Disclaimer: Harry Potter y sus personajes son propiedad de J. K. Rowling. Ésta historia está escrita sin ánimo de lucro.

Advertencias: Este fanfic será Slash con Lemon. Es decir, contendrá relaciones, algunas explícitas, entre chicos. Más adelante Mpreg. También habrá parejas hetero, muerte de algún personaje y mucho drama. Si alguna de éstas situaciones no te es grata, no lo leas. Sólo aviso.

Nota: He tenido que modificar algunos detalles del pasado, carácter y edades de algunos personajes, así como características y funcionamiento de algunos hechizos y objetos mágicos, para poder adaptarlos a mi historia. Espero no incomodarles.

Que la disfruten.

K. Kinomoto.

Respuesta a los reviews.

Faith: Hola Faith, me alegra mucho saber que sigues la historia con interés. Aquí tienes el siguiente capítulo y espero que sea de tu agrado. Muchas gracias por tu review. Besitosmil.

Sedex. Hola, qué bueno que te haya gustado este capítulo. Lucius volverá a caminar, no lo dudes, aunque eso le costará un poco de trabajo. En cuanto a Fudge, pues, sí. En éste fic lo convertí en algo útil, jeje. Falta un poquito para el enfrentamiento entre Harry y Voldemort, pero lo habrá, no lo dudes. Jaja, me alegra que ya no hablaras mal de Blaise, je, pobrecito, lo traes en mole y no te culpo. Muchas gracias por tu review, y besitos a ti también.

Mirels. Hola linda, a mí también me gusta Sirius, pero en este fic se está portando un poquito mal, aunque también tiene sus motivos, pero eso se sabrá más adelante. En cuanto al problema de Blaise, es verdad que el bebé es importante, y no te imaginas lo importante que será más adelante. Muchas gracias por tu review. Muchos besitos.

Nan: Hola preciosa, me alegra mucho saber que te gusta mi historia, más tratándose de la primera vez que lees sobre esta pareja,. Ya está el siguiente aquí mismo, espero que te guste y me disculpo por la demora. Acostumbro publicar cada quince días aprox. Y espero volver a verte por aquí. Muchas gracias y mil besitos.

Y a todas aquéllas personas que leen mi historia, muchas gracias.

XI

Besos, flores y adioses.

Harry se metió con sigilo entre las sábanas negras de la cama de Severus, quien se hallaba sumido en un profundo sueño. Desde la hora de la cena, quien fuera su profesor de pociones no había dejado de cabecear sobre la mesa. Planeando ésta situación, Draco y Harry habían estado conversando sobre Quidditch todo el tiempo, lo que aburría de manera terrible al profesor.

La charla de sobremesa sobre el mismo tema había terminado por arrullarlo de tal manera, que cuando el hombre se levantó de la mesa estaba más dormido que despierto. Con un escueto: "buenas noches", había dejado a los jóvenes inmersos en su charla y se había dirigido a su habitación. Apenas hubo puesto la cabeza sobre la almohada y cerrado los ojos, el profesor había caído rendido.

El muchacho se deslizó con suavidad hasta quedar pegado a la espalda del hombre, quien dormía de lado. Con timidez, cercó su cintura con su brazo y escondió su rostro en la parte de atrás de su cuello. La mano que rodeaba su cintura trepó hasta posarse sobre su pecho para quedarse ahí.

El cuerpo del joven tembló de forma casi imperceptible al sentir cómo se amoldaba al cuerpo de su profesor, a la perfección. Como si uno hubiera sido hecho para el otro. Así sentía dentro de su corazón que él era la persona que había esperado durante toda su corta vida. Sólo esperaba tener una vida más larga para poder demostrárselo de todas las formas que él deseaba.

Recordó las palabras de Draco. ¿Y si no le daba tiempo? ¿Qué pasaría si en la batalla él perdía? ¿Qué pasaría si a quien perdía era a Severus? ¿Se arrepentiría por no haberle demostrado su amor de una forma más profunda? ¿Sería todo el tiempo pasado a su lado, sin intimidad, un tiempo perdido?

Suspiró mientras sus fosas nasales se inundaban con el perfume de su pareja. Metió su nariz entre sus hebras oscuras, largas hasta los hombros, y que en ese momento caían con libertad por toda la almohada. Besó su cabello con dulzura al mismo tiempo que descubría que su brillo no se debía a que fuera grasoso. Era más bien demasiado delgado, casi frágil. Y olía delicioso.

Movió la cabeza, negando. No. Él no perdería la batalla. No moriría en manos de Voldemort ni permitiría que Severus lo hiciera. Ellos tendrían todo el resto de sus vidas para amarse. El tiempo a su lado no era tiempo perdido. Jamás lo sería porque Severus no se había cansado de demostrarle su amor de mil y una formas. Y por eso él tampoco dejaría de hacerlo.

Pero sobre todas las cosas, él jamás perdería a Severus. No lo permitiría bajo ninguna circunstancia.

Cerró los ojos mientras se pegaba más a él. Severus se movió con ligereza y el muchacho se quedó quieto. No quería despertarlo a sabiendas que necesitaba un buen descanso. Severus suspiró entre sueños mientras pronunciaba su nombre, para después seguir soñando. Harry sonrió con suavidad y le deseó buenas noches en silencio. A los pocos minutos él también estaba dormido.

oooooooOooooooo

-...Y entonces pensé "vamos, Sirius, sólo te divertirás por unos días..." Pero cuál fue mi sorpresa cuando me comentó que quería presentarme con su familia. ¿Te imaginas? Entonces decidí hacer maletas y emprender viaje lo más pronto posible. Y así fue que tuve que adelantar mi llegada a París...

Remus sostenía una copa en su mano mientras miraba hacia ningún lugar. Oía sin oír la conversación de su amigo al tiempo que recordaba su reciente encuentro con Lucius. Ésos últimos momentos junto a él le habían despertado muchos recuerdos que creía haber enterrado para siempre.

-Remus... –La voz del animago lo hizo emerger de sus pensamientos.

-¿Decías...? –Remus regresó su atención a su mejor amigo, agradeciendo en el fondo el haberse distraído por unos momentos para no tener que escuchar sobre las conquistas del animago durante su viaje a Francia-. ¿Y qué sucedió entonces?

Sirius se levantó del sillón para sentarse junto al licántropo. Durante toda la cena lo había notado ausente y eso lo tenía preocupado.

-¿Estás bien? ¿Hay algo que te molesta?

-¿Por qué me preguntas eso?

El animago dejó su copa a un lado para observar los dorados ojos de su amigo.

-Te conozco muy bien. Estuviste muy distraído durante la cena y no te has terminado la única copa que te he servido. –Le reclamó mientras señalaba la copa, casi llena, que el hombre lobo aún sostenía en su mano-. ¿Estás pensando en lo ocurrido a los Malfoy?

Remus se sintió alterado al escuchar a su amigo. Si el saberse un libro abierto para él ya era de por sí muy frustrante, el que el animago casi adivinara sus pensamientos rayaba en lo desesperante. Se puso de pie.

-¿Irás al sepelio de la señora Malfoy? –Preguntó el licántropo para darle por su lado y que así dejara de hacerle preguntas.

-¿Cuándo será?

-Lucius me comentó que será mañana temprano. Supongo que la sepultarán en la cripta familiar. En su mansión.

-¿Lucius? –El animago lo miró, interrogante-. ¿Y cuándo hablaste con él?

-Hace unas horas... –El licántropo jugueteó con la copa en su mano-. Quise ir a ver cómo se encontraba.

-¿Por qué hiciste eso? –Le reclamó su amigo-. Que yo sepa nunca tuvimos una buena relación con él, ni con Snivellius.

-Severus, Sirius. Y fuiste tú el que nunca tuvo una buena relación. –Lo corrigió Remus-. Yo nunca tuve ningún problema con ellos. Además, me parece que hubiera sido muy descortés de mi parte no visitarlo cuando vivo ahí mismo. ¿Y bien?¿Irás?

-No lo sé... –El animago se rascó la cabeza, pensativo-. Como tú mismo lo has dicho, nunca tuve una buena relación con él. Y como Sniv... Snape estará ahí, supongo que con menos razón iré.

-Como quieras. –El licántropo dejó la copa casi intacta sobre la mesita de centro mientras buscaba su capa.

-¿Ya te vas?

-Es tarde. –Se acercó a la chimenea-. Quiero levantarme temprano para ver en qué puedo ayudar.

-Pero... ni siquiera te has terminado tu copa. –Sirius lo miró con tristeza-. Te molestaste otra vez conmigo... ¿Verdad?

Remus giró su rostro al escuchar las palabras de su amigo. No pasó inadvertida su mirada de tristeza y no pudo evitar acercarse a él. Lo abrazó con fuerza mientras el animago recargaba su barbilla sobre su hombro, abrazándolo también.

-Si es por lo del sepelio entonces iré... –Remus pudo notar que su voz temblaba-. Pero ya no te enojes conmigo.

-No estoy enojado contigo, Sirius. –Lo tomó de la barbilla para que lo mirara a los ojos-. Y no voy a obligarte a ir si no quieres. Eres libre de decidir.

-Entonces lo pensaré.

-Estaré hasta las nueve de la mañana en mis aposentos. Si no me encuentras ahí, quiere decir que me marché al sepelio. Si vienes antes de ésa hora podremos desayunar juntos.

-De acuerdo. Si me decido ahí estaré. –El animago se alegró al saber que su único amigo no estaba molesto con él. Y sin pensarlo dos veces lo besó en la mejilla, sin soltar su abrazo.

Remus no supo muy bien lo que pasó. Sólo estuvo consciente que en un momento su amigo le sonreía y al otro lo besaba en la mejilla. Cerró los ojos mientras sentía la calidez del beso aún en su piel. Apretó más el abrazo en que tenía preso al animago y rozó su nariz contra su mejilla, aspirando su aroma, al tiempo que unía sus labios a los suyos para rozarlos con suavidad.

Fue un beso ligero, fugaz. Sirius abrió sus azules ojos en genuina sorpresa al tiempo que Remus se separaba de él, asustado por su atrevimiento. Lo soltó de inmediato y antes de que el animago reaccionara, tomó un puñado de polvos y desapareció por la chimenea.

Sirius se quedó parado un instante más sin terminar de reaccionar. Cuando lo hizo frunció el ceño mientras observaba el hueco por donde el licántropo había desaparecido.

-¿Cómo pudo hacer eso? –Se preguntó al tiempo que movía la cabeza de un lado a otro, divertido por las ocurrencias de su mejor amigo-. Nunca en mi vida había visto a nadie desaparecer tan rápido por una chimenea...

oooooooOooooooo

Remus trastabilló y cayó sobre la alfombra que tapizaba su sala. Se levantó de inmediato y se puso en guardia, esperando la llegada de un Sirius Black furioso y dispuesto a romperle los dientes por haber tenido el atrevimiento de besarlo. Su respiración era agitada y sudaba profusamente.

"¿Cómo pude ser tan estúpido?" Se preguntó mientras miraba con fijeza hacia el fuego, esperando que cambiara de color de un momento a otro. Y así fue. El rostro del animago se dejó traslucir en medio de las verdes llamas.

-¿Remus? –El licántropo no se atrevió a contestar-. ¿Estás ahí? ¿Estás bien?

La última pregunta hizo que el hombre lobo frunciera el ceño, confundido.

-¿Quieres que vaya para allá? –A la sola mención de esas palabras, Remus se acercó para dejar que su voz fuera escuchada.

-Estoy bien, Sirius... –Esperó respuesta de su amigo.

-Menos mal... –El licántropo no entendía lo que pasaba por la mente del animago-. Desapareciste tan rápido que por un momento pensé que te habías evaporado jajaja...

Remus casi se fue de espaldas al escuchar la risa tan abierta de Sirius. Parpadeó varias veces para comprobar que estuviera despierto.

-¿Remus? ¿Me estás escuchando?

-Eh... sí, Sirius. Te estoy oyendo. –Se rascó la cabeza, confundido-. ¿No estás molesto conmigo?

-¿Molesto? ¿Yo? –Remus vio cómo el rostro del animago se llenaba de confusión-. ¿Por qué habría de estar molesto contigo?

-Bueno... pues porque... –Suspiró-. Por lo de hace unos momentos...

-¿Hace unos...? ¿A qué te refieres?

Remus veía cada vez más difícil llegar al punto. Pero era necesario salir de la duda de una buena vez.

-Me refiero al beso. –Cerró los ojos esperando la explosión de su amigo.

-¿Beso? ¿Qué beso? –Remus abrió grandes sus dorados ojos-. ¡Ah! ¡El beso!

-...

-No. No estoy molesto. –Remus sintió una gran alegría inundar su pecho-. No tiene nada de malo que dos amigos se den un beso en la mejilla. ¿Por qué? ¿A ti te molestó?

-Eh... no. Claro que no. –Remus trató de insistir-. Pero no hablo de eso.

-¿Entonces?

-Hablo de... lo que pasó después.

-¿Te refieres a cuando se rozaron nuestros labios?

-Sí... eso.

-Ah, no te preocupes. –Remus sacudió la cabeza, que ya comenzaba a dolerle. El animago continuó hablando-. Yo tuve la culpa. Supongo que ibas a besarme en la mejilla, pero yo me volví y bueno... un accidente cualquiera lo tiene.

"Un accidente..."

-Bueno... sí. –Remus sintió que toda su alegría se desparramaba por la misma alfombra que él probara momentos antes-. Entonces... será mejor que me vaya a descansar.

-De acuerdo. –Sirius sonrió a través de las llamas-. Que descanses. Tal vez te vea mañana temprano.

-Sí... tal vez. –El rostro del animago desapareció, dejando a Remus Lupin con la misma sensación de un niño que, después de haber anhelado un dulce, se le cae de la mano antes de poder probarlo.

Se separó de la chimenea para dirigirse a su habitación, mientras se quitaba la capa con lentitud, casi como un autómata. Cuando entró se desplomó sobre la cama y cerró los ojos mientras recordaba lo que para él había sido un beso.

"Para él sólo fue un accidente..." Pensó con tristeza mientras pasaba la punta de sus dedos sobre sus labios, que aún guardaban la sensación de los labios de Sirius. "¿Cómo pude ser tan estúpido?".

oooooooOooooooo

Eran pocas las personas que se encontraban en el funeral de Narcisa Malfoy. Mientras el sacerdote recitaba las exequias en el pequeño, pero elegante cementerio de la familia, podían verse en la primera hilera los rostros de Lucius y Draco. A petición de ambos, Severus también se hallaba sentado junto a ellos.

Albus, Harry, Remus, Minerva y Hagrid se encontraban en la fila de atrás. Y detrás de ellos Sirius, Arthur y Molly Weasley, junto a Ron y Hermione, quienes aún no podían creer que se encontraran ahí.

En la última fila, Blaise Zabini trataba de contener las lágrimas mientras veía cómo los hombros de Draco se estremecían de vez en cuando, producto de sus sollozos, los cuales trataba de disimular, en vano. Pudo ver cómo Severus posaba por un momento su mano sobre el hombro del muchacho, tratando de confortarlo. Y pensó en cuánto hubiera dado por ser él el dueño de esa mano confortadora.

-¿Estás bien? –Le preguntó Oliver en voz baja, mientras tomaba su mano entre las suyas-. ¿Quieres que nos vayamos?

El castaño negó con la cabeza, incapaz de responder, pues sabía que de hacerlo no podría contener las lágrimas por más tiempo. Oliver suspiró mientras seguía sosteniendo su mano entre las suyas. Y guardó silencio.

A lo lejos, podía verse una fila de elfos domésticos pañuelos en mano, llorando la pérdida de su ama. A pesar de que Lucius nunca había sido un ejemplo de paciencia a la hora de tratarlos, Narcisa había sabido ganarse el cariño de todos ellos.

El sacerdote cantó los Salmos mientras los presentes bajaban el rostro en señal de respeto. Poco después el ataúd que contenía el cuerpo de Narcisa fue depositado en su bóveda y Draco se puso de pie. Tomó la silla de ruedas de su padre y lo condujo frente a ella. Ambos arrojaron jazmines, sus flores preferidas mientras murmuraban su último adiós.

Cuando volvieron a su sitio, fue el turno de Severus y el resto de los presentes para dejar flores sobre su tumba ya cubierta, y presentar sus condolencias a los Malfoy. Se fueron retirando uno por uno, dejando espacio para que padre e hijo pudieran estar solos con ella.

-¿Crees que ella está bien? –Draco se agachó y acomodó una rosa blanca que había caído al suelo por accidente.

-Lo está, Draco. –El aristócrata suspiró mientras tomaba la mano de la única familia que le quedaba-. Y nosotros también lo estaremos.

-¿Me lo prometes? –Lucius esbozó una tenue sonrisa mientras apretaba la mano de su hijo.

-Te lo prometo.

-Señor Malfoy... –Ambos voltearon al escuchar su apellido. Pero fue Draco quien frunció el ceño al ver a la persona junto a él-. Permítame presentarles mis condolencias.

Lucius asintió con la cabeza mientras volteaba a ver a Draco. No pasó inadvertido para él el gesto del muchacho.

-¿Se conocen? –Le preguntó mientras evaluaba al castaño con la mirada.

-Fuimos... compañeros de Colegio. –Respondió el rubio.

-Entonces los dejo, para que hablen. –Se alejó antes que Draco pudiera hacer nada para evitarlo.

-¿Qué haces aquí? –Le preguntó con toda la frialdad que pudo reunir-. No recuerdo haber dado permiso a los elfos para que te dejaran entrar.

El muchacho extendió su mano para obsequiarle una flor. Draco volteó la mirada hacia otro lado, despreciándolo.

-Sólo quiero que sepas que... siento mucho lo ocurrido y que... si alguna vez me necesitas...

-No creo necesitarte. –Draco se volvió hacia él, su rostro sereno-. Y tampoco creo que tú me necesites. Lo único que no entiendo es ¿Cómo pudiste tener el descaro de traerlo a mi casa?

Blaise se dio cuenta que Draco estaba hablando de Oliver, quien en ese momento se encontraba con Harry y Ron, sosteniendo una conversación, ajeno a lo que ocurría a unos metros de él.

-Quería que supieras que... él es alguien maravilloso y... quería que lo conocieras.

-¿Adónde quieres tú llegar con todo esto? –Preguntó el rubio, molesto por la forma en como hablaba de él-. ¿Acaso piensas que podríamos llegar a ser amigos?

El castaño no respondió. Sólo suspiró mientras dejaba que Draco siguiera hablando.

-¿O acaso piensas que así podrás seguir con los dos al mismo tiempo? ¿Piensas que me quedaré tranquilo sabiendo que nos sigues viendo a uno a escondidas del otro? ¿O acaso...?

Un destello de compresión surcó sus grises ojos cuando llegó a ese pensamiento.

-¿Creíste que podría... compartirte con él y que los tres...? –Ante el tenue rubor en las mejillas de su ex pareja, el rubio terminó de comprender-. ¡Nunca! ¿Me oyes? Nunca te compartiré con él. ¡Nunca lo amaré a él!

Se dio la media vuelta para alejarse lo más pronto posible. Blaise se quedó parado en el mismo sitio, incapaz de reaccionar ante el desprecio de quien amaba con todas sus fuerzas. Vio a lo lejos que Oliver lo buscaba con la mirada.

Se giró para que su pareja no viera las lágrimas que brotaban a raudales de sus tristes ojos. Bajó la cabeza mientras dejaba que los sollozos lo ahogaran. Entre sus lágrimas alcanzó a ver las flores que cubrían la tumba de Narcisa.

Se agachó con lentitud y depositó con dulzura la flor que Draco despreciara.

-Usted sabe cuánto lo amo... –Murmuró el muchacho entre sollozos-. ¿Verdad que sí lo sabe?

Una suave brisa con aroma a jazmines revolvió sus cabellos castaños. Blaise se enderezó mientras secaba sus lágrimas. Después de despedir con un beso a la mujer que diera la vida a una de las dos personas que más amaba, el joven dio media vuelta para refugiarse en el pecho de Oliver, quien ya lo esperaba con los brazos abiertos.

El moreno abrazó con ternura el cuerpo sollozante de su pareja, dejando que sus lágrimas mojaran su túnica gris. Se sentía impotente al no saber lo que le ocurría. Pero aún así dejó que Blaise descargara todo su dolor entre sus brazos mientras buscaba la salida de la enorme mansión.

oooooooOooooooo

-Entonces... ¿Eso fue lo que ocurrió que no pudiste contarnos?

-Así es, Hermione.

Harry y sus amigos se encontraban aún en la mansión de los Malfoy. Después del sepelio y por órdenes de Lucius, los elfos habían organizado un almuerzo y Draco le había pedido a Harry que los acompañaran. Ahora estaban sentados en una pequeña mesa para cuatro personas, en el jardín. Los Weasley compartían su mesa con Sirius y Remus, y la profesora McGonagall y Hagrid acompañaban al director en otra. Severus estaba sentado en otra mesa, con Lucius y su hijo.

-Me imagino que debió ser difícil para el profesor Snape tener que presenciar todo. –Ron apretó el brazo de su amigo mientras continuaba-. Pero debió ser peor que tú también lo hicieras en tus sueños.

-No me lo recuerdes, Ron. –El moreno se estremeció de pies a cabeza-. Cada vez que me acuerdo siento... una gran rabia por todo lo que esos monstruos les hicieron.

Los muchachos guardaron silencio. Voltearon hacia la mesa de los Malfoy, donde Lucius sostenía una conversación con Severus mientras Draco se concretaba a escucharlos. Aún podía verse en sus grises ojos las secuelas del llanto.

-¿Qué crees que vaya a pasar ahora que Voldemort piensa que han muerto? –Hermione hizo esta pregunta mientras miraba a su amigo.

-No lo sé, Hermione. Pero supongo que el señor Malfoy querrá vengar la muerte de su esposa.

-Pero... él no puede usar su magia. Se delataría ante el Ministerio. –El pelirrojo bajó el volumen de su voz-. Además... no podrá enfrentarse a nadie en silla de ruedas. Cualquiera lo vencería con facilidad.

-No estés tan seguro, Ron. –Su novia intervino-. No olvides que es un mago muy poderoso. Una silla de ruedas no va a ser obstáculo para que pueda luchar.

-¿Crees que nos apoyará durante la batalla contra tú ya sabes...?

-No tengo ninguna duda, Ron. –Harry suspiró mientras dirigía su mirada hacia la mesa donde su pareja se encontraba-. Estoy seguro que cuando llegue el momento, él será uno de los elementos más importantes en la destrucción de Voldemort.

Los tres muchachos observaron cuando Lucius Malfoy se alejó de las mesas hacia el interior de su mansión. Draco y Severus se pusieron de pie y el rubio se dirigió a ellos.

-Mi padre y yo les agradecemos su presencia. –Los tres asintieron a las palabras del Slytherin. Hermione se puso de pie y le dio un beso en la mejilla.

-Lamentamos mucho lo ocurrido. Y queremos que sepas que si necesitas algo, no dudes en recurrir a nosotros. –El pelirrojo asintió a las palabras de su novia.

-Gracias, Granger... Weasley.

-Hermione...

-Ron...

-Hermione, Ron. –El rubio señaló hacia la mesa de los Weasley-. Si me disculpan...

Cuando el rubio se alejó, Harry y Ron también se levantaron de la mesa.

-Creo que se acerca la hora de partir. –Vieron cómo el rubio decía algo y Molly lo abrazaba con aire maternal. Poco después ellos también se ponían de pie.

Mientras Draco se dirigía a la mesa de los profesores, Harry observó cómo Severus se levantaba y caminaba al interior de la mansión.

-Supongo que regresarás a Hogwarts. –Ron vio que los ojos de Harry no se despegaron de su pareja hasta que desapareció por una de las grandes puertas.

-Así es. –Vio a Sirius y al matrimonio Weasley acercándose a ellos.

-Chicos, es hora de irnos. –Los muchachos asintieron y, después de dar a Harry un abrazo de despedida, partieron detrás de los elfos que los conducirían hacia la salida.

-Será mejor que yo también me vaya. –Sirius rodeó su hombro con un brazo y caminó unos metros con él-. Iré a visitarte seguido.

-¿No esperarás a Remus? –Preguntó el muchacho, al ver que el licántropo permanecía sentado en la mesa.

-Me dijo que volverá con los demás. –Se encogió de hombros-. No me agrada la idea de regresar en compañía de Malfoy y Snivellius.

-Snape. –Harry suspiró tratando de no expresar su molestia.

-Sí, sí... Snape. –Lo abrazó con fuerza-. Cuídate mucho.

-Tú también. –El animago se separó de él y se dispuso a seguir a los demás. El muchacho entonces se dirigió a Remus, quien sonrió cuando lo vio venir.

-¿Te dijo que no quise acompañarlo?

-Así es. –Lo miró, interrogante-. ¿Estás molesto con él?

-No lo sé, Harry. –El licántropo respiró con fuerza-. No sé si estoy más molesto con él que conmigo mismo.

-¿Puedo saber la razón? –Harry correspondió a la señal de despedida que Albus y los demás profesores les dirigieron. Supuso que más tarde los vería en el Castillo.

-¿Tendrás tiempo para escuchar las penas de este viejo licántropo?

-Tengo todo el tiempo del mundo para eso, Remus. –Lo tomó de la mano-. Y tú no eres ningún viejo.

oooooooOooooooo

Lucius Malfoy observaba la habitación que durante casi veinte años compartiera con su esposa. La elfina que se hacía cargo de las cosas de Narcisa guardaba sus pertenencias en su clóset y en sus cajones, para después cerrarlos con un hechizo. El rubio había decidido que no se desharía de ninguna de ellas, y le había dado la orden de sellar sus cajones para que nadie más pudiera tocarlas.

Acercó la silla de ruedas a la enorme cama. Las sábanas estaban limpias y colocadas con extremo cuidado, como a ella le gustaban. Levantó la almohada de su esposa y la acercó a su rostro. Sin importar que tuviera fundas nuevas, su aroma aún permanecía en ella. Suspiró mientras absorbía con deleite su perfume. Cerró los ojos mientras se permitía recordar su última noche con ella. Cuando los abrió, vio que la pequeña criatura lo miraba con sus grandes ojos llenos de lágrimas.

-Amo Lucius, señor... –El rubio mantuvo su mirada azul sobre el pequeño ser-. Ahora que la ama Narcisa ya no está, ¿Qué pasará con Eli, señor?

Lucius frunció el ceño al recordar que la elfina había sido contratada por la familia de su esposa desde que Narcisa era pequeña, y ésta había decidido llevarla a vivir a la mansión, donde había continuado sirviéndole de manera exclusiva. No podía echarla así como así, Narcisa nunca lo hubiera hecho, aún tratándose de cualquier elfo. Mucho menos de ella.

-Te quedarás aquí. Estarás a cargo de supervisar que los demás elfos hagan bien su trabajo. Y sobre todo, que nadie entre a ésta habitación en mi ausencia, bajo ninguna circunstancia.

-Así lo haré, amo Lucius.

-Puedes retirarte.

Cuanto la elfina se fue, Lucius se dio cuenta que aún sostenía la almohada entre sus manos. Se acercó de nuevo a la cama para dejarla en su lugar, cuando se percató de un objeto de color oscuro que permanecía escondido entre los pliegues de la sábana. Retiró la fina tela con cuidado para descubrir que se trataba de la varita de su esposa.

Recordó entonces que la noche en que fueron capturados por Voldemort la habían dejado en sus respectivas cabeceras, y no habían tenido tiempo de tomarlas para defenderse. El rubio rodeó la enorme cama hasta llegar al otro extremo de la cabecera y levantó su propia almohada. Su varita también estaba ahí.

Tomó ambas varitas y las sostuvo en el aire unos momentos. Recordó que no debía utilizar la suya o se delataría. Estaba en medio de esos pensamientos cuando escuchó que tocaban a la puerta.

-¿Lucius? –La voz de Severus se dejó escuchar del otro lado-. ¿Estás ahí?

-Adelante.

Severus entró en la habitación para encontrar a Lucius frente a su cama, varitas en mano.

-Sabes que no debes usarla, ¿Verdad?

El rubio asintió mientras se acercaba al ventanal. Pudo distinguir que Remus aún se encontraba en el jardín, y que parecía sostener una conversación con Harry.

-Pensé que se irían con los demás. –Severus siguió la mirada del rubio.

-Tengo órdenes de llevarlo al colegio, en persona. –Y mientras se acercaba también al ventanal-. Lo que no entiendo es ¿Por qué Remus no se marchó con ellos?

Lucius guardó silencio. Él también se acababa de hacer la misma pregunta.

-Severus...

-Dime...

-¿Alguna vez has amado a alguien?

La pregunta que el rubio le dirigió lo descolocó. A pesar de haber sido compañeros, jamás se habían tenido la confianza suficiente para hablar de esa clase de temas. Supuso que la muerte de Narcisa lo había sensibilizado de alguna manera.

-Sí... –Respondió con cautela mientras sus negros ojos se posaban en el muchacho que conversaba con el licántropo en el jardín.

-¿Puedo saber a quién?

-No.

Lucius entendió con claridad que no iba a decirle nada más, así que no insistió.

-¿Sabes? Crecí con la firme convicción de que un Malfoy jamás debía expresar sus sentimientos. Mis padres me inculcaron esa creencia desde muy pequeño. Supongo que sus padres también lo hicieron. Así que la primera vez que me di cuenta que amaba a alguien, preferí guardar silencio y permití que mi linaje se impusiera sobre mis sentimientos.

-¿Y has cambiado de opinión con respecto a eso?

-Jamás dejé de ser un Malfoy. Ni dejaré de serlo nunca. –Vio a través del ventanal que Remus y Harry se ponían de pie para seguir conversando mientras admiraban las bellas flores del jardín-. Pero... si alguna vez tuviera la oportunidad de decirle a esa persona cuánto la amé. Cuánto la sigo amando... entonces... no permitiría que mi apellido fuera otra vez un obstáculo para poder demostrárselo.

Severus frunció el ceño mientras observaba al rubio. Por la forma en como hablaba supo que no se estaba refiriendo a su fallecida esposa. Pero entonces, ¿A quién?

Siguió la mirada azul del hombre junto a él, y abrió los ojos en franca sorpresa al descubrir a quién observaba. Sacudió la cabeza, negándose a esa posibilidad tan absurda.

-No hablas de Narcisa, ¿Cierto?

-No. –El rubio suspiró mientras acariciaba la varita que perteneciera a su esposa-. A ella siempre le dije que la amaba. Y no me arrepiento de haberlo hecho.

-Es bueno escuchar eso.

-Ha sido diferente con Draco. Creo que he tratado de hacer lo mismo que mi padre hizo conmigo y que a su vez mi abuelo hizo con él.

-Entiendo. Pero creo que aún estás a tiempo.

-Así es. Eso no significa que se lo diré a cada momento. Somos dignos Malfoy.

-Es cierto.

-Pero se lo demostraré. De vez en cuando.

Ambos guardaron silencio ante la última afirmación del rubio. Severus observó a Harry, quien en ese momento tomaba el brazo del licántropo y lo atraía hacia él para abrazarlo. Severus no supo porqué, pero no sintió celos ante la muestra de afecto de su pareja hacia el mejor amigo de sus padres. Él sentía que confiaba en él, porque Harry había sabido ganarse esa confianza.

También observó que para su pareja no era difícil expresar sus sentimientos. Había veces en que, estando juntos, Harry no se había cansado de decirle que lo amaba. Él, en cambio, había correspondido a esas palabras de amor con algunos abrazos y besos, pero muy rara vez le había respondido lo mismo.

Él no era ningún Malfoy pero, al igual que Lucius, había crecido con la idea de que expresar los sentimientos era una muestra de debilidad. Su "querido" padre se había encargado de eso.

-¿Y Draco? –La pregunta del rubio lo hizo emerger de sus pensamientos.

-Está en su habitación. Empacando algunas cosas para llevárselas a Hogwarts. –Se alejó del ventanal-. ¿Estás listo para marcharnos?

-No iré con ustedes. Me quedaré aquí.

Severus frunció el ceño. De alguna forma u otra, se imaginaba una respuesta así.

-Eres libre de decidir dónde quedarte. –El profesor se acercó a la puerta-. Sólo permíteme recordarte que Draco regresará a Hogwarts. Y mientras la amenaza de Voldemort siga latente, éste lugar es tan seguro como el Callejón Knocktum.

Lucius guardó silencio. Por un lado Severus tenia razón. ¿Qué iba a hacer sólo en esa enorme mansión si Draco no iba a estar con él?

Se enderezó para poder apreciar, con más detalle a través del ventanal, la figura de Remus. Ése simple movimiento le provocó una dolorosa punzada que recorrió toda su columna. Cerró los ojos mientras se mordía los labios para no gemir.

-¿Estás bien? –Severus había observado todo y no pasó inadvertido el gesto de dolor de su ex compañero.

-Necesitaré comenzar con mi tratamiento lo más pronto posible. –Severus asintió-. Pero no quiero permanecer en la enfermería.

Severus comprendió a qué se refería. Lucius estaba diciéndole, muy a su manera, que aceptaba quedarse en Hogwarts.

-Le pediré a Albus que te asigne una habitación. No puedes presentarte en San Mungo aún. Así que le diré a Poppy que te recomiende un terapeuta para que comience a tratarte dentro del Castillo. –Abrió la puerta mientras continuaba-. Iré por Draco. Te esperaremos en el jardín.

-Severus... –El profesor se volvió al escuchar su nombre-. Gracias.

El profesor frunció el ceño, extrañado ante la actitud agradecida del orgulloso aristócrata. Asintió al imaginar el gran esfuerzo que debió significarle mencionar tan humilde palabra.

-No hay de qué.

Cuando Severus se fue, Lucius mandó a llamar a un elfo para que empacara algunas de sus pertenencias, incluyendo las varitas de su esposa y la suya.

Mientras el elfo hacía lo que su amo le ordenaba, el rubio permaneció observando a Remus a través del ventanal. Jamás lo admitiría ante nadie, pero el licántropo había sido otra razón muy importante para aceptar quedarse en Hogwarts.

Vio que Draco y Severus se les unían en el jardín. Ordenó al elfo llevarle la maleta y se dispuso a salir de la mansión, no sin antes dirigir una última mirada a la habitación en la que había sido feliz los últimos veinte años.

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El lujoso carruaje aterrizó con elegante lentitud en los terrenos del Colegio de Hogwarts. Draco y Harry fueron los primeros en descender. Ambos esperaron con paciencia a que la silla de Lucius se posara sobre suelo firme. Remus y Severus bajaron detrás de él.

-¿Qué harás ahora? –Preguntó el moreno, mientras observaba el carruaje de los Malfoy ascender y perderse en el horizonte, donde unas nubes grises anunciaban el pronto arribo de una tormenta veraniega.

-Nada. Creo que daré una vuelta por las Torres. –El rubio siguió la mirada del Gryffindor-. Aprovecharé la poca luz que queda para hacer un poco de ejercicio. ¿Quieres venir?

-Por supuesto. –Ambos muchachos se alejaron de los mayores-. Haremos una carrera para ver quién llega primero a la Torre Norte...

-Tengan cuidado... –Remus habló en voz alta para que los chicos lo escucharan mientras se alejaban-. Habrá tormenta eléctrica.

Los muchachos asintieron a las palabras del licántropo. Momentos después desaparecían por la entrada principal.

-Iré a hablar con Albus para que te asigne una habitación. –Severus se giró hacia donde los muchachos desparecieran-. ¿Alguna parte del castillo que prefieras?

-Que no esté cerca de las mazmorras... hace demasiado frío. –Lucius contestó de manera lacónica mientras se reponía de la sorpresa que le causara que su hijo y Potter se llevaran bien.

El profesor de pociones se encogió de hombros, dando las gracias en su interior por no tenerlo de vecino.

-¿Irás a hablar con Poppy sobre el terapeuta? –El rubio asintió-. Entonces te veré más tarde en la enfermería.

Severus se encaminó al interior del Castillo. Remus, quien había escuchado el intercambio de palabras de ambos Slytherin, no pudo evitar la curiosidad.

-¿Te quedarás aquí?

-Así es. –El rubio hizo girar las ruedas de la silla. Una punzada en su espalda lo hizo detenerse-. No podré irme de aquí hasta estar mejor.

-¿Me permites? –Remus tomó los asideros de la silla, al ver que a Lucius le costaba mucho esfuerzo avanzar. El rubio se dejó conducir al interior del Castillo.

-No te molestes en acompañarme hasta la enfermería. Podré llegar solo.

-No es molestia. –El profesor siguió conduciendo la silla, sin hacer caso a las palabras del rubio.

Anduvieron en silencio algunos metros, hasta que por uno de los ventanales pudieron ver a Harry y Draco, sobrevolando el cielo gris como dos negras y majestuosas aves.

-No sabía que se llevaran bien. –Remus comprendió las palabras del rubio y asintió.

-Desde hace varios meses. –Se encogió de hombros en un gesto que Lucius no pudo ver-. Tengo entendido que a raíz de un accidente.

-¿Un accidente? –Lucius frunció el ceño-. ¿Le pasó algo a Draco?

-Oh, no. Nada de eso. –Remus sonrió, divertido, ante el alarmado tono de su ex amante-. En realidad fue al revés. El invierno pasado Harry tuvo un accidente en el Bosque, y Draco salvó su vida.

-Ya veo... –Lucius guardó un prolongado silencio ante el relato de Remus-. Entonces Potter está en deuda con mi hijo.

Remus volvió a sonreír ante el tono, ahora soberbio, del aristócrata.

-Podría decirse que sí. ¿Te molesta que ellos sean amigos?

-No lo sé... –El licántropo dejó que el viudo ordenara sus ideas-. En otras circunstancias estaría furioso. Pero... viéndolo por el lado práctico, es conveniente que Draco haga buenas migas con él. Después de todo, es el "niño que vivió".

Remus sólo movió la cabeza de un lado a otro. Lucius nunca dejaría de ser un Slytherin.

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-Pues por mí no hay ningún inconveniente. Puedes elegir entre las habitaciones de los profesores en el lado Oeste. O las del ala Este. Aunque no es muy recomendable después de la experiencia con Draco. Y hablando de Draco, ¿Qué pasó con el castigo?

-No le he aplicado el castigo por esa infracción.

-Creí que ya lo habías hecho. –Dumbledore dejó a un lado el libro que leía y se dirigió a su amigo-. ¿Piensas aplicárselo aún después de todo lo que le ha pasado?

-No lo creo. –Suspiró mientras recordaba aquella noche en que lo abofeteó-. Ya ha pasado bastante tiempo. Debí hacerlo en el momento.

-Ahora que su padre vivirá en el Castillo, ¿Crees que es conveniente que Draco también se mude a sus habitaciones?

-No sólo es conveniente. Sino también lo más recomendable. –El profesor curioseó entre la enorme biblioteca del viejo mago. Un antiguo libro de pociones llamó su atención-. Lucius tendrá muchas dificultades para desenvolverse solo. Y dudo mucho que le pida ayuda a los elfos, ya sabes lo orgulloso que es. Draco podría ayudarlo estando con él sin necesidad de que su padre se lo pida.

-Entiendo. –Albus le hizo una señal a Severus de que podía quedarse con el libro que el profesor sostenía en su mano. Severus lo dejó sobre el escritorio, aceptándolo-. Sabes que no podrá salir del Castillo, ni siquiera para seguir con algún tratamiento. ¿Está Lucius consciente de eso?

-Así es. –El profesor tomó asiento delante del director-. Quedó en que hablará con Poppy para que le recomiende un buen terapeuta. Conociéndolo no dudo en que buscará al mejor.

-No veo nada de malo en ello. Tiene todos los recursos para solventarlo.

-En efecto. –Ambos guardaron silencio unos momentos-. Sólo espero que sea lo bastante discreto.

-Yo también lo espero. ¿Cuándo le dirás a Draco que puede mudarse con su padre?

-Hoy mismo.

-Bien, en ese caso... –El anciano se puso de pie, dando por concluida la reunión-. Elige la habitación que creas conveniente. Trata que sea lo bastante cómoda y amplia para que pueda maniobrar su silla de ruedas.

-Creo que tengo la habitación adecuada para ellos. –Se puso de pie y tomó el libro de pociones-. Te lo devolveré después.

-Puedes quedártelo. –El director movió la mano restándole importancia-. Tengo otro ejemplar en la biblioteca de mi habitación.

Severus asintió mientras guardaba el libro en su túnica. Se dirigió a la salida.

-He estado pensando que sería conveniente que siguieras dando clases de Duelo a los muchachos. –Le comentó el director mientras lo acompañaba a la puerta-. Así no estarán ociosos durante el verano. ¿Qué te parece la idea?

-Estoy de acuerdo. Creo que Lucius y Remus también deberían participar. Ambos son excelentes magos y tienen mucho que aportar. Aunque Lucius no podrá usar su varita, conoce muchos hechizos y contra hechizos que estoy seguro, serán invaluables a la hora de la batalla.

-Entonces, que no se diga más. Hablaré con ellos cuanto antes. –El anciano palmeó el hombro de su protegido-. Por cierto, ¿Dónde están los muchachos?

-En las Torres. –Respondió el profesor mientras esperaba a que la enorme puerta se abriera-. Jugando carreras.

-Ya es algo tarde. Creo que deberías ir a buscarlos. Está por anochecer y si mal no recuerdo, vi algunas nubes de tormenta.

Severus frunció el ceño. Él también acababa de recordar las nubes, así como la advertencia de Remus. Conociéndolos era muy probable que aún siguieran volando. A ambos les apasionaba hacerlo al grado de dejar que el tiempo se les fuera sin darse cuenta.

-Iré por ellos en cuanto le muestre su habitación a Lucius. Te veré más tarde.

Severus salió de la dirección para encaminarse a la enfermería. Y mientras pensaba en la habitación que había decidido asignarle a Lucius, dejó que de sus labios escapara una traviesa sonrisa.

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El elfo doméstico que Lucius había mandado llamar, se encontraba ordenando todas sus cosas en el clóset de la habitación que Severus le asignara. Acababa de regresar de la enfermería, después de hablar con Poppy.

Ésta le había dicho que hablaría con el mejor terapeuta, y que no había ningún problema en que se mudara a sus habitaciones, siempre y cuando las terapias las recibiera en la enfermería.

Cuando el rubio le cuestionó sobre la razón, ella se concretó a responderle que en la enfermería disponían de todos los aparatos que necesitaría y que, mientras estuviera en el Castillo, su recuperación estaba bajo su responsabilidad. Por lo tanto, desde el momento en que comenzara con las terapias, hasta la hora en que volviera a sus habitaciones, siempre estarían presentes ella o su auxiliar para atender cualquier complicación que pudiera presentarse.

No muy contento con la disposición de la enorme enfermera, y viendo que aún después de tantos años aún seguía tratándolo como a un niño, el rubio se había armado de gran paciencia y con una mirada llena de superioridad había salido de la enfermería con toda la elegancia que su mermada dignidad le había permitido.

Dignidad que desapareció por completo cuando se dio cuenta que Severus había escuchado su conversación y lo miraba con un destello indescifrable en sus negros ojos. No pronunció palabra alguna durante el trayecto de la enfermería hacia su nueva habitación, a riesgo de recibir algún sarcasmo por parte de su ex compañero. Y en cambio, se había limitado a asentir cuando Severus le entregó la clave de entrada.

Y ahora se encontraba solo en esa enorme habitación. El elfo se había marchado y entonces se pudo tomar el tiempo para examinarla con atención.

No llegaba ni a la mitad del tamaño de cualquiera de las habitaciones de su mansión. Pero tenía que reconocer que era un sitio bastante acogedor. Había una gran chimenea en cuyo canto de piedra esculpida podían apreciarse gotas de ámbar incrustadas. Lucius las observó con detenimiento y no pudo evitar comparar el color y la forma de las piedras con los ojos de Remus.

Se acercó a la chimenea y pudo advertir que algunas llamas alcanzaban a tocar algunas de esas piedras, desprendiendo un incomparable aroma a coníferas que lo relajó en el instante. Suspiró para absorber la agradable fragancia mientras seguía observando la habitación.

Frente a la chimenea había una amplia sala de piel de color café oscuro, que contrastaba con una fina alfombra de color marfil. Lucius pasó una mano por la suave superficie de piel, advirtiendo su extrema finura.

Siguió observando por un rato más la decoración de la enorme sala, cuyas paredes dejaban mostrar cuadros de famosos pintores Renacentistas. Se asomó al ventanal. Afuera comenzaba a oscurecer y alcanzó a ver que el cielo estaba cubierto de negras nubes. Supuso que llovería de un momento a otro.

-Remus tenía razón... –Murmuró mientras observaba a lo lejos algunos rayos que comenzaban a surcar el cielo-. Habrá tormenta eléctrica.

Recorrió un largo pasillo que supuso conectaba a las habitaciones interiores. Estaba forrado por libreros que lo cubrían de piso a techo, repletos de libros de diferentes tamaños y temas. Lucius pensó que podría pasar el resto de su vida en ese lugar, y no terminaría de hojear tantos libros.

-Al menos no me aburriré. –Se dijo mientras abría la puerta de una habitación.

Después de examinar lo que decidió sería la recámara de Draco, y que por lo tanto su hijo tendría que redecorarla si no estaba conforme, decidió entrar a la que sería su recámara.

Quedó conforme con ella. Era tan elegante y acogedora como el mismo salón. Pero lo que más le gustó fue que tenía una chimenea igual a la que iluminaba la sala. Y cuadros de la misma época Renacentista. Después de examinarlos por un rato decidió que eran originales. Se preguntó cuánto valdrían en el mercado Muggle.

Una intensa luz seguida de un trueno lo sacó de sus pensamientos. Se asomó por el enorme ventanal de su habitación, para observar que había comenzado a llover. Las negras nubes cubrían por completo el cielo. El atardecer moría para dejar paso a la oscuridad de la noche.

Alcanzó a vislumbrar a lo lejos unos objetos que se movían a la altura de las Torres. Frunció el ceño, preocupado, al descubrir que se trataba de su hijo y de Potter.

-¿Están locos? –Farfulló mientras veía a los muchachos descender en picada hacia un punto en particular. Enfocó su vista hacia el lugar donde se dirigían y alcanzó a ver a Severus. Su negra túnica se movía con violencia por el viento proveniente del norte. El hombre parecía bastante molesto dada la forma en cómo movía los brazos con ímpetu.

-Se han ganado una buena reprimenda. –Murmuró mientras seguía observando a un furioso Severus. Un intenso rayo lo cegó por un instante. Abrió los ojos al mismo tiempo que escuchaba el trueno que lo acompañaba. Dirigió de nuevo su vista hacia Severus, y vio que éste corría con desesperación hacia uno de los muchachos.

Frunció el ceño mientras seguía la trayectoria de la carrera de Severus, para sentir cómo su corazón se paralizaba al ver a uno de los muchachos tendidos en el frío suelo del patio donde se suponía descenderían a salvo.

El rubio permaneció unos segundos sin poder reaccionar a la visión ante él. Cuando Severus se agachó hacia el muchacho caído, pudo ver alrededor de él lo que parecían ser los restos ardientes de una escoba, y entonces lo comprendió todo. Con el corazón encogido, y sin importar el terrible dolor que le causaba a su espalda, el rubio dio media vuelta sobre su silla y salió lo más rápido que pudo de sus aposentos.

Afuera y en medio de la lluvia, un joven permanecía parado sin poder reaccionar, al tiempo que observaba cómo Severus trataba de reanimar el cuerpo del otro muchacho, exánime entre sus brazos después de haber sido alcanzado por el rayo.

Continuará...

Próximo capítulo: Si no existiera un mañana.

Notas:

Quiero agradecer a todos por sus reviews, y por seguir leyendo esta historia.

Besitos.

Rebeca (K. Kinomoto)