Nota de autora: Hola a todos/as. Me gustaría decir un par de cosas cosas:

1. Quiero dar las gracias a todas las personas que votaron por el sexo del bebé Esplanie. El resultado ha sido muy reñido, con sólo tres votos de diferencia. Pero espero que, después de leer este capítulo, todos quedéis contentos con el resultado.

2. Para no romper con la tradición de saltarme siempre al menos un error ortográfico, aquí tenéis mi disculpa de antemano por si tenéis la suerte de encontraros con uno ;)

Anuncio de responsabilidad: Todos los personajes pertenecen a Andrew W. Marlowe, a pesar de que han encontrado su propio camino a mi corazón.


1 semana más tarde…

Llevaban atrapados en un atasco casi veinte minutos y no habían avanzado más que media manzana. En el asiento trasero, los niños estaban empezando a ponerse insoportables, gritando y peleando y quejándose. Y Castle, tras el volante, se estaba poniendo cada vez más y más nervioso.

—¡Te dije que no deberíamos haber salido aún de la autovía! —volvió a gritar, gesticulando exageradamente con los brazos—. ¡Deberíamos haber seguido más hacia el norte y haber cogido la salida 8!

—¡¿Cómo iba yo a saber que estaría esto tan congestionado?! —Beckett le respondió, alzando su voz al mismo tono irritado que su marido, mientras se daba la vuelta en el asiento para separar a los niños que se estaban peleando por la caja vacía de un DVD Disney—. ¡Normalmente el tráfico es muy ligero a esta hora del día! ¡No es culpa mía que haya habido un accidente!

Apretando los dientes y resoplando fuertemente por la nariz, Castle se reclinó hacia atrás en el asiento del conductor y fijó la mirada al frente. Pasaron otros dos minutos en los que no avanzaron nada. Cuando Gigi empezó nuevamente a lloriquear y patalear en la sillita, la detective se soltó el cinturón y salió del coche. Sólo quedaban un par de manzanas hasta llegar al hospital; iría caminando hasta allí con Oliver y Gigi mientras su marido intentaba salir del atasco y metía el coche en el parking más próximo.

Cuando llegaron a la entrada principal del gran edificio, Kate esperó a que las puertas exteriores se abrieran y rodó el cochecito al interior, adentrándose en el aclimatado vestíbulo con Oliver agarrado a un lateral del carrito de su hermana. Rápida como un rayo, Gigi se soltó de las correas y se deslizó de la sillita.

—¡Romy! ¡No! —reaccionando al instante, Beckett se inclinó por encima del manillar y alargó un brazo hacia su hija, tratando de atraparla, pero la niña salió corriendo y la mano de la detective sólo agarró aire—. ¡FRENA! —Kate chilló, repentinamente alarmada, el corazón encogiéndosele en el pecho, al ver que su hija se dirigía directamente al segundo par de puertas de cristal a gran velocidad. No chocó contra ellas por puro milagro. Un joven enfermero pasó por delante de las puertas correderas desde el otro lado y éstas se abrieron en el mismo instante en que Gigi las cruzaba y entraba en el lobby del hospital.

Kate abandonó el cochecito en medio del vestíbulo y corrió tras la pequeña. La perdió brevemente de vista cuando ésta se coló por entre las piernas de un par de mujeres que se dirigían a la salida. Pero Beckett, ya convertida en toda una experta en perseguir a su hija tan hábilmente como a sospechosos huyendo de ella, la localizó enseguida y la siguió, esquivando a la gente yendo y viniendo en el lobby.

—¡Vuelve aquí! —gruñó entre dientes cuando comenzó a darle alcance. Sólo obtuvo las risitas nerviosas y excitadas de la niña como respuesta a la vez que intentaba dejar atrás a su madre. Todo esto era sencillamente un divertido juego para ella.

Un anciano apareció de la nada, súbitamente bloqueándole el paso a la detective, y tuvo que frenar en seco, logrando detenerse a escasos centímetros del hombre. Éste ni siquiera se percató de su presencia, simplemente siguió paseando sin prisa, cabeza y hombros medio encorvados, empujando un andador delante suyo y arrastrando sus mocasines por el suelo, siguiendo su camino como si nada. Beckett había perdido tanto valiosos segundos como el rastro de su hija. Lanzando los ojos en todas direcciones, divisó la falda de tul azul marino de su hija desapareciendo por una esquina a su izquierda. Inmediatamente viró hacia allí, trotando tan veloz como pudo sin llegar a correr, intentando no llamar demasiado la atención. Aun así, varias cabezas se volvieron hacia ella y se ganó la mirada desaprobadora de una mujer de mediana edad, vestida con uniforme de quirófano y cargando con un montón de ficheros de pacientes. Aparentemente había sido testigo de toda la escena.

Sin aminorar su velocidad, Kate le ofreció a la mujer una mueca de disculpa al pasar apresuradamente por delante de sus narices.

—¡Gigi! —llamó la detective, tomando una curva cerrada a la derecha y entrando en el siguiente pasillo.

Al oír su nombre tan próximo a su espalda, la pequeña lanzó un rápido vistazo por encima del hombro. Viendo que su madre estaba peligrosamente cerca, volvió a soltar una serie de risitas vibrantes y trató de correr aún más veloz. Sin embargo, con un sprint final, Beckett agarró a su hija del brazo y la detuvo a mitad del pasillo que conducía a la cafetería.

—¡Whoa-ho! ¡Te pillé!—Beckett expresó con una jadeante exhalación—. Aquí quieta, jovencita.

La niña rió a carcajadas, su boca abriéndose en una gran A. Sus mejillas estaban coloradas por la emoción y su respiración era acelerada por la carrera. Kate la cogió rápidamente en brazos y se dirigió de vuelta al lobby. Fue entonces cuando recordó lo que había abandonado en el vestíbulo. El cochecito. Y más importante, a Oliver. Volvió a acelerar la marcha. Pero justo cuando empezaba a preocuparse, el niño apareció al principio del pasillo, empujando el carrito vacío delante de él.

—Gracias, tesoro —le dijo Beckett cuando llegó a su lado.

La detective se llevó a sus dos hijos a un rincón apartado, tras un ficus artificial en una maceta grande de color gris a un lado de la recepción de Información y Admisiones, y se acuclilló delante de ellos.

—Bien. Escuchad —comenzó, haciendo uso de su voz de comandante—. Esto es un hospital. Aquí hay gente enferma. Ahora, cuando vayamos arriba, habrá mamás y bebés durmiendo. Así que tenéis que estar muy calladitos. Si gritáis o chilláis u os peleáis, si oigo un simple 'ah', nos vamos a casa y vosotros dos no comeréis helado durante un mes. ¿Queda claro?

—Sí, mama —dijo Oliver.

—¿Romy? ¿Vas a ser una buena chica?

—Sí.

Kate entornó los ojos, dirigiéndole a su hija una mirada dudosa y penetrante. Los ojos azules de la pequeña comunicaban sinceridad a la vez que asentía de nuevo.

—De acuerdo. Vamos.

—¿Y papa? —preguntó Ollie.

—Vendrá enseguida, cielo.

Subieron con el ascensor a la planta de Maternidad y Kate llamó suavemente a la puerta 624 antes de asomarse en la habitación. Lanie estaba sola, en la cama, recostada contra unas almohadas tras su espalda y con su bebé acurrucado en sus brazos.

—Hola —Kate entonó en voz baja, dejando pasar a los niños delante antes de entrar ella en la habitación—. ¿Cómo estás?

—Hola, chicos. Estoy muy bien —dijo Lanie. La enorme sonrisa en sus labios hacía desaparecer casi por completo las huellas de cansancio en su rostro.

Aparcando el cochecito morado en una esquina, Kate se acercó a la cama.

—Oh, Lane… —exhaló la detective, llevándose una mano al pecho—. ¡Es preciosa!

—Sí, ¿verdad? —respondió la médico forense orgullosa, y su sonrisa se ensanchó.

La recién nacida estaba envuelta en una fina manta de color rosa pálido. Su piel era de un tono moreno, del mismo color que la de sus padres. Una gruesa mata de pelo suave y oscuro le cubría toda la cabeza. Su cara era la de una muñeca de porcelana: labios finos y rosados, nariz pequeña y redonda, y los ojos —aunque estaban cerrados— parecían muy grandes.

—Y, ¿dónde está el recién estrenado padre? —preguntó Beckett, acariciando la mejilla del bebé con un dedo.

—Fue a acompañar a sus padres abajo. Debéis de haberos cruzado por el camino. ¿Y el señor escritor?

—Oh, está aparcando el coche —a Kate le estaba costando mucho apartar los ojos de la hija de Lanie, sintiéndose indefensa ante el poder de atracción que irradiaba la recién nacida.

Cuando Oliver y Gigi aparecieron a su lado, se rompió el hechizo. Cada uno llevaba un paquete envuelto en papel de colores.

—Hemos traído regalos —explicó el niño, deslizando el suyo sobre el colchón antes de trepar a los pies de la cama.

—¡Ay, qué bien! —dijo Lanie—. Gracias, tesoros.

—Lelefante —balbuceó Gigi, alzando su regalo y empujándolo sobre el regazo de Lanie.

Oliver se inclinó sobre las piernas de la médico forense.

—¡Gigi! ¡No puedes decir lo que hay dentro! —le reprobó a su hermana en un tono serio.

—Hé, Oliver —Beckett le riñó, agarrándole del brazo—. ¿Qué es lo que os dije antes acerca de gritar?

—Perdón, mama.

—Bueno, bueno. Qué hay de esos regalos, ¿eh? —Lanie atrajo la atención de todos. Alzando la vista hacia Kate, le hizo un gesto para que cogiera al bebé. Mientras la detective acunaba a la recién nacida en sus brazos, Lanie abrió los regalos. El de Gigi era, por supuesto, un elefante muy suave de color arena. La niña adoraba los elefantes. El regalo de Ollie fue el siguiente—. ¡Oh, dios mío! —la médico exclamó con voz aguda cuando lo desenvolvió—. ¡Me encanta! ¡Simplemente, me encanta!—sostuvo en alto el pequeño traje de bailarina rosa.

—Tal vez ella llegue a ser una gran bailarina —Beckett insinuó con una sonrisa.

—¡Oh, que ganas tengo de poder ponérselo —Lanie murmuró con voz llena de asombro, sin dejar de mirar el traje en sus manos—. Muchas gracias, amores —besó las mejillas de Gigi y Ollie.

—Tía Lanie —el niño habló con suavidad— ¿Cómo se llama el bebé?

—Se llama Elisa Georgiana —la forense era una gran amante de Jane Austen.

Ollie hizo una mueca de extrañeza.

—Es un nombre muy largo.

—Pero, ¿te gusta?

El niño se tomó un momento para responder.

—Sí… Supongo —se encogió de hombros—. Es bonito —se bajó de la cama de un salto y se acercó a su madre—. ¿Puedo cogerla? Quiero cogerla.

Cogé bebé —balbuceó Gigi, apoyándose contra las piernas de Kate y levantándose sobre las puntas de sus pies para alcanzar a la recién nacida en sus brazos.

Beckett miró a Lanie. Ésta asintió.

—De acuerdo. Venid aquí. Sentaros en el sofá.

Subiéndose al sofá, hermano y hermana se sentaron pegados el uno al otro. Oliver inmediatamente levantó los brazos y los curvó delante de su pecho, formando un óvalo. Arrodillándose en el suelo, Kate colocó la cabeza de Elisa en la cuna de los brazos de su hijo y dejó que sus piernas descansaran sobre el regazo de Gigi, de manera que ambos la sostenían a medias. Como precaución, la detective mantuvo una mano debajo de la espalda del bebé y la otra junto a su cuerpecito.

Ollie se rió en voz baja.

—Es muy pequeña —susurró y luego se inclinó para presionar un tierno beso a la frente de Elisa.

Todos los ojos estaban puestos en la recién nacida durmiendo. Gigi la observaba con curiosidad, tocándole tentativamente los pies, la ropa, las diminutas y arrugadas manos, como si estuviera examinando si lo que estaba sosteniendo era un bebé vivo o una muñeca. Cuando le tocó la mejilla con un dedo rechoncho, Elisa se estremeció levemente y Gigi emitió una risita aguda.

—Mama —le dijo a Kate mientras señalaba a la recién nacida—. Be-bé.

—Sí, cariño. Es un bebé.

—¿Mami? —Oliver alzó la vista a la de su madre—. ¿Cuándo vas a tener tú otro bebé?

—Yo- no… No, cielo —tanto sus palabras como su respiración se atascaron en su garganta. Una risita nerviosa salió de sus labios y sintió un repentino pellizco apretándole la boca del estómago. Tras ella, Lanie tosió y se aclaró la garganta, intentando disimular la risa—. No, no. Mama no va a tener otro bebé.

—Oh, vamos Kate —su amiga se entrometió, su voz la provocación en persona—. Estoy segura de que les encantaría un nuevo hermano, ¿no es así, niños?

Oliver asintió una entusiasta afirmación. Kate volvió la cabeza hacia su amiga, frunciéndole el ceño muy seriamente.

—Lane. En serio. Cállat —la puerta se abrió y Esposito entró en la habitación seguido de Castle. Kate rápidamente apretó los labios y le envió a Lanie una mirada penetrante, tanto de advertencia como mortalmente amenazadora. La médico forense se rió por lo bajo, divertida a más no poder, para nada sintiéndose intimidada por su amiga, pero por fortuna dejó ir el tema antes de que los hombres notaran nada.


Deslizándose bajo su cama, Oliver rebuscó entre las cosas esparcidas por allí, pero no encontró lo que buscaba. Caminando hasta la puerta, salió al pasillo.

—Psst. Alto ahí —dijo Kate a su esplada—. ¿Adónde vas?

—No encuentro a Binky.

—¿No dormiste ayer en la cuna con Romy?

—¡Ah, sí! —Oliver corrió a la puerta del dormitorio de su hermana.

—No, no —Kate le detuvo—. Ya voy yo a por Binky. No quiero que Gigi se despierte. Tú métete en la cama, cariño.

La detective entró en el dormitorio de su hija. El pálido resplandor rosa de la luz conectada al enchufe aportaba justo la suficiente luminosidad como para discernir el perfil de los muebles y los objetos grandes. Tras registrar a tientas durante un minuto la habitación, Kate localizó el conejo de peluche enterrado bajo unos cojines. Al salir, dejó la puerta ajustada y regresó al dormitorio de Oliver. Y se detuvo en seco bajo el umbral.

—¿Eres tú el responsable de este desorden? —le preguntó, frunciendo el ceño y señalando los montones de ropa y juguetes esparcidos por todas partes.

—Estaba buscando a Binky —el niño, sentado con las piernas cruzadas en medio del colchón, se encogió de hombros con inocencia.

—Bueno, pues aquí está —Kate murmuró, aproximándose a él y entregándole su compañero de dormir. Entonces se dio cuenta de que la cama estaba prácticamente desnuda—. ¿Dónde está el edredón? —Oliver apuntó a una esquina con el dedo, debajo de una ventana—. ¿Qué está haciendo ahí?

—Era una alfombra voladora.

—Claaaaro —la detective recogió 'la alfombra voladora' del suelo, la sacudió en el aire, y la extendió sobre el colchón y sobre su hijo, tumbado sobre él.

—¿Qué día es hoy? —la voz amortiguada del niño sonó desde debajo del edredón.

—Es martes —Kate dobló la parte superior, destapando la cabeza de Ollie.

—Nooo —el pequeño sacó los brazos también y se puso cómodo—. El número.

—Es 17 de abril. ¿Por qué?

—Pues porqué me sé los cumpleaños de todos y ahora me quiero aprender el de Elisa también.

—Ah, entiendo —la detective se sentó en el borde de la cama. Inclinándose hacia delante, agarró la esquina elástica de la sábana bajera que se había salido de la parte superior del colchón.

—¿Mama?

—Sí, cariño.

—¿De dónde vienen los bebés?

Los dedos de Beckett se congelaron y la punta de la sábana se escapó nuevamente. Oh, dios. Finalmente, el momento había llegado. La pregunta que todos los padres temen.

—Pues verás… Vienen de la tripa de la mamá.

—Pero, ¿cómo llegan ahí dentro?

—Bueno… Esto… —Kate reprodujo a gran velocidad una serie de imágenes dentro de su cabeza, como una presentación de diapositivas, visualizando los distintos artículos que había leído acerca del tema en libros y revistas, y los correlacionó con sus propios conocimientos acerca de la creación de la vida, tratando de encontrar una manera apropiada y delicada para introducir a su hijo en la verdad. O al menos, apaciguar su joven mente inquisitiva. Y de pronto, algo en ella hizo un clic. Kate había estado experimentando una sensación extraña y perturbadora durante toda la tarde, como un constante pellizco en la parte posterior de su cerebro. Como una revelación, se desplegó en una imagen clara. Se le secó la garganta—. Espera- sólo… un segundo, cielo. Voy a- Quédate aquí.

Kate salió al pasillo, descendió las escaleras a toda prisa, cruzó por delante de la cocina y entró en la despensa, donde encontró a Castle rebuscando entre las estanterías del frigorífico del vino.

—Rick, tu hijo te necesita —le murmuró. Él emitió un murmullo distraído, sacó dos botellas y las contempló, intentando decidir cuál de las dos prefería abrir esa noche—. Quiere saber de dónde vienen los bebés —agregó Kate.

El escritor volvió la cabeza hacia ella al instante, su rostro estupefacto.

—¿En serio? —una sonrisa apareció en sus labios—. ¡Oh, esto es genial! —le empujó las botellas en los brazos a su mujer y salió disparado en un abrir y cerrar de ojos.


La detective estaba sentada en el borde de la cama de matrimonio, con las manos encajadas entre sus muslos, sus piernas botando arriba y abajo con un tic nervioso, su mirada fija en la pequeña hendidura entre dos de las tablas del suelo de madera. Millones de pensamientos habían inundado su mente, la mayoría de ellos preocupantes.

El instante en que Castle entró en el dormitorio, sus ojos se dispararon a su rostro.

—Oh, vaya. ¡Soy el mejor!—el escritor cerró la puerta y se acercó a ella—. Es que soy tan, tan bueno —se regodeó, totalmente orgulloso, y comenzó a pasearse delante de Beckett, hablándole animadamente no sólo a ella, sino a toda la habitación, como si hubiera un público invisible—. Cariño, tendrías que haber visto la cara de Oliver. Ha sido alucinante… —el hombre hizo poses y gesticuló con las manos mientras seguía charlando—. Quiero decir, este es uno de esos pocos momentos en la vida, ya sabes, en que —de repente se quedó en silencio y se enderezó al advertir que su mujer no estaba compartiendo su estado de exaltación—. Kate, ¿no vas a preguntar lo qué le he dicho?

—Rick, llevo retraso —soltó ella abruptamente.

Con una pequeña sonrisa de sincera ignorancia, no detectando la obvia tensión en ella, Castle avanzó un par de pasos.

—¿Retraso? ¿Dónde tienes que ir?

—Rick. Tengo retraso, retraso —Kate vocalizó claramente al mismo tiempo que le dirigía a Castle la mirada más significativa que fue capaz de ofrecer.

Tras un momento de confusión, el rostro del escritor se transformó, sus cejas disparándose hasta la línea del nacimiento de su pelo.

—Oh… Oh… Tienes… retraso. ¿Te refieres a que estás...?

—No lo digas.

Él lo dijo de todos modos.

—¿...embarazada?

—Oh… dios mío… —exhaló Beckett, escondiendo la cara en sus manos. Sintió a Castle dar un paso más hacia ella.

—Kate, ¡eso es maravi...!

—No —le cortó ella, levantando la vista y alzando una mano en el aire, la palma abierta hacia él—. No digas maravilloso. Esto es… —la detective no tenía palabras; no sabía qué pensar, su mente se había quedado en blanco—. Dios… —se frotó la cara y se pasó los dedos por el pelo, cepillándoselo hacia atrás, y luego apoyó los codos sobre sus rodillas, presionando su frente en la palma de sus manos, sus ojos muy abiertos pero no viendo el estampado de cuadros de los pantalones de su pijama.

El colchón se hundió ligeramente cuando Castle se sentó a su lado.

—Venga, cariño…

Kate no le miró, pero la voz de su marido albergaba un deje sonriente.

—Podría no ser nada —Beckett murmuró, sobre todo para sí misma—. Sólo llevo tres días de retraso —una voz cruel en su cerebro estaba allí inmediatamente para recordarle que era tan puntual como un reloj suizo—. Podría no ser nada —se repitió—. Probablemente no sea nada —pero había más duda en sus palabras y en su tono de voz del que le gustaba, y menos convicción y certeza de lo que deseaba.

Castle le pasó un brazo por los hombros y la atrajo hacia sí, presionando sus labios a su cabeza. Su pulgar se movía arriba y abajo, rozándole el brazo de forma reconfortante. Beckett cerró los ojos y se concentró en inspirar y espirar. Tras un largo minuto, la otra mano de su marido se deslizó sobre su vientre.

—¡Castle! —Kate le abofeteó la mano—, ¡Basta! —se alejó medio metro de él, éste la siguió—. ¡En serio! ¡Ya basta! —la detective se había puesto en pie y le miraba desde arriba. El cuerpo del escritor empezó a sacudirse con risa silenciosa, las comisuras de sus labios curvándose en una expresión de alegría—. ¡Y borra esa estúpida sonrisa de tu cara, Rick!

—Pero es que no puedo —dijo él con risa entrecortada—, No puedo evitar sentirme feliz.

—Bien, ¡pues yo no puedo! Esto es algo muy serio —el hombre seguía con una sonrisa de oreja a oreja, y estaba a punto de decir algo, pero ella saltó primero—. Tengo 38 años, Rick. Tú tienes 49. ¿Te das cuenta, realmente, de lo que esto significa? ¿De verdad quieres ser padre por cuarta vez a los 50?

—Eh. En la sociedad en la que vivimos hoy en día, no es ser tan viejo.

—Lo es cuando tu hija mayor tiene la suficiente edad como para hacerte abuelo.

—¡Hey! ¡Whoa! ¡¿Qué?! ¿Abuelo? —un nervioso y agudo sonido salió de su boca—. No, no. Alexis- No. No puede- Ella es responsable y madura y… espero que… —el hombre tragó saliva y se le puso una cara amarga—, …precavida… —su voz terminó por perderse en el silencio.

Kate se volvió a sentar junto a Castle y cerró su mano en torno a la de él.

—Odio tener que decirte esto, cariño, pero Alexis ya es adulta. Y los accidentes ocurren. Incluso cuando uno tiene el mayor cuidado posible. Tu prueba viviente cumplió 4 años hace seis semanas y está durmiendo arriba.

Castle la miró con una mezcla de vulnerabilidad, angustia e impotencia reflejándose en sus ojos. Ella simpatizó con él. El suspiro del uno hizo eco con el suspiro del otro. A continuación, mientras las miradas de ambos deambulaban, los dos se perdieron en una espiral de imágenes, cada uno pensando y temiendo los dos posibles futuros que acaban de ser esbozados en sus mentes. Futuros que intimidaban.


A la mañana siguiente, Castle se despertó con el rostro sonriente de su mujer a escasos centímetros del suyo.

—¡Falsa alarma! —estalló extática, radiante, deslumbrante. El escritor parpadeó contra la fuerte luz del sol brillando alrededor de la cabeza de su mujer. Ésta botó sobre sus rodillas, moviendo el colchón.

—¿Qué? —murmuró él, atontado y aturdido, volviéndose sobre su espalda. Kate se inclinó sobre él y le plantó un beso en toda la boca.

—¡No estoy embarazada! —pasando por encima suyo, Kate saltó de la cama y brincó alegremente, saliendo por la puerta—. ¡¿Quieres café?! —el canto alegre de su voz se hizo eco desde el salón.

La cabeza del escritor cayó de nuevo sobre la almohada y sus brazos se doblaron sobre su cara, un gruñido de cansancio retumbando en su pecho. Ya no estaba para estos despertares tan enérgicos y repentinos a estas horas tan tempranas de la mañana.


Un millón de gracias :)

P.D: Vivi, quería darte las gracias por cada uno de tus grandes comentarios. Un saludo!