Y(la historia no pertenece es propiedad de Sarah J. Maas, la traducciónpersonaje no me pertenece, le pertenece a traducciones Independientes y los personajes de Candy Candy le pertenecen a Mizuki e Igarashi) (Y las antiguos libros publicados en esta página son de Cellita G)

Capitulo 12

El Clan Blackbeak fue el último en reunirse completamente en la Brecha Ferian.

Como resultado de eso, obtuvieron el sitio más pequeño y alejado en el laberinto de pasillos tallados en la Omega, la última de las Montañas Ruhnn y la más septentrional de los picos hermanos que anqueaban el paso azotado por la nieve.

Cruzando la brecha estaba el Colmillo del Norte el pico nal de los Colmillos Blancos, que estaba actualmente ocupado por los hombres del Rey... enormes brutos, quienes aún no sabían qué hacer con las brujas que los habían acechado desde todas partes.

Habían estado aquí durante un día y Manon todavía no había vislumbrado ninguna se- ñal de los dragones heráldicos que el rey había prometido. Había oído de ellos, a pesar de que se alojaban a través del paso en el Colmillo del Norte. Sin importar cuán profunda- mente te internaras en los pasillos de piedra de la Omega, los chillidos y rugidos vibraban en la piedra, el aire pulsaba con el retumbo de alas de cuero, y los pisos silbaban con el roce de garras en la roca.

Habían pasado quinientos años desde que los tres Clanes se habían reunido. Había habido alrededor de veinte mil de ellas en el mismo lugar. Ahora sólo quedaban tres mil, y eso era un cálculo generoso. Eso era todo lo que quedaba del que fuera alguna vez un poderoso reino.

De todas formas, los pasillos de la Omega eran un lugar peligroso. Ya había hecho pedazos a Asterin y a una perra Yellowlegs quien no había aprendido todavía que las centinelas Blackbeak, especialmente las miembros de Las Trece, no se tomaban a la ligera ser llamadas de corazón blando.

Hubo sangre azul salpicada en sus caras, y aunque Manon estaba más que complaci- da de ver que Asterin, la hermosa y descarada Asterin, había recibido la mayor parte del daño, todavía había tenido que castigar a su Segunda.

Tres golpes no bloqueados. Uno en la barriga, así Asterin podría sentir su propia ine - cacia; uno en las costillas, así reconsideraría sus acciones cada vez que respirara; y uno en la cara, para que su nariz rota le recordara que el castigo habría podido ser mucho peor.

Asterin los había recibido todos sin gritar, quejarse o suplicar, justo al igual que cual- quiera de Las Trece habría hecho.

Y esta mañana, su Segunda, con la nariz hinchada y magullada en el puente, le había dado a Manon una sonrisa era durante el miserable desayuno de avena cocida. Si hu- biese sido otra bruja, Manon la habría arrastrado por el cuello a la habitación frontal y la habría hecho arrepentirse por su insolencia, pero Asterin...

A pesar de que Asterin era su prima, no era una amiga. Manon no tenía amigas. Ningu- na de las brujas, especialmente Las Trece, tenían amigas. Pero Asterin le había cuidado la espalda durante una centuria, y su sonrisa era una señal de que podría poner una daga en la espina de Manon la próxima vez que estuvieran metidas hasta las rodillas en batalla.

No, Asterin sólo estaba lo su cientemente loca para llevar la nariz rota como una insig- nia de honor, y amaría su nariz torcida por el resto de su no-tan-inmortal vida.

La heredera Yellowlegs, una bruja alcista arrogante llamada Iskra, apenas le había dado a su centinela infractora una advertencia de mantener su boca cerrada y la envió a la enfermería en el vientre de la montaña. Tonta.

Todas las líderes de aquelarres estaban bajo órdenes de mantener a sus centinelas a raya, para eliminar las peleas entre Clanes. O bien, las tres Matronas caerían sobre ellas como un martillo. Sin castigo, sin Iskra siendo un ejemplo para ella, la bruja infractora se mantendría en lo mismo hasta que fuese colgada de los dedos de los pies por la nueva Bruja Mayor del Clan Yellowlegs.

Habían celebrado un ngido servicio fúnebre la noche anterior para Baba Yellowlegs en el cavernoso comedor, encendiendo las viejas velas en lugar de las negras tradicionales, usando cualquier capucha que pudieron encontrar, y revisando las Palabras Sagradas a la Diosa de las Tres Caras5, como si estuvieran leyendo una receta.

Manon no había conocido nunca a Baba Yellowlegs, y no le importaba particularmente que hubiese muerto. Estaba más interesada en saber quién la había matado y por qué.

Hubo sangre azul salpicada en sus caras, y aunque Manon estaba más que complaci- da de ver que Asterin, la hermosa y descarada Asterin, había recibido la mayor parte del daño, todavía había tenido que castigar a su Segunda.

Tres golpes no bloqueados. Uno en la barriga, así Asterin podría sentir su propia ine - cacia; uno en las costillas, así reconsideraría sus acciones cada vez que respirara; y uno en la cara, para que su nariz rota le recordara que el castigo habría podido ser mucho peor.

Asterin los había recibido todos sin gritar, quejarse o suplicar, justo al igual que cual- quiera de Las Trece habría hecho.

Y esta mañana, su Segunda, con la nariz hinchada y magullada en el puente, le había dado a Manon una sonrisa era durante el miserable desayuno de avena cocida. Si hu- biese sido otra bruja, Manon la habría arrastrado por el cuello a la habitación frontal y la habría hecho arrepentirse por su insolencia, pero Asterin...

A pesar de que Asterin era su prima, no era una amiga. Manon no tenía amigas. Ningu- na de las brujas, especialmente Las Trece, tenían amigas. Pero Asterin le había cuidado la espalda durante una centuria, y su sonrisa era una señal de que podría poner una daga en la espina de Manon la próxima vez que estuvieran metidas hasta las rodillas en batalla.

No, Asterin sólo estaba lo su cientemente loca para llevar la nariz rota como una insig- nia de honor, y amaría su nariz torcida por el resto de su no-tan-inmortal vida.

La heredera Yellowlegs, una bruja alcista arrogante llamada Iskra, apenas le había dado a su centinela infractora una advertencia de mantener su boca cerrada y la envió a la enfermería en el vientre de la montaña. Tonta.

Todas las líderes de aquelarres estaban bajo órdenes de mantener a sus centinelas a raya, para eliminar las peleas entre Clanes. O bien, las tres Matronas caerían sobre ellas como un martillo. Sin castigo, sin Iskra siendo un ejemplo para ella, la bruja infractora se mantendría en lo mismo hasta que fuese colgada de los dedos de los pies por la nueva Bruja Mayor del Clan Yellowlegs.

Habían celebrado un ngido servicio fúnebre la noche anterior para Baba Yellowlegs en el cavernoso comedor, encendiendo las viejas velas en lugar de las negras tradicionales, usando cualquier capucha que pudieron encontrar, y revisando las Palabras Sagradas a la Diosa de las Tres Caras5, como si estuvieran leyendo una receta.

Manon no había conocido nunca a Baba Yellowlegs, y no le importaba particularmente que hubiese muerto. Estaba más interesada en saber quién la había matado y por qué.

La leyenda dice que la Diosa de las Tres Caras le habían obsequiado a todas las bru- jas dientes de hierro y uñas, para mantenerlas ancladas a este mundo cuando la magia amenazó con alejarlas. La corona de hierro, supuestamente, era una prueba de que la magia en la línea Blueblood corría tan fuerte que su líder necesitaba más, más hierro y dolor, para mantenerla atada a este territorio.

Disparates. Especialmente cuando la magia había desaparecido durante estos últimos diez años. Pero Manon había oído rumores de los rituales que hacían las Blueblood en sus bosques y cuevas, rituales en los que el dolor era la puerta de entrada a la magia para abrir sus sentidos. Oráculos, místicos, fanáticos.

Manon caminó majestuosa a través de las las de las líderes reunidas del aquelarre Blackbeak. Eran las más numerosas, veinte líderes de aquelarre, sobre las que Manon gobernaba con sus Trece. Cada líder puso dos dedos en su frente en señal de respeto. Las ignoró y tomó un lugar al frente de la multitud, donde su abuela le dio una mirada de reconocimiento.

Un honor, que cualquier Bruja Suprema te reconociera de forma personal. Manon incli- nó su cabeza, presionando dos dedos en su frente. Obediencia, disciplina, y brutalidad eran las palabras más apreciadas en el Clan Blackbeak. Todo lo demás era extinguido sin pensarlo dos veces.

Todavía tenía su barbilla alta y las manos detrás de su espalda, cuando vio a las otras dos herederas observándola.

La heredera de Blueblood, Petrah, permanecía más cerca de las Brujas Supremas, con su grupo en el centro de la multitud. Manon se puso rígida, pero le sostuvo la mirada.

Su pecosa piel era tan pálida como la de Manon, y su cabello trenzado era tan dora- do como el de Asterin, un color profundo cobrizo que captaba la luz gris. Era hermosa, como muchas de ellas, pero seria. Por encima de sus ojos azules, una banda de cuero gastado descansaba en su frente en lugar de la corona de estrellas de hierro. No había forma de saber cuántos años tenía, pero no podía ser mucho mayor que Manon si lucía de esta manera después de que la magia desapareció. No había agresión, pero tampoco sonreía. Las sonrisas eran raras entre las brujas, a menos que estuvieran cazando, o en un campo de muerte.

La heredera Yellowlegs, sin embargo... Iskra estaba sonriéndole a Manon, llena de un desafío que Manon se encontró anhelando cumplir. Iskra no se había olvidado de la pelea de ayer entre sus centinelas en el pasillo. En todo caso, por la mirada en los ojos marrones de Iskra, parecía que la pelea había sido una invitación. Manon se encontró a sí misma preguntándose en cuántos problemas se metería por rajarle la garganta a la heredera Yellowlegs. Eso pondría n a las peleas entre sus centinelas.

También pondría n a su vida, si el ataque era no provocado. La justicia de las Brujas era veloz. Las batallas por dominancia podían terminar en la pérdida de la vida, pero la demanda tenía que ser hecha por adelantado. Sin una provocación formal por parte de Iskra, las manos de Manon estaban atadas.

— ¿Ahora que estamos reunidas— dijo la Matrona Blueblood, Cresseida, llamando la atención de Manon—, debemos mostrarles para lo que nos han traído aquí?

Madre Blackbeak hizo un gesto con la mano hacia el puente, su túnica negra ondeando en el viento helado.

— Caminemos hacia el cielo, brujas.

oooooooooooooo

Cruzar el puente negro fue más horroroso de lo que Manon quería admitir. Primero, estaba la miserable piedra que vibraba bajo sus pies, emitiendo ese tufo que nadie más parecía notar. Luego estaba el chirriante viento, que las golpeaba en esta y aquella direc- ción, intentando empujarlas por sobre la barandilla tallada.

Ni siquiera podía ver el piso de la Brecha. La niebla envolvía todo por debajo del puente, una niebla que no se había desvanecido en el día que habían estado aquí, o los días que habían escalado la Brecha. Era, suponía ella, algún truco de los reyes. Contemplarla sólo la llevaba a más preguntas, ninguna de las cuales ella se preocupaba en exponer, o sobre las que realmente se preocupaba mucho.

Para cuando llegaron al atrio cavernoso del Colmillo del Norte, las orejas de Manon estaban heladas y su rostro estaba agrietado. Ella había recorrido grandes altitudes, en todos los tipos de clima, pero no durante largo tiempo. No sin unas entrañas de carne fresca dentro de ella, manteniéndola caliente.

Limpió su moqueante nariz en el hombro de su capa roja. Había visto a las otras líde- res de aquelarres mirando el material color carmín, como siempre lo hacían, con anhelo, desprecio y envidia. Iskra le había lanzado la más larga mirada de desprecio. Sería agra- dable, malditamente agradable, romperle la cara a la heredera Yellowlegs, algún día.

Llegaron a la enorme boca en la parte alta del Colmillo del Norte. Aquí la piedra estaba marcada y agujereada, salpicadas con vaya la Diosa de las Tres Caras a saber qué. Por el fuerte olor que desprendía, era sangre. Sangre humana.

Cinco hombres, todos luciendo como si hubiesen sido tallados de la misma piedra marcada, saludaron a las tres matronas con asentimientos adustos. Manon se puso a caminar detrás de su abuela, un ojo puesto en los hombres, el otro en su entorno. Las otras dos herederas hicieron lo mismo. Al menos concordaban en eso.

Como herederas, su principal deber era proteger a sus Brujas Supremas, incluso si eso signi ca sacrificarse a sí mismas. Manon miró a la Matrona Yellowlegs, quien se man- tenía tan orgullosa como los dos Ancianas mientras caminaban hacia las sombras de la montaña. Pero Manon no quitó la mano de su espada, Wind Cleaver, ni un segundo.

Los gritos, aleteos y sonidos metálicos eran mucho más fuertes aquí.

—Aquí es donde los criamos y entrenamos hasta que puedan hacer el Cruce a la Omega— decía uno de los hombres, haciendo un gesto hacia las muchas bocas de cue- vas por las que pasaban mientras caminaban por el pasillo cavernoso—. Los criaderos están en el vientre de la montaña, un nivel por encima de las fraguas de la armería, para mantener los huevos calientes, ya ves. Las guaridas están un nivel por encima de ese. Los mantenemos separados por género y tipo. Mantenemos a los machos en sus propios corrales a menos que queramos procrearlos. Matan a cualquiera que esté en sus jaulas. Lo aprendimos a la mala. —Los hombres se echaron a reír, pero las brujas no lo hicieron. Él pasó a los diferentes tipos... los machos eran los mejores, pero una hembra podía ser igual de feroz y dos veces más inteligentes. Las más pequeñas eran buenas para el sigilo y habían sido creados para verse totalmente negras contra el cielo nocturno, o azul pálido para que armonizaran en las patrullas diurnas.

No les preocupaban mucho los colores del dragón heráldico promedio, dado que que- rían que sus enemigos cayeran muertos de terror, a rmó el hombre.

Descendieron por peldaños tallados en la piedra misma, y si el tufo a sangre y dese- chos no abrumaba cada sentido, entonces el estruendo de los dragones heráldicos, un crepitar, chirriar y resonar de alas y piel contra la roca, casi ahogaba las palabras del hombre. Pero Manon permaneció enfocada en la posición de su abuela, en las posicio- nes de quienes la rodeaban. Y supo que Asterin, un paso detrás de ella, estaba haciendo lo mismo por ella.

Él las llevó hacia una plataforma de observación en una enorme caverna. El suelo hun- dido estaba por lo menos cuarenta pies por debajo, un extremo de la cámara totalmente abierto de cara al acantilado, el otro sellado con una rejilla de hierro..., no, una puerta.

—Este es uno de los fosos de entrenamiento —explicó el hombre—. Es fácil ordenar a los asesinos natos, pero descubrimos que muchos de ellos muestran sus enterezas en los fosos. Después de ustedes... damas— dijo, intentando ocultar su mueca ante la palabra—, aunque vigilados, estarán aquí, peleando.

— ¿Y cuándo elegiremos nuestras monturas? —dijo Madre Blackbeak, inmovilizándolo con la mirada.

El hombre tragó.

—Entrenamos a una camada de los más tranquilos para enseñarles a ustedes lo básico.

Iskra gruñó. Manon podría haber gruñido ante el insulto implícito, pero la Matrona Blue- blood habló.

—No aprendes a montar subiéndote a un caballo de guerra, ¿verdad? El hombre casi se cayó de alivio.

—Una vez que se sientan cómodas con el vuelo...

—Nosotras nacimos en la espalda del viento —dijo una de las líderes de aquelarre en la parte trasera. Algunas gruñeron en aprobación. Manon permaneció en silencio, al igual que las líderes de su aquelarre Blackbeak. Obediencia. Disciplina. Brutalidad. No se re- bajaban a fanfarroneos.

El hombre se movió nerviosamente y mantuvo su concentración en Cresseida, como si ella fuera la única segura en la habitación, aún con su corona de estrellas de púas. Idiota. Manon a veces pensaba que las Bluebloods eran las más letales de todas ellas.

—Tan pronto estén listas — dijo —, podemos comenzar el proceso de selección. To- men sus propias monturas, y comiencen el entrenamiento.

Manon se arriesgó a apartar los ojos de su abuela para estudiar el foso. Había cadenas gigantes ancladas en una de las paredes, y enormes manchones de sangre oscura man- chaban las piedras, como si una de estas bestias hubiese sido empujada contra ellas. Una gigante grieta en forma de telaraña desde el centro. Lo que sea que golpeó la pared había sido arrojado con fuerza.

— ¿Para qué son las cadenas?— Manon se encontró a sí misma preguntando. Su abuela le dio una mirada de advertencia, pero Manon se enfocó en el hombre. Como era de esperar, sus ojos se abrieron ante su belleza, luego se quedaron de par en par al contemplar la muerte acechante debajo de esta.

—Las cadenas son para los animales cebo —dijo—. Son los dragones heráldicos que utilizamos para mostrarle a los demás cómo luchar, cómo convertir su agresión en un arma. Tenemos órdenes de no sacri car a ninguno de ellos, ni siquiera a los enanos y arruinados, así que pusimos a los débiles a buen uso.

Al igual que las peleas de perros. Ella miró nuevamente a la mancha y la grieta en la pared. Las bestias cebo probablemente habían sido arrojadas por una de las más gran- des. Y si los dragones heráldicos podían lanzarse unos a otros de esa manera, entonces el daño a los humanos... Su pecho se estrujó con ilusión, especialmente cuando el hom- bre dijo: "¿Quieren ver a un macho?"

Hubo un trémolo de uñas de hierro cuando Cresseida hizo un gesto elegante para con- tinuar. El hombre dejó escapar un agudo silbido. Ninguno de ellos habló mientras unas cadenas se sacudieron, un látigo restalló, y la puerta de hierro al foso gimió mientras se elevaba. Y luego, anunciado por hombres con látigos y lanzas, el dragón heráldico apa- reció.

Hubo una respiración profunda colectiva, incluso de parte de Manon.

—Titus es uno de nuestros mejores — dijo el hombre, con orgullo brillando en su voz.

Manon no podía despegar sus ojos de la hermosa bestia: su moteado cuerpo gris cu- bierto en una piel coriácea; sus masivas piernas negras, armadas con garras tan grandes como su antebrazo; y sus enormes alas, con una uña en la punta y usadas para impul- sarlo hacia adelante, como un conjunto frontal de extremidades.

La cabeza triangular giraba hacia aquí y allá, y sus goteantes fauces revelaron amari- llos colmillos curvos.

—Cola armada con una púa venenosa — dijo el hombre mientras el dragón emergía completamente de la fosa, gruñéndole a los hombres allí abajo con él. Las reverberacio- nes del gruñido hicieron eco a través de la piedra, en sus botas y sus piernas, directo hasta la cáscara de su corazón.

Una cadena estaba sujeta alrededor de su pata trasera, sin duda para evitar que volara fuera del foso. La cola, tan larga como su cuerpo y con dos púas curvas en las puntas, se movía rápidamente de un lado al otro como la de un gato.

—Pueden volar cientos de kilómetros en un día y aun así estar listos para pelear cuan- do llegan —dijo el hombre, y todas las brujas susurraron en un suspiro. Ese tipo de velo- cidad y resistencia...

— ¿Qué comen? —preguntó Petrah, su rostro pecoso permanecía calmado y adusto. El hombro se frotó la nuca.
—Comerán cualquier cosa. Pero les gusta fresca.

—También a nosotras —dijo Iskra con una amplia sonrisa. Si lo hubiese dicho cualquier otra que no fuese la heredera Yellowlegs, Manon se hubiese unido a las otras sonrisas a su alrededor.

Titus dio un repentino azote, arremetiendo contra el hombre más cercano mientras usa- ba su magní ca cola para romper las lanzas levantadas detrás de él. Un látigo restalló, pero fue demasiado tarde.

Sangre, gritos y huesos crujiendo. Las piernas y cabeza del hombre cayeron al suelo. El torso fue tragado en un solo bocado. El olor a sangre llenaba el aire, y cada una de las brujas Dientes de Hierro inhalaron profundamente. El hombre frente a ellas dio un paso lejos casual.

El macho en el foso estaba ahora mirándolas, con la cola aun apuñalando contra el suelo.

La magia se había ido, y esto todavía era posible, la creación de estas bestias magní - cas. La magia se había ido, y todavía Manon sentía la seguridad del momento asentarse a través de sus huesos. Nació para estar allí. Tendría a Titus o a ninguno.

Porque ella no soportaría que ninguna criatura fuese su montura sino la más feroz, aquella cuya negrura evocara a la suya propia. Cuando sus ojos se encontraron con la interminable oscuridad de los de Titus, le sonrió al dragón heráldico.

Ella podría haber jurado que él le devolvió la sonrisa.


de las Tres caras es la representación triple que tiene La Diosa, este aspecto triple de la Diosa es altamente manejado por la mayoría de las culturas matriarcales, y en este libro, sale representa- do bajo tres aspectos o caras: Doncella, Madre y Bruja. En otros casos sale como Doncella o joven, como Madre y como Anciana, representado las tres etapas de la vida, y las tres fases de la luna, creciente, llena y menguante.