14. Sangre
Todo estaba en silencio. Aunque sabía que había gritos a la distancia, no podía oírlos.
Con Uriel, Míchaël, Raphaēl y Gabriēl muertos, los ángeles no podían hacer demasiado. Belial y Belzebù iban al frente del ejército, combatiendo contra los ángeles de mayores jerarquías, derritiendo todo a su paso.
Todos los rincones del planeta estaban abarrotados de parcas. La Muerte no tenía un instante de descanso.
Y todo era un alboroto.
Lucifer, no obstante, estaba sentado al lado del cuerpo de Dean Winchester, observándole el rostro. Del labio partido surgía un débil hilo de sangre, prueba de la humanidad con la que había convivido Míchaël.
Estaba mudo, perplejo. Por fin tenía todo lo que siempre había querido y lo único que podía pensar era que le dolía ver la sangre.
Cerró los ojos y suspiró. Míchaël se había ido… Por siempre. Y él había sido el único que lo había aceptado tal cual era, el único que le había pedido que se quedara con él en el Reino Celestial. Y no era cierto que fuese menos poderoso, podría haberlo derrotado y, sin embargo, había preferido morir antes que encerrarlo de nuevo.
Sus ojos se tornaron llorosos y dejó que toda la culpa recayera en Sam, que sufría por la muerte de su hermano.
Pero cuando una de sus manos limpió el hilo de sangre, supo que era él quien lo estaba haciendo y no Sam. Y ese descubrimiento lo desconcertó como nada nunca lo había hecho.
"Míchaël…"
Una lágrima se deslizó por su mejilla, pero la humedad pareció quemarle la piel.
Esto era el Infierno.
Y él… él ya… no podía…
Lo sentía. Sentía haber matado a Míchaël… Nunca en su vida había sentido compasión y pena por alguien.
Cerró los ojos, una vez más y luego miró hacia al Cielo.
"Sé que estás ahí. Resucítalo."
Pero nadie respondió.
