del Bosque Prohibido! ¡Haced retroceder a todos los profesores con los que os crucéis! ¡Esto es demasiado peligroso para ellos! ¡Y evacuad a tantos habitantes del Bosque como sea posible!

Todos los aurores asintieron y corrieron hacia el Bosque, a ocupar sus puestos. Harry corrió junto a ellos, pero tenía otro objetivo en mente: localizar a McGonagall, para que le pusiera al día de la situación, tras lo que la haría marchar también, muy a pesar de ella. Temía que, si el fuego abandonaba el lugar donde se había generado, y para el que había sido convocado, se extendería más rápidamente de lo que cualquier auror era capaz de contener, alimentado por la falta de ataduras a las que el hechizo inicial lo había ligado. Si aquello sucedía, la única esperanza sería que las barreras mágicas que Hogwarts mantenía permanentemente a su alrededor, fueran contención suficiente para que el batallón de aurores pudiera presentarle batalla de nuevo y lograse sofocarlo antes de que pudiera propagarse más allá, alcanzando Hogsmeade o Merlín sabía qué lugares más, antes de que pudiera ser apagado por completo.

El humo le impedía ver más allá de su propia figura y una tos asfixiante y persistente amenazaba con ahogarle, así que lograr hacerse con la directora iba a ser tarea harto difícil, pero no se desanimó. Corrió hacia la entrada del Bosque Prohibido como alma que lleva el diablo gritando a pleno pulmón "¡Directora McGonagall!" cada vez que la tos no amenazaba con destrozar sus pulmones. De pronto, alguien le derribó en su carrera, cayéndole encima por la fuerza del impulso con el que también corría.

- ¡Demonios! ¿Qué hace usted aquí? – Harry amonestó, más que preguntó, a Horace Sloughorn, que se debatía por ponerse en pie, entre toses, sin mucho éxito. El moreno le ayudó como pudo, pues el hombre pesaba lo suyo y costaba, incluso a un hobre joven y fuerte como Harry, poder poner en movimiento aquellos huesos maltratados por el paso del tiempo.

- ¡Muchacho, no me mires como si fuera un trasto inútil! – el anciano protestó, indignado, una vez se hubo recuperado de la inmensa sorpresa de encontrarse con su viejo alumno. - ¡Yo también pertenezco a este colegio! ¡Y lo haré mientras el cuerpo aguante! – concluyó, lleno de orgullo.

- Me parece muy bien, pero le hará un flaco favor a Hogwarts, a McGonagall y a sus alumnos, si muere hoy aquí – Harry respondió con dureza. – Haga el favor de refugiarse en el Castillo; nosotros nos encargaremos del fuego.

- Es lo que estaba intentando hacer cuando he chocado contigo – el hombre afirmó, ya más calmado. – Tus chicos me han avisado de que han llegado los refuerzos, aunque no sé si vosotros solos… - negó con la cabeza, dubitativo.

- No se preocupe, profesor – Harry le palmeó la espalda con cariño. – Usted ya ha hecho todo lo que ha podido; déjenos el tema a nosotros.

El hombre asintió, decidido, y reemprendió su carrera hacia el Castillo.

El Subjefe de Aurores no había dado dos pasos más, cuando Edwartd Long, que lo había visto llegar justo antes de abalanzársele encima, lo detuvo de nuevo.

- ¡No hay modo humano de parar esta catástrofe! – gritó a su jefe, intentando hacerse oír sobre el estruendo de las llamas. - ¡Hay que hacer algo ya, o nadie podrá contener el avance del fuego!

Harry quedó pensativo por un momento, devanándose los sesos.

- ¡Habla con Lance y que él dirija las labores de evacuación junto a un tercio de los hombres! – gritó también - ¡Y tú coge al resto e id al lago!

- ¡El lago está demasiado lejos del incendio, Harry! ¡No lograremos nada con eso, a tiempo, contra unas llamas de este tipo y de tan grandes dimensiones! – su subordinado pudo responder entre toses.

- ¡Sí, si ejecutáis un encantamiento de Aire Caliente que evapore la mayor cantidad de agua posible y lo dirigís hacia el Bosque ejecutando un Waddiwasi!

- ¡Ya entiendo! ¡Un Glacius hará el resto, haciendo que el vapor se enfríe drásticamente y el agua se precipite a pesar de las altas temperaturas causadas por el fuego! – el hombre asintió con fuerza, volviendo a sentir un atisbo de esperanza.

- ¡Exacto! ¡No pierdas tiempo!

El jefe palmeó la espalda de su compañero con fuerza, intentando darle ánimos, mientras el otro volaba ya en busca de sus compañeros para ejecutar las órdenes recibidas. Harry rogó con todas sus fuerzas que su plan funcionase a pesar del fuerte Fiendfyre que, intuía, había causado el fuego, y se centró de nuevo en localizar a McGonagall. En esta ocasión no le fue muy difícil, dado que la vieja directora no había sido capaz de acercarse a las llamas por su avanzada edad, y se había centrado en ayudar a coordinar las tareas de evacuación en el perímetro exterior.

- ¡Márchese ya, profesora! ¡Por lo que más quiera! – el moreno le rogó con apremio, casi pegándose a su oído para que ella pudiera escucharle.

- ¡No lo haré, Harry! ¡No puedo abandonar Hogwarts a su suerte! – ella negó con firmeza.

- ¡Y nadie le ha pedido que lo haga! ¡Sabe que no puede solucionar nada aquí! ¡El fuego es cosa nuestra! ¡Céntrese en instalar a los heridos en el Castillo y en reubicar a todas las criaturas que hayan podido ser rescatadas!

La mujer asintió, aunque añadió:

- ¡Ginny se ha separado de mí y no sé en qué parte del perímetro del bosque está! ¡Hay que avisarla también para que se retire!

Por un momento, Harry sintió cómo la furia inundaba sus sentidos, aunque la actitud de su novia no le sorprendió: siempre se había empeñado en luchar aquellas batallas que le parecían justas o necesarias, y ahora, convertida en una mujer hecha y derecha, no iba a ser distinto. Así que dominó ese sentimiento y fue su turno de asentir, nuevamente concentrado en el incendio.

- ¡No se preocupe! ¡Márchese!

La mujer hizo como le pedía, y se apresuró en alcanzar el Castillo.

Harry decidió localizar a Edward para unirse a la lucha contra el fuego demoníaco; hubiese querido localizar a Ginny para hacerla regresar al Castillo, pero confió en que sus compañeros ya se hubiesen encargado de avisarla, junto a los demás profesores; decidió depositar todas sus esperanzas en el buen criterio de la pequeña de los Weasley, al igual que lo hacía en su amor. En cambio, dirigió la mirada hacia las alturas, intentando localizar la gigantesca nube artificial de agua que ya Edward y sus hombres deberían estar creando. En efecto, a pesar de que el humo no permitía distinguir prácticamente nada, sí pudo ver una gran zona, en dirección al lago, donde se notaba una mayor oscuridad; no podía tratarse de otra cosa: la nube tapaba la poca luz del sol que el humo no se había encargado de eclipsar.

Corrió en dirección a sus compañeros, muy atento de no tropezar en su carrera con más personas a las que atropellar o ser arrollado por ellas, como le había pasado con Sloughorn, pero nadie se cruzó en su camino. Al llegar prácticamente a la misma orilla del lago, comenzó a distinguir numerosas siluetas de las cuales, para un ojo muggle, habría parecido que salían rayos dirigidos hacia el cielo, y no procedentes de sus varitas, como de hecho estaba sucediendo.

- ¿Dónde está Edward? – preguntó al auror que tuvo más cerca, una vez alcanzada la orilla.

- Al principio de la línea de extracción, hacia la izquierda, Jefe – el hombre respondió, si distraer la vista de su cometido.

Harry apretó el hombro izquierdo del hombre, levemente, en un gesto de ánimo y de agradecimiento, y se encaminó hacia donde este le había indicado.

- Parece que la nube se está formando a buena velocidad – Harry comentó a Edward, situándose a su lado mientras extraía su propia varita y se unía al grupo.

- Somos muchos y bien disciplinados, y eso se nota – su subordinado asintió, complacido. – Unos minutos más y podremos dirigirla hacia el incendio.

Ambos permanecieron en silencio, dejando pasar el tiempo sin cesar en su trabajo, hasta que Edward preguntó, mirando al cielo:

- ¿Qué te parece, Jefe? ¿Es suficiente?

- Lo es. Conjura tú el Widdiwasi; nosotros te apoyaremos.

- ¡Detened la extracción, y a mi señal! – gritó al auror que se encontraba justo a su lado, para que el otro transmitiese la orden a lo largo de la cadena.

Uno a uno, todos los aurores dejaron de ejecutar el hechizo de Aire Caliente, pero no bajaron las varitas, dispuestos a apoyar el Widdiwasi de Edward, según sus órdenes.

- ¡Ahora! – el hombre gritó de nuevo, una vez la extracción se hubo detenido por completo. - ¡Widdiwasi! – gritó con todas sus fuerzas, lanzando un golpe de varita hacia la nube, secundado por el de todos los demás aurores.

Hubo unos agónicos segundos en los que el inmenso nubarrón no se movió un ápice siquiera, manteniendo en un puño los corazones de todos los aurores; pero después, poco a poco, comenzó a desplazarse y a aumentar la velocidad hasta alcanzar un movimiento razonable. Fue entonces cuando el frente de aurores la dirigió sin descanso, concentrado, hasta situarla directamente sobre le Bosque Prohibido. Edward iba a ejecutar ya la tercera parte del plan, cuando a pocos metros de él, un auror se desplomó hacia el suelo, fulminado; no tardó en seguirle otro, y otro más.

Aquello habría sido motivo suficiente para desconcentrar al resto de magos y dar al traste con su hechizo global; pero no a la élite de los aurores del Ministerio de Magia.

- ¡Algo nos está atacando! – Harry gritó, reponiéndose rápidamente de la sorpresa que los había dominado a todos - ¡Cread dos filas! ¡Los pares, un paso al frente! ¡Conmigo! ¡Nos encargaremos de localizar y abatir a quienes nos están atacando! ¡La de detrás, con Edward! ¡Ejecutad el Glacius!

Como un batallón de aurores perfectamente entrenados que de hecho eran, los hombres se dividieron en dos escuadrones, sin dudar, y bajo el mando de Harry, los primeros se internaron en la espesa niebla, dispuestos a dar con los huesos en el suelo de todo aquel que osase sabotear sus planes. Sin darles tregua, varios magos se abalanzaron sobre ellos, varita en ristre, y hechizos del tipo Inmobilus y semejantes, pero también Crucio, volaron a su alrededor, muy pocos impactando contra el cuerpo de un auror desafortunado.

Pronto la refriega se convirtió en una batalla campal y surrealista envuelta por la bruma, algo que no amedrentó a ninguno de los dos bandos. Pero los aurores se encontraban en ventaja, mucho mejor formados y organizados, y uno a uno, los atacantes fueron cayendo como moscas, con escasas bajas del escudrón defensor. Se vieron correr, a lo lejos, varias figuras, seguramente procedentes de magos atacantes que se batieron en retirada, dando la batalla por concluida.

Cuando Harry, junto con los hombres que le habían apoyado, alcanzó a la segunda fila de nuevo, ya una lluvia torrencial se cernía sobre el Bosque Prohibido sin contemplaciones. Un grito de triunfo salió de las gargantas de todos ellos, cuando vieron que las llamas demoníacas comenzaban a extinguirse; poco a poco, el descomunal incendio quedó para el recuerdo respaldado, eso sí, por una inmensa desolación de lo que hasta hace nada, había sido el misterioso, tétrico, inexplorado y temido Bosque Oscuro.

- ¿Qué demonios ha sido eso? – Edward preguntó a Harry, sin saber si este tenía respuesta para ello.

- Mortífagos – el moreno respondió sin dudar. – Buscaban algo – declaró, totalmente convencido, pues una punzada en su corazón le indicaba que aquella afirmación iba por el buen camino.

- ¿El qué? – el otro quiso saber, con los ojos como platos por la sorpresa.

- La Piedra de la Resurrección – no iba a continuar, pero el total desconcierto de su compañero le hizo sentir obligado a hacerlo. – Yo la perdí aquí, durante la última batalla de la Segunda Guerra. Se supone que nadie debía saberlo, excepto Hermione, Ron y yo.

- ¿Entonces? – aunque su curiosidad había sido satisfecha, la estupefacción no desapareció del rostro de Edward.

- Entonces, alguien se ha ido de la lengua, y va a pagar por esto – Harry casi escupió las palabras, furioso. – Siento forzarte a continuar sin haberte dado descanso, Edward, pero necesito que hagas algo más por mí: Ve a la tumba de Albus Dumbledore con tus dos hombres de mayor confianza; comprobad si se mantiene intacta o ha sido abierta, y de ser así, buscad la varita con la que él fue enterrado.

- ¡Demonios del infierno! – Edward blasfemó, atónito - ¿Por qué temo que sé cual es la varita que debo encontrar? ¿De verdad existe? ¿Y también la capa de invisibilidad? – el asombro del hombre casi se podía palpar.

Harry asintió, sombrío, esperando, sin esperanza, que sus peores temores no se viesen cumplidos.

- No os expongáis al peligro. Si la varita está allí, cógela y tráemela; sólo a mí me servirá como es debido, aunque por lo que veo, los que nos han atacado, o no lo saben o no les importa. Y si no está, regresad rápidamente. En ningún momento comentes a tus hombres de qué va todo esto.

- Por Merlín… me preocupa saber si los mortífagos realmente han encontrado la Piedra – Edward musitó, reflexivo.

- Puedes aportar que sí – Harry afirmó, rotundo. – Son conscientes de que, a estas alturas, yo ya he calado sus intenciones. Por ello, si se han retirado y han dejado de luchar, es porque ya han obtenido lo que querían. Sólo tenían una oportunidad de hacerse con la Piedra, y lo sabían de antemano.

Edward no quiso preguntar más, aunque su mente hervía de incógnitas que deseaban ser resueltas; pero supo que, en el momento oportuno, su jefe las satisfaría todas. Así que fue a cumplir su próxima misión, resuelto.

~~o0O0o~~

Tres cuartos de hora después, Harry, calado hasta los huesos y cubierto de hollín, alcanzó el Gran Comedor del Castillo, donde McGonagall había improvisado un hospital de campaña para los heridos del incendio, y donde también los centauros habitantes del Bosque, guiados por Firenze, aguardaban una reubicación, aunque fuese provisional.

Hagrid, ayudado por las profesoras Sprout y Hooch, se estaba encargando de curar, calmar y alimentar a las criaturas que habían logrado sobrevivir al devastador incendio del Bosque Prohibido, en los terrenos anexos a la cabaña de Hagrid que, gracias a la decisiva y experta intervención de los aures, se habían salvado del incendio, a la espera de que el Ministerio de Magia, alertado por Harry, hallase un nuevo hogar para ellas. De hecho, el Subjefe de Aurores había estado colaborando con ellos hasta que los tres se hubieron adueñado de la situación completamente y pudo marcharse sin temor a tener que solucionar graves altercados provocados por las criaturas, de caracteres y hábitos tan dispares entre las distintas especies rescatadas.

Nada más hubo traspasado las pesadas puertas del Gran Comedor, tres figuras que se hallaban reunidas y que de inmediato fijaron su vista en él fijamente, concentraron toda su atención: la directora McGonagall, Ginny y Ron Weasley aguardaban a que se reuniese con ellos, con caras de funeral.

Una inmensa ira, y una rabia sorda que amenazó con ahogarle, invadió a Harry por completo al ver al que en otro tiempo fue su mejor amigo. Alcanzó a Ron, sintiendo ganas de sacar su varita y darle una buena lección; pero en cambio tan sólo lo taladró con la mirada.

- Te he buscado por todas partes, Harry, de verdad – el pelirrojo comenzó, azorado – He estado en casa de Ginny, en tu casa… y ha sido cuando he ido a buscarte al Ministerio de Magia cuando me han indicado que estabas aquí, luchando contra el Fiendfyre que estaba arrasando el Bosque Prohibido. Lo siento, no puedes imaginar cuánto lo siento – el joven concluyó, sin dar tiempo a su amigo a que lo acusase de nada, siquiera.

- ¿Por qué? – Harry preguntó sin más, con voz fría; aunque apretaba los puños con tanta fuerza, que las manos le dolían.

- No ha sido premeditado. Anoche sucedió algo con Hermione que… ¡Mierda! – sacudió la cabeza, odiándose a sí mismo – Acabé en el primer bar que encontré, me atiborré de whiskey de fuego, alguien se me acercó y empezó a darme conversación, hablé de más sin darme cuenta… Al despertarme en casa esta mañana y acordarme de todo lo sucedido, lo primero que he hecho es ir a buscarte; te lo juro. Yo nunca he querido esto, por nada del mundo lo habría deseado, jamás.

- ¡Por amor de Merlín, Ron! ¿Es que te has vuelto loco? ¿En qué demonios estabas pensando? ¡Ya no somos unos críos! – Harry le gritó sin contemplaciones, perdiendo la paciencia.

- ¡Lo sé! ¿Te crees que no lo sé? ¡Haré cualquier cosa para ayudarte a enmendar mi error! – el otro gritó también, con los nervios destrozados.

- Voy a detenerte por colaboración involuntaria con los Mortífagos, para que el Wizengamot te juzgue; lo sabes – fue el Subjefe del Cuartel General de Aurores quien habló, no el amigo.

Las dos mujeres que los acompañaban, y que hasta el momento se habían mantenido en total mutismo, mostraron gestos de sorpresa, alarmadas, aunque continuaron guardando silencio; sus corazones se encontraban profundamente divididos entre el amor y el cariño que sentían por el joven, y el dolor por la inmensa tragedia que sus actos inconscientes y desafortunados habían propiciado. Pero Ron asintió, consciente de todo el mal que había cometido, aunque fuese sin pretenderlo.

- Yo haría lo mismo si estuviese en tu caso. No luchamos todo lo que luchamos, ni sufrimos todo lo que sufrimos, para que ahora yo pueda permitirme un desliz de semejantes consecuencias sin sufrir castigo por ello – Ron sentenció, hundido.

- Las consecuencias de tu inmenso error no han hecho nada más que comenzar, Ron. Los mortífagos ya han obtenido lo que querían – en los rostros de MacGonagall y de Ginny apareció una gran confusión, pues nada sabían del inmenso tesoro que, hasta aquel día, el Bosque Prohibido había estado custodiando; - ahora habrá que ver qué pretender hacer con ello. Ojalá no lleguemos demasiado tarde a detener lo que quiera que sea que los mortífagos estén planeando, pues sea lo que sea, jamás será bueno, ni para magos ni para muggles – Harry deseó, sombrío.

- Sé que en este momento no sirve para nada mi ofrecimiento, pero aún así, quiero que sepas que te ayudaré en todo lo que pueda.

- Ya has ayudado suficiente. ¡Maldita sea mi estampa! – Harry gritó con amargura. - ¿Por qué tú, Ron? ¿Por qué?

El que en otro tiempo fuera casi su hermano, no supo qué contestar; el dolor de su corazón, no sólo por lo que había hecho, sino por haber decepcionado de tal manera a la persona a quien más quería, junto a su propia familia, era demasiado profundo como para poderlo soportar.

- Lance – Harry llamó la atención de su subordinado, que junto a McGonagall, se había encargado de evacuar y proteger a los centauros que habían habitado el Bosque Prohibido, y que en el Gran Comedor había ayudado en las tareas de sanación de los heridos.

El hombre, que había permanecido cerca de su jefe desde que le había visto entrar, en un discretísimo segundo plano, a la espera de recibir nuevas órdenes, lo alcanzó en un segundo.

- Dime, Jefe.

- Llévate a Ronald Weasley al Ministerio de Magia y retenlo allí; después habla con Huxley y explícale la situación; pídele que solicite al Ministro de Magia que convoque una sesión extraordinaria y urgente del Wicengamot. Si tiene alguna duda, dile que yo llegaré allí lo antes posible.

- ¿Lo meto en una…? - Lance no se atrevió a continuar, a sabiendas de lo "peliaguda" que iba a ser la pregunta.

Encarcelar, sin más, a un héroe de la Segunda Guerra, como lo era Ron Weasley, no parecía justo, en absoluto; hubiese hecho lo que hubiese hecho en el momento actual, pues su contribución pasada a la liberación de los magos siempre pesaría demasiado a su favor.

Pero Harry intuyó el final de la pregunta.

- No, no lo metas en una mazmorra; custodiadlo, tan sólo.

Lance asintió, completamente conforme, consciente del sufrimiento que aquella decisión estaba causando en el alma de Harry. Auror y reo se marcharon hacia el Ministerio de Magia sin añadir nada más, pues nada más había que decir. Mas antes de separarse, Ron y Harry se mantuvieron la mirada brevemente, ambas llenas de dolor.

- Ginny, lo siento – Harry dijo a su novia, abatido.

- Yo… también lo siento – la pelirroja apenas susurró. – Perdóname, Harry – pidió al moreno, apenas siendo capaz de contener la mezcla explosiva de sentimientos encontrados que la desbordaban.

Sin poder aguantar más, dio la espalda a su novio y a la directora, y salió corriendo fuera del Gran Comedor, destrozada.

Harry profirió un profundo suspiro de derrota, pero no la siguió.

- ¿Hay algún lugar donde pueda adecentarme un poco, directora? – en cambio solicitó a McGonagall.

- Puedes utilizar los baños de los profesores – la mujer asintió, sombría. – Harry… - tomó por el brazo al joven auror, antes de permitirle ir hacia los aseos. – Antes de marcharte, habla con Cybill; algo grave le sucede, y ese algo está relacionado con Ginny y contigo – afirmó, sin más explicaciones.

- Está bien – él consintió a regañadientes. – No tengo tiempo para eso ahora; es prioritario detener los perversos planes de los mortífagos. Pero localizaré a Ginny y juntos hablaremos con ella, antes de irnos – concluyó, a sabiendas de que esa conversación debía producirse, tarde o temprano, y mejor para todos que fuese cuanto antes.

- Me alegro tanto de verte… - la mujer dijo de pronto, sacando a la luz su vena más maternal.

- Yo también me alegro de verla, directora, aunque deba ser bajo estas circunstancias.

Profesora y alumno se dieron un fuerte abrazo lleno de cariño.

- ¿Qué es lo que los mortífagos han encontrado, Harry? ¿Por qué y para qué se ha producido este desastre? – la mujer exigió saber, fijando su mirada en los ojos del Subjefe.

- Para qué se ha producido, no tengo ni la más remota idea, pero tenga por seguro que lo averiguaré. Y sobre qué es lo que se han llevado, es la Piedra de La Resurrección; yo la perdí en el Bosque Prohibido la misma noche en que Voldemort fue derrotado.

La directora se llevó las manos a la boca, ahogando un grito de sorpresa y horror, por lo que dicha piedra, en malas manos, podía desencadenar.

- Por qué la quieren, es evidente, teniendo en cuenta las propiedades de la Piedra – Harry concluyó.

- Otra vez no, por Merlín, otra vez no…

- No adelantemos acontecimientos.

- Tienes razón – ella dijo, acorde. - Ve a lavarte, muchacho; pareces un pordiosero –le ordenó con socarronería, apenas sonriendo.

Harry sonrió también, y se encaminó a cumplir la orden de la persona viva a quien, muy probablemente, más admiraba en el mundo.


COMENTARIOS DE LA AUTORA:

Aquí me tenéis de nuevo, después de casi dos años de ausencia en este fic, de una hija y una sobrina de más, una madre de menos, y un trabajo alejado de mi hogar ciento cuarenta kilómetros. Con tantas inmensas alegrías y tan inmensa pena, no soy capaz de calificar el año pasado, así que voy a concentrarme en vivir este nuevo año lo mejor que sepa, y que pueda. ¿Que si sigo siendo la misma? Yo me siento la misma, con más años y un pelín más sabia, también.

Sé que la mayoría de gente que seguía este fic habrá pensado que yo nunca iba a terminarlo, y lo más probable es que no retomen su lectura. Alguien me dijo una vez que al publicar mis historias, yo estaba adquiriendo un compromiso moral con todos aquellos que las leen, y que ello me obligaba a publicar a menudo para poder satisfacerles; y estoy de acuerdo. Me gustaría hacerlo, pero en mi caso, como en el de todos, supongo, el conciliar el "quiero" con el "puedo" no es tarea fácil; así que lo de publicar a menudo, que de ello depende, tampoco lo es.

No me queda más agradecer la atención prestada, a todos aquellos que hayan leído este capítulo, ya sean viejos o nuevos lectores de este fic.

Feliz Año 2014

Rose.