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—Aquel hombre es mi padre.
En aquel momento, Regina sintió su corazón helarse. Escuchar la voz trémula de la joven profiriendo aquellas palabras la dejó desconcertada.
Emma, que intentaba dejar de llorar, desvió la mirada hacia Regina, que la miraba incrédula y con pena.
—Emma, lo siento mu…
—No. No lo sientas— dijo con una risa nerviosa, intentando esconder la enorme tristeza que estaba sintiendo —No vale la pena. Para ser sincera, ya me lo imaginaba, pero…— se calló, acercándose a Regina —Ahora que tengo la confirmación, no sé qué hacer. Él…Nos ha dejado pasando necesidades, Regina. ¡Necesidades! Y durante todo este tiempo, ¿ha estado llevando a su otra familia a restaurantes caros?— preguntó golpeando el suelo con los pies, sin ni siquiera intentar esta vez retener el llanto.
Regina agarró a la joven por los brazos, y la atrajo hacia su pecho, envolviéndola en un abrazo reconfortante.
—Sé que es difícil, pero ahora tienes que mantener la calma.
—No sé con qué cara voy a mirar a mi madre cuando llegue a casa. Va a notar que estoy mal, y va a querer saber el motivo. Quiero contárselo, pero…No debería ser así. No sé cómo voy a hacerlo. No quiero que ella sufra más de lo que ya sufre todos los días —Emma lloraba sobre el pecho de Regina, que acariciaba suavemente su espalda.
—Emma, mírame— la profesora levantó el mentón de la rubia con delicadeza —Pasa la noche en casa. Podemos conversar, hasta que te calmes. No será nada bueno que le cuentes a tu madre esto hoy mismo. Tienes que estar más calmada para hacerlo— dijo —Quédate en casa. Dejo a Zelena y a mi madre en sus casas, y después tú, Henry y yo nos vamos a la mía.
Emma, por algunos instantes, alternó su mirada entre uno y otro ojo de la mujer.
—Está bien— dijo en voz baja —Gracias, Regina
—Vamos. En casa conversaremos mejor— dijo mientras guiaba con delicadeza a Emma hasta el coche.
Las dos entraron, siendo recibidas por miradas curiosas. Regina golpeó delicadamente a Zelena que ya se disponía a preguntar el motivo de la tardanza y de la cara de lloro de Swan.
"No vuelvo a casa hoy. Dile a mamá que voy a quedarme en casa de Rose. En otro momento te explico mejor", tecleó Emma para August, y después apagó el móvil.
Cuando Zelena y Cora bajaron del coche, Regina, desde el banco del conductor, sonrió a Henry y a Emma, que estaban lado a lado en el asiento de atrás. Emma aún tenía expresión abatida, pero consiguió devolverle la sonrisa a Regina.
—Querido, Emma va a dormir en casa— dijo Regina al volver a arrancar
—¿De verdad? ¡Qué guay! ¿Puedo enseñarte mi colección de pokemons?— preguntó con animación
—¿Coleccionas pokemons?— preguntó Emma con una sonrisa en el rostro —Mi hermano y yo teníamos muchos cuando éramos pequeños.
—Esos bichos son aterradores— dijo Regina con cara seria
—No son aterradores. Tú que no tienes gusto para los objetos de colección— dijo Emma, haciendo reír a Henry
—En mi época, yo coleccionaba cromos. Tenía muchos, y eran muy bonitos. Los llevaba a la escuela e intercambiaba los repetidos con mis amigos. Eso sí era una colección de verdad— explicó con el ceño fruncido al mismo tiempo que escuchaba las risas.
—En mi época…—Emma dijo bromista —Mi abuela también debió coleccionar esas cosas
—¡Has llamado vieja a mamá!— dijo Henry llevándose las manos a la boca
—¡Y tú se lo has llamado a mi abuela!— dijo Emma
—Ok, dos contra mí— dijo Regina entre risas —No importa. Sigo considerando esos bichos aterradores.
Emma y Henry pusieron los ojos en blanco y continuaron conversando sobre la enorme colección de pokemons del pequeño.
En casa, los tres fueron recibidos por Lola, que saltó al regazo de Emma e hizo algunas gracietas para llamar la atención.
—Le gusta que le acaricien la barriga— dijo Henry cuando Lola se puso boca arriba
Los dos se agacharon y acariciaron a la perra, que parecía volverse loca.
—Henry, ve a ducharte. Ya es hora de irse a la cama— dijo Regina tras cerrar la puerta
—¿Le puedo a enseñar antes a Emma mi colección? ¡Después voy derecho! Lo prometo
—Henry…
—Regina— Emma interrumpió —Déjalo en mis manos. Yo superviso que después vaya directo al baño y a la cama.
Henry sonrió y corrió animado por la casa, subiendo las escaleras rápidamente, dejando a Regina y a Emma solas en la entrada de la cocina.
La morena sonrió débilmente y asintió
—Voy a preparar un café para nosotras mientras
—No me interpretes mal…— dijo Emma —Pero no necesito un café. Necesito un vino— dijo, cogiendo a Mills por sorpresa
—¡Peor no tienes edad para beber!— dijo Regina
—Prácticamente me veo obligada a tomar vino a causa de la Iglesia— Emma rió —Confía en mí. Realmente lo necesito
Regina arqueó una ceja y respiró hondo, lanzando una mirada firme a la joven.
—Ok, Swan. Sacaré lo mejor de mi bodega.
Tras aproximadamente treinta minutos, Emma volvió a la primera planta, encontrándose a Regina en la sala de estar. La mujer estaba sentada en el suelo, frente a la chimenea. A su lado, dos copas de vino y un plato con algunos trozos de diferentes tipos de quesos.
—Ya está durmiendo— dijo Emma sentándose al lado de la morena, atrayendo su atención
—¡Qué bien! Tuvo un día agitado, tenía que estar cansado— dijo pasándole una copa a Emma
—Parecía agitado mientras me mostraba todas las cosas de su cuarto. Y yo que pensé que solo sería la colección— rió
Regina rió, tirando la cabeza hacia atrás, para a continuación fijar su mirada en la de Emma, que brillaba.
—¿Quieres hablar de lo ocurrido?
—Ah…— Emma dio un corto sorbo a la copa —No sé qué será de aquí en adelante, Regina. Mi padre nunca ha sido un buen marido. Es extremadamente machista, y ella siempre ha agachado la cabeza ante eso, porque tiene metido en la cabeza que hacia eso o él nos echaba y pasaríamos hambre. Cuando se conocieron, él ya trabajaba y mi madre estaba en el instituto, entonces él consiguió convencer a mis abuelos para que la quitaran de la escuela, porque él podría darle una vida de princesa para el resto de la vida. Y mira la vida de princesa— Emma ironizó —Y ahora, si él se va, mi madre no podrá ni trabajar. No terminó sus estudios. Yo soy la que tendría que hacer algo, mi hermano estudia a jornada completa. ¿Y sabes lo que me enfada más? Todo este tiempo en que decía que estaba yendo a trabajar fuera, estaba engañando a mi madre. Siéndole infiel. Y encima, dándole dinero a esa otra familia y a nosotros dejándonos pasar apuros en casa.
Regina escuchaba atentamente, prestando atención a cada una de las expresiones que la joven ponía con cada palabra que profería.
—Es un cabrón— Emma continuó tras darle otro sorbo a la bebida —Mi madre quedará arrasada. ¡Quiero acabar con él, Regina! Hablo en serio. Ella no se merece nada de esto— se lamentó —Ahora vemos al gran ciudadano de bien— rió desdeñosamente —Va a misa, dice que es honesto, que merece ser respetado, que defiende a la familia…— rió —La defiende tanto que tiene dos. Basura. Asqueroso. Eso es lo que es. Hipócrita— su voz se alteró un poco, haciendo que Regina desorbitara los ojos —Disculpa, creo que hablé demás
—Está bien— Regina sonrió —Puedes echarlo todo para afuera. Me gusta ver este lado tuyo más…estresado.
—Se acabó— rió —Creo que el vino me está calmando.
—¿Cómo se lo vas a decir a tu madre?— preguntón Regina llenando la copa de Emma una vez más, ya que la había vaciado.
—Creo que primero hablaré con mi hermano. Él es menos explosivo que yo y sabrá cómo lidiar con la situación.
—Buena idea— Regina se recostó sobre la alfombra, y Emma la imitó. Las dos se echaron de lado, con los rostros a pocos centímetros —Robin también me engañaba. Te lo conté, creo.
—Sí. En tu cumpleaños— Emma sonrió débilmente —¿Cómo alguien puede tener el valor de engañar a mi madre y a ti?— preguntó de manera inusitada, observando cada detalle del rostro de la morena —Es decir, tú…¡Mírate! Eres una mujer fuerte, inteligente, imponente, educada, adorable y linda. Eres demasiado linda. Ese Robin es otro gilipollas sin dos dedos de frente—dijo Emma con naturalidad, arrancando una sonrisa de Regina
—¿Me consideras adorable? Todas mis alumnas me tienen miedo— dijo
—Nunca te he tenido miedo. A ver, el primer día de clase, me provocaste escalofríos, pero no fue nada serio. Después vi que eras simpática, y ya todo fue más tranquilo.
—Entendí— Regina rió —¿Y tú? ¿Te han engañado alguna vez?
Emma rió ante el rumbo de la conversación.
—No. Nunca he salido con nadie para que eso suceda.
—¿En serio?— Regina estrechó los ojos —¿Y por qué?
—Nunca he conocido a nadie que despertara mi interés. Al menos no hasta este año— confesó sin apartar la mirada de los ojos de la morena, que brillaban y acompañaban los movimientos que su boca hacía.
—¿Y quién ha sido el tipo con suerte?— bromeó Regina
—Todavía no estoy segura— Emma cerró los ojos con vergüenza y Regina rió ante el gesto.
—También hay una persona que he conocido y que me ha despertado el interés por volver a relacionarme con alguien— dijo Regina
—¿Y por qué no se lo dices a esa persona?— preguntó Emma, sintiendo en seguida la mano de la morena en su cabello.
—Porque no sé si soy correspondida. Tengo miedo de que huya— explicó —Y tengo miedo de precipitarme, y acabar estropeando lo que tenemos, que es muy bonito.
—Nunca lo sabrás si no te arriesgas— dijo Emma casi en un susurro al mismo tiempo que notaba los dedos de Regina entrelazándose en sus cabellos.
Regina sonrió y vio que Emma acompañaba con su mirada sus labios. Era imposible no caer en la tentación de admirar aquellos labios levemente pintados de rojo curvándose en una sonrisa grande y sincera.
La morena se acercó un poco más, quedando a poquísimos centímetros del rostro de la rubia, ya pudiendo sentir su pesada respiración.
Las dos se miraban con intensidad, alternando la mirada entre los ojos y los labios. Era un momento que, si Regina pudiera congelar el tiempo y volver a él cuando quisiera, lo haría.
Emma estaba segura de que su corazón le iba a salir por la boca. Además de estar tensa debido a la situación de la que había sido testigo con anterioridad, estaba nerviosa por aquella proximidad con su profesora.
Ambas miradas recayeron en los labios, causando una tensión aún mayor en aquel pequeño espacio que las separaba.
Regina llevó sus dedos a los rosados labios de Emma, acariciándolos con delicadeza, como si fueran de cristal.
—Yo nunca te traicionaría— dijo Regina de repente con la voz baja
Emma sonrió y pegó su cabeza a la de la profesora, que dejó que una de sus manos resbalase por la espalda de la rubia, acariciándola.
—Yo…— dijo Emma cuando el espacio disminuyó drásticamente. Sus narices estaban pegadas, y los labios casi se tocaban —Creo que es mejor que nos vayamos a dormir
Regina, despertando del pequeño trance causado por el efecto Emma Swan, respiró profundamente, mientras se apartaba suavemente de la rubia. Le dirigió una débil sonrisa y se sentó de nuevo, mirando hacia la chimenea.
—Claro. Puedes ir al mismo cuarto de antes. Te dejaré un pijama y una toalla limpia.
La mujer se levantó, saliendo del salón enseguida.
Emma cerró los ojos y golpeó el suelo con los puños cerrados. "Ahora debe odiarme", pensó
Después de algunos minutos, Regina entró en el cuarto de invitados, donde Emma ya se encontraba. Swan estaba sentada en la cama y apenas podía mirar a Regina a los ojos.
—Aquí tienes dos toallas limpias y un pijama también limpio— dijo Regina depositando los objetos al lado de la rubia —¿Estás bien?
—Yo…— encaró a Regina, que la miraba con curiosidad —Sí. Solo pensando en mañana
—Todo saldrá bien— dijo apoyando su mano en la pierna de Emma, que estuvo segura de ver salir chispas de la zona en contacto —Yo…Buenas noches, Emma. Espero que duermas bien— se levantó y caminó hasta la puerta, lanzándole una mirada cariñosa a la rubia antes de salir.
Por la mañana, Emma se despertó lentamente cuando ya eran aproximadamente las diez de la mañana, y enseguida recordó dónde estaba. Recuerdos de la noche pasada acudieron a su mente, haciéndola refunfuñar.
Se levantó, se puso la ropa de la noche pasada y se cepilló los dientes con un cepillo que Regina le había separado para ella. Se recogió el cabello en un moño alto, como si se estuviera preparando para una clase de ballet, y bajó rápido las escaleras.
—¡Buenos días!— dijo Henry sonriente recibiendo a la joven en la cocina —Mamá ha hecho tortitas, ¿quieres?
—¿Serán tan buenas como las que hago yo?— preguntó orgullosa mientras se sentaba, arrancando una sonrisa a Regina y Henry.
—Mejores, señorita Swan— dijo poniéndole una en un plato —Buenos días, querida
Emma sonrió a causa del "querida" y sintió sus mejillas arder.
—Buenos días
Mientras comía, Swan cogió su móvil, que lo tenía en el bolsillo del pantalón y lo encendió.
—¡Dios mío!— dijo en cuanto el móvil se encendió y comenzaron a llegarle todas las notificaciones.
—¿Qué ocurre?— preguntó Regina, preocupada con la expresión de la joven
—Doce llamadas perdidas de August— dijo —Ha dejado un mensaje en el buzón— Emma tragó en seco y encaró a Regina, que tenía su mirada fija en los ojos de Emma
—Ponlo. Puede ser serio— aconsejó
"Emma, en cuanto puedas, por favor, vuelve. Son las ocho en punto ahora y salgo con mamá al hospital. Te he mandado la localización en un mensaje. Por favor, ve para allá lo más rápido posible", escuchar la voz temblorosa y desesperada de August en aquel mensaje hizo que Emma temblara de los pies a la cabeza.
—Mi madre…— dijo con voz rota, alternando su mirada entre el móvil y Regina, que se quedó quieta por un instante.
—Voy a coger las llaves y te llevo— dijo rápidamente, haciendo que Emma desorbitara los ojos —Sin peros. Solo vamos. Henry, ponte un abrigo, rápido, y espéranos en el coche.
Regina respetó el momento de tensión de Emma y se quedó en silencio durante todo el trayecto, solo depositaba su mano de vez en cuando en la pierna de la joven.
En el hospital, corrieron por los pasillos hasta llegar al sitio donde August dijo que estaba. Cuando Emma divisó al hermano, corrió hacia él a paso rápido, cogiéndolo del brazo.
—Hey…Hola— dijo Emma nerviosa —¿Qué ha pasado? ¿Dónde está?
Henry corrió hacia Mia, que jugaba con un puzle en un área reservada a los niños.
August notó la presencia de Regina y le sonrió débilmente, pero de forma simpática.
—Ella…comenzó a toser mucho durante la noche, pero creí que podía ser un resfriado debido al cambio del tiempo, pero comenzó a hacerse más frecuente, y cuando fui a su cuarto a ver si estaba bien, vi que las sábanas estaban cubiertas de sangre. Estaba tosiendo sangre y le faltaba el aire. Incluso le ha dicho a la doctora que viene sufriendo esos ataques de tos desde hace varios días, pero que no nos había contado nada. También se quejaba de mucho dolor en el pecho y en las costillas— explicó August. Emma se llevó la mano a la cabeza y se restregó los ojos, y Regina acarició sus hombros intentando transmitirle positividad —Le han hecho una batería de pruebas, y ahora está descansando en observación.
—¿Y no han dicho nada de lo que puede ser?— Swan preguntó
—No. Han dicho que en estos casos es mejor no precipitarse, hay que esperar a los resultados de los exámenes. Deben salir en breve, ya hace un tiempo que los hicieron— dijo
—Pa…— Emma respiró hondo, con los ojos cerrados —¿Papá no ha aparecido?
Regina apretó los hombros de la rubia, que comprimió los labios.
—No. No volvió a casa. Debe haberse quedado en el trabajo.
Aquellas inocentes palabras hicieron que los corazones de Regina y de Emma se rompieran.
—Pero le he dejando un mensaje. Vendrá en cuanto pueda— continuó, y Emma asintió.
—¿Acompañantes de la señora…Ingrid Swan?— un tiempo después una doctora con una tabla sujetapapeles apareció en el pasillo, llamando por los acompañantes de Ingrid.
—¡Aquí! Nosotros—dijo August mientras los tres se levantaban.
—Bien…—la doctora respiró hondo, observando las expresiones preocupadas de los tres allí presentes —¿Por qué no vienen conmigo? Creo que será mejor que todos, incluida Ingrid, lo sepan a la vez. Ella está en mi consulta.
La doctora puso una débil sonrisa y echó a andar.
—Emma, yo me quedo aquí— dijo Regina —Esto es un asunto de vosotros, no quiero meterme. Vigilo a los niños.
—Gracias, Regina— sonrió sinceramente y acarició los brazos de la morena.
En la consulta, encontraron a Ingrid sentada en una de las sillas frente a la mesa de la doctora. La mujer tenía una expresión ligeramente abatida y cansada.
—Mamá…— Emma abrazó a la mujer, que recibió a la hija con los brazos abiertos, apretándola con fuerza —¿Cómo estás? Disculpa por no haber venido antes, yo…
—Hija, no hay problema. Ahora estoy mejor. Vamos, siéntense— Ingrid sonrió y retiró las sillas para que los hijos se sentaran.
La doctora, que tenía los ojos ligeramente rasgados, respiró hondo y volvió a mirar a los tres.
—Dar noticias como esta nunca es tarea fácil. Por más que lidie todos los días con ello, siempre es complicado.
—Doctora, puede ser directa, por favor— pidió Ingrid educadamente
La doctora bajó la cabeza, leyendo los papeles que tenía delante una vez más, y se los pasó a Ingrid.
—Señora Swan, ha desarrollado un carcinoma de pulmón, como puede ver en los exámenes
—¿Carcinoma?— preguntó Emma con voz trémula y los ojos llenos de lágrimas
La doctora apretó los ojos y movió afirmativamente la cabeza.
—Cáncer
—¡Ay Dios mío!— dijo Emma llevándose las manos al rostro.
Ingrid miraba, incrédula, a la doctora, y August parecía en shock.
—También es conocido como cáncer de pulmón de pequeñas células. Es bastante raro, pero también es uno de los más devastadores. Comienza de una forma muy agresiva, empezando generalmente en los bronquios, como es su caso, y con altas probabilidades de crear metástasis en otras partes del cuerpo, como hígado, huesos o cerebro. En casi todos los casos se debe al tabaquismo.
—¡Yo no fumo!— Ingrid alteró la voz, dejando caer algunas lágrimas
Emma contenía las ganas de llorar mientras August apretaba e intentaba calmar a las dos.
—¿Es fumadora pasiva? Es decir, ¿convive con alguien que fuma a menudo cerca de usted?— preguntó
—¡No! Nadie fuma en nuestra casa— dijo Emma
—Esta enfermedad también puede ocurrir por inhalación de polvo y polución del aire, o algunas veces viene por una tuberculosis o dolencia pulmonar obstructiva crónica. Y por supuesto por inhalación de agentes químicos como asbesto, radón, arsénico o amianto— explicó
—Amianto…— Emma dijo en un susurro —Nuestra casa está toda revestida de amianto, mamá
—Inadmisible— dijo la doctora —Con el paso del tiempo, el amianto va liberando sus fibras, que están compuestas de asbesto, al aire. Todos ustedes, que ya habéis respirado ese aire, tenéis esas fibras en el cuerpo, y ellas ya no van a salir, pero lo que sucede es que su inmunidad es baja, Ingrid, por eso la dolencia se ha manifestado en usted. Pero todos tienen que dejar esa casa urgentemente, antes de que usted empeore, o que los demás también caigan enfermos.
—¿Y a dónde vamos?— preguntó la señora Swan al mismo tiempo que lloraba descontroladamente
—Ahora, señora Swan, aconsejo que se preocupe en comenzar la quimioterapia lo más rápido posible. También vamos a hacer unas sesiones de radioterapia para matar las células anormales. Pero, por favor, dejen esa casa ya. Se están perjudicando a sí mismos viviendo allí— dijo la doctora
—Está bien, doctora, nosotros…Vamos a ver cómo pagamos esas sesiones, y en cuanto sea posible vamos a marcar las que sean necesarias— dijo Emma
—Lo siento mucho, pero aún todo puede mejorar. Tenemos que estar siempre positivos— dijo ella
Salieron de la consulta completamente desorientados. August abrazaba fuerte a la madre que lloraba en su hombro, mientras Emma miraba para todos los lados pensando en lo que iba a hacer.
Al mirar hacia el final del pasillo, junto a Regina divisó a su padre. Sus ojos se inyectaron en sangre y sintió unas inmensas ganas de gritarle en aquel momento, pero se contuvo.
—August, llévala a la cafetería. Tengo que resolver una cosa, y no quiero que ella esté cerca— susurró al oído del hermano, que la miró sin entender —Solo ve. Después te explico
August solo asintió y echó a caminar en la otra dirección.
Emma caminó lentamente y de forma amenazante hacia su padre, que aún no se había dado cuenta de su presencia, pero rápidamente sus miradas se clavaron.
—¡Emma!— dijo —¿Cómo está? ¿Dónde está?
—¿Ahora te importa?— Swan se detuvo frente a él, elevando la voz, detalle que no pasó desapercibido para nadie de los alrededores.
—¿De qué estás hablando? ¡Solo quiero saber cómo está Ingrid!
—¡Ah, deja de ser cínico!— gritó, atrayendo algunas miradas, incluyendo la de Regina —¿Tu otra mujer sabe que estás aquí? O mejor, ¿sabe que estás casado? ¿Hace cuánto tiempo que nos lo escondes?
—Emma…
—No, ¡no tienes derecho a intentar defenderte!— golpeó el suelo con los pies —¿Quieres saber cómo está mamá? Tiene cáncer. ¡Cáncer! Uno de los muy raros. ¿Y adivina quién no estaba en casa para apoyarla hoy por la mañana? ¡Tú! ¿Y por qué? Porque estabas muy ocupado siéndole infiel— algunas lágrimas ya resbalaban por el rostro de la rubia al mismo tiempo que escupía esas palabras a la cara del padre.
De donde ella estaba podía ver los ojos como platos de Regina.
—¡Háblame bien! Me debes respeto— George gritó, metiendo un dedo en la cara de la hija.
—¿Respeto?— Emma se rió desdeñosamente —Llevas años engañando a mamá, escondiendo que tienes otra familia, ¿y vienes a hablarme de…respeto?— rió burlonamente apartándose la mano que su padre tenía apuntando a su cara —No te respetas ni a ti mismo.
En un segundo, George alzó la mano abierta hacia Emma, pero antes de poder golpear a la muchacha, los seguritas se acercaron a él, apartando a Emma que fue acogida por Regina.
—Se acabo para ti, papá. ¡Se acabo!— gritó Emma
—Señora, debe respetar el silencio. Estamos en un hospital— una enfermera le dijo a Emma, que se disculpó, y volvió a fijar su mirada de odio en el padre.
Los seguritas soltaron al hombre, para acompañarlo fuera del hospital.
Emma lo siguió con la mirada hasta verlo salir. Su deseo era de hacer mucho más, pero estaba fuera de su alcance.
La joven se soltó suavemente de los brazos de Regina, a la que se le notaba por su expresión que estaba preocupada, y se apoyó en la pared más próxima, dejando su cuerpo deslizarse por ella, mientras lágrimas descontroladas resbalaban por su rostro.
—Emma…— Regina se agachó, quedando a su altura. Mills pasó su mano por el enrojecido rostro de Emma, acariciando sus mejillas.
—Disculpa por hacerte presenciar todo esto. No te lo mereces— dijo entre sollozos
—No, no…— Regina dijo rápidamente al mismo tiempo que llevaba la cabeza de la joven hacia su hombro —Todo bien. Necesitáis ir a casa y descansar.
—Ya no podemos quedarnos en nuestra casa— dijo intentando contener más lágrimas —Nuestra casa ha sido la culpable del cáncer de mi madre. Está revestida de amianto. Y no tenemos a dónde ir.
Regina apretó los ojos, y golpeó su cabeza ligeramente contra la pared que tenía detrás.
—Emma, lo siento mucho. No merecéis estar pasando por nada de esto. ¿Qué vais a hacer?
—No lo sé. Quizás quedarnos en casa de unos parientes en Carolina del Sur—dijo
—¿Carolina del Sur? Pero eso es en otro estado. Tenéis una vida aquí—dijo Regina con tono preocupado.
—No hay otra opción, Regina— se lamentó —A mi padre ya no le importamos, ahora que ha descubierto que mi madre está enferma, nos desheredará completamente. Todo el resto de la familia vive en Carolina del Sur, y creo que ellos podrían ayudarnos con el tratamiento de mi madre.
—Oh, Emma…— dijo Regina —¿Por qué no os quedáis conmigo hasta que todo se resuelva? Puedo conseguirte un empleo
—No. No puedo pedirte eso— su respuesta fue rápida
—No me lo estás pidiendo. Yo te lo ofrezco— dijo —Emma, no voy a permitir que desistas de tus sueños, ni que te mudes de aquí. Te ayudo a ti y a tu madre en lo que sea necesario. Y sería algo temporal, por lo menos hasta que vuestra casa sea reformada, quiero decir, vais a reformarla, ¿no?
—No había pensado en eso, pero creo que sí. Dejaré que August se encargué de esa parte— dijo —No quiero molestarte, Regina. Ya trabajas demasiado.
—Mira, quedaos conmigo un tiempo. No vais a molestar, te lo prometo. Será genial, en realidad. Y, puedo conseguir un grupito de niños de la academia para que les des clases por las tardes, de esa manera, podrías ayudar en el tratamiento de tu madre. ¿Qué te parece?— puso una sonrisa que fue admirada por la muchacha.
—¿De verdad harías eso?
—Claro— dijo —Después de dar clases a tu grupo, solo salgo para ir a buscar a Henry a la escuela e ir a almorzar, y después vuelvo a la academia y cojo a un grupo de adolescentes durante unas cuatro horas, y ese sería el horario en tú terminarías también tus clases, y volveríamos juntas a casa. ¿Ves? Todo perfecto.
—¿Y quién se quedaría con mi madre en casa todo el tiempo?— preguntó —Y el bus de Mia tendría que empezar a pasar por tu casa
—Mi madre se queda con Henry mientras yo doy las clases de la tarde, así que no estaría sola si necesitara ayuda con algo, no te preocupes. En cuanto a Mia, relájate. Yo la llevo y la recojo de la escuela, al igual que hago con Henry. La escuela donde estudia queda muy cerca de mi casa— explicó
—Regina…—Emma cerró los ojos y apoyó la cabeza en el hombro de la mujer, que llevó una de sus manos a los mechones dorados de Emma, acariciándolos —No tienes por qué hacer todo esto. Me conoces apenas hace algunos meses y ya me vas a recibir en tu casa de esta manera, y…
—No te preocupes por eso. Quiero ayudar. Extraño sería que viera una situación como esta, y no ofreciera ningún tipo de ayuda. Sé que eres una persona increíble, Emma. Y las personas increíbles, buenas y dulces como tú merecen solo cosas buenas de la vida, y si de mí dependiera, haría que conquistases cada una de esas cosas buenas— dijo Regina suavemente.
Emma abrió lentamente los ojos, encontrándose con los de Regina, que la miraba con intensidad. La rubia sonrió débilmente al mismo tiempo que disfrutaba de la sensación de los dedos de su profesora paseándose por sus cabellos. Emma respiró hondo, sintiendo el olor que provenía de la ropa de Regina, y entonces, giró su mirada hacia ella, alternando entre un ojo y el otro.
—Yo tampoco te engañaría, Regina.
